BIBLIOTECA de LA NACIN

ENRIQUE DE VEDIA

TRANSFUSIN

BUENOS AIRES

1914

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




PRLOGO


_La novela cuya publicacin iniciamos hoy significa un triunfo para su
autor y una conquista para las letras nacionales. Don Enrique de Vedia,
acreditado ya como escritor didctico y publicista vigoroso, tambin
haba hecho apreciar en varias ocasiones sus cualidades de narrador y
sus dotes de inventiva. Con todo, en el gnero puramente artstico y
literario, no haba producido an la obra que era dable esperar y que
hoy llega con_ TRANSFUSIN, _como un resumen de energas y una sntesis
de belleza_.

_Es una novela autctona en la ms estricta acepcin del vocablo, pero
lo es a la manera de las que soportan traslaciones a idiomas extraos y
ello merced a la universalidad del asunto. Este es muy original. Lo
constituye un problema de psicologa individual. En su desarrollo el
autor muestra el descenso de un alma virtualmente generosa y, como
contraste, el renacer de otras embebidas en la substancia de aqulla. Y
en la notacin de este doble proceso moral, el seor Vedia aguza el
anlisis hasta sorprender los movimientos menos perceptibles del
espritu en su crisis progresiva. Los personajes no se ocultan a sus
atisbos de observador, que sin abstraerse jams, logra aduearse a veces
de todo un carcter, merced a un slo rasgo distintivo._

_De ah que el novelista llegue a objetivarlos con intenso calor de
humanidad. Se animan y andan, y a medida que accionan y discurren se
advierte en ellos las modalidades de sus tendencias, de sus estados de
alma, segn las condiciones que los determina. Son seres reales, por eso
viven en la novela, porque antes vivieron en la realidad, donde fueron
sorprendidos. De pronto parece que se va a dar con ellos. Tal es la
impresin de su verdad esencial. No nos referimos slo a los caracteres
centrales de la novela, a los que forman el ncleo de su accin ntima,
sino tambin a las figuras de segundo trmino, o episdicas._

_El seor Vedia ha matizado_ TRANSFUSIN _con algunos trozos
descriptivos que pueden citarse como pginas de primer orden. Y cuando
del dilogo que tiene el sesgo de la frase hablada, el novelista pasa a
describir y eleva la forma, pone en ello gradaciones tan armnicas que
la transmisin se efecta insensiblemente. Y ora evoque el despertar de
la ciudad o los vastos panoramas agrestes o los cuadros de costumbres
camperas, siempre ajusta a su naturaleza el estilo._

_Y ello en una forma gil y fcil, siempre viva, animada siempre. De ah
que el inters no decae un solo instante, sostenido aqu por la ternura,
all por lo pattico, all por el drama ntimo, acull por un revuelo
lrico y en todas partes por un perfecto acuerdo entre el mundo evocado
y la energa evocadora._

LA NACIN.

Junio 10 de 1908.




Entre los juicios que esta obra mereci, cuando vio la luz pblica, se
encuentra el siguiente, que expresa, con particular acierto, el concepto
ideolgico y la finalidad moral a que Transfusin responde:

Rosario, julio 15 de 1908.--Seor Enrique de Vedia.--Buenos Aires.--Mi
distinguido amigo: Su bella concepcin dramtica, publicada en forma de
romance, ha terminado de una manera original y novedosa, dejndonos con
ganas. Efectivamente, acostumbrados en este gnero de producciones a que
se aten todos los cabos para cerrar el ciclo de los acontecimientos
referidos (artificio ms que verdad), uno no se resigna a que deje de
contrsele que Anastasio vino una noche a matar a Melchor, por ejemplo;
que Clota, desesperada, entr en un convento; que los padres del
protagonista murieron en un hospital porque ste les derroch toda su
fortuna, concluyendo l mismo sus das en el manicomio, degenerado e
imbcil, en un acceso de _delirium tremens_ o maniatado por la parlisis
general progresiva.

La fuerza del hbito hace que uno espere el nmero siguiente para
continuar la fcil y agradable lectura que se realiza como si se oyera
un fongrafo invisible que reproduce para el odo lo que los cuadros
admirablemente trazados reproducen cinematogrficamente en la
imaginacin y casi diramos en la pantalla retiniana.

Ese final, en que queda Melchor, afirmado en la tranquera, con su
simblico ramito de fresco cedrn, viendo partir a sus amigos, que se
llevan jirones de su psicologa, es de una naturalidad tal, que recuerda
a los grandes maestros del arte literario cuando con los ms sencillos
elementos realizan verdaderas creaciones.

Tan cierto es que un simple gesto, o una _pose_ revelan muchas veces
todo un mundo interno oculto al ojo vulgar que slo ve la superficie.

Hay tal revelacin de recndita onomatopeya entre este sujeto as
plasmado en aquel ambiente todo nuestro, y el estado de su nimo ante la
metamorfosis que el alcohol por una parte, el contagio moral por otra y
su indudable receptividad psquica han producido en l, que al terminar
uno la lectura del captulo, se queda inconscientemente en una actitud
anloga, con la vista clavada en un punto del espacio y una sonrisa de
aplomo dibujndose en los labios.

La transfusin est hecha, para qu ms? Sutil e inadvertidamente la
salud espiritual de Melchor ha sido absorbida por Ricardo y por Lorenzo,
los que a su vez le han dado a respirar sus almas enfermas, como las
flores, que al ampararse del oxgeno, que es la vida, exhalan el cido
carbnico, que es la muerte.

El lector pudiera exigir que el fenmeno hubiese ido producindose
ocasionalmente a su vista y con casos concretos que le documenten, como
en un boletn clnico en que se anotan todas las modalidades de un
padecimiento cuyo curso insidioso o normal se sigue prolijamente,
catalogando epifenmenos y detalles de escrupulosa minuciosidad, pero
podra hacerse eso sin menoscabo del arte, generalizados por
excelencia, para producir el efecto emocional y convincente que se
busca?

El alcohol y la Venus son, por otra parte, auxiliares eficaces de
consumo orgnico y de degeneracin, de que el autor echa mano con hbil
ingenio para producir el caso clnico observado y existente, sin duda
alguna en gran nmero, en este inmenso nosocomio del mundo.

Pinturas que son verdaderas fotografas con movimiento hay en su
romance, y Baldomero, representante genuino de nuestros hombres de
campo, de verba pintoresca y tranquilo razonar ecunime, ha sido
arrancado de la realidad l mismo, en medio de aquella naturaleza
genuinamente argentina, de horizontes dilatados y soberana
magnificencia.

No tengo por delante su trabajo; el folletn vuela y muchas bellezas
escapan al ojear los recuerdos. Dejo, adems, como usted ve, correr la
pluma en el natural desalio epistolar, como que estamos conversando
familiarmente sobre las facciones de su primognito.

Espero ver pronto en forma de libro su bella concepcin, tan sencilla y
eficazmente presentada, para decirle en letras de molde todo lo que creo
debe decirse de ella al pblico. Desde luego, el deseo de verla hecha
carne y hueso en la escena de un teatro, me obsesiona desde el primer
momento.

La va a teatralizar? Bien lo merece. Aquel: Yo estoy con Dios as...
vale un Per. Su afectsimo amigo,

ALEJANDRO V. MURGUIONDO.




TRANSFUSIN

[Publicada, por primera vez, en el folletn de LA NACIN en los meses
de junio y julio de 1908.]


       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

--Suicidarte? Pero comprendes bien lo que dices?

--Y en definitiva, para qu debo vivir? Qu misin me espera? Qu
ideal puede estimularme ya?...

--No te dir cul es la razn filosfica de tu existencia, porque la
ignoro; pero, puesto que vives, vive! qu diablos.

--Como cualquier animal...

--Supongmoslo!... y quin te ha dicho que los animales sufren en su
condicin de tales?...

--T echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz.

--No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que t y todos
entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un cmulo de
circunstancias que jams se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no
quiero ser desgraciado y... no lo soy!

--Porque la desgracia no te agarra...

--Me agarra a cada rato! Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia
se aburre conmigo.

--No te entiendo.

--Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia
en compaa de quien re constantemente.

--Lo difcil, lo imposible es eso; rer siempre...

--Qu ha de ser difcil! Todo es cuestin de resolverse, no slo en
defensa propia, te dira, sino en homenaje a la risa que es, sin
disputa, nuestra patente de racionales.

--Tampoco te entiendo.

--S, hombre! Nosotros, los humanos, somos los nicos animales que
remos y observa que la diferencia positiva que nos distingue de los
dems bichos de la creacin es la de rer.

--Y la de sufrir?...

--Y quin te ha dicho que las gallinas de tu casa no sufren
horriblemente cuando se hace guiso de pollos? O que los gatos de
nuestros tejados no se sumergen en un mar de tristeza cada vez que
nuestros fonderos ofrecen a sus clientes el civet de liebre?... Sabes
lo que sucede?...

--No s adonde vas.

--A esto: los animales sufren lo mismo que nosotros, pero no les
importa.

--Eso dices t.

--No, Ricardo; esto lo demuestran los mismos animales, y si no observa a
las vacas, por ejemplo; t crees que una vaca a la que el tambero le
quita la leche que ella form para su ternero no sufre? Sufre, che!
pero se resigna. Y sabes cmo lo demuestra?... Comiendo de nuevo para
tener leche otra vez, en la esperanza de que le alcance al hijo de sus
entraas!...

--Comen para satisfacer una necesidad.

--Justamente! y nosotros debemos hacer lo mismo; o t crees que no
necesitamos nutrirnos para seguir viviendo?

--No slo de pan vive el hombre.

--Ya lo creo! pero as como nuestra economa animal nos exige alimentos
que se llaman pucheros, bifes, carbonada, locro--te gusta el locro?
qu rico es con pedacitos de cordero, eh?--bueno, pues lo mismo nuestro
ser moral reclama sus alimentos espirituales, que se llaman:
resignacin, esperanza, jovialidad, risa, ch! risa!... mucha risa!

--Es muy fcil decirlo.

--Y hacerlo! Yo lo hago, sin dejar de rendir mi obligado tributo a los
dolores morales; pero cuando uno de stos me manifiesta intenciones de
molestarme demasiado, metindoseme muy adentro o quedndose en m ms
tiempo del tolerable, me le planto delante, le suelto una carcajada y
le sealo la puerta: a embromar a otro! Lo mismo que con las personas;
como que hay personas-dolor y personas-alegra. A una de stas le
digo: Cunto gusto! Adelante! Tome asiento;--a las otras les hago
decir con mi sirviente que no estoy.

--Y qu haces cuando una de esas que llamas personas-dolor te
sorprende y te agarra sin poder evitarlo?

--A qu hora?

--Cmo a qu hora?

--S, pues; porque segn la hora ser el rumbo que tome; si es de da la
llevo al club, a la Bolsa, a la casa de gobierno o a cualquier sitio que
tenga salas de espera y puertas de escape; si es de noche, al teatro y
en el primer entreacto zas! me le escabullo.

--Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales.

--Se hace lo mismo! Y aun es ms fcil desprenderse de una pena que de
ciertas personas profesionales de la impertinencia. Ignoras acaso que
el alcohol es un irresistible anestsico para todo dolor moral?

--Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad.

--La tarea, pues, est en encontrar remedios que curen sin enfermar.

--Cules seran?...

--En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que
aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a
la estancia del viejo; pasamos all una temporada, cuanto ms prolongada
mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y,
contagiado por m, acabars por rerte de todo ese mundo de cosas
deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en
nieblas... Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y despus vendr
sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la enrgica, la invencible, la
fecunda, la suprema demostracin de que no somos tan... animales...
Rete!... no seas pavo!... Rete!!... Como yo!... As...!

--Es que oyndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa.

--Como t quieras! pero irs con nosotros, eh?... Ya ves que Lorenzo
ha resuelto acceder a mi pedido... y t no puedes desairarme... por otra
parte, la partida depende de ti y... sin ti no me voy!... e impedirs
que el pobre Lorenzo se cure tambin de sus males que son ms o menos
los tuyos...

--Y qu precisin hay en que yo les acompae?

--La de curarte y, sobre todo, caramba! ya basta de explicaciones: vas
o no? A esto he venido... por ltima vez...

--Bueno, ir!

--Bravo!... Venga un abrazo!... Ya ha empezado tu mejora!

--Mi mejora... T eres muy bueno, Melchor.

--Ah!... Soy una monada!...--contest ste riendo de nuevo como lo
haba hecho durante todo el dilogo sostenido con su amigo de la
infancia Ricardo Merrick, cuyo estado moral combata desde algunos
meses, como combata tambin el de otro amigo, Lorenzo Fraga, con quien
conservaba desde la escuela un hondo afecto, realmente fraternal.

Ganada la batalla con Ricardo y convenida definitivamente la partida
para el campo, se dirigi a casa de Lorenzo a darle la buena noticia, y
luego a la suya, a la que ansiaba llegar pronto para darla tambin, como
lo hizo, en un verdadero estallido de su inconmensurable altruismo.

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--Ya no eres un nio, Melchor--le dijo su madre,--y debes saber lo que
haces; pero yo creo que extremas un poco las obligaciones de tu amistad
para con Lorenzo y Ricardo.

--Pero, mam! Gran cosa!

--Pues es nada, hijo: dejas tus ocupaciones por un tiempo que t mismo
no sabes cunto ser; dejas a tu novia y nos dejas a nosotros por irte a
cuidar a dos amigos.

--Estn enfermos, mam, y yo creo que puedo curarlos.

--De cundo ac eres mdico?

--El mal de ellos no lo cura un mdico, sino un amigo.

--Pues deja que los cure otro; por qu razn has de ser t?

--Ellos no tienen ningn amigo como yo; as como yo no tengo ningn
amigo como ellos, mam.

--Todo eso est muy bueno; pero qu quieres? yo no me resigno a que te
vayas as y a que cargues con esa responsabilidad.

--Que me vaya cmo?

--Pero dime, Melchor, cunto tiempo vas a faltar de aqu?--dijo la
seora quitndose los anteojos con que cosa.

--Dos o tres meses.

--Qu! Eso no lo sabes y aunque as fuera, t tambin tienes
obligaciones a que antes no habras faltado.

--Si no voy a faltar! Mira: en la oficina me dan licencia,
reemplazndome el subjefe, un excelente compaero, mientras dure mi
ausencia.

--Y el sueldo?

--Es claro que lo cobrar l!

--De modo que t no figurars para nada?

--Figurar con licencia; y Clota... tambin me ha dado licencia--agreg
Melchor, riendo y abrazando cariosamente a su madre.

--Pero yo no te la he dado todava--replic ella, mientras le miraba con
una de esas miradas con que slo una madre sabe decir: bendito seas!

--Y seras capaz de negrmela, cuando voy a realizar una obra buena?

--Yo no puedo darte ni negarte licencia--dijo la seora cambiando el
tono de su voz;--t tienes veintiocho aos.

--Todava no!--interrumpi Melchor;--los cumplo en febrero--y
agreg:--qu afn de echarme edad!

--Y tu padre, qu dice a todo esto?

--l? l es el primero en alentarme!

--Hum!--modul la seora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de
nuevo los anteojos:--En fin!...

--Mira, mamita: djate de en fines, eh? No falta ms sino que
reniegues de tu propia obra!

--Qu obra?

--Haberme hecho como soy!

--S... mucho...

--Pues es claro! Vas a negarme que soy tu vivo retrato?...
Mrame!--dijo Melchor irguindose en cmica actitud, y agreg:--bueno,
ahora hay que preparar todo.

--Melchor!... Melchor!... Melchor!...--entr gritando desaforadamente
su hermanita menor:--Te han trado un bal lindsimo y nuevo!

--Que lo pongan en mi cuarto, nena.

--Y qu lindo es! qu nuevo!--repeta la nena hondamente impresionada
ante el flamante bal, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y
contemplado escrupulosamente por toda la familia.

Cuando Melchor qued solo, abri el bal para empezar la tarea de
preparar su viaje, aproxim una silla y sentado en ella qued
contemplando la luciente caja vaca.

--Un bal!--se deca Melchor,--un bal es lo ms parecido a una
persona!... Pero si es cierto!... No hay nada tan parecido a los
hombres como los bales... Un bal nuevo como ste es igual, igualito a
un recin nacido... Qu se le va a poner adentro...? Psh!... tantas
cosas...! A ste le toca recibir ropa limpia ahora; pero cuando vuelva,
cmo vendr esta ropa?... habr usado toda?... volver sucia?...
traer toda?... traer menos?... se le agregar ropa ajena?... acaso
sucia... quiz limpia... quin sabe!... Pero cmo se parece un bal a
una persona!... Por lo pronto ste es igual a m: le cabe en suerte
recibir ropa limpia... algunos libros de ideas sanas y servir para un
viaje proyectado con la mejor intencin...

Lo mismo que mis padres hicieron conmigo: me llenaron de cosas
limpias... me pusieron dentro ideas sanas y generosas... me pusieron lo
nico que tienen!... y me prepararon para un viaje de buenas
intenciones...

Y qu diablos! Voy cumplindolas... es la verdad!... en el fondo de
este bal que se llama Melchor Astul... en el fondo, es decir, en la
conciencia, no guardo ningn agravio... ninguna ofensa... ningn
remordimiento... he hecho todo el bien que he podido... y sigo
hacindolo... he pasado por tonto muchas veces; pero no he sentido
envidia por quienes me consideraron as... y ahora mismo sigo mi viaje
de buenas intenciones... y lo seguir hasta el fin... hasta que el bal
se rompa!... o hasta que se acabe todo lo que tiene adentro... o lo
roben los hombres... o lo ensucie el uso!...

...O lo ensucie el uso... las cosas que dice uno de repente!... O lo
roben los hombres... O... lo... ensucie... el... uso...

* * *

Buenos Aires inicia su despertar con roncos e incoherentes movimientos
de dormido.

Hacia el oriente la vaga y tenue coloracin auroral frente a la que las
sombras de la noche huyen como arreadas por las guas curvas de una
amarillenta luna en su ltimo menguante.

Los faroleros realizan a la carrera una tarea de resultados extraos,
pues al apagar la luz de los faroles entregan el campo a la ms franca
irradiacin de la indecisa luz con que el da se anuncia.

Entre ella se destacan, como orugas luminosas, los primeros tranvas
conductores de semidespiertos obreros que se dirigen a sus tareas y a
intervalos se oye el seco trac-trac de los pequeos carritos que, al
salir del conventillo, caen del umbral a la acera y de sta a la calle,
conducidos por el ambulante vendedor de verduras, que se dirige veloz
hacia el mercado de Abasto en busca de la enormemente copiosa provisin
de hortalizas con que hace un nutrido agosto en el breve espacio de
cada maana.

La claridad avanza, hundindose en la sombra a lo largo de las calles y
haciendo surgir la silueta de los vigilantes escalonados en la calzada,
mientras los noctmbulos pasan como espectros, bajo esa luz cuyos tintes
blanquecinos aumenta la lividez de sus rostros trasnochados.

Como la ms limpia nota de la aurora repiquetean campanas cuyo ritmo, de
lenta isocrona, parece bajar de planos ms altos an que los altos
campanarios, mientras--como surgiendo de entre las apretadas piezas del
entarugado--pasan veloces los carros que llevan a domicilio el pan
nuestro de cada da...

Pausados, desfilan, entre el crepitar eclosionante de la madrugada, los
nocheros de plaza, cuyos jamelgos balancean la cabeza en oscilaciones
que parecen exteriorizar ideas de infinitas y melanclicas nostalgias.

De todo rumbo surge el vibrante grito de los vendedores de diarios que
pululan llenando las calles--como esas bandadas de avecillas que en el
bosque cantan cuando el da llega,--y es de admirar el contraste que
ofrecen esos pilluelos diligentes y honrados, que a pulmn lleno
proclaman su luminosa mercanca, pasando rpidos y sonoros por el lado
del repartidor de diarios que, silencioso y grave, va echando por
entre buzones, celosas y rendijas la doblada hoja impresa que aqullos
pregonan a gritos.

Las puertas de calle se abren pesadamente, dando paso a esa emanacin
peculiar que bien pudiera llamarse el regeldo matinal de las casas,
mientras la sirvienta que abri la puerta, se alisa el despeinado
cabello, como temerosa de que la sorprenda el lechero, el vigilante, el
repartidor de pan o el mucamo de enfrente...

Desde cualquier sitio en que se mire a la distancia, vese la atmsfera
de la ciudad densa y cargada, y slo el punto en que el observador se
coloca parece limpio y difano, ofrecindose en el explicable fenmeno
de sobresaturacin atmosfrica el ms vivo remedo del que los ms
padecen al considerarse a s mismos en el centro de la verdad luminosa,
mientras ven o creen ver a los dems obnubilados por las sombras del
desacierto.

Ilusin de ptica en los dos casos, en que el vaho de la noche o del
error nos envuelve...

El sonrosado de la aurora se diluye gradualmente en la celeste
diafanidad cenital, como si aquella coloracin rojiza del primer
instante hubiera sido absorbida por el mismo sol, de tal modo a su paso
el rojo de su propia irradiacin se desvanece y el contorno de la
inextinguible hoguera se destaca ntido en la eucarstica limpidez del
cielo.

Es la hora de las grandes honestidades...

El que pasa la noche bajo las supremas angustias del juego--se, para
quien la accin y el fin de la vida estn en las astucias del tapete y
en sus xitos repugnantes,--se alza bravamente ante los distinguidos
tahures o clubmen que le rodean y palpitante de emocin o de angustia,
proclama:

--Caballeros! No juego ms; ya es de da!

Ms all, alguien--acaso en ausencia del que abandona la carpeta,--ha
dicho tambin temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido
de un pual que sale de la herida:

--Bueno, basta; ya viene el da...

Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de
trax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo,
dejando en su modesto hogar a la compaera en la sencilla labor de cada
da, y, en el divino sueo de la infancia sana, los hijos de la salud y
el amor.

Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella maana de
enero, pudo orse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel
y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la
victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrugn de aquel da.

La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde
horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han
intervenido madre y hermanas, disputndose el xito en los refinamientos
de la previsin, pues en los ltimos detalles de un trajn semejante es
cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de
dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la
pasta dentfrica; el betn, etc., etc.

Nada se ha omitido, y slo queda para mandar por encomienda el frac de
Melchor, que no cupo en el bal y que es bueno tener a la mano--segn
lo aconsej burlescamente su hermana mayor,--por si se daba algn baile
en el pueblo.

--Bueno: otro adis! adis, mam; adis, muchachas; dganle a tata que
no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, eh! y no se
olviden del frac--y luego, dirigindose al cochero:--vamos a casa de
Merrick, sabes? en la avenida.

--El seor Ricardo est ya en casa; yo fui a buscarlo.

--Ah! entonces vamos all.

Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al
romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la
regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de
la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor,
que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llam a un vendedor
de diarios que descenda de un tranva:

--Dame _Nacin_ y _Prensa_...

--...No tengo cobre...

--Djalos, no ms. Vamos!

Y la victoria continu su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse
en el da como de costumbre: con un acto de relativa previsin y otro de
generosidad.

Cuando el carruaje lleg a casa de Lorenzo, ste y Merrick esperaban en
la puerta de calle.

--Estbamos haciendo votos por la prolongacin de tu tardanza.

--Por qu?

--Porque as podramos perder el tren y desistir de este viaje, para
nosotros estril y para ti penoso.

--No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo;
bajo en seguida.

--Estn en el balcn; nosotros ya nos despedimos.

--Ya las he visto--dijo Melchor, mientras suba de a cuatro la amplia
escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que
en coro le hizo una de esas recepciones ntimas en que el deseo de rer
y de llorar se mezclan.

La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala
que daba acceso al vestbulo, interrumpi los saludos dirigidos a
Melchor dicindole:

--Venga para ac... venga el santo... el bueno...

--Seora!--exclam Melchor dirigindose hacia ella, que lo recibi con
los brazos abiertos exclamando:

--Un abrazo... as... fuerte... muy fuerte!--y rompi a llorar.

Las hermanas de Lorenzo llevaron los pauelos a los ojos y en medio de
un silencio de sollozos el padre de aqul se dirigi pausadamente hacia
el escritorio en el que penetr despacio...

--Slo usted... slo usted es capaz de este sacrificio!

--Qu sacrificio, seora, si Lorenzo es para m un hermano.

--Y usted es para m un hijo desde hoy.

--Bueno, seora; es decir: bueno, mamita, dejmonos de llantos para
los que no hay motivo y ya vern ustedes cmo dentro de poco vuelve
Lorenzo hecho unas pascuas--dijo Melchor sonriendo al dominar la
intensa, la profunda emocin que senta.

--Dios lo oiga!

--Y me oir! si yo estoy con Dios... as!...--repuso sonriendo al
cerrar la mano con un enrgico gesto, y agreg:

--Bueno, adis! que tenemos los minutos contados; adis... mamita,
adis, Sofa; adis, Carmencita; hasta pronto, seor!--dirigindose al
viejo Fraga que sala del escritorio guardando el pauelo entre el
chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su
saco...

--Adis, amigo, adis! y ya sabe, eh? cualquier cosa...

--S, seor; pero no habr necesidad de nada, si llevamos provisiones
para cien aos!--repuso Melchor con su jovialidad habitual.

Y baj la escalera, enviando todava un adis! a todos, entre los que
dejaba una vez ms el alivio moral que su carcter generoso y bueno
derramaba en los espritus atribulados o enfermos.

--Caramba, con tu despedida!

--La seora me detuvo; pero estamos en tiempo, vamos!

--Al Once, ch--dijo Lorenzo al cochero y el carruaje parti.

--Vamos a tener un viaje esplndido... sin tierra... fresco...--deca
Melchor,--ya vern qu maravilla de vida vamos a pasar!... y qu tal?
Ricardo, qu dices?

--Yo?... nada! qu quieres que diga?

--Quiero que hables! oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides
lo que te deca anoche tu madre.

--Mi madre!...

--S, tu madre, pues qu?

--Mi madre ha sido feliz toda su vida.

--Y t, no?... Qu rico tipo!... Mira, as--y reuna en un haz las
yemas de sus dedos,--as, ves?... as hay consuelos para cada dolor.

--Es posible.

--No; es exacto y slo un nio, y un nio pavo, llora porque no le dan
un juguete.

--Un juguete!...

--Y a qu hora llegamos a Trenque Lauquen?--interrumpi Lorenzo.

--A las cinco; pero tenemos que pasar all la noche para salir maana a
la madrugada, bien temprano, camino de la Celia.

--Y a la estancia?--insisti Lorenzo.

--Si los caminos estn buenos, de 5 a 6 de la tarde.

--Todo el da en coche! Qu horror!

--No; se hace una parada para almorzar y... sestear en la posta del
Paso... Qu te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo?

--El qu?...

--El qu!... Ests dormido?

--Estaba distrado.

--Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetir el caso.

En la estacin les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino
Meja, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que tena
en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patrn, bien
merecido todo en quince aos de leales servicios, durante los cuales no
haba podido convencerse de que Lorenzo los haba vivido tambin.

--Los equipajes ya estn cargados, nio; pero, sabe?... el bal grande
no puede ir en este tren; pero va ms tarde.

--Por qu?

--No s qu me dijo el jefe, de que no hay furgn de encomiendas, porque
dice que es rpido de pasajeros. Traiga la valijita.

--Toma, y dnde est Melchor que no lo veo?

--Ah viene con D. Ricardo.

Por entre la multitud de pasajeros, empleados y changadores que llenaban
el andn, apareci Melchor acompaando a Ricardo.

--En qu andan?

--Este, que quera comprar _La Nacin_ y _La Prensa_, a pesar de que yo
los llevo.

--Y yo tambin.

--No importa--replic Ricardo;--yo no puedo pasarme sin los diarios.

--Pero si los tenamos!

--Bueno, djalo--dijo Melchor, en tono de broma,--cada loco con su
tema... y ya no faltan ms que cinco minutos... cargaron todo?

--Todo, s, seor--contest Rufino.

--Ch, y las boletas?

--Aqu estn, nio.

--Bueno, andando!--dijo Melchor.

El grupo se dirigi al sitio que tenan tomado en el tren y que Rufino
haba arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant.

--Este asiento para ti, Ricardo, y ste para ti, Lorenzo; as van a ir
ms cmodos.

--Y t?

--Yo... aqu!--dijo Melchor dejndose caer en el asiento, con
estrepitosa satisfaccin.

--No te molesta ir dando la espalda a la mquina?

--No; y as les veo a ustedes las caras y aprecio la impresin que el
viaje les har.

Son en ese instante la campana de partida; se oy en toda direccin
despedidas en voz alta; la mquina contest: lista! con su ronco
silbato y en seguida resoplaron los cilindros y las bielas iniciaron el
movimiento propulsor de las ruedas y el tren, pesado y largo, empez su
suave deslizamiento...

--Adis, adis, Rufino!--exclamaron los viajeros asomados a las
ventanillas del coche.

--Adis! Adis, don Ricardo, adis, don Melchor, adis, nio y cudese
eh! y a ver si vuelve sano y contento.

--S, Rufino, adis!... Que escriban!

* * *

En aquella actitud quedaron los viajeros en observacin del panorama,
que se desarrollaba ante ellos a favor de la marcha acelerada del tren,
que a instantes pareca avanzar a saltos felinos y sinuosos.

Melchor espiaba complacido a sus compaeros de viaje y vindoles
distrados en la contemplacin del paisaje, habra continuado en la
misma postura, durante las diez horas del viaje que realizaba por ellos
y slo por ellos.

Su noble espritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazn
limpio y sano--todo, todo! su ser moral estaba empeado en la obra de
reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente
enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energas abandonaba todo
cuanto poda halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones
lcitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo
Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancola neurastnica,
de la desilusin pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad
confortativa, a la complacencia de ser, a la suprema satisfaccin de
vivir bajo la enrgica propulsin de una intensa salud fsico-moral.

--Ah!--pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos
amigos.--Qu dirn en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando
vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de
pavadas?...

En ese instante Lorenzo se retir de la ventanilla y se acomod en su
asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continu un momento
esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna
conversacin, como lo hizo Lorenzo, diciendo:

--Linda maana, eh?

--Hola!--exclam Melchor, sentndose a su vez y restregndose
efusivamente las manos.--Conque ya encontramos algo lindo?

--Y qu quieres?... Quieres que encontremos fea o desapacible a esta
esplndida maana?

--Bravo! Progresamos! Conque esplndida, eh? No te deca yo que al
empezar este paseto iniciaramos la mejora?

--Djate de tonteras!--interrumpi Ricardo,--pues nos vas a poner en el
caso de no poder hablar.

--No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el
mdico, y es justo que haga clnica, apreciando en todo su valor hasta
el sntoma menos importante para otro ojo menos experto.

--Y en vez de clnica, haces tonteras... insisto!

--Gracias por la amabilidad.

--Vas a resentirte?

--Qu esperanza! Nada ms agradable que verse tratado as por un
amigo...

--Que precisamente por serlo desde la infancia est autorizado...

--A pegar?...

--Yo no te pego; te hago una observacin amistosa.

--S; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no
deben sealar con el ndice y sealan con el anular o con el meique;
pero sealan con el dedo...

--Boooletos!--grit el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno,
cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los
discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se
gana la razn por la altura de la voz sino por la del concepto, como
ignoraba aqul que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra
y el sacabocados.

--Me ha dejado aturdido el grito del guarda--dijo Lorenzo, por romper el
silencio que sigui a la discusin que provoc Ricardo.

--Realmente! Qu pulmones!--repuso Melchor, agregando:--Cmo se
conoce que ese hombre vive viajando!

--Y quin te dice que no vive en Buenos Aires?--replic Ricardo.

--Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara!

--Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que
todo el mundo vive sano y fuerte en la capital.

--Sin duda! Si Buenos Aires es una de las ciudades ms sanas del
mundo!; pero cmo vas a comparar la vida en ella y aqu no ms;
fjate... mira qu maravillas de quintas.

--S; muy lindas...

--Y qu ambiente!... Qu diafanidad!... Ya por aqu slo se toma olor
a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza!

--No se toma olor a ciudad? Qu raro, eh?...--dijo riendo amablemente
Ricardo.

--Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a
cloacas, a hoteles, a multitudes.

--A multitudes!... pero qu buena observacin! Conque no hay
multitudes en despoblado?

--Te digo multitudes, empleando una metonimia.

--Una... qu?

--Una metonimia, de causa por efecto; y as te dije olor a multitudes
por no decirte olor a sudor.

--Qu porquera!

--Eso es! Olor a porquera; tal es, precisamente, el olor a ciudad.

--Pero, qu encono con la ciudad!--dijo Lorenzo, que pareca absorbido
en la contemplacin del paisaje, renovado caleidoscpicamente a favor de
la marcha acelerada del tren.

--No hay tal; es justicia al campo.

--Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres, como en el cuento de
Larra.

--No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa
una condenacin a la vida en las grandes ciudades.

--Pero prefieres la primera.

--Con toda mi alma!

--Luego no te gusta vivir en Buenos Aires.

--Que no me gusta...--replic Melchor, subrayando las palabras,--tanto
como eso... a m me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece.

--Que Buenos Aires se parece al mar?

--Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades,
borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes
calmas se parece.

--Y por eso no te gusta?

--Me gusta como el mar: para baarme; pero no para quedarme en l; me
gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; pero me sofoca la vida
entre ms de un milln de personas que se agitan, hablan, se mueven,
atropellan, contagian, pegan, muerden!

--Lujn!!--grit en el andn la misma formidable voz de los
booletos.

--Tendremos tiempo de bajar?--pregunt Lorenzo.

--Algunos minutos--repuso Melchor;--bajemos.

--Cunta gente baja aqu!--dijo Ricardo al pisar el andn.

--Son peregrinos en su mayor parte, devotos de la Virgen de Lujn.

--Pero cuntos! Fjate... Siguen bajando!

--Esto es muy frecuente; vienen no slo de Buenos Aires, sino hasta del
exterior.

--Qu cosa brbara!--exclam Ricardo, agregando:--Y todos stos
creern?

--Si no creyeran--le contest Melchor,--no vendran a traer sus ofrendas
y sus preces.

--Eso... no...--replic Ricardo, como distradamente.--Vamos a ver?

--A ver qu?

--A ver qu hacen... cmo se forman... adnde van...

--No hacen nada; no se forman, porque no vienen regimentados, y van,
probablemente, a la baslica, cada uno por su cuenta o en grupos.

--Van caminando?...

--Y cmo quieres que vayan?

--Yo crea que iran hincados--dijo burlonamente Ricardo.

--Quiz no falten quienes vayan as, por alguna promesa o por fanatismo.

--Subamos, ch, que va a ser la hora.

De nuevo en sus asientos, Ricardo reanud el tema, diciendo:

--Deben ser felices los que creen, eh?

--Si la felicidad est en creer--repuso Melchor,--todos deben ser
felices.

--Todos los que creen.

--Y t crees que haya excepciones?

--Cmo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregntaselo a Voltaire.

--A Voltaire? Qu mal ejemplo has presentado!...

Por qu?--repuso Ricardo, turbado visiblemente, pero dando a su voz una
inflexin destinada a disimular la contrariedad de haber citado por
odas, ya que nunca haba ledo ni una lnea del famoso escritor
francs.

--Porque cuando Voltaire tuvo viruelas llam al confesor.

--No lo recuerdo...

--S; lo llam, y no deba ser tan descredo cuando ante la idea de
morir quiso ponerse bien con Dios.

--Es cierto eso, Melchor?--pregunt Lorenzo.

--Rigurosamente cierto: Voltaire hizo lo que todos; lo que aquel
filsofo positivista que al terminar una conferencia negando la
existencia del alma, anunci la prxima, diciendo a su auditorio: el
sbado, si Dios quiere, demostrar que no hay Dios.

--Por lo visto, eres todo un creyente--dijo Ricardo.

--Yo s, ch; para qu negarlo?

--Desde luego; creer y negar que se cree, debe ser cuando menos
fatigoso...

--Y es... tan comn!

--Lo dices por m?

--Hombre!... t me has dicho recin cosas peores.

--Que has querido considerarlas as y tomar ahora una revancha
sangrienta.

--Sangrienta!...

--Pues es nada: me dices mentiroso, hipcrita... casi apstata.

--Apstata!... qu gracioso!

--Advierte que el atesmo y el pantesmo se dan la mano y que si me
supones renegando de mi religin, me colocas en plena apostasa.

--Es ir lejos!

--T me llevas...

--Qu he de llevarte!... Acaso explicablemente no he hablado nunca de
religin contigo y al tocar incidentalmente el tema he credo ver
confirmadas las mismas sospechas que me retrajeron antes, si alguna vez
pens hablarte de estas cosas.

--Puedo saber de qu ndole son esas sospechas, seor mdico?...

--Qu tema tan aburrido!--interrumpi Lorenzo.

--Aburrido?... por parte de quin? de Ricardo?... o de m?

--No he dicho que ustedes hagan aburrido el tema, sino que lo es en s
mismo.

--Por qu?

--Porque hablarn todo el da y todo el mes sin arribar a nada.

--Quin sabe!...

--S, ch... Lorenzo tiene razn; entre un materialista y un
espiritualista como t...

--O como t...

--Cmo yo?

--Como t y como todos! Yo s que viste mucho eso de darse a
filosofas spencerianas y diferir con los pobres de espritu que creemos
en Dios y sostener que descendemos del mono--aunque no sepamos de dnde
desciende el mono,--y aunque se acabe por llamar al confesor en cuanto
aparecen viruelas.

--Ser as; yo me quedo con mis ideas evolucionistas.

--Pero tu evolucionismo necesita un punto de partida, una base de
evolucin, un tomo de vida!

--Perfectamente.

--Y bien: ah, ah est Dios!

--Tan chiquito es Dios?

--Tan chiquito para caber en el tomo como grande para llenar el
Universo.

--Tambin est en todo el Universo?

--Bah! Contigo no se puede discutir esto porque haces broma, como
socorrido recurso de impotencia, desde que en lo ntimo t eres tan
creyente y tan cristiano como yo.

--Qu voy a ser!

--Eres! y eres porque es tu madre, en cuyo seno has bebido estas ideas
y en cuyo hogar se cree en Dios y se observan los principios de la moral
cristiana que t mismo practicas a cada rato.

--Eso es cuestin de educacin.

--S, en cuanto a la moral que observamos; pero ello nada tiene que ver
con nuestros sentimientos religiosos.

--Que yo no tengo.

--Mira: no hay, no ha habido ni habr jams un ser humano que no sienta
a Dios en su conciencia y en su pensamiento, mientras tenga una y otro.
No hago cuestin de nombre; Dios; el sol; el buey Apis; la cabra de
Mndez; el budhismo; el mahometismo; el cristianismo; el animismo, etc.,
todo eso representa a un mismo sentimiento, porque responde a una misma
impresin, y si nos es dado elegir, cul de todas las religiones del
mundo nos ofrece una moral ms sana, ms fecunda, ms generosa que
nuestra moral cristiana en la fe de Dios?

Lorenzo escuchaba el dilogo de Melchor y Ricardo mientras observaba el
campo con la cabeza apoyada en la mano derecha, y al escuchar las
ltimas palabras de Melchor se volvi hacia ste, dicindole:

--Pareces un apstol en pleno paganismo!

--Bien puede haber de las dos cosas--replic Melchor,--y ms que fecundo
me resultara este viaje si l me hubiera de servir para convertir a
ustedes.

--Qu empeo!...

--Muy explicable, por todo concepto; porque, ante todo, de algo hemos de
hablar para entretener el viaje, y en vez de discutir sobre modas, el
tema religioso puede darnos base para que ustedes tengan algo de lo que
les falta.

--Lo que a m me falta no me lo dar la religin--dijo Ricardo.

--Por lo pronto te ha dado tema para hablar con ms vivacidad de la que
te es habitual.

--Lo mismo pasara si hablramos de modas.

--No, ch, Ricardo, por favor! No hablemos de modas por ms que sea el
tema predilecto de los hombres de... la actualidad.

--Eso es cierto--dijo Lorenzo,--ms de una vez lo he comprobado.

--Yo lo he comprobado cuantas veces he visto reunidos media docena de
caballeros y de damas.

--No dir tanto; pero es frecuente...

--Es fatal! en las reuniones de hoy se juega o se habla tonteras; yo no
me he encontrado en ninguna reunin en que no se haga una de estas dos
imbecilidades.

--T exageras demasiado, Melchor: hay sin duda en nuestro ambiente
social mucha superficialidad, pero hay muchos estudiosos y no escasean
los centros realmente intelectuales.

--No los he visto!... Yo suelo visitar a nuestras relaciones--y t las
conoces, Lorenzo,--sin encontrar jams, as: jams! nada que no sea un
poker armado o una acalorada discusin, entre damas y caballeros,
sobre el costo del sombrero de fulanita; pero, hombre! sin ir ms
lejos: la otra noche fui a lo de Mndez, sabes? a lo de misia Edelmira,
porque era da de recibir. Estaba Pereyra con su mujer, el doctor Gener
con la suya, el diputado Targe, el senador Ramrez con la seora--y qu
linda estaba!...--Eguina... las dos muchachas de Gori--dos
bagres!...--y no me acuerdo quines ms, pues no se habl ms que de
sombreros y de yeguas!

--De yeguas?...

--De yeguas, ch! porque, segn pude entender, la Nona, que es la
seora de Pepito, haba vendido a Toto, que es el marido de la
Beba, una yegua del coche, en cuatrocientos pesos, que haba invertido
en comprar un modelo.

--Qu es lo que dices?

--Lo que oyes, Lorenzo!, porque has de haber observado que hoy es moda
en sociedad designar a las personas por el apodo o por el nombre, y no
por el apellido, y menos por el ttulo; y as es de mal gusto hablar del
doctor Garca cuando se le puede designar por su nombre de pila:
Claudio, o por el sobrenombre, lo que es ms distinguido: el Nene, por
ejemplo.

--Qu ridiculez!

--Y cuando el Nene resulta un hombre del alto de esa puerta, y con
varios nenes de verdad a la cola!

--Y lo del modelo?

--Pero cmo?... Qu, no sabes, Lorenzo?... Ah!... yo aquella noche
aprend eso y mucho ms: un modelo es un sombrero de seora trado de
Pars para hacer otros iguales; pero que jams valen lo que aqul y
segn parece la Nona estaba loca por comprar uno que haba visto; y
como Pepito (Pepito es decano de la Facultad!) no le daba los
cuatrocientos pesos que costaba, la Nona le vendi a Toto, con
permiso de la Beba, una de las yeguas del coche.

--Cunto disparate!...

--Pues esos disparates fueron el tema de conversacin durante toda la
reunin, siendo de advertir que los ms eruditos mantenedores fueron
los caballeros... y esto es lo comn... tratar temas de esa clase... o
jugar un pocarcito...

--Ese juego se ha divulgado mucho realmente--dijo Lorenzo.

--Y entre qu gente! Casi no hay casa donde no se jueguen partiditas
familiares, ch... a cinco pesos la caja, no ms; pero... con cada
metejn!...

--Qu ciudad es esta a que vamos llegando?

--Esto?... esto... es Mercedes--repuso Melchor,--aqu podremos bajar un
momento para estirar las piernas.

* * *

--Y en serio, Melchor, habras ido en la mquina?

--Ya lo creo!... No slo porque en ella se goza de un espectculo mil
veces ms hermoso que desde esta ventanilla, sino porque habra
conversado con el maquinista, en grande.

--Yo no me explico, che, Lorenzo, estos gustos de Melchor!... estas
excentricidades!... Conversar con el maquinista!...

--Asmbrate cuanto quieras; pero confiesa que sin motivo fundado.

--Cmo sin motivo?... De qu te puede servir semejante compaa?

--Es claro que el maquinista no me informar sobre el estado de
relaciones entre el Japn y los Estados Unidos, en las que, por otra
parte, no me intereso, porque no me importa; pero a m me complace mucho
estar con los tipos que me son simpticos y de todos los hombres de
trabajo ninguno lo es tanto para m como el maquinista de ferrocarril.

--Puede ser!...

--S, Ricardo, lo es. T, como muchos, no concibes que haya inters ms
que en tus iguales: para ti los del Jockey o los del Crculo... fuera de
eso... nadie vale nada.

--Por lo pronto, hace ms de un ao que no voy al club.

--No irs, Ricardo, por cualquier razn; pero no por frecuentar a gente
de otra clase.

--Y qu? Supones que deje de ir al Crculo por visitar a los seores
maquinistas?...

--No digo eso, pero aun asimismo... si furamos a compulsar enseanzas
acaso los maquinistas--y como ellos tantos otros!--no sacaran la peor
parte...

--No digas barbaridades!...

--Si no las digo!... Las mejores enseanzas que yo he recogido no las
recib frecuentando a esas personas de que hablamos hace un momento y
que slo tramitan chismografa social, sino de buenas gentes que ignoran
todo eso, pero que viven la vida intensamente. En la estancia van a
conocer ustedes a Baldomero, el capataz, un tipo genuinamente criollo,
que ha tenido sus contrastes y sus desgracias, pero que es amable y
jovial en todos los casos y que al preguntarle una vez: Cmo le va,
Baldomero?... me contest as: Aqu vamos, don Melchor, tragando
amargo y escupiendo dulce.

--Qu hermoso!--dijo Lorenzo.

--Admirable! ch: fjate bien en toda la filosofa de esa frmula tan
sencilla puesta en boca de un hombre de campo que en medio de sus
contrariedades comprende que debe ser amable con quienes no tienen la
culpa de ellas y lo expresa as: tragando amargo y escupiendo dulce!

--Es en bruto el concepto de Vctor Hugo... te acuerdas?... en la
Oracin por todos...--dijo Lorenzo,--cuando al hablarle de la madre
dice a su hija; ms o menos, no me acuerdo bien: que haciendo dos
porciones de la vida, bebi el acbar y te dio la miel.

--Eso es!... Con una diferencia para m: que en un caso hay un verso
de Vctor Hugo... y en el otro la expresin sincera de un hombre de
corazn.

--Y qu tiene que ver todo eso con los seores maquinistas?--dijo
Ricardo burlescamente.

--Que es frecuente encontrar en gente de baja condicin social
conceptos y formas que impresionan ms que el mejor precepto editado por
el ms campanudo moralista!

--Tambin con una diferencia, Melchor.

--Cul?

--Que esos tipos dan, si acaso, un buen consejo cada cien aos, mientras
que en un buen texto de moral encuentras cien preceptos por pgina.

--La razn est en que esos tratadistas son acopiadores de mximas que
reeditan modernizndolas, mientras que nadie se ocupa en coleccionar las
que a millares circulan entre nuestra gente de pueblo.

--A millares!...

--Como suena, y si no, fjate en la forma con que el maquinista que nos
lleva contest a mi saludo cuando le pregunt: cmo le va, amigo?...
Bien, por lo conforme--me dijo.

--No veo motivo para maravillarse por eso!

--Cmo lo has de ver, Ricardo, si t has demostrado mil veces que eres
incapaz de conformarte con tu suerte y hasta has pensado en que tu vida
deba concluir el da en que una tontuela casquivana te dijo que no le
daba la gana de quererte. A eso conduce el desprecio por todo lo que no
est a la altura de nuestro nivel circunvecino; a eso conduce la fiel
observancia de ideas que nos inculca la vanidad, la petulancia y el
espejismo social, tras del que vamos como locos, fascinados por ideales
quimricos o absurdos, mientras la verdadera filosofa, la del pueblo,
la del buen pueblo manso, trabajador y resignado, es despreciada por su
origen bajo! se es el resultado de los que prefieren el libro con
lujosa encuademacin!... por ah se empieza o por ah se acaba--lo que
es peor,--porque suele marcar el ltimo tramo de una verdadera
perversin en las ideas que regulan nuestra manera de ser--y en
oposicin al criterio con que se le ense al maquinista a sentirse
bien, por lo conforme, se te ha taladrado los odos con un grito ruin
y perverso que me parece estar oyendo: es necesario no conformarse con
eso: y as has vivido t, y t tambin, y todos! torturndose en la
estpida ambicin de ambiciones nuevas.

--Y acaso t no las tienes?

--Si yo no creo que la frmula definitiva de nuestra perfectibilidad
consista en no tenerlas, sino en restringirlas sensatamente, hasta
ponerlas dentro de los lmites de nuestro destino o de nuestra
capacidad, habitundonos a resignarse con esto! De lo contrario, surgen
los delitos, y los ms de los crmenes; de cada mil robos uno se har
por necesidad, los dems, por ambiciones incontenibles!

--Qu buena marcha llevamos!

--Ya ves, Lorenzo, con esta velocidad vamos doscientos o trescientos
pasajeros, ms o menos acaudalados... felices... de alta posicin
social... de gran porvenir muchos... en manos del maquinista, que acta
bajo una sola y tenaz preocupacin: velar por nuestra vida. Un
movimiento de despecho, de envidia ruin--si cupiera en su alma fuerte y
sana,--bastara para concluir con todos nosotros.

--Y con l!--interrumpi Ricardo.

--A l le bastara con bajarse y dejar a la mquina en libertad.
Seguramente iramos a darnos cuenta al otro mundo, si no se repeta el
caso de un maquinista que en esta misma va y sabiendo que se haba
escapado un tren de pasajeros, lo esper subido al depsito de agua de
la estacin en que se encontraba, con licencia, y al pasar el tren se
arroj al tnder, en el que por la violencia del choque se rompi las
dos piernas y as, arrastrndose penosamente, lleg hasta la palanca de
la mquina, par al tren y salv la vida de todos los pasajeros.

--Lo hara pensando en la recompensa!--dijo Ricardo.

--Vaya un elogio!... Lo hizo porque era maquinista de ferrocarril... y
nada ms! Con ese criterio la accin ms noble y generosa resulta
despreciable y lo mismo podras pensar de otro maquinista que, al entrar
con un tren rpido entre las quintas de Flores, vio un pequeo bulto en
la va, que a la distancia le pareci un perro; pero cuando estuvo casi
encima, a pocos metros, vio que era una criatura, y sin tiempo material
para parar la mquina pas en dos brincos hasta el miriaque y al llegar
a la niita, la levant en alto con una mano, salvndola de una muerte
segura.

--Ch, Lorenzo: qu te parece la imaginacin de Melchor?...

--Imaginacin!... En los archivos de esta empresa estn los
antecedentes de estos dos casos y de muchos anlogos. Si dudas, anda a
preguntar.

--No me da tan fuerte!

--Te lo aconsejo, porque dudas; no porque me importe que no creas, desde
que es verdad.

--Es cuando fastidia ms no ser credo!

--Ests equivocadsimo! El que se fastidia de que no le crean, es,
generalmente, el que miente. El que dice la verdad no se encona con
quien no le cree; cuando ms, lo compadece...

* * *

--Por lo que se ve, Chivilcoy debe ser una de las ciudades ms
importantes de la provincia--dijo Ricardo.

--As es--contest Lorenzo,--y ha prosperado extraordinariamente.

--Qu poblacin tiene?

--Cerca de treinta mil habitantes.

--Tanto, eh?... Y Melchor, dnde est?

--Me dijo que ya vena... Aqu viene.

--Fui a hacer un telegrama--dijo Melchor, respondiendo a Ricardo.

--Un telegrama?... a quin?

--Menos averigua Dios, y perdona... Subamos?

Instalados en sus asientos y de nuevo en marcha, Ricardo no pudo
reprimir su curiosidad e insisti en su pregunta:

--Y al fin, a quin telegrafiaste?

--Qu curiosidad!

--Es un secreto tan grande?

--No, hombre!... Hice un telegrama que haba prometido a Clota.

La fisonoma de Ricardo se nubl intensamente, y aun cuando las sombras
de su espritu no hubieran asomado al semblante, su repentino silencio
las habra delatado.

Los tres amigos permanecieron callados un largo rato, en aparente
observacin del paisaje, pero, en realidad, absortos en pensamientos ms
o menos torcedores.

Melchor haba advertido el cambio brusco producido en Ricardo, al mismo
tiempo que observaba en Lorenzo uno de esos aplanamientos propios de su
estado de nimo y que tan hondamente lo preocupaban; en el espritu de
Ricardo, como en la naturaleza, las sombras se haban ennegrecido ante
la luz, y la idea de aquel telegrama, de aquel mensaje de amor y de
felicidad, irradiaba en su imaginacin como un lampo de luz obnubilante.

Por su parte, Lorenzo pretenda meditar sobre su estado mental, luchando
sin xito con la incoherencia de sus ideas, en uno de esos curiosos
estados de conciencia en que la voluntad parece desmayar a cada impulso
y en que slo se destaca ntido y claro el falso convencimiento de una
enfermedad imaginaria.

l quera pensar en las ulterioridades del viaje que realizaba, en la
posibilidad de reaccionar sobre un estado enfermizo, que, en realidad,
no exista; pero vagas visiones de la infancia se superponan
confusamente en su imaginacin y al considerarlas fijadas en su memoria,
el recuerdo de sus ntimos surga mezclado con extravagancias de
carcter sociolgico o con problemas de poltica internacional, para
concluir pensando que todo su mal radicaba en el estmago, y que si
pudiera respirar bien, la circulacin se hara cumplidamente y su
cerebro volvera a la plenitud de su perdida energa mental.

En estas situaciones Lorenzo arribaba al convencimiento de ser vctima
de un mal incurable, a cuyo lento trabajo de destruccin deba asistir
resignadamente hasta que me llegue la hora de morir del todo, pensaba.

Bajo el imperio de esta obsesin haba ledo mucho y preguntado ms,
para confirmar el convencimiento de poseer en cada caso el cuadro
sintomatolgico de toda enfermedad, y era, entretanto, un organismo sano
y preparado para vivir a base de una discreta metodizacin de las
energas fsicas e intelectuales, que haba disipado con la
incontinencia propia de la edad y del enorme caudal que posea.

Melchor vea en el semblante de Lorenzo y en la vaguedad melanclica de
su mirada, el reflejo de lo que pasaba por su espritu; pero esta vez le
atribulaba menos, porque el asentimiento obtenido de l para hacer el
viaje que realizaban y permanecer en el campo algn tiempo, lo haba
considerado fundadamente como un gran paso hacia su curacin, en la que
estaba leal, sincera, hondamente interesado.

--En qu piensas?--le pregunt, golpendole afablemente con la palma de
la mano en la rodilla.

--Psh!... En tantas cosas!...

--En muchas?...

--En muchas...

--Alegres?

--Si fuera como t...

--Qu modelito! eh? pues imitarlo: no vayas a creer que con las
personas ocurre lo que con los sombreros de seora!... no!

--Precisamente, Melchor; t eres un modelo que todos estimamos en lo que
vale; pero si yo pretendiera imitarte resultara un mamarracho.

--Modestia... ch... modestia! Los hombres podemos y debemos imitarnos.
Yo podra ser igual a ti o a Ricardo, pero no me conviene... en cambio,
a ti te conviene ser como yo?... pues me imitas!

--Eso equivale a poner un changador fornido frente a un ser enteco y
decir a ste: imtalo!... levanta los pesos que aqul...

--Es muy distinto, Lorenzo!... Y aun asimismo, a fuerza de ejercicio
perseverante y metdico, el enteco puede llegar a imitar al changador;
pero en cambio t no me negars que el hombre ms sucio y desidioso de
su persona puede reaccionar y ponerse, en una hora, a la altura del ms
higinico y acicalado... no es verdad?... todo es cuestin de jabn...
mucho jabn!... y agua en abundancia.

--En ese caso, es claro! pero dile a una madre que no llore la muerte
de su hijo... Anda! dile que ra!...--dijo Ricardo.

--Me guardar muy bien!

--Bueno, pues!--agreg Lorenzo.

--No, me guardar muy bien, porque ello ira contra la energa moral
embotada momentneamente por el dolor y porque es necesario, dulcemente
necesario llorar al hijo muerto; pero ninguna madre se ha pasado la vida
llorando la muerte de un hijo... se llora durante algn tiempo... ms o
menos largo... pero al fin vuelve el equilibrio moral... llega la
resignacin... la conformidad... el hbito, te dira, y gradualmente se
vuelve a la vida... se vuelve... se vuelve a la risa!... Esta es la
verdad en toda su crudeza!

--S; pero sa es la obra del tiempo.

--En cambio, el individuo que pierde un ojo queda tuerto para siempre!

--No s qu me quieres decir.

--Esto: que los ms grandes dolores morales, el ms grande de todos: el
de una madre que pierde a un hijo, es transitorio... es casi fugaz... y
que cuando todo nos ensea que todo es transitorio y deleznable, la
razn nos obliga a rechazar la perdurabilidad de un estado moral que nos
daa... y est en nosotros rechazarlo!... no slo por nuestra salud,
sino porque vivimos rodeados de otros seres a quienes no debemos
acongojar constantemente con el lamento de nuestras penas; porque esto
es perverso y es cobarde, y es indigno de hombres como nosotros, que
hemos nacido y crecido recibiendo beneficios y carios y energas, de
nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos.

A medida que Melchor hablaba, dando a su voz acentos de inusitada
vehemencia, Lorenzo experimentaba como un consuelo ternsimo
escuchndole y deseando que continuara en su disertacin, que inoculaba
en su espritu una extraa sensacin de energas no sentidas. Nunca,
como en aquel momento haba experimentado Lorenzo y Ricardo como l, la
influencia tonificante que Melchor les produca, nunca como en aquel
momento y realizando aquel viaje, se les haba mostrado ste tan digno
de ser imitado, y nunca haban sentido ms candente el rubor de la
propia debilidad, puesta en alto relieve por la tenaz y vibrante prdica
de Melchor, quien, advirtiendo el efecto que les produca, continu
diciendo:

--Yo no puedo pretender ofrecerme como un ejemplo de impecable
discrecin; pero nunca he trasmitido a nadie ni la ms mnima
participacin en mis angustias ni en mis tristezas, que siempre han sido
consecuencia de mis actos, y tengo--invocando la amistad a que apelaba
Ricardo hace un rato,--el derecho de reprocharles en cuantas ocasiones
se me presenten, la inercia moral que ustedes revelan, que ustedes
cultivan. As: cultivan, como si fuera muy hermoso y muy digno
entregarse a todas las apatas y contaminar a cuantos nos rodean con la
baba de nuestras tristezas o de nuestras preocupaciones, en vez de
levantar el espritu, por el propio esfuerzo, y simular, si es
necesario, una alegra que nos haga amables o cuando menos que no nos
convierta en motivo de pena para nuestros ntimos y para cuantos tenemos
que frecuentar. T, t, Lorenzo, deberas vivir riendo y cantando en tu
casa, donde eres mimado e idolatrado hasta todos los extremos, y donde
has puesto una nota perversa de dolor infundado, desde el da en que te
creste enfermo de un mal que no existe ms que en tu imaginacin y que
no has combatido hasta hoy en ninguna forma eficaz. Yo puedo hablarles
as porque, sin tener ni ms inteligencia ni siquiera la ilustracin de
ustedes, he cultivado la voluntad y me he aplicado a practicar los
preceptos que mil veces les he repetido, y que ustedes, con ms caudal
que yo, pueden hacer efectivos desde el momento en que se resuelvan. Me
es duro hablarles as y sufro ms yo dicindoles estas cosas que ustedes
merecindolas; pero hemos salido de Buenos Aires dejando ustedes
virtualmente una promesa, y yo me he encargado de que la cumplan
contando con ustedes que al aceptar la idea de este viaje se ponan a mi
servicio; es decir, al de un propsito honesto y digno, en cuya
consecucin el mayor beneficio ser para ustedes.

--Por mi parte--le interrumpi Ricardo--no he contrado con nadie la
obligacin de divertirles y si mi carcter es as la culpa no es ma.

--Tuya, y nada ms que tuya! Por lo mismo que como Lorenzo has tenido
en tu casa cuanto has querido, el da en que alguien te neg algo te
sentiste desgraciado. T eres vctima de tu propia felicidad, Ricardo.
Vulvete a ella!

--Esas son frases, Melchor, y nada ms! Porque t, como nadie, sabes
que la desgracia se ha cebado en m.

Al or esto, Melchor prorrumpi en una carcajada, diciendo al subrayar
cada slaba:

--...Que la desgracia se ha cebado en ti... esto es divino!...

--Re todo lo que quieras... eso es muy cmodo.

--Pero cmo no he de rerme, Ricardo, si todas tus desgracias caben bajo
un mismo rtulo que inspira risa: amores contrariados!

Y volvi a rer estrepitosamente.

--Yo habra de verte si Clota te dejase por otro!--dijo Ricardo
calculando herir en lo ms hondo.

--Ya est!--prorrumpi vehementemente Melchor.--Quieres que te diga lo
que sucedera?... pues bien, escucha: primero pensara: es mentira.

--Ah! Y si no fuera mentira?

--Pero esprate, caramba! djame hablar! Cuando me convenciera de que
Clota me reemplazaba sin vuelta, me dara un furor tremendo!... y ganas
de matar al otro (jams, en ningn caso, de matarme yo), y me pondra
triste despus, muy triste durante dos o tres... horas--esprate, no me
interrumpas;--luego tomara un coche; me ira a Palermo, vera all un
mundo de muchachas jvenes, lindas, dispuestas todas a quererme
mucho--como que esas muchachas van buscando a quien querer, eh?--pero
yo no les hara caso, ese da, porque estara muy triste; regresara a
casa, y como en casa nadie tendra la culpa de que Clota me hubiese
olvidado por otro, dira al entrar en casa lo que un amigo mo en
circunstancias anlogas: ahora hay que rer y entrara rindome... mi
madre conocera que mi risa era fingida; me preguntara la causa, y como
mi madre es mi madre, yo le dira: Clota me ha engaado; me menta: se
ha comprometido con otro; y en seguida no ms, abrazndola, agregara:
pero t no me has mentido nunca! t me quieres siempre!... y apoyado
en el cario de mi madre y feliz con l, esperara la llegada de...

--De qu?...

--De otra Clota ms constante!--dijo Melchor riendo, y agreg:--el
mundo est lleno de Clotas, ch Ricardo; convncete.

--Eso lo dices ahora.

--Ahora y siempre, porque mi tranquilidad, mi accin en la vida y mi
vida misma no pueden depender, no deben depender! de la volubilidad de
una muchacha ni de dos... y, por otra parte, quieres nada ms ridculo,
nada ms desairado, nada ms cursi, que un hombre como nosotros,
eternamente triste porque lo dej una novia para casarse con otro con
quien es eternamente feliz?... Adonde iramos a parar!

--Segn eso, la mujer no influye en el destino del hombre.

--Vaya si influye!... Ya lo creo!... pero la Mujer, eh?... en el
destino del Hombre, eh?... as, en trminos generales, y no una mujer
especial y determinada en el destino de un hombre cualquiera; en mi
destino, por ejemplo...

--Si pensar lo mismo tu novia?--dijo Lorenzo, sonriendo cariosamente.

--Seguramente no! qu gracia! Ella no tiene por qu pensar en estas
cosas; pero tengo de ella una idea tal, la considero una muchacha tan
discreta y tan sensata, que estoy seguro de que si yo le ocasionara una
decepcin, la recibira virilmente, y no se entregara a extremos
ridculos...

Estas palabras produjeron en Ricardo, a quien iban dirigidas, una
impresin tan intensa, que pretendiendo disimularla, dijo dirigindose a
Lorenzo:

--Ch!... Y los diarios?... dnde los han puesto que no los veo?

--Estn ah arriba--respondi Melchor, sealndolos, y agreg:--no les
parece que sera bueno almorzar?... Yo siento una languidez!...

--Vamos a almorzar--repuso Lorenzo displicentemente, y se dirigieron al
coche-restaurant.

* * *

Durante el almuerzo Melchor derroch los recursos de su espiritualidad
matizando la conversacin mesurada y seria de Lorenzo, a quien, como de
costumbre, incitaba a la jovialidad, dicindole ms de una vez:

--No temas... come; pero re! porque la risa es el gran digestivo;
jams la mesa llenar su funcin si no comprende estas tres condiciones
fundamentales: buenos y abundantes alimentos; buena y abundante
conversacin: y a cada bocado una carcajada formidable!

--Ests hecho un Brillant-Savarin perfeccionado!--dijo Lorenzo.

--Perfeccionado, ch! como que a los preceptos les sucede lo mismo que
a los gringos: se perfeccionan aqu... entre nosotros... Les pasa en
nuestro pas lo que nos ocurra antes con nuestros cueros, que los
mandbamos a Europa para que nos los devolvieran curtidos y
utilizables... a nosotros nos mandan residuos cloacales y nuestra
vitalidad social los depura y los devuelve--cuando se van!--curtidos y
utilizables; pero dejando estas filosofas... come!... te sirvo otro
filet?...

--No, gracias.

--Come! no seas maula!... Acurdate de aquel consejo: donde vayas a
comer, come mucho; si son tus amigos les dars placer; si son tus
enemigos, les dars rabia.

Para estimular el apetito de sus compaeros, Melchor coma con exceso y
rompa los silencios con observaciones ms o menos felices, destinadas a
reanudar la conversacin y a disipar alguna sombra en el espritu de sus
dos amigos.

No estaba el de l desprovisto de ellas en absoluto, porque las
alusiones a Clota, mezcladas al recuerdo de aquellas palabras de su
madre: dejas a tu novia, haban producido en su nimo cierto escozor
que, sin perturbarle demasiado, persista en l como el confuso
presentimiento de una amenaza.

l, que jams haba sentido la sensacin de una sospecha vulgar; l, que
se haba considerado siempre fuerte en la posesin espiritual de Clota;
l, que haba desechado resueltamente toda preocupacin recelosa,
experimentaba, por primera vez, una vaga, una tenusima alucinacin de
inquietud...

No la habra descubierto el psiclogo ms experimentado, tanto era de
incipiente; no la habran ni siquiera presentido sus compaeros de
viaje: l mismo acaso no poda apreciarla en su exacta magnitud, que as
es de indeciso y sutil el germen inicial en las tribulaciones del
espritu.

En situaciones tales hay, ms que una sensacin ponderable, un
presentimiento realmente inconsciente y fugaz, como el breve relmpago
precursor de una remotsima tempestad; uno de esos destellos,
instantneos y plidos, que las grandes tormentas, en marcha, lanzan en
silencio al espacio cuando aun se encuentran muy por debajo de la lnea
del horizonte sensible.

--Qu es eso?--exclam con asombro Lorenzo, ponindose de pie.

--Has odo?--dijo en el mismo tono Ricardo y casi al mismo tiempo
dirigindose a Melchor, que intensamente plido contest, levantndose
con violencia:

--S!... es a m!... qu habr?...

El tren acababa de entrar en la estacin del Bragado, y de entre la
concurrencia bastante numerosa que ocupaba el andn haba salido este
grito:

--Seor Melchor Astul!

El llamamiento se repiti hasta que, parado el convoy, descendieron los
tres amigos, y Melchor, impresionado y nervioso, abrindose paso por
entre la concurrencia, responda a los llamamientos gritando:

--Aqu!... Aqu!...

Un mensajero del telgrafo se le acerc:

--Cmo se llama usted, seor?

--Melchor Astul.

--Tiene alguna tarjeta... o algo?

--S, hombre! S, es l!--dijeron a do Lorenzo y Ricardo.

El mensajero los contempl un instante, los mir, ms bien, y
entregndoselo a Melchor, le dijo:

--Un telegrama para usted.

Melchor lo rompi temblorosamente y abriendo enormes sus grandes ojos
azules, mientras lo espiaban anhelosos Lorenzo y Ricardo, prorrumpi con
la voz ahogada por la emocin:

--De Clota... ya vengo... voy a contestarle.

--El recibo?... seor...--le reclam el mensajero.

--Ah... es cierto! Tienes lpiz, Lorenzo?

--No.

--Yo tengo--dijo Ricardo.

--Frmale el recibo, quieres?--y sacando del chaleco un montn de
moneditas las dio al mensajero, dicindole:

--Toma... para ti--y se dirigi al telgrafo, mientras Ricardo, apoyado
en la pared exterior de un vagn, escriba en el recibo del telegrama de
Clota, este nombre: Melchor Astul.

Lorenzo y Ricardo volvieron a subir al coche-restaurant, en el que el
mozo se ocupaba en poner en orden la mesa, cuyo mantel haba sido
arrastrado en parte por Melchor al levantarse.

--Alguna otra cosa, seores?...

--Vamos a esperar al compaero.

--Conforme!--respondi el mozo, dirigindose hacia el pequeo mostrador
del fondo, con movimientos idnticos a los de un pato que camina ligero.

Despus de un breve silencio, dijo Lorenzo:

--Cmo se quieren, eh?...

--Y cmo tarda Melchor--respondi Ricardo, asomndose por la
ventanilla.

Melchor, entretanto, contestaba al telegrama de Clota, que deca as:

Seor Melchor Astul.--Bragado.--En el tren de las 11,20 a. m.--Y yo
vivo en ti; viajo contigo, porque te has llevado mi
pensamiento.--Clota.

La contestacin deca:

Seorita Clotilde Iraola, Callao, 925. Capital.--Te engaas! Es que mi
pensamiento se ha quedado en ti, renunciando a existir en otra forma, y
soy por eso eternamente tuyo.--Melchor.

Cuando Melchor regres a la mesa, pregunt al sentarse:

--De qu hablaban?

--Ahora la curiosidad es tuya!--respondiole Ricardo.

--Es que a m me interesa todo lo que ustedes hablen.

--Te ha puesto zalamero el telegrama...

--No, Ricardo; la zalamera, cuando no es ingnita, es contagiada.

--Yo no te he dicho que t seas zalamero.

--Y como ustedes tampoco lo son, y yo no estoy ms que con ustedes,
quiere decir...

--Te dije que te habas puesto zalamero con el telegrama.

--Otra cosa, caballeros?--volvi a preguntar el mozo ponindose la
servilleta bajo el brazo y apoyndose con ambas manos en la orilla de la
mesa.

--Una tortilla de yerbas... qu les parece?--dijo Melchor.

--Por m, no.

--Entonces, quemada, con azcar?

--Por m, no--insisti Lorenzo, agregando:--Para m, caf.

--Y para m tambin.

--Bueno; mozo, triganos caf.

--Conforme!--repuso el mozo, alejndose.

--Mozo!..--grit Melchor.

--Vengo!--repuso ste, alzando la voz.

--...Y cigarros.

--Conforme!

--Estaba pensando que hemos hecho una zoncera en quedarnos aqu.

--Efectivamente; habramos tenido tiempo de dar una vuelta por la
ciudad.

--Lo han pensado tarde, porque ah tocan la campana--dijo Melchor,
agregando:--Lo que se ha perdido el Bragado!...

--Lo que hemos perdido, en parte, nosotros--replic Lorenzo;--y estoy
maravillado... estoy absorto, viendo esto y pensando que hace cuarenta
aos, no ms, que los indios salvajes llegaban hasta aqu.

--Aqu?... al Bragado?...--pregunt Ricardo.

--Precisamente... si ste era el lmite, la lnea de fronteras, marcada
por fortines... y hace cuarenta aos, ms o menos, que fue avanzado
hasta el 9 de Julio, fundado entonces.

--Qu enormidad!

--Lo que hay de enorme--continu Lorenzo--es el crecimiento del pas...
el desarrollo portentoso que ha alcanzado en tan poco tiempo... y en
todos los grados de la civilizacin!... Pensar que aqu estaban las
tolderas de los indios, y que hoy no hay en todo el pas ni un solo
indio salvaje!

--Y despus nos quejamos!--interrumpi Melchor.

--As es.

--Cmo se conoce, eh? que somos hijos del pas!...--insisti Melchor
socarronamente.

--Por qu?--preguntaron Lorenzo y Ricardo.

--Por qu? Pues por el afn de quejarnos... sin motivo!

--Eso se explica y constituye una fuerza social, porque revela el deseo
de alcanzar un mayor grado de progreso.

--No, Lorenzo!... Si no me refiero a los que quieren ms
ferro-carriles... ni ms industrias... ni mejor gobierno... no--deca
Melchor, moviendo lateralmente el ndice derecho, y dando a su voz
particular intencin,--no... me refiero a cierto caballeros, que yo
conozco, y que siendo sanos, claman por salud, y que teniendo todo lo
necesario para ser felices, viven con el ceo arrugado y que...

--Ya saliste con tu eterno tema!--le interrumpi Ricardo.

--Eterno!... As continuar mientras tenga amigos muy queridos que
siendo sanos se crean enfermos, y siendo felices se consideren
desgraciados.

--Todo es segn el color del cristal con que se mira--le respondi
Ricardo.

--Y entonces, por qu tomar un cristal ennegrecido cuando disponemos de
cristales rosados?

--T, dispones.

--Convenido! Y por qu no usan ustedes o no aceptan mis
cristales?--insisti Melchor, rindose cariosamente.

--Porque este caf, visto al travs de cualquier cristal rosado, seguir
vindose negro.

--Pues se toma un cristal de un rosado ms subido y... ya est! Yo
tengo una coleccin de cristales en el bolsillo, y en cada caso, zas!
saco el que me conviene.

--Es una suerte!--dijo Ricardo.--Pero a m no me sirven de gran cosa
tus cristales...

--Qu! Eres daltnico?

--Tal vez...

--S, hombre! t y t... los dos! Al fin encontr la frmula de mi
diagnstico!... Daltonismo moral!...--exclam Melchor, riendo con toda
su risa franca y contagiosa.

--Y usted considera, seor mdico--le pregunt Lorenzo, en tono por
excepcin solemne y bromista al par--que nuestro mal sea curable?

--Lo garantizo, como dicen ahora los que se las dan de puristas, y lo
garantizo porque han de saber ustedes que ustedes tambin tienen la
coleccin de cristales que yo tengo.

--Nosotros?

--S, seor... ustedes!--y agreg ahuecando la voz:--Para el daltonismo
moral, la imaginacin tiene colores complementarios.

--Quiz no dices un disparate--dijo Lorenzo.

--Quieren una prueba?... Atiendan: un caballero insulta a otro; el
insultado mira; ve una paliza en perspectiva; siente miedo, y entonces
toma de su imaginacin un color complementario... un color sin
vergenza, por ejemplo, y en seguida no ms ve que el insultador es
despreciable, y... lo desprecia!

--Est gracioso!...

--Otro ejemplo? Nada convence tanto como la ejemplificacin!... Un
caballero se enamora de una mujer, y ve de repente, o poco a poco, que
la mujer no lo quiere; pues toma de su imaginacin el color
complementario que se necesita, color... indiferencia... o mejor an:
color... reciprocidad, y al instante ver que l tampoco la
quiere--y Melchor termin con una vibrante carcajada.

--Y si no se trata de un daltnico?

--Bah... bah... bah!... No seas tan ingenuo, Ricardo! Si en lo moral
todos somos daltnicos! Y todo el talento consiste en saber emplear los
colores complementarios! Convncete: todos somos daltnicos.

--De manera que, segn tu teora, el amor...

--El amor?--le interrumpi vehementemente Melchor, y rindose al mismo
tiempo que hablaba, le dijo:--el amor?... qu gracioso!... el
amor?... daltonismo puro!

* * *

--Va a ser la una--dijo Lorenzo mirando su reloj,--me est dando sueo.

--Es la digestin.

--No, seor!--interrumpi Melchor.--No es la digestin... qu sabes
t?... Si fuera la digestin, sentira siempre el mismo sueo despus de
comer; es el aire!... es un efecto de oxigenacin... es ya la obra del
ambiente puro del campo.

--Tal vez tienes razn; pero me siento como si hubiera tomado alcohol.

--Exactamente... eso es... una especie de...

--Borrachera sin vino--dijo Ricardo.

--Justamente; tal es la sensacin que todo habitante de las grandes
ciudades experimenta en el campo, bajo la influencia del aire puro... El
organismo, acostumbrado al aire enrarecido y contaminado de la ciudad,
siente las consecuencias de una oxigenacin ms intensa, y como el
oxgeno es el elemento vital, por excelencia, llegamos a la conclusin
de que ests, Lorenzo, empezando a sentirte... ebrio de vida!...

--Si fuera as!

--Es as!... Yo te lo anunci y estoy, como de costumbre, teniendo
razn. Ya vers: dentro de quince das tendrs que hacer un gran
esfuerzo de memoria para acordarte de tus enfermedades!... Ni una sola
te quedar, para tener el gusto de... quejarte!

--Voy a buscar los diarios--dijo Ricardo ponindose de pie.

--Vamos para all--dijo Lorenzo,--ya no tenemos nada que hacer aqu.

--Qu!... quieres seguir comiendo?...--le dijo Melchor, en broma,
alcanzndole su gorra de viaje.

--Dios me libre!

--Ch, Ricardo, y t, no quieres tomar algo?

--Dios me libre!--repiti ste como un eco de Lorenzo.

--Conque... Dios los libre?... eh?... vamos progresando.

--Vamos... a nuestros asientos!--contest Ricardo al abrir la puerta
del coche-restaurant, y agreg al asegurarse la gorra, que tena
puesta:--Cuidado con las gorras! que se ha levantado viento.

Al encontrarse nuevamente en el sitio que ocupaban, dijo Melchor:

--Los diarios, no?... T queras los diarios, Ricardo?

--S... pero, quieres creer...? A m tambin me est dando sueo.

--Yo... me... duermo!--agreg Lorenzo.

--Pues aprovechen... nada!... Recostarse y dormir, que quien duerme
come.

-Y t?

--Yo no tengo sueo... voy a leer los diarios.

Lorenzo y Ricardo se dispusieron a dormir un rato, acomodndose lo mejor
posible en los asientos, no muy amplios, mientras Melchor sacaba los
diarios que haba puesto en la percha y se ubicaba en un asiento
inmediato.

Antes de desdoblarlos se levant y fue a bajar las cortinillas del sitio
en que estaban sus dos amigos.

--Voy a bajarlas para que nos les incomode la luz.

-- Qu buena idea!

--A m no me molesta--dijo Ricardo.

Vuelto a su asiento, Melchor tom los diarios y qued con ellos en la
mano, contemplando el paisaje montono y esplndido al mismo tiempo,
como que ante su vista se extenda la llanura, de una horizontalidad
perfecta, cubierta en toda su extensin por maizales y linares matizados
a trechos con grupos de parvas secas y con los pequeos bosques de las
estancias, por las que pasaba el tren como ocupando el extremo de un
dimetro que girara sin cesar.

--...Aqu realizara el ideal de mi vida--pensaba Melchor,--en la ms
pequea de estas propiedades pasara toda mi vida, reducido al trato de
los mos... mis padres... mis hermanos... Clota... los hijos que
tuviramos... todos viviendo la vida sana y pura del campo... Y pensar
que los dueos de estas estancias slo vienen a pasar breves temporadas
en ellas cuando los arroja de la ciudad la prescripcin imperiosa de la
crnica social que publican los diarios!... Ah!... es toda una tirana
la vida moderna!... Vanidades que no tienen nombre... exigencias que no
tienen ningn fin moral... Absurdas necesidades que no conducen ms que
a sacrificios improductivos... una desenfrenada carrera por aventajar al
que va delante... y el poder arrollador de ese vrtigo dantesco en que
todos vivimos pagando en lgrimas y en angustias y en ruindades y en
bajezas nuestro tributo miserable y estril!... Y cmo al alejarnos de
ese ambiente vemos la densidad de las sombras que lo envuelven!...
Cuntos hombres lacerados por la envidia... abrumados por el pesar de
obligaciones anonadadoras y contradas con el solo fin de pagar dos
lneas de esa crnica social!... Cuntas energas malogradas... y
cunto sacrificio sin provecho!... Superficialidad y mentira!...
mentira en todo!... La mentira contumaz en la sociedad entera... porque
no somos una sociedad en que se mienta ms o menos... somos una
sociedad que miente!... Si casi no hay un slo hogar de alguna
apariencia en que no impere la mentira... Los padres simulan una
capacidad econmica de que carecen... los hijos fingen una educacin que
no tienen... mienten!... las hijas gastan lujos que no han pagado...
mienten... las seoras... las seoras... las seoras...

La imagen de su propia madre surgi en la imaginacin de Melchor, al
rumiar mentalmente las ltimas palabras y despus de una breve pausa, en
que su espritu qued suspenso y absorto como ante un abismo, continu
en sus meditaciones:

--...Y por qu no ha de haber muchas como ella?... Qu maldita forma
de perversidad nos impulsa a pensar mal, dando un asidero al
desconcepto, al prejuicio... a la calumnia misma... que casi nunca
ofrecemos al elogio... al aplauso... Omos decir que se juega y nos
inclinamos a creer que juegan todos... sabemos que se miente y nos
sentimos dispuestos a considerar mentiroso a todo el mundo... pero, por
qu, seor!... nos encontramos con un caso de adulterio... y... Por otra
parte, siempre habr quien mienta... quien engae... pero la virtud no
muere... ni la fidelidad... porque no puede morir el afecto... porque
no puede morir el amor!...

Melchor haba dejado caer al suelo los diarios que tuvo en la mano y que
levant y puso sobre el asiento que tena delante.

El tren marchaba aceleradamente bajo una larga, gruesa y horizontal
columna de humo que se proyectaba al costado de la va en una sombra
sinuosa y ancha que se deslizaba chata por el suelo plano; pasaba como
escurrindose por debajo de los alambrados; trepaba por sobre las parvas
inmediatas, para descender luego como un torrente; cruzaba flotante los
arroyos; espantaba a los teros que parecan huir alerteando un peligro;
suba por las paredes de las casas en los pueblos a que el tren llegaba
y al detenerse ste en las estaciones, pareca recogerse sobre s misma
para erguirse en lnea recta, como el brazo de un gladiador alzado en
alto despus del triunfo.

...Por qu te has llevado mi pensamiento?...--lea y relea Melchor
en el telegrama de Clota, que haba sacado del bolsillo para
contemplarlo de nuevo como un diploma de felicidad, pensando:

--...Qu misterioso intercambio de ideas, de anhelos, de aspiraciones
coincidentes, en esta suprema armona de afecto que nos une!... Cmo ha
sabido encontrar Clota la mejor forma de decir lo que yo tambin
pensaba... te has llevado mi pensamiento! De qu manera se habr
sentido, acompandome con la imaginacin, que ha producido esta frmula
tan sencilla, tan exacta, tan delicada, tan honda!... te has llevado mi
pensamiento... Si ocurrir as?... porque desde que me he separado de
ella siento en mi cerebro, en mi corazn, en mi espritu, qu s yo!
algo como una voz ntima que me dice: Clota... soy Clota... ves? estoy
contigo... contigo para siempre... para siempre!...

Melchor se repeta amorosamente las ltimas palabras con que Clota le
haba despedido la noche antes, cuando con las manos fuertemente tomadas
y los ojos lnguidos y firmes, puestos en los de l, le haba dicho:

--Hazme telegramas, escrbeme, escrbeme todos los das, cuntame todo
lo que hagas, y cuando vayas en viaje, cuando ests lejos, piensa
que... estoy contigo... contigo para siempre... para siempre!

* * *

--Parece que no has ledo mucho?--dijo Ricardo a Melchor, asomndose
por sobre el espaldar del asiento y viendo doblados los ejemplares de
_La Nacin_ y _La Prensa_.

--En cambio parece que t has dormido bastante--repuso Melchor,
levantndose.

--No; he dormitado.

--Lo mismo que yo--dijo Lorenzo, incorporndose;--si no se puede dormir
con el movimiento del tren!

--Ni cuando estuvimos cerca, de una hora parados antes de llegar a
Pehuaj?

--Parados?... Por qu?... No me he dado cuenta.

--Ni yo tampoco!

--Porque la mquina que pusieron en la estacin Guanaco no andaba
bien... ya lo haba dicho el jefe...

--Y por qu la pusieron?

--Porque al descarrilarse la que traamos se le rompi un eje.

--Dnde descarrilamos?

--Por lo visto han dormido, ch!

--Y t le crees a Melchor?... Son cuentos!

--Pero si ustedes no hubieran hecho ms que dormitar los habran
rectificado.

--Es claro que he dormido algo!

--Algo?... tres horitas!... como una!

--Y qu hora es?

--Ms de las cuatro; ya nos falta poco.

--En fin--dijo Lorenzo bostezando,--hemos acortado el viaje.

--Parece que hay apetito, eh?

--Por qu, Melchor?

--Porque los bostezos delatan sueo--que no puedes tener,--o languidez
de estmago que bien puedes tener porque almorzaste muy poco.

--Qu esperanza! He almorzado el doble de lo habitual.

--Maana, en la posta del Paso, almorzars el triple del doble y pasado
maana en la Celia, el cudruple del triple.

--Mira que eres exagerado--repuso Lorenzo rindose.

Ricardo, que haba permanecido sentado contemplando el aspecto de los
plantos, dijo, sin volver la cabeza, a Melchor que continuaba de pie:

--Ch, Melchor, alcnzame _La Nacin_, quieres?

--No quieres _La Prensa_?

--Por qu?--dijo Ricardo volvindose.

--Porque tiene ms pginas!--le contest Melchor riendo y
agreg:--Cuando estamos para llegar se te ocurre leer!...

--Es que no he visto los diarios hoy.

--Pero los has comprado!

--Creo que t has hecho lo mismo.

--Yo he cumplido con la prctica establecida: comprar los diarios y no
leerlos despus!

--Quin hace eso?

--Todo el mundo! ch, y la culpa la tienen los mismos diarios, y si no
fjate--dijo Melchor tomando los que tena en el asiento y
presentndoselos a Ricardo.

--No te entiendo.

--Que se necesita una semana para leer todo esto y ante la
imposibilidad de hacerlo acaba uno por no leer ms que los ttulos y a
veces ni eso!

--De modo que los diarios no sirven para nada?

--Van en ese camino, como que han pasado de la sntesis informativa a
la dilucin abrumadora.

--Es ganas de criticar!

--No hay tal y en m menos; pero mira... 36 pginas... y... 24
pginas...

--No es precisin leer hasta los avisos!

--Partamos por mitad, lo que es excesivo, y tenemos 30 pginas de
lectura en slo dos diarios... eh!... agrgale otro tanto por la tarde.

--Yo leo lo que me interesa.

--Yo hago otra cosa: miro todo y no leo casi nada; por otra parte,
pienso que los diarios de hoy no llenan su objeto porque la volubilidad
pblica reclama asuntos nuevos todos los das y, as, no es posible la
propaganda asidua en un propsito dado, desde que en cuanto un diario
insiste en un mismo tema el pblico lo deja por aburrido y por latero.

--Yo los he dejado deliberadamente para leerlos en la estancia--dijo
Lorenzo.

-Pues te quedars sin leerlos--repuso enrgica y cmicamente Melchor.

--Cmo as?

--Usted, seor D. Lorenzo, va a la Celia a pasear, comer y dormir!

--Y por qu no hemos de leer tambin?

--Porque yo mando. Se leer lo que yo indique y cuando yo lo disponga!

--Lo que soy yo no puedo pasarme sin leer--insisti Lorenzo.

--Leer usted, seor... conozco las teoras modernas sobre fatiga
intelectual y los medios de combatirla y los aplicar discretamente.

--En qu consisten, ch?--pregunt Ricardo burlescamente.

--En esto, muy sencillo; cuando se siente fatiga intelectual por exceso
de estudio hay tres medios de combatirla; primero, dejar la lectura,
procedimiento moroso cuando el mal es intenso; segundo, hacer ejercicios
fsicos, procedimiento violento para restablecer el equilibrio de los
centros nerviosos; y tercero, cambiar de lectura... leer alguna cosa
sencilla... trivial... una novela, por ejemplo.

--Pobres novelas!...--dijo Ricardo.

--Ests eruditsimo!--exclam sonriendo Lorenzo.

--Esto no es nada! Ya vers, Lorenzo, como con slo un chambergo de
gran ala levantada te quito el... casquete neurastnico de Charcot! Qu
tal? y a esta altura!

--Cmo a esta altura?

--A la altura de Trenque Lauquen, adonde vamos llegando... fjate!

En ese instante se oy un estampido formidable, como si la boca de un
can del Belgrano o del San Martn hubiera entrado en el coche y
vomitado un caonazo:

--Booooletooos!!!

Cuando el jefe del tren llev los que Melchor humildemente le entreg,
el convoy llegaba a su estacin terminal.

--Ah est Hiplito!...--exclam Melchor y asomndose por la ventanilla
del coche que aun marchaba, le grit:

--Hiplito!... Hiplito!... aqu!...

--Quin es se, ch?

--El cochero de la estancia... vern qu tipo!... toma tu valijita,
Lorenzo... y para ti Ricardo, toma... t que no puedes pasarte sin los
diarios!...

--No seas pavo!...

--Y cuatro!... mira: los tuyos y los mos... los podrs leer
duplicadamente!

Cuando descendieron del tren llegaba trotando pesadamente Hiplito, que
al encontrarse con los viajeros se sac respetuosamente su gran
chambergo campero, y cuadrado--contrariendo la ordenanza militar, pues
que formaba vrtice con las puntas de los pies casi unidas y los talones
a un geme de distancia--dijo tendiendo a Melchor su amplia mano de
trabajo:

--Cmo va, D. Melchor?... stos son los seores?--agreg mirando a
Lorenzo y Ricardo.

--S, Hiplito... mi amigo Lorenzo...

--Para servirlo.

--...y mi amigo Ricardo.

--Para servirlo.

--Y Baldomero, no ha venido?

--S, D. Melchor... ah andaba con el jefe... quiere que lo hable?

--No... vamos para all, muchachos--y volvindose hacia Hiplito:--Qu
tal estn los caminos?

--Hay algn barro... con la lluvia: qu ha llovido!...

--El maz estar lindo, entonces.

--As es... lindo est.

En ese momento sala al encuentro de los viajeros el gran capataz de la
Celia, Baldomero Luna, quien al ver a Melchor se dirigi hacia l
dicindole efusivamente:

--Cunto bueno por ac!

--Qu tal, Baldomero?

--Ahora bien, muy bien!

--Qu, ha sucedido algo?--le pregunt Melchor, mirndole fijamente y
conservndole tomadas ambas manos.

--Si viera!...

--Pero, qu ha ocurrido?

--Que usted no estaba aqu y ahora est!

--Me haba alarmado, caramba!

Celebrando la ocurrencia de Baldomero se repiti la presentacin de los
huspedes y el grupo se dirigi hacia el gran break de la estancia que
se encontraba al otro extremo del andn.

Al recorrer ste, Melchor fue objeto de las ms afectuosas
demostraciones:

--Don Melchor! cunto gusto!...

--Don Melchor!... qu alegra!...

--Don Melchor!... cmo le va?...

Y no pas por el lado de alguna persona sin provocar exclamaciones
anlogas a las que invariablemente responda dando la mano y con frases
amables.

--Qu popularidad tienes aqu!--le dijo Lorenzo.

--Y dnde no?...--le interrumpi Baldomero,--si donde est D. Melchor
est la fiesta... est la risa... Si es como una gran alegra que anda
paseando!

Hiplito, que marchaba respetuosamente detrs del grupo, se adelant al
llegar al extremo del andn pidiendo rdenes a Melchor:

--Van a dar una vuelta, D. Melchor?... o van al hotel?...

--Qu opinan ustedes?

--Iremos a lavarnos--dijo Ricardo.

--Me parece bien--agreg Lorenzo,--es muy temprano para pasear.

--Perfectamente! vamos al hotel... vamos a pie... es cerca... all,
ven?--dijo sealando con la mano y agreg, dirigindose a
Hiplito:--Espranos all.

--Ch, Hiplito--le dijo Baldomero.--Y llvame de paso el azulejo.

El grupo se dirigi al hotel y a poco andar le intercept el paso un
pilluelo que con la mano tendida dijo a Melchor por todo saludo:

--Don Melchor... me da una... moneditas?

Baldomero levant en alto el rebenque de gruesa y ancha lonja, diciendo
al pilluelo:

--Sal de aqu, muchacho!

* * *

--Vea, Garona, tiene que preparar una buena comidita para don Melchor y
esos mozos, sabe?--deca Baldomero al dueo de casa, casa que
aventajaba sin duda a la ms surtida y completa de las de la misma
capital, pues era hotel, tienda, ferretera, almacn, bar y... botica!
todo junto, bajo la conspicua direccin de su dueo, Saverio Garona,
italiano gordo y bonachn que usaba alpargatas y chambergo.

--No pierda cuidado, don Baldomero.

--Hgales un buen asado de costillas con ensalada.

--De pepino?

--De pepinos, dice?... mejor de lechuga... y unos pollos... pero que
sean gordos...

--Y de empezar?...

--Es fresca esa ternera fiambre que he visto en el mostrador?

--Fresca... fresca... fresca... es fresca...

--Bueno, eso no, amigo Garona... pero usted sabe tener tallarines...

--Hay de casualid...

--Ya est... les pone una tallarinada!--dijo Baldomero riendo
bondadosamente, al dar un puntazo con el cabo del rebenque en el
abultado abdomen de Garona.

--No sea juguetn!... y diga: de postre?

--Qu les va a poner?

--Tengo lindo durazno en conserva.

--Convenido! y ponga guayaba tambin y... ya sabe!... eh?... esto es
mo... no vaya a recibirle a don Melchor.

--No pierda cuidado!

Cuando Baldomero regres a unirse con los viajeros, stos haban
terminado la operacin de lavarse y de telegrafiar a las familias y se
encontraban rodeados de amigos de Melchor que le acribillaban a
cumplimientos y a preguntas.

--Caballeros!--exclam Baldomero--los que quieran noticias pueden ir al
telgrafo... estos seores vienen a divertirse y no a contar cuentos.

--Estamos muy entretenidos, conversando.

--Ah!... don Melchor!... ya tuvo una excusa--repuso Baldomero, y
agreg:--Este don Melchor tiene ms aguante que la mquina del tren!...
Capaz de orlos toda la noche!...

--Miren quin habla!--dijo un viejo paisano que tena entre todos el
alto prestigio de haber sido justiciero juez de paz,--cuando don Luna se
agacha a conversar es cosa de pedir pieza con cama. Si tiene ms msica
que un rgano!...

--Y cuando usted habla, viejo, qu hay que hacer?... irse!...--dijo
Baldomero riendo estrepitosamente, y agreg:--Vamos, don Melchor, a dar
una vuelta... vamos!...

--Bueno, vamos... ser hasta luego.

--Hasta cuando usted mande--contest el viejo por todos, y agreg
sealando a Baldomero con una guiada picaresca;--Y no se olvide, don
Melchor: le recomiendo que me lo atienda... al recomendao.

--Yo te he de dar!... viejo pcaro--dijo cariosamente Baldomero.

--Disculpas!--le replic el viejo riendo y agreg:--...Por tratarme de
vos... confianzudo el mocito!...

--Simptico, el viejo, eh?--dijo Lorenzo al subir al break.

--Y diablo!--le contest Baldomero,--l sabe darse maa para arreglar
cualquier enredo dejando contento a todos.

--Debe ser muy viejo, no?

--Viejsimo! seor, si cuando yo vine aqu, al campo de los Astules y
mire que hace aos! ya era viejo blanco en canas... Y don Melchor,
para dnde agarramos?

--Iremos hasta el arroyo?

--Queda lejos! No quiere ir ms bien a tomar un mate con don
Casiano?... As estos seores conocern algo bueno... Viera cmo se ha
puesto la Pampita!

--Cmo no! vamos!

--A lo de don Casiano... ch, Hiplito!

Este, que se encontraba en su puesto esperando rdenes, volvi la cabeza
y pregunt:

--Aqu a la casa?

--No, a la chacra... estn en la chacra...

--Ji!...--modul Hiplito interjectivamente y los caballos partieron
guiados al parecer por un cadenero mosquiador que llevaba, por lujo, un
cascabel en la hociquera y ante cuyo empuje poda decirse tambin que
se iba ensanchando Trenque Lauquen.

La chacra de don Casiano Contreras, situada en el lmite del ejido,
tena excepcional fama en el pago y de tal modo imperaba su prestigioso
atractivo que hasta los mismos caballos al dirigirse hacia ella,
parecan que trotaban con ms firme y decidido empuje; pero, qu
raro?... si era fama que los pjaros ms cantores la preferan para sus
nidos, que las rosas se ponan en ella ms rosadas y las violetas ms
humildes y los sauces ms llorones, y los lamos ms rectos. Y que
hasta los malevos, cuando pasaban de largo por sus tranqueras, sentan
ansias de hacerse buenos!

De tal modo era intensa la esplendorosa irradiacin de la Pampita...!

--Parece que est pesado el camino--dijo Lorenzo.

--Este pedazo est feo--le contest Baldomero,--antes saba haber un
pantano aqu; pero don Casiano lo est arreglando.

--Jiu!... Ji!...--repeta Hiplito sin sacar el ltigo de la latigera
y el break continuaba su marcha, por entre aquel gran silencio
interrumpido slo por el vibrante arpegio de algn pjaro o el sonar
del cascabel cada vez que escarceaba, el cadenero.

       *       *       *       *       *

--Quieto, Baldomero--dijo Melchor,--deje que la abra este pueblero: a
ver, Ricardo, una gauchada.

--Vaya una gran dificultad--repuso ste bajando del break y dirigindose
a abrir la tranquera, ante la que se haba detenido.

As lo hizo; el break pas y se detuvo nuevamente.

--La cierro?--pregunt Ricardo, provocando una leve sonrisa de
Hiplito.

--Es mejor cerrarla, s, seor--le contest Baldomero al mismo tiempo
que Melchor exclamaba:

--Qu pregunta!... Chambn!...

El break entr en la chacra ascendiendo la pendiente del camino que daba
acceso a la casa, en cuyo corredor estaba don Casiano que, al
reconocerlo a la distancia, dijo a la Pampita:

Son los Astules... tom el mate, hijita--y se dirigi al encuentro del
carruaje, que ascenda penosamente el final empinado de la cuesta.

--Ji!... ji!... ji!...

--Torc a la derecha, Hiplito--grit don Casiano,--por ah!...
detrs de las casuarinas!... es ms liviano.

As lo hizo el cochero tomando el nuevo camino que se le indicaba y que
acababa de trazar don Casiano, para facilitar el acceso a la casa
edificada en la cumbre de una pequea lomada.

Descendieron los paseantes y luego de efusivas demostraciones les dijo
don Casiano:

--Pasen... pasen, caballeros... aqu est ms fresco... tomen asiento.

--Qu hermosa chacra tiene usted, seor--dijo Lorenzo,--qu hermosos
rboles.

--S, seor, si algo vale es por eso... tiene rboles hechos ya... la
chacrita vale por vieja, seor, al revs de las personas.

--Yo he pensado siempre lo contrario, seor; los hombres jvenes si
valen es por lo que prometen para cuando sean viejos.

--Pero los viejos no prometen nada, seor, y en la vida hay que prometer
siempre... para valer algo... aunque despus no se de nada!--contest
don Casiano, rindose.

--Es que ellos han dado y siguen dando.

--Consejos!... que no se cumplen--le interrumpi a Lorenzo don Casiano,
agregando:--y, qu van a tomar los seores?... Querrn leche recin
ordeada?... o un matecito?...

--Usted estaba mateando, don Casiano--le dijo Melchor.

--Seguiremos... si ustedes gustan--contest levantndose y aproximndose
a una ventana, en la que, alzando la voz, dijo:--Pampita, trae mate,
hijita.

--Hemos venido a molestar, seor.

--No, seor!... y por mucho tiempo?

--Es verdad pensamos pasar aqu una temporada.

--Dos o tres meses--agreg Ricardo.

--Tanto tiempo? Vendrn por algn quehacer.

--No, don Casiano!--dijo Melchor,--sabe por qu vienen?... mreles las
caras... vienen a curarse!...

--En verdad, que no parecen muy enfermos.

--Son bromas de Melchor, seor--dijo Ricardo.

--Bromas?... A que digo de qu ests enfermo?... Digo?

--Pero esta muchacha que no viene!--exclam el viejo, ms que nada por
cambiar de conversacin y aproximndose de nuevo a la ventana,
dijo:--Pampita! y el mate?

--Voy, tata!

* * *

--Divina!--pensaron simultneamente Lorenzo y Ricardo al aparecer la
Pampita, a quien fueron presentados por Melchor y de quien recibieron un
saludo despojado de toda afectacin.

--Y el mate, hijita?

--Ah lo trae el ato, tata--repuso ella tomando una silla y
sentndose con la majestad de una reina y la sencillez de una nia.

En efecto, el mate lleg en manos del ato, muchacho de quince aos,
poseedor de una superlativa nariz ciranesca, que dio motivo a Lorenzo
para romper el silencio de estupor que sigui a la deslumbrante
aparicin de la Pampita.

--Creo que estoy, seorita, en la chacra de los contrastes.

--Por qu, seor?--repuso ella envolvindole en una verdadera
irradiacin de sus inmensos ojos verdes, circundados de largas y crespas
pestaas negras.

Cuando Lorenzo se encontr con la mirada de la Pampita; cuando vio
aquellos dos ojos inteligentes, apacibles, escudriadores y profundos
como jams habra credo encontrar; cuando vio que ella le miraba, crey
que haba cometido una inconveniencia, una falta, una descortesa
obligndola a mover aquellos ojos y a desplegar aquellos labios...

--Me ha parecido or el apodo del cebador de mate.

--Es verdad--repuso ella sonriendo afablemente y dejando ver unos
dientes que no podan estar sin burla en otra boca, ni pertenecer sin
desdoro a otra duea; tanto eran de perfectos. Yo pensaba lo mismo que
Lorenzo, seorita; estamos sin duda en la chacra de los contrastes.

--Lo dice usted por el ato?

--As es--le contest Ricardo, abrumado de emocin ante aquel portento
de suprema belleza, de insuperable dignidad, de extraordinario candor.

--Estaremos entonces en la chacra del contraste--dijo ella con la mayor
ingenuidad.

--Entiendo que tenemos el honor de hablar con la Pampita--repuso Lorenzo
acentuando esta palabra.

--No s por qu el honor--contest ella, estableciendo as la propiedad
del apodo.

--Eso lo discutiremos despus.

--Ni veo qu tenga esto que ver con esos contrastes a que ustedes se
refieren.

--Lo que nosotros no vemos es la razn para llamar a usted Pampita.

--Muy justa: s lo soy! yo he nacido aqu... en plena Pampa, y desde
chica me dicen as.

--Sabe, Pampita, por qu le dicen todo eso?--le dijo Melchor y sin
esperar la respuesta continu:--Porque en Buenos Aires, pampita se
entiende por indiecita y como usted no les parece tan india... que
digamos!

--Ah!--contest ella rpidamente,--entonces en Buenos Aires las
palabras se entienden de distinto modo que aqu?

Los tres viajeros se miraron como interrogndose sobre el alcance de
aquella observacin y cuando se disponan a contestarla dijo don
Casiano:

--Hijita, ya que estos seores no gustan mate, por qu no les muestras
el jardn?... y les juntas unas florcitas, para que lleven.

--Si ustedes lo desean...

--S, ch, vayan--les dijo Melchor,--mientras mateamos nosotros con don
Casiano.

--Por aqu--les dijo ella sealndoles un camino de parasos y los dos
amigos siguieron la indicacin bajo la influencia irresistible de aquel
gesto de sencilla majestad.

Sin poder evitarlo los dos pensaban lo mismo, ante aquella criatura
excepcional de belleza y de cultura: Cmo ha alcanzado este grado de
visible educacin?--se preguntaban y como para confirmar una sospecha le
dijo Ricardo:

--Usted ha estado mucho tiempo en Buenos Aires, seorita?

--Pero, seor! si hubiera estado sabra el significado que all se da a
las palabras que usamos aqu.

--Bien podra, seorita, haber estado y no conocer el de todas las
palabras--replic Lorenzo ligeramente turbado.

--Ignorara, seor, el de mi propio nombre?...--repuso riendo sin
ofender, riendo como si supiera que toda idea de agraviar se anulara en
ella por el prestigio avasallador de sus encantos, compulsados ms en la
expresin y la palabra ajena que en su propio espejo.

Antes de que Ricardo encontrara la frmula de una respuesta presentable,
la Pampita tuvo la amabilidad de decirle:

--Podra preguntar, sin indiscrecin, por qu me ha hecho usted esa
pregunta?

--...Porque... me pareca haberla visto all...

--Cundo?...

Cundo! repiti para s Lorenzo, pensando al mismo tiempo: qu
preguntas formula esta muchacha!...

--Es difcil, seorita, fijar la fecha de una reminiscencia.

--Ms difcil es ser franco--repuso ella entre el asombro de sus dos
acompaantes.

--Yo lo soy siempre que es necesario.

--Quiere decir que en este caso no lo considera usted necesario, seor.

--Y en qu consistira mi falta de franqueza, seorita?--dijo Ricardo
envolviendo a Lorenzo en una mirada que pareca decir: Aydame!, o
djanos solos.

--En qu?... Y usted me lo pregunta!...--dijo riendo sonoramente la
Pampita.

--S!... Yo!...--repuso Ricardo con la voz trmula.

--Pues en no confesar que crey usted encontrarse con una pampita...
legtima... inculta; y al orme hablar no ha podido menos que pensar
que, necesariamente, debo haber sido educada en Buenos Aires... Aqu
tambin hay, seor, quienes ensean a leer... y hay libros... no
crea!...

--Usted lee mucho?--le pregunt Ricardo, visiblemente confundido.

--No cambie de conversacin; si no hablbamos de eso! no es verdad,
seor?--repuso ella dirigindose a Lorenzo.

--Aunque no fuera as, no la desmentira, seorita.

--Tampoco usted es capaz de ser franco?

--Ya ve si lo sooy; le confieso lo que hara, con toda franqueza.

--Me doy por vencida: cerremos el captulo. Voy a juntarles unas flores.

--Acaso es tarde ya, seorita--dijo Ricardo.

--No!--le interrumpi vivamente ella.--No! Si no voy a darles o a
juntarles todas las flores del jardn...

--Ni lo hemos podido pensar!--contest Ricardo sonriendo y en el mismo
tono.

--A m me basta con una sola flor, seorita, que usted me d... la que
usted prefiera...

--Ah, seor! yo no tengo preferencias tratndose de flores; las quiero
a todas igualmente.

--Y cuando no se trata de flores?--le dijo Ricardo, bajando un poco el
tono de la voz.

--Y de qu?... de pjaros?... Me pasa lo mismo!

--Y si se tratara de personas?--insisti Ricardo, ms subyugado cada
vez por la Pampita. Exceptuando a mi padre y a mi hermana... ms o menos
lo mismo.

--No tiene usted ms familia?--intercedi Lorenzo.

--S, seor; pero parientes lejanos; mi madre y mis otros hermanos
murieron hace mucho tiempo... mi hermana se cas hace cuatro aos...
vive all... ve... derecho a ese rosal... Ah!--agreg repentinamente
dirigindose a la planta,--vean qu dos pimpollos tan lindos, eh?--y
cortndolos volvi con ellos al camino diciendo al separarlos--pues
estaban en un mismo gajo: uno para usted... y otro para usted...

--Mil gracias--dijo Ricardo.

--Un milln de gracias--dijo Lorenzo.

--Usted es ms generoso: un milln!

--Ms derrochador, habr querido decir usted, seorita--dijo Ricardo.

--Por qu?...

--Porque las ofrece a quien parece haberlas monopolizado todas...

--Qu gracioso... o qu amable, ms bien! no le parece?

--Como usted quiera.

--Si yo no quiero...

--A nadie?

--Ya le he dicho: a mi padre.

--Y a nadie ms?

--Qu curiosidad! A nadie ms...

--Ser eso posible?

--Tan posible, que as es.

--Feliz de quien pueda compartir tanto afecto.

--Me parece que los llaman--dijo la Pampita, parndose, y poniendo
atencin, agreg:--S, los llaman... es don Baldomero, volvamos?

Por el mismo camino marchaba hacia ellos Baldomero, que al aproximarse
exclam:

--Me parece, seores, que les ha gustado... la chacra, no?

--Ya viene usted con sus locuras.

--Locuras?... Y te parece locura, hijita, entusiasmarse hasta perder
los estribos, viendo...--y la sealaba a ella con la mano
extendida--esta preciosura de... chacra.

--Estbamos realmente embelesados recorriendo este jardn--dijo Lorenzo.

--Puede ser, seor; pero se me hace que no han de haber mirado mucho las
plantas; qu decs vos, hijita?... Yo la trato a sta as porque la he
tenido en mis faldas... pero hace quince aos! eh?--dijo Baldomero
rindose.

--Y ya se van?--pregunt la Pampita dirigindose a Baldomero...

--Avisa!...--le dijo ste, parndose y contemplndola fijamente.

--Djese de zonceras. Cundo tendr juicio!

--Es lo que te recomiendo siempre!... pero no lo necesita!... No
saben ustedes lo que vale esta prenda!

--Cllese, le digo!

Don Casiano, que con Melchor llegaba a reunirse con el grupo de la
Pampita, dijo a sta:

--Y sas son las flores que les has juntado?

--No quisieron ms, tata.

--Gran cosa!

--Es suficiente, seor.

--Apurmonos--dijo Melchor--que la noche se viene.

As lo hicieron, y al llegar al break se cambiaron efusivas expresiones
de amistad y promesas de repetir la visita, mientras Lorenzo y Ricardo
sentan una verdadera fascinacin ejercida por aquella Pampita de veinte
aos, que haba resultado querer slo a su padre...

Momentos despus de partir el break, la Pampita perciba claramente el
repiqueteo del cascabel del cadenero y las voces de Hiplito:

--Ji!... ji!... ji!...

* * *

Si Lorenzo y Ricardo haban salido hondamente entusiasmados con la
visita a la Pampita, sta, haba quedado ms impresionada que en
otros casos, ante la presencia de aquellos dos buenos mozos, gallardos y
cultos.

Ella saba bien cunto influa en los hombres que la trataban; pero en
aquella circunstancia se acreca su mujeril satisfaccin por la calidad
visible de los visitantes y por la distincin social que la sola amistad
con Melchor significaba.

No poda condensar en un pensamiento definido la vaga sensacin que
experimentaba; pero en su espritu senta como una contrariedad porque
no se hubiera prolongado ms la breve visita de los viajeros...

De pie en el corredor del poniente, contemplaba el cielo encapotado, en
cuyo horizonte se cerna limitada por una lnea casi recta, una
inconmensurable nube oscura sobre la faja de luz roja que pareca el
ruedo flotante del manto del sol, en marcha triunfal hacia otros
hemisferios.

Aquella lnea que fijaba ntidamente un lmite visible entre la sombra y
la luz, cruzaba por la imaginacin de la Pampita como un smbolo.

--Si suceder lo mismo en la vida?--pensaba.--Si habr tambin en
nuestra existencia una lnea como esa que estoy viendo por primera vez?
Una lnea as... que marque la transicin de un estado a otro... entre
dos maneras de ser... entre dos formas de vivir... Y de qu lado de esa
lnea misteriosa estar yo?... Vivir en la sombra, esperando la zona
de luz?... o estar en sta y me espera la otra?...

--Pampita, y no comemos?--le pregunt don Casiano, interrumpiendo aquel
soliloquio, cuya causa poda estar y no estar en la casual lnea de luz
del horizonte.

--S, tata; ya mand sacar--repuso, dirigindose hacia el comedor,
seguida de su padre.

Camino del pueblo iba, entretanto, el break a largo trote, hablndose en
l del tema obligado: la Pampita.

--Si yo les dije que conoceran algo bueno!--deca Baldomero.

--Como belleza fsica--deca Lorenzo,--yo no he visto nada que se le
parezca.

--Y qu culta!... qu educada!...--repeta Ricardo.

--Bueno--deca Baldomero,--el viejo ha gastado un platal en esta
muchacha, con buenas maestras... de francs... y de piano...

--Toca, el piano?...

--Sabe francs?...

--A la, perfeccin, seor! Si cada que hay una fiesta es la
primera!--repuso Baldomero, agregando:--Y miren que la cortejan!...
Pero, seor!... De aqu y de todas partes!... Pero nada!... Yo no
s qu demonios de ideas le han metido en la cabeza a esta muchacha que
no quiere saber nada con nadies!... As me ha sabido decir muchas
veces: No me hable, Baldomero! Yo no puedo pensar en nadies ms que
en tata!... Fjense!... Y tan muchacha que es!... Y tan linda!...
Porque miren que como linda, es linda!... No?...

--Y usted la ha festejado?--le pregunt Ricardo.

--Atindamelo, don Melchor!... Seor! Si tengo hijos mozos!--contest
riendo Baldomero, y agreg:--No, seor... Si la Pampita es como hija
ma... slo que alguna vez he sentido ganas de hacer gancho... sabe?...
porque ha tenido buenos partidos!... mozos bien... de posicin... y el
viejo se puede morir... Bueno que ella tiene la hermana;--continuaba
Baldomero atendido por Lorenzo y Ricardo, vivamente interesados en
aquella relacin,--y est bien casada!... con un hombre... decente... y
trabajador... siempre tendr ese refugio, no le parece, don Melchor?

--As es, Baldomero.

--Siga!--dijeron a do Ricardo y Lorenzo.

--Vean los seores!...--exclam Baldomero.

--...Si Mandinga no duerme!... Mire que viniera a suceder!... Y cul
sera?...

--Nada de eso--replic Lorenzo,--me interesa, naturalmente, el caso de
una nia, tan excepcional como sta.

--As se empieza!...--respondi Baldomero, rindose, y agreg:--Pero
ya llegamos y sabe que el mate me anda retozando entre las tripas?...

En la puerta del hotel esperaba Garona, cuya silueta se proyectaba en la
acera a favor del farol colgado en el zagun, como la de una bordalesa
que tuviese encima una fuente enorme; de tal modo eran anchas las alas
de su chambergo criollo.

Descendieron los paseantes y al entrar al hotel, dirigindose al
comedor, don Saverio se aproxim a Baldomero y le dijo al odo:

--El asado se pas un poquito, vea!

--Por qu no lo retir, amigo?

--Eh, qu quiere!... Sabe?... es tarde...

--Qu dice?--pregunt Melchor a Baldomero.

--El hombre est afligido porque nos hemos demorado.

--Ganaremos tiempo comiendo ligero--contest Melchor al sentarse a la
mesa.

El comedor estaba lleno de parroquianos de todas las trazas, que
observaban prolijamente a los recin llegados y, a no interponerse entre
unos y otros la figura amable de Melchor y la respetada de Baldomero,
habran pasado un mal rato los dos viajeros, pues cuando Ricardo se puso
la servilleta en el cuello como un babero, bajo su cara afeitada, dijo
un paisano que estaba cerca:

--Parece un flaire que va a decir misa!...

Baldomero alcanz a or la pulla y levantndose fue hacia quien la haba
lanzado y le dijo:

--Vea, Martn: estos seores estn conmigo, entiende?

--Y yo qu hago?

--No le digo ms--respondi Baldomero, disponindose a volver a su
asiento; pero al hacerlo oy que el paisano deca como en un rezongo:

--...T lindo... no va a poder hablar uno!...

--A rebencazos te voy a tapar la jeta!--le dijo en voz baja Baldomero,
como para evitar ser odo por los dems.

--Cualquier da!--respondi el paisano tomando disimuladamente un
botelln que tena delante.

--Solt eso!... Si no estuviera con estos seores!--repuso Baldomero
en voz an ms baja.

--Cuando quiera, no ms!

--La facha!...--dijo Baldomero, volviendo a su asiento y dando por
terminado el incidente que no haba pasado inadvertido en el comedor ms
que para sus compaeros de mesa.

--En qu andaba?--le pregunt Melchor.

--Un encargue... que no me han cumplido--contest como contrariado, para
explicar as la ligera emocin que le embargaba. Pero en ese momento,
Lorenzo, que ocupaba un asiento frente al hombre con quien Baldomero
haba estado, vio que aqul, hablando con el compaero, se besaba sin
ruido el pulgar y el ndice de la derecha en cruz.

Don Saverio en persona y en homenaje a Melchor, serva la mesa, sobre la
que puso, para empezar, una verdadera montaa de tallarines al jugo.

--Yo tambin me siento con apetito--dijo Ricardo dirigindose a
Baldomero y aludiendo a las palabras de ste en el break.

--Es la mejor salsa, seor--repuso y agreg mirando a Lorenzo:--y
usted, seor, se siente con disposicin?

--No mucha.

--L'appetit vient en mangeant--dijo Melchor, mientras levantaba en
toda la extensin de sus brazos los tenedores con que pretenda sacar de
la fuente los kilomtricos tallarines.

--Qu vino gustan tomar?--pregunt Baldomero, haciendo una verdadera
gambeta a la sentencia de Melchor.

--Gracias, tomo agua--dijo Lorenzo.

--Y yo tambin.

--Para m cualquiera.--dijo Ricardo.

--Pero cmo?--insisti Baldomero,--van a comer sin vino?

--Sin vino y con poca agua--repuso Melchor,--con la menos posible.

--Qu! Que el agua les hace mal?

--Comiendo, s, como a cualquiera, Baldomero.

--Hoy nos vamos a enfermar todos, entonces--exclam Baldomero,
rindose.--No sienten?... Est lloviendo...

--Llueve efectivamente, qu chasco!--dijo Ricardo.

--No, Baldomero, esa agua no enferma a nadie; pero fjese usted que es
tan observador insisti Melchor,--que ningn animal come y bebe al mismo
tiempo. El nico es el hombre; los dems animales comen cuando tienen
hambre y beben cuando tienen sed.

--Sabe que es cierto?...

--La observacin no es ma... la he ledo... no s dnde... y la
sigo...

--Yo tambin--dijo Ricardo,--por eso no como con agua...

--Pero te encharcas con vino! vaya una gracia!--repuso Lorenzo.

La comida sigui sin nuevos incidentes hasta el preciso momento en que
don Saverio pona sobre la mesa un fuentn de duraznos en almbar y una
gran caja de guayaba, cuando apareci por la puerta el ato, con una
preciosa canasta en la mano y parndose junto a Melchor, le dijo:

--Aqu le manda el patrn estos duraznos y dice que son de la chacra,
para que convide a sus amigos y que muchos recuerdos.

El breve y gracioso moo de cinta celeste que cerraba la canasta no
estaba, no poda estar hecho por don Casiano!...

* * *

Al llegar el da, Melchor estaba de pie, habiendo abandonado la cama con
especial cuidado de no interrumpir el sueo de sus dos compaeros, hasta
que llegase el momento de partir.

Hiplito tena listo el break y Baldomero tomaba mate en compaa de
Garona, que hecho a las costumbres criollas, haba aprendido a hacer
roncar un cimarrn--segn la grfica frase con que se da a entender que
se ha sorbido hasta la ltima gota del mate.

La lluvia de la noche, bien que breve, haba hecho descender la
temperatura y del suelo hmedo se alzaba un vaho saturado de emanaciones
olorosas, que daban particular densidad a la atmsfera. Poda decirse
que el aire estaba gordo y as se vea a la distancia denso y violceo
como una tenue niebla invernal en pleno esto.

El sol soslayaba la tierra con rayos tibios, como el suave calor de un
incendio que se inicia; pero que anunciaban para ms tarde la alta
temperatura propia de la estacin y de un da sin nubes que la
aplacaran.

Comprendindolo as, Baldomero contest al saludo de Melchor, que
elogiaba la maana, dicindole:

--Ahora est lindo; pero hoy va a cantar la chicharra, y esos
hombres?...

--Duermen todava; no he querido despertarlos, para que descansen un
poco ms.

--Tomar un mate, don Melchor? o prefiere caf?

--No, mate. Es dulce?

--Verdad que usted toma dulce! Vea, Garona, haga cebar dulce tambin.

Garona llam a una muchacha de servicio y minutos despus Melchor tomaba
su mate.

--Y los equipajes, Baldomero?

--Ya van en viaje. El carro sali har dos horas.

--Pero vea usted!--dijo Melchor contemplando bondadosamente a
Garona.--Cmo se aclimatan estos gringos!... Quin haba de decirle,
don Saverio, que iba usted a tomar mate en su vida?

--Qu quiere!... aqu aprendemos de todo... y quin sabe si hay alguno
que toma ms mate de yo--contest enfticamente Garona, que haca gala
de su capacidad de bocoy, considerando que el verdadero mrito de un
buen gaucho se revela por el nmero de mates que pueda tomar y no por
calidades de otro orden.

--Cuando sea hora de salir, avise, Baldomero, para despertarlos.

--Cuando quiera, estamos listos.

--Bueno, don Saverio, haga llevar al cuarto caf con leche, pan y
manteca, bien servido, eh?--y con el mate en la mano se dirigi al
dormitorio de sus compaeros, a quienes dijo:

--Muchachos!... Aqu est la Pampita!

--El qu?--exclam Ricardo, irguindose rpidamente en la cama, al
mismo tiempo que Lorenzo se incorporaba tambin.

--Que ya es de da...--contest Melchor.

--Pero, qu fue lo que dijiste?

--Nada!... que es hora de levantarse...

--Jurara que te haba odo nombrar a la Pampita!

--Ests soando!

--Yo s que he soado con ella--dijo Lorenzo,--y qu linda estaba!...
Habamos salido a caballo... los dos... por un camino largo... muy
largo!

--Que te parecera corto!--le interrumpi Melchor, agregando:--Bueno,
levntense... ya les van a traer desayuno--y como en ese momento
apareciera un sirviente llevndolo, le dijo:--Entre, ch, pngalo
aqu... en esta mesa--y volvindose a Lorenzo y Ricardo:--les voy a
servir yo... cuntos terrones?...

--Y por qu no nos dan mate?

--Es mejor caf con leche; el mate produce acidez al estmago cuando no
se est acostumbrado a tomarlo como desayuno..

--Y t lo ests?...

--No; pero a m no me hace nada.

--Si... por darte corte con esta gente... toma caf con leche... no seas
pavo--le dijo Ricardo.

--Contesta... macaneador!... cuntos terrones?...

--Para m, tres--dijo Lorenzo.

--Para m... cinco.

--Y queras tomar mate amargo!...

--Quin desea un cimarrn?--pregunt Baldomero, parndose en la puerta,
y agreg:--Buenos das, seores.

--Buenos das--contestaron;--pase adelante.

--Han descansado?

--Hemos dormido perfectamente.

--Pero han soado mucho!--dijo Melchor, riendo, mientras serva el
desayuno.

--Si... no? y con quin?

--Son pavadas de ste--repuso Ricardo.

--Pavadas?... Y el galope que ha pegado Lorenzo con la Pampita?...

--Cmo es eso?... Seor!... Cuente!--exclam Baldomero.

--Cosas de Melchor, amigo!

--T me lo has dicho recin.

--Es que so realmente con que paseaba con ella a caballo.

--No deca yo!... Si se me hace que vamos a andar mal!--dijo
Baldomero, agregando:--Vaya que ella tambin haya soado!...

--Sera interesante--dijo Melchor--saber con quin...

--As es!--repuso Baldomero.

--Se le podra preguntar...--dijo Ricardo sonriendo.

--Y si resultase que era con Lorenzo?

--Mejor para l!

--Y si era contigo?

--Peor para l y mejor para m.

--Qu! Que ya se la estn disputando?...--dijo Baldomero, y
agreg:--Si quieren podemos dar una vueltita por la chacra antes de ir
para la estancia.

Ante esta proposicin quedaron un instante perplejos Lorenzo y Ricardo,
que sentan vehementes deseos de aceptarla; pero ste se limit a
preguntar:

--Queda de camino?

--Eso es lo de menos; los caballos son guapos... y as de paso dejaban
la canastita que la veo aqu... pero sin el moo!...

--Y sin los duraznos--repuso Ricardo.

--Los duraznos los comimos anoche--intercedi Melchor,--pero yo no me he
comido el moo.

--Ni yo!

--Ni yo tampoco!

--Yo s decir--dijo Baldomero,--que anoche cuando la puse aqu lo
tena.

--Se lo habrn comido los ratones--dijo Ricardo.

--Eso ha de ser!--dijo irnicamente Baldomero, agregando:--Miren que
no haber cado en la cuenta!

--A propsito, Baldomero, quiere pedir la cuenta a Garona?

--Me dijo que la pagaran a la vuelta, don Melchor...

--Cmo a la vuelta?...

--As me dijo... y es tan porfiado el gringo!...

--Son cosas suyas!...

--Mas?... De Garona, querr decirme... y no les parece que es hora de
ir saliendo?...

Los tres amigos se dirigieron al break que tena en el pescante una gran
canasta con las provisiones para el almuerzo, y subieron en l despus
de despedirse amablemente de cuantos encontraron al paso y de recomendar
a Garona que hiciera llegar en seguida la canastita a don Casiano.

--Y usted, don Baldomero, no sube?--pregunt Lorenzo viendo que se
dispona a cerrar la portezuela del break.

--Los voy a acompaar a caballo.

--Hasta la estancia?

--El azulejo es capaz de ir de un galope hasta Buenos Aires.

Al partir el break a todo trote, Baldomero se puso al costado, galopando
con toda la bizarra del gaucho legendario, mientras su flete dejaba
ver, al levantar los remos y al mirar hacia adelante, con sus ojos
vivos, que stos no alcanzaban a divisar distancia que lo cansase.

No haban andado dos leguas, cuando Baldomero exclam:

--Par, ch Hiplito; aquel hombre viene queriendo alcanzarnos.

En efecto, era un pen de Garona, que al llegar prximo al break y antes
de que su caballo se detuviera del todo, se arroj de l, bajndole la
rienda, y dirigindose a Melchor le dijo:

--Aqu le traa estos telegramas.

Melchor los tom y leyendo vidamente la direccin de cada uno los
reparti diciendo:

--Este es para m; seor Lorenzo Praga; seor Ricardo Merrick; ste
tambin es para m.

--De mam, que estn todos buenos--dijo Lorenzo.

--Lo mismo en casa--agreg Ricardo.

--Por casa tambin, sin novedad; el otro es de Clota.

Ricardo dio vuelta la cabeza y se puso a mirar hacia adelante, mientras
Hiplito preguntaba:

--Vamos?...

--Vamos!...

--Ji!... ji!...

* * *

El sol al frente de los viajeros hizo exclamar a Ricardo:

--Empieza a hacerse sentir el calor.

--Quieres cambiar de asiento?--le dijo Melchor.--Aqu, Hiplito, ataja
algo; te di ese lugar para que fueras viendo con ms comodidad.

--No, si es lo mismo.

--Mira que aqu hay una sombrita!--insisti Melchor encogindose tras
del cochero.

--No, voy bien; es que hace calor, no ms.

--No quieres para atajarte del sol... un diario?...--le dijo Melchor
irnicamente.

--Y a propsito, los traes?

--Todos!....

Baldomero que oy hablar de diarios, aproxim su caballo hasta poner una
mano sobre el guardabarro lateral del break y pregunt:

--Hablan de algo los diarios?

--En la estancia le van a contestar, Baldomero, porque todava no los
han ledo...--repuso Melchor rindose, y agreg:--Pero los compraron.

Baldomero sonrindose, separ el azulejo y con la mano de nuevo sobre el
muslo derecho continu galopando con insuperable gallarda.

El viento mova blandamente el ala de su chambergo y levantaba leves
nubecillas de polvo que los cascos del azulejo removan an de entre el
csped, de tal modo era enrgica la fuerza con que los golpeaba.

El panorama pareca indicar el lmite de la superficie habitada, no slo
porque las perspectivas del paisaje mostraban cada vez ms raleadas las
poblaciones y ms pequeos los detalles vistos a la distancia, sino
porque los ruidos, que llegaban al odo de los viajeros, eran extraos y
tristes, casi agoreros, y hasta el vuelo pausado y oblicuo de los
caranchos tena el ritmo de una cadencia funeral.

Las haciendas se alzaban perezosamente, entumecidas por el reposo de la
noche y el terneraje lanzaba en tonos quejumbrosos gritos que parecan
lamentos de agonizante, mientras al paso del break huan las vaquillonas
y los pequeos novillos, haciendo cabriolas que tenan todo el dengue de
mohines de burla, como si se los inspirase aquel grupo de viajeros que
en procura de salud moral marchaban aceleradamente hacia regiones de
inacabables melancolas.

A ratos surga, repentino y en gradacin descendente, el trino
glutinante de alguna perdiz que hua a refugiarse en su mimetismo; los
teros saludaban a la distancia, lanzando su estridente grito y mientras
los tordos, los cardenales y los chingolos se paseaban por el lomo de
las vacas, las lechuzas parecan encogerse de hombros indiferentes o
despreciativas, al levantar el vuelo de poste a poste, a medida que el
break avanzaba en su camino.

Separados por potreros que parecan dilatadsimos, veanse los bosques
de las estancias disminuidos por las lejanas, hasta sugerir la idea de
pequeos montecillos, y as lo hizo notar Ricardo:

--Por qu tienen tan pocos rboles junto a las casas, Baldomero?

--No crea, seor, si son arboledas grandes!... Mire all... ve?...
derecho a aquella punta de hacienda... bueno... se es campo de los
Unzueces... que tienen rboles por lujo...

--Y no parece, eh?

--Que queda lejos... pero el bosque es grande...

Sigui un silencio prolongado, durante el cual Melchor sinti cien veces
impulsos de sacar del bolsillo el telegrama de Clota, pero se abstuvo
temeroso de provocar preguntas que no deseaba satisfacer. Ningn detalle
del camino escapaba a la curiosa observacin de Lorenzo y de Ricardo,
que en ms de un caso prefirieron ignorar la causa o la naturaleza de lo
que vean, antes de revelar ante Hiplito la impericia campera que
lgicamente padecan...

--Viste!...--se limitaban a preguntarse recprocamente al ver cruzar
una liebre o al ver aparecer en la puerta de su cueva algn vizcachn
valetudinario.

En las postas del camino cambiaron caballos que Hiplito conoca hasta
en sus detalles ms ntimos y sin tropiezos llegaron a la del Paso,
donde deban almorzar y sestear, segn lo anunciado por Melchor.

--Sabe que hemos andado ligero, Baldomero?

--Qu hora tiene, don Melchor?

--Las diez menos cuarto.

--Verd! que hemos andado pronto... bueno que estos caballos son de
ley.

--El que es de ley es el cochero--dijo Lorenzo,--y no le hacen justicia.

--Y con caminos pesados--agreg Ricardo.

--Algo... s, seor... al salir del pueblo...; pero despus, no... por
aqu est casi seco... es que hemos tenido caballos guapos...

--Buenos das, don Melchor! Cunto gusto!--exclam palmoteando la
duea de casa.

--Cmo est, doa Ramona!

--Para servirlo!... entre adentro que est fuerte el sol... pasen,
seores.

--Y Anastasio?

--Anda por el campo, seor... y miren que han venido temprano!... pero,
a qu hora salieron, don Baldomero?

--No me fij, amiga... seran las cinco.

--Si cuando este muchacho me dijo que vena el breque... qu le iba a
creer!... Siempre saben llegar al medioda.

--Realmente, Ramona: hemos venido como chasque.

--Como chasque! Don Melchor... y la familia qued buena?

--Todos buenos, gracias.

--Pero sintense, seores, que estn parados... y entr esa canasta,
muchacho... Anastasio no ha de tardar... le cebo un mate, don
Melchor?...

--Mate?... Creo que mis compaeros quieren algo ms slido... qu tal,
Lorenzo?...

--Venimos a tus rdenes.

--Eso quiere decir que hay apetito!... No te deca yo?...--y agreg,
alzando la voz:--Baldomero!

--A la orden, don Melchor!

--...aqu hay gente curiosa por ver lo que ha trado en la canasta.

--Ni s lo que haya puesto Garona!... Vaya sacando, amiga. Quiere?...
Yo ya vengo--dijo desde la puerta Baldomero, teniendo del cabestro su
azulejo al que le haba sacado el cojinillo.

Mientras se dispona la mesa bajo la enramada del poniente, los tres
amigos salieron a estirar las piernas por las inmediaciones.

--Por qu no llevan la escopeta? Don Melchor... puede que encuentren
algo...

--No, Baldomero... las armas las carga el diablo... y estas vacas son
ajenas...

--Lo dirs por ti; porque yo--replic Ricardo en tono de broma,--donde
pongo el ojo pongo la bala!

--El de mejor puntera!...

--No soy tan certero como t...--contest intencionadamente Ricardo,
creyendo ver una alusin que no exista por cierto en la frase amistosa
de Melchor. Comprendindolo, ste le dijo:

--Te he dado una broma, sin intencin... pero ya que lo entiendes as...
veremos si le aciertas a la Pampita.

--Parece que la Pampita te preocupa a ti ms que a nosotros... Se lo
podramos telegrafiar a Clota... qu te parece?

--Viniendo de ti tiene que parecerme bien.

--Oganle!...

--Ch, Melchor; pero qu vida pasar aqu esta gente, eh?

--Te parece, Lorenzo! Viven muy contentos y muy sanos.

--Yo creo que me morira aqu antes de una semana.

--En ti me lo explico perfectamente.

--Por qu te lo explicas?

--Porque aqu no vienen diarios todos los das...

--No seas pavo--repuso cariosamente Lorenzo; y la jira continu sin
alejarse mucho de las casas, hasta que Baldomero les grit:

--Cuando gusten!

Al sentarse a la mesa apareci Anastasio, cuya fisonoma impresion
vivamente a Lorenzo y a Ricardo que en una rpida mirada se cambiaron la
misma impresin: qu traza!

En la expresin de Anastasio observaron, instantneamente, un detalle
extraordinario: rea sin risa!

Toda su cara, en lo muscular, responda a la intencin de su dueo: los
labios se tendan abiertamente dejando ver una dentadura ennegrecida y
slida; las comisuras de los prpados se contraan aumentando los surcos
radiales que partan de ellas; los pmulos se levantaban, las arrugas de
la frente disminuan... pero los ojos permanecan impvidos y fijos.
Casi poda decirse que al rer su envoltura corprea, el alma quedaba
indiferente y seria.

Inspiraba lstima y miedo.

Salud con breves palabras, con monoslabos casi, y fue la nica persona
que no hizo a Melchor los agasajos que todos. Cuando ste le invit a
participar del almuerzo rechaz el ofrecimiento con actitudes que lo
mismo parecan de recelo que de timidez.

--Gracias... Ya churrasqui...

--Dnde?... viejo...--pregunt asombrada Ramona, sin obtener
contestacin.

--Arrmese, Anastasio--insisti Baldomero,--mire que vale ms llegar a
tiempo que andar rondando un ao.

--As... dicen...--contest Anastasio, sin moverse de su sitio y
castigando al suelo con la punta de su lonja.

Terminado el almuerzo, se dispuso la siesta bajo la caliginosidad
creciente de un da de fuego y poco despus de las 4 la caravana
continu su marcha en lnea recta, a la Celia.

Durante esta jornada se habl de Anastasio especialmente, pues haban
quedado Lorenzo y Ricardo impresionados con l.

Melchor y Baldomero les referan la breve historia de aquel hombre
desgraciado, especie de Don Alvaro del desierto, a quien la fatalidad
le haba puesto ms de una vez en la boca del trabuco o en la punta del
cuchillo el corazn de las personas a quienes ms quiso en la vida.

Peleando en una pulpera una noche haba muerto a su hermano,
confundindolo con su adversario, en medio de un entrevero; tiempo
despus llegaba tarde de la noche a su rancho, y viendo un hombre junto
a la puerta, simul pasar de largo por el camino, para sorprender mejor;
descendi del caballo y agazapndose entre las cicutas se dirigi hacia
aquel hombre que iba a robarle su felicidad; los perros no se sentan...

Anastasio lleg hasta cerca de la puerta y oy estas palabras, dichas
entre dientes como en un rezongo:

--Abr, te digo, soy yo.

La puerta se abri y un relmpago de celos precedi a un relmpago de
fuego: Anastasio haba descargado su formidable trabuco sobre un
salteador y sobre su mujercita inocente, matando a los dos.

--Y hace mucho tiempo?--pregunt Ricardo.

--Qu har?... ir para tres aos... no, don Melchor?

--Por ah, Baldomero; yo no me acuerdo bien.

--Pero l se acuerda bien--modul Ricardo como hablando consigo
mismo;--l se acuerda... pobre hombre!... se ve que sufre una pena sin
consuelo...

--Y doa Ramona?... Ch, Ricardo--le interrumpi Melchor, repitindole
al golpearle cariosamente el muslo y mirndole fijo en sus ojos como
para subrayar la intencin de la frase:--Y doa Ramona?... No es un
consuelo?...

* * *

Iba cayendo la tarde... El sol pareca hundirse entre montaas de nubes
que l mismo pintaba con diversos tonos entre estallidos rectos de rayos
rojos.

Por el lado del naciente se vean como apoyados al suelo en el lmite
del horizonte espesos y multiformes cmulos parduscos sobre los cuales
brillaba Jpiter parpadeante y slo en la infinita limpidez del cielo.

Largas hileras de haciendas mugientes regresaban de los jageles, con el
aspecto de trabajadores que volviesen de pesadas tareas; las majadas se
agrupaban como para solidarizarse ante la amenaza de peligros
nocturnales, y mientras un lechuzn permaneca temblequeando fijo en un
punto del espacio, pasaba cabizbajo a raudo trote un perro flaco y
desvalido, con rumbo a las casas...

Haba en toda la amplitud del paisaje notas de aurora y tonos de
indefinibles melancolas crepusculares...

El break haba transpuesto la ltima tranquera y realizaba la ms breve
de las etapas entre la prolija observacin del ganado, cuyos ejemplares
lo seguan con la vista, como reconocindolo.

--Ya estamos, muchachos: aqullas son las casas.

--Qu hermoso me parece todo esto!--exclam Ricardo, ocultando quiz su
pensamiento ntimo.

--Y a m... qu triste!

--Djate de ver cosas tristes, Lorenzo, y piensa que al franquear
aquella tranquera hemos hecho honda y firme la resolucin de aquel
amigo, que les refer ayer: Ahora, hay que rerse!

--Trataremos de rernos.

--Y lo haremos en grande!... Yo ya me vengo riendo de pensar en las
consecuencias de los primeros galopes!... T has andado muy poco a
caballo, Ricardo?

--No he andado en mi vida!

--Le daremos un caballito manso--dijo Baldomero, que en ese momento se
haba aproximado al break;--el malacara de la nia Lola... se es como
ir en coche...

--Ser como se?...

--Ah... no, seor!... cosa muy diferente... el malacara es de paseo...

--Yo vengo asombrado de la resistencia de su caballo!

--Y valo, don Ricardo... mire!... viene tironeando!... como al
salir...

Envanecido por los elogios al azulejo, Baldomero le hizo una
aflojadita, en momentos que llegaban a la casa, y fue a detenerse bajo
los ombes de la caballeriza, gritando:

--Qu hacen que no llaman estos perros?... fuera! _Nemo!_... fuera!
_Bachicha!_...

Los viajeros descendieron del coche, y entre saludos a la gente que les
esperaba se dirigieron a la casa por un caminito del jardn, guiados
por Melchor, que al entrar en las piezas les deca:

--La sala... ya ven... hasta piano!... para ti, Ricardo, que eres tan
aficionado... Sigan... ste es el escritorio del viejo...--y alzando la
voz grit:--Baldomero!... haga traer luz; sigan, muchachos: el cuarto
de mam... estos dos son de las muchachas... ste no hay que
presentarlo: qu les parece?...

--Qu hermosura de comedor!...

--Ahora vengan por aqu... miren... un cuarto de bao...

--Esplndido!

--Mi cuarto..... y stos que siguen... ven?... para huspedes... otro
cuarto de bao... y todo con ventanas al corredor.

--Es una gran casa!

--De cuartos grandes no ms, ch; pero es cmoda. Ahora, nos baaremos,
si les parece, y comeremos en seguida.... Maana recorremos lo dems.

--S, ch, a baarnos!

--Vea, Jos--dijo Melchor, dirigindose al sirviente de la estancia que
les acompaaba con una lmpara en la mano,--ponga todo en los baos,
prontito, y encienda las luces.

--S, seor.

--Oiga, Jos... dnde ha puesto los equipajes?

--Lo suyo est en su cuarto; los otros los pusimos en la pieza grande.

--No; trigalos al cuarto al lado del mo... as los tenemos ms a la
mano... quieren que vayamos para all?

--Para dnde?

--A sentarnos al frente mientras preparan el bao.

--Bueno.

Sentados en el corredor contemplaban los viajeros la llegada de la noche
y comentaban las incidencias del viaje, cuando de pronto dijo Ricardo
con una espontaneidad que asombr gratamente a Melchor:

--Voy a probar el piano! No estar cerrado?

--Ha de tener la llave puesta, si no avisa--y volvindose a Lorenzo:--y
qu bien toca Ricardo, eh?...

--Hum!--hizo Lorenzo bajo la presin de una angustia intenssima que
creca en su espritu con el avance de la noche.

De la sala sala el tenue resplandor de una lmpara a media luz; en los
rboles del jardn gorjeaban a intervalos pajaritos que parecan
buscarse mutuamente entre las tinieblas del follaje; a lo lejos se oan
balidos aislados, y sentados en silencio Lorenzo y Melchor, viendo por
entre las plantas el resplandor distante de la cocina, escuchaban las
primeras notas con que Ricardo estimulaba su memoria.

--Qu vas a tocar?

--No s, ch, Melchor... estoy pensando.

--Toca el pericn nacional!... que es de circunstancias.

--No lo s...

--Y los tristes argentinos... que son tan lindos?

--Tampoco... de memoria no los recuerdo.

--Bueno! toca lo que te d la gana.

--El quinto nocturno...

Y Ricardo atac con exquisita delicadeza la bellsima meloda de Chopn,
cuyos acordes ponan en el ambiente una nota de intensa y honda
melancola.

--Qu es eso! Lorenzo, por Dios--exclam de pronto Melchor, ponindose
angustiosamente de pie y acercndose a su amigo, que haba ocultado la
cabeza en el brazo derecho puesto sobre el respaldar de la silla y
lloraba a sollozos, mientras Ricardo continuaba tocando en el piano el
5. nocturno de Chopn.

--Qu es eso?... Caramba!... Qu tienes?...--repeta Melchor,
inclinado cariosamente sobre el cuerpo de Lorenzo.

--No s!...--repuso ste, ponindose de pie y reclinndose
lnguidamente en el pecho de Melchor,--no s... hace rato... tengo una
opresin...! que no oiga Ricardo...

--Ven... ven conmigo... por aqu--y abrazados como dos hermanos que se
consuelan, como dos amantes que se idolatran, siguieron por un camino
del jardn hasta una pequea glorieta en uno de cuyos bancos se
sentaron, oyendo claras y ntidas las sugerentes notas del nocturno.

--Cunto te incomodo!...

--No, Lorenzo, t no puedes incomodarme jams... pero qu tienes?...

--...No s!... aqu... no s qu tengo... ganas de llorar!

--Llora... as... llora no ms... eso te har bien...

Lorenzo lloraba a sollozos, recostada la cabeza en el hombro de Melchor,
de cuyos ojos caan silenciosas lgrimas sobre el cabello de su amigo...

* * *

--...Bueno... ya pas...! Cunto te incomodo!...

--Al contrario!... acabas de darme un alegrn...

--Esto ms?... eres un santo, Melchor!

--Pues un alegrn! porque este llanto tuyo implica la crisis ms franca
en tu estado puramente moral... con esas lgrimas s ha volcado bajo la
presin ambiente, toda la enfermedad nerviosa de que padecas...

--Ahora siento un gran alivio.

--Es que ya ests curado!... Vamos?... Te has pasado acumulando
lgrimas engendradas por preocupaciones ridculas, mientras tu organismo
se viciaba por influencia de esas mismas preocupaciones, y libre de
ellas, han bastado unas cuantas horas y un poco de aire puro y de nuevas
perspectivas para que tu organismo se revolucione y arroje de s al
dspota que lo esclavizaba... y que ha salido... llorando!... ch...
as son los tiranos...

--Eres un santo, Melchor!

--...lloran en cuanto no pueden seguir tiranizando... te has fijado?...
ahora ya ests libre... ves?... ya ests sano.

--T eres capaz de curarme!

--...ya puedes decir, en legtima posesin de ti mismo: Ahora hay que
rer!

--S, pero no vayas a rerte de m!

--Ni t de m, eh? porque desde ahora todo te va a dar risa!

En ese momento llegaban al corredor, en el que, asomado por la puerta de
la sala y haciendo visera con la mano, deca Ricardo:

--Se han quedado dormidos?...

--No, sera ofensivo--le contest Melchor al subir al corredor,--porque
con mala msica no se puede dormir, segn la clebre ancdota.

--Y de dnde vienen?

--Nos alejamos un poco para orte mejor.

--No es cierto; yo debo decirte ahora la verdad, Ricardo; a qu
engaarte?... ya no hay objeto: he llorado como un tonto!

--Has llorado?... Por qu...?

--Qu s yo!... Ese nocturno me hizo llorar.

--La tesis de Tolstoy en la Sonata de Kreutzer... ya ves si hay msicas
que no deben tocarse as no ms.

--Pero a Lorenzo le ha hecho bien; ya est curado.

--Cmo as?...

--S, Ricardo--repuso Lorenzo sonrindose.--Ahora hay que rerse!

* * *

--Y Baldomero no viene a comer con nosotros?--pregunt Ricardo al
sentarse a la mesa.

--Come con su familia.

--Por qu no lo invitas, Melchor? Es tan entretenido!

--Son las nueve pasadas; ya ha comido, seguramente.

--Vendr a tomar el caf con nosotros?

--Hgale decir, Jos, a Baldomero, que venga, a tomar el caf.

--Aqu est Baldomero, don Melchor; para qu me necesita?--dijo
tomndose en alto con ambas manos de los barrotes de la ventana que daba
al corredor.

--Ya tom caf, Baldomero?

--De desayuno?... todava no, don Ricardo contest Baldomero festejando
su propia ocurrencia.

--Qu! Es tan tarde?...

--No, seor!... luego va a ser ms tarde...

--Aqu es necesario estar muy advertido, Ricardo--dijo Melchor,--porque
aqu... el que no corre...

--Dispara, don Melchor!--dijo Baldomero completando picarescamente la
frase y dirigindose a entrar al comedor.

--Parece que hay apetito, seores.

--Es verdad, Baldomero... hasta yo estoy comiendo con gusto.

--Qu sabe no tener ganas, don Lorenzo?

--Pocas, generalmente... pero hoy tengo... es el aire del campo.

--Quin sabe, seor!... Mire que en el pueblo es el mismo aire y puede
que alguien no tenga ganas... de comer!

--No habra de ser por culpa ma.

--No digo tanto, don Lorenzo... es un decir, no ms... no le parece,
don Ricardo?...

--De qu hablaban?...

--Cuerpeador, el seor!...

--No, Baldomero; es que estoy ocupado con esta costilla y no atenda...
por sacarle...

--Quieres ms asado?...

--Ya que te empeas...

--Mire que se ha hecho de rogar, don Ricardo! y no le har mal comer
sin ganas?...

--Sabe, Baldomero--interrumpi Lorenzo,--que estoy preocupado con una
cosa?

--Usted dir, seor.

--Qu le dijo a usted ayer ese hombre con quien habl, cuando estbamos
comiendo?

--Zonceras, seor!... que no valen la pena.

--Pero usted estaba enojado, no es verdad?

--Tanto no, seor.

--S! Usted pareca enojado y cuando usted volvi a sentarse con
nosotros vi que l se besaba la seal de la cruz y hablaba en voz baja
con el compaero, como profiriendo una amenaza.

--Para que usted lo viera, don Lorenzo! Qu quiere que haga ese
laucha?

--Era Martn, no, Baldomero?

--l era, don Melchor. Fjese!...

--No hay enemigo pequeo, Baldomero.

--Cuando hay enemigo, don Lorenzo! Pero Martn no es hombre para
pararse.

--El que tiene aspecto de bravo es Anastasio, no?--dijo Ricardo.

--Ese?... se es bravo con doa Ramona...

--Es posible?--pregunt Lorenzo.

--Le da una vida!... bueno que l se ha juntado por la necesidad no
ms.

--Y ella parece una mujer excelente.

--As es; s, seor, buenaza!... y no digamos que sea mala cosa...
porque aunque le ande cerca a los cuarenta...

--Realmente--dijo Ricardo,--es ms bien buena moza... y ha de haber
sido linda!

--Anastasio la castiga, Baldomero?--pregunt como dudando Melchor.

--Si veinte veces la ha echado del rancho!... pero, a dnde va a ir la
infeliz?

--Por qu no la trae al campo, Baldomero?... Aqu habra trabajo que
darle... en el puesto de las aves... o para lavar.

--Para eso s... nunca estara de ms.

--Debes realizar esa obra buena; pobre infeliz--dijo Lorenzo.

--Maana mismo nos vamos de un galope hasta el Paso, qu les parece?
y le hablo--respondi Melchor, que de pocos estmulos necesitaba, para
lanzarse en empresas de esa clase.

--Y piensa traerla, don Melchor?

--Traerla, no; pero ofrecerle que se venga cuando quiera... es un crimen
dejar a una mujer como sa en semejante condicin.

--Hars perfectamente.

--Y por qu no completa la obra, don Melchor?

--Cmo?...

--Corrindose hasta el pueblo... y trayendo alguien... que sepa
tocar el piano... para que lo acompae a don Ricardo...

--Y a quin podra traer?--pregunt ste, o hay pianistas que se
alquilen?

--De eso no s... yo conozco poco en el pueblo... sabe quin le puede
informar? es don Casiano...

--Lo que es por m se pueden ahorrar el trabajo, porque tambin,
tratndose de tocar el piano, puedo aplicarme aquello de que el buey
suelto bien se lame.

--Ms mejor se lamen dos, don Ricardo!--dijo Baldomero coreado por las
carcajadas de todos.

--As ser... pero solo nac--replic Ricardo siguiendo la
broma,--solo me como esta humita y solo toco el piano.

--No vaya a hablar solo tambin; no sea el diablo que lo tomen por
loco...!

--Y usted cree, Baldomero, que no hay ms locos que los que hablan
solos?...

--Qu voy a creer, seor!... si hay locos de toda laya!... locos de
hambre... esos que hay ahora que les dicen locos de verano... Si hasta
hay locos por... la Pampita!.....

--Eso de los locos de hambre, lo ha dicho por m?...

--No, seor; eso, no... coma no ms tranquilo...

--Qu Baldomero ste... es la piel de Judas!

--No me la vaya a quitar, don Ricardo, que no tengo otra...!

--Y a todo esto--dijo Lorenzo,--qu programa tenemos para maana?

--Si se animan iremos hasta lo de Anastasio.

--A caballo, Melchor?

--Claro est!

--No es muy lejos para un debut?

--No, hombre! Yendo en buenos caballos y despacio...

--Yo preferira que nos ensayramos de a poco.

--Vayan ustedes en el break; yo ir a caballo.

--Eso es! Y as podremos alternar... un poco en tu caballo... y otro en
coche.

--Si quieren--dijo Baldomero--hay caballos muy mansos y de lindo
andar... bueno, que para ir hasta lo de Anastasio es lejos, agreg
recapacitando.

--Y usted hablaba de corrernos hasta el pueblo!

--Es diferente, don Ricardo!... una cosa es ir a un encargue y otra es
ir... pongo por caso, a visitar la Pampita.

--Realmente, valdra la pena--dijo Lorenzo,--conque yo que nunca me he
fijado en muchacha alguna he quedado fuertemente impresionado con sta.

--Ya ves! T que decas que no encontraras mujer a tu gusto, te ests
sintiendo tiernito ahora; ha sido necesario venir a estos mundos para
encontrarla.

--Ya me ests casando, Melchor.

--No digo tanto; pero tu declaracin de ahora, y tu pesadilla de anoche
dejan pensar que este viaje puede resultar de grandes... enseanzas.

--Por lo pronto hemos recogido una--dijo Ricardo,--que va contra tus
ideas.

--Cul?...

--El caso de Anastasio! Ah tienes un hombre vctima inconsolable de un
dolor moral.

--Vas a ponerme como ejemplo un ser inferior, inculto, torpe, aislado
de la sociedad en un medio que basta y sobra para llevar a la
misantropa? No, pues! Si Anastasio fuera de la condicin que nosotros
y tuviera el capital intelectual de que nosotros disponemos y viviera en
pleno Buenos Aires, haba de encontrar en su propio espritu y en las
influencias circundantes, los estmulos necesarios para triunfar de su
dolor por muy hondo que sea y que yo respeto en l, porque es l; porque
vive casi solo y a solas constantemente con sus recuerdos atribuladores;
pero que no respetara ni en m mismo puesto en la situacin en que
estoy, felizmente.

--Sabe que ha hablado lindo, don Melchor!--exclam Baldomero.

--Yo censuro--continu diciendo vehementemente Melchor--a los que
acarician cualquier congoja como afanosos por conservarla el mayor
tiempo posible; yo anatematizo a los que se entregan con fruicin a
todas las desesperaciones de cualquier dolor moral por intenso que sea,
y en vez de tirarlo al ltimo rincn lo pasean en los labios como esos
pordioseros que van mostrando una llaga para excitar la caridad pblica;
yo me refiero a los cobardes que se rinden sin luchar por no darse el
trabajo de esgrimir las armas qu tienen a la mano.

Lorenzo y Ricardo escuchaban a Melchor como reos ante una acusacin
irreducible, mientras Baldomero pensaba que su presencia era
inconveniente en aquel momento, en que comprenda instintivamente que
Melchor desempeaba una funcin trascendental.

--Bueno, don Melchor, voy a dejarlos.

--Ya se va, Baldomero? no quiere una copita de coac?

--Gracias, don Melchor, no tomo.

--Tome! Yo tambin voy a tomar para festejar la venida de ustedes.

--Vas a tomar coac, Melchor?--le dijo Lorenzo con visible extraeza.

--Qu me va a hacer!... una copita a la salud de ustedes... y de
Clota!... agua... ch... me he abrasado!...

--Para qu tomaste!

--Bueno, don Melchor, yo voy a retirarme; le digo entonces a Hiplito
que ate?

--S, que ate, y que me ensillen el zaino.

--Para qu hora piensan salir?

--Yo voy a ir a despertarlo.

--Ser, seor, si no hace un paseo ms largo...

--Qu paseo?

--El galope con la Pampita...

--La Pampita... la Pampita...--repetan Lorenzo y Ricardo.

* * *

En el momento en que Lorenzo abra la puerta para salir al corredor,
llegaba Baldomero con el mate en la mano.

--Vaya, don Lorenzo, as me gusta!

--Ya ve: lavado y listo.

--Y los compaeros?

--Ricardo se est vistiendo; pero Melchor duerme todava.

--Duerme todava?... Sabe que es raro.

--Lo he despertado dos veces y se ha vuelto a dormir.

--Y... se anima a ir a caballo?

--Hasta el Paso... es demasiado.

--Estn ensillando caballos para ustedes; yo mand ensillar el malacara
de la nia Lola para don Ricardo, que le haba prometido, y para usted
un overito de la nena, que es una malva. No quiere un mate?...

--Dulce?

--Usted tambin toma dulce?... le daremos con azcar. Vamos para
all?...

--Bueno, y no me desconocern los perros?

--Son mansos, no tenga reparo.

A la tenusima vislumbre de un amanecer apacible siguieron la estrecha
senda del jardn que daba acceso a las caballerizas, en las que a favor
de un farol pequeo y sucio el caballerizo ensillaba los caballos que un
muchacho rasqueteaba previamente.

En el boj que bordeaba el camino, tropezaba Lorenzo a cada paso, al
mismo tiempo que esquivaba, al tacto, las guas con flores que los
rosales parecan tenderle como para brindarle las galas de sus
productos.

Al presentarse en el sitio en que se rasqueteaban y ensillaban los
caballos, stos resoplaron vibrantemente en forma que Lorenzo quiso
entender como una burla, casi como si fueran carcajadas caballunas, como
si hubieran sido capaces de pensar al verle: Y ste es el que va a
montarnos!... mientras los perros le contemplaban a cierta distancia sin
que faltara alguno ms confiado que se llegase a helarle las
pantorrillas con el soplido explorador de su hocico.

Bajo el alero de la caballeriza tubaban palomas con tonos de dianas
distantes y el errs-errs de la rasqueta era apagado a veces por el
repentino aleteo de alguna gallina madrugadora que se descolgaba al
suelo y daba luego una pequea carrerita cacareando a grito herido, como
si hubiera realizado una hazaa prodigiosa.

Las vacas tamberas se aproximaban solas a sus palenques desoyendo los
reclamos temblorosos de sus cras embozaladas y mientras todo despertaba
a la tarea diurna en aquel breve trecho, cruzaba el espacio una bandada
de patos laguneros, rumbo a la luz, dejando caer desde lo alto gritos
que parecan decir como el del cuervo de Po: ja... ms!... ja...
ms!...

El da avanzaba poniendo tintes amarillentos en las aristas de las cosas
hacindolas surgir de entre la brumosidad ambiente y uno de los detalles
de aquel cuadro campestre que ms llam la atencin de Lorenzo, fue un
perrazo bayo que se alz de pronto sobre sus cuatro patas rgidas,
levant la cola, recta como una espada, arque graciosamente su cuerpo y
lanz un gran bostezo para echarse de nuevo lamindose los labios como
si lo paladeara...

--Aqu est su overo, don Lorenzo, qutele lo desparejo...

--Es un poco chico, no?

--Cundo ha visto licor en jarro de agua?...

--Lo he visto en botellas!

--Pero no en pipas! Si vamos a eso. Este es un caballito... mire!...
qu usted ver!...

--Y aqul?

--Ese es el crdito de don Melchor! Yo no s qu le encuentra a ese
caballo!... Porque si es el andar, no vale gran cosa... ni siquiera
sabe armarse... estrellero! como el slo! y hasta algo mosquiador... en
fin: es un gusto.

--Y qu quiere decir estrellero?

--Que va con la cabeza as... ve?... y el cogote por lo
consiguiente--dijo Baldomero estirando el brazo y la mano hacia
adelante.

--Y no tienen algn caballo de sobrepaso?--pregunt Lorenzo por
compensar en algo la ignorancia evidenciada.

--Hay un petizo. Fjese!... Quiere verlo?--y volvindose al muchacho
que rasqueteaba al malacara dijo:

--Ch, Juancito, ech el Risueo...

--Est en el potrero de las coloradas.

--Desde cundo?

--Afloja una mano--respondi el muchacho como si contestara a la
pregunta.

--Y se llama Risueo el petizo?--pregunt sonriendo Lorenzo.

--Sabe por qu le pusieron?... porque cuando siente el freno, que se lo
van a poner en la boca, sabe levantar el labio, que parece que se
estuviera riendo.

--Ah viene Ricardo!... Qu _toilette_ tan larga!

--No, es que me qued hablando con Melchor; buenos das, Baldomero.

--Cmo pas la noche, don Ricardo?

--He dormido muy bien... qu linda maana! eh?

--Y Melchor?

--Me ha costado un triunfo despertarlo. Dice que tiene ms pereza que
vergenza.

--Y l sabe ser madrugador!... Estar cansado... o puede que tenga un
atraso de sueo.

--Voy a verlo, ya vuelvo, esprame aqu con Baldomero.

Por la ventana del dormitorio vio Lorenzo al subir al corredor, que
Melchor estaba sentado en el borde de la cama con las manos sobre los
muslos en actitud de profundo ensimismamiento; pero en el mismo instante
en que le golpe el vidrio, Melchor le mir sonriendo como si hubiera
estado pensando en cosas alegres.

Lorenzo penetr en el dormitorio, ligeramente preocupado con la actitud
en que haba sorprendido a Melchor, y le dijo:

--No te sientes bien?

--Yo?... Perfectamente!... Por qu?

--Me dijo Ricardo que estabas sin muchas ganas de levantarte.

--Cosas de Ricardo! Tena un poco de sueo y nada ms!... en un
periquete me visto e iremos a dar un galope; esprate.

Lorenzo se aproxim a la ventana, por la que se vea gran parte del
jardn, la casa de Baldomero a la izquierda y al fondo las caballerizas
rodeadas de corpulentos y seculares ombes.

En la parte posterior de la casa continuaba el jardn hasta el punto en
que empezaba el monte de frutales y era de tal modo vibrante y compacto,
si puede decirse, casi aturdidor, el cantar matinal de los pjaros, que
hizo exclamar a Lorenzo:

--Parece una pajarera esta casa.

--Has visto?... Cunto pjaro! eh? Es que aqu no se les persigue y,
al contrario, cuando estn las muchachas les echan montones de alpiste y
de maz de guinea por todas partes.

--Qu lindo es eso!

--Aqu todo es lindo, ch, hay que convencerse, y si no fuera que la
estancia queda tan lejos de Buenos Aires, yo me vendra a vivir a ella
para siempre.

--Y qu te lo impide?... Al fin tu empleo no te da gran cosa.

--No; si yo lo conservo por ocuparme en algo y porque es de porvenir;
pero no sera justo que la condenase a Clota a este aislamiento... Por
m? Si yo me dejase llevar de mi tendencia no me mova ms de aqu.

--Te parece!... al mes saldras volando para la ciudad... Nosotros no
hemos nacido para la vida embrutecedora del campo... para esta
soledad... este aislamiento...

--Todo tiene sus encantos y sus compensaciones, Lorenzo. Aqu hay
soledad; pero hay salud; hay aislamiento pero no hay decepciones.

--Y de qu decepciones puedes quejarte t?

--Bah!... Es que yo disimulo; pero si t supieras cuntos me han
frecuentado asiduamente, cuando yo no tena ms tarea que atenderles y
distraerles y se me han retirado en cuanto me vieron ocupado o
preocupado.

--Eso me parece muy natural!

--Ah!... S!... muy natural! Llevarme tribulaciones, angustias,
conflictos de todo gnero, para que yo los consolase o los arreglara y
el da que me tocaba quejarme a m, encontrarme solo entre las cuatro
paredes de mi cuarto.

--Pero t no puedes decir eso, Melchor! T menos que nadie!

--Bah!... Con excepcin de Ricardo y de ti, dime? cules son mis
amigos ahora?

--Pero los de siempre, Melchor! Es claro que te frecuentan menos por
tus visitas a Clota... y porque, al fin y al cabo, t tambin has
cambiado... ya no eres tan chacotn ni tan conversador como antes.

--Yo no he cambiado!--le interrumpi Melchor con cierta vehemencia,
suspendiendo la tarea de anudarse la corbata.--Son ellos los que me
habrn hecho cambiar!... Los que supieron aprovecharme siempre que me
necesitaron, y para sacarme el cuerpo el da que pude necesitar de
ellos: porque todos son as!...

--Son ganas de quejarte!

--Bueno! As ser, no hablemos ms de esto; mira qu monada esa
ratoncita... all!... La ves?... bajo aquel clavel...

--Sabes cul es su nombre tcnico?

--Qu voy a saber!

--Troglodita.

--Eso querra ser yo!...

En ese momento se present en la puerta del cuarto Juancito, el pequeo
pen de la caballeriza, y dijo:

--Buen da, don Melchor... que si no van a ir?

* * *

--Qu barbaridad! Ya no puedo tomar ms!--dijo Ricardo poniendo en el
suelo un vaso con un poco de leche.

--Ni yo tampoco: he tomado demasiada.

--A m squeme otro vaso, gueda.

--Ser a la vaca, nio Melchor!--contest la vieja que ordeaba, riendo
de su propia ocurrencia y procurando cubrir con sus labios plegados de
arrugas el solo diente que le quedaba en la boca, largo y amarillento,
como hueso de bagual en una zanja.

--Vea!... Doa gueda mojando tambin!

--No se descuide, don Baldomero, que cuando llueve se mojan
todos!--replic la vieja disponindose a ordear, al sentarse en
cuclillas al pie de una vaca negra que rumiaba tranquilamente, mientras
mova, sin xito, el tronco de su cola atada en la punta a sus propios
garrones.

--Yo he tenido que desayunarme con leche--dijo Lorenzo,--cansado de
esperar un mate dulce que me ofrecieron...

--Pero, si usted se fue a conversar con don Melchor!...

--Le digo por broma, Baldomero; si yo prefiero la leche.

--Y al fin?... Nos vamos a pasar aqu la maana?

--Cuando quieran!... Van a ir a caballo?--pregunt Melchor.

--Si hemos de ir hasta lo de Anastasio, prefiero el coche.

--No, Lorenzo, iremos otro da; vamos a dar una vuelta por el campo, no
ms.

--Entonces nos ensayaremos... qu te parece, Ricardo?

--Convenido!... a caballo!

--Y eso?... No deca, don Melchor, que iba a ir hoy para hablar a doa
Ramona?...

--Iremos maana, Baldomero, u otro da... Cuando estn ms acostumbrados
al caballo, no le parece?...

--Como usted mande... y no sera bueno consultarle primero al patrn?

--No hay necesidad; al viejo le parece bien todo lo que yo hago, y
tratndose de una cosa as, ms.

Al tomar los caballos, dijo Ricardo:

--Baldomero!... bajo su responsabilidad!

--Monte sin cuidado, seor. Si el malacara es una dama!

Efectivamente, ni el malacara de Ricardo, ni el overo de Lorenzo
parecieron darse por entendidos de la carga que tenan, pues quedaron
inmviles en el mismo sitio, sin dar seales de vida.

Los dos jinetes sentan la honda emocin de una expectativa
trascendental, temerosos de las consecuencias de una repentina
resolucin de los nobles brutos, y abrumados tambin por la actitud de
intensa curiosidad con que eran observados por Baldomero, Hiplito,
Jos, gueda, el caballerizo, Juancito, los perros, las vacas y hasta
las palomas que sobre los tirantes del techo inclinaban sus cabecitas
como para mirarlos mejor.

--Vamos?...--dijo Melchor, correctamente montado en su zaino.

--Bue...e...no--Contest Ricardo, pensando:--Aqu va a pasar algo!

Casi al pensamiento de Melchor respondi el zaino avanzando, con su
cabeza levantada como si explorase el horizonte; el malacara, por
instinto, que no por resolucin de su jinete, lo sigui; viendo el overo
que sus compaeros se iban, no quiso quedarse solo y en un ex abrupto
mortificante, sali al trotecito.

Lorenzo crey, en el primer instante, que se haba desbocado; pero no
perdi su serenidad hasta el extremo de no or que Baldomero le deca:

--Que se divierta.

A favor de la marcha del overo pudo ponerse pronto al lado de Melchor, a
quien le pregunt, sin volver la cabeza por temor de perder el
equilibrio que a duras penas haba podido conservar:

--Por qu... me... habr... dicho... Baldomero... que... me...
divierta?...

--Qu encuentras de raro en eso?

--Yo?... nada...--repuso Lorenzo que empezaba a sudar; y
agreg:--no... vayamos... tan... ligero...

--Sujeta, si te incomoda el trote.

Obedeci Lorenzo tan estrictamente, que el overo se par.

--Qu te pasa?... Por qu te paras?...

--l... se par.

--Sigue... hombre!...

El hombre no sigui; sigui el caballo, reanudando su irritante
trotecito a favor del cual los pantalones de Lorenzo se acortaban
aceleradamente.

Ricardo haba tomado posesin del malacara descubriendo en l una
condicin salvadora: era ntimo amigo del zaino... inseparable! y
resolvi no contrariar en lo ms mnimo el noble afecto del noble bruto.
De esta suerte, a travs del zaino y de Ricardo, Melchor gobernaba al
malacara, convertido por discreta resolucin de su jinete en la sombra
del compaero de pesebre, cuyos movimientos segua con absoluta
libertad.

--Tu... caballo... s... que... es... bueno...--dijo Lorenzo a quien el
zangoloteo a que el suyo lo obligaba le impeda emitir ms de tres
slabas seguidas.

--Tiene muy buen tranco, realmente.--contest Ricardo;--pero el tuyo es
ms bonito.

--Quieres... cambiar?...

--No; voy bien, en ste.

--Lolita hace lo que quiere en ese caballo--dijo Melchor.

--Quin fuera Lolita!--pens Ricardo.

--Quin podr hacerlo con este monstruo!--pens Lorenzo.

--Lo que despuntemos este alambrado, podremos galopar.

--Para... qu?... Melchor... no... tenemos... apuro...

Melchor, que haba notado las angustias inmotivadas de Lorenzo,
prorrumpi en una carcajada, dicindole:

--Vienes temindole a ese caballo en el que la nena hace lo que quiere!

--La... nena... ella... sabe... andar.

--Pero si cualquiera sabe andar en ese caballo!

--Es... que... yo... no... lo... conozco--repuso Lorenzo sudando a mares
y viendo pavorosamente que el fin del alambrado estaba prximo.

Por la fatiga que senta, por el calor que lo abrumaba, por la tirantez
de su ropa en toda direccin y por otros detalles concurrentes,
calculaba Lorenzo haber andado varias leguas, cuando al volver la cabeza
por un movimiento de instintiva curiosidad, vio a corta distancia que
gueda desataba la cola de la lechera negra.

--Galopemos?...--dijo Melchor inclinando ligeramente el cuerpo hacia
adelante, y los tres caballos aceptaron la invitacin...

Cuando Lorenzo iba a romper en una enrgica protesta, se encontr
galopando sin poder evitarlo; pero al mismo tiempo not, o crey notar,
que esa nueva forma de marcha era ms soportable, bien que le molestaba
algo el movimiento de ascenso y descenso de los jinetes que llevaba al
lado.

Lo agradable del galope no le impeda pensar, con cierta inquietud, en
un suceso inevitable, y en una observacin de orden distinto: Cmo ser
al parar?; qu difcil es hablar cuando se galopa!...

El galope dur cuanto lo permiti la naturaleza del suelo, que a no
haberse interpuesto un baado continuara acaso todava; y el paseo se
prolong por mucho tiempo, pues pasado el momento de la prueba inicial,
Ricardo y Lorenzo se posesionaron resueltamente de sus caballos, a los
que, a ratos, crean sinceramente que ellos los haban domado.

Sudorosos, contentos gauchos ya! regresaron a las casas, en las que
entraron casi a media rienda, desoyendo las indicaciones de Melchor,
pues queran mostrar a todo el mundo que eran capaces de jinetear como
el mejor.

Al bajar de los caballos sintieron, sin embargo, sensaciones no
experimentadas y reveladoras por lo mismo de anormalidades, cuyas
consecuencias no podan calcular: punzadas agudas en las plantas de los
pies; temblor en las piernas; ardor en los ojos y resistencia en la ropa
interior a desprenderse de algunas partes.

* * *

A la maana siguiente, cuando Baldomero entr al dormitorio, con las
primeras luces del da, a despertarles, para montar en los caballos ya
ensillados, Lorenzo y Ricardo, dijeron casi al unsono:

--Yo no puedo moverme!... ay!...

Melchor insisti tenazmente en la conveniencia de vencer los dolores que
sentan y volver a repetir la prueba del da anterior; pero toda
dialctica result estril:

--No puedo moverme.

--Me duele todo el cuerpo.

--No puedo darme vuelta--contestaban.

--Maana ser peor, levntense, no sean maulas. Convnzanse de que a
esos dolores, como a todos, se les domina y vence con un poco de
voluntad.

--Yo necesitara toda la del mundo para mover una pierna!... ay!...

--Despus les va a pesar... vamos!... un poco de energa y arriba!...
Vean que esos dolores perduran mucho si se les anda con paos tibios...
Vamos, pues, arriba!... Montamos a a caballo...

-Ay!...

-Ay!...

--...y nos vamos de un galope...

-Ay!...

-Ay!...

--...hasta lo de Anastasio.

Todo fue intil. La resistencia estimulada por dolores muy agudos, lleg
a la ms rotunda negativa ante la idea de galopar hasta lo de
Anastasio.

--Pues yo voy!--dijo Melchor,--y voy no slo porque estoy comprometido
conmigo mismo a ir, sino porque tambin me duele el cuerpo y estoy en la
certeza de que si hoy me dejo dominar por los dolores, maana no podr
moverme; conque, hasta luego.

--No vendrs a almorzar?... Ay!...

--Segn: si me acometen dolores tan horrendos como los que a ustedes
les dominan, tendr que quedarme hasta que se me pasen; si no son tanto
que mi voluntad pueda vencerlos, estar aqu de nueve a diez.

Los dos enfermos quedaron en sus camas, comentando la energa fsica de
Melchor, mientras Baldomero se dispona a aplicarles los remedios de
circunstancias, estimulndoles tambin a levantarse y hacer un poco de
ejercicio.

--Pero no a caballo!--contestaban.

Entretanto, Melchor cruzaba campos, llevado por su zaino, cavilando
sobre la conducta de Lorenzo y Ricardo, que as se resistan a
acompaarle en la tarea que iba a desempear.

Cuando lleg a casa de Anastasio encontr a Ramona poniendo agua a las
gallinas.

--Don Melchor!... Ave Mara!... Qu sorpresa... y cunto gusto!...

--Cmo le va, Ramona?

--Para servirlo!... Y qu milagro?... Solo?... Qu lo trae por
aqu?...

--Solo, s, Ramona... Y Anastasio?...

--Sali ayer, don Melchor, y no ha vuelto... quin sabe ande est.

--Y usted est sola?...

--Slita... as es. El muchacho anda por ah... sali a recorrer... Y
no quiere entrar adentro?... aqu hay resolana... para usted.

Entraron al dormitorio de Anastasio: una pieza cuadrada y blanqueada que
tena sobre una pared un rifle colgado y ms abajo un trabuco mohoso;
una cama bien tendida con colcha de damasco azul y blanco; una mesa con
diversos tarritos y botellas de bebidas; tres gruesas sillas de pino y
paja y una percha de la que pendan diversas piezas de vestir; en las
paredes, manchadas por vinchucas, un almanaque conservando an la hoja
del 31 de diciembre, varias estampas religiosas y un grabado grande con
el retrato del gobernador.

--Tome asiento, don Melchor. Pero cunto gusto de verlo!... Y solo ha
venido?

--Ya le dije, Ramona: solo; mis compaeros quedaron en la estancia algo
doloridos porque ayer anduvieron mucho a caballo.

--As es... bueno, cuando no hay la costumbre... Y usted no?

--Ya ve: me he venido de un galope; mire por la puerta cmo ha sudado
el zaino!

Para poder verlo desde el sitio en que se encontraba, tuvo que
aproximarse a Melchor hasta rozarlo casi con su cuerpo llevndole, por
un instante, mezclado al olor a campo, la dura sensacin de aquel
contacto.

--Y qu milagro?... Don Melchor... le cebar un matesito?

Melchor se haba quedado contemplndola, como distrado y tard un poco
en decirle:

--He venido, Ramona, gracias, no voy a tomar mate, para hablar con usted
y me alegro de encontrarla sola.

Con un sencillo movimiento de cabeza Ramona ech hacia adelante su
larga, gruesa y renegrida trenza cuya extremidad at con una hilacha que
arranc del ruedo de su vestido.

--Y he venido porque he sabido que Anastasio la maltrata...

--El hombre es bueno, pero tiene mal genio, s, seor.

--...y un hombre as no la merece... Que varias veces la ha echado de
aqu...

--As es, s, seor...

--...y yo he venido para decirle que cuando quiera se puede ir a casa...
all tendr algn trabajito liviano... y podr vivir respetada...

--...Siempre tan bueno, don Melchor!

--...y cuando venga la familia podr ganar un sueldito ayudando en la
casa.

--Bueno, que si Anastasio no bebiera!... porque todo es la bebida,
seor...

--La bebida o lo que sea... usted no debe dejarse maltratar.

--Si hasta ha querido llegar a matarme...--dijo Ramona derramando
algunas lgrimas.

--Ya ve, pues, no, es preciso que usted abandone a este hombre que, al
fin y al cabo, qu le da?...

--As es... s, seor.

--Bueno, djese de llorar--dijo Melchor ponindose de pie y golpendole
cariosamente la cabeza con la palma de la mano que ella tom y apret
suavemente entre las suyas.

Momentos despus regresaba Melchor a gran galope, meditando sobre la
torpeza humana que lleva a los hombres al vicio, a la sevicia y al
crimen, cuando basta casi siempre un pice de energa y buen sentido
para triunfar, sin violencias, sobre toda idiosincrasia inicial.

--Ya vuelve don Melchor--dijo Baldomero, divisndolo a la distancia,
desde la glorieta del jardn, hasta la que a duras penas se haban
trasladado los doloridos.

--Dnde?...

--All... ven?... derechito a la punta de aquel potrero...

--Yo no veo nada.

--Pero, don Ricardo!... mire de aqu... por entre los dos ombuses
aquellos...

--Y eso que se ve, es Melchor?

--l es, seor.

--Qu vista!

--Si se ve clarito... y viene lindo, no ms, el zaino.

--No deca usted que es un mancarrn?

--Mancarrn, no, don Lorenzo... Como caballo es guapo; pero hay miles
mejores... de ms vista... y de ms lindo andar.

--Y por qu lo ha elegido Melchor?

--Ah tiene!... vaya uno a saber! Para l no hay otro igual... bueno,
que lo conoce.

--l lo amans?

--No, seor... yo se lo tironeaba al principio... pero lo acab de
amansarlo un extranjero que trajeron de domador a la estancia de los
Cabrales, sabe?... aquel monte que se ve all... ve?

--Algn domador de escuela, no?

--Yo no s en qu escuela habra aprendido... pero para domar como
l!...

--No saba domar?

--No es eso... cada que me acuerdo!... Mire que me he redo!... le
hablaba al caballo, sabe? como a un cristiano! y le hablaba en su
lengua!... fjese!... qu le iba a entender!

--Ahora s se distingue a Melchor.

--Ha visto, don Ricardo?... Si yo no s mentir!

--Qu bien viene, eh?

--Ha de venir contento!... Si don Melchor es as... en haciendo el
bien...

--Ah!... Melchor es un hombre excepcional--dijo Lorenzo.

--Por aqu ha de tener mucho prestigio, no?--pregunt Ricardo.

--Don Melchor?... Con una palabra, junta a todo el mundo!... Si don
Melchor es como la cocinera, que en cuando afila el cuchillo se le
amontonan las gatos.

* * *

--Ahora un poco de msica, Ricardo--dijo Melchor levantndose de la
mesa.

--Hay que pedir el asentimiento de Lorenzo...

--Cmo te acuerdas!...  eh? pero puedes tocar no ms, sin temor de que
llore; yo creo que a cada hora que paso aqu me renuevo de pies a
cabeza!

--A m me pasa lo mismo; tengo ganas de gritar a veces: estoy
contento!... Viva Melchor!... as... ch, como un chico--dijo Ricardo
abrazando efusivamente a su noble amigo.

--No seas loco!... Esto no es ms que el principio... dentro de dos
meses hablaremos.

Los tres amigos se dirigieron hacia la sala por el amplio corredor,
dbilmente iluminado por una luna nueva que apenas amortiguaba la luz de
sus estrellas ms prximas, pero que daba realce a las flores ms
blancas del jardn.

--Qu quieren que toque?--pregunt Ricardo mientras procuraba encender
una lmpara de pie que estaba junto al piano.

--Lo que quieras--le contest Lorenzo,--aunque sea el quinto nocturno.

--No, voy a tocar--dijo sentndose en la banqueta--la serenata de
Schuber.

En el jardn frente a la puerta de la sala se sentaron Lorenzo y
Melchor, a quienes momentos despus se agreg Baldomero, diciendo:

--Con permiso, don Melchor, si no incomodo.

--No, Baldomero! Al contrario! Aqu estamos tomando fresco y oyendo el
piano.

--Por eso he venido; cada que don Ricardo toca, siento una gran alegra,
seor, y se me hace que es la nia Lola y que est la familia, y hasta
me parece que el viejo anda por aqu.

--Es el poder evocador de la msica, Baldomero; probablemente usted no
ha odo aqu ms que a las muchachas.

--As es, don Lorenzo.

--Y al or el piano su imaginacin retrotrae escenas pasadas que se
actualizan en su espritu y le hacen reconstruir el cuadro que vio la
primera vez.

--...As... ser, s, seor... yo... en eso no soy muy baquiano, don
Lorenzo; pero mire que me gusta or el piano!

--Fjate, Melchor, cmo perdura en Baldomero una impresin musical,
cuando por lo comn son fugaces.

--Fugaces?... Qu disparate!... Precisamente es la sensacin que por
ms tiempo se fija en nosotros.

--Ests equivocado: a que no te acuerdas de algo de lo que oste en la
ltima temporada teatral?

--Posiblemente no podra repetirlo; pero si lo volviera a or dentro de
algunos aos lo recordara y asistira imaginativamente a la escena que
me rodeaba, la primera vez que lo escuch.

--Eso quiere decir que tengo razn, aunque te parezca lo contrario; pues
la msica te hara evocar un cuadro en el que algo ms interesante para
ti te impresion, unindose a la emocin musical que aisladamente, lo
repito, es fugaz.

--Pero si t mismo acabas de hablar del poder evocador de la msica!

--Cuando ella se vincula con otra impresin; t has estado en el teatro
cien veces, habrs odo veinte o treinta peras; pero slo una mnima
parte de stas tendr poder evocador en tu espritu: las que estn
vinculadas a sensaciones de otro orden.

--Qu estn diciendo ustedes de la msica?--pregunt Ricardo, que se
aproxim arrastrando un grueso silln de paja, en el que se sent.

--Qu, ya no toca ms, don Ricardo?--le pregunt Baldomero, al mismo
tiempo en que Melchor le deca:

--Macanas de ste!--sealando a Lorenzo.

--No hay tal; yo deca que la msica no tiene poder evocador sino cuando
est vinculada a sensaciones de otro orden; por ejemplo: yo he odo
Bohme una noche en que me declaraba a mi novia; es hipottico, eh!,
y en momentos en que ella me aceptaba vi a un bombero, en el paraso,
que se sacaba el morrin y se pasaba el pauelo por la cabeza; pues
desde entonces cada vez que oigo aquella pera o que veo a un bombero
secarse el sudor surge en mi memoria, el cuadro completo de aquella
noche, sin que por esto pueda decir que hay un gran poder evocador en
los bomberos que sudan...

--Pero lo hay en la msica!

--No lo niego; pero, dnde est para nosotros cuando escuchamos una
pera nueva?... un himno nacional que no sea el nuestro?... un trozo
cualquiera que no hayamos odo nunca, y que no tenga reminiscencias de
algo conocido?...

--En cambio si dentro de veinte aos oyeras tocar el 5. nocturno, se te
representara la escena de la otra noche.

--Es claro! porque evocara en m el recuerdo de una situacin moral
inolvidable, acaso me ocurriera lo mismo volviendo a ver a Baldomero.

--Dentro de veinte aos? Don Lorenzo!... Estar en el otro mundo!...

--Usted cree en el otro mundo, Baldomero?...

Este se quit el chambergo, mir al cielo estrellado y difano y despus
de un breve instante de silencio exclam bajando la cabeza:

--S, creo, don Lorenzo... y usted no?...

--Yo no he pensado en eso todava; pero puede ser que con el tiempo...

--Ya es algo--le interrumpi Melchor, que estaba tendido en su silln, y
tena recostada la cabeza en el respaldo, de cuyos costados se haba
tomado con las manos como para sostenerse mejor, y agreg, sin apartar
la mirada del cielo:--por ah se empieza... tras la incredulidad
adquirida por frotamiento, que no por convicciones... llega la
indiferencia... luego se abandona gradualmente el afn de negar... y un
buen da... o una buena noche como sta, se mira al cielo... se
contempla un momento esta portentosa... esta estupenda armona
sideral... esta maravillosa rotacin de soles y de repente brota en el
alma un punto de luz... que crece... se dilata... la llena... y la
ilumina...

--A m no me ha aparecido todava el punto de luz!--dijo Ricardo,
rindose.

--Es que tu espritu estar an en estado slido--le contest Melchor.

--El espritu en estado slido!... qu gracioso!

--Parece un disparate--insisti Melchor,--un contrasentido; pero acaso
no lo es porque bien puede compararse las diversas situaciones de
nuestro espritu, frente a ciertas ideas, con los estados de los cuerpos
en la naturaleza: slido, lquido y gaseoso. Tu espritu--continu
Melchor atentamente escuchado por Baldomero--est ante la idea de Dios,
por ejemplo, en estado slido; el de Lorenzo en estado lquido, o de
equilibrio indiferente, y de ah pasar al estado gaseoso, que le
permitir elevarse... elevarse cada vez ms y sentir energas, ante las
cuales toda presin resultar estril para volverlo a sus estados
anteriores.

--Has hecho un prrafo que bien podra figurar en un tratado de
psicofsica!--le dijo Ricardo.

--Mejor estara en el libro de tus memorias, cuando las escribas.

--Tan cierto ests de mi conversin?

--Como que estoy viendo a Jpiter; fjate qu maravilla--dijo Melchor,
sealando al astro.

--Realmente--exclam Lorenzo;--qu bueno sera tener aqu un telescopio
para observarlo y ver sus satlites.

--Ah! Con un telescopio nos pasaramos las noches en claro.

--Menos yo, ch, Melchor.

--Por qu, Ricardo?

--Porque me marea mirar al cielo.

--Te marea!... Pero que ests diciendo?...

--Lo que oyes: Yo no tengo cabeza para contemplar estas cosas y si me
esfuerzo por entenderlas, acabo por aturdirme... qu s yo!

--Pues, hombre!--dijo Lorenzo,--a m me ha sucedido algo anlogo; sobre
todo al calcular las distancias siderales... pensar que la luz de las
plyades... aquel grupito... ves, Ricardo?... tarda cuatrocientos mil
aos en llegar a la tierra.

--Ni con tropilla!--exclam Baldomero.

--Mira qu esplndido est Sirio, ch, Melchor.

--Ese es el prncipe de nuestro cielo, Lorenzo, despus de Venus; pero,
para m, lo ms hermoso son las estrellas dobles... T no has visto con
telescopio, el alpha del Centauro?

--Efectivamente es soberbia... como todas las dobles; pero de todo este
espectculo grandioso--continu Lorenzo,--hay algo en el firmamento ms
grande para m que l mismo y es la desesperante incgnita de su
origen...

--Y la de su fin?--le pregunt Ricardo.

--Cmo la de su fin?

--S, Lorenzo, porque suponiendo que haya un Dios creador del universo,
admitiendo--lo que no es difcil,--que Dios existe y que ha hecho todo
eso, yo me pregunto: para qu diablos lo ha hecho?...

* * *

--Cuando gusten, seores, ya estn ensillados los caballos--exclam
Baldomero aproximndose a la ventana del comedor, donde se encontraban
tomando te Lorenzo y Melchor, quien al orle se volvi hacia la ventana
diciendo:

--Vamos en seguida, esperamos a Ricardo que todava est en el bao.

--Y est linda la tarde!... fresquita.

--Realmente, Baldomero, y usted nos acompaar?--le pregunt Lorenzo.

--No, seor, yo voy a quedarme, que tengo un quehacer.

--Y es tan urgente que no pueda dejarlo para otro da?

--As es, s, seor, son datos que tengo que mandarle al patrn que me
los ha pedido.

--Por qu no le encarga ese trabajo a Hiplito?

--En cuestin de cuentas?--dijo Baldomero rindose, y agreg:--se no
arrima ni bocha.

En eso apareci Ricardo y pregunt:

--Saldremos en los mismos caballos del otro da, no?

--Menos don Lorenzo que me deca que quera un caballo ms grande que el
overo.

--Cul le han ensillado, Baldomero?

--El tostado, don Melchor; es el ms grande que hay...

--Grande y manso, le ped; no vaya a darme un potro!

--Potro, dice, don Lorenzo?... Mire: cuando ese caballo era potro
usted no haba nacido!...

--Bueno: andando--dijo Melchor, y se dirigieron a la caballeriza.

Era una de esas deliciosas tardes de enero, en que el sol se oculta
entre nubes que lo aplacan tras un da templado y en que el ambiente del
campo parece que se empapa con las emanaciones de las flores silvestres
y de los pastos olorosos, y en que hasta los ganados se entregan al
placer de pasear por los potreros, recorrindolos al acaso.

Antes de subir a caballo, Ricardo y Lorenzo permanecieron un largo rato
contemplando a las gallinas que, ante la sola perspectiva de la
noche--aunque remota,--se entregaban al laborioso trajn de buscar
ubicacin en las ramas de los rboles, sobre las ruedas de los carros,
en lo ms alto de una escalera de mano arrimada a la pared y que
pareca ofrecer el mejor sitio para pasar la noche, de tal modo se
agitaban por conquistarla, discutiendo visiblemente en nerviosos
cacareos a que el respectivo gallo pona trmino con picotazos que
parecan al mismo tiempo caricia y reproche, traducible as: Estte
quieta!

Lo propio ocurra con las palomas en sus casilleros, a los que entraban
y salan en continuo movimiento, interrumpido slo para observar la
formidable encarnizada lucha que trababan de pronto dos machos
encrespados, cuyas gallardas y cuyos aletazos, sugeran la lnea de dos
caballeros medioevales que, sobre los hombros las flotantes capas,
combatieran por la dama.

Indiferente a todo, en la apariencia, y como un manchn colocado
cuidadosamente se vea en la cresta de una raz del omb grande, un gato
barcino que, de cuando en cuando, entreabra sus ojos lumnicos y
transparentes y como ajeno a toda intencin carnicera, los diriga hacia
las ramas, en las que cantaba de paso un pjaro que se diriga a su
nido.

Cuando Lorenzo se encontr sobre el tostado, exclam:

--Qu caballo tan ancho!

--As es; s, seor; es un poco silln--le contest Baldomero, pero
ignorando Lorenzo la acepcin en que se empleaba esta palabra, dijo a su
vez:

--Silln?... Esto parece ms bien sof... me hace doler las piernas!

--Pero tiene buen andar, don Lorenzo; y a ste puede castigarlo sin
asco.

--Es muy lerdo?

--Regular, seor; como todo caballo viejo.

--Caramba con tus investigaciones!--dijo Melchor, agregando:--ni que
fueras a comprarlo!

--Me lo estoy haciendo presentar, ch! nada ms natural.

--Bueno, andando, que se nos va a pasar la tarde.

El zaino sali en su estilo habitual, marchando tras de Ricardo, que se
haba adelantado bastante, en su malacara; pero Melchor advirti que
Lorenzo permaneca en la caballeriza, y se detuvo a decirle en voz alta:

--Contina el interrogatorio?

--No... ch...

--Y qu haces ah?... Ven!

--Es que este caballo no anda!....

--Castguelo sin recelo, don Lorenzo--le dijo Baldomero,--es medio
remoln al salir.

Lorenzo sigui el consejo, pero not que cada vez que le pegaba el
tostado haca un movimiento de encogimiento, que l consideraba como la
amenaza de violencias alarmantes y en vez de acentuar disminua la
intensidad de sus rebencazos, hasta reemplazarlos por amables golpes de
taln.

--Pguele sin miedo, seor; si es de maero!--le deca Baldomero.

--Es que no anda...

--Trae ese arreador, Juancito--dijo Baldomero al pequeo pen, que le
entreg el que tena en la mano y que aqul enarbol amenazante,
mientras Lorenzo le deca:

--No le pegue muy fuerte!

Estimulado por Baldomero y por Melchor que haba vuelto a la
caballeriza, el tostado realiz la proeza de salir al trote, movindose
con la brusquedad y violencia de un tranva elctrico salido de sus
rieles, en cuya capota o techo fuese montado Lorenzo, que para el caso
era igual.

El novel caballero calculaba que sus equilibrios se agotaran a los
pocos minutos de aquella marcha, y cuando se dispona a disminuirla
enrgicamente, advirti con espanto que se aceleraba por obra del
perrazo bayo que, como comprendiendo que el tostado no impona respeto
a nadie, se entretena en morderle los garrones por burla...

Los mordiscos del perro determinaron una catstrofe, porque el tostado
comprendi que para salvarse de ellos deba alzar las patas y lo hizo
sin avisarlo a su jinete, que, al encontrarse en el plano inclinado que
el caballo form en su breve posicin defensiva, sigui la direccin
aqul, hasta su interseccin con la lnea horizontal del suelo.

Al caer Lorenzo, el perro huy despavorido, con la cola entre las
piernas; el tostado se qued mirando a Lorenzo con profundo asombro, sin
comprender, evidentemente, la razn de aquella cada, mientras Baldomero
corra hacia el cado, que se levant dicindole:

--Vio qu corcovo, eh?...

--Se ha hecho dao, don Lorenzo?

--No; si en cuanto empez a corcovear me baj!

Cuando Lorenzo deca estas palabras llegaron a su lado Melchor y
Ricardo, que rean desconsideradamente.

--Cmo te caste?--le pregunt ste.

--Qu pregunta!... si no me ca; vi que empezaba a corcovear y resolv
bajarme... qu pavada!...

Y como viera que la causa principal--el perrazo bayo--haba
desaparecido del sitio de la catstrofe, Lorenzo se aventur a montar de
nuevo, estimulado sin duda por la experiencia recogida, que le enseaba
cunto suelen ser de soportables algunas cadas.

El paseo continu sin contratiempos, bien que disminuido en sus
encantos, para Lorenzo, por la insalvable dificultad de conseguir que su
caballo armonizara movimientos con los de sus amigos, pues el tostado
tena el tranco ms lento que los otros y el galope ms tendido, de modo
que en el primer caso se quedaba atrs y en el otro se adelantaba
demasiado, cuando su jinete consegua ponerlo en ese tren.

El mismo Lorenzo lleg a rerse de su situacin, diciendo:

--Pobre caballo ste; qu galope tan feo tiene!

Fue necesario renunciar al galope y ponerse al tranco, procurando
Lorenzo que su monumental caballo lo desarrollara dentro de lmites
adecuados.

En la intimidad con Melchor y en ausencia de testigos, se resarcieron
con creces del discreto silencio observado desde el pueblo hasta la
estancia, durante el viaje en el break y ni el ms mnimo detalle
escapaba a las preguntas que formulaban Ricardo y Lorenzo:

--Qu es eso?

--Cmo se llama ese pjaro?

--Qu animal es aqul?, etc., etc.

Melchor les informaba pacientemente sobre las vizcachas y sus perjuicios
para el campo; sobre los caracteres de los teros, que gritaban lejos del
nido; de los chajaes, que alertean por todo motivo; de los avestruces,
que con un instinto asombroso ponen un huevo fuera del nido, para
alimentar despus a sus charabones; de los padrillos y sus
procedimientos sultanescos y de cuanto detalle campestre cay bajo la
observacin entusiasta de sus dos amigos.

Al regresar hacia las casas y agotados casi los temas, que el paseo
sugera, Lorenzo dijo:

--Todo esto es muy interesante; pero lo mejor que he encontrado hasta
ahora para m, es Baldomero, qu gran tipo!

--Ms interesante que la Pampita?--le pregunt Melchor sonrindose.

--No para Ricardo, sin duda; pero s para m--y agreg:--Ricardo est
enamorado de la Pampita; pero yo lo estoy de Baldomero.

--Te acuerdas de lo que te deca en el tren, hablndote de l?...

--Hace mucho que est al servicio de ustedes?

--Ms de diez aos, y gracias a l la estancia ha prosperado, porque
tiene todas las condiciones imaginables, sin ningn defecto: es
honradsimo a carta cabal y trabajador sin descanso.

--Y su familia, ch?

--La mujer es enferma... llena de manas... suele pasar temporadas
largusimas sin salir de sus piezas.

--Ser neurastnica?

--Qu s yo!... lo que s es que lo hace vctima de sus caprichos.

--Pobre Baldomero!... y tan jovial siempre.

En ese momento llegaron a una pequea zanja de casi un metro de ancho,
que Melchor propuso saltar, como lo hizo en su zaino, detenindose del
otro lado.

--A ver, Ricardo... salta!

El malacara, parado al borde de la zanja, cuya profundidad no llegaba a
medio metro, junt las cuatro patas y a una incitacin de su jinete,
salt con l, que se haba tomado prolijamente de la cabezada de su
montura y que experiment, despus del salto, la grata sensacin de
conservarse en ella.

--Ahora t...

--Y ste sabe saltar?--pregunt Lorenzo ligeramente plido, mientras su
caballo, parado junto a la zanja, contemplaba el campo en toda
direccin.

--Anmalo!...

As lo hizo Lorenzo, a puro taln, ocupadas las manos en funciones
previsoras, y cuando el tostado comprendi que se le ordenaba salvar el
obstculo, estir una mano que, mientras doblaba la otra, fue bajando
despacio, hasta afirmarla en el fondo de la zanja donde luego puso
aqulla, quedando en la violenta posicin consiguiente; aproxim en
seguida las patas traseras una de las cuales meti en la zanja, que
finalmente pas tras contorsiones que dieron a Lorenzo la sensacin de
haber transmontado en dos trancos la mismsima cordillera de los Andes.

* * *

Despus de una buena siesta conversaban en la glorieta del jardn
Lorenzo, Ricardo y Baldomero que a ratos vean, por entre las plantas y
los arbustos, la silueta de Melchor dando rdenes en la caballeriza.

--No ha de ser slo por buscar correspondencia!... don Ricardo--deca
Baldomero mientras armaba un cigarrillo cuyo papel, en el extremo
exterior pas por la lengua alisando luego la parte humedecida, con la
yema del pulgar pasada de punta a punta.

--Y por pasear un poco, Baldomero.

--Y por hacer alguna visita!...

--No hara ms que cumplir lo prometido.

--Confiesa, Ricardo, que la Pampita te quita el sueo!

--Algo hay de eso... en realidad. Me interesara volver a hablar con
ella... qu demonio de muchacha!... es tan linda!... y tan
educadita!...

--En eso, dificulto--dijo Baldomero--que haya otra igual... porque
miren que don Casiano le ha puesto maestras!... Y de las mejores que
pudo traer de Buenos Aires... S, seor! Si a veces saban decirle que
la iba a enfermar con tanto estudio porque la pobrecita se pasaba los
das con los libros... y meta piano de sol a sol.

--Es un caso curioso, como pocos; porque don Casiano no es un hombre
ilustrado, no? Qu se habr propuesto con la Pampita?

--Vea, don Ricardo--as saba decirme el viejo cada que yo le deca lo
mismo:--lo hago por su bien, amigo Baldomero, porque yo no me he de
casar otra vez... la muchachita es linda por dems y me la van a
codiciar... y yo no puedo tenerla atada a los tientos... as que he
credo que con la educacin se le puede dar una defensa... para que
pueda estar sola... y andar por donde quiera... sin peligrar...

--Qu sensato el viejo, eh?

--Y lo ha conseguido, don Ricardo, porque la Pampita no ha dado qu
decir, eso s, y todos saben que el que cae a la chacra con malas
intenciones... sale como escupida en plancha caliente!...

--Qu buena comparacin!--exclam Ricardo rindose a tiempo en que
Lorenzo deca:

--La Pampita habr salido ingnitamente honesta... porque lo que es la
educacin no iba a corregir ni a morigerar un temperamento meridional
puesto en contacto asiduo con la naturaleza.

--Bueno, de eso yo no entiendo, don Lorenzo; pero lo que s decirle es
que la Pampita puede ir donde quiera sin que nadie le falte.

--Yo creo que ests perfectamente equivocado, Lorenzo, porque, cmo no
ha de haber influido la educacin en ella como en toda persona?

--Para conducirse honesta y virtuosa en la situacin de ella?...
Asediada sin duda, a cada paso por individuos de toda condicin? Con
veinte aos y la libertad de que ha debido gozar?... Bah!... eso no lo
hace la educacin!

--Vaya si lo hace! Y si no observa los diversos grados de moral que se
advierte en las sociedades menos educadas... compara a una nia de la
alta sociedad con una chinita inculta... Cmo vas a sostener que tienen
el mismo pudor, ni la misma conciencia del propio decoro?

--Esos son resultados del medio en que se vive.

--Claro est, y segn parece lo que don Casiano se propona era poner a
su hija a cubierto de las influencias del medio en que deba vivir,
exactamente: t lo has dicho.

--En eso yo no entro--dijo Baldomero,--pero que la Pampita es una
muchacha decente... eso?... por donde la busquen!... Y pngala a la
prueba, don Lorenzo.

--Si yo no lo pongo en duda! Basta verla para comprender lo que es, y
por otra parte si as no fuera, no la habra mandado el padre a pasear
sola con nosotros, por el jardn.

--Lo que voy viendo en mi sentir, es que va ir saliendo cierto lo que yo
deca... Si se me hace que la Pampita va ir a conocer Buenos Aires!...

--Por lo pronto yo voy a... baarme--dijo Lorenzo levantndose.

--No te demores... que yo tambin quiero baarme y usted acompeme a
traer duraznos...

--Como quiera, don Ricardo. Vamos.

Al dirigirse al monte de durazneros cruzaron el jardn en silencio; pero
al entrar en aqul, dijo Ricardo:

--Baldomero, en los pocos das que lo he tratado me ha parecido
encontrar en usted un hombre serio, de experiencia y capaz de dar un
consejo.

--Usted dir, don Ricardo.

--Yo quiero hacerle una confidencia, primero, para que se explique usted
mi situacin.

--Algo me habl don Melchor...

--l le habr dicho entonces que he sido un hombre muy desgraciado en
mis aspiraciones.

--Zonceras de mujeres!...

--Por una de ellas he estado a punto de cometer un crimen si no hubiera
tenido un amigo como Melchor.

--Eso no debe hacerse nunca, ni por nadie.

--He sido engaado de la manera ms cruel y ms infame... hacindoseme
el motivo de la burla y de la risa de toda la sociedad, por quien
calculaba que yo vala en plata ms de lo que puedo tener... y no una
vez.

--Olvdese, don Ricardo!...

--As lo he conseguido gracias a Melchor que me ha prestado energas y
voluntad para sobreponerme a todo... y para empezar a vivir de nuevo...
como si me hubiera dado un pedazo de su gran espritu.

--Capaz de drselo todo!...

--l me ha salvado y gracias a l, y nada ms que a l, cada da que
paso me siento ms fuerte y ms capaz de luchar como un hombre, tomando
las cosas como son y no como deben ser.

--Si don Melchor es capaz de sanar a un muerto!

--Es lo que ha hecho conmigo y con Lorenzo... y con tantos otros!...
Bueno, pues, cmo cree usted que me recibira la Pampita, si yo le
mostrara pretensiones?

--No le deca yo, don Ricardo!...

--Conteste a mi pregunta, usted que la conoce perfectamente.

--Vea, don Ricardo, para qu le voy a decir una cosa por otra: la
Pampita es una muchacha de mucha voluntad... ahora si usted la
quiebra... puede que agarre...

--Cree usted que est firmemente resuelta a conservarse al lado del
padre?...

--Ni que hablar!... Si ya le he dicho que ha tenido miles de
ocasiones!... mejorando lo presente; pero haga la diligencia, don
Ricardo... de menos nos hizo Dios!

--Usted querra acompaarme?...

--Vea, don Ricardo, vaya solo, que en cuestiones de mujeres... es como
en punto a domar!--dijo rindose afablemente Baldomero--...entre dos no
sacan caballo bueno!

--Y quin podra acompaarme?

--Hasta el pueblo?... Juancito lo puede acompaar.

--Convenido, y que esto quede entre nosotros, eh?...

--Don Ricardo, ni que hablar!

* * *

--Ch, Melchor, dnde pusiste los diarios que trajimos?... Por qu te
res?

--Pero, hombre!... Recin se te ocurre leerlos!...

--Y t los has ledo?...

--Casi no los lea all!... y voy a venir a la estancia para ocuparme
en eso!...

--Y para qu los trajiste?

--Porque los compr!...

--Y para qu los compraste?

--Por no ser menos que t.

--Bueno, contesta: dnde estn?...

--Ricardo los guard, pero yo no s dnde.

--Qu fastidio!... Jos!--dijo Lorenzo alzando la voz.

--Seor?

--Hgame el servicio de ver en nuestro dormitorio... o por ah... si
estn unos diarios... y trigamelos.

--Don Ricardo los guard en el bal, seor... pero se llev la llave.

--Qu contrariedad tan grande!... Caramba!... est seguro, Jos?

--S, seor, si los guard delante de m... estaban arriba de la mesa
desde que ustedes vinieron.

--Qu fastidio!... Bueno... vaya no ms; pero para qu los habr
guardado?... qu tontera tan grande!...

--Realmente, Lorenzo, es como para sublevar... como que yo tambin
estoy por indignarme!...

--No digo eso; pero no me negars que ha sido una tilinguera guardarlos
bajo llave... asunto de qu?...

--Lo ha de haber hecho sin darse cuenta... calcula cmo tendra la
cabeza ante la idea de ir a conquistar a la Pampita!

--Cmo le ir a Ricardo! eh?...

--Puede ser que le vaya bien.

--Yo no creo que est enamorado... as: fulminantemente.

--Que no!... piensa que es linda como un sol!

--Aunque lo sea... para m, Ricardo va tras la Pampita por un
movimiento de despecho y nada ms. l se ha entusiasmado con la idea de
lucirla en Palermo... y en el teatro... a los ojos de sus ex novias...
esto es todo!

--Por qu pensar eso?... Ricardo es un temperamento extraordinariamente
apasionado, y yo me explico muy bien el paso que da. Ha visto en esta
muchacha un conjunto de cualidades de primer orden, casi excepcionales,
y no tiene nada de extrao que se sienta inclinado a ella.

--Eso estara muy bueno despus de tratarla un tiempo.

--No, Lorenzo, mira: en la vida, generalmente, se toma novia como se
toma casa: casi siempre por el aspecto. Son muy raros los que compulsan
serenamente las condiciones de las muchachas que tratan para elegir al
fin la que ms convenga, y esto mismo es antiptico, casi inmoral: se
quiere porque s y sepa Dios por qu!

--As son los chascos!

--Perfectamente! pero es preferible equivocarse sin calcular a
equivocarse calculando.

--Por eso yo me he puesto a cubierto de los dos casos--dijo Lorenzo
sonriendo afablemente.

--T!... qu gracia!... T has vivido en forma que no te permita
pensar en novias...

--Eso es historia antigua...

--Felizmente para ti. Despus el estudio te ha absorbido todo tu tiempo,
como que por una de esas reacciones muy explicables te pasaste a la otra
alforja...

--Para recuperar lo perdido.

--Una barbaridad!... ch... dar de a tres aos de ingeniera juntos...
y estudiar veinte horas diarias!

--Qu exageracin!

--Bueno: diez y nueve!... Da gracias a Dios que pudiste substraerte a
esa vida.

--No tuve ms remedio... cuando me enferm.

--Qu enfermedad, ni qu embelecos! T eres ms sano que yo! y lo has
sido siempre. La prueba la tienes en tu estado actual; ya ves cmo te
repones por das; duermes perfectamente ahora; comes con bastante
apetito... calcula cmo estars dentro de un mes!

--Todo te lo debo a ti!... y si vieras el bien que me hacas cuando me
estimulabas a reaccionar en los das en que me senta ms abatido... Hoy
recuerdo perfectamente la intensa influencia que ejercas en mi espritu
y la situacin de nimo en que me dejabas despus de aquellos sermones
inacabables...

--Eso es historia antigua, te dir a mi vez.

--Pero que llena mi espritu como una enseanza suprema. Si a veces
pienso en que t has realizado en m un caso de avatar, como el de
Gauthier, te acuerdas?

--No lo he ledo.

--No?... qu raro!

--Lo raro es que lo confiese, porque nadie lo hace; te has fijado?

--El qu?

--Confesar que no se ha ledo un libro de cierta notoriedad; t has
encontrado a alguien que confiese no haber ledo a Sarmiento, a Mitre, a
Lpez, a Estrada o a alguno de nuestros grandes autores de renombre?

--Tal vez tienes razn.

--Y sin tal vez! Yo no he hablado con una sola persona que me haya
dicho que no ha ledo el Facundo, por ejemplo.

--Y lo habrn ledo...

--El dos por ciento de los que lo dicen... si hoy nadie lee, ch, nada
ms que los programas de las carreras y la crnica social de los
diarios.

--No me hagas acordar de los diarios! que me subleva pensar en la
conducta de Ricardo.

--Qu canallada, eh?

--Con permiso...--dijo Baldomero golpeando con los nudillos de la mano
en la puerta de la sala, donde conversaban Lorenzo y Melchor, recostado
ste en el sof, mientras esperaban la hora de almorzar.

--Entre, Baldomero!

--Aqu est fresquito!--dijo ste sacndose el sombrero y peinndose el
cabello con los dedos.

--Sintese... qu hay de nuevo?

--Hay, don Melchor, que acaba de llegar Zenn, sabe?, el pen de los
Cabrales, que vena de llevar unos animales para el campo de los
Unzueces y dice que por el caadn de las tunas, sabe?, encontr a doa
Ramona, que se viene de a pie con esta calor..

--Viene para ac?

--As dice.

--Y por qu no la alz?

--Porque no es de anca el que montaba y vena con gran apuro de llegar
ligero, que de no, dice, le habra dado su caballo.

--Pobre infeliz!... Bueno... Baldomero: volvi el carrito de repartir
la carne a los puestos?

--Reciencito lleg.

--Vaya corriendo, y dgale a Hiplito que a todo lo que pueda salga con
el carrito y la traiga a esa infeliz.

Instantes, despus se oa el ruido del carrito que sala en la direccin
indicada.

--Qu distancia hay, Melchor, de aqu al caadn de las tunas?

--Sus seis leguas largas, y calcula para caminarlas con este da.

--Pobre mujer!... qu le habr pasado?

--Alguna paliza del bestia de Anastasio.

--Pero es posible que le pegue a esa mujer?

--Es que bebe... tal vez algn peludo... por otra parte Anastasio es
un hombre de muy mal carcter y como te deca el otro da, ha tomado a
Ramona para tener quien le lave y le cocine; pero no le tiene ni el ms
mnimo cario.

--l la habr despedido o ella vendr no ms por tu ofrecimiento?

--No; sin un motivo fundado no se vendra.

--Y no tendr consecuencias para ti?

--Qu consecuencias?

--l sabr que se viene a la estancia, por supuesto.

--Si no lo sabe ya, lo sabr, y qu tiene eso?

--Quin sabe!, ese hombre tiene un aspecto diablico.

--Pero si Ramona no est casada con l!; ella es una mujer duea de
hacer lo que quiera... y si l la maltrata puede venir a refugiarse aqu
o a donde le convenga.

--S, lo comprendo; pero como ha mediado tu intervencin, no sea el
diablo que l crea que t la has sonsacado...

--Y que lo crea, suponte!... Si fuera una chiquilina, vaya y pase...
pero una mujer de casi cuarenta aos!

--Y no tiene familia?

--Creo que s... no estoy seguro... esta mujer vivi con un soldado de
la polica, al que lo mataron en un boliche, y despus se uni con
Anastasio... es todo lo que s.

--Est el almuerzo, nio--dijo el sirviente; y los dos amigos pasaron al
comedor.

Al terminar el almuerzo se present Baldomero y pregunt:

--Dnde la va a poner a Ramona, don Melchor?

--Es cierto!... Hay que buscarle alojamiento... En sus piezas no
cabra?...

--De dnde?... Si el patrn hubiera hecho los cuartos que dijo...

--Y en los galpones?...

--Qu?... la piensa poner con los peones?

--En el cuarto de gueda.

--Slo bajo la cama... si la vieja duerme en el cuartito de las
herramientas, sabe? que es un brete.

--La pondremos entonces en el cuarto de las sirvientas, no le parece?

--Como usted disponga, don Melchor; pero quin sabe si a la seora le
gusta que est aqu...

--Que no! Si Ramona es una mujer limpia.

--Ya empieza a darte trabajo esa mujer--dijo Lorenzo.

--Ninguno!--replic Melchor.--Nosotros si que vamos a darle trabajo: la
haremos nuestra sirvienta, y nos tender las camas mejor que Jos, para
lo que no se necesita mucho.

--Hago lo que puedo, nio--dijo Jos, levantando las copas de la
mesa;--no soy muy baquiano en tender camas.

--Si lo digo en broma, Jos! Usted las tiende perfectamente...
mal--agreg Melchor, en momentos que Jos se alejaba llevando una
bandeja al antecomedor.

--Quedamos entonces que a doa Ramona la va poner en ese cuarto?

--Eso es, Baldomero.

Este se retir, diciendo medio entre dientes qu criolla diabla!...
cmo ha calzado...

* * *

La tardanza de Ricardo empezaba a preocupar a Melchor, que se dispona a
ir o a mandar en su busca cuando al cabo de cuatro das de ausencia y en
momentos en que se levantaban de almorzar, lleg a la estancia bajo un
sol de fuego.

--Cmo vienes a esta hora?--fue el saludo de Melchor.

--Si vieran!--repuso Ricardo al bajar del caballo, que al pararse dej
caer la cabeza hasta casi tocar el suelo con la barbada, al mismo tiempo
que palpitaban sus ijares con extraordinaria celeridad,--el monstruo de
Anastasio nos sac cortitos!... Y por aqu?... qu tal?... Uf!...
Qu calor!... y qu hambre!...

--Ven a almorzar, o quieres baarte antes?

--No; me hara mal; uf!... estoy muy agitado... qu calor tan
espantoso... Si crea que no llegbamos nunca!

--Sintate aqu, mientras te traen el almuerzo. Aprese, Jos! Y
cuenta, qu ha pasado?...

--...Ah traigo un montn de cartas... Pues cuando llegamos al Paso, a
eso de las diez, en la esperanza de almorzar algo y esperar la cada del
sol, sali a recibirnos Anastasio con su facha patibularia. Al sofrenar
mi caballo, le di los buenos das, y no me contest; pero cre no haber
sido odo, y me dispona a bajar, cuando dirigindose hacia m, me dijo
textualmente: Baj, si quers que te cruce a lazazos.

--Qu dices, Ricardo?

--Lo que oyes; llmalo a Juancito y te lo repetir. El pobre muchacho se
ha dado un susto maysculo. Cuando o aquello, le pregunt:

--Por qu me dice eso, amigo?

--Porque lo voy a cumplir, hijo de tal!--me contest.

En ese momento, Juancito, que se haba bajado ya, mont de un salto y
acercndoseme, me dijo: Vamos, don Ricardo, no le conteste; pero yo le
dije: No me insulte, Anastasio, porque le puede costar caro. Al or
esto, se entr rpidamente y volvi a salir, ponindose el cuchillo en
la cintura y con un amador en la mano, dicindome:

--Caro me lo van a pagar ustedes--y al mismo tiempo gritaba hacia el
interior:--Enfrname el bayo!

Comprend que iba a verme obligado a usar de mi revlver, y como
Juancito me gritaba de lejos que siguiera, que me iba a comprometer,
opt por aceptar su consejo y me alej al galope, alcanzando a orle
juramentos y amenazas contra ti. Por qu? Qu ha pasado?

--Que doa Ramona lo ha dejado y se ha venido; pero, qu animal!...

--No te deca yo, Melchor, que esto podra tener consecuencias.

--Bah!... Perro que ladra, no muerde.

--No muerde?... Lo que soy yo no vuelvo a pasar por all; y creo que
t debes cuidarte de ese bandido.

Al mismo tiempo que Jos avisaba que estaba listo el almuerzo de
Ricardo, Baldomero lleg y despus de saludar a ste, dijo:

--Ha visto, don Melchor, lo que ha sucedido?

--Me estaba contando Ricardo.

--Sabe que me estn dando ganas de ir yo?

--Ni se le ponga, Baldomero! Djelo no ms... eso, se arreglar solo.

Ricardo se haba levantado para almorzar y haba sacado de un pequeo
paquete que le dio Juancito un montn de cartas que en su casi
totalidad estaban dirigidas a Melchor, a quien entregndoselas le dijo:

--Ah tienes lectura para rato!

Melchor las tom con cierta displicencia, preocupado con el incidente en
el Paso, y fue a sentarse en el escritorio, donde se aplic a la tarea
de leerlas mientras Lorenzo haca lo propio acompaando a Ricardo en la
mesa, junto con Baldomero.

--De Clota...--deca Melchor a medida que lea los sobres;--sta
tambin...; del viejo...; de Clota...; de Clota...; de mam...; de
Lolita...; stas tres de Clota...

Y as fue clasificando las cartas que pona reunidas por procedencias
hasta que, terminada esta operacin previa, tom todas las de Clota que
eran las ms y procurando descifrar la fecha en el sello del correo que
inutiliza la estampilla perdi un buen rato en ponerlas por orden.

--Cuntas cartas!... qu barbaridad! Empezar por la de mam:

Hijo mo: Hace hoy ocho das que te fuiste y me parece que hace un ao,
te extrao como si hiciera meses que no te viera, pero es porque para m
es lo mismo no haberte visto en un mes que saber que no te voy a ver en
todo ese tiempo y por eso sufro ya como si estuviera hoy en el ltimo
da de todos los que pasarn sin verte y sin orte decir todos los
disparates con que me haces rer hasta cuando no tengo ganas de rerme.
Por aqu no hay ms novedad, sino que tu Tata no se siente bien desde el
viernes, pero no es cosa de cuidado; todos te extraan mucho y estn
deseando que vuelvas; Clota ha llamado varias veces por telfono para
pedir noticias y dice que no ha recibido cartas tuyas como nosotros
tampoco las hemos recibido, qu es eso? por qu no escribes?

Suspendo aqu porque en este momento entra Clota con la seora que
vienen a comer con nosotros. Recibe muchos abrazos muy fuertes de tu
madre.

P. S.--Rufino te manda muchos recuerdos.

Melchor qued un largo rato con la cabeza apoyada en la mano izquierda
contemplando la carta que conserv en la derecha, mirndola con los ojos
desmesuramente abiertos, como si pretendiera ver algo ms all de
aquellos renglones trazados por la mano de su madre idolatrada, hasta
que de pronto la llev a sus labios y la bes...

Ley despus la de su padre, escrita el jueves, antes de sentirse mal;
las de sus hermanas, entre las que recibi una de la nena en que le
peda que al regresar de la estancia le llevara un pichn de paloma
pero que sea todo blanco; las de sus amigos que invariablemente
lamentaban su partida en secreto, como si no quisieras despedirte; y
luego empez a leer, por orden de fechas, las cartas de su novia.

Ms de una vez mientras las lea crey alcanzar a ver que alguien se
asomaba por la puerta de la sala y as era en efecto, pues cuando
acababa de leer la ltima levant de pronto la vista y vio en la puerta
a Ramona.

--Qu quiere, Ramona?--le pregunt.

Vestida con sus mejores trapitos y ceida la cintura con una faja negra
que sobre la bata blanca marcaba ntidamente el lmite de su robusto
talle, se aproxim cautelosamente mirando hacia el comedor y al estar
casi junto a Melchor le dijo:

--Ha visto lo que ha hecho Anastasio?...

--Eso no tiene importancia, Ramona, Anastasio estara borracho...

--Quin sabe, don Melchor... Anastasio es un hombre malo... muy malo...

--Teme usted que le haga algo?

--Por m... no... don Melchor... y aunque me hiciera... aunque me
matara... yo qu valgo?...

--Anastasio se guardar muy bien de pensar en venir aqu a buscarla...
y con el tiempo se le pasar todo.

--Usted cree, don Melchor?

--Est segura, Ramona... no le har nada... no tema.

--Ya le deca, don Melchor, por m no tengo miedo ninguno.

--Pues entonces, est tranquila... o, quiere volver al lado de l?

--Por qu me dice eso, don Melchor?--contest ella aproximndosele
an ms, bajando la voz como temerosa de ser oda, e inundndole con
olor a cedrn de que tena en la mano un gajo estrujado.

--Le pregunto, Ramona, porque bien podra suceder.

--Cmo haba de ser!... me cree capaz, don Melchor, de volverme con
ese hombre?...

--Pues entonces est tranquila, Ramona... vaya, no ms, ocpese de sus
cosas y no vuelva a hablarme de esto.

--Me voy... entonces...?

--S, Ramona; vaya no ms.

--Ser hasta luego... entonces... cuntas cartas ha recibido!... don
Melchor.

--Es verdad... de la familia... y de mis amigos--dijo Melchor ponindose
de pie, como para salir.

--Ha de haber... alguna... otra... no diga!

--Bien puede ser!--le contest sonriendo afablemente al dirigirse, como
lo hizo, hacia las piezas interiores contemplado desde la puerta del
escritorio por Ramona que al salir al corredor tir a un cantero del
jardn el gajo de cedrn estrujado que tena en la mano.

* * *

La sobremesa de Ricardo se haba prolongado comentando el suceso del
Paso y refiriendo detalles de su permanencia en el pueblo cuando se
present Melchor diciendo:

--Voy a guardar estas cartas... ya vuelvo--y sigui de largo para su
dormitorio del que regres en seguida.

--Total--dijo Baldomero al sentarse Melchor, dirigindose a
Ricardo,--muchos cuentos... y de lo principal... nada!

--Me esperabas a m, no es cierto?--dijo Melchor y dirigindose al
sirviente que se retiraba despus de haber guardado unos platos:--Jos,
antes de irse, deme una taza de caf.

--Empezar, pues, por lo que Baldomero llama lo principal.

--Y de no?... a qu fue don Ricardo?

--Andando! Tienes la palabra.

--Y en una sola lo dir todo: la Pampita...

--El qu?

--...la Pampita...

--Acaba!

--Se hace de rogar!... don Ricardo.

--...pues... la Pampita...

--Ests muy pavo!

--...me... ha... desahuciado!

--Eso no es cierto! no lo diras en ese tono.

--Ciertsimo, Melchor.

--No te creo.

--Bueno, cuenta cmo fue--dijo Lorenzo.

--Ante todo no deja de ser realmente excepcional esta confidencia hecha
por m a todos ustedes, en un asunto que generalmente se tramita a solas
con la propia conciencia; pero sera ridculo que tuviera secretos para
contigo, Melchor, tratndose de un sntoma de salud moral, readquirida
por tu esfuerzo; sera cuando menos pavo que los guardara para contigo,
Lorenzo, en un caso en que nos hemos hecho confidencias y confesiones
recprocas, y sera ingrato con el amigo Baldomero, si no le contase
cmo me fue con su consejo, pues han de saber ustedes que lo consult
con l. Hecha esta declaracin previa, que se impone, voy a referirles
el episodio.

El lunes llegu al pueblo a las cuatro ms o menos, porque me demor muy
poco en el Paso, y despus de descansar un rato y baarme, fui a lo de
don Casiano como a eso de las siete. Al pasar la tranquera...

--Se le hara cuesta abajo!...--dijo Baldomero rindose.

--...al contrario!... vi que la Pampita estaba sentada en el
corredor, leyendo, y tan absorbida en la lectura que no me sinti llegar
hasta que estuve junto al corredor, bajo ese aguaribay grande, se
acuerdan? que est a la derecha. Al verme, dijo como si se tratara de la
cosa ms habitual:

--Es usted... seor?... Buenas tardes...--y cerrando el libro que puso
sobre la silla al levantarse, se aproxim al borde del corredor,
mientras yo bajaba del caballo, cuyas riendas puse en una horqueta
formada por un gajo roto.

Yo no puedo pensar en describirla... era algo estupendo!... tena la
cabeza envuelta en una gasa verde oscura, recogida atrs con unos
mechones de cabellos envueltos con la gasa sobre la nuca marmrea, y que
me parecan luchar entre s como si defendieran una posesin divina...
yo no he visto... no... no hay en el mundo una criatura que se le
parezca!

--Sabe, don Ricardo, que est apretando... la calor!

--No interrumpa, Baldomero... y no se ra de m... que usted las ha de
haber pasado iguales...

--Es un decir... don Ricardo.

--Pues en cuanto baj del caballo vi aparecer al ato, a otro
individuo que pareca pen, a una seora de buen aspecto y alguien
ms... no me acuerdo... que me miraron desde una distancia y se alejaron
en seguida, en momentos en que la Pampita me tenda la mano y me
saludaba como a un viejo amigo, ofrecindome asiento. Despus supe que
aquella seora era su maestra de labores y que pasa una temporada con
ella. Le pregunt por su padre: Est en el pueblo, me contest,
agregando: Quiz venga antes de comer; quiere hablar con l? S...
y... no... seorita, le repuse. Ella me mir fijamente un instante y
girando sobre s misma tom del asiento que ocupaba el libro que haba
estado leyendo y que fue a poner de canto entre las rejas de la ventana
prxima. Al volver a sentarse me dijo que no sabra descifrar el enigma
planteado con mi contestacin. Quiz le contest fuera indiscreto
aclararlo sin su permiso. Y necesita usted de mi autorizacin para
hablar?, me pregunt rindose. No se ra usted le dije, porque acaso
hubiramos de hablar de cosas serias... muy serias. Vea, usted...
seor... a m me interesan siempre las cosas serias... a pesar de ser
una muchacha como cualquiera... Cuando vienen ciertas personas a visitar
a tata y hablan de cosas serias, yo me entretengo mucho ms que con
las conversaciones de mis amigas... qu raro, eh? En un espritu
selecto como el de usted le respond, eso se explica; pero,
desgraciadamente, mi conversacin no tendr aquel carcter, y permtame
que insista en pedirle su permiso para hablarle de las cosas serias a
que me he referido. Y quieren creer ustedes lo que me dijo?... Pues me
pregunt con una ingenuidad insuperable: Usted va a comer con
nosotros? Yo me qued como aturdido y slo atin a decirle: Creo que
usted no est segura de que su seor padre venga a comer... Por eso le
pregunto me contest, para mandarlo buscar. Pues bien, le dije, en
una forma que no pude reprimir, de usted depende que acepte su
inestimable invitacin o que me retire inmediatamente, y acaso para
siempre. Yo haba visto a la Pampita sonriente, amable, bromista,
seria, sin perder el gesto de suprema bondad que la distingue: te
acuerdas, Lorenzo? Pero yo no haba imaginado ver aquella divina
expresin de dignidad reposada y grave con que habl conmigo desde ese
instante para decirme despus y reiteradamente: Yo tengo que
agradecerle de veras, seor, el honor que usted me dispensa, pero que,
aun cuando me sintiera inclinada a aceptar, por mucho que no lo merezca,
no podra aceptarlo sin menoscabar el concepto que me he formado de mis
deberes de hija: yo me debo a mi padre, seor, y sera una criminal--yo
lo entiendo as, perdneme--si lo abandonara en sus ltimos aos. Ni
con el asentimiento de l? le pregunt, y me contest: Ni con el
asentimiento de l... que me lo dara, estoy segura, si creyera que
podra hacerme ms feliz...--pero que yo tendra que juzgar en su
verdadero significado: como un supremo sacrificio hecho por m y que yo
no podra imponer ni aceptar.

--No le deca!... don Ricardo... si esa muchacha es tremenda!... Y
diga que usted iba con buenas intenciones...

--Y al fin?--dijo Melchor,--a qu arribaron?

--A nada!... A la noche volv y habl con don Casiano largamente; le
expuse con toda franqueza mis aspiraciones y hasta lo que tengo y lo
que tendr con el tiempo en punto a recursos: llegu a decirle que
liquidara todo y me vendra a establecer aqu; el buen viejo me trat
con toda consideracin; pero dicindome invariablemente: Vea, seor, lo
que ella resuelva, estar bien... qu quiere que yo me ponga a
contrariarla?... hblele usted, no ms... y si es por visitarla, puede
venir cuando quiera. As lo hice; el martes, casi pas el da all;
com con ellos, tocamos el piano, conversamos largamente; volv ayer...
hemos estado horas y horas solos; pero la ltima palabra de la Pampita
al despedirme fue la primera: Me debo a mi padre y no lo abandonar en
sus ltimos aos. Me permite usted que la frecuente? le dije
tenindole la mano tomada. Siempre me ser grata su visita, me
contest, y cuando sal por la tranquera para venirme, la vi en el
corredor; la salud con el sombrero y ella me contest con la mano. Me
vine y... aqu estoy.

--Mi opinin, Ricardo, es que t nos cuentas la mitad de la jornada;
pero con lo dicho me basta para comprender que esto es asunto concluido.

--No he reservado nada, Melchor; te he dicho toda la verdad, y
concluido?... por qu?...

--Porque si la Pampita no te aceptara de plano, te lo habra dicho o te
lo habra hecho saber por don Casiano.

--Es claro que no les he repetido slaba por slaba cuanto hemos
hablado, pero tengo la certeza de que si don Casiano vive veinte aos,
durante ellos la Pampita se conservar igual.

--Qu se va a conservar!... no seas ingenuo!... mantiene una actitud
simptica, porque es inteligentsima, para hacerse ms interesante, pero
ha comprendido que t eres un gran partido y no lo perder.

--Haces mal en hablar as... la Pampita es incapaz de una coquetera, ni
de una farsa: me ha revelado un propsito firme y sincero, que nada ni
nadie har modificar.

--Bueno; no te resientas.

--Si no me resiento!

--Haces una defensa que lo parece.

--Es que t pretendes presentar a la Pampita como a una cualquiera.

--No, Ricardo, yo no puedo considerarla con tu criterio, esto es todo;
creo que es una mujer, y nada ms; y as, la juzgo como a todas...
igualita a todas: las novias, o las solteras en un grupo: buenas,
amables, sencillas, modestas, etctera... preparndose a formar el otro
grupo, el antittico!

--La Pampita no es de esa clase, Melchor, y tan no lo es, que se
conserva hace tiempo en la misma actitud y no la modificar ni por m ni
por nadie.

--Vuelve maana; insiste; plantea un dilema de trminos extremos, y ya
vers... La Pampita no puede ser una mujer distinta de todas!

--Pues lo es! y no me ciega un entusiasmo perturbador; pero s
perfectamente que aun cuando me aceptara de plano, como t dices, se
mantendra en su actitud de hoy, mientras viva su padre; podr ir
veinte, cien veces, y siempre me dira lo mismo.

--Quin sabe! Ricardo, insiste y all veremos.

--Este no es asunto que se gane con la insistencia, no es verdad,
Baldomero?... usted que la conoce bien.

--As es, s, seor; pero lo que usted cuenta, sabe? ya es un adelanto
y puede que volviendo muchas veces... porque vea, don Ricardo, que
cuantos ms chicharrones ms grasa sale...--contest Baldomero
provocando carcajadas hasta del mismo Ricardo.

--En fin--dijo Lorenzo,--yo pienso como Melchor: sta es campaa
ganada, Ricardo!... Y tanto que si quieres acompaarnos a una siestita,
podrs dormir sobre tus laureles!... eh?...

--Qu va a dormir, Ricardo!... No est para eso.

--Que no, Melchor? dormir a pierna suelta, buena falta me hace.

--Y a todo esto, Ricardo, cul es el sntoma de salud moral a que te
referiste?

--Hombre!... que si la Pampita me desahuciara rotundamente, y eso que
esta vez va como nunca!, yo me conformara pensando...

--Con los colores complementarios!--le interrumpi Melchor.

--No, ch, pensando en lo que t nos decas en el tren, te acuerdas?
el mundo est lleno de Clotas.

* * *

--Quiere que vayamos, don Melchor, a ver esa hacienda que han trado?

--Bueno, ustedes se animan?

--No, ch, yo voy a quedarme para escribir a casa.

--Y yo tambin; ya te dije.

--Estoy por imitarlos, Baldomero, porque no escribo hace das. Qu le
parece que furamos maana a ver la hacienda?

--Mejor que escriba maana, don Melchor; de todos modos Hiplito saldr
tarde... y siempre tendr tiempo... tambin puede escribir luego, a la
noche, no le parece?

--Estoy tan cansado!...

--De qu, don Melchor?... Usted ahora sabe cansarse de nada...

--He andado tanto estos das... y he dormido poco en las ltimas noches.

--Tu receta, Melchor, acurdate!--intercedi Ricardo,--contra el
cansancio, el ejercicio.

--S, don Melchor, vamos; puede que hallemos algn animal que valga,
porque a veces en tropas as sabe venir, un repente, algn mestizo de
sangre.

--Bueno, voy a vestirme; mand ensillar?

--En cul va a ir?... En el zaino?...

--No; hgame ensillar el _Platero_... con recado, eh!--repuso Melchor
dirigindose a su dormitorio.

Bajo el corredor quedaron con Baldomero, Lorenzo y Ricardo tomando mate
y comentando el deseo de Melchor de montar al _Platero_, redomn que lo
era an y que poda dar una sorpresa; pero las rdenes de Melchor se
cumplan al pie de la letra y momentos despus el _Platero_ ensillado
giraba amenazante y piafando alrededor del pilar de la caballeriza en
que haba sido atado.

Melchor apareci calzando botas y vestido con amplia bombacha negra
ceida por un cinturn de gamuza blanca; blusa negra; chambergo color
plomo; en el cuello un pauelo celeste cuyas puntas delanteras caan
sobre la pechera de su camiseta y en la mano un pequeo rebenque,
trenzado, con virolas de plata.

--Qu tal?--pregunt al presentarse.

--Pareces un gaucho de verdad!

--A m me pareces otra cosa: un orillero de Palermo con nfulas de
hombre de campo--dijo Lorenzo.

--Mejor estara de frac y sombrero de copa, no?...

--Sin duda! Cuando menos, Melchor, estaras en traje ms propio de tu
condicin.

En ese momento apareci Ramona y dirigindose a Melchor le entreg un
perfumado pauelo de manos, dicindole:

--Tanto pedrmelo y se iba sin l.

--Es verdad, gracias. Conque, vamos, Baldomero?

--...Cuando... quiera... don Melchor--dijo Baldomero, que se haba
quedado contemplando a Ramona.

Acompaados por Ricardo y Lorenzo se dirigieron a la caballeriza donde
Hiplito palmeaba en la tabla del pescuezo al _Platero_, mientras lo
tena sujeto por una oreja.

--Aguarde que yo monte, don Melchor; tenselo, ch, Hiplito!

--Por qu, Baldomero?

--Para pechrselo, si es caso--repuso ste al montar en su azulejo,
agregando:--Monte ahora, don Melchor.

Este haba puesto el pie en el estribo, pero el _Platero_ giraba sin
cesar y sin dar tiempo a montar, hasta, que parado un instante Melchor
aprovech para volear la pierna en el mismo momento en que el redomn se
tenda de costado, como en una espantada, abalanzndose hasta dar
algunos pasos en las patas traseras.

--Y que te me ibas!... maula!...--grit Melchor afirmndose en el
recado y dando un formidable rebencazo al _Platero_, que arquendose
agach la cabeza, lanz como un rugido, dio un corcovo colosal que hizo
cimbrar a Melchor, y parti medio trabado avanzando de travs hacia el
alambrado de la quinta, al que no lleg porque Baldomero, rpido y
oportuno, le puso el azulejo al lado, dicindole a Melchor:

--No lo castigue!--y los dos caballos partieron pujando como en una
carrera que hubiese de darse puesta.

--Cualquier da van a costarle caras estas gracias--dijo Lorenzo,
contemplando a Melchor sobre cuyos hombros se vea a la distancia las
puntas flotantes del pauelo, agitadas por el vendaval que el _Platero_
produca.

--Ni potro que fuera... para sacarlo a don Melchor!--se aventur a
decir Ramona, como si la agitara un hondo orgullo ante la proeza
realizada por su patrn.

--l mand... por eso lo ensill--dijo Hiplito, contestando a Lorenzo,
como si considerara que le alcanzaba el reproche.

--Yo no hago un cargo a nadie, Hiplito; pero si un da ocurre una
desgracia todos vamos a ser culpables.

--Mientras est don Baldomero no ha de ser.

--Dios lo quiera--repuso Ricardo, dirigindose con Lorenzo hacia el
escritorio, en el que se disponan a escribir.

Sentados frente a frente y listos para empezar la tarea, dijo Ricardo,
golpeando con la pluma en el fondo del tintero, como si quisiera
empaparla mejor:

--Sabes, Lorenzo, que estoy con una preocupacin?

--Yo tengo la misma.

--Cul?

--Melchor.

--Cmo has adivinado?

--No poda ser otra.

--Y en qu consiste la tuya?

--En el cambio radical que se est operando y acentuando en l.

--Has visto!...

--Hace ya muchos das que lo observo, y hasta me ha parecido ms de una
vez que se exceda en la mesa.

--De eso es el sueo que lo invade despus de comer, y yo lo he visto
muchas veces, entre horas, tomando coac en el antecomedor.

--Es posible?... A ms del vino de la mesa?

--l me ha dicho que lo toma para ayudar a la digestin... cuando come
demasiado.

--...Un muchacho que nunca ha bebido!... Y en todo se le nota un cambio
alarmante... Est perezoso... indolente... todo lo deja para despus...
tiene un montn de cartas sin contestar...

--Hay otro detalle ms extrao y es su afn de quejarse de todo: nadie
lo quiere, nadie le guarda consideracin, sus amigos no le escriben,
qu s yo!

--A m me tiene esto ms preocupado de lo que t te imaginas; pero no me
resuelvo a hablarle porque temo que se enoje; por otra parte, ya no es
un chico, y quin sabe a qu propsitos responde con su actual conducta.

--A nada, ch, Lorenzo, qu se va a proponer?... Es dejadez, no ms; va
en camino de ponerse en el mismo estado de laxitud o de atrofiamiento
moral en que nosotros estbamos.

--Y de que l nos sac...

--S, pero es distinto; nosotros tenamos causas que podan ser
combatidas por l, como lo hizo excitivamente; pero en l no ocurre lo
propio.

--En l debe haber una causa tambin.

--Vaya uno a buscarla!... bah!... y quin nos dice que todas las
amabilidades y todos los altruismos de Melchor no han respondido al
deseo de reciprocidades, que cree no haber conseguido y de ah su estado
actual...?

--Por qu pensar eso?...

--Digo no ms... porque veo que l cambia por instantes... y no para
mejorar... y adems yo no encuentro la causa de este cambio, que a m me
parece de muy mal aspecto...

--S... realmente... pero... en fin!... yo me encuentro perplejo, no s
qu partido tomar...

--Yo pienso que lo discreto es no meternos a redentores; si a l le
gusta la vida que est haciendo, que la haga!

--Tal vez pudiramos influir en algn sentido... quiz volvindonos a
Buenos Aires.

--Ya ests pensando en eso!...

--T podras quedarte, desde que tienes un inters; pero yo me ira con
l.

--Y crees que Melchor acepte el regreso ya... No creas!

--Y por qu no?

--Pero no has observado que l lo pasa ahora muy bien?...

--...Algo me ha parecido notar...

--S, hombre! si Baldomero lo ha comprendido y me lo ha dicho anoche.
Creo que l piensa hablarle...

--...Qu colmo sera!...

Entretanto el _Platero_ haba disminuido sus impulsos y galopaba
tranquilo como un caballo definitivamente domado.

--Sujetemos, don Melchor.

--Sujetemos--contest ste poniendo su caballo al paso. As siguieron
contemplando el estado del campo y el de las haciendas, gordas a
rajarlas con la ua.

--Qu ao excepcional, eh?

--As es, don Melchor, para las siembras y la hacienda.

--A eso me refiero.

--Yo tambin...

--Por qu me lo dice en ese tono?

--Vea, don Melchor... yo quera hablar con usted... si me permite...
sabe?... porque no querra faltarle... me comprende?...

--Puede hablar, Baldomero, todo lo que quiera, lo que es por m...

--Yo digo por el respeto, no?... porque a la verdad, que si el patrn
llegase a venir...

--El qu?... Hable claro!

--Porque yo veo cosas... Don Melchor... vamos!... que no estn bien...
y en una persona como usted... don Melchor... que no es por alabarlo...
pero usted comprende bien que todo se sabe... y despus son los
enredos... y vaya, que lo llegue a saber la familia.

--Mire, Baldomero, yo he vivido bastante para necesitar consejos, me
entiende? y s lo que hago y hago lo que se me da mi real gana.

--No digo lo contrario... no, seor; pero vea: esos mozos que estn con
usted...

--Son pavadas! de ellos, que quieren que me pase el da escribiendo
cartas a cuantos imbciles me escriben...

--No es eso... no... don Melchor...

--...y que se espantan porque tomo vino en la mesa.

--Tampoco... don Melchor...

--...como si pudiera hacerme mal.

--Quin va a decir eso?...

--...porque ahora tomo y antes no tomaba... bah!...

--No es eso... don...

--Bueno, Baldomero! ya basta!... me entiende?... No me venga usted
con pavadas que no voy a atender--exclam Melchor vehementemente.

--No le hablar entonces, don Melchor.

--S, es lo ms discreto! y basta!

--...si se ha de incomodar... pero no son pavadas... no... seor...
no... son... pa... va... das...--repeta Baldomero, como hablando
consigo mismo y en silencio continuaron durante todo el tiempo que dur
la jira hasta que Melchor dijo:

--Volvamos?...

--Volvamos... don Melchor.

* * *

--Hoy es el da de ms calor que hemos tenido, no te parece?...

--El termmetro lo confirma, Lorenzo; a las diez marcaba 39 grados.

--Cmo estarn en Buenos Aires, ch, Melchor!

--Ya ves... y t decas que es preferible vivir all.

--Con todo, ch: los ventiladores... los baos... los helados...

--En cambio aqu refresca a las tardes, y las noches son siempre
soportables, cuando menos.

--Llover hoy?--pregunt Ricardo.

--Sin duda!--dijo Melchor,--el barmetro marca ya 755
milmetros--agreg, mirando al que penda de la pared del comedor, donde
acababan de almorzar.

--Qu agradable sera dormir la siesta bajo un buen aguacero!

--Aqu tienes, ch, Ricardo, un da excelente para ir a visitar la
Pampita... y hacer mritos...

--Hacer una barbaridad!... porque me morira en el camino.

As habra sucedido sin duda, pues un sol de fuego caa a plomo sobre
los campos, en los que danzaba macbricamente un temblequeante vaho de
capas superpuestas entre las que todo se agitaba, desfigurndose con
perfiles movibles y ridculos, pues tan pronto pareca que los lamos y
los eucaliptus se encogan en contorsiones de dolor, como pareca que
los ombes se empinaban en espirales, o que las vacas multiplicaban
repentinamente el nmero de sus patas, sus cabezas, o sus colas.

Las ovejas se agrupaban protegindose mutuamente de la calcinacin solar
de los sesos, que cada una pona bajo el vientre de la vecina, hasta
ofrecer, en compacto conjunto, el aspecto de grandes quillangos puestos
a secar.

En los sitios en que la densidad de las capas atmosfricas era mayor,
los fenmenos del espejismo se mostraban en forma de lagos y de ros
que, no por ser idnticos a los verdaderos, llegaban a engaar al ojo
inerrable de los animales sedientos.

Bajo la sombra de los ombes de la caballeriza, se refugiaban los perros
echados de lado, con las patas estiradas como para ahorrarse el calor de
sus contactos, indiferentes a la presencia de las gallinas que buscando
la misma sombra, se ubicaban junto a ellos, salpicndolos con la tierra
que removan con las alas en procura de capas ms frescas y slo cuando
algn idilio gallinceo molestaba demasiado a un perro, ste se
levantaba resignadamente, daba algunos trancos, diriga una mirada hacia
el campo como pensando: qu calor tendrn las vacas!, y se echaba de
nuevo rezongando entre colmillos algn lamento perruno.

De pronto un gallo, como si recordase repentinamente una orden, olvidada
al amanecer, lanzaba las cuatro notas de su vibrante canto al que slo
responda, por excepcin, el ronco trislabo de un gallito enano y
tuerto trepado al eje de un carro en la caballeriza, por cuyos pesebres
circulaban cacareando sotto-voce las gallinas ms inquietas del
corral.

En competencia con ellas, las movedizas ratoncitas pululaban gorjeando
vibrantemente y era interesante seguir el revoletear de cualquiera que,
del barrote superior de una ventana, modulaba su trino y se descolgaba
veloz hasta el pie de un rosal, donde cantaba de nuevo, para dirigirse
como en una diligencia urgente a posarse de costado en la pata del catre
en que dorma un pen, repetir all su trinar aleteado y volar a un
tirante del techo de la caballeriza, recorrerlo afanosamente, como un
pesquisante tras del delincuente, aparecer por el otro extremo, mirando
a todos los rumbos y partir, de pronto, en lnea recta hacia la glorieta
del jardn.

A ratos se oa el meee tembloroso de algn corderito afligido; el
silbar, agudo y breve, de los cardenales bajo el corredor; la carcajada
burlona de los pirinchos y el trueno retumbante y sordo de una gran
tormenta que avanzaba lentamente, como llevada por viejos bueyes
cansados.

A medida que el sol declinaba, ascenda la tormenta pesada y amenazante,
hasta que lleg un momento en que tom vuelo, avanz resueltamente sobre
el sol envindole una avanzada de nubes que lo velaron un poco, mientras
el grueso de la tempestad proyectaba a lo lejos negras sombras que se
disipaban a trechos cada vez que, del seno de las nubes, parta el
repentino fogonazo de un relmpago cuya luz se mostraba por grandes
claros en las sombras del suelo--a la manera de los que se abren en los
camalotes o en las algas que cubren aguas tranquilas cuando se arroja
sobre ellos una piedra.

De pronto cruz una rfaga de aire fresco que se aceler por instantes,
intensificndose hasta disolver los grupos de sofocadas gallinas,
levantar torbellinos danzantes de polvo, sacudir los ramajes y aun
torcer las copas de los mismos ombes, gruesos y anchos, como una
satisfaccin sanchesca.

Las palomas salieron del sopor en que haban dormitado, lanzndose en
dos bandadas a combatir con las rachas, como dos escuadrillas que
evolucionaran en un mar agitado, para regresar al puerto en lnea, de
combate por rumbos contrarios.

De pronto tambin las copas de los rboles volvieron a su posicin
recta; el polvo qued en suspensin descendiendo, lentamente, sobre el
suelo; las haciendas levantaron la cabeza como investigando la causa de
aquel cambio; los caballos relincharon un rezongo; el sol brill de
nuevo en todo su esplendor, rencoroso y candente: la tormenta haba
pasado en su colosal ruta parablica, rumbo al poniente, donde pareci
detenerse, como a esperar al sol.

Baldomero, de pie en la puerta de su dormitorio, dijo, prendindose el
tirador que sujetaba sus bombachas y mirando a la tormenta:

--Ah!... canalla!... no quisiste descargar... Si la seca se afirma...
yo no s qu va a ser!...

Y como si la tormenta, envuelta en el conglomerado de sus cirrus
obedeciera a su voz, empez a moverse hacia el sud, siguiendo la lnea
del horizonte lentamente, casi agazapndose, como si quisiera realizar
un movimiento envolvente para tomar al sol por retaguardia, mientras
ste segua en su aparente cada diurna.

Al llenar el cuadrante que recorra, la tormenta despleg sus avanzadas
hacia el cnit desarrollndose en toda su amplitud, y, a medida que el
sol descenda a su ocaso, ella ocupaba la imponderable inmensidad del
cielo, anticipando y ennegreciendo la luz crepuscular de aquella tarde.

Cuando el sol se hunda, como una enorme elipse roja, tras las capas
atmosfricas que ondulaban sobre el suelo, la tormenta, silenciosa,
solemne, triunfal, descarg sus primeras gotas que, amplias y gruesas,
golpeaban en los ramajes y levantaban del suelo tenues circulillos de
polvo finsimo.

Sin relmpagos, sin truenos, la lluvia se haca ms copiosa cada vez,
hasta convertirse en un diluvio nutrido y firme que el suelo absorba
sediento, dejando que el exceso de agua se acumulara en pequeas
corrientes que seguan el desnivel del piso como arroyos y ros vistos
desde gran altura y mientras el formidable aguacero caa como una
colosal cortina chinesca de gruesos e infinitos hilos incoloros, las
movedizas ratoncitas trinaban en los tirantes de los aleros como
diciendo acongojadas: qu va a ser de nosotras!...

La lluvia continu sin interrupcin alegrando y reviviendo todo y cuando
los tres amigos, ya casi de noche, tomaban asiento en el comedor se oy
ladrar los perros como si algo extraordinario ocurriera.

--Qu sucede, Jos?--pregunt Melchor al sirviente que pona la sopa en
la mesa.

--Debe andar gente, don Melchor, por como ladran... voy a ver.

Tras del sirviente salieron al corredor Melchor y Lorenzo que por el
ruido continuado de la lluvia slo pudieron percibir los gritos de
Hiplito llamando a los perros y los de Baldomero que por el corredor de
sus piezas se diriga a la caballeriza preguntando en voz alta:

--Qu hay?...

Momentos despus se present Baldomero, de cuyo poncho se escurra el
agua por las puntas y dirigindose a Melchor le dijo:

--Son dos gringos... mercachifles... que piden pasar la noche; pero
cmo llueve!...

--Pobres infelices--dijo Lorenzo al mismo tiempo que Ricardo
incorporndose al grupo preguntaba:

--Qu es lo que hay?

--Vea, Baldomero, dgales que esto no es posada.

--Qu?... Los vas a echar, Melchor?...

--Djelos, don Melchor--dijo Baldomero,--que duerman en la
caballeriza... qu mal pueden hacer?... Llueve tan feo!...

--Como han venido, que se vayan!

--No hagas eso, Melchor.

--Pero! qu es lo que hay?--repiti Ricardo.

--Dos gringos, ch--le contest Melchor,--dos bribones... que quieren
pasar aqu la noche.

--Y...? djalos...

--Ni pienso!... Vaya, Baldomero, y hgalos salir del campo.

--De verd, don Melchor...?

--Pero no me entiende?... o quiere que vaya yo?...

--Djalos, infelices!--insisti Lorenzo.

--No quiero!... Vaya!... No me da la gana!...

--Est bien, don Melchor--dijo Baldomero dirigindose hacia la
caballeriza por el caminito del jardn en el que quedaron visibles, a la
luz del farol del corredor, las hondas huellas de sus botas.

--Baldomero!--grit Melchor aproximndose al lmite del corredor, hasta
recibir algunas gotas de lluvia y haciendo bocina con la mano,--que los
acompae Hiplito hasta la tranquera!

--Est bien, seor--se oy a la distancia bajo la lluvia y momentos
despus los dos mercachifles cargados con un enorme peso que aqulla
aumentaba, salan chapaleando barro, conducidos por Hiplito a caballo,
mientras Melchor desdoblaba la servilleta que se pona en las faldas, y
tomaba un plato de suculenta sopa de arroz con ajes de la huerta...

* * *

--As!...--deca Baldomero, juntando los dedos de ambas manos, y riendo
placenteramente,--as!... va a caer gente el domingo...Si se me hace
que no va a faltar nadie!...

--Y vendrn muchachas?--pregunt Lorenzo.

--Como gato al bofe!... seor. En habiendo bailable?... ni qu
hablar! Y ms cuando han sabido que es por festejar el santo de don
Melchor y qu habr carneada... y carreras! Viera don Lorenzo, cmo
abren los ojos, los mozos, cuando les digo que usted va a largar
veinte de premio al mejor flete criollo en seis cuadras!... Si se me
hace que hasta de a pie la corran!

--Avis al comisario, Baldomero?

--Hoy de maana le habl, don Melchor, y me dijo que estaba gustoso y
que no faltara.

--Yo creo--dijo Ricardo,--que para un fieston como el que preparan
deberas invitar a don Casiano... quizs viniera.

--Anda t!... Vas maana... y te lo traes el domingo.

--En serio?... Me autorizas para ir a invitarlo en tu nombre?

--Por indicacin tuya!... pero no le digas que se trata de mi
cumpleaos, porque lo pondras en el compromiso de regalarme algo y no
sea el diablo que me regalara... la Pampita!

--No seas brbaro!... Bueno: voy?

--Como te parezca... lo que es por m...

--Convenido; me har preparar caballo, Baldomero?

--Cmo no, seor, si usted dispone?

--Y me acompaar Juancito?

--S, hombre!, te acompaar Juancito... y llevar el tostado que es
de anca!... por si hay que traer a la Pampita.

--Te ha dado fuerte con la Pampita...

--Ms fuerte te ha dado a ti!

--Y qu camino debemos tomar, Baldomero, para evitar un nuevo encuentro
con Anastasio?

--Juancito le dir, don Ricardo; pueden pasar por el campo de los Gmez,
sabe don Melchor? que no es una vuelta grande.

--Y aunque sea! Yo soy capaz de dar la vuelta al mundo por no
encontrarme con Anastasio.

--Qu, le tiene tanto miedo?

--Miedo, no, Baldomero; pero a qu comprometerme?

--Cuando ya ests comprometido con la Pampita!--dijo Melchor,
sonriendo.

--Dale con la Pampita...! casi estoy por creer que te acuerdas ms de
ella que de Clota...

Melchor, que acababa con el mate que tena en la mano, se lo dio a
Ramona, dicindole:

--No me d ms.

La conversacin continu anticipando comentarios sobre las fiestas
proyectadas para festejar el cumpleaos de Melchor, postergado hasta el
domingo, con el objeto de poder darle todo el esplendor que, segn
Baldomero, mereca.

--Al fin son dos das, no ms, mientras que maana no podran venir
muchos--deca ste.

--Lo que a m me interesa ms es el baile--dijo Lorenzo,--porque nunca
he visto un pericn, ni un gato, ni nada de eso.

--Pues saldr de la curiosid, don Lorenzo.

Baldomero se interrumpi de pronto, ponindose de pie y mirando a la
distancia atentamente en forma que despert la curiosidad de todos, que
se levantaron tambin preguntndole:

--Qu mira?...

--...All... Si no me engao... viene un coche... y viene para ac...

--Dnde?

--...All... bajando la loma... ve?... derechito a la tranquera...

--Es cierto!--dijo Lorenzo.--Ahora lo veo perfectamente.

--Y yo tambin--dijo Ricardo,--podramos ir a salirle al encuentro; qu
les parece?

--Vamos, la tarde est fresca.

--No ve! Don Melchor: ah endereza a la tranquera, quin ser?...

--Ahora lo sabremos, vamos.

El grupo se dirigi al encuentro del coche que visiblemente se diriga a
la Celia.

--Viene del pueblo, don Melchor... de la cochera de Gaspar, sabe?... y
viene con una persona...--dijo Baldomero.

--Quin ser?

--Alguno de los muchachos, no te parece, Melchor?... que viene a pasar
el da de maana contigo.

--No, Lorenzo!... quin va a pensar en eso!

--Y por qu no?...

--Porque no...

El carruaje haba pasado la tranquera y se aproximaba rpidamente al
grupo que se haba detenido a contemplarlo bajo un rbol, cuando de
pronto vieron que el viajero les anticipaba un saludo agitando su
sombrero.

--Es Rufino!... Es Rufino!...--dijo Lorenzo y agreg con viva
satisfaccin:--qu bueno!

Efectivamente era Rufino, el viejo sirviente de la casa de Lorenzo, que
descendi del pescante de un salto y lo saludo como un amigo ntimo,
casi como un padre:

--Cmo est, nio?... Qu buena cara tiene!... Se siente bien?...

--Perfectamente, Rufino, y por all?

--Todos estn muy buenos... cmo lo pasa, don Melchor?... y usted, don
Ricardo?...

Contestaron stos amablemente y luego de presentarle a Baldomero, dieron
orden al cochero que entrase a la caballeriza y reunidos, todos,
regresaron a pie en direccin a las casas.

--Pues, s, nio, la seora tena resuelto mandarme para verlo y para
que le trajera unas cosas que le manda a don Melchor--cosa que estuviera
aqu maana, no?--y que le trajese noticias de casa que estn todos
buenos, a Dios gracias, y deseando verlo, como, a usted, don Ricardo,
que me dijo su mam que le dijera que estn muy contentos con sus
noticias y que por qu no les ha mandado el retrato de la nia.

--Muy pronto ir, Rufino, quizs lo lleve yo mismo.

--Qu, ya estn por volverse, don Ricardo?... Viera qu calor en la
ciudad... y miren que esto es lindo!... Si es una gloria estar aqu....
El que no anda muy bien, es su pap, don Melchor.

--Qu es lo que ha tenido?... En las cartas no me decan que estuviese
enfermo de cuidado...

--Parece que lo atac el hgado... y algo de los riones tambin.

--Ha estado en cama muchos das?...

--Anteayer se levant, don Melchor; pero los ha tenido medio afligidos
porque los mdicos decan que por su edad que haba que tener cuidado.

--Y diga, amigo--le pregunt Baldomero,--ya est bien el viejo?

--Bien del todo, no, seor; pero est mejor... eso s... y cuidndose no
ha de suceder nada... y sabe la novedad, nio?--agreg dirigindose a
Lorenzo,--que la nia Sofa est pedida y segn me dijo la seora que le
dijera, que parece que para mayo o junio.

--S, Rufino, Sofa me escribi dndome la noticia.

--Las nias no hablan de otra, cosa, nio, y todos los das se llenan
de amigas que la felicitan y es un ir a las tiendas!... Mire que da
trabajo un casamiento!...

--Cunteselo a don Ricardo, amigo!--dijo Baldomero rindose.

--Y por qu a m?... Ms cerca lo tiene a Melchor.

--Ahora que me hace acordar: me dijo la seora, don Melchor, que le
dijera que la nia Clota los acompa sin descanso en los das que el
seor estaba peor.

--Pero... qu ha estado mal el viejo?--le pregunt Melchor.

--S, seor... al principio no estuvo muy bien, no le deca?... pero ya
va mejor.

El grupo se dirigi a la caballeriza de donde regres a las piezas
interiores a las que Rufino y Baldomero llevaron los paquetes de que
aqul era portador y que fueron colocados en la mesa de la sala.

Rufino entreg a Lorenzo algunas cosas dicindole:

--Esto le manda la seora, nio, y esta carta--y dirigindose a Melchor
agreg:--Estas cosas le mandan de su casa, don Melchor, y estas cartas
que me dieron y a ms... esprese, don Melchor, aqu le traigo... pero,
dnde lo he puesto?--repeta buscando en los bolsillos interiores
afanosamente,--ah!... aqu est... esto que le mandaba la nia Clota...

Melchor, que se haba dispuesto a retirarse, al recibir los paquetes y
las cartas, se detuvo hasta que Rufino le entreg un pequeo estuche que
hizo exclamar a todos:

--A ver!... A ver!...

Melchor puso todo sobre la mesa y con absoluta calma, sin apuro, casi
displicentemente, desat el pequeo estuche que abri y, sin detenerse a
contemplarlo, lo mostr a Lorenzo y Ricardo que exclamaron:

--Qu maravilla!...

--Qu buen gusto!...

La caballeriza, barrida y regada prolijamente, haba sido desalojada de
cuanto poda disminuir su capacidad de saln de baile, dispuesto con
bancos en los costados; un gran farol sobre la pared del fondo; cuatro
farolitos chinescos colgantes del techo y guas de sauces adornando los
pilares del frente.

En el monte de durazneros se haba dispuesto lo necesario para el
almuerzo, consistente en una vaquillona con cuero, empanadas, frutas,
cerveza y limonada gaseosa en abundancia; todo listo para las doce bajo
la prolija vigilancia de Melchor que se hallaba vestido con traje de
gala: botas claras de cuero de chancho, bombacha de hilo crudo; tirador
de charol negro; camisa de seda celeste claro; blusa corta de grano de
oro; gran panam con ancha cinta de colores; y por detrs, debajo de
la blusa asomaba el cao bruido de un revlver.

En los palenques no caba ni un caballo ms y bajo los ombes estaban
los carros en que haban llegado las familias invitadas que se
diseminaron por los jardines y el monte, anticipando comentarios sobre
el esplendor de aquella fiesta excepcional.

El paisanaje se haba reunido en la cancha improvisada donde se meda
las distancias a correr y en cuyas inmediaciones se caminaban del
cabestro los parejeros que eran, sin disputa, tanto mejores cuanto peor
aspecto presentaban.

--A ver!... esa gente!... Si no quieren churrasquear!--grit Melchor
desde la puerta del jardn y el grupo abigarrado y cadencioso se dirigi
hacia el monte discutiendo a voces las condiciones de los caballos, que
los muchachos paseaban a morral:

--Le tomo! amigo, dos paradas de a peso al rosillo contra el
malacara...

--Doy tres a dos al gateao, contra el que raye.

--Quin dice que juega al ruano?

--No crean!... el malacara de este hombre es muy ligero!... pal
pasto!...

--Si cuando corre el overo de don Lucas uno no sabe, por lo ligero que
va, si es que recula!

--No t me habas de escapar, lagartija, si te corriese en l--dijo don
Lucas, el capataz en la estancia lindera de Cabral, dirigindose a un
pen joven, alto, delgado y lampio que haba estado a su servicio y que
al caminar doblaba las piernas como si tuviese desarticuladas las
rodillas.

Al pasar por el camino del jardn inmediato a la sala, Melchor sali de
sta, despus de decir algo muy en secreto a Ramona, y se puso a la
cabeza del grupo al que sirvi de gua y al que haba de quedar
vinculado en la fiesta, si pensaba seguir el consejo de aqulla:--No se
mezcle, don Melchor, con esas mujeres que pueden traerle un disgusto...

Los comensales llegaron al monte en el que habitualmente no se oa ms
ruido que el cantar de los pjaros y el seco tac de los duraznos que
caan, de las ramas al suelo, en el ltimo grado de madurez.

--A ver--grit un viejo paisano, bajo, grueso, apellidado Montero,--si
echan reses a la playa!

En diversos y pintorescos grupos se realiz el almuerzo presidido por la
mesa dispuesta para Melchor que sent a ella a los convidados ms
representativos: el comisario Maidagan, don Lucas, Baldomero, Lorenzo y
dos muchachas hijas de un colono alemn a las que puso a su lado, al
mismo tiempo que deca al hermano de ellas que las haba acompaado:

--Usted no cabe aqu, amigo; pero ha de ser buen gaucho... acomdese por
all...

Durante el almuerzo, Melchor tuvo extremadas atenciones con sus vecinas
a una de las que le dijo en los primeros momentos y en tono
confidencial:

--Parece que mi amigo Lorenzo ha simpatizado con su hermanita...

--Oj!... mi gurmana no est para un seor as.

--Pero usted s... para eso y mucho ms...

La muchacha ingenua y sencilla se puso ms roja de lo que era: por
primera vez, en su vida, sinti en los odos el palpitar acelerado y
martillante de su propio corazn y, como en un desvanecimiento extrao,
tuvo la visin fugaz de una hermosa casa de campo en cuya puerta un
carruaje esperase a su duea...

Melchor lo comprendi y cuando se dispona a insinuarse en el lenguaje
agresivo y mudo de una pasin fingida llam su atencin, y la de todos,
el viejo Montero, que alzndose a la distancia le grit:

--Don Melchor!... y no lo tome a mal: a la sal de su futura, la nia
Clota, que nos dice Hiplito...

Y el viejo que tena en frente al cochero de la estancia levantaba en
alto un jarro de lata tomado por los bordes con las puntas de los dedos
vueltos hacia abajo.

--Por la nia Clota!...

--Por la futura del patrn!...--gritaron en coro todos, cuando lleg
Ramona que, tocando suavemente en el hombro a Melchor, le dijo:

--Se avista a don Ricardo que viene con Juancito--y regres a las piezas
de la casa, no sin mirar despreciativamente a la rabia enrojecida que su
patrn tena al lado.

Momentos antes de terminar el almuerzo lleg Ricardo que, al encontrarse
con Melchor; lo abraz efusivamente:

--Que los cumplas muy felices!

--Cmo te fue?...

--Perfectamente!...

--No te dije?...

--...hasta donde es posible--agreg Ricardo tomando asiento donde no
haba cabido el hermano de las rubias.

Terminado el almuerzo, se entregaron los invitados a tocar la guitarra y
payar algunos, otros a jugar a las bochas, la taba o el truco, mientras
los invitados a la mesa de Melchor se dirigieron con ste a la sala para
or a Ricardo en el piano.

A los acordes de ste la gente empez a reunirse en el corredor donde se
hizo una tertulia en que el piano alternaba con la guitarra, mientras
Melchor atenda a todos, como dueo de casa, haciendo servir algunas
botellas de sidra espumante.

Lleg luego la hora de las carreras que deban empezar por la del premio
ofrecido por Lorenzo y en la que tomaran parte cinco caballos.

La carrera deba ser largada por Lorenzo, teniendo por juez de raya al
comisario Maidagan, pero aqul no sospech la laboriosa operacin en que
se haba comprometido, pues cada vez que calcul poder bajar la seal de
la partida debi desistir, porque el overo haca punta, o el ruano
se quedaba atrs, o el rosillo se anticipaba, o el malacara se
volva, o el gateao permaneca firme en la raya.

Entre la lnea fijada a los caballos y la de la partida definitiva,
ocupada por Lorenzo, haba unos treinta metros que aqullos recorrieron
treinta veces, sin presentarse en lnea, hasta que por fin Lorenzo les
dijo:

--Bueno, amigos, va la ltima: voy a largar... y el que se quede atrs
que se quede!

Los cinco caballos, ante esta amenaza, pasaron por delante de Lorenzo en
irreprochable formacin; baj la seal; sonaron los rebenques y el lote
parti, levantando tras s como la cortina de polvo de un automvil en
marcha.

Todo el paisanaje se lanz a escape tras los competidores entre los que
desde el pique hizo punta el malacara montado por Juancito--el
pen de la caballeriza solicitado al efecto por su dueo con la promesa
de darle dos pesos si ganaba la carrera.--Lleg segundo el rosillo
montado por su dueo, Lucas Bando, que haba tomado varias paradas
dando fila con su cacaballo y que al bajar de ste dijo a gritos:

--Meten un caballo de sangre y as qu gracia!... Con un animal de la
estancia... Pch que son vivos!...

Melchor, que montaba el zaino y que haba bebido ms de lo habitual
por estimular a sus invitados, al or a Bando, pic su caballo y
ponindosele al lado le dijo:

--Avisa si quers que estrene este arreador!

--S!... usted est en su casa... y... por qu hacen correr ese
caballo por criollo, entonces?...

--Porque es criollo, entends guacho?

--Vea, don Melchor, respete a la gente si quiere que no le falten...

--Pero qu te has pensado, canalla!--dijo Melchor haciendo girar el
cinturn como para sacar el revlver.

Hubo un instante de pavoroso silencio, durante el cual Bando se recost
en el anca del rosillo y sereno y sonriente mir a Melchor, a quien
Maidagan tom del brazo dicindole:

--Qu va a hacer!... Don Melchor... Si no vale la pena!...--al mismo
tiempo que deca a Bando:--Monte y retrese, amigo!

--Sulteme, Maidagan!... Sulteme, le digo!

--Primero voy a pagar honradamente lo que he perdido--repuso
Bando;--para irse hay tiempo... anque sea al otro mundo...

Lorenzo y Ricardo se aproximaron a Melchor y lo llevaron para la
caballeriza, donde se haban refugiado las mujeres, y donde le tuvieron,
poco menos que a la fuerza, hasta que, apaciguados los nimos, volvieron
al sitio de las carreras, que se tramitaban en inacabables discusiones,
y desde el cual pudieron ver a la distancia, que Lucas Bando se
alejaba, solo, llevando de tiro a su rosillo.

* * *

En varias mesas puestas bajo el omb grande, se haba improvisado la
cantina, gratis, atendida por Rufino a pedido de Melchor, con la
recomendacin de dar preferencia al despacho de limonada gaseosa.

Terminadas las carreras se organiz el baile designndose bastonero al
viejo Montero que acept el cargo diciendo:

--La primera pieza pal patrn!...

La orquesta, formada por dos guitarras y un acorden, rompi con una
habanera cadenciosa y sensual; las mujeres ocupaban los bancos,
abanicndose complacidas; los hombres de pie, sobre uno de los costados
descubiertos, las contemplaban comentndolas, cuando avanz Melchor y,
parndose frente a la rubia que haba tenido al lado en la mesa, se sac
un pequeo ramito del ojal y mientras los msicos suspendan la
ejecucin de la habanera, le dijo;

--Para la reina de la fiesta, a la que le pido quiera acompaarme a
iniciar el baile.

La muchacha torn el ramito y aceptando el brazo que Melchor le ofreca
sali con l que, en seguida, hizo sea a los msicos para que
continuaran, mientras se paseaba con su compaera cuya mano derecha
apretaba fuertemente con la izquierda.

l estaba, sin duda, hermoso bajo la influencia de la profunda exitacin
que lo dominaba. Sus mejillas haban recobrado el sonrosado color de
otros das y por sobre sus hondas ojeras brillaban sus enormes ojos de
fauno estival; los labios enrojecidos y gruesos y lascivos brotaban,
entre el bigote y la rubia barba crecida, como una roja amapola en un
trigal maduro y su aliento de horno quemaba las mejillas de su inocente
y sencilla compaera, cuyo respirar acelerado y ansioso contestaba, sin
palabras, a las tremantes insinuaciones de su gallardo y prestigioso
galn.

Las guitarras sonaban metlicamente bajo los golpes violentos y secos en
las bordonas; el acorden se quejaba en el desmayo rtmico de sus notas,
prolongadas en calderones que le exigan todo el desarrollo de su caja
y, aprovechando uno de stos, Melchor se puso al frente de la rubia
arrastrando la pierna izquierda cuyo pie traz en el suelo un
semicrculo y pasndole el brazo derecho por el talle, al que se ajust
como un cinturn ardiente, le tom, con toda delicadeza, la punta de los
dedos de su mano derecha que levant hasta la altura de los hombros y
mirndola lnguidamente en los labios temblorosos, empez a bailar tan
unido a ella

Que sus dos almas en una acaso se misturaron.

--Quibrela, nio...!--dijo una voz que parti del grupo de paisanos,
hacia el que Melchor lanz una mirada de indignacin visible...

La pareja giraba lentamente, bajo las miradas de todos y con
especialidad del hermano de la rubia cuyos movimientos segua ansioso y
lvido mientras le torturaban penosamente los comentarios circundantes.

Cuando el acorden, como una isoca que se encoge, se repleg ondulante
emitiendo su gorjeo final y los guitarristas rasguearon sobre las
cuerdas como en un pizzicatto decreciente y sonaron los aplausos y aquel
cinturn ardiente se corri por la cintura como una culebra que se
desliza, y Melchor se inclin en una graciosa reverencia sobre la
rubia, el hermano de sta avanz resueltamente y sin calcular la
impresin que provocaba en todos, la tom del brazo dicindole que era
hora de retirarse, al mismo tiempo que haca una sea a la otra hermana
sentada con Lorenzo bajo el farol de la pared del fondo.

Fue intil cuanto se hizo por modificar la resolucin que arrancaba del
baile a sus dos mejores prestigios; pero las criollas experimentaron un
alivio viendo alejarse a las dos rubias, cuyas mejillas tenan el color,
la pelusa y hasta el perfume de los priscos maduros.

--...Cretino!... Imbcil!...--repeta Melchor contemplando a las dos
muchachas que se alejaban llevadas por el hermano, en el carro bajo y
ancho del colono.

--Rufino, deme un vaso de cerveza; de la que est en el balde!

--No bebas ms, Melchor...

--Djate de pavadas, Lorenzo; tengo sed.

--Toma limonada.

--Pero qu afn de darme consejos!... Caramba!... Deme la cerveza,
Rufino.

--Don Lorenzo--exclam Baldomero desde la caballeriza,--aqu le han
hecho un pericn... Usted que quera verlo. Venga!...

Cuando Lorenzo sali de bajo el omb de la cantina, oy el compasado y
montono gl!... glugl!... gl! de las guitarras y el ras!...
rasrrs!... ras! de los pies cepillando el piso al girar de los
bailarines, como en las cadenas de los lanceros.

Tras de Lorenzo, se aproxim Melchor que a cada figura gritaba:

--Ms listos!... ms vivo ese movimiento!... Parecen hombres de
palo!...

Terminado el pericn, lleg Hiplito con una escalera y encendi la luz
de los faroles, pues la pared del fondo, en el lado del poniente,
proyectaba una sombra que oscureca al local. Realizada aquella
operacin, se ennegrecieron las damas, que sentadas en los bancos
fueron revistadas por Melchor, de cuyo panam baj sobre los ojos el ala
delantera.

Al llegar frente al farol de la pared vio, bajo la penumbra de ste, una
pareja que conversaba ntimamente.

--Y ustedes?... qu hacen, que no bailan?

--Ahura hemos de bailar, seor, lo que toquen.

--A ver!... Djenme sentar a m tambin--les dijo Melchor,--quiero
verles las caras.

La pareja unida se corri hacia un lado, dejando sitio junto al paisano;
pero Melchor le dijo a ste, metiendo el cabo de su rebenque entre l y
su compaera:

--No, yo en el medio.

En el mismo instante los msicos empezaron a tocar algo semejante a una
mazurka y levantndose rpido el paisano dijo a su compaera:

--Acompeme, que ah tocan.

La criollita no se hizo repetir la invitacin y de la mano de su
compaero se alej mientras Melchor se sentaba y deca:

--Vayan no ms, que no se han de ir muy lejos...--pero no volvi a
verlos aquella tarde.

El baile continu hasta que al entrar la noche se retiraron los
convidados, muchos de los cuales destacaban, sobre las ltimas
vislumbres del crepsculo, la silueta oscilante en el caballo que por s
slo marchaba a la querencia.

Aquella fiesta dej en el espritu de Lorenzo, de Ricardo y aun de
Rufino, una penosa impresin que se trasmitieron mutuamente mientras
Melchor, que la haba engendrado, tomaba el bao que todas las tardes le
preparaba Ramona.

--Yo no me debo meter, nio; pero, en mi sentir, don Melchor va
mal--deca Rufino,--y diga que don Baldomero no le pierde pisada...

--En lo nico que hace mal Melchor, es en querer alternar con esta
gente, Rufino.

--Y otras cosas, nio, que me ha dejado comprender don Baldomero... y
cmo lo quiere este hombre!...

--Como todos! quin no ha de querer a Melchor?--repuso Lorenzo.

--As es, nio; pero vea, don Baldomero dice que usted puede mucho y que
de no que le hable al patrn.

--No ha de haber necesidad de nada, Rufino, porque esta fiesta no ha de
repetirse.

--Ms vale as, nio; mire que seria una lstima!...

--Y usted tiene todo listo para regresar maana, Rufino?--le pregunt
Lorenzo para cortar la conversacin.

--S, nio, todo, slo me faltan unas cartas que me dijo don Melchor que
me iba a dar.

Terminado el bao de Melchor reapareci ste y pasaron al comedor donde
durante la comida coment complacidamente los diversos episodios del
da, lamentando slo no haber tenido tiempo de escribir las cartas que
haba pensado enviar con Rufino, cuyo regreso estaba improrrogablemente
fijado para la maana siguiente segn lo tratado en la cochera de
Gaspar.

--Parece que a ustedes no los ha dejado satisfechos la fiesta?--dijo de
pronto Melchor al terminar la comida.

--Cmo no?...--repuso Ricardo,--hemos asistido a un espectculo muy
interesante; yo no hablo mucho porque estoy cansado con el galopn de
esta maana y el trajn de todo el da.

--Y t?

--Yo?... Qu ms quieres que te diga?... Me parece que he elogiado
bastante, y de lo que no me merece elogios... a qu hablar?...

--Por ejemplo?...

--Si te empeas... me parece muy censurable tu afn de identificarte con
todo este chusmaje... de vestirte como ellos... hablar como ellos... y
hasta beber a la par de ellos, Melchor!

--Apareci el aristcrata!... y qu ms?...

--Hombre!... mucho ms que callo quizs por no fastidiarte.

--S, ch Lorenzo, para hablar tonteras mejor es callarse...

--As ser... tonteras!--dijo Lorenzo levantndose de la mesa en
momentos en que Melchor deca a Jos:

--Traiga el cognac...

Al or esto, Lorenzo, que traspona la puerta del comedor, se detuvo un
instante y antes de continuar dijo:

--Tambin sera tontera criticarte eso?...--y se alej.

--Ven... no te vayas... ch Lorenzo!... Si no me voy a
emborrachar!--dijo Melchor en voz alta y prorrumpi en una carcajada...

* * *

El ambiente de amables alegras se haba modificado gradualmente en la
estancia de Astul hasta ofrecer a ratos el aspecto de una casa de duelo.

Ricardo, Lorenzo y Melchor paseaban como con desgano; se aislaban, acaso
sin determinarlo deliberadamente y cuando conversaban lo hacan sobre
temas indiferentes o fros. Largas horas trascurran sin hablarse y ms
de una vez tomaban asiento en la mesa conservando cada uno el libro que
lea y al que serva de atril la copa o la botella que se tena delante.

As haba pasado la hora empleada en comer una tarde en que Ricardo
rompi el silencio diciendo:

--Vamos a levantarnos de la mesa roncos!

--Ustedes han dado en no hablar.

--Seguimos tu ejemplo.

--Y de qu quieres que hable, Ricardo?... Yo tan luego!... No tengo
temas agradables, ch...

--Yo tengo--dijo Lorenzo,--ahora que me acuerdo! Entre las cartas que
nos trajeron hoy recib una del doctor Moreno en que me dice que te pida
permiso para mandar aqu a todos sus enfermos en vista de las noticias
que le daba de mi estado.

--Al fin me da la razn ese pillo!

--Pillo?... Por qu?... el doctor Moreno es todo un caballero,
Melchor.

--S... sin duda... un caballero que te habra declarado sano el primer
da que te vio, si no hubiera comprendido que eras un buen filn.

--Pero por qu hablas as del doctor Moreno?

--Porque todos sos son iguales; mercaderes de la peor especie que en
la mayora de los casos venden enfermedades a sanos y no salud a
enfermos... traficantes que toman a un hombre como el viejo y lo atan a
la cama para sacarles el jugo.

--Yo no niego que haya mdicos de esa ndole; pero son la excepcin...
Moreno es un hombre digno y serio.

--Bah!... Bah!... No me hables de los hombres serios--exclam Melchor
reaccionando sobre la nerviosidad con que habl de los mdicos y
sonriendo como si compadeciera a Lorenzo por su ingenuidad.

--Que tambin, para ti, los hombres serios son... unos...

--Truanes! en la mayora de los casos--le interrumpi Melchor,--porque
casi siempre revisten de seriedad, fingida, un estado de conciencia que
hara poner colorado a un negro!

--Te confieso que me aturdes cada vez que te oigo hablar as y que todo
mi discernimiento se desvanece cuando te veo en tren de escarnecer
despiadadamente todo cuanto debe merecernos respeto.

--Pero crees, Lorenzo--interrumpi Melchor violentamente,--que yo
puedo, tener respeto por la cfila de bribones que se habrn completado
para declarar enfermo al viejo... cuando el viejo no tiene ms
enfermedad que la de tener algunos recursos?... Y crees que yo puedo
o debo respetar a esos ceremoniosos caballeros que hablan solemnemente y
no se sonren siquiera ante nadie, para poder pasar por hombres
serios?... Bah! no seas infeliz: en la mayora de los casos son unos
grandsimos trapalones que despus de haber tocado en todos los fondos
de la corrupcin y del vicio, ahitos de impudicias y de concupiscencias,
se cubren las llagas con el manto de los honestos y de los virtuosos...
verdaderos escengrafos en el drama de la propia vida, que nos la pintan
o nos la muestran a la manera de esos telones teatrales que representan,
vistos de lejos, un hermoso paisaje apacible, hecho burdamente a
escobazos con pinturas ordinarias.

--Me apena como no es decible todo lo que ests diciendo... t no
pensabas as.

--Es que he aprendido!

--Yo tambin aprend, y de ti especialmente, a pensar de otro modo y no
me pesa, Melchor, porque en mi experiencia, poca o mucha, los pillos
representan el uno por ciento de los hombres que he conocido.

--Que no has conocido!... precisamente: que no has conocido! porque
han sido suficientemente astutos para embaucarte.

--De modo que la proporcin es inversa?...

--Posible... casi seguramente!...

--No digas eso, por Dios, Melchor!--exclam Lorenzo ponindose de pie y
caminando nerviosamente a lo largo del comedor, mientras Ricardo, echado
hacia atrs en su asiento, arrojaba al techo tenues espirales del humo
de su, cigarro, como deseando substraerse a la discusin.

--No lo dir si te incomoda--repuso Melchor con voluptuosa indiferencia.

--Me, desespera verte as!... Yo no s qu influencias perniciosas
gravitan ahora en tu espritu para hacerte ver las cosas y los
hombres...

--Como son!--le interrumpi Melchor con vehemencia, agregando:--yo he
pasado diez aos creyendo en todo lo bueno, lo amable, lo digno; yo he
pagado ya el tributo de mi inocencia; pero he aprendido a defenderme y a
calcular hasta la ms solapada intencin del que tengo delante y hoy me
siento capaz de juzgar a las cosas y a los hombres y a las mujeres sin
engaarme, entiendes?...

--Cmo he de entenderte, Melchor, si me hablas de condiciones negativas
desde que slo te sirven para ver todo malo, corrupto, repugnante?

--Y qu culpa tengo yo de que las cosas sean as?...

--Es que no son!... T no puedes considerar as a tu madre, ni a tu
padre, ni a los de Ricardo ni a los mos.

--Pongamos punto final, ch Lorenzo, si vas a argumentarme con las
madres... Son argumentos excesivos... y de los que seguramente no pienso
como t.

Lorenzo se dispona a contestar; pero se limit a mirar fijamente a
Melchor que al notar su silencio se inclin sobre la mesa para buscar,
por debajo de la gran lmpara colgante, la cara de su amigo que se
haba parado al otro extremo de la mesa.

--Mrame todo lo que quieras, Lorenzo, si no he dicho una blasfemia.

--Te miro asombrado, sencillamente; cre que ibas a formular una
protesta de respeto, de reverencia para las madres y vi en seguida que
me equivocaba... una vez ms.

--Y qu te equivocabas, por qu?... pretendes imponerme, tambin, tus
ideas o frmulas de amor filial?... me consideras capaz de la villana
de proclamar mi amor a mi madre como el ms grande de los que mi corazn
puede y debe sentir?

--Melchor!... Pero qu ests diciendo, por Dios!... T, el hijo
amantsimo, hace dos meses, vas a declarar ahora que no quieres a tu
santa madre?

--Por mucho que te espantes y por mucho que ahueques la voz, te dir sin
sensibleras ridculas que para m el famoso amor a la madre encubre un
agravio miserable y ruin.

--Qu monstruosidad!...--exclam Lorenzo.

Al or esto y ver a Lorenzo que se tomaba la cabeza con ambas manos,
Melchor se levant de la mesa, en la que acaso haba bebido demasiado, y
dando en ella un puetazo dijo poco menos que a gritos:

--Con todos tus gestos de ridculo reproche y con todos tus desplantes
de moralista recin llegado, t, t no seras capaz de explicarme
satisfactoriamente esta difundida predileccin por la madre... este
miserable afn de posponer al padre, invariablemente, en el orden de
nuestros afectos... esta, cobarde frmula que la nocin del adulterio
impone en los espritus bajos... Habla... te callas, eh?... Y quizs te
callas porque empiezas a comprender que te has vinculado, sin
reflexionarlo ni un instante, a esa agraviante predileccin por la madre
que slo se explica por medio de un raciocinio repugnante: amo a mi
madre, sobre todas las cosas, porque tengo la certeza de que soy su
hijo!

--Ests blasfemando, Melchor; pero sin duda mereces que se te
disculpe... t no ests en condiciones de discutir ahora... maana
hablaremos.

--Qu me quieres decir?... que estoy borracho?--rugi Melchor
aproximndose a Lorenzo en actitud amenazante. Al verlo Ricardo se
interpuso rpidamente, diciendo:

--No discutan ms, Melchor... t te alteras demasiado.

--Si no me altero, ch--repuso Melchor apaciblemente; pero alzando de
nuevo el tono de la voz exclam;--slo que no le voy a permitir a
Lorenzo ni a nadie, que me falte en mi casa!

--Yo soy incapaz de ofenderte--dijo Lorenzo en el mismo instante en que
entrando al comedor y dirigindose a Melchor, dijo Baldomero:

--Quiere venir un momento, don Melchor...

--Para qu?...

--Tengo que hablarlo; venga un momento...

--Qu misterio es se?... Hable aqu, Baldomero!...

Este se aproxim a Melchor y bajando la voz como si quisiera hablar para
l solo, pero dejndose or por Lorenzo y Ricardo a quienes, por detrs
de Melchor, haca seas de que no era cierto, le dijo:

--Ah est Anastasio... venga... Patroncito...

Melchor se puso visiblemente plido y dejndose llevar por Baldomero
sali del comedor.

* * *

Las cartas que Lorenzo y Ricardo haban enviado a sus familias fueron
portadoras de noticias cada vez ms halageas, pues a medida que
vivieron la vida sana del campo sintieron sus influencias en francas
manifestaciones de robustecimiento fsico ya que en lo moral haban sido
definitivamente curados por la accin tenaz, y altruista de Melchor.

Este en cambio haba cado en un desnivel, que lo condujo rpidamente a
todos los grados de la perversin, como si las energas de su espritu
se hubieran agotado o se hubieran trasvasado al de sus amigos,
respondiendo al principio en virtud del cual, cuando un platillo de la
balanza sube, el otro baja.

La vida del campo, en sus formas genuinamente camperas, haba
contribuido a culminar un proceso de decaimiento moral que se haba
iniciado sutilmente en Melchor, con alguna antelacin a su viaje a la
estancia; pero que no haba pasado inadvertido para el espritu de su
madre cuando le deca: tienes deberes a que _antes_ no habras
faltado, y la libertad absoluta de que gozaba en la estancia; las
influencias circundantes, en el estmulo de los ejemplos que le
rodeaban; la avidez de energas fsicas, equiparables a la del pen o
del toro y que se adue de su espritu en cuanto lo encontr
desprevenido o dbil; la distancia interpuesta entre sus jueces y sus
actos; las mismas resistencias subalternas con que sola chocar, todo
propenda a acelerar la cada y ms de una vez mientras Ricardo
ejecutaba en el piano una sonata de Beethoven, Melchor en la
caballeriza, punteaba una milonga en la guitarra mugrienta de algn
pen.

El aislamiento y el alcohol aceleraron el proceso de su agotamiento
moral y cuando un resto de luz iluminaba su cerebro hacindole mirar
hacia atrs con vergenza o hacia adelante con miedo se consolaba
pidiendo un mate a Ramona o bebiendo otra copa de cognac para rer en
seguida como un luchador que se conquista un triunfo.

Sus reacciones eran fugaces; tena a la mano los recursos para anularlas
y a ellos se acoga porque nunca le traicionaban ni le mentan, mientras
creca en su espritu el convencimiento de ser vctima de la
indiferencia y del egosmo de todos los que deberan rodearle solcitos
para brindarle consuelos que le negaron, goces que le usurpaban y
energas que le haban robado, para concluir pensando: ya nadie se
interesa por m... nadie me reclama con sinceridad, como si yo les
incomodara... nadie me da un consejo realmente honesto y digno de ser
aceptado... nadie me escribe, siquiera., sino por forma!...

Y entretanto las cartas amantsimas de su madre eran contestadas de
tarde en tarde y en breves lneas, y las cartas apasionadas y sinceras
de su novia muchas veces las lea Ramona antes que l y las de sus
amigos no merecan en muchos casos ms que una mirada de burla o de
encono...

Ninguna causa positiva justific el descenso y la cada; pero haba
prodigado su jovialidad ingnita hasta sentirse entristecido, y haba
trasvasado sus altruismos hasta ponerse egosta y haba dilapidado sus
energas morales hasta caer exnime en la abyeccin y en el vicio.

De nada valan las admoniciones amables de Lorenzo y Ricardo, ni los
consejos respetuosos de Baldomero, ni los reclamos angustiosos de la
propia madre, ni las hondas protestas de invariable y sincero afecto de
su novia; Melchor, el bueno, el digno, el honesto, el fuerte, haba
cado, quizs para no levantarse ms.

Cuando, transcurridos ms de dos meses, Lorenzo y Ricardo resolvieron
regresar a Buenos Aires en plena y amplia posesin de la salud
fsico-moral que haban readquirido por la accin exclusiva y constante
de Melchor, ste les manifest el propsito de quedarse en la estancia
durante algunos das ms.

--No te quedes, para qu? vente con nosotros--le repeta Lorenzo.

--Tengo que hacer aqu.

--Pero si no tienes nada que hacer, Melchor!, y aunque tuvieras, vente
con nosotros y te vuelves despus.

--Ahora no puedo, yo s por qu lo digo.

--Te inventas quehaceres, Melchor! Piensa que en tu casa estn abatidos
por tu conducta... que tu padre est enfermo... que Clota tiene derecho
a exigirte que vayas... t no puedes proceder as con esa nia.

--Ni ella tampoco conmigo.

--Vamos, Melchor... djate de cavilaciones infundadas! Clota es una
muchacha excelente y te ha demostrado una consecuencia que parece que no
quisieras reconocer.

--S, Melchor, Lorenzo tiene razn, t no debes quedarte.

--T tambin!... Hombre!... No faltaba ms!... Por poco voy a tener
que pedirles permiso a ustedes para fumar un cigarrillo.

--No, Melchor... nosotros no pretendemos contrariarte, ni primar en tus
resoluciones sensatas; pero t necesitas, por tu bien, salir de aqu...
acurdate de las ltimas cartas de tu casa.

--Yo las voy a contestar.

--Contstalas yendo, anda a ver a los viejos, arregla tu situacin en tu
oficina.

--Para lo que me importa del empleo bien me pueden destituir!

--Pero evtalo, pide nueva licencia, o renuncia de una vez.

--No quiero!... Qu me echen!... Mejor!...

--Cmo ha de ser mejor!... Y sobre todo tu padre est enfermo.

--El viejo no tiene nada...

--Eso no lo sabes... Adems, Clota...

--Bueno: basta! Al diablo!... Yo no los traje a ustedes de
tutores!... Vyanse cuando les d la gana! Entienden?... Yo s lo que
hago... Vyanse al diablo, y cuanto antes!...

Al prorrumpir en estas exclamaciones, dichas a gritos, Melchor se haba
levantado de la mesa en que almorzaban arrojando violentamente la
servilleta que al dar contra una copa la volte y dirigiose a las piezas
interiores en una de las que entr dando un formidable portazo.

--Debemos irnos ahora mismo, Lorenzo.

--Sin prdida de tiempo... esta situacin no puede prolongarse... voy a
ver a Baldomero para que nos facilite los medios... est colmada la
medida!...

Tras de Lorenzo, sali Ricardo en busca de Baldomero a quien
encontraron entretenido en trenzar unas riendas con tientos de carnero
sujetos a una argolla en la pared de la caballeriza.

--Baldomero--le dijo Lorenzo, intensamente agitado,--nosotros
necesitamos salir en seguida para el pueblo.

--Y... eso?...

--S, Baldomero, hganos el favor de darnos caballos, o el break; pero
sin demora; no debemos ni podemos permanecer aqu ms tiempo.

--Pero... qu, ha pasado algo?

--Lo que tena que suceder, desgraciadamente.

Baldomero dej caer contra la pared la rienda que estaba haciendo y que
empez a destrenzarse sola; se levant del trozo de madera en que estaba
sentado y roscndose la cabeza, dijo:

--Miren qu trabajo!... Ya deca yo... y don Melchor?

--No sabemos; despus de insultarnos groseramente se fue para adentro...
y nos ha echado.

--Qu dice, don Ricardo?... Y est en su cuarto?

--No, en su cuarto no est.

--No... est... en... su... cuarto... Voy a hablarlo!

--Mande ensillar, primero.

--Qu se van a ir a esta hora y con esta calor! ya vuelvo... miren
qu trabajo--agreg alejndose.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

--Dnde est don Melchor, Ramona?

--Yo no s.

--...Hum... conque... no... s... eh?

--Oh!... Y si no s... qu quiere que le haga?... Andar por ah...

--Por dnde?... diga... le digo!

--Y no le digo que no s...? Bsquelo.

--Qu hay conmigo?--dijo Melchor, saliendo al corredor y revelando en
su semblante y en sus gestos la profunda agitacin que lo embargaba.

--Nada, don Melchor... yo quera hablarlo... quiere que vamos para
all?--repuso Baldomero sealando hacia la sala.

--Hable aqu, no ms! Qu hay?...

Baldomero dirigi a Ramona una mirada que era una indicacin de
alejarse, como lo hizo, y mientras Melchor se paseaba nerviosamente por
delante de l le dijo, en tono humilde y tmido:

--Me dice don Lorenzo que se van...

--Y...? Qu se vayan!--contest Melchor casi gritando.

--Yo pensaba que no se iban a ir todava, don Melchor.

--Piense lo que le d la gana! Entiende?...

--Y tambin pensaba que soy merecedor de que usted no me trate as, don
Melchor.

--Pero qu pretende usted?... Qu se ha figurado?--exclam Melchor
parndose un instante frente a Baldomero en actitud amenazante.

--Clmese, don Melchor, si yo no le falto... yo s respetar a la
gente... pero estos seores parece que se van a ir con mala impresin...

--Mejor para ellos!

--Por qu no les habla, don Melchor?... Son mozos buenos... vea... y...
mire que lo quieren a usted!...

--A m!... a m no me quiere nadie, entiende?...

--Por qu dice eso?...

--Porque es as!... Yo he tenido muchos amigos cuando tena qu dar,
sabe, Baldomero? pero se acabaron esos tiempos!...

--Cmo se van a acabar, seor! Si a usted lo quieren hasta los
chimangos!...

--Yo s lo que digo, entiende? y no me chupo el dedo... y s que ni
uno de los que se llamaron amigos mos se acuerda de m para nada!

--Sabe, don Melchor, que me est haciendo acordar al carancho que come
y grita al mismo tiempo?... porque, dnde va a ir usted que no
encuentre amigos de verdad?

--Eso era antes!... y ya lo ve: hasta stos me dejan.

--Porque usted los trat mal... don Melchor.

--Mienten!... Son ellos... que se empean en convencerme de que soy un
sinvergenza y un miserable y qu s yo...

--Les habr entendido mal, don Melchor.

--Les entiendo perfectamente y s adonde van... Es el recurso de todos!
enojarse despus del beneficio para no tener el trabajo de dar un pucho
de gratitud... Ruines!... Mientras lo precisan al amigo no se ofenden
por nada... Todos... todos son iguales!... y el da en que le han
sacado el jugo... canallas!... se resienten por cualquier pavada... y
lo cuerean sin ascos!...

--Clmese, don Melchor; no hable as; estos seores son mozos bien...
quiere que los hable?...

--Quiero que se vayan cuanto antes! Y que me dejen en paz... que se
vayan a hablar mal de m, a otra parte!--repuso Melchor gritando como
para ser odo por todos y entr a su cuarto diciendo en voz alta:

--Ramona!... Deme un mate, que no he almorzado nada.

* * *

--Don Lorenzo, el coche est ya...

--Vamos en seguida, Baldomero; hganos poner estas cosas en el break.

--Y diga, don Lorenzo, por qu no le hablan a don Melchor?... puede que
cambie.

--Es intil, Baldomero, l ha visto perfectamente que nos vamos y no nos
ha dicho ni una palabra... Cmo ha de ser!...

--Hgalo por los viejos!--dijo Baldomero dejando caer unas lgrimas que
quedaron como engarzadas en las puntas de su barba entrecana.

--Nosotros sufrimos ms que usted, porque no slo asistimos al cuadro
que nos ofrece Melchor... sino que vamos a encontrarnos con su
familia... sobre todo con la seora!... con la madre! y calcule
nuestra situacin...

--Maldita sea la hora en que vine a encariarme con esta gente para
tener que ver estas cosas!--dijo el noble Baldomero arrojando lejos un
bozal que tena en la mano, y agreg casi entre sollozos:--Esto va a
matar a los viejos!... al pobre viejo enfermo!... un mozo as... ya
formado... y que es el orgullo de ellos... pobres... pobres viejos!...
ste es el pago!... Mire, don Lorenzo: a m no me da vergenza
lagrimear delante de ustedes... sabe?... porque ustedes van a ver
llorar a muchos hombres!...

--Lo mismo nos pasa a nosotros, Baldomero; pero qu quiere que
hagamos?...

--...Es una fatalidad!...

--As es, Baldomero... y para m es una pena como usted no se imagina...

--Hblelo, don Lorenzo...! usted puede mucho... dgale cmo est el
viejo... llveselo, seor!... llveselo por lo que ms quiera!... aqu
va a ser su perdicin...

En ese momento se oy la voz de Melchor que grit desde su cuarto:

--Baldomero!... Hgame ensillar el zaino.

--Voy, don Melchor!--contest y como si no hubiera odo la orden se
dirigi hacia el sitio en que Melchor estaba, pasndose las mangas de su
blusa por los ojos.

--Que me haga ensillar el zaino, le dije.

--Piensa salir con esta calor?

--Voy a acompaar a los muchachos que se van--contest Melchor mientras,
sentado en el borde de su cama, se calzaba tranquilamente las botas de
montar.

--Y usted tambin se va con ellos, don Melchor?...--le pregunt
insinuantemente Baldomero.

--Ni pienso!... a qu?... No! Voy a acompaarlos hasta la tranquera
del bajo.

--A m se me hace, don Melchor, que andan con ganas de quedarse unos
das ms, sabe? para irse con usted... por qu no les habla?

--No, Baldomero, djelos que se vayan--respondi Melchor continuando en
la tarea de vestirse, con la ms extraordinaria tranquilidad de
espritu,--ya no tienen nada que hacer aqu... vinieron a curarse... ya
estn curados... ahora se van... nada ms lgico... vinieron enfermos y
se van sanitos... vinieron descredos... y usted les ha odo hablar de
Dios contemplando las noches estrelladas, se acuerda?... vinieron
enfermos de cuerpo y alma... y se vuelven sanos... fuertes... con fe...
con todo!... slo dejan aqu... lo que ya no sirve... lo que ya no
necesitan... al amigo de antes!... djelos que se vayan!... as son
todos! todos!... todos!... igualitos!...

--Siento como que me duele el corazn, oyndolo hablar as, don
Melchor...! por qu dice todo eso?

--Porque es verdad!

--Qu ha de ser, seor!... y aunque fuera... que no lo es... siempre
hay quienes lo quieren de veras, don Melchor.

--A m?... Bah!...

--Y los viejos?... y las nias?... sus hermanas, don Melchor!
recurdese de la nena!

Al or esto Melchor que se pona el panam mirndose en el espejo del
ropero, dio vuelta rpidamente hacia Baldomero clavndole la vista como
en un reproche y cuando pareca que iba a prorrumpir en una amenaza dijo
como renunciando a ella y como para terminar con el dilogo:

--Mand ensillar el zaino?

--...Voy... S, seor... voy... cmo... ha... de... ser!...--contest
Baldomero alejndose.

Momentos despus el caballerizo ensillaba al zaino sin que nadie ms que
l estuviera en la caballeriza, que pareca abandonada.

gueda, Jos, Juancito y los peones comentaban, en la cocina, lo que
pasaba adentro; bajo el omb grande estaba el break en cuyo estribo
trasero se haba sentado Lorenzo que tena la cabeza apoyada entre las
manos; en las gruesas races del omb estaba sentado Hiplito y junto a
l, que con un palito trazaba marcas de hacienda en el suelo, Ricardo
de pie le consultaba sobre la hora de llegar al pueblo.

Casi no se adverta ms movimiento que el piafar de los caballos y el
batir continuo de sus colas espantando las moscas bravas y a ratos el
_gu_... _gu_... de alguna gallina que sala de los pastos en busca
de su nidal; pero en medio del sopor de aquella hora bochornosa una
racha helada cruzaba por la estancia!...

En eso apareci por el camino del jardn que daba acceso a la
caballeriza la figura esbelta de Melchor en cuyo rostro empalidecido se
destacaban las ojeras negras y profundas. Vesta su traje predilecto y
en el ojal de la blusa llevaba un hermoso gajo de sedrn...

--Ya estn listos, muchachos?--pregunt amablemente, casi sonriendo.

--S, Melchor... ya estamos listos--le contest Lorenzo, profundamente
abatido;--no tienes nada que mandar?

--Nada, ch... recuerdos... y si van por casa le dices al viejo que le
voy a escribir... y que yo ir dentro de unos das...

--Cundo?... ms o menos.

--Hombre!... Cuando me desocupe.

--Tienes algn trabajo que realizar?...

--El que correspondera al mayordomo... un establecimiento como ste...
aunque no sea gran cosa, necesita un mayordomo.

--Y Baldomero?...

--Por ah andar--dijo Melchor como si contestara a la pregunta,
dirigindose hacia su zaino y agreg:--cuando quieran.

Los dos viajeros se despidieron de todas las personas del servicio y al
disponerse a hacerlo con Melchor, ste les dijo:

--Los voy a acompaar.

--Cmo?... Vas a molestarte... y con este calor!

Por toda respuesta Melchor mont a caballo y cerrndole violentamente
las espuelas se dirigi por el jardn, entre la estupefaccin de todos,
hasta el corredor de la casa al que subi con su caballo y aproximndolo
a la ventana llam a Ramona, de quin los viajeros no se haban
despedido. Habl con ella que instantes despus le alcanz un vaso, cuyo
contenido bebi de un trago, y por el mismo camino volvi a colocarse
junto al break que luego se puso en marcha acompaado por l en
silencio... As llegaron a la tranquera que Melchor se apresur a abrir
sin bajar del caballo; el break se detuvo y descendieron los dos
viajeros aproximndose a Melchor que apoyado en la estribera izquierda
recogi la pierna derecha en cuyo pie conserv colgante el estribo y
sostenido por ella pareca dispuesto a escuchar tranquilamente la
despedida en una actitud de tan visible indiferencia que desconcert a
los dos desde el primer instante.

--Bueno, Melchor, adis! Slo nos queda agradecerte cuanto has hecho
por nosotros--le dijo Lorenzo, fija y framente contemplado por
Melchor,--y pedirte disculpas por lo que te hemos incomodado.

--Bueno, adis, entonces, que les vaya bien.

--Por mi parte, Melchor, no sabra cmo pagarte algo de lo mucho que has
hecho por m.

--Yo?... Bah! A m no me debes nada.

--Si quieres--dijo Lorenzo,--encrgame algo para tu casa.

--Les das recuerdos.

--O para Clota.

--Y le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo ir dentro de
unos das--volvi a repetir Melchor.

--Cuanto antes, Melchor!--le dijo Lorenzo bajo la presin de una
emocin tan intensa que casi le ahogaba la voz.--Cunto antes!... t no
debes quedarte aqu.

--Y me quedo.

--Pero haces mal; si quisieras nos volveramos a las casas para irnos
contigo maana o pasado... Quieres?...

--No, vyanse no ms, yo me quedo muy bien solo.

--Cmo ha de ser!--exclam Lorenzo ahogado por las ansias de llorar y
agreg:--yo seguir maana para Buenos Aires; pero Ricardo quedar unos
das en el pueblo, as es que cualquier cosa que necesites aqu o
all...

--Yo?... Qu voy a necesitar!...

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Ji!, modul Hiplito y el coche parti a todo trote, como si una
fuerza superior lo arrancara de aquel sitio y al travs de lgrimas
silenciosas vio Lorenzo que Melchor haba bajado del caballo para cerrar
la tranquera, en la que apoy luego los brazos cruzados, y bajo un sol
de fuego les contemplaba alejarse, mientras el zaino arrancaba, por
vicio, las matas de pasto que el freno le permita morder...

FIN
