LA FONTANA DE ORO

B. PREZ GALDS


[Illustration: ARS-NATURA-VERITAS]





MADRID 1921



Los hechos histricos  novelescos contados en este libro, se refieren 
uno de los periodos de turbacin poltica y social ms graves 
interesantes en la gran poca de reorganizacin, que principi en 1812 y
no parece prxima  terminar todava. Mucho despus de escrito este
libro, pues slo sus ltimas pginas son posteriores  la Revolucin de
Septiembre, me ha parecido de alguna oportunidad en los das que
atravesamos, por la relacin que pudiera encontrarse entre muchos
sucesos aqu referidos y algo de lo que aqu pasa; relacin nacida, sin
duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable
perodo de 1820-23. Esta es la principal de las razones que me han
inducido  publicarlo.


B.P.G.


Diciembre de 1870.



NDICE



      I.--La carrera de San Jernimo en 1821.
     II.--El club patritico
    III.--Un lance patritico y sus consecuencias
     IV.--Coletilla
      V.--La compaera de Coletilla
     VI.--El sobrino de Coletilla
    VII.--La voz interior
   VIII.--Hoy llega
     IX.--Los primeros pasos
      X.--La primera batalla
     XI.--La tragedia de _Los Gracos_
    XII.--La batalla de Plateras
   XIII.--No llega el esperado.--Llegada de un importuno
    XIV.--La determinacin
     XV.--Las tres ruinas
    XVI.--El siglo dcimoctavo
   XVII.--El sueo del liberal
  XVIII.--Dilogo entre ayer y hoy
    XIX.--El abate
     XX.--Bozmediano
    XXI.--Libre!
   XXII.--El _va-crucis_ de Lzaro
  XXIII.--La Inquisicin
   XXIV.--_Rosa mstica_
    XXV.--_Virgo prudentsima_
   XXVI.--Los disidentes de _La Fontana_
  XXVII.--Se queda sola
 XXVIII.--El ridculo
   XXIX.--Las horas fatales
    XXX.--_Virgo fidelis_
   XXXI.--La reunin misteriosa
  XXXII.--_La Fontanilla_
 XXXIII.--Las arpas se ponen tristes
  XXXIV.--El complot.--Triunfo de Lzaro
   XXXV.--El bonete del Nuncio
  XXXVI.--Aclaraciones
 XXXVII.--El _va-crucis_ de Clara
XXXVIII.--Continuacin del _va-crucis_
  XXXIX.--Un momento de calma
     XL.--El gran atentado
    XLI.--Fernando el Deseado
   XLII.--_Virgo potens_
  XLIII.--Conclusin






CAPTULO PRIMERO



#La Carrera de San Jernimo en 1821#.


Durante los seis inolvidables aos que mediaron entre 1814 y 1820, la
villa de Madrid presenci muchos festejos oficiales con motivo de
ciertos sucesos declarados _faustos_ en la _Gaceta_ de entonces. Se
alzaban arcos de triunfo, se tendan colgaduras de damasco, salan  la
calle las comunidades y cofradas con sus pendones al frente, y en todas
las esquinas se ponan escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza
estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el
pueblo no se manifestaba sino como un convidado mas, aadido  la lista
de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era
otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y
sealadas en los artculos del programa, y desempeaba como tal el papel
que la etiqueta le prescriba.

Las cosas pasaron de distinta manera en el perodo del 20 al 23, en que
ocurrieron los sucesos que aqu referimos. Entonces la ceremonia no
exista, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designacin de
puestos impresa en la _Gaceta;_ y sin necesidad de arcos, ni oriflamas,
ni banderas, ni escudos, pona en movimiento  la villa entera; haca de
sus calles un gran teatro de inmenso regocijo  ruidosa locura; turbaba
con un solo grito la calma de aquel que se llam el _Deseado_ por una
burla de la historia, y sola agruparse con sordo rumor junto  las
puertas de Palacio, de la casa de Villa  de la iglesia de Doa Mara
de Aragn, donde las Cortes estaban.

Aos de muchos lances fueron aquellos para la destartalada, sucia,
incmoda, desapacible y obscura villa! Sin embargo, no era ya Madrid
aquel lugarn fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus gloriosas
jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su iniciativa en los
asuntos polticos, la enaltecan, sobremanera. Era, adems, el foro de
la legislacin constituyente de aquella poca, y la ctedra en que la
juventud ms brillante de Espaa ejerca con elocuencia la enseanza del
nuevo derecho.

A pesar de todos estos honores, la villa y corte tena un aspecto muy
desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puerta del Sol como la ms
concreta expresin artstica de la cultura matritense. Inmutable en su
grosero pedestal, la estatua, que en anteriores siglos haba asistido al
tumulto de Oropesa y al motn de Esquilache, presida ahora el
espectculo de la actividad revolucionaria de este buen pueblo, que
siempre converga  aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.

Si fuera posible trasladar al lector  las gradas de San Felipe,
capitolio de la chismografa poltica y social,  sentarle en el hmedo
escao de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunin de un pblico ms
plebeyo, comprendera cuan distinto de lo que hoy vemos era lo que vean
nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamara su atencin que una
gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se renen desde que
existe, lo abandonaban  la cada de la tarde para dirigirse  la
Carrera de San Jernimo   otra de las calles inmediatas. Aquel pblico
iba  los clubs,  las reuniones patriticas,  _La Fontana de Oro_, al
_Grande Oriente_,  _Lorencini_,  la _Cruz de Malta_. En los grupos
sobresalan algunas personas que, por su ademn solemne, su mirada
protectora, parecan ser tenidos en grande estima por los dems.
Aparentaban querer imponer silencio  la multitud; otras veces,
extendiendo los brazos en cruz, volvanse atrs como quien pide
atencin: todo esto hecho con una oficiosa gravedad que indicaba influjo
muy grande  presuncin no pequea.

La mayor porte se diriga  la Carrera. Es porque all estaba el club
ms concurrido, el ms agitado, el ms popular de los clubs: _La Fontana
Se Oro_. Ya entraremos tambin en el caf revolucionario. Antes
crucemos, desde el Buen Suceso  los Italianos, esta alegre y animada
Carrera de los Padres Jernimos, que era entonces lo que es hoy y lo
que ser siempre: la calle ms concurrida de la capital.

Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle est formada por
viviendas particulares, no podis comprender lo que era entonces una va
pblica ocupada casi totalmente por los tristes paredones de tres 
cuatro conventos. Imposible es comprender hoy la obscuridad que
proyectaban sobre la entrada de la Carrera el ancho paredn del
Monasterio de la Victoria por un lado, y la sucia y corroda tapia del
Buen Suceso por otro. Ms all formaban en lnea de batalla las monjas
de Pinto; por encima de la tapia, que serva de prolongacin al
convento, se vean las copas de los cipreses plantados junto  las
tumbas. Enfrente campeaba la ermita de los Italianos, no menos ridcula
entonces que hoy, y ms abajo, en lo ms rpido del declive, el Espritu
Santo, que despus fu Congreso de los Diputados.

Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo ms bajo de
la calle se vea la vasta fachada del palacio de Medinaceli, con su
ancho escudo, sus innumerables ventanas, su jardn  un lado y su
fundacin piadosa  otro; enfrente los Valmedianos, los Pignatellis y
Gonzagas; ms ac los Pandos y Macedas, y, finalmente, la casa de Hjar,
que hasta hace poco ostentaba en su puerta la cadena histrica,
distintivo de la hospitalidad ofrecida  un monarca. Quedaba para catas
particulares, para tiendas y sitios pblicos la tercera parte de la
calle: esto es lo que describiremos con ms detencin, porque es
importante dar  conocer el gran escenario donde tendrn lugar algunos
importantes hechos de esta historia.

Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la Victoria, se
hallaba un gran prtico, entrada de una antiqusima casa que,  pesar de
su escudo decorativo, grabado en la clave del balcn, era en aquel
tiempo una casa de vecindad en que vivan hasta media docena de honradas
familias. Su noble origen era indudable; pero fu adquirida no sabemos
cmo por la comunidad vecina, que la alquil para atender  sus
necesidades. En dicho portal, bastante espacioso para que entraran por
l las enormes carrozas de su primitivo seor, tena su establecimiento
un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y en el mismo
portal, un poco ms adentro, estaban los almacenes de quincalla de un
hermano de dicho memorialista, que haba venido de Ocafia  la Corte
para _hacer carrera_ en el comercio. Constaba su tienda de tres
menguados cajoncillos, en que haba algunos paquetes de peines, unas
cuantas cajas de obleas, juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios
con cruces y medallones de estao.

La parte de la izquierda, y especialmente el rincn contiguo  la
puerta, era un lugar en que el pblico ejerca un incontestable derecho
de servidumbre. Era un centro urinario: la secrecin pblica haba
trocado aquel rincn en foco de inmundicia, y especialmente por las
noches la ofrenda lquida aumentaba de tal modo, que el escribiente y su
hermano hacan propsito firme de abandonar el local. En vano se
amonestaba al pblico con terribles pragmticas de polica urbana,
promulgadas por la autorizada voz del memorialista. El pblico no
renunciaba por esto  su costumbre, y de seguro lo habran pasado mal
los dos hermanos si hubieran tratado de impedir por la fuerza la
libertad mingitoria, autorizada por un derecho consuetudinario que,
segn la feliz expresin de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en
la naturaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecindario.

Enfrente de este portal clsico haba una puertecilla, y por los dos
yelmos de Mambrino, labrados en finsimo metal del Alcaraz y
suspendidos  un lado y otro, se vena en conocimiento de que aquello
era una barbera. Por mucho de notable que tuviera el exterior de este
establecimiento, con su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de
sanguijuelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos vietas dignas
de Maella, que representaban la una un individuo en el momento de ser
afeitado, y la otra una dama  quien sangraban en un pie, mucho ms
notable era su interior. Tres mozos, capitaneados por el maestro
Calleja, rapaban semanalmente las barbas de un centenar de liberales de
los ms recalcitrantes. All se discuta, se hablaba del Rey, de las
Cortes, del Congreso de Verona, de la _Santa Alianza_. Oirais all la
peroracin contundente del oficial primero y ms antiguo, mozo que se
deca pariente de Poilier, el mrtir de la libertad. Al comps de la
navaja se recitaban versos amenizados con agudezas polticas; y las
voces _camarilla, coletilla, trgala, Elio, la Bisbal, Vinuesa_,
formaban el fondo de la conversacin. Pero lo ms notable de la barbera
ms notable de Madrid, era su dueo, Gaspar Calleja (se haba quitado el
Don despus de 1820), hroe de la revolucin, y uno de los mayores
enemigos que tuvo Fernando el ao 14. As lo deca l.

Ms lejos estaba la tienda de gneros de unos irlandeses establecidos
aqu desde el siglo pasado. Vendan, juntamente con el raso y el
organd, encajes flamencos y catalanes, alepn para chalecos, ante para
pantalones, corbatas de color de las llamadas _guirindolas_, y
_carrikes_ de cuatro cuellos, que estaban entonces en moda. El patrn
era un irlands gordo y suculento, de cara encendida, lustrosa y redonda
como un queso de Flandes. Tena fama de ser un serviln de  folio,
pero, si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del pas,
y especialmente de la Carrera de San Jernimo, le obligaban 
disimularlo. Fundbanse los que tan feo vicio imputaban al irlands, en
que cuando pasaba por la calle la Majestad de Fernando  Amalia, la
Alteza de _mi to el doctor_  de don Carlos, el buen comerciante dejaba
apresuradamente su vara y su escritorio para correr  la puerta,
asomndose con ansiedad y mirando la real comitiva con muestras de
ternura y adhesin. Pero esto pasaba, y el irlands volva  su habitual
tarea, haciendo todas las protestas que sus amigos le exigan.

Cerca de la tienda del irlands se abra la puerta de una librera, en
cuyo mezquino escaparate se mostraban abierto por su primera hoja
algunos libros, tales como la _Historia de Espaa_, por Duchesne; las
novelas de Voltaire, traducidas por autor annimo; _Las noches_ de
Young; el _Viajador sensible_, y la novela de _Arturo y Arabella_, que
gozaba de gran popularidad en aquella poca. Algunas obras de Montiano,
Porcell, Arriaza, Olavide, Feijo, un tratado del lenguaje de las flores
y la _Gua del comadrn_, completaban el repertorio.

Al lado, y como formando juego con este templo literario, estaba una
tienda de perfumera y de bisutera con algunos objetos de caza, de
tocador y de encina, que todo esto formaban comercio comn en aquellos
das. Por entre los botes de pomadas y cosmticos; por entre las cajas
de alfileres y juguetes, se descubra el perfil arqueolgico de una
vieja que era ama, dependiente y aun fabricante de algunas drogas. Ms
all haba otra tienda obscura, estrecha y casi subterrnea en que se
vendan papel, tinta y cosas de escritorio, amn de algn braguero 
otro aparato ortopdico de singular forma. En la puerta penda colgado
de una espetera un manojo de plumas de ganso, y en lo ms profundo y ms
lbrego de la tienda lucan como los ojos de un lechuzo en el recinto de
una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don Anatalio Mas,
gran jefe de aquel gran comercio.

Enfrente haba una tienda de comestibles; pero de comestibles
aristocrticos. Exista all un horno clebre, que asaba por Navidades
ms de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas de
perdices y de liebres no tena rival; sus pasteles eran celebrrimos,
y nada igualaba  los lechoncillos asados que salan de aquel gran
laboratorio. En das de convite, de cumpleaos  de boda, no encargar
los principales platos  casa de _Perico el Mahons_ (as le
llamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se
vendan en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra y
mantecadas de Astorga.

No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los algodones,
las lanas, las madejas y cintas de doa Ambrosia (antes de 1820 la
llamaban la ta Ambrosia), respetable matrona, comerciante en hilado: el
exterior de su tienda pareca la boca escnica de un teatro de aldea.
Por aqu colgaba  guisa de pendn, una pieza de lanilla encarnada; por
all un ceidor de majo; ms all ostentaba una madeja sus innumerables
hilos blancos, semejando los pistilos de gigantesca flor; de lo alto
penda algn camisoln, infantiles trajes de mameluco, cenefas de
percal, sartas de pauelos, refajos y colgaduras. Encima de todo esto,
una larga tabla en figura de media, pintada de negro, fija en la muralla
y perpendicular  ella, serva de muestra principal. En el interior todo
era armona y buen gusto; en el trpode del centro tenan poderoso
cimiento las caderas de doa Ambrosia, y ms arriba se ostentaba el
pecho ciclpeo y corpulento busto de la misma. Era espaola rancia,
manchega y natural de Quintanar de la Orden, por ms seas; seora de
muy nobles y cristianos sentimientos. Respecto  sus ideas polticas,
cosa esencial entonces, baste decir que qued resuelto despus de
grandes controversias en toda la calle, que era una servilona de lo ms
exagerado.

Estas tiendas, con sus respectivos muestrarios y sus tenderos
respectivos, constituan la decoracin de la calle; haba adems una
decoracin movible y pintoresca, formada por el gento que en todas
direcciones cruzaba, como hoy, por aqul sitio. Entonces los trajes eran
singularsimos. Quin podra describir hoy la oscilacin de aquellos
puntiagudos faldones de casaca? Y aquellos sombreros de felpa con el
ala retorcida y la copa aguda como piln de azcar? Se comprenden hoy
los tremendos sellos de reloj, pesados como badajos de campana, que iban
marcando con impertinente retintn el paso del individuo? Pues y las
botas  la _farol_ y las mangas de jamn, que seran el ltimo grado de
la ridiculez, si no existieran los tups hiperblicos, que asimilaban
perfectamente la cabeza de un cristiano  la de un guacamayo?

El gremio cocheril exhiba all tambin sus ms caractersticos
individuos. Lo menos veinte veces al da pasaban por esta calle las
carrozas de los grandes que en las inmediaciones vivan. Estas carrozas,
que ya se han sumergido en los obscuros abismos del no ser, se componan
de una especie de navo de lnea, colocado sobre una armazn de hierro;
esta armazn se mova con la pausada y solemne revolucin de cuatro
ruedas, que no tenan velocidad ms que para recoger el fango del piso y
arrojarlo sobre la gente de  pie. El vehculo era un inmenso cajn: los
de los das gordos estaban adornados con placas de carey. Por lo comn
las paredes de los ordinarios eran de nogal bruido,  de caoba, con
finsimas incrustaciones de marfil  metal blanco. En lo profundo de
aquel antro se vea el nobilsimo perfil de algn prcer esclarecido, 
de alguna vieja esclarecidamente fea. Detrs de esta mquina, clavados
en pie sobre una tabla, y asidos  pesadas borlas, iban dos grandes
levitones que, en unin de dos enormes sombreros, servan para
patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras simblicas de la
etiqueta, sin alma, sin movimientos y sin vida. En la proa se elevaba el
cochero, que en pesadez y gordura tena por nicos rivales  las mulas,
aunque stas solan ser ms racionales que l.

Rodaba por otro lado el vehculo pblico, tartana calesa  galera, el
carromato tirado por una reata de bestias esculidas; y entre todo esto
el esportillero con su carga, el mozo con sus cuerdas, el aguador con su
cuba, el prendero con su saco y una pila de seis  siete sombreros en la
cabeza, el ciego con su guitarra y el chispero con su sartn.

Mientras nos detenemos en esta descripcin, los grupos avanzan hacia la
mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada  un
local, que no debe de ser pequeo, pues tiene capacidad para tanta
gente. Aqulla es la clebre _Fontana de Oro, caf y fonda_, segn el
cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunin de la juventud
ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiracin,
ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y de or su aplauso
irreflexivo. All se haba constituido un club, el ms clebre 
influyente de aquella poca. Sus oradores, entonces nefitos exaltados
de un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la poltica del pas;
muchos de ellos viven hoy, y no son por cierto tan amantes del bello
principio que entonces predicaban.

Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aquellos jvenes fueron
en aos posteriores. Nuestra historia no pasa ms ac de 1821. Entonces
una democracia nacida en los trastornos de la revolucin y alzamiento
nacional, fundaba el moderno criterio poltico, que en cincuenta aos se
ha ido difcilmente elaborando. Grandes delirios bastardearon un tanto
los nobles esfuerzos de aquella juventud, que tom sobre s la gran
tarea de formar y educar la opinin que hasta entonces no exista. Los
clubs, que comenzaron siendo ctedras elocuentes y palestra de la
discusin cientfica, salieron del crculo de sus funciones propias
aspirando  dirigir los negocios pblicos,  amonestar  los gobiernos 
imponerse  la nacin. En este terreno fu fcil que las personalidades
sucedieran  los principios, que se despertaran las ambiciones, y lo que
es peor, que la venalidad, cncer de la poltica, corrompiera los
caracteres. Los verdaderos patriotas lucharon mucho tiempo contra esta
invasin. El absolutismo, disfrazado con la mscara de la ms abominable
demagogia, socav los clubs, los domin y vendilos al fin. Es que la
juventud de 1820, llena de fe y de valor, fu demasiado crdula 
demasiado generosa. O no conoci la falacia de sus supuestos amigos, 
conocindola, crey posible vencerles con armas nobles, con la
persuasin y la propaganda.

Una sociedad decrpita, pero conservando an esa tenacidad
incontrastable que distingue  algunos viejos, sostena encarnizada
guerra con una sociedad lozana y vigorosa llamada  la posesin del
porvenir. En este libro asistiremos  algunos de sus encuentros.

Sigamos nuestra narracin. Los curiosos se paraban ante la _Fontana_;
salan los tenderos  las puertas; el barbero Calleja, que se haca
llamar _ciudadano Calleja_, estaba tambin en su puerta pasando una
navaja, y contemplando el club y  sus parroquianos con una mirada
presuntuosa, que quera decir: "si yo fuera all...."

Algunas personas se acercaron  la barbera formando corro alrededor del
maestro. Uno lleg muy presuroso, y pregunt:

"Qu hay? Ocurre algo?"

Era el recin venido uno de esos individuos de edad indefinible, de esos
que parecen viejos  jvenes, segn la fuerza de la luz  la expresin
que dan al semblante.

Su estatura era pequea, y tena la cabeza casi inmediatamente adherida
al tronco, sin ms cuello que el necesario para no ser enteramente
jorobado. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruzaba las
manos sobre l con movimiento de cariosa conservacin. Sus ojos eran
medio cerrados y pequeos, pero muy vivos, formando armoniosa simetra
con sus labios delgados, largos y elsticos, que en los momentos ms
ardorosos de la conversacin avanzaban formando un tubo acstico que
daba  su voz intensidad extraordinaria. A pesar de su traje seglar,
haba en este personaje no s qu de frailuno. Su cabeza pareca hecha
pura la redondez del cerquillo, y ancho gabn que envolva su cuerpo,
ms que gabn, pareca un hbito. Tena la voz muy destemplada y acre;
pero sus movimientos eran sumamente expresivos y vehementes.

Para concluir, diremos que este hombre se llamaba Gil de nombre y
Carrascosa de apellido; educronle los frailes agustinos de Mstoles, y
ya estaba dispuesto para profesar, cuando se march del convento,
dejando  los Padres con tres palmos de boca abierta. A fines de siglo
logr, por amistades palaciegas, que le hicieran abate; mas en 1812
perdi el beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fu ardiente
liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones con el
favorito Alagn le proporcionaron un destino de covachuelista con diez
mil reales. Entonces era absolutista decidido; pero la Jura de la
Constitucin por Fernando en 1820 le hizo variar de opiniones hasta el
punto de llegar  alistarse en la sociedad de los _Comuneros_ y formar
pandilla con los ms exaltados. Cuando tengamos ocasin de penetrar en
la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos detalles de cierta
aventura con una beldad quintaona de la calle de la Gorguera, y
sabremos tambin los malos ratos que con este motivo le hizo pasar
cierto estudiantillo, poeta clsico, autor de la nunca bien ponderada
tragedia de los Gracos.

"Pues no ha de ocurrir?--dijo Calleja.--Hoy tenemos sesin
extraordinaria en la _Fontana_. Se trata de pedir al Rey que nombre un
Ministerio exaltado, porque el que est no nos gusta. Tendremos discurso
de Alcal Galiano.

--Aquel andaluz feo...

--Si, ese mismo. El que el mes pasado dijo: _No haya perdn ni tregua
para los enemigos de la libertad. Qu quieren esos espritus obscuros,
esos...?_ Y por aqu segua con un pico de oro....

--Ya les dar que hacer--observ Carrascosa--Qu elocuencia! Qu
talento el de ese muchacho!

--Pues yo, seor don Gil--manifest Calleja,--respetando la opinin de
usted, para mi tan competente, dir...."

Y aqu tosi dos veces, emiti un par de gruidos por va de proemio,
y continu:

"Dir que, aunque admiro como el que ms las dotes del joven Alcal
Galiano, prefiero  Romero Alpuente, porque es ms expresivo, ms
fuerte, ms ... pues. Dice todas las cosas con un arranque ... por
ejemplo, aquello de _al que quiera hierro, hierro_! y aquello de _no
buscan los tiranos su apoyo en la vara de la justicia; bscanle en los
maderos del cadalso, en el hombro deshonrado del verdugo_! Si le digo 
usted que es un....

--Pues yo--contest el ex abate,--aunque admiro tambin  Romero
Alpuente, prefiero  Alcal Galiano, porque es ms exacto, ms
razonador....

--Se engaa usted, amigo Carrascosa. No me compare usted  ese hombre
con el mo; que todos los oradores de Espaa no llegan al zancajo de
Romero Alpuente. Pues y aquel pasaje de los _abajos_? Cuando deca:
_Abajo los privilegios, abajo lo superfluo, abajo ese lujo que llaman
rey..._! Ah! Si es mucha boca aquella."

Calleja repeta estos trozos de discurso con mucho nfasis y afectacin.
Recordaba la mitad de lo que oa, y al llegar la ocasin comenzaba 
desembuchar aquel arsenal oratorio, mezclndolo todo y haciendo de
distintos fragmentos una homila substancial y disparatada. Se nos
olvidaba decir que este ciudadano Calleja era un hombre muy corpulento y
obeso; pero aunque pareca hecho expresamente por la Naturaleza para
patentizar los puntos de semejanza que puede haber entre un ser humano y
un toro, su voz era tan clueca, fallida y aternerada, que daba risa
orle declamar los retazos de discursos que aprenda en la _Fontana_.

Pues no estamos conformes--contest Carrascosa, accionando con mucho
aplomo,--porque qu tiene que ver esa elocuencia con la de Alcal, el
cual es hombre que, cuando dice "all voy", le levanta  uno los pies
del suelo?

--Es verdad--dijo, terciando en el debate, uno de los circunstantes, que
deba de ser torero,  juzgar por su traje y la trenza que en el cogote
tena;--es verdad. Cuando Alcal embiste  los tiranos y se empieza 
calentar.... Pues no fu mal puyazo el que le meti el otro da  la
Inquisicin. Pero, sobre todo, lo que ms me gusta es cuando empieza
bajito y despus va subiendo, subiendo la voz.... Les digo  ustedes que
es el espada de los _oraores_.

--Seores--afirm Calleja,--repito que todos esos son unos muecos al
lado de Romero Alpuente. Cmo puso  los frailes hace dos noches! A
que no saben ustedes lo que les dijo? A que no saben...? Ni al mismo
demonio se le ocurre.... Pues los llam.... _sepulcros blanqueados!_...
Miren qu mollera de hombre....

--No se empee usted, Calleja--refunfu el ex covachuelista con alguna
impertinencia.

--Pero venga usted ac, seor don Gil--dijo Calleja, haciendo todo lo
posible por engrosar la voz.--Si sabr yo quin es Alcal Galiano y los
puntillos que calzan todos ellos! A m con esas! Yo, que les calo 
todos desde que les veo, y no tengo ms que orles decir _castaas_ para
saber de qu palo estn hechos....

--Creo, seor don Gaspar, que est usted muy equivocado, y no s por qu
se cree usted tan competente,--indic Carrascosa en tono muy grave.

--Pues no he de serlo? Yo, que paso las noches oyndoles  todos, no
saber lo que son! Vamos, que algunos que se tienen por muy buenos, no
son ms que ingenios de racin y equitacin.

--Es verdad tambin que Romero Alpuente no es ningn rana--dijo otro de
los presentes.

--Cmo rana?--exclam, animndose, Calleja.--Que le sobra talento por
los tejados!... Y  usted, seor Carrascosa, quin le ha dicho que yo
no soy competente? Quin es usted para saberlo?

--Que quin soy? Y usted qu entiende de discursos?

--Vamos, seor don Gil, no apure usted mi paciencia. Le digo  usted que
le tengo por un ignorante lleno de presuncin.

--Respete usted, seor Calleja--exclam don Gil un poco
conmovido;--respete usted  los que por sus estudios estn en el caso
de... Yo... yo soy graduado en cnones en la Complutense.

--Cnones, ya. Eso es cosa de latn. Qu tiene que ver eso con la
poltica? No se meta usted en esas cuestiones, que no son para cabezas
ramplonas y de cuatro suelas.

--Usted es el que no debe meterse en ellas--exclam Carrascosa sin
poderse contener;--y el tiempo que le dejan libre las barbas de sus
parroquianos, debe emplearlo en arreglar su casa.

--Oiga usted, seor pedante complutense, canonista, teatino,  lo que
sea, vyase  mondar patatas al convento de Mstoles, donde estar ms
en su lugar que aqu.

--Caballero--dijo Carrascosa, ponindose de color de un tomate y mirando
 todos lados para pedir auxilio, porque aunque tena al barbero por lo
que era, por un solemne gallina, no se atreva con aquel corpachn de
ocho pies.

--Y ahora que recuerdo--aadi con desdn el rapista,--no me ha pagado
usted las sanguijuelas que llev para esa seora de la cal  de la
Gorguera, hermana del tambor mayor de la Guardia Real.

--Tambin me llama usted estafador? Mejor hara el ciudadano Calleja
en acordarse de los diez y nueve reales que le prest mi primo, el
que tiene la pollera en la calle Mayor; reales que le ha pagado como
mi abuela.

--Vamos, que t y el pollero sois los dos del mismo estambre.

--S, y acurdese de la guitarrilla que le rob  Perico Sardina el da
de la merienda en Migas Calientes.

--La guitarrilla, eh? Dice usted que yo le rob una guitarrilla?
Vamos, no me venga usted  m con indirectas...--contest el barbero,
queriendo parecer sereno.

--Vngase usted aqu con pamplinas: si no le conoceremos, seor
_Callejn angosto_.

--Anda, que te quedaste con la colecta el da de San Antn. Catorce
pesos! Pero entonces eras realista y andabas al rabo de Otolaza para
que te hiciera limpia-polvos de alguna cocina. Entonces dabas vivas
al Rey absoluto, y en la estudiantina del Carnaval le ofreciste un
ramillete en el Prado. Anda, aprende conmigo, que, aunque barbero, he
sido siempre liberal, s, seores. Liberal aunque barbero; que yo no soy
cualquier vende-humos, sino un ciudadano honrado y liberal como
cualquiera. Pero miren  estos realistones: ahora han cambiado de
casaca. Despus que con sus delaciones tenan las crceles atarugadas de
gente; se agarran  la Constitucin, y ya estn en campaa como toro en
plaza, dando vivas  la libertad.

--Seor Calleja, usted es un insolente.

--Serviln!

Esta voz era el mayor de los insultos en aquella poca, Cuando se
pronunciaba, no haba remedio: era preciso reir.

Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el mejoramiento y
cultivo de las barbas de la mitad del gnero humano se alzaba en la
mano del iracundo barbero; ya el agudo filo resplandeca en lo alto,
prximo  caer sobre el indefenso crneo del que fu lego, abate y
covachuelista, cuando otra mano providencial ataj el golpe tremendo
que iba  partir en dos tajadas  todo un graduado en cnones de la
Complutense. Esta mano protectora era la mano robusta de la mujer de
Calleja, la cual, desconcertada y trmula al ver desde el rincn de su
tienda la actitud terriblemente agresiva de su esposo, dej con rapidez
la labor, ech en tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentales
pechos se alimentaba, y arreglndose lo mejor que pudo el mal
encubierto seno, corri  la puerta y libr al pobre Carrascosa de una
muerte segura.

Las tres figuras permanecieron algunos segundos formando un bello grupo.
Calleja con el brazo alzado y el rostro encendido; su esposa, que era
tan gigantesca como l, le sostena el brazo; el pobre Gil, mudo y
petrificado de espanto. Doa Teresa Burguillos, que as se llamaba la
dama, era de formas colosales y bastas; pero tena en aquellos momentos
cierta majestad en su actitud, la cual recordada  Minerva en el momento
de detener la mano de Aquiles, pronta  desnudar el terrible acero
clsico. El Agamenn de la Covachuela ofreca un aspecto poco acadmico
en verdad.

"Ciudadano Calleja--dijo aquella seora en tono muy reposado,--no
emplees tus armas contra ese peln, que se pudre  todo podrir:
gurdalas para los tiranos."

Calleja cerr, pues, la navaja, y la guard para los tiranos.

Don Gil se apart de all, llevado por algunos amigos, que quisieron
impedir una catstrofe; y poco despus, el grupo que all se haba
formado quedaba disuelto.

La amazona cerr la puerta, y dentro continu su perorata interrumpida.
No queremos referir las muchas cosas buenas que dijo, mientras el
muchacho se apoderaba otra vez del pecho, que tan bruscamente haba
perdido. Basto decir, para que se comprenda lo que vala doa Teresa
Burguillos, que saba leer, aunque con muchas dificultades, hallndose
expuesta  entender las cosas al revs; que  fuerza de mascullones
poda enterarse de algunos discursos escritos, retenindolos en la
memoria; que alentada por la barberil elocuencia y liberalesca conducta
de su esposo, se haba hecho una gran poltica, y que era muy entusiasta
de Riego y de Quiroga, aunque ms que los _hombres de sable_ le gustaban
los _hombres de palabra_, llegando hasta decir que no conoca caballero
ms galantemente discreto que _Paco_ (as mismo) Martnez de La Rosa. Es
casi seguro que manifest deseos de tener delante al _brbaro Elio_ para
clavarle sus tijeras en el corazn. Penetremos ahora en la _Fontana_.





CAPTULO II



#El club patritico#.


En la _Fontana_ es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios: el
correspondiente al caf, y el correspondiente  la poltica. En el
primer recinto haba unas cuantas mesas destinadas al servicio. Ms al
fondo, y formando un ngulo, estaba el local en que se celebraban las
sesiones. Al principio el orador se pona en pie sobre una mesa, y
hablaba; despus el dueo del caf se vi en la necesidad de construir
una tribuna. El gento que all concurra era tan considerable, que fu
preciso arreglar el local, poniendo bancos _ad hoc_; despus, 
consecuencia de los altercados que este club tuvo con el _Grande
Oriente_, se demarcaron las filiaciones polticas; los exaltados se
encasillaron en la _Fontana_, y expulsaron  los que no lo eran. Por
ltimo, se determin que las sesiones fueran secretas, y entonces se
traslad el club al piso principal. Los que abajo hacan el gasto
tomando caf  chocolate, sentan en los momentos agitados de la
polmica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo,
que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo con toda la
mole patritica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando
la costumbre inveterada de concurrir al caf.

Una de las cuestiones que ms preocupaban al dueo fu la manera de
armonizar lo mejor posible el patriotismo y el negocio, las sesiones del
club y las visitas de los parroquianos. Dirigi conciliadoras
amonestaciones para que no hicieran ruido pero esto parece que fu
interpretado como un primer conato de servilismo, y aument el ruido, y
se fueron los parroquianos.

En la poca  que nuestra historia se refiere, las sesiones estaban
todava en la planta baja. Aqullos fueron los buenos das de la
_Fontana_. Cada bebedor de caf formaba parte del pblico.

Entre los numerosos defectos de aquel local, no se contaba el de ser
excesivamente espacioso: era, por el contrario, estrecho, irregular,
bajo, casi subterrneo. Las gruesas vigas que sostenan el techo no
guardaban simetra. Para formar el caf fu preciso derribar algunos
tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio
suficiente, se pens en decorarlo con arte.

Los artistas escogidos para esto eran los ms hbiles pintores de
muestra de la Villa. Tendieron su mirada de guila por las estrechas
paredes, las gruesas columnas y el pesado techo del local, y unnimes
convinieron en que lo principal era poner unos capiteles  aquellas
columnas. Improvisaron unas volutas, que parecan tener por modelo las
morcillas extremeas, y las clavaron, pintndolas despus de amarillo.
Se pens despus en una cenefa que hiciera el papel de friso en todo lo
largo del saln; mas como ninguno de los artistas saba tallar
bajo-relieves, ni se conocan las maravillas del cartn-piedra, se
convino en que lo mejor sera comprar un listn de papel pintado en los
almacenes de un marsells recientemente establecido en la calle de
Majaderitos. As se hizo, y un da despus la cenefa, engrudada por los
mozos del caf, fu puesta en su sitio. Representaba unos crneos de
macho cabro, de cuyos cuernos pendan cintas de flores que iban 
enredarse simtricamente en varios tirsos adornados con manojos de
frutas, formando todo un conjunto anaecrentico-fnebre de muy mal
efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco con rfagas de rosa y
verde, destinadas  hacer creer que eran de jaspe. En los dos testeros
prximos  la entrada, se colocaron espejos como de  vara; pero no
enterizos, sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra
de hojalata. Estos espejos fueron cubiertos con un velo verde para
impedir el uso de los derechos de domicilio que all pretendan tener
todas las moscas de la calle. A cada lado de estos espejos se coloc un
quinqu, sostenido por una peana anaecrentico, donde se
apoyaba el receptculo; y ste reciba diariamente de las entraas de
una alcuza, que detrs del mostrador haba, la substancia necesaria para
arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta ms de media noche,
hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba  un lado y otro como
quien dice _no_, y se extingua, dejando que salvaran la patria 
obscuras los apstoles de la libertad.

El humo de estos quinqus, el humo de los cigarros, el humo del caf
haban causado considerable deterioro en el dorado de los espejos, en el
amarillo de los capiteles, en los jaspes y en el friso clsico. Solo por
tradicin se saba la figura y color de las pinturas del techo, debidas
al pincel del peor de los discpulos de Maella.

Los muebles eran muy modestos; reducanse  unas mesas de palo, pintadas
de color castao simulando caoba en la parte inferior, y embadurnadas de
blanco para imitar mrmol en la parte superior, y  medio centenar de
banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por
innumerables agujeros, se sala con mucho gusto de su encierro.

El mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escaln, y en su
fachada tena un medalln donde las iniciales del amo se entrelazaban en
confuso jeroglfico. Detrs de este catafalco asomaba la imperturbable
imagen del cafetero, y  un lado y otro de ste, dos estantes donde se
encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al travs de la mitad de
estos cristales se vean tambin bollos, libras de chocolate y algunas
naranjas; y decimos la mitad de los cristales, porque la otra mitad no
exista, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamente
pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encima
del estante, por encima de los hombros del amo, se vea saltar un gato
enorme, que pasaba la mayor parte del da acurrucado en un rincn,
durmiendo el sueo de la felicidad y de la hartura. Era un gato
prudente, que jams interrumpa la discusin, ni se permita maullar ni
derribar ninguna botella en los momentos crticos. Este gato se llamaba
Robespierre.

En el local que hemos descrito se reuna la ardiente juventud de 1820.
De dnde haban salido aquellos jvenes? Unos salieron de las
Constituyentes del ao 12, esfuerzo de pocos, que acab iluminando 
muchos. Otros se educaron en los seis aos de opresin posteriores  la
vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del ao 20, ms
fecundo tal vez que el del 12. Qu fu de ellos? Unos vagaron
proscriptos en tierra extranjera durante los diez aos de Calomarde;
otros perecieron en los aciagos das que siguieron  la triste victoria
de los cien mil nietos de San Luis. Entre los que lograron vivir ms que
el inicuo Fernando, algunos defendieron el mismo principio con igual
entereza; otros, creyendo sustentarle, tropezaron con las exigencias de
una generacin nueva. Encontrronse con que la generacin posterior
avanzaba ms que ellos, y no quisieron seguirla.

Al crearse el club, no tuvo ms objeto que discutir en principio las
cuestiones polticas; pero poco  poco aquel noble palenque, abierto
para esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastarde. Quisieron los
fontanistas tener influencia directa en el gobierno. Pedan solemnemente
la destitucin de un ministro, el nombramiento de una autoridad.
Demarcaron los dos partidos _moderado y exaltado_, estableciendo una
barrera entre ambos. Pero an descendieron ms. Como en la _Fontana_ se
agitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permita sus excesos para
amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entre tanto, fomentaba
secretamente el ardor de la _Fontana_, porque vea en l un peligro para
la libertad. La tradicin nos ha enseado que Fernando corrompi 
alguno de los oradores  introdujo all ciertos malvados que fraguaban
motines y disturbios con objeto de desacreditar el sistema
constitucional. Pero los ministros, que descubran esta astucia de
Fernando, cerraban la _Fontana_, y entonces sta se irritaba contra el
Gobierno y trataba de derribarlo. Fomentaba el Rey el escndalo por
medio de agentes disfrazados; ayudaba el club  los ministros; stos le
heran; vengbase aqul, y giraban todos en un crculo de intrigas, sin
que los crdulos patriotas que all formaban la opinin conociesen la
oculta transcendencia de sus cuestiones.

Pero oigamos  Calleja que pide  voz en cuello que comience la sesin.
Dos elementos de desorden minaban la _Fontana_: la ignorancia y la
perfidia. En el primero ocupaba un lugar de preferencia el barbero
Calleja. Este patriota capitaneaba una turba de aplaudidores semejantes
 l, y la tal cuadrilla alborotaba de tal modo cuando suba  la
tribuna un orador que no era de su gusto, que se pens seriamente en
prohibirle la entrada.

En la noche  que nos referimos, nuestro hombre daba con sus pesadas
manos tales palmadas, que sonaban como golpes de batn y los dems
metan ruido dando porrazos en el suelo con los bastones. En vano pedan
silencio y moderacin los del interior, personas entre las cuales haba
diputados, militares de alta graduacin, oradores famosos. Los
bullangueros no callaron hasta que subi  la tribuna Alcal Galiano.

Era ste un joven de estatura ms que regular, erguido, delgado, de
cabeza grande y modales desenvueltos y francos. Tena el rostro
bastante grosero, y la cabeza poblada de encrespados cabellos. Su boca
era grande, y muy toscos los labios; pero en el conjunto de la fisonoma
haba una clara expresin de noble atrevimiento, y en su mirada profunda
la penetracin y el fuego de los ingenios de la antigua raza.

Comenz  hablar relatando un suceso de la sesin anterior, que haba
dado ocasin  que salieran de la _Fontana_ Garelli, Toreno y Martnez
de la Rosa. Indic las diferencias de principios que en lo sucesivo
haban de separar  los moderados de los exaltados, y pint la situacin
del Gobierno con exactitud y delicadeza. Pero cuando con ms robusta voz
y elocuencia ms vigorosa haca un cuadro de las pasadas desdichas de la
nacin, ocurri un incidente que le oblig  interrumpir su discurso.
Era que se oa en la calle fuerte ruido de voces, el cual creci
formando gran algazara. Muchsimos se levantaron y salieron. El
auditorio empez  disminuir, y al fin disminuy de tal modo, que el
orador no tuvo ms remedio que callarse.

Cortado y colrico estaba el andaluz cuando baj de la tribuna. [Nota 1:
El mismo Alcal Galiano refiere con mucha franqueza este suceso en sus
anotaciones  _Historia de Espaa_, por Durham.] El tumulto aumentaba
fuera, y por fin no quedaron en el caf sino cinco  seis personas.
Estas queran satisfacer la curiosidad, y acompaadas del mismo Galiano,
salieron tambin.

En diez minutos la _Fontana_ se qued sin gente, y el rumor exterior
pasaba, se oa cada vez ms lejano, porque andaba  buen paso la oleada
de pueblo que lo produca. Todas las seales eran de que haba comenzado
una de aquellas asonadas tan frecuentes entonces.

Era ya tarde: los quinqus haban llegado al tercer perodo de su
reverberacin dificultosa, es decir, estaban en los instantes
precursores de su completo aniquilamiento, y las mechas despedan humo
ms hediondo y abundante. Uno de los mozos se haba marchado  dormir;
otro roncaba junto  la puerta, y el tercero haba salido con los
parroquianos. A lo lejos se oa un eco de voces siniestras, las voces
del tumulto popular, que rodaba por la villa agitndola toda.

El cafetero continuaba inmvil en su trpode. Dos luminosos puntos de
claridad verdosa brillaban detrs de l. Era Robespierre que se acercaba
 su amo, y saltando por encima de sus hombros, se pona delante para
recibir una caricia. El hombre del caf le pas la mano afectuosamente
por el lomo, y el animal, agradecido, alz el rabo, arque el espinazo,
se lami los bigotes, y despus de estirarse muy  la sabor, se volvi 
su rincn, donde se agazap de nuevo.

Frente por frente al mostrador, y en el ms obscuro sitio del caf,
principi  destacarse una figura humana, invisible hasta entonces. Esta
persona sala de la sombra, y avanzando lentamente hacia el mostrador,
entraba en el foco de la escasa luz que aclaraba el recinto, siendo
posible entonces observar las formas de aquel silencioso y extrao
personaje.

Era un hombre de edad avanzada; pero en vez de la decrepitud propia de
sus aos, mostraba entereza, vigor y energa. Su cara era huesosa,
irregular, sumamente abultada en la parte superior; la frente tena una
exagerada convexidad, mientras la boca y los carrillos quedaban
reducidos  muy mezquinas proporciones. A esto contribua la falta
absoluta de dientes, que, habiendo hecho de la boca una concavidad
vaca, determinaba en sus labios y en sus mejillas depresiones profundas
que hacan resaltar ms la angulosa armazn de sus quijadas. En su
cuello, los tendones, huesos y nervios formaban como una serie de piezas
articuladas, cuyo movimiento mecnico se observaba muy bien,  pesar de
la piel que las cubra. Los ojos eran grandes y revelaban haber sido
hermosos. Por extrao fenmeno, mientras los cabellos haban
emblanquecido enteramente, las cejas conservaban el color de la
juventud, y estaban formadas de pelos muy fuertes, rgidos y erizados.
Su nariz corva y fina debi tambin haber sido muy hermosa, aunque al
fin por la fuerza de los aos, se haba afilado y encorvado ms, hasta
el punto de ser enteramente igual al pico de un ave de rapia. Alrededor
de su boca, que no era ms que una hendidura, y encima de sus quijadas,
que no eran otra cosa que un armazn, creca un vello tenaz, los fuertes
retoos blancos de su barba que, afeitada semanalmente en cuarenta aos,
despuntaban rgidos y brillantes como alambres de plata. Hacan ms
singular el aspecto de esta cara dos enormes orejas extendidas,
colgantes y transparentes. La amplitud d estos pabellones
cartilaginosos corresponda  la extrema delicadeza timpnica del
individuo, la cual, en vez de disminuir, pareca aumentar con la edad.
Su mirada era como la mirada de los pjaros nocturnos, intensa, luminosa
y ms siniestra por el contraste obscuro de sus grandes cejas, por la
elasticidad y sutileza de sus prpados sombros, que en la obscuridad
se dilataban mostrando dos pupilas muy claras. Estas, adems de ver
mucho, pareca que iluminaban lo que vean. Esta mirada anunciaba la
vitalidad de su espritu, sostenido  pesar del deterioro del cuerpo, el
cual era inclinado hacia adelante, delgado y de poca talla. Sus manos
eran muy flacas, pudindose contar en ellas las venas y los nervios; los
dedos parecan, por lo angulosos y puntiagudos, garras de pjaro rapaz.

La piel de la frente era amarilla y arrugada como las hojas de un
incunable; y mientras hablaba, esta piel se mova rpidamente y se
replegaba sobre las cejas formando una serie de crculos concntricos
alrededor de los ojos, que remataban en semejanza con un lechuzo. Vesta
de negro, y en la cabeza llevaba una gorrilla de terciopelo.

Cuando este hombre estuvo cerca del mostrador, levantse el cafetero con
recelo, se fu  la puerta de la calle y escuch atentamente algn
tiempo; volvi, se asom  un ventanillo que daba al patio, y despus
repiti la misma operacin en una puerta que daba  la escalera. De los
tres mozos del caf, uno solo estaba all, roncando sobre un banco: el
amo le despert y le despidi. Atrancada bien la puerta, volvi aquel 
su trpode, y establecindose en ella, mir al del gorro, como si
esperara de l una gran cosa.

Buena la han armado!--dijo en voz alta, seguro de no ser escuchado por
voces extraas--Otro alboroto esta noche! Y dicen que la Guardia Real
prepara un gran tumulto. Usted, D. Elas, debe saberlo.

--Deje usted andar, amigo; deje usted andar, que ya llegarn,--dijo el
flaco con voz sonora y profunda.

Y metiendo la mano en el bolsillo, sac un pequeo envoltorio que, por
el sonido que produjo al ser puesto sobre la mesa, indicaba contener
dinero. El cafetero mir con singular expresin de cario el envoltorio,
mientras el viejo lo desenvolvi con mucha cachaza, y sacando unas onzas
que dentro haba, comenz  contar.

Al ruido de las monedas, Robespierre abri los ojos; y viendo que no era
cosa que le interesaba, los volvi  cerrar, quedndose otra vez
dormido. El viejo cont diez medias onzas, y se las di al del caf.

--Vamos, seor D. Elas--dijo ste descontento.--Qu hago yo con
cinco onzas?

--Por cinco onzas se vende la diosa misma de la libertad,--replic Elas
sin mirar al cafetero.

--Quite usted all: aqu hay patriotas que no dirn "viva el Rey" por
todo el oro del mundo.

--Si: es mucha entereza la de esos seores--exclam Elas con un acento
de irona que deba de ser el acento habitual de su palabra.

--Vaya usted  ofrecer dinero  Alcal Galiano y  Moreno Guerra....

--Esos alborotan all, en las Cortes; de esos no se trata. Tratamos de
los que alborotan aqu.

--Pues le aseguro  usted, seor don Elas de mi alma, que con lo que me
ha dado, no tengo ni para la correa del zapato del orador ms malo de
este club.

--Le digo  usted que basta con eso. El seor no est para gastos.

--Y que tacao se vuelve el Absoluto! Mala landre le mate, si con estas
miserias logra derribar la Constitucin.

--Deje usted andar, que ya se arreglar esto--contest el viejo dando un
suspiro. Y al darlo cerr la boca de tal modo, que pareca que la
mandbula inferior se le quedaba incrustada dentro de la superior.

--Pero, don Elas de mis pecados, qu quiere usted que haga yo con
cinco onzas...? Qu le pareci aquel sargentn que habl anoche? Dicen
que es un bruto; pero lo cierto es que hace ruido y nos sirve bien, pues
me cuesta un ojo de la cara cada prrafo de aqullos que sublevan la
multitud y ponen al pueblo encendido... Y hay otros tan reacios, don
Elas...! Anteanoche subi  la tribuna uno que suele venir ah con el
barbero Calleja: qu voz de becerro tena! Empez  hablar de la
Convencin, y dijo que era preciso cortar las cabezas de adormidera. Le
aplaudieron mucho, y yo confieso que fu una gran cosa, aunque,  decir
verdad, no le entend ms que si hubiera hablado en judo. Cuando acab
la sesin, quise picarle para que hablara segunda vez; pero no s si
cal mis intenciones; lo cierto es que dijo que me iba  cortar el
pescuezo, aadiendo que no me descuidara. Qu susto me llev! Y esto
se me paga tan mal! Aquel discurso que pronunci anoche  ltima hora el
estudiantillo valenciano, me cost dos raciones de carne estofada y dos
botellas de vino Ay! Si llegaran  saber estos manejos Alcal Galiano y
Flrez Estrada ... le digo  usted que me voy  rer de gusto.

--Esas son las cabezas de adormidera que es preciso cortar--exclam el
viejo, guiando el ojo y haciendo con la mano derecha, movida
horizontalmente, la seal de quien corta alguna cosa.

--Pues fuera una lstima, porque son buenos chicos. Yo, francamente se
lo digo  usted, aunque soy en lo ntimo de mi corazn partidario
amantsimo de mi Rey absoluto, cuando oigo  esos muchachos, y
especialmente cuando veo  Alcal Galiano subir  la tribuna, y empieza
 echar flores por aquella boca, y despus culebras, me da un
escarabajeo tan grande, que me baila el corazn y me dan ganas de
abrazarle.

--Djalos que griten: eso precisamente es lo que se busca. Mira el motn
de esta noche:  ellos se les debe. Con muchos as, pronto estallar la
cuerda. Eso es lo que quiere el Rey. Oh! Ya vers qu pronto se
despedazarn unos  otros.

--Pero qu hago yo con cinco onzas?--volvi  decir el dueo del caf.

--Ya lo he dicho El Rey no est para despilfarros, y para levantar de
cascos  est gente no es preciso mucho dinero.

--Que no? Pregnteselo usted  aquel lego exclaustrado que escribe _El
Azote_; ya me tiene comidas tres onzas de las que usted me trajo la
semana pasada. Pues y aquel oficialito que pronunci hace das aquel
fuerte discurso en que dijo: _Calendas Cartagos_...?

--_Delenda est Carthago_, querr usted decir.

--Eso es: _dilenda  calenda_, lo mismo da--dijo el del caf.--Pues ese
oficialito tiene unas tragaderas! Me comi dos empanadas de conejo como
dos ruedas de molino. Y sobre todo, con decirle  usted que para
conseguir que Andresillo Corcho saliera por esas calles gritando, como
usted vi muy bien el domingo, tuve que pagarle todas sus deudas, que
eran ocho meses al casero, y qu s yo cuntos piquillos sueltos  los
amigos... Y luego no gana uno para sustos, don Elas. Vuelvo  repetirle
 usted que si los liberales de copete descubren estas socalias, no me
dejarn un hueso en su lugar.

--Mucha cautela, ten mucha cautela: nada de papeles escritos, no me
dirijas cartas, no fes al papel ni una idea sobre este punto,--le dijo
Elas con severidad.

--Y dgame usted--continu el del caf, bajando la voz como si
temiera ser odo por Robespierre;--dgame usted, cundo se alza la
Guardia Real?

--No s--dijo Elas, encogindose de hombros.

--Dicen que la _Santa Alianza_ ha escrito al Rey.

Elas deba ser hombre prudentsimo, porque contest "no s"  secas
como  la primera pregunta.

Entonces se oy otra vez, aunque muy lejano, el mismo ruido de voces,
que hizo salir del club  toda la concurrencia.

"Creo que piensan allanar la casa de Toreno.

--Bien: me alegro--dijo el viejo con siniestra satisfaccin.--Veo que
empiezan  devorarse unos  otros. No poda suceder otra cosa. Oh! Yo
entiendo  esta canalla. Y qu haba de suceder? Espaa podr estar
mucho tiempo en manos de una gavilla de pensadores desesperados? Si esto
durara, yo dudara de la Providencia, que arregla  las naciones como da
aliento  los individuos, Espaa est sin Rey, que es estar sin gloria,
sin vida y sin honor. Haba, por ventura, Constitucin cuando Espaa
fu el primer pas del mundo? Eso de hacer el pueblo las leyes es lo ms
monstruoso que cabe. Cundo se ha visto que el que ha de ser mandado
haga las leyes? Sera justo que nuestros criados nos mandaran? Aqu no
hay Rey ni Dios esto se acabar; yo te jure que se acabar."

Al decir esto, el viejo abra los ojos y apretaba los puos con furor.
El del caf no pudo resistir al encanto de tanta elocuencia, levantse
de su trpode y le abraz. Al alargar sus manos con entusiasmo, una
botella cay y fu rodando hasta dar un golpe  Robespierre, el cual,
despertando sbitamente, di un atroz maullido y fu  buscar regiones
ms tranquilas en lo alto del armario de los bizcochos.

Elas sac de su bolsillo una pequea faja negra, que le serva de
tapabocas, se la envolvi al cuello y se dispuso  salir. El cafetero,
con su oficiosidad acostumbrada en presencia de aquel personaje, se
dirigi  abrirle la puerta. Ya principiaba  despuntar el da. El viejo
realista sali sin saludar  su amigo y tom la direccin de su casa.





CAPTULO III



#Un lance patritico y sus consecuencias#.


Don Elas cruzaba la Carrera de San Jernimo, cuando vi que hacia l
venan unos cuantos hombres que rean y gritaban dando vivas  la
Constitucin y  Riego. Trat de evitar el encuentro, y tom la otra
acera; pero ellos pasaron tambin, y uno le detuvo.

Eran cinco individuos, y de ellos tres, por lo menos, estaban
completamente embriagados. Nuestro ya conocido Calleja les mandaba.
Componase la cuadrilla de un chaln del barrio de Gilimn y un matutero
del Salitre, un caballero particular conocido en Madrid por sus trampas
y gran prestigio en la plazuela de la Cebada, y finalmente, un mocetn
alto, flaco y negro, que tena fama de guerrillero, y del cual se
contaban maravillas en las campaas de 1809 y despus en los sucesos del
20. El sello de sus hazaas marcaba siniestramente su rostro en un
chirlo, que le coga desde la frente hasta el carrillo, cegndole un ojo
y abollndole media nariz.

Los cinco detuvieran al anciano.

"Mtale, mtale!--dijo con aguardentosa voz el matutero, pinchando con
la varita que llevaba en la mano el pecho de Elas.

--No, djale, Perico. De qu vale espachurrar  este bicho?

--Si es Coletilla--exclam l del chirlo reconocindole.--Coletilla,
el amigo de Vinuesa, el que anda por los clubs para contarle al Rey
lo que pasa.

--Que cante el _Trgula!_--dijo el chaln, que estaba envuelto desde el
pescuezo  la rabadilla en un ceidor encarnado, por entre cuyo pliegues
asomaba el puo de uno de aquellos clebres alfileres de Albacete que
tanto dan que hacer  la justicia.

--Tres Pesetas, coge por ese brazo al seorito."

Tres Pesetas puso su mano sobre el gorro de Elas y se lo tir al suelo,
dejando al aire la pelada calva del anciano. Carcajada sonora acogi
este movimiento.

"Miren que orejazas de mochuelo!--aadi el guerrillero, tirndole de
la derecha hasta inclinarle la cabeza sobre el hombro.

--_Pos_ no tiene mala cabeza _ pelailla pa_ jugar  los trucos--dijo el
matutero, dndole un papirotazo en mitad del crneo."

El realista estaba lvido de clera: apretaba los puos en convulsin
nerviosa, y en sus ojos brillaron lgrimas de despecho. En esto Calleja,
que pareca tener gran autoridad entre aquella gente, se agarr al brazo
de Elas, y exclam, riendo con la desenfrenada hilaridad de la
embriaguez:

"Ven, bravucn, ven con nosotros. Ciudadanos--prosigui, volvindose 
los otros:--ste es el gran Coletilla, el mismo Coletilla. Seremos
amigos. Nos va  presentar al Rey constitucional para que nos haga...."

--_Menistros_!--grit el matutero enarbolando su vara.

--Ciudadanos, viva el Rey absoluto, viva Coletilla!

--Vamos  _jaserle_ comunero de la gran _comuni_--dijo el
matutero.--Primera prueba. Que salte!

--Que salte!

--Que salte!

Y uno de ellos tom de la mano  Elas como para hacerle saltar,
mientras otro, empujndole con violencia, le hizo caer al suelo.

"_Zegunda_ prueba--chill Tres Pesetas:--toma esta espada, pincha  uno
de nosotros."

Y sacando un sable le di de plano tan fuerte golpe, que le oblig 
caer en opuesto sentido.

"D 'viva la constitucin!'

--Pues no lo ha _ ezir?_ Y si no, yo tengo aqu unas
_explicaeras_...--vocifer el matutero, sacando su navaja.

--Este tunante fu el que delat al cojo de Mlaga--dijo el caballero
particular.

--Y el amigo de Vinuesa.

--Seores, ste no es ms que Coletilla, el gran Coletilla--afirm
Calleja con mucha gravedad."

La ferocidad se pintaba en los ojos del matutero y del chaln. El de la
cicatriz cogi por el cuello  Elas, y con su mano vigorosa le apret
contra el suelo.

"Sultalo, Chaleco; djalo tendido."

Es de advertir que el matutero era conocido entre los de su calaa por
el extravagante nombre de Chaleco.

"Djamelo  mi--exclam el chaln.--_Trncalo por el piscuezo; quo_ ver
lo que tienen esos realistas dentro del buche."

Muy mal parado estaba el infeliz Elas; y ya se encomendaba  Dios con
toda su alma, cuando la inesperada llegada de un nuevo personaje puso
tregua  la clera de sus enemigos, salvndole de una muerte segura.

Era un militar alto, joven, bien parecido y persona de noble casa sin
duda, porque,  pesar de su juventud, llevaba charreteras de una alta
graduacin. Traa largo capote azul, y uno de aquellos antiguos y
pesados sables, capaces de cercenar de un tajo la cabeza de cualquier
enemigo. Al verle que se interpona en defensa del anciano, los otros se
apartaron con cierto respeto, y ninguno se atrevi  insistir.

"Vamos, seores, dejen ustedes en paz  ese pobre viejo, que no les hace
ningn dao--dijo el militar.

--Si es Coletilla, el mismo Coletilla.

--Pero sois cinco contra l, y l es un pobre seor indefenso.

--Eso mismo deca yo--exclam Calleja, con la misma risa de borracho.

--_Poz_ que diga 'viva el Rey constitucional!'

--Lo dir cuando se vea libre de vosotros. Yo respondo de que es un buen
liberal y hombre de bien.

--Si es un serviln!--exclam Chaleco.

Y qu queris hacer con l?--pregunt el militar.

--Poca cosa--dijo Tres Pesetas, que era el ms atrevido.--No ms que
abrirle un tragaluz en la barriga _pa_ que salgan  misa las _asaras_.

--Vamos, marchaos  vuestras casas--dijo el militar con mucha
entereza:--yo le defiendo.

--Usa?

--S, yo. Marchaos, yo respondo de l.

--Pues sino _ize_ viva la...!

--D 'viva la Constitucin!'--exclamaron todos  la vez, menos Calleja,
que se estaba riendo como un idiota.

--Vamos--manifest el militar, dirigindose  Elas: dgalo usted, es
cosa que cuesta poco, y adems hoy debe decirlo todo buen espaol.

--Que lo diga!

--Que lo _iga_ pronto!"

El militar persista en que dijera aquellas palabras, como un medio de
verse libre; pero Elas continuaba en silencio.

"Vamos padrito, pronto--dijo el matutero.

--No!--exclam Elas con profunda voz y trmulo de indignacin."

Entonces Tres Pesetas alz la vara sobre el viejo; los dems se
dispusieron  acometerle, y fu preciso que el militar empleara todas
sus fuerzas y todo su prestigio para impedir un mal desenlace.

"Diga usted viva la Constitucin!"

--No!--repiti Elas. Y como si recibiera inspiracin del cielo, en un
arrebato de supremo valor exclam:

"Muera!"

Los cuatro desalmados rugieron con ira; pero el militar pareca resuelto
 defender  Elas hasta el ltimo trance.

"Apartaos--dijo.--Este hombre est loco. No conocis que est loco?

--Que retire esas palabras--dijo riendo siempre Calleja, que aun en la
embriaguez blasonaba de usar con propiedad las formulas parlamentarias.

--Qu _rtire_ ni _ritire_?

--Si, est loco--dijo Chaleco;--y si no est loco, est bo ... bo
... borracho.

--Eso es ... eso ... borracho!--grit Calleja, que al fin haba
necesitado apoyarse en la pared para no caer en tierra."

Algunos vecinos se haban asomado; algunos transentes trabaron
conversacin con el venerable Tres Pesetas, y ya sea que un ebrio se
distrae fcilmente, ya que les impusiera temor la actitud firme del
militar, lo cierto es que los cuatro amigos de Calleja dejaron en paz 
Elas, el cual, ayudado de su protector, se levant como pudo y se puso
el gorro que casi haba perdido la forma bajo los pies del matutero. El
militar, al detener con un vigoroso esfuerzo el movimiento agresivo de
Chaleco contra Elas, se roz la mano izquierda con la extremidad
puntiaguda de la empuadura de la navaja que el mozo llevaba en la faja.
Esta rozadura le levant un poco la piel y le hizo derramar alguna
sangre. El militar se envolvi la mano en un pauelo, y con la derecha
tom el brazo del viejo. Este se hallaba magullado, roto y en un estado
de desfallecimiento tal, que no poda andar sino  pasos cortos y
vacilando  cada momento.

El militar le sostuvo con fuerza, y andando con l muy lentamente, le
pregunt dnde estaba su casa para llevarle  ella. Elas, sin
contestarle, le encamin hacindole seas por la calle de Alcal,
dirigindose  la del Barquillo para tomar al fin la de Vlgame Dios,
donde aquel buen hombre viva.

El joven militar era sin duda poco amante del silencio, y de carcter
alegre y comunicativo, porque por el camino comenz  hablar con
singular volubilidad, pareciendo que el obstinado mutismo del viejo
estimulaba ms su prolija locuacidad.

No podemos transcribir los trminos precisos en que habl ste, que
desde ahora es nuestro amigo, y nos acompaar en todo el trnsito de
esta dilatada historia; pero conociendo su carcter como lo
conocemos, es seguro que no ser aventurado poner en boca suya stas
 parecidas palabras:

"Hay que deplorar, amigo mo, en esta imperfecta vida humana, que las
cosas mejores y ms bellas tienen siempre un lado malo; fatal obscuridad
que proyecta en breve parte de su esfera lo ms resplandeciente y
luminoso. Las instituciones ms justas y buenas, ideadas por el hombre
para producir efectos de bien comn, ofrecen en los primeros tiempos de
prctica extraos resultados, que hacen dudar  los de poca fe de la
bondad y justicia de ellas. Los hombres mismos que fabrican un objeto de
sutil mecanismo, vacilan en los primeros momentos del uso, y no aciertan
 regular su comps y reposado movimiento. La libertad poltica,
aplicacin al gobierno del ms bello de los atributos del hombre, es el
ideal de los Estados. Pero qu penosos son los primeros das de
prctica! Como nos aturde y desespera el primer ensayo de esta mquina!

"El mayor inconveniente es la impaciencia. Hay que tener perseverancia y
fe, esperar  que la libertad d sus frutos y no condenarla desde el
primer da. No sera loco el que plantando un rbol le arrancara
desesperado al ver que no echaba races, creca y daba flores y frutos
al primer da?"

Es probable que el militar no empleara estos mismos trminos; pero es
seguro que las ideas eran las mismas. Lo cierto es que al concluir
esper  ver si su peroracin produca algn efecto en el viejo; pero
ste sumamente abstrado, daba muestras de no atender  sus palabras y
de hacer en su interior otras consideraciones no menos transcendentales
y profundas.

"Es de deplorar--continu el militar reforzando su elocuencia con un
poco de mmica,--es de deplorar que los primeros derechos concedidos por
la libertad sean mal empleados por algunos hombres. El hbito de la
libertad es uno de los ms difciles de adquirir y tenemos que sufrir
los desaciertos de los que por su natural rudeza tardan ms en adquirir
este hbito. Pero no desconfiemos por eso, amigo. Usted, que es sin duda
buen liberal, y yo, que lo soy muy mucho, sabremos esperar. No
maldigamos al sol porque en los primeros momentos de la maana produce
molestia en nuestros ojos, cuando salen bruscamente de la obscuridad y
del sueo."

Parse por segunda vez el joven para tomar aliento y ver si la fisonoma
del anciano daba seales de aprobacin; pero no observ en aquel rostro
singular otra cosa que abstraccin y melancola.

"Esos que le han detenido  usted--continu el militar,--no son
liberales. O son agentes ocultos del absolutismo,  ignorantes soeces
sin razn ni conciencia. O libertinos sin instruccin,  alborotadores
asalariados. Ser preciso quitarles la libertad y no devolvrsela hasta
que reciban educacin  castigo? Entonces, habr libertad para unos, y
para otros no? Ha de haberla para todos,  quitrsela  todos. Y es
justo renunciar  los beneficios de un sistema por el mal uso que
algunos pocos hacen de l? No: ms vale que tengan libertad ciento que
no la comprenden, que la pierda uno solo que conoce su valor. Los males
que con ella pudieron ocasionar los ignorantes son inferiores al inmenso
bien que un solo hombre ilustrado puede hacer con ella. No privemos de
la libertad  un discreto por quitrsela  cien imprudentes."

El joven se par por tercera vez por dos razones: primera, porque no
tena ms que decir (insistimos en que no emple las mismas palabras); y
segunda, porque el viejo, al llegar  su calle, se detuvo en una puerta,
y dijo: "Aqu." El viejo haba concluido, y el militar iba  dejar  su
nuevo amigo; pero not que estaba ste cada vez ms desfallecido y
corra peligro de no poder subir si le abandonaba. El locuaz y discreto
joven entr, pues, en la casa sosteniendo al realista, que apenas poda
dar un paso.

La mansin de Elas se ostentaba en la mitad de la calle de Vlgame
Dios, donde haca veces de palacio. Colocada entre dos casas _ la
malicia_, apareca all con proporciones gigantescas, sin que por eso
tuviera ms que dos pisos altos, de los cuales el superior gozaba la
singular preeminencia de ser habitado por nuestro hroe.

La fachada era mezquina, fea. El cuarto bajo serva de oficina  las
ruidosas ocupaciones de un machacador de hierro, que surta de sartenes,
asadores y herraduras  todo el barrio del Barquillo. Los balcones del
principal eran fiel remedo de los jardines colgantes de Babilonia,
porque haba en ellos muchos tiestos con flores, muchas matas que
estaban en camino de ser rboles, juntamente con tres jaulas de
codornices y dos reclamos, que por la noche daban armona  toda la
calle. En medio de esta selva y de estos gorjeos se vea una muestra de
_Prestamista sobre alhajas_.

El portal era angosto y muy largo. Para llegar  la escalera, que estaba
en lo profundo, se corran mil peligros  causa de las sinuosidades del
terreno, en el cual los hoyos, llenos de inmundicia, alternaban con
puntiagudos guijarros, alzados media cuarta. La escalera era angosta, y
sus paredes, blanqueadas en tiempo de Felipe V, cuando menos, se
hallaban en el presente siglo cubiertas de una venerable rapa de mugre,
excepto en la faja  zona por donde rozaban los codos de los que suban,
la cual tena singular pulimento. En uno de los tramos haba, no un
candil, sino el sitio de un candil manifestado en una gran chorrera de
aceite hacia abajo, una gran chorrera de humo hacia arriba, y en la
convergencia de ambas manchas un clavo ennegrecido.

Llegaron al segundo, y el militar llam. Sin duda, alguna persona
esperaba con impaciencia, porque la puerta se abri al momento. Abrila
una joven como de diez y ocho aos de edad, que al ver el aspecto
abatido del viejo, y sobre todo al ver que un desconocido le
acompaaba, cosa sin duda muy rara en l, dej escapar una exclamacin
de temor y sorpresa.

"Qu hay? Qu le ha pasado  usted?" dijo cerrando la puerta, despus
que los dos estaban en el pasillo.

E inmediatamente march delante y abri la puerta de una sala, donde
entraron los tres. El anciano no habl palabra, y se dej raer en un
silln con muestras de dolor.

"Pero est usted herido? A ver? Nada--dijo la joven examinando con
mucha solicitud  Elas y tomndole la mano.

No ha sido nada--dijo el militar, que se haba descubierto
respetuosamente,--no ha sido nada: pasaba hace un momento por la calle,
y cinco hombres soeces que le encontraron quisieron que cantara no s
qu cosa, y el seor, que no estaba para cantos, se neg."

La joven mir al militar con expresin de estupor. Pareca no comprender
nada de lo que ste haba dicho.

"Eran unos borrachos que quisieron hacerle dao; pero pas yo
felizmente... No se asuste usted: no tiene nada."

Elas pareci un poco repuesto; apart con despego  la joven, y su
semblante principi  serenarse.

"Ay! qu miedo he tenido esta noche--dijo la joven.--Esperndole hora
tras hora y sin parecer.... Luego esos alborotos en la calle.... A media
noche pasaron por ah unos hombres gritando. Pascuala y yo nos
escondimos all dentro, y nos sentamos en un rincn temblando de miedo.
Cmo gritaban! Despus sentimos muchos golpes ... decan que iban 
matar  uno. Nosotras nos pusimos  llorar: Pascuala se desmay; pero yo
procur animarme, y juntas empezamos  rezar de rodillas delante de la
Virgen que est all dentro. Despus se fu alejando el ruido; sentimos
unos quejidos en la calle. Ay! no lo quiero recordar. Todava no se me
ha quitado el susto."

El militar oy con inters estas palabras; pero sin dejar de oirlas
dirigi su atencin  reconocer el sitio en que se hallaba y  examinar
el aspecto de la amable persona que en l viva.

La casa era modesta; pero la sencillez y el aseo revelaban en ella un
bienestar pacfico.

La joven llam su atencin ms que la casa. Clara (que as se llamaba,)
representaba ms de diez y ocho aos y menos de veintids. Sin embargo,
estamos seguros de que no tena ms que diez y siete. Su estatura era
ms bien alta que baja, y su talle, su busto, su cuerpo todo tenan las
formas gallardas y las bellas proporciones que han sido siempre
patrimonio de las hijas de las dos Castillas. El color de su rostro,
propiamente castellano tambin, era muy plido, no con esa palidez
intensa y calenturienta de las andaluzas sino con la marmrea y fresca
blancura de las hijas de Alcal, Segovia y Madrid. En los ojos negros y
grandes haba puesto todos sus signos de expresin la tristeza. Su nariz
era delgada y correcta, aunque demasiado pequea; su frente pequea
tambin, pero de un corte muy bello; su boca muy hermosa y embellecida
ms por la graciosa forma de la barba y la garganta, cuya voluptuosidad
y redondez contribua  hacer de su semblante uno de los ms
encantadores palmos de cara que se haba ofrecido  las miradas del
militar desconocido, el cual (digmoslo de paso) era hombre corrido en
asuntos femeninos.

El peinado de Clara poda rigurosamente ser tachado de provinciano,
porque se alzaba en un moo de tres tramos sobre la corona. Este modo de
peinarse era ya desusado en la corte; pero la belleza suele generalmente
triunfar de la moda, y Clara estaba muy bien con su trenza piramidal. El
traje era de los que usaba entonces la clase no acomodada, pero tampoco
pobre, es decir, un guardapis de tela clara con pintas de flores,
mangas estrechas hasta el puo, talle un poco alto y el corte del cuello
cuadrado y adornado de mltiples encajes.

La investigacin del militar dur mucho menos de lo que hemos empleado
en describir la figura. Durante algunos segundos estuvieron los tres
personajes inmviles el uno frente al otro sin decir palabra, hasta que
el viejo, como continuando una peroracin interior, exclam con un
repentino acceso de ira y lanzando de sus ojos rpidamente iluminados
una mirada feroz.

"Infames, perros! Quisiera tener en mi mano un arma terrible que en un
momento acabara con todos esos miserables. Ah! Pero ellos no tienen la
culpa. Tienen la culpa los otros, los sabios, los declamadores, los que
les educan, esos malvados charlatanes que profanan el don de la palabra
en los infames concilibulos de las Cortes. Tienen la culpa los
revolucionarios, rebeldes  su Rey, blasfemos de su Dios, escarnio del
linaje humano. Oh, Dios de justicia! No ver yo el da de la
venganza?"

El militar estaba atnito y algo corrido. Parecale que aquello era una
rplica indirecta  su expresiva disertacin del camino; y aunque se le
ocurri contestarla, vi en el rostro de Elas una expresin de
contumacia y ferocidad que le intimid. Su atencin estaba en parte
reconcentrada en la compaera del realista. Clara miraba al viejo con la
indiferencia propia de la costumbre, y al mismo tiempo miraba  su
protector como si se avergonzara de la extraeza que le causaban las
palabras del viejo.

El militar, poco cuidadoso al fin de las imprecaciones del realista,
comenz  sentir inters hacia aquella pobrecilla, que, sin saber por
qu, le inspir mucha lstima desde el principio.

Pero lleg un momento en que el joven sinti su situacin embarazosa.
Elas continuaba en voz baja su soliloquio sin cuidarse de l; era
preciso marcharse; y eso de marcharse sin satisfacer un poco la
curiosidad y hablar otro poco con la joven, no le gustaba. Mir  Elas
con insistencia y se acerc  l; pero ste no daba muestras de fijar en
el otro la atencin, ni tena gratitud, ni afecto, ni cortesa, ni era,
al parecer, cortado por el comn patrn de los dems hombres. Al fin,
vindole tan abstrado, resolvi tomar pretexto de la proteccin que le
haba dispensado para hacer hablar  la muchacha.

--No tema usted nada--le dijo en voz baja, apartndose hacia la
ventana.--No ha recibido golpe ninguno. Est aterrado por lo sorpresa y
la ira; pero se calmar.

--S, se calmar ... un poco.

--Y se pondr contento.

--Contento, no.

--Cuidado: por usted no estar triste.

Esto, que poda pasar por una galantera, no hizo efecto ninguno en
Clara. Volvise para mirar  Elas, que continuaba en la misma postura,
gesticulando  solas. De tiempo en tiempo profera sus adjetivos
predilectos "Malvados, perros!"

El militar arriesg entonces la pregunta, y bajando ms la voz, y
apartndose hasta llegar al hueco de la ventana, dijo:

"Tal vez ser indiscrecin la pregunta que voy  hacerle  usted;
pero me disculpa el gran inters que por ese caballero me he tomado,
y el deseo de servirle bien en lo que pueda. Este seor est en su
cabal juicio?"

Clara mir al militar con expresin de gran asombro; y como si la
pregunta fuera una revelacin, contest:

--"Loco?..." Y despus de una pausa, aadi encogindose de
hombros: "No s."

La curiosidad del militar creci.

--No lo tome usted  agravio; pero su conducta, sus palabras en aquella
pendencia, lo sombro de su aspecto, lo que ahora acaba de decir, me
hacen creer que padece una enajenacin.

Clara miraba al joven con expresin que tena algo de afirmativa.

--Yo no s--dijo al fin.--El pobrecito padece mucho. Yo tambin padezco
de verle. No est nunca alegre:  veces creo que se me va  morir en un
arrebato de ira. Pasa las noches leyendo libros, escribiendo cartas, y 
veces habla consigo mismo como ahora. A Pascuala y  m nos da mucho
miedo: la sentimos levantarse y pasear precipitadamente, dando vueltas
en este cuarto. De da sale temprano, y est fuera toda la noche.

El militar sinti aumentarse la compasin que Clara le inspir desde el
principio, porque le pareca que aquella infeliz era una mrtir, que
sufra resignada los atropellos de un loco.

--Pero usted--dijo con el mayor inters, no es vctima de sus
bruscos ademanes? No la maltrata  usted? Entonces sera cosa de
declararle rematado.

--A m? No--dijo Clara;--no me ha maltratado nunca.

Parecer extrao que Clara, sin conocer al militar, le hiciera
declaraciones que parecen de ntima confianza; pero esto, que en
circunstancias ordinarias sera raro, en este caso no lo era. Clara
haba vivido siempre en compaa de aquel viejo: era hurfana, no tena
parientes ni amigas, no sala nunca, no se comunicaba con nadie, se
consuma en el desierto de aquella casa, sin otra cosa que algunos
recuerdos y algunas esperanzas que luego conoceremos. Su carcter era
extremadamente sencillo: un incidente imprevisto le pona delante  un
hombre corts y generoso que para satisfacer su curiosidad empleaba
hbiles recursos de conversacin, y ella le dijo lo que quera saber; se
lo dijo obedeciendo  una poderosa necesidad de desahogo, hija de su
aislamiento y melancola.

El curioso no se atreva  continuar investigando: ya iba  despedirle
mal de su grado, cuando Clara vi que tena una mano ensangrentada, y
exclam sobrecogida:

--Est usted herido!

--No es nada: un rasguo.

--Pero sale mucha sangre. Jess! tiene usted la mano destrozada.

--Oh! no es nada.... Con un poco de agua....

--Voy al momento.

Clara se march muy  prisa y volvi  poco rato, entrando en la
habitacin inmediata: traa una jofaina, que puso sobre la mesa, y llam
al militar, que no tard en acercarse.

--Y tiene familia?--dijo ste tocando el agua con la mano para ver si
estaba muy fra.

--Familia?--contest Clara con su naturalidad acostumbrada.--No: me
quera mucho. Yo deseo tanto que se le quiten de la cabeza esas
manas.... Antes era muy bueno para m, y estaba muy alegre.... Yo era
muy nia entonces.

--Antes era muy bueno. Y ahora no lo es?

--S; pero ahora.... Como tiene tantas cosas en qu pensar....

--Y desde cuando ha variado?

--Hace mucho tiempo, cuando hubo muchos alborotos y dijeron que iban 
matar  ... al Rey?... no s  quin. Pero antes de eso, ya estaba casi
siempre alterado. Cuando yo era muy nia ... No ... entonces salamos
los domingos  paseo, y me llevaba  Chamartn y comamos en el campo
con Pascuala.

--Y ahora no sale usted nunca de aqu?

--Nunca--dijo Clara, como si aquella soledad en que viva fuera la cosa
ms natural del mundo.

El militar se interesaba cada vez ms por la persona que tan
repentinamente haba conocido. Cada vez sospechaba ms que aquella
infeliz era vctima de las brutalidades del fantico. Desde el sitio en
que se hallaba, vea al viejo sentado en un silln y entregado  su mudo
frenes. Mirando despus  Clara, cuya gracia sencilla y melanclica
franqueza formaban contraste con el terrible realista, se aument su
confusin, su curiosidad y sus temores.

--Y usted no sale para distraerse, para ver y reponerse de estar aqu
encerrada tanto tiempo?--le dijo casi conmovido.

--Yo?... para qu salgo? Me pongo triste cuando salgo. No veo la calle
sino cuando voy  las Gngoras los domingos muy temprano; pero al verme
fuera, me parece que estoy ms sola que aqu.

--Y l no tiene empeo en que usted se divierta, en que pase
agradablemente la vida?--dijo el militar casi asustado de su curiosidad
y mirando de soslayo  Elas para ver si atenda  su conversacin.

--El? Pero yo no quiero divertirme ... porque ... qu voy yo hacer
fuera de aqu? El dice que debo estar siempre en la casa.

--Pero usted no trata  nadie, no ve  nadie?

--A Pascuala, que me quiere mucho.

Ya el militar tena ganas de saber quin era aquella Pascuala.

--Y esa Pascuala es amiga de usted?

--Es la criada.

--Ya... Y no tiene usted ms amiga? A la edad de usted es natural y
conveniente la amistad de las jvenes, y, sobre todo, no se puede vivir
de esa manera. Es preciso....

--Yo estoy bien as. El dice que no debo conocer  nadie.

--Y la obliga  usted  llevar esta vida tan triste?

--No me obliga. Yo, si quisiera, podra salir. El no est nunca aqu.
Pero yo ... Dios me libre ... A dnde haba de ir?

El militar no saba qu pensar. Qu relaciones existan entre aquel
monomanaco y aquella joven? Sera su padre, su marido?...--No--deca
para s.--Es repugnante sospechar que puedan existir los vnculos del
matrimonio entre los dos.

--No extrae usted mis preguntas--dijo, continuando con
ansiedad;--pero me interesan mucho ustedes dos. Y  l nadie le
visita, nadie viene  verle?

--Conoce mucho  unas seoras, que llaman las seoras de Porreo. Son
nobles y fueron muy ricas.

--Y vienen aqu?

--Muy pocas veces. l las quiere mucho.

--Y esas, que presumo sern personas de buenos sentimientos, no le
tienen  usted cario, no la quieren?

--A m? Una vez me dijeron que yo pareca ser una buena muchacha.

-Y nada ms? No le han dicho ms?

--Ah! son muy buenas. El dice que son muy buenas. Una de ellas dicen
que es santa.

Estas declaraciones eran hechas por Clara con una ingenuidad tan
espontnea, que conmova al que pudiera oirlas. Para que el lector, que
an no conoce la infinita bondad de este carcter, no estrae la
franqueza leal y la sublime indiscrecin de la pobre Clara, aadiremos
que durante aos enteros esta desgraciada no vea ms persona que don
Elas, Pascuala, y  veces, muy de tarde en tarde, las tres melanclicas
efigies de las seoras de Porreo. Su vida era un silencio prolongado y
un hasto lento. Tan solo pudieron reanimarla y darle alguna felicidad
los cuarenta das que, seis meses antes de estos sucesos, haba pasado
en Ateca, pueblo de Aragn,  donde Elas la mand para que disfrutara
del campo. Ms adelante veremos por qu tom Elas esta determinacin, y
lo que result del viaje de Clara.

--Pero es posible--continu el militar, olvidado de que Elas estaba
cerca--es posible que pase usted la vida de esta manera, sin ms
compaa que la de ese hombre? Y no ha salido usted nunca de aqu, no
ha ido al campo?

--S; estuve unos das fuera, hace seis meses.

--En dnde?

--En Ateca. El me mand. Me puse mala, y fu all  restablecerme.
Estuve en su pueblo.

--Ya.--dijo el militar, contento de haber encontrado un motivo, aunque
pequeo, para suponer que aquel hombre no era enteramente feroz.

--Y lo pas usted bien?

--Ah! s: me alegr mucho de estar all.

--Y no quiera usted volver?

--Oh! s,--exclam Clara, sin poder contener una exclamacin expansiva.

--Usted no debe estar aqu; usted tiene el corazn ms bondadoso que
puede existir. Para qu, sino para la sociedad, puede haber creado Dios
un conjunto de gracias y mritos semejante? A cuntos podra usted
hacer felices! No ha pensado en esto? Piense usted en esto.

Clara no pareci hacer caso de la galantera. Qued en silencio y
con los ojos bajos, tal vez ocupada en _pensar en aquello_, como el
joven le aconsej. Quin sabe cules seran sus reflexiones en
aquellos momentos?

El curioso esperaba una contestacin, cuando Elas, mirando haca la
habitacin en que hablaban, exclam:

"Clara, Clara!"

El militar se dirigi rpidamente hacia l, y disimulando su
turbacin, le dijo:

"Caballero, no he querido marcharme hasta estar seguro de su mejora.
Aqu le contaba  esta nia el caso, y le haca una relacin de la
imprudencia de aquellos hombres. Ya le veo  usted tranquilo y fuerte, y
me retiro, dicindole que puede disponer de m para cuanto yo pueda
serle til.

--Gracias--contest secamente Elas.--Clara, acompaa  este caballero.

Era preciso retirarse; ya no haba pretexto alguno para permanecer all.
Su mano estaba perfectamente vendada, y su protegido le haba indicado
la puerta. El impresionable joven no saba que hacer para no salir. Mir
 Clara para ver si lea en sus ojos el deseo de que no se marchara;
pero ella manifestaba la mayor indiferencia, y hasta se haba adelantado
 abrir la puerta.

No haba mas remedio. El militar tendi una mano al realista, que alarg
dos dedos fros y huesosos, y sali de la sala; al llegar  la puerta,
quiso entablar de nuevo la conversacin; pero la reverencia que le hizo
la joven acab de desesperarle. Sali, y se par fuera otra vez.

--No olvide usted lo que le he dicho. Usted no puede vivir de esta
manara--dijo, bajando el primer escaln.--Es preciso que usted...

--Clara, Clara!--exclam el fantico desde dentro con voz fuerte."

Clara cerr la puerta, y el militar se qued cortado y aturdido en la
escalera. Su primer intento fu llamar otra vez, llamar hasta que ella
saliera; pero reflexion en lo imprudente de semejante conducta. Baj
con lentitud.--Qu misterio hay en esta casa?--deca para s.--Al
hallarse en la calle, sinti mas viva su curiosidad, y la compasin
hacia la joven era mas intensa.--Es su hija, es su mujer, es su
sobrina, es su protegida?--exclam.--Oh! No es posible renunciar 
saber los secretos de esta casa. Cmo renunciar  orlos de la boca de
Clara, que los contaba con tanta ingenuidad?

Anduvo un buen trecho por la calle, y se par, mir  la casa. Ella
misma no me recibir--dijo:--esto ha sido una casualidad. Y si vuelvo
con qu pretexto?... Cunto debe padecer esa infeliz! Tiene cara de
sufrir mucho ... en compaa de esa fiera, sin ver  nadie ni hablar
con nadie....

Maquinalmente se dirigi otra vez  la casa, y continuando su
soliloquio, deca:--Tal vez la ria por haber hablado conmigo; tal vez,
aparentando distraccin, oy cuanto me dijo, se habr ofendido y la
maltratar.

Entr, subi, procurando no ser sentido. Lleg  la puerta y se detuvo.
Su mano torn maquinalmente el cordn de la campanilla. Si hubiera
sentido el menor rumor de disputa; si hubiera sentido la voz agria del
viejo, habra llamado con todas sus fuerzas. Pero nada sinti; aplic el
odo. Un silencio sepulcral reinaba en la casa. De repente sinti una
voz de mujer que cantaba, sinti pasar una persona rpidamente por el
pasillo en que estaba la puerta; sinti el ruido del traje, rozando con
las paredes al correr, y sinti la voz, la voz que, al pasar tan cerca,
reson con timbre delicado y expresivo. Era Clara, que cantaba y corra.
Era acaso feliz? Nuevo misterio.

El curioso se sinti ms confundido: solt el cordn, y paso  paso, y
muy quedito, baj mirando  todos lados con cautela como un ladrn.
Sali  la calle: march resuelto  alejarse: lleg  la esquina, se
par, mir  la casa, y al fin, tomando una resolucin, emprendi su
camino en direccin  su casa, donde le dejaremos por ahora preocupado y
aturdido; para volver  ocuparnos de los amigos de la calle de Vlgame
Dios, cuya vida y caracteres necesitan historia y explicacin.





CAPTULO IV



#Coletilla.#


El hombre extrao, que conocemos con el nombre de Elas, naci all en
el ao 1762 en el pueblo de Ateca, lugar aragons que se encuentra como
vamos de Sigenza  Calatayud. Fueron sus felices padres Esteban Orejn
y Valdemorillo y Nicolasa Paredes: l, labrador honrado; ella, hija
nica del vinculero ms rico del vecino pueblo de Cariena. A los nueve
meses justos de matrimonio naci un tierno vstago que, por las
circunstancias que  la preez y al parto acompaaron,  grandes empresas
y notables prodigios estaba destinado. Es el caso que doa Nicolasa tuvo
all por el quinto mes un sueo extraordinario, en el cual vi que el
fruto de su vientre, ya crecido y entrado en aos, era arrebatado al
cielo en un carro de fuego; ms tarde la buena seora daba en soar
todas las noches que su hijo era consejero del Despacho, padre
provincial, venticuatro, racionero, den y hasta obispo, rey, emperador
, cuando menos, papa  archipapa.

Lleg al fin el alumbramiento, y encomendndose  Dios y  cierto
comadrn que haba en Ateca, hombre de gran ingenio, di  luz un nio,
el cual no entr en el mundo con seales de elegido entre los elegidos,
sino tan flaco, enteco y encanijado, que no pareca sino que su madre,
distrada en aquel perpetuo soar de coronas y tiaras, haba apartado su
organismo de la nutricin del muchachejo.

Pero aunque ste naci como cualquier hijo del hombre, no por eso
dejaron de verificarse al exterior algunos prodigios. Observse en el
cielo de Ateca la conjuncin nunca vista de las siete Cabrillas con
Mercurio; la luna apareci en figura de anillo, y al fin sali por el
horizonte un cometa que se pase por la bveda del cielo como Pedro por
su casa. El boticario del pueblo, que se daba  observar los astros,
entenda algo de judiciaria y tena sus pelos de nigromante, vi todas
aquellas cosas celestiales aparecidas en el cielo de Ateca, y dijo con
gran solemnidad que eran seales de que aquel nio sera pasmo y gloria
del universo mundo. La conjuncin significaba que dos naciones se
uniran contra l; el cometa que l los vencera  todos, y el anillo de
la luna  cualquiera se le alcanzaba que era signo de la inmortalidad.

"Porque--deca don Pablo (que as se llamaba el boticario)-- mi no se
me escapa nada en esto de crculos celestiales; y cosa que yo barrunto,
ello ha de ser verdad, como esto es chocolate."

Efectivamente: chocolate, y del mejor de Torroba, era el que durante los
solemnes augurios tomaba, merced  la gratitud generosa de los Orejones.

En el bautismo hubo un holgorio que djelo usted estar. Hubo en gran
abundancia vino aragons, grandes ensaimadas, bollos de  cuarta,
hogazas de  media vara, gran pierna de carnero, pimientos riojanos y
unos bizcochos como el puo, fabricados por las monjas del Carmen
Descalzo de Daroca. El ms obsequiado era don Pablo  causa de sus
augurios, que l consideraba dignos de grabarse en bronces y pintarse en
tablas. Entusiasmado por la generosidad con que pagaban sus trabajos
astronmicos, compuso una dcima en que llamaba  los Orejones
_protectores de la ciencia_.

El nio creca. Intil es decir que durante su infancia parecan
adquirir fundamento las esperanzas de sus padres. Qu precocidad! Todo
lo que el nio haca era prodigioso nunca visto ni odo. Abra la boca
para articular una slaba: ya haba dicho una sentencia. Peda la teta?
Aquello era, segn la opinin del astrlogo, un incomprensible aforismo.
Pasaban dos, cuatro y seis aos, y con la edad creca la fama del joven
Orejoncito.

Sabe usted lo que he visto, seora Nicolasa?--deca el farmacutico
un da con cierto tono de misterio que asust  la buena mujer.

--Qu hay, seor don Pablo Bragas?

--Que Elisico estaba ayer jugando con unas gallinas, y les pegaba  los
pollos con una caa, que  ser manejada por ms fuertes manos, no les
dejara con vida. "Muchacho, le dije: por qu castigas  esos
animalejos?" "Porque son pollos, contest, y los quiero matar."--"Y qu
te han hecho, verduguillo."--"Les estoy mandando que digan _po_, y no
quieren." Vea, usted, seora doa Nicolasa, vea usted. Esto est fuera
de lo comn, por la sentencia y el gran tutano que encierra: _Quia
pulii sunt_. Lo mismo dijo el Dialctico cuando zurraba  los
jansenistas: _Quia, heretici sunt!_

Doa Nicolasa Paredes, dicho sea en honor de la verdad, no comprenda
muy bien el _tutano_ que encerraban las palabras de su hijo; pero
agradecida  las cariosas profecas de don Pablo Bragas, tendi un
mantel y puso delante del amigo una taza de sopas en caldo gordo, que
daran rabia  un teatino.

Elas creci mas, y siguiendo la discreta opinin de un lector del
convento de dominicos de Tarazona, que fu  predicar  Ateca el da de
la Patrona del pueblo, le mandaron  estudiar humanidades con los padres
de dicho convento. Ya tena doce aos; all creci su reputacin, y 
poco fu tan gran latino, que ni Polibio, ni Eusebio, ni Casiodoro se le
igualaran.

Tena quince aos cuando se celebr un consejo de familia para resolver
si se le mandaba al Seminario de Tudela   la Universidad de Alcal;
pero al fin fueron tantas y de tanto peso las razonas de don Pablo
Bragas en favor de la Complutense, que se adopt su dictamen. El
prodigio de la Naturaleza fu puesto sobre un macho, en compaa da unas
alforjas que encerraban algunas, tortas y dos azumbres de vino, y
despus de algunos lloriqueos de doa Nicols y de algunos dsticos que
ensart el de los astros, Elas parti en direccin de la patria del
inmortal Cervantes, adonde lleg en cuatro das: de viaje.

Entonces doa Nicolasa tuvo una hija. Ningn trastorno sufri la
Naturaleza en su nacimiento.

Elas estudi en Alcal cnones y teologa. Durante sus estudios, en
que mostr grande aplicacin, los maestros no cesaron de poner en las
mismas nubes al que tanto honraba la ilustre estirpe de los Orejones.
Unos esperaban en l un Luis Vives, otros un Escobar, cul un Snchez,
cul un Vzquez  un Arias Montano. Y efectivamente, el joven era
aplicado. Pasbase las noches en vela, devorando  Eusebio,  Cavalario
y  Grotius. Atarugbase con enormes raciones diarias del libro _De
locis teologices,_ y cuando iba  clase descollaba entre todos.
Entonces principiaron  marcarse los rasgos fundamentales de su
carcter, el cual consista en orgullo muy grande, unido  gran
sequedad de trato y  rigidez de maneras, por lo cual sus compaeros no
le tenan ningn cario.

Pero su reputacin de sabio era general. Fu  su pueblo, y al entrar en
l lo primero que vi fu la venerable efigie de don Pablo Bragas, que
le salud con un pomposo arqueo de cintura. Junto  l estaban el
alcalde, el cura y lo ms notable de Ateca, incluso el herrador. Bragas
sac un papel del bolsillo y ley un discurso, mitad en latn y mitad en
castellano, que aplaudieron todos menos el obsequiado. En la casa le
esperaban la seora Nicolasa, que se estaba poniendo vieja, y Orejn
_senior,_ que se conservaba muy fuerte. Su pequea hermana era ya una
muchacha; pero la pobre ms fama tena de traviesa que de saba. Hubo
una pequea fiestecilla de confianza con abundancia de bollos, de los
cuales la mitad (sea dicho en honor de la imparcialidad) fueron
consumidos por don Pablo Bragas.

 En el pueblo continu Elas consagrado al estudio. Su sequedad aument,
 y se determin ms su orgullo; pero los padres no notaban tal cosa, y
 estaban amartelados con el joven. Si alguna vez los ofenda
 momentneamente la rigidez de su trato, contentbanse luego con or de
 boca de Bragas un panegrico, cuyo eplogo era siempre tazn de
 chocolate  magra de gran calibre.

Elas tena treinta aos cuando march  la Corte. No sabemos si l, al
tomar esta determinacin, so con adquirir la gloria que los astros,
por boca de un sabio, haban anunciado. El, sin duda, tena dispuesto
algn plan. Al llegar  Madrid trab relaciones muy ntimas con los
Padres del convento de Trinitarios, que eran sabios como unos templos.
Hizo asimismo estrechas relaciones con un seor de la nobleza
perteneciente  la casa ilustre de los Porreos y Venegas, marqueses de
la Jarandilla; y tom tal aficin  esta familia, que la sirvi
fielmente en la prosperidad, y fu su mayordomo, aun despus de la ruina
de la casa, acontecida al fin de la guerra. Al estallar sta en 1808,
Elas dej sus costumbres sedentarias, sus Pandectas, su Digesto y sus
Dacretales, para militar en las filas de Echevarri y el Empecinado;
hizo con el primero toda la campaa de Navarra, y organiz una porcin
de somatenes en Castilla al pasar Napolen de vuelta de Madrid.

Concluida la guerra, pas por su pueblo: su padre haba muerto; su
hermana era ya mujer y se haba casado con un pariente labrador; su
madre estaba tullida y enferma. Bragas haba perdido su buen humor y su
aficin  los astros; pero no su amor  Elisico, ni el convencimiento
profundo de que _dos naciones se uniran contra l, y que l las
vencera  las dos_.

En Ateca supo el incremento que tomaba el partido constitucional y el
entusiasmo con que en toda la Pennsula era mirada la Asamblea de Cdiz.
Advirtamos que Elas detestaba de muerte  los constitucionales. Aquel
hombre, que desde que tuvo uso de razn no vivi sino con la
inteligencia, ni en su juventud experiment los naturales sentimientos
de amistad y afecto, estaba  los cuarenta aos enardecido con una
fuerte y violentsima pasin. Esta pasin era el amor al despotismo, el
odio  toda tolerancia,  toda libertad; era un realista furibundo,
atroz, y su fanatismo llegaba hasta hacerle capaz de la mayor
abnegacin, del sacrificio, del martirio. Su carcter era apasionado por
naturaleza, aunque los asiduos estudios le haban comprimido y
desfigurado. Pero al llegar  aquella poca, en que era imposible  todo
espaol apartar la vista del gran problema que se trataba de resolver,
la escondida vehemencia de sentimientos de Elas se manifest, y no en
forma de amor, ni de avaricia, ni de ambicin: se manifest en forma de
pasin poltica, de adhesin frentica  un sistema y odio profundo al
contrario.

Como consecuencia de esta evolucin de su carcter, se desarrollaron en
l una fuerza de voluntad y una energa tales, que le hubieran llevado 
los ms grandes hechos,  tener ocasin para ello. Su inteligencia, que
era muy perspicaz y cultivada del modo que hemos dicho, prestaba ms
fuerza  aquel sentimiento exagerado; y el consorcio extrao de sus
facultades intelectuales con su gran pasin, unido  su trato indomable,
haca de l uno de esos seres monstruosos, que la observacin
superficial califica ligeramente de este modo: un loco.

Hundido el sistema constitucional en 1814, Elas fu feliz; pero no por
eso vivi tranquilo, porque comenz  tomar parte en la vida activa de
la poltica, que es en todas ocasiones una vida poco agradable. Trab
amistad con el duque de Alagn, individuo de la odiosa camarilla;
entraba en los concilibulos de Palacio, y se _honr_ con la amistad de
aquel prncipe que deshonr  su patria. Entonces tomaba parte en los
sordos manejos de aquella corte infame.

Pero vino el ao 20, y nuestro personaje entr en el perodo de rabia
crnica, de desorden moral y frentica tenacidad en que le hemos
conocido. Ya sabemos poco ms  menos cmo viva: su actividad haba
redoblado, y conspiraba con una constancia de que no se ha visto
ejemplo. En relaciones secretas con la corte, procuraba organizar una
reaccin, y todos los medios se adoptaban si conducan al fin deseado.
Iba  los clubs, atizaba alborotos, frecuentaba las reuniones de
realistas y aun de los liberales. Todo lo averiguaba y lo aprovechaba
todo. Pero ya sonaban pblicamente algunas acusaciones contra l; ya se
deca que haba pertenecido  la camarilla: ya se le indicaba como
conspirador, y ms de una vez se vi amenazado por gentes que pretendan
conocerle  le conocan en efecto.

Todos los que le conocan de vista en los crculos patriticos le
llamaban _Coletilla_, apodo elaborado en la barbera de Calleja, algunos
das despus del famoso aditamento que puso el Rey al discurso de la
Corona. Aquel apndice literario, que tan mal efecto produjo, era
designado en el pueblo con la palabra _Coletilla_. La idea de que Elas
era amigo del Rey, uni en la mente del pueblo la persona del fantico y
aquella palabra: los nombres que el pueblo graba en la frente de un
individuo con su sello de fuego, no se borran nunca. As es que Elas se
llamaba as, para todo el mundo.

Sus pocos amigos nicamente se cuidaban bien de nombrarle as.

Concluiremos consagrando un recuerdo  uno de los principales hroes de
este captulo. Nuestro amigo don Pablo Bragas muri en Ateca  los
noventa y un aos de edad, de calenturas gstricas, debidas al doble
efecto de un hartazgo de salpicn y de un constipado que cogi
examinando la conjuncin de Arcturus con Marte en una noche de Enero.

Desde entonces la astronoma est en Ateca en lastimosa decadencia.





CAPTULO V



#La compaera de Coletilla#.


En Diciembre de 1808 militaba Elas, como hemos dicho, en una partida
que haba levantado en Segovia el Empecinado. Tuvieron varios
encuentros con los franceses, hasta que Soult, que sali en persecucin
de Moore, encontr  los guerrilleros y les hizo retroceder hacia
Valladolid; de all siguieron avanzando hacia el Norte y llegaron hasta
Astorga. Elas se qued en Sahagn con unos cuantos hombres, dispuestos
 organizar all una partida considerable que hostilizara  Ney en su
salida de Galicia.

En Sahagn haba un coronel segoviano que, habindose casado all, viva
retirado del servicio militar. Era hombre de elevado carcter, de mucho
corazn y de bien cultivada inteligencia; haba sido muy rico, pero
deparle el cielo  el infierno una esposa que ni de encargo hubiera
salido tan dscola, intratable y antojadiza. El pobre militar haca
cuanto era imaginable para dominar el carcter de aquel basilisco, en
quien parecan haberse reunido todas las malas cualidades que la
naturaleza suele emplear en la elaboracin de las mujeres. Empez por
hacerse excesivamente devota, y tal era su mojigatera, que abandonaba 
su marido y su casa para pasarse todo el santo da entre monjas, padres
graves, cofrades, penitentes, sin ocuparse ms que de rosarios,
escapularios, letanas, horas, antfona y cabildeos. Viva entre el
confesonario, el locutorio, la celda y la sacrista, hecha un santo de
palo, con el cuello torcido, la mirada en el suelo, avinagrado el gesto,
y la voz siempre clueca y comprimida.

En los pocos momentos que pasaba en su casa era intratable. En todo
cuanto deca su pobre marido encontraba ella pensamientos pecaminosos;
todas las acciones de l eran mundanas: le quemaba los libros, le sacaba
el dinero para obras pas, le llenaba la casa de padres misioneros,
teatinos y premostratenses; y en cuanto se hablaba do conciencia y de
pecados, empezaba  mentar los de todo el mundo, sacando  la
publicidad de una tertulia frailuna la vida y milagros del vecindario,
para condenarla como escandalosa y corruptora de las buenas costumbres.
En tocando  este punto le daban arrebatos de santa clera, y entonces
no se la poda aguantar.

Pero de repente la insoportable beata se volvi del revs; el fondo de
su carcter era una volubilidad extremada. Cambiando repentinamente,
adopt un gnero de vida muy mundano: se sala de capa y se andaba por
esos mundos dando zancajos con el pretexto de que tena una fuerte
afeccin moral y necesitaba distraccin. Acompabala algn militar
joven  algn abate verde. Su marido, viendo que era imposible detenerla
en casa, tuvo que consentir en aquella vida voladera; que si bien le
costaba una parte de su fortuna, le libraba por algn tiempo de las
impertinencias de aquel demonio.

La tercera metamorfosis de doa Clara fu peor. Le di por ponerse
enferma, y entonces no haba malestar, ni dolencia, ni afeccin crnica,
ni ataque agudo que no viniera  afligir su cuerpo. Agot todos los
ungentos, especficos y tisanas; puso sobre un pie  todos los
boticarios, curanderos, mdicos y protomdicos, y visit todos los baos
minerales de Espaa, desde Ledesma  Paracuellos, desde Lanjarn 
Fitero. Lo nico que pareca aliviarla era el circunstanciado relato de
sus males que haca  todos los teatinos, franciscanos, mnimos y
premostratenses, con quienes volvi  entibiar msticas relaciones.

Chacn, su pobre esposo, coga el cielo con las manos, y aun lleg 
aplicarle el eficaz cauterio de unos cuantos palos, que no produjeron
otro efecto que recrudecer la feroz impertinencia de aquel enemigo.

Al mismo tiempo la fortuna del matrimonio tocaba  su trmino, y el
desventurado marido temblaba al considerar qu sera en lo porvenir de
su pobre hija, entonces de cinco aos de edad. La devota, la enferma
haba tenido, antes de ser enferma y devota, una nia que se llamaba
Clara, como ella, nico fruto de aquel malaventurado matrimonio.

Doa Clara se cur cuando lo tuvo por conveniente, y se entreg de nuevo
 las cosas de la Iglesia, tomndolo tan  pechos que no haba da en
que no se mortificase con disciplinazos, que se oan desde la calle.
Estbase de rodillas y en cruz una hora seguida; cuando empezaba 
contar los xtasis que _le daban_ y las visiones que _tena,_ era el
cuento de las cabras de Sancho. El esposo peda  Dios que le librara
de aquel infierno vivo. Doa Clara no amaba  su hija ni  su esposo, y
ste que la haba amado mucho, concluy por aborrecerla.

Al fin _la Chacona_ (as la llamaban en el pueblo) dej otra vez la
vida devota, y de la noche  la maana se march  Portugal  _tomar
aires_. Felizmente Dios la ilumin, y de Portugal se fu al Brasil
con unos misioneros. No se supo ms de ella. El pundonoroso y leal
esposo respir: estaba libre, pero pobre, enteramente pobre sin otra
cosa que un sueldo mezquino; tranquilo en cuanto  lo presente, pero
inquieto siempre que pensaba en aquella nia infeliz que iba  quedar
en la miseria.

En la mitad de Diciembre de 1808 todo el pueblo de Sahagn sali al
camino real lleno de curiosidad. El emperador Napolen I pasaba por all
para dirigirse  Astorga en persecucin de los ingleses. Lleg al
pueblo, descans dos horas, y sigui su camino, seguido de una gran
parte del ejrcito que ocupaba  Espaa. Cuando los franceses, guiados
por Napolen, estuvieron lejos, Sahagn se atumultu; tomaron las armas
todos los jvenes, y mandados por Elas y el cura de Carrin, se
disponan  pelear con unos regimientos franceses, que al da siguiente
haban de pasar por all para unirse al cuerpo del ejrcito.

Aquella tarde Chacn abrazaba y besaba tiernamente  su hija, que, al
ver llorar  su padre, lloraba tambin sin saber porqu. El coronel
tena un proyecto, el nico que poda darle alguna esperanza de asegurar
en lo futuro el bienestar de Clara. Haba resuelto entrar en campaa,
avanzar en su carrera y seguir  la nacin en aquella crisis, seguro de
que le pagara sus servicios. Escribi al Empecinado pidindole rdenes,
y ste le contest que se pusiera al frente de los 500 hombres de
Sahagn, y procurase batir  los regimientos franceses que iban  unirse
con Napolen en Astorga. El bravo militar, aclamado jefe de la partida
que Elas y el cura de Carrin organizaron, sali aquella noche, dejando
 su hija en poder de dos antiguas criadas. Situronse  un cuarto de
legua del pueblo, y al amanecer del siguiente da se vieron brillar  lo
lejos las bayonetas de los franceses. La guerrilla les hostiliz con
fuegos esparcidos: al principio, los franceses vacilaron con la
sorpresa; mas repuestos un poco, atacaron  los nuestros. El combate fu
encarnizado. Elas y Chacn se miraron con angustia. "Son tres veces
mas que nosotros!--dijo Chacn;--pero _no importa_: adelante!"

Retrocedieron hasta la entrada del pueblo: all la lucha fu horrible.
Desde las ventanas, desde las esquinas disparaban los paisanos contra
el enemigo, cuyas filas se diezmaban. El coronel mandaba  los suyos con
un denuedo sin ejemplo. A la partida unise al fin el resto del pueblo.
Un esfuerzo ms, y los franceses eran vencidos. Este esfuerzo se hizo:
cost muchas vidas; pero los franceses, no queriendo perder ms gente,
emprendieron la retirada hacia Valencia de Don Juan.

El pueblo todo les sigui, con Chacn  la cabeza; pero an no haba
andado ste veinte pasos, cuando fu herido por una bala: di un grito y
cay baado en su sangre. Las mujeres le rodearon, llorando todas al
verle herido; l dijo algunas palabras, volvieron los suyos, y entre
cuatro le llevaron  su casa. Antes de llegar  ella ya estaba muerto.

Reinaba en el pueblo la consternacin, porque haban perecido muchos
hijos y muchos maridos; las madres y las esposas gritaban por las calles
con amargos y dolorosos lamentos. Delante de la puerta de la casa de
Chacn haba un grupo de mujeres silenciosas que contemplaban el cadver
del coronel, teido en sangre, con la frente partida y destrozado el
pecho. Algunos nios, en quienes poda ms la curiosidad que el miedo,
se haban acercado hasta tocarle los dedos, las espuelas y el cinturn.
Nadie hablaba en aquella escena, y slo la pobre Clarita, consternada al
ver que todos la miraban llorando, comenz  llamar con fuertes voces 
su padre, cuya muerte no comprenda.

--Qu nia es sta?--pregunt Elas.

--Es su hija,--contest una mujer que la tena abrazada.

--Y no tiene madre?--

--No, seor,--

--Y qu vamos  hacer de ella?--dijo Elas mirando al cura de Carrin y
 los dems cabecillas del tumulto.

Todos se encogieron de hombros y besaron  Clara.

--Nosotros nos quedaremos con ella,--dijeron las dos mujeres que haban
servido al coronel cuando era rico.

--No--dijo Elas:--yo la recojo. Me la llevar conmigo, la educar.--

Las mujeres aquellas eran muy pobres. Gran cario les inspiraba Clarita;
pero al tenerla  su lado la condenaban  ser pobre como ellas para toda
la vida. Consideraban  don Elas como persona de posicin y carcter, y
no dudaron, por lo tanto, en dejarle la nia.

Permaneci, sin embargo, en Sahagn hasta 1812, poca en que el
realista dej las armas y se retir  Madrid. Entonces le acompa
Clara, que no pudo separarse de sus pobres amigas sin llorar mucho, ni
pudo acostumbrarse tampoco  mirar cara  cara  su protector, porque le
daba mucho miedo.

Grande fu su tristeza cuando al despertar en un hermoso da de Mayo se
encontr entre las obscuras paredes de la casa que conocemos en la calle
de Vlgame Dios; y esta tristeza aument cuando la llevaron al
convento-colegio de ciertas hermanas de una Orden famosa, que enseaban
 las nias del barrio lo poquito que saban. Tena la escuela todo lo
sombro del convento, sin tener su claustro melanclico y su dulce paz.
Diriganla unas cuantas viejas, entre quienes descollaba por su
displicencia, fealdad y decrepitud una tal madre Angustias, que usaba
una caa muy larga para castigar  las nias, y unas antiparras verdes,
que ms que para verlas mejor, le servan para que las pobrecillas no
conocieran cundo las miraba.

Las nias se levantaban muy temprano, y rezaban; almorzaban unas sopas
de ajos, en que sola nadar tal cual garbanzo de la vspera, y despus
pasaban al estudio, que era ejercicio de lectura, en el cual desempeaba
el principal papel la caa de doa Angustias. Trazaban luego, por
espacio de dos horas, sendos garabatos en un papel rayado; y despus de
contestar de memoria  las preguntas de un catecismo, cosan tres horas
largas, hasta que llegaba la del juego. El recreo tena lugar en un
patio obscuro y hediondo, cuya vegetacin consista en un pobre clavel
amarillento y tsico que creca en un puchero inservible, erigido en
tiesto de flores. Las nias jugaban un rato en aquella pocilga, hasta
que la madre Angustias sonaba desde su cuarto una siniestra campanilla,
que reuna en torno  su caa  los tristes ngeles del muladar.

Despus de comer llevaba el rosario la madre Brgida, por no poder
hacerlo la madre Angustias,  causa del asma que la afliga,
entrecortndole la voz. Aquel rosario era interminable, porque detrs de
sus infinitos paternster venan las letanas, llagas, misterios,
jaculatorias, oraciones, gozos y endechas msticas. La noche las
sorprenda en aquel devoto ejercicio, y era muy comn que alguna de las
chiquillas, rendida bajo el peso moral de tan montono y cansado rezo,
bostezara tres veces y se durmiera al fin benditamente. Parapetada
detrs de sus antiparras, la madre Angustias observaba los bostezos y
acariciaba su caa dictatorial sin decir palabra  la culpable,
esperando  que se durmiera, y entonces ira de Dios! le sacuda un
caazo, seguido de una retahila de insinuaciones colricas. Las otras
nias, que no esperaban ms que un motivo de distraccin y
entretenimiento, al ver la triste figura que haca su compaera al
despertar bruscamente, soltaban la risa, se interrumpa el rezo, grua
la madre Brgida, cacareaba la madre Angustias, y llovan los caazos 
diestra y siniestra. Al anochecer continuaban las lecciones y el
catecismo. La madre Angustias les deca: "Ahora el ca ... ca ...
tecismo. Madre Br ... Br ... Brgida, la que no lo sepa, al ca ... ca
... caramanchn."

Y se marchaba  acostar, porque padeca de ciertos ahoguillos, y tena
que ponerse todas las noches paos calientes en el estmago.

Clarita y otras nias de la escuela crean  pie juntillas que la madre
Angustias no tena ojos, y que todas sus facultades pticas residan en
aquellos dos temibles vidrios verdes, engastados en una armazn rancia y
enmohecida; y aconteca que para imitarla cortaban dos redondeles de
papel verde del forro del catecismo y se lo pegaban con saliva en los
ojos, con lo cual se moran de risa. Como no podan ver gota con
aquellos parches, sorprendilas un da la madre Petronila, que era un
vinagre, y despus de darles muchos coscorrones, las conden  no comer
ni jugar aquel da, Qu horas pasaron las pobres!

Otra vez se hallaban todas en el patio, y ocurrisele  un pajarito muy
flaco meterse all por el tejado y posarse, despus de chocar en los
muros, en el entristecido clavel. Qu algazara se arm! Aqul fu el
mayor acontecimiento del ao. Con pauelos, con mantos, con cuanto
hallaron  mano, le persiguieron hasta cogerle; atronle un hilo en una
de las patas, y Clara le guard muy bien en un cajoncillo donde tena la
costura. A escondidas le echaban de comer por las noches; pero el
animalito enflaqueca y se pona ms triste cada vez. Una noche, en el
momento en que el rezo iba  principiar, Clara tena abierto el
costurero, y fingiendo arreglar dentro de l alguna cosa, se ocupaba en
abrirle la boca al pajarito y meterle  la fuerza unas migajas de pan
que haba guardado en el bolsillo, cuando de repente alz el vuelo el
animal, revolote por la habitacin con el hilo atado en la pata, y fu
 pararse dnde creeris? en la misma cabeza de doa Angustias, que al
verse profanada de aquel modo, tom tal clera, que el asma le ahog la
voz y estuvo gesticulando en silencio diez minutos, roja como un tomate.
Clara se qued yerta de miedo.

"Cla ... Cla ... Cla ... rita--exclam la madre Angustias ciega de
furor.--Nia mal ... mal criada! Qu desaca ... ca ... cato es ste?
Esta noche al ca ... ca ... caramanchn."

Clara fu condenada aquella noche  dormir en el caramanchn, ltima
pena que slo se aplicaba muy de tarde en tarde  los ms negros y
raros delitos. Doa Angustias continu en su cacareo hasta que vi
cumplida la terrible orden; y  la hora en que acostumbraban 
recogerse, Clara fu llevada al presidio, que era un desvn obscuro,
ftido y pavoroso. La pobrecilla no caba en s de miedo al verse sola
en aquel tugurio, entre mil objetos cuya forma no poda apreciar,
tendida en un miserable jergn y expuesta al aire colado, que por una
ventanilla entraba. En su desvelo, sinti las pisadas de los ratones
que en aquellos climas vivan; pisadas que en sus odos resonaban como
si fueran producidas por los pies de un ejrcito de gigantes. Se
encogi, se envolvi toda en su manta, escondiendo los pies, las manos
y la cabeza; pero las ratas corran por encima, y saltaban, iban y
venan con una algaraba espantosa. Tambin contribuy  aumentar el
pavor de la nia una disputa que en el tejado vecino se trab entre dos
gatos bullangueros que lanzaban maullidos lgubres y desentonados. La
pobre no pudo dormir, y el da la encontr hecha un ovillo, empapada en
sudor fro y temblando de miedo.

Entre estos sucesos extraordinarios y la diaria tarea del estudio y la
costura, aterrada siempre por la fascinacin terrible de los espejuelos
de la madre Angustias, pas Clara cuatro aos, hasta que, cumplidos los
once, vino Elas por ella y se la llev  su casa.

El realista no saba al principio qu hacer de aquella nia: ocurrile
hacerla monja; pero impulsado por un repentino egosmo, resolvi
conservarla  su lado. Era solo: su casa necesitaba una mujer. Quin
mejor que Clara? Su inteligencia no estaba bien cultivada, pues no saba
sino leer, escribir y hacer algunas cuentas; pero, en cambio, cosa muy
bien y entenda de toda clase de labores.

La hija de la Chacona creci en casa de Coletilla, y fu mujer. Creci
sin juegos, sin amables compaeras, sin alegras, sin esas saludables y
tiles expansiones que conducen felizmente de la niez  la juventud.
Elas no la trataba mal, pero tampoco era muy carioso son ella.

Los domingos la sola llevar  la Florida   la Virgen del Puerto; una
vez la llev al teatro, y Clara crey que era verdad lo que estaban
representando. Los paseos dominicales cesaron cuando Elas tuvo
ocupaciones y preocupaciones que le apartaban de su casa: entonces ella
se limit  or misa muy de maana en las monjas de Gngora, y en esta
expedicin lo acompaaba, una criada alcarrea llamada Pascuala, que
Coletilla haba tomado  su servicio.

Este encierro perpetuo hubiera agriado y pervertido tal vez otro
carcter menos dulce y bondadoso que el de Clara, la cual lleg  creer
que aquella vida era cosa muy natural, y que no deba aspirar  otra
cosa; as es que viva tranquila, melanclicamente feliz, y  veces
alegre. Y, sin embargo, semanas enteras pasaban sin que una persona
extraa penetrara en la casa del fantico. Pareca que toda la sociedad
quera huir de aquella jaula en que estaba encerrado su mayor enemigo.

Slo una excepcin exista en aquel aislamiento normal. Ya hemos dicho
que don Elas fu amigo y servidor de una antigua  ilustre casa.
Despus de la ruina de los Porreos y Venegas, slo quedaron tres
individuos, tres dueas venerables que conservaron relaciones amistosas
con el realista. Muy de tarde en tarde iban  visitarle. Tenan un trato
seco; eran intolerantes, rgidas, orgullosas. Nunca hablaban  Clara
sino con palabras solemnes, que daban tristeza y abatan el nimo. No
podan prescindir de la etiqueta, ni aun delante de una pobre muchacha y
eran tan ceremoniosas y tiesas, que Clara les lleg  tomar antipata,
porque siempre que iban  la casa dejaban all una sombra de tristeza
que duraba mucho tiempo en el alma de la hurfana.

En los ltimos aos, Coletilla entraba, como hemos dicho, en el perodo
lgido de su frenes poltico; la clera era su estado normal, y era
cosa imposible que en su fanticas obsesiones pudiera aquella alma
irascible tener carios y finezas para la pobre compaera que tanto las
necesitaba. Por el contrario, mostrbase muy duro con ella; se estaba
sin hablarle semanas enteras; otras veces la reprenda con acrimonia y
sin motivo: la llamaba frvola y casquivana. Un da, al ver que la
desventurada se haba peinado con menos sencillez que de ordinario, y se
haba vestido, reformando un poco su natural elegancia con el poderoso
instinto de la moda, que las mujeres ms apartadas del mundo poseen, la
ri, repitindole muchas veces esta frase que le cost lgrimas  la
infeliz: "Clara, te has echado  perder." Otras veces le daba al viejo
por vigilarla, y le prohiba asomarse al balcn y abrir la puerta, es
decir, la abandonaba  la martirizaba, segn el estado de aquel espritu
perturbador y cruel.

Clara se puso mala; se iba agostando con lentitud como el clavel que
creca difcilmente en el patio de la escuela. Su melancola creci, se
puso descolorida y extenuada, y lleg  hacer temer graves peligros
para su salud. Coletilla no pudo permanecer indiferente  la enfermedad
de su protegida, y trajo un mdico el cual expres su dictamen muy
brevemente, diciendo: "Si usted no manda  esta chica al campo se muere
antes de un mes."

El realista pens que la muerte de aquella muchacha sera un
contratiempo. Record que su hermana viva en Ateca con su familia, y
form su plan.

Escribi dos letras y algunos das despus Clara entraba en el pueblo
con el corazn rebosando de alegra.

Benfica reaccin se verific en su salud, y su espritu, tanto tiempo
abatido por el fastidio y el encierro, se reanim con el pleno goce de
la Naturaleza y el trato de personas alegres que la atendan y la
amaban. Aquellos das fueron una segunda vida para la desdichada mrtir,
porque se regener materialmente, adquiriendo lozana, frescura y vigor:
sus ojos, acostumbrados  la obscuridad de cuatro paredes, recorran ya
un largo horizonte: sus pasos la llevaban  grandes distancias: su voz
era escuchada por amigas joviales y francas, por jvenes sencillos, por
viejos cariosos; su alegra era comprendida y compartida por otros; sus
inocentes deseos satisfechos; conoca la amistad, la vida familiar, la
confianza; gozaba de un cielo hermoso, de un aire puro, de un bienestar
sobrio y tranquilo, de felices y no montonos das, de sosegadas y
apacibles noches.

Pero durante la permanencia de Clara en Ateca pasaron cosas que
influyeron poderosamente en el resto de su vida. Vamos  referirlas,
porque de ellas se deriva casi toda esta historia; y por tan importantes
y graves, las dejamos para el captulo siguiente, donde las ver el
lector, si est decidido  no abandonarnos.





CAPTULO VI



#El sobrino de Coletilla.#


Marta, la hermana de Elas, haba quedado viuda con un hijo llamado
Lzaro, que despus de estudiar Humanidades en Tudela, pas  la
Universidad de Zaragoza. Era ste un mozo como de veintitrs 
veinticinco aos, de agradable presencia, de ingenio muy precoz, de
imaginacin viva, de palabra fcil y difusa, muy impresionable y
vehemente, y de recto y noble corazn.

Las nuevas ideas, que entonces conmovan profundamente el corazn de la
juventud, haban hallado en el joven Lzaro un creyente decidido. Era
uno de los que, brotados en el tumulto de un aula de Filosofa militaban
con pasin generosa en las filas de los propagadores polticos, entonces
tan necesarios.

Sucedi que los estudiantes zaragozanos trabaron una pendencia con los
socios de cierto club poltico; el asunto tom proporciones, intervino
la autoridad universitaria, y Lzaro se vi obligado  salir de
Zaragoza, perdiendo curso. Esto pasaba en los das en que, destituido
Riego del mando de capitn general de Aragn, hubo en aquella ciudad
tumultos y manifestaciones, que el Gobierno quiso reprimir. Lzaro, que
estaba  punto de concluir la carrera, conoci la gravedad de su
situacin y el disgusto que tendran su madre y su abuelo,  quienes
amaba mucho. Quiso reclamar, pero fu intil, y tuvo que retirarse  su
pueblo, triste, avergonzado y lleno de dudas y temores.

Pero al entrar en su casa, agitado por la zozobra y los remordimientos,
vi en compaa de su madre  una persona desconocida que desde el
primer momento le produjo una secreta impresin de alegra,
imponindole, sin saber por qu, consuelo y esperanza. Confes lo que le
pasaba, sin disminuir la gravedad del caso, por lo cual don Fermn, su
abuelo paterno, se puso serio y quiso enfadarse, y su madre llor un
poco. Pero la persona desconocida, que pareca estar all para alegrar
la casa, disip la clera del primero y sec las lgrimas de la
segunda, mientras Lzaro, con la cabeza baja y humedecidos los ojos,
permaneca inmvil delante de sus jueces y de su defensor sin decir
palabra, aunque  la verdad no era preciso, porque la joven le defenda
muy bien sin desplegar gran elocuencia, ni emplear otros recursos que su
claro y natural sentido, su acrisolado y generoso sentimiento.

El pobre Lzaro estaba tan turbado, que se le figuraba que aquella
persona era una aparicin, un ser enviado del cielo para ampararle en
aquellos apurados momentos. Esperaba verla desaparecer al concluir su
misin, y la miraba con ese estupor silencioso que causa lo
sobrenatural y desconocido. No tena antecedentes de aquella joven, ni
haba sospechado que existiera y se encontrara all. Pero la imagen no
se desvaneca, y, por el contrario, continuaba vindola adornada con
todos los encantos fsicos y morales que pueden poseer los ngeles de
este mundo.

No se habl ms del asunto. Lzaro fu perdonado, pero no sali de sus
confusiones. Explicronle quin era Clara y por qu estaba all; ms no
por eso pudo dominar el estudiante la respetuosa y fuerte sorpresa que
le haba producido.

Estuvo encogido y como asombrado todo el da, y temblle la voz cuando
quiso hablar con ella, y se call al fin por temor de decir mil
disparates. Al da siguiente despert con una alegra exaltada,  la que
suceda bruscamente una tristeza sin igual. Su aturdimiento tomaba fases
muy diversas tan pronto se vea atacado de un apetito insaciable de
verbosidad que no poda contener; tan pronto haca esfuerzos inauditos
para pronunciar una palabra, sin llegar  conseguirlo. Era un
polaticmano ferviente, y en Zaragoza se haba distinguido por sus
elocuentes arengas en los clubs, que le haban dado mucha celebridad; en
sus conversaciones privadas se expresaba tambin con mucho entusiasmo y
correccin pero esta vez de todo hablaba menos de poltica. Pareca que
no existan ya para l ni la revolucin francesa, ni el _Emilio_, de
Rousseau, ni las _Carta de Talleyrand_, ni el Diccionario, de Voltaire.
Se haba olvidado de todo esto, y slo pensaba en la frmula ms
expresiva y exacta para decirle  Clara que la haba visto en sueos
aquella noche. Recurri al sistema de las circunlocuciones, pens
despus en decirlo  secas y sin ambajes, acordse de que las alegoras
se haban inventado para aquel caso, y prob todos los medios sin lograr
con ninguno su objeto.

Pasaron dos  tres das sin que hallara un modo de ser explcito.
Cuando estaba solo, s; entonces hablaba, hablaba consigo mismo, y aun
parecas entablar misteriosos dilogos con aquel hermoso espritu, que
encontraba siempre en todas partes, acompandole en sus soledades 
insomnios; espritu lleno de luz y con formas de mujer, que brotaba del
seno mismo de la noche para mirarle inmvil, callado y sereno. Delante
de esta sombra era Lzaro muy elocuente, y siempre acertaba  expresar
lo que senta; y senta tanto el pobre, que  veces le daba uno de esos
accesos vehementes, en que el organismo se conmueve todo, quebrantado y
oprimido por la enorme expansin del espritu. Sala de la casa por no
hallarse bien en ella, y volva  entrar por no hallarse bien fuera. Por
fin, haba logrado formular un dilogo con Clara. La primera vez que
pudo hablar con ella un cuarto de hora seguido, se mostr muy enojado.
Enojado? Porqu? Despus empez  darle las gracias. Las gracias?
Por qu? Despus le pidi perdn. Perdn? De qu? Y acto continuo le
dijo que se iba  volver loco. Loco?... Su andar era errante. Se
diriga  todas partes, y no llegaba  ninguna; se hallaba siempre donde
no quera estar. Pero  pesar de estas evoluciones de ciego, aconteca
que si Clara iba  alguna parte, qu casualidad! encontraba en ella 
Lzaro que la esperaba.

El alma de la muchacha no estaba sujeta  estas extraas perturbaciones.
Siempre sensible y feliz en su serenidad inocente, se dejaba llevar por
la corriente de una vida sin agitacin ni contratiempos. En su sitio
propio, para dar paz al nimo y descanso  la fantasa, viva sin
sentirlo digmoslo as; y si alguna vez la entristeca algn
pensamiento, era el pensamiento de volver  la calle de Vlgame Dios. La
amistad, casi desconocida por ella, fu entonces causa de que adquiriera
esa sutil delicadeza, que caracteriza los afectos femeninos, y esa
fluidez de ingenio que tanto los embellece y adorna.

Haba en el pueblo otra joven de la misma edad  idntico carcter,
llamada Ana, hija de un rico labrador. Ana y Clara se hicieron ntimas
amigas en pocos das de trato. Ibanse todas las tardes  una huerta
perteneciente al padre de Ana, y all, entretenidas con sus labores, se
pasaban conversando largas horas. En esta comunicacin de las dos
jvenes, Clara se desarrollaba moralmente con una rapidez desconocida.
Para quien haba pasado su juventud en compaa de un viejo excntrico 
insociable, aquellas franquezas inocentes y el cambio simultneo de
pensamientos, comunicados sin disimulo y en toda su hermosa sencillez
natural, realizaron en el alma de la hurfana una revelacin de s
misma, que fij y fortaleci ms su bello carcter.

Cuando las dos amigas iban  la huerta, la maldita casualidad haca que
Lzaro pasara por la entrada precisamente en el mismo momento en que
ellas llegaban. La conversacin empezaba todas las tardes  las cuatro,
y duraba basta el anochecer. Ni un solo da en todo el tiempo que pas
Clara en Ateca dejaron de ir  la huerta las dos muchachas, y ni un solo
da dej Lzaro de encontrarlas all por casualidad. En aquellas
conversaciones, que eran cada vez ms ntimas, se notaba algunas veces
que, por efecto de los accidentes del dilogo escnico, Ana callaba 
hablaba aparte en voz baja, mientras el bueno del estudiante y la picara
Clara charlaban muy quedito y muy juntos el uno del otro. La cara,
angustiosa  veces,  veces plida, ya animada, ya triste, del joven,
anunciaba que el tema del coloquio era muy interesante, Qu decan? De
pronto unas largas pausas, en que uno y otro se quedaban mirando  la
tierra un buen rato, permitan  Ana alguna alusin ingeniosa, cuya
gracia alababa y rea ella sola. Clara y Lzaro pareca que no estaban
para risa. Callaban, hasta que un monoslabo aqu, un gesto all,
volvan  estimular de nuevo la conversacin. A veces l se pona 
meditar como recapacitando lo que iba  decir; y l, que tan buena
memoria tena, se encontraba con que se le haban olvidado (otra
casualidad!) los admirables trozos de elocuencia que tena preparados.
Hablaban del pasado, del presente, del porvenir? Trazaban un plan,
planteaban un proyecto? Es probable que nada de esto fuera objeto de
aquellos ntimos debates: no hacan sus voces otra cosa que expresar mil
inquietudes interiores, pintar ciertas turbaciones del espritu,
formular preguntas intensamente apasionadas, cuyas rplicas aumentaban
la pasin; confesar secretos, cuya profundidad creca al ser confesados;
hacer juramentos, manifestar ciertas dudas, cuya resolucin daba origen
 otras mil dudas; pedir explicaciones de misterios, que engendran
misterios sin fin; explicar lo inexplicable, medir lo infinito, agotar
lo inagotable.

A veces interrumpa Ana estas comunicaciones impenetrables, diciendo:

--Pero, mujer, no ves cmo va ese bordado? En qu ests pensando?--

En efecto; Clara, que estaba bordando sobre caamazo, con lanas de
colores, una cabecita de ngel rodeada por una guirnalda de flores, le
haba hecho los ojos de estambre rojo y los labios con estambre negro;
las flores tenan todos los colores tan trastornados, que no se saba lo
que aquello era. Al or la observacin de su amiga, Clara se puso del
color de los ojos del ngel.

Veinte y treinta das se pasan muy pronto cuando hay citas cuotidianas
en una huerta, dilogos anhelantes, dudas no resueltas, preguntas mal
contestadas y angelitos bordados con los labios negros. As es que lleg
un da en que Lzaro se puso  jurar por todos los santos del cielo que
no permita que Clara se fuera de all. Se pona fastidioso al tocar
este punto; repeta la misma cosa infinitas veces, y  lo mejor empezaba
 relatar un sueo que haba tenido la noche anterior, del cual sueo se
desprenda la imposibilidad absoluta de que l y Clara se pudieran
separar. Ella se pona muy pensativa y no deca palabra en media hora;
los pobres chicos miraban al cielo alternativamente, como si en el cielo
se hallara escrita la solucin de aquel problema.

Se separaban. Clara depositaba sus amarguras en el seno de su amiga Ana.
Lzaro confiaba  las profundidades de la noche el gran vrtigo que
senta dentro de s; no dorma, porque una serie interminable y
rapidsima de razonamientos confusos, mezclados con imgenes vagamente
percibidas, le sostenan en vigilia invencible y dolorosa. El da volva
 darles esperanza, la tarde vena  unirlos, el anochecer volva 
entristecerlos. As se acercaba el da funesto.

Cuando se teme de ese modo la llegada de un da que nos ha de traer algo
malo, la imaginacin tiene como una extraordinaria fuerza de odio, con
la cual personifica ese da que se detesta; la imaginacin ve acercarse
este da, y lo ve en figura de no s qu monstruo amenazador que avanza
con la mano alzada y la mirada llena de ira. Hay das en que el sol no
debiera salir.

Pero el designado para la vuelta de Clara  Madrid el sol, qu
crueldad! sali. Sus primeros rayos llevaron la desolacin al alma de
los dos jvenes, amenazados de una separacin. Parece que cuando se
verifica una separacin de esa clase, cuando se disuelve y destruye esa
unidad misteriosa y fundamental de la vida humana, unidad constituida
por la totalidad complementaria de dos individuos, parece, decimos, que
deba ocurrir un cataclismo en la Naturaleza; pero eso que llamamos
comnmente los elementos, es ciego  insensible. Se hunde un continente
y se chocan dos ocanos por la ms insignificante de esas causas
mecnicas que nacen en el centro de la materia; pero nada sucede, nada
se mueve en la inerte y ciega mquina del mundo, cuando se altera el
grande, el inmenso equilibrio de los corazones.

Aquella maana sinti Lzaro un dolor desconocido. Avanzaba el da: el
estudiante fu  casa de Ana y la encontr llorando; se asust de verla
llorar; volvi  su casa, quiso entrar en el cuarto donde Clara haca
los preparativos de su viaje, pero se tuvo miedo  si mismo. La vi
salir despus plida y con los ojos cansados de llorar. Al ver que se
despeda de su madre y de su abuelo, Lzaro corri fuera por temor de
que intentara tambin despedirse de l. Sali y anduvo  prisa mucho
tiempo; sali del pueblo y se intern en el camino, lejos, muy lejos del
pueblo. De pronto sinti el ruido da la diligencia, que se acercaba. El
joven se detuvo, retrocedi; la diligencia pas rpidamente. All iba la
hurfana desolada, con el rostro oculto entre las manos. Las dems
personas que iban con ella se rean de verla as. Lzaro la nombr, la
llam dando un fuerte grito, y sin darse cuenta de ello corri tras el
coche largusimo trecho, hasta que el cansancio le oblig  detenerse.
La diligencia desapareci.

Regres al pueblo ya entrada la noche: al pasar por la huerta not que
unos pjaros que acostumbraban dormir all formaban diablica algazara
con sus cantos disparatados y su inquieto aleteo. Apresur el paso para
no or aquello y entr en su casa. Su madre y su abuelo estaban muy
pensativos y melanclicos; ni les habl ni le hablaron. Quedse solo; se
encerr y quiso leer un libro; quiso dormir, y quiso arrancarse de la
mente una como corona de hierro inflamado que se la quemaba y oprima;
pero era imposible. Aquello era una irradiacin, que,  ser visible,
hubiera parecido una aureola. En su fiebre se qued aletargado, y en su
letargo le pareci que de su cabeza brotaban llamas vivsimas que no
poda sofocar, y que sus sesos hervan como un metal derretido.





CAPTULO VII



#La voz interior#.


Aquel muchacho era sumamente impresionable, nervioso, de temperamento
ideal, dispuesto  vivir siempre de lo imaginario. Nadie le igualaba en
forjar incidentes venideros, enlazndolos para hacer con ellos una vida
muy dramtica y muy interesante; trabajaba involuntariamente con el
pensamiento en la elaboracin de estas acciones futuras; y siempre tena
ante la imaginacin aquella gran perspectiva de hechos en que
desempeaba la principal parte una sola figura, l solo, Lzaro. Esta
visin perpetua, fenmeno propio de la juventud, tena en l
proporciones extraordinarias; su fantasa tena una poderosa fuerza
conceptiva, y puede asegurarse que esta gran facultad era para l un
enemigo implacable, un demonio atormentador.

Con este carcter, fcil era que brotaran en l todas las grandes
pasiones expansivas, y que crecieran hasta llevarle  la exaltacin. En
pocas como aquella, la poltica, el proselitismo, el espritu de secta
engendraba grandes pasiones. El herosmo cvico, la abnegacin y esa
tenacidad catoniana que brillan en algunos personajes de todas las
revoluciones, la venalidad solapada, la traicin, la sanguinaria
crueldad y el encono vengativo que se han visto en otros, provienen de
la pasin poltica. Lzaro tuvo esta pasin: sinti en s el ardor del
patriotismo, creyse llamado  ser apstol de las nuevas ideas, y con
ardiente fe y noble sentimiento las abraz.

Pero existen estas resoluciones inquebrantables sin mezcla de egosmo?
Egosmo sublime, pero egosmo al fin. Lzaro tena ambicin. Pero qu
clase de ambicin? Esa que no se dirige sino al enaltecimiento moral del
individuo, que slo aspira  un premio muy sencillo,  la simple
gratitud. Pero la gratitud de la humanidad  de un pueblo es la cosa de
ms valor que hay en la tierra. El que es digno de ella la tendr,
porque un hombre puede ser ingrato; pero un pueblo en la serie de la
historia, jams. En una vida cabe el error; pero en las cien
generaciones de un pueblo, que se analizan unas  otras, no cabe el
error, y el que ha merecido esa gratitud la tiene sin remedio, aunque
sea tarde.

Lzaro aspiraba  la gloria; quera satisfacer una vanidad: cada hombre
tiene su vanidad. La del joven aragons consista en cumplir una gran
misin, en realizar alguna empresa gigantesca. Cul era esta misin, es
cosa que no saba  punto fijo. Los jvenes como aqul no gustan de
concretar las cosas porque temen la realidad; creen demasiado en la
predestinacin, y engaados por la brillantez del sueo, piensan que los
sucesos han de venir  buscarlos, en vez de buscar ellos  los sucesos.

Despus que se retir de Zaragoza y fu  Ateca, una figura iba
perpetuamente unida  la suya en aquellas escenas futuras. Insensato!
Qu piensas hacer de ella? Una reina. De dnde? Ser simplemente la
mujer de un gran hombre. Menos tal vez: la mujer de un hombre obscuro...
Conclua por concretar el objeto de todas sus quimeras  un retiro
pacfico,  un matrimonio feliz.

Pero era preciso meditar, trazar un plan, ver la manera ms fcil de
unirse  ella.

Clara era hurfana, l pobre. He aqu dos contratiempos ocurridos desde
el principio. Ah! Pero l trabajara; sera activo, ingenioso, astuto.
Bien saba l que tena talento. Pero deba ser un simple agricultor?
No: eso era poco para l. Deba ir  Madrid, hacerse or, buscar un
nombre, un puesto. Esto sera cosa muy fcil para quien tena tales
aptitudes. No era seguro que al llegar Lzaro  la corte, centro
entonces, como ahora, de la actividad intelectual del pas, adquirira
nombre, posicin, fortuna? Sin duda. Ya deban conocerle de odas por
sus discursos pronunciados en Zaragoza. En aquel tiempo los jvenes se
abran paso fcilmente entre la multitud decrpita; aquellos que, con
todo el vigor de la fe y toda la fuerza de la edad primera, emprendan
la propagacin de las nuevas ideas, se impona infaliblemente,
adquiriendo una alta y envidiada posicin social. El se crea superior,
 qu negarlo? En la profundidad de su conciencia senta una voz que
sin cesar deca: "Yo valgo. Es preciso buscar los sucesos antes que
ellos vengan  buscarnos. Animo, pues."

Estos pensamientos eran los que ocupaban la mente de Lzaro en los das
que siguieron  la partida de Clara. Cuando su determinacin se hizo
firme, vi con entusiasmo que su inteligencia adquiri ms vigor y su
pecho ms osada. Parecale que su voz era capaz de emitir los ms
profundos, los ms calurosos, los ms verdaderos acentos en defensa de
los nobles principios de la poca; le pareca que nada igualaba  su
facilidad de expresin,  su lgica terrible,  su frase pintoresca y
expresiva. En lo ms callado de la noche, cuando en parajes solitarios
se entregaba  sus meditaciones, se oa, se estaba oyendo. Una voz
elocuente resonaba dentro de l, y mudo y reconcentrado asista  las
maravillas  internas manifestaciones de su propio genio. Era auditorio
de s mismo, y le pareca que jams haba tenido el verbo humano frases
ms bellas, lgica ms segura, entonacin ms vigorosa. Se aplauda; le
pareca que en torno suyo multitud infinita de sombras aglomeradas le
aplaudan tambin; que resonaba un intenso palmoteo, cuyo fragor llenaba
toda la tierra.

De vuelta  su casa dorma, y durante el sueo continuaba resonando en
su cerebro la misma voz que haca estremecer miles de corazones; que
llevaba el entusiasmo  el espanto  ejrcitos enteros de ciudadanos; y
entonces se le figuraba que dentro de su ser haba una misteriosa
entidad sonora, un espritu locuaz, que sostena constantemente all en
su profundo ncleo la ms brillante y enrgica peroracin.

Lzaro tena el genio de la elocuencia. El lo conoca: estaba seguro
de ello. Cada da que pasaba sin que un gran auditorio le escuchara,
le pareca que se perdan en el vaco y en el silencio de un desierto
aquellas voces admirables que senta dentro de s. No haba tiempo
que perder.

Dijo  su abuelo que se iba  Madrid. El pobre viejo se puso  llorar, y
dijo entre sollozos y babas que aquella resolucin era muy grave y
convena meditarla.

--Y qu vas t  hacer all?--deca despus, queriendo aparecer
incomodado: Tienes una letra tan mala!...

Estaba entonces en Ateca un tal don Gil Carrascosa (el mismo personaje 
quien vimos disputar con cierto barbero en el primer captulo de esta
historia), el cual tena amistad con Coletilla. El abuelo consult con
el ex-abate la resolucin de Lzaro, y ste opin que se deba escribir
al to. El viejo tom la pluma y con vacilante mano traz esta carta,
que recibi el realista pocos das despus.

"Querido y respetable seor: Lazarillo, mi nieto y sobrino de vuesa
merced, quiere ir  Madrid. Se le ha puesto en la cabeza que ah podr
hacer fortuna: dice que no puede estar en el pueblo. Y, en efecto,
querido seor, esto est malo. La cosecha de este ao no nos da ni la
simiente, y el pobre chico tiene ms aficin  los libros que al arado.
Le dir  vuesa merced, respetable seor, que Lzaro es un mozo muy
despierto: sabe muchos libros de memoria, y ha ledo cuatro veces de la
cruz  la fecha un tomo que le llaman _Los grandes hombres de Plutarco_,
el cual me ha asegurado no ser cosa de hereja; que si lo fuera no lo
haba de leer en mis das. Entiende de leyes, y  veces se pone 
escribir y llena unos cuadernos de cosas muy buenas, aunque yo no las
entiendo. Es buen cristiano y muy respetuoso y corts con todo el mundo.
No ocultar sus defectos, respetable seor; y por lo mismo que le
quiero, dir  vuesa merced cul es su gran defecto, para ver si con su
talento y su gran sabidura lo puede corregir. Es el caso que
difcilmente podr hacer cosa buena en la Corte, porque tiene muy mala
letra y no le luce lo que sabe. Siento mucho tener que revelar esta
flaqueza suya; pero antes que nada es mi conciencia, y por todo el oro
del mundo no ocultara sus defectos. Creo, sin embargo, que con un buen
maestro, como los hay en la Corte, podr corregirse si se aplica. De
este modo llegar, andando el tiempo,  ser apto para desempear una
plaza de dos mil reales en alguna covachuela, como mi seor abuelo, que
en paz descanse. Yo deseo que haga fortuna, porque le quiero con toda mi
alma; y as, deseo que vuesa merced, con su gran tino y universal
sabidura, me informe si ser posible sacar algo de provecho de este
muchacho, dicindome al mismo tiempo si puedo contar con su proteccin.
Hgalo vuesa merced, por Dios, que es el nico hijo de su hermana, y
nosotros, que estamos pobres, no podemos hacerle feliz."


_Su respetuoso y reverente servidor_.

#FERMN...#


Pasaron tres meses sin que don Elas contestara. Al fin contest,
advirtiendo que esperara un poco, que avisara si poda venir  no. Un
mes despus escribi de nuevo llamando  Lzaro  su lado, y
aadiendo que de su comportamiento y disposiciones dependa el que
hiciera fortuna.

Lzaro no caba en s de gozo. Quiso partir el mismo da; pero los
ruegos de su madre y de su abuelo le obligaron  aguardar dos ms.

El joven estudiante saba, por las tradiciones de la familia, que su to
era hombre muy sabio, y se le haba antojado que haba de ser un gran
liberal. No comprenda que un hombre muy sabio dejara de ser muy amante
de la libertad.

La carta de Coletilla fu recibida en los primeros das de Septiembre de
1821, en que ocurren los primeros acontecimientos que hemos referido.
Poco despus de la lamentable escena de la barbera y de la entrada del
militar en la casa de Clara, ocurri el viaje de Lzaro  Madrid. Clara
no lo supo antes del da en que deba llegar.

Ahora podemos seguir naturalmente el curso de los sucesos de esta
puntual historia. Dejaremos  Lzaro preparndose  partir. Su madre y
su abuelo le despiden llorando, el alcalde le abraza diciendo que ya ve
en l nada menos que un secretario del Despacho; el cura le da dos
bollos maimones para el camino y le echa un sermn fastidioso. El
estudiante sube  la galera, y con ms ilusiones que dineros toma el
camino de la Corte.





CAPTULO VIII



#Hoy llega#.


Tres das despus de la aventura descrita en el captulo segundo, estaba
Clara muy de maana encerrada en el cuarto que le serva de habitacin.
El fantico le haba dicho pocas horas antes que esperaba  su sobrino,
y que era preciso acomodarle all hasta que se mudaran todos  una nueva
casa que pensaba tomar.

Clara se qued absorta al or esta noticia, y no pudo contestar palabra,
porque la sorpresa le embargaba la voz. Cuando qued sola se encerr en
su cuarto.

Era ste pequeo  irregular: estaba en lo ms interior de la casa, y
tena una ventana estrecha, con vidrios de dudosa transparencia, que
daba  un patio, de esos que por lo profundos y estrechos parecen
verdaderos pozos. Enfrente y  los lados se abran tres filas de
ventanas mezquinas, respiraderos de otras tantas celdas, donde se
albergaban familias bulliciosas. El cuarto de Clara tena el usufructo
de un rayo de luz desde las once  las once y media, hora en que pasaba
 iluminar las regiones tropicales del tercer piso. Aquel rayo de luz no
traa nunca colores, ni paisaje, ni horizonte, ni alegra.

El patio era un recinto populoso, el centro de un enjambre humano. A
ciertas horas asomaban por aquellos agujeros otras tantas cabezas: esto
suceda en los grandes acontecimientos, cuando la herrera del piso bajo
y la planchadora del cuarto resolvan al aire libre alguna cuestin de
honor,  cuando la manola del tercero y la zurcidora de enfrente
entablaban pleito sobre la propiedad de la ropa tendida.

Por lo dems, all reinaba siempre una paz octaviana, y era cosa de ver
la amable franqueza con que la esterera peda prestada una sartn  la
vecina de la izquierda, y la confianza ntima con que dialogaban en el
quinto el soldado y la mujer del zapatero. Enlazaban unas ventanas con
otras,  guisa de circuitos telegrficos, varias cuerdas de donde
colgaban algunas despilfarradas camisas, y de vez en cuando tal cual
lonja de tasajo, sobre el cual descenda en el silencio de la noche una
caa con anzuelo, manejada por las hbiles manos del estudiante del
sotabanco.

La vidriera del cuarto de Clara no se abra nunca. Elas la haba
clavado por dentro desde que ocup la casa.

Si la perspectiva del patio era desapacible, el interior de la
habitacin tena indudablemente cierto encanto, no porque en l hubiera
cosas bellas, sino por la sencillez y modestia que all reinaba, y el
cuidadoso aseo y esmero, nica elegancia de los pobres. Vease, en
primer trmino, una voluminosa cmoda, compuesta de seis enormes gavetas
con sus labores de talla junto  las cerraduras, y algunas
incrustaciones un poco carcomidas; encima un mueble decorativo bastante
viejo, que representaba una figura de Parca con una de las manos alzada
en actitud de sostener algo; pero en lugar del reloj que en otro tiempo
cargaba, sostena en tiempo de Clara una caja forrada en papeles de
color, la cual deba guardar utensilios de labor femenina. En lugar de
la redoma de cristal, tapaba todo esto un pedazo de gasa, sujeto con
cintas azules  las piernas de la diosa, la cual ostentaba en su
profano pecho un escapulario de la Virgen del Carmen.

Una mesa de tocador, tres sillas de viejo nogal, pesadas y lustrosas,
un cojincillo erizado de agujas y alfileres, banqueta y cama de caoba
de muy voluminosa arquitectura, cubierta con manta palentina,
completaban el ajuar.

Clara estaba delante de su espejo, y se ocupaba en enredarse en la
coronilla una gruesa trenza de pelo negro, recientemente tejida y
terminada en la punta con un atadijo del mismo pelo y un lazo encarnado.
Dos rdenes de pequeos rizos; guedejas sutiles, retorcidas con
negligencia, le adornaban la frente, y de las sienes blancas, cuya piel
transparentaba ligeramente la raya azulada de alguna vena, le caan dos
airosos mechones.

No hay actitud ms propia para apreciar debidamente las formas
acadmicas de una mujer, que esa que toma cuando alza las manos y se
enrolla una trenza en la cabeza, dejando ver el busto, el talle, el
cuello en toda su redondez. Tindense los msculos del pecho, se
contornea la espalda, y el ngulo del codo y las suaves curvas del
hombro describen en su dilatacin graciosas lneas que dan armoniosa
expresin escultural  toda la figura.

Concluida la operacin del peinado, Clara ech una mirada de deseo y
desconfianza  la ltima gaveta de la enorme cmoda en donde tena su
ropa. Es que all exista, guardado con singular esmero, un traje que
Elas le haba comprado algunos aos antes, cuando era menos adusto y
grun. Este traje, que era lo ms lujoso y bello que la hurfana
posea, tena la forma y los colores ms en moda en aquella poca:
cuerpo de terciopelo negro con prolijos dibujos de pasamanera, y
guardapis de seda pajizo, adornado con una gran franja, como de 
tercia, de encaje negro. Dudaba si sacarlo  no: quera ponrselo, y
tema ponrselo; quera lucir aquel da su mejor vestido, y temi al
mismo tiempo estar demasiado guapa con l. Por qu? Y se detena
pensativa y triste, sin atreverse  sacar  la luz pblica aquel tesoro
tanto tiempo escondido. Por qu? Porque Elas se haba puesto tan
fastidioso (as deca ella), estaba tan manitico y la rea tanto sin
motivo... qu singularidad! La semana anterior estaba cosiendo y
arreglando la cenefa del vestido que se haba roto, cuando entr aquel
hombre, y bruscamente le dijo:

--Qu haces ah...? Siempre pensando en componerte. Para qu te ocupas
en esas frusleras?

Ella, la verdad sea dicha, aunque tena una razonable contestacin
que dar  aquella pregunta, no se atrevi; y doblando tristemente su
obra, fu  sepultarla en la cmoda. Elas no se abland por esta
prueba de sumisin, y en tono ms agrio y severo le dijo al verla
tirar de la gaveta:

--Cuando digo que te has echado  perder....

Pero no fu esto lo peor que escuch la pobrecilla mientras, llena de
vergenza, devolva  la tumba aquel despojo que haba querido profanar
sacndolo de tan venerable asilo. No fu esto lo peor que oy, porque el
viejo, bajando la voz y como si hablara consigo mismo, dijo:

--Al fin tendr que tomar una determinacin contigo.

Jess, santos y santas del cielo! Qu determinacin ser esa!... Si
querr tambin el viejo encerrarla  ella en la misma gaveta como una
prenda sin uso!...

Aquello de la determinacin la tuvo preocupada muchos das. En vano
trat de sondear el nimo del viejo. Ay! Pero si ella no saba sondear
nimos de nadie... El nico medio de que se hubiera valido para
averiguarlo era preguntrselo sencillamente, y  esto no se atreva.

An hubo ms. Por la triste calle de Vlgame Dios sola pasar una
ramilletera, que en su cesta llevaba algunos manojos de claveles, dos
decenas de rosas y muchas, muchsimas violetas. Clara observaba al
travs de los cristales el paso de aquellos frescos colores que le
atraan el alma, de aquellos suaves aromas que anhelaba aspirar desde el
balcn. Un da se decidi  comprar unas flores, y mand  Pascuala por
ellas. Clara las tom, las bes mil veces, les puso agua, las acarici,
se las puso en el seno, en la cabeza, y no pudo menos de mirarse al
espejo con aquel atavo; las volvi  poner en el agua, y, por ltimo,
las dej quietas en un bcaro, que tuvo la imprudencia de colocar donde
Coletilla pona su bastn y su sombrero cuando llegaba de la calle. Oh!
Sin duda l, al entrar, se haba de poner alegre viendo las flores. Las
flores le gustaran mucho. Qu sorpresa tendra!... Esto pensaba ella.
Decididamente era una tonta.

El fantico lleg y se acerc  la mesa; pero al poner en ella su
sombrero, choc ste con el vaso, que cay al suelo, soltando las flores
y vertiendo el agua en las mismas piernas del realista.

El hombre mont en clera, y mirando con furor  la hurfana, que estaba
temblando, grit:

--Qu flores son estas? Quin te ha mandado comprar estas flores?
Clara, qu devaneos son estos? Coqueta! No hay ya remedio. Te has
echado  perder. Tambin quieres llenarme de flores la casa?

Clara quiso contestarle; pero aunque hizo todo lo posible, no le
contest nada. Elas pisote las flores con furia.

--Estoy resuelto  tomar la determinacin.

Otra vez la determinacin, Qu determinacin sera aquella? pensaba
Clara en el colmo de su confusin y de su miedo. Despus, retirada  su
cuarto, pens en lo mismo, y deca para s: "Querr matarme?"

Aquella noche no pudo dormir. A eso de las doce sinti que Elas se
paseaba en su cuarto con ms agitacin que de ordinario. Hasta lo
pareci or algunas palabras, que no deban ser cosa buena. Levantse
Clara muy quedito movida de la curiosidad, y poco  poco se acerc con
mucha cautela  la puerta del cuarto de Elas, y mir por el agujero de
la llave. Elas gesticulaba marchando: de pronto se par, se acerc 
una gaveta y sac un cuchillo muy grande, muy grande y muy afilado,
resplandeciente y fino. Le estuvo mirando  la luz, examinndolo bien, y
despus lo volvi  guardar. Clara, al ver esto, estuvo  punto de
desmayarse. Retirse  su cuarto y se acost temblando, arropndose
bien. Desde la noche que pas en el camaranchn de doa Angustias en
compaa de los ratones, no haba tenido un miedo igual. A la madrugada
se adormeci un poco; pero en su sueo se le presentaban multitud de
cuchillos como el que haba visto, y  veces uno solo, pero tan grande,
que bastara por s  cercenar cincuenta cabezas  la vez. Arropbase ms
 cada momento, creyendo en los extravos del sueo que el cuchillo, 
pesar de su puntiaguda forma y de su brillante filo, no poda penetrar
las sbanas.

Al da siguiente se seren, y despus se rea de haber temido que Elas
podra matarla.

Poro, sin embargo, no se atreva  ponerse el traje. Aquella bella
prenda pecaminosa haba de dormir el sueo de la eternidad en lo ms
hondo de la cmoda, donde seria pasto de gusanos.

Clara no haba podido determinar en su entendimiento lo que para ella
poda resultar de la venida de Lzaro. En su grande alegra no vea en
aquello ms que un suceso muy feliz, sin detenerse  considerar los
sucesos que posteriormente se podan derivar de aquella llegada. Algunas
ideas vagas acompaaron tan slo aquel sentimiento expansivo y
desinteresado. El sera un joven de posicin. Cmo no? Sin discurrir en
el medio, Clara pens en un cambio de suerte. Sin saber cmo, se unan
en su entendimiento y confusin indisoluble la idea de la llegada de
Lzaro y la idea de emanciparse un poco de la fastidiosa (no calificaba
de otra manera) tutela de don Elas. A su mente vino la idea del
matrimonio. Vino, s, varias veces; pero casi no era idea aquello: era
una percepcin confusa, una esperanza tmida y como recelosa. Por
ltimo, ya lleg  pensar,  pensar verdaderamente en esto. Una
percepcin confusa, dijimos, s: esta percepcin la ocupaba
constantemente. Lzaro iba  ser su marido. Clara tambin saba ver los
das futuros, y vea  su marido junto  ella en un lugar que no era
aqul, en una casa que no era aqulla, en otros sitios, en otra tierra.
Y en otro mundo, por qu no? Esto hubiera sido lo ms acertado...

Aquel da estaba muy alegre, rea por la menor causa, se ruborizaba sin
motivo, estaba inquieta y sin sosiego, quedbase pensativa un largo
rato, y despus pareca hablar consigo misma.

Las nueve seran cuando Pascuala volvi de la calle, y entr en el
cuarto de Clara.

Era Pascuala una mujer que formaba  su lado el contraste ms violento
que puede existir entre dos ejemplares de la familia humana. Era una
moza vigorosa y hombruna, apacentada en los campos alcarreos, alta de
pecho, ancha de caderas, de mejillas rojas, boca grande, nariz chica,
frente estrecha, pelo recogido en un gran moo, color encendido, pesadas
manos, ojos grandes y negros.

Acercse  la joven, y misteriosamente le dijo:

--Sabe usted lo que me ha _pasao?_

--Qu?--dijo Ciara alarmada.

--Que he visto al _melitarito_ del otro da, el que estuvo aqu cuando
el seor vino malo.

-Y qu?

--Qu? Nada, sino que me ha _asustao_, porque me dijo que quera entrar,
y como estamos solas, pens que me pasara algo ... porque como
es una as tan guapetona.... Y no tiene una mala cara.... Ya ve usted.

--Ah! El oficial aqul del otro da?... Y dices que se quera
meter aqu?

--S; y despus me pregunt por usted.

--Por m? Y qu le dijiste?

--Que estaba _gena._ Despus dijo que si estaba aqu _el viejo._ Ya ve
usted qu poco respeto. El viejo! Qu irreverencia! Yo le dije que no.
El me dijo que quera entrar  hablar conmigo... Pero vamos ... ya soy
muy maliciosa, y yo me malicio....

--Qu?

--A m no me engaan as con palabritas. Como es una tan guapetona....

--No tengas cuidado--dijo Clara riendo.--Es que est enamorado de ti y
quiere casarse contigo. Si lo sabe el tabernero....

--Mi Pascual? No lo sabr... Si llegara  saber mi Pascual que hay un
seorito que dice chicoleos  Pascuala....

Advirtamos que esta fregona tena por novio  un Pascual que haba
fundado nada menos que una taberna en la calle del Humilladero. Aquellas
relaciones honestas y nobles parecan muy encaminadas al matrimonio; y
como ella era _as tan guapetona_, habra probabilidades de que aquel
par de Pascuales se unieran ante la Iglesia para dar hijos al mundo y
agua al vino.

--Pues como Pascual lo llegue  saber....

--Pero yo soy muy picara ... y se me ha puesto en la cabeza... Sabe
usted lo que se me ha puesto en la cabeza?

-Qu?

--Que l no quiere entrar aqu por m, sino por usted.

--Por m? No seas tonta--replic Clara, riendo con la mayor
naturalidad.

--Le dejo entrar?

--No, cuidado. Por Dios, no hagas tal. No vuelvas  hablarle ms. A qu
tiene que venir aqu ese caballero?

--Yo me malicio ... aunque una sea as tan guapetona.... Yo me malicio
que  m no me quiere _pa_ maldita de Dios la cosa ... porque al fin,
siempre una es criada y l un caballero.... Pues parece persona muy
principal. Digo... Le dejo entrar?

--Jess, Pascuala, no lo vuelvas  decir!--exclam seriamente
Clara.--Pero  qu quiere entrar aqu ese caballero?

--Toma,  verla  usted.

--Y para qu quiere verme  m?

--Toma, para verla.

--Qu ocurrencia!--murmur pensativa.

En esto se sinti un campanillazo. Abrieron y entr Coletilla.

Las dos muchachas seguan su coloquio cuando sintieron en la calle rumor
de voces agitadas, algunos gritos y pasos precipitados. Asomronse los
tres, y vieron que discurran varios grupos por la calle. Los chisperos
ms famosos del barrio dejaban sus hierros y salan en busca de
aventuras. Coletilla lanz una mirada de rencoroso desdn sobre los
transentes, y cerrando con estrpito el balcn, dijo;

--Otra asonada!

Las dos muchachas temblaron acordndose del miedo que tuvieron pocas
noches antes.

--Ay, cundo se acabarn estas cosas!--observ Clara.

--Pronto!--dijo con sequedad el viejo, sentndose y tomando una carta
que haba sobre la mesa.

La ley; despus tom su capa y su sombrero, y dijo  las chicas:

--Voy  salir; tengo que hacer: no volver en toda la tarde. Mi sobrino
llegar esta noche  eso de las ocho: yo no vendr hasta las diez lo ms
temprano. Que me espere aqu.

Y embozndose en su capa, mir un triste reloj, que contaba con
tristsimo comps la vida en el testero de la sala.

--No abris  nadie: cuidado, cuidado con la puerta. Echad todos
los cerrojos. Cuando venga mi sobrino, dadle algo que comer y que
me aguarde.

--Pero cmo va usted  salir con esos alborotos?--dijo Clara con
temor.--No nos deje usted solas: tenemos mucho miedo.

--A m Qu me han de hacer  m? Ay de ellos!--murmur con ahogado
furor.--Tened cuidado con la puerta os repito.

Y despus, como hablando consigo mismo, dijo en voz baja:

--S es preciso tomar una determinacin ... buena determinacin.

Clara pudo orlo, y pens en la cmoda, en el traje, en las flores, en
el cuchillo y en la determinacin, en aquella maldita determinacin que
no conoca. Pero aun esto, que la tuvo cabizbaja y melanclica un buen
rato, no fu bastante para quitarle la felicidad que aquel da rebosaba
en su alma.





CAPTULO IX



#Los primeros pasos#.


Los grupos de la calle crecan. La poblacin toda presentaba ese aspecto
extrao y desordenado que no es tumulto popular, pero s lo que le
precede. Era el 18 de Septiembre de 1821. La mayor parte de los
habitantes de Madrid estaban en la calle. El ansioso qu hay? sala de
todas las bocas. En tales ocasiones basta que se paren dos para que en
seguida se vayan adhiriendo otros hasta formar un espeso grupo. Entonces
todos los que vemos nos parecen _malas caras_. El accidente ms curioso
en tales das es el que ofrece la llegada de la persona que se supone
enterada de lo que va  haber. Rodanle: el _enterado_ se hace de rogar,
principia  hablar en lenguaje simblico para aumentar la curiosidad,
sienta por base que sin la ms profunda discrecin y la promesa de
guardar el secreto, no puede decir lo que sabe. Todos le juran por lo
ms sagrado que guardarn el secreto, y, por fin, el hombre empieza 
contar la cosa con mucha obscuridad; excitado por los oyentes, se decide
 ser claro, y les encaja tres  cuatro bolas de tente-tieso, que los
otros se tragan con avidez, desbandndose en seguida para ir  vomitarla
en otros grupos: tan indigestos son esta clase de secretos.

La tarde  que nos referimos era casualmente cierto lo que nuestro amigo
Calleja, _enterado_ oficial de la _Fontana_, contaba en uno de los
grupos formados en la Carrera.

--Pues qu, no saben ustedes?--deca bajando la voz y haciendo unos
gestos dignos del nico espartano que, escapado en las Termpilas, llev
 Atenas la noticia de aquella catstrofe memorable.--No saben ustedes?
Pues no hay ms sino que maana habr procesin cvica en honor de
Riego, cuyo retrato ser paseado por todas las calles de la Corte.

--Bien, bien--dijo uno de los oyentes.--bamos  consentir que se
maltratara al hroe de las Cabezas, al fundador de las libertades
de Espaa?

--Pues lo grave es que el Gobierno est decidido  que no haya
procesin. Pero es cosa decidida. La _Fontana_ lo ha resuelto y se har:
ya est preparado el retrato. Y por cierto que es una linda obra: est
representado de uniforme, y con el libro de la Constitucin en la mano.
Gran retrato! Como que lo hizo mi primo, el que pint la muestra del
caf _Vicentini_.

--Y el Gobierno prohibe la fiesta?

--S: no le gustan esas cosas. Pero habr procesin  no somos
espaoles. El Gobierno la prohibe.

En efecto: en aquel momento las esquinas reciban un emplasto oficial,
en que se lea el bando prohibiendo la fiesta preparada por los clubs
para el siguiente da. La tropa estaba sobre las armas.

--Y esta noche tenemos gran sesin en la _Fontana_.

--Mira, Perico, gurdame un buen sitio esta noche--dijo un joven que
formaba parte del grupo;--gurdame un puesto, que tengo que ir esta noche
 primera hora al parador del _Agujero_  recibir unos amigos que vienen
de Zaragoza.

Y despus aadi con misterio, dirigindose  otros dos  tres que
parecan amigos suyos:

--Buenos chicos aquellos chicos de Zaragoza, de que os he hablado. Esta
noche llegan. Son del club republicano de all. Buenos chicos.

El grupo se disolvi; al mismo tiempo, la siniestra figura de
Tres Pesetas cruzaba por la calle, unida  la no menos desapacible de
Chaleco.

Del grupo salieron tres jvenes de los que hablaron anteriormente. Eran
tres mancebos como de veinticinco aos. No podemos llamarles lechuguinos
netos; pero tampoco poda decirse de ellos que carecan de toda
distincin y elegancia. Eran amigos ntimos, que compartan sus fatigas
y sus goces, las fatigas de la pobreza estudiantil y loa goces del aura
popular, conquistada con artculos de peridicos y discursos en el club.

El uno era un joven de familia distinguida, segundn,  quien haban
mandado  estudiar Cnones y sagrada Teologa en Salamanca, con el
objeto de que fuera sacerdote y disfrutara unas pinges capellanas que
haban pertenecido  un su to, chantre de la catedral de Calahorra.
Capelln te vean mis ojos, que obispo como tenerlo en el puo. En
efecto: Javier, que as se llamaba el muchacho, hubiera sido obispo,
porque su familia tena gran influencia. Pero el chico, que no amaba los
hbitos y se senta impresionado por las nuevas ideas, hizo su hatillo,
y falto de dineros, aunque no de osada, se puso en camino, y se plant
en Madrid el mismo bendito ao de 1820. Vag por las calles solo; pero
pronto tuvo bastantes amigos; escribi  su abuelita, que le concedi un
medio perdn y algunos cuartos (pocos, porque la familia, aunque la ms
noble del territorio leons, se hallaba en situacin muy precaria);
march despus  Zaragoza, donde vivi algunos meses, figurando mucho en
los clubs democrticos, y volvi despus  la Corte, no muy bien comido
ni bebido, pero alegre en demasa. Escriba en _El Universal_ furibundos
artculos, y contento con su poquito de gloria, iba pasando la vida,
pobre, aunque bien quisto. Cautivaba  todos por la amabilidad de su
carcter y lo generoso de sus sentimientos. En poltica profesaba
opiniones muy radicales, y perteneca  la fraccin llamada entonces
_exaltada_.

En la misma militaba el segundo de estos tres amigos que describimos, el
cual era andaluz, de veintrs aos, delgado, pequeo y flexible. En
Ecija, su patria, pasaba el tiempo escribiendo verbos  Marica, 
Ramona,  Paca,  la fuente,  la luna y  todo. Pero todo causa, y la
poesa  secas no es de lo que ms entretiene: un da se encontr
aburrido y pens salir del pueblo. Pas por all  la sazn el ejrcito
de Riego, y aquellas tropas excitaron su curiosidad.

Pregunt; le dijeron que eran los soldados de la libertad, y esto reson
en sus odos con cierta agradable armona. "Me voy con ellos", dijo 
sus padres. Estos eran muy pobres, y contestaron: "Hijo, vete con Dios,
y que El te haga bueno y feliz; prtate bien, y no te olvides de
nosotros."

El poeta sigui el ejrcito, llorando sus padres, y aun es fama que
lloraron  escondidas tres de las chicas ms guapas de Ecija. Al llegar
 Madrid, el joven volvi  ser poeta, y entonces haca versos al Rey
cuando abra las Cortes,  Amalia,  Riego,  Alcal Galiano,  Quiroga,
 Argelles. En su vida cortesana, este poeta, que, como despus
veremos, perteneca  la escuela clsica en todo su vigor, pas algunos
clsicos apurillos; mas despus, escribiendo en casa de un abogado,
desempeando funciones modestas en el peridico _El Censor_, viva
siempre alegre, siempre poeta, siempre clsico, apreciado de sus amigos,
con alguna fama de calavera, pero tambin con opinin de joven listo y
de buen fondo.

La fisonoma del tercero no era tan agradable ni predispona tanto su
favor como la de los anteriores. Sin embargo, tena fama de buen chico;
y en cuanto  opiniones polticas, no poda echrsele en cara la
tibieza, porque era frentico republicano. Algunos mal intencionados
decan que en el fondo era realista, y que slo por clculo haca alarde
de aquel radicalismo intransigente. Pero an no tenemos motivo para
aceptar esta aseveracin, que es quiz una calumnia. Llambanle el
Doctrino, porque haba estudiado primeras letras en el colegio de San
Ildefonso. No poda negarse que haba en su carcter cierta astucia
disimulada, y en sus modales alguna afectacin bastante notoria. Era
hijo natural de un vidriero, que le reconoci al morir, dejndole
pequea fortuna; pero los albaceas testamentarios,  quienes el difunto
di amplios poderes, hicieron un inventario, del cual resultaba que el
vidriero no haba dejado en el mundo cosa alguna de valor. El Doctrino
les peda dinero, y ellos le solan decir: "Tome usted para un
semestre." Y le daban una onza.

Pero sus amigos le ayudaban  vivir, le mantenan y le compraban algn
levitn de pana. Era notorio (y aun lleg  tratarse seriamente del
asunto) que poco antes de la poca en que esta historia comienza, el
Doctrino gastaba ms dinero que de costumbre; y cuando sus amigos le
preguntaban el origen de aquel caudal, responda evasivamente y mudaba
de conversacin.

Estos tres jvenes eran inseparables, sin que alteraran la paz las
desventuras pasajeras del uno, ni las ganancias fortuitas del otro. La
onza semestral del Doctrino pereca en _Lorencini_  en la _Fontana_ en
dos das de caf, chocolate y jerez; pero despus Javier escriba un
artculo tremendo sobre la soberana nacional para comprarle unas botas
al poeta clsico, y el mismo Doctrino sacaba de un misterioso bolsillo
un dobln de  cinco para atender  las necesidades amorosas de Javier,
que tena pendiente cierta cuestin con la hija de un coronel de
caballera, hombre atroz y fiero como un cosaco.

Estos tres jvenes vagaron juntos por las calles, acercndose  los
grupos, preguntando  todos, contando noticias fraguadas por la fecunda
imaginacin del poeta, hasta que, llegada la noche, se dirigieron al
parador del _Agujero_, sito en la calle de Fcar,  esperar  unos
amigos de Javier, que llegaban aquella misma noche de Zaragoza.

Ni en la arquitectura antigua ni en la moderna se ha conocido un
monumento que justificara mejor su nombre que el parador del _Agujero_
en la calle de Fcar. Este nombre, creado por la imaginacin popular,
haba llegado  ser oficial y  verse escrito con enormes y torcidas
letras de negro humo sobre la pared blanquecina de la fachada. Un
portaln ancho, pero no muy alto, la daba entrada; y esta puerta, cuyo
dintel consista en una inmensa viga horizontal, algo encorvada por el
peso de los pisos principales, era la entrada de un largo y obscuro
callejn que daba al destartalado patio. Este patio estaba rodeado por
pesados corredores de madera, en los cuales se vean algunas puertas
numeradas.

En lo alto resida el establecimiento patronil de _La
Riojana,_antonomasia imperecedera que se conserv por tres generaciones.
All se serva  los viajeros, recin descoyuntados y molidos por el
suave movimiento de las galeras, algn pedazo de atn con cebolla, algn
capn, si era Navidad  por San Isidro, callos  discrecin, lonjas
escasas de queso manchego, perdiz manida, con valdepeas y pardillo.
Esta comida frugal, servida en estrechos recintos y no muy limpios
manteles, era la primera estacin que corra el viajero para entrar
despus en el _va crucis_ de las posadas y albergues de la villa.

Dos veces al da un ruido spero y creciente aumentaba la normal
algaraba del barrio. Se oan las campanillas, el chasquido del ltigo y
un estrpito de ruedas que de bache en bache, de guijarro en guijarro
iban saltando. La mquina llegaba frente al portal, y aqu era donde se
probaba la habilidad nutico-cocheril del mayoral: la mquina daba una
vuelta, los machos entraban en el portaln, y tras ellos el vehculo,
siendo entonces el ruido tan formidable, que la casa pareca venirse al
suelo. El navo daba fondo en el patio, los brutos eran desenganchados,
el mayoral bajaba de lo alto de su trono, y los viajeros, que an se
mantenan con la cabeza inclinada, y muy agachados, resabio de cuando
atravesaron el portal, notaban al fin que no tenan el techo en la
corona, se admiraban de verse con vida, y descendan tambin.

Aqu, si haba parientes esperando, empezaban los abrazos, los besos,
las felicitaciones. Era propinado con algn real mal contado el cochero,
y cada cual se iba por su camino, siendo costumbre tomar all mismo, en
los aposentos de la Riojana, un prembulo estomacal para poder subir la
calle de Atocha, que era entonces algo ms inaccesible que ahora.

Esta vez, cuando la nave hizo su parada definitiva en el patio, hubo una
aclamacin general. El Doctrino abraz  sus amigos.

--Javier!

--Lzaro!

Y se abrazaron con efusin. Despus de los monoslabos de alegra y
sorpresa, el segundo dijo al primero:

--T en Madrid? ... al fin! Vienes de Ateca?

--S.

--Bien. No podas llegar ms  tiempo. Y los amigos de Zaragoza? Pero
de dnde vienes? ... Y el club ... y nuestro club? ...

--Ya sabes que nos lo disolvieron. Hace seis meses que estoy en Ateca.

--Y estars mucho aqu?

--Siempre!

--Bien. Aqu la juventud, la vida. Y si he de decirte la verdad ...
hacemos falta.--S ... oh?

--Seores, aqu tenis  mi amigo, al grande orador del club de
Zaragoza, mi amigo y compaero.

Los dems jvenes, tanto viajeros como visitadores, rodearon al
aragons.

Expliquemos. Cuando Javier estuvo en Zaragoza, trab amistad muy ntima
con Lzaro. En el club propagaron ambos las ideas democrticas
(democracia de 1820)que entonces cundieron rpidamente por aquella noble
ciudad. Privadamente estos dos jvenes, afines por carcter y
temperamento, se miraban como hermanos, tenan una misma bolsa, coman
en un mismo plato, y confundan en un comn sentimiento sus pesares y
alegras. Desde la salida de Lzaro para su pueblo no se haban visto.

--Cunto me alegro de que vengas ac!--dijo Javier, abrazndole otra
vez.--Hacen falta jvenes como t. La juventud de ayer se va
corrompiendo: unos se enervan, otros retroceden y algunos se venden por
falta de fe.

--Seores, vamos  _Vicentini_--dijo el Doctrino, llevndose 
sus amigos.

--Qu _Vicentini_? A _La Cruz de Malta_. All hay muchos aragoneses,
todos son aragoneses.

--Este no viene sino  la _Fontana_--dijo Javier, sealando  su amigo.

--Viva la _Fontana_, el rey de los clubs!

--Y el club de los reyes--dijo uno que se escurri como si hubiera dicho
una imprudencia.

--Quin ha dicho eso?--exclam el Doctrino furioso.

--No hagas caso: es uno de los que creen esas calumnias--indic
Javier.--Vamos, seores: esta noche hay gran sesin en la _Fontana_.

--Maana me llevars all--dijo Lzaro  su amigo con empeo.

--Cmo maana? Esta noche misma, ahora mismo. Vas  perder la ms
importante sesin que se ha visto ni ver?

--Pero cmo puedo ir esta noche? Si acabo de llegar. Tengo que ir 
casa de mi to.

--Tienes aqu un to? Es liberal?

--Presumo que s: no le conozco.

--Y ahora vas all?

--Naturalmente.

--Qu disparate! Djate ahora de tos. Vente  la _Fontana_. Son las
ocho: ya va  empezar. A la salida irs  tu casa.

--Hombre ... eso no me parece bien--dijo Lzaro suspenso.

--Pero cmo vas  perder esta sesin? Habla Alcal Galiano, Romero
Alpuente, Flrez Estrada, Garelli y Moreno Guerra. No habr otra sesin
como sta. Qu ms da que vayas  tu casa ahora   las doce? Tu to
creer que no ha llegado la diligencia.

--Hombre, no. Estoy cansado. Me esperan tal vez en su casa.

--No seas tonto. Vente  la _Fontana_. No hay ms remedio sino que vas.
Dnde vive tu to?

--Calle de Vlgame Dios.

--Jess, qu lejos! No vayas all ahora.

Lzaro tena un vivo deseo de llegar pronto  casa de su to: ya se
comprender por qu. Pero le era humanamente imposible, porque su
carioso amigo le llevaba casi por fuerza al club. Adems, las razones
con que disculpaba aquella determinacin tenan tambin algn peso en su
mente. Aquel recibimiento caluroso, la noticia de aquella gran sesin de
la clebre _Fontana_, estimularon el entusiasmo  que siempre propenda
su carcter, y se dej llevar.

Quin sabe si haba algo de providencial en aquella extempornea visita
 la _Fontana_. Sera cosa de ver que sin sacudir el polvo del camino
(esto pensaba l) le acogieran con aplauso en el club ms ilustre y
clebre de la monarqua. Tal vez le conocan ya de odas por sus
brillantes discursos de Zaragoza. Cmo tal vez? Sin duda le conocan
ya. A estos pensamientos se mezclaba el orgullo de que  odos de Clara
llegara al da siguiente su nombre llevado por la fama. Una apoteosis se
le presentaba confusamente ante la vista. Por qu no? Sin duda aquello
era providencial.

As es que la resistencia que al principio opuso fu disminuyendo 
medida que se acercaba  la _Fontana_. No le tengis por loco todava.

Llegaron. La puerta estaba obstruida por un inmenso gento. Pero el
Doctrino con los suyos, y Javier con Lzaro y el poeta, tuvieron medio
de entrar por un patio interior. La sesin era muy agitada. Un orador
acusaba al Gobierno de la destitucin de Riego. Cont lo que haba
pasado en Zaragoza, y acus  los habitantes de esta ciudad por no haber
defendido  su General.

--Poner la mano--deca--en un hroe como Riego, es la mayor de las
profanaciones. Y qu ha hecho Zaragoza? Oh! la ciudad en que tal cosa
ha pasado permaneci muda y permiti que su Capitn General fuera
destituido; dej que un vil esbirro manchara la sagrada investidura de
la autoridad, despojando de ella  Riego. _(Grandes aplausos.)_ Se ha
dado el pretexto de que Riego fomentaba el desorden en todo Aragn. Esto
no es cierto: es una mentira fraguada en esos obscuros concilibulos de
cierto palacio que no quiero nombrar. _(Rumores y risas.)_ Se le manda
de cuartel  Lrida como un sospechoso, y se entrega el mando al jefe
poltico. Quin es ese jefe poltico? Siempre fu enemigo de la
libertad. Todos le conocis: es un enemigo encubierto de la libertad.
Abajo los disfraces! _(Aplausos.)_ Lo que se quiere bien lo conocis:
es ir apartando poco  poco de los cargos pblicos  los buenos
liberales, para poner en ellos  esos hipcritas que se llaman nuestros
amigos, y nos detestan en el fondo de sus corazones corrompidos. _(S!
s! s!)_ Qu se pretende? A dnde nos conducen? Qu va  resultar
de esto? Ay de la libertad que hemos conquistado! Mucha atencin,
ciudadanos. No os descuidis. Estad alerta,  si no, ay de la libertad!
_(Bien, bien.)_

Pero lo repito, seores: de quien tengo ms quejas es del pueblo de
Zaragoza, de ese pueblo que yo cre el ms grande de la tierra y que no
lo es!... No, no lo es! _(Rumores.)_ Por qu permiti que Riego fuera
destituido? Por qu le dej marchar? Y es sta la ciudad de 1808? No,
yo dir  esa ciudad: no te conozco, Zaragoza. T no eres Zaragoza. Ya
no sabes levantarte como un solo aragons. Has dejado atropellar 
Riego. T nos salvaste en otro tiempo; pero hoy, Zaragoza, nos has
perdido! _(Grandes y continuados aplausos.)_

Un joven se levant (era aragons).

--Protesto--dijo con la mayor energa--contra las acusaciones lanzadas 
mi patria,  la noble capital de Aragn, por ese seor, cuyo nombre no
s ... ni quiero saberlo. _(Una voz dice: Alcal Galiano.)_ Mi patria
no ha olvidado su honor. Qu queris que hiciera contra lo mandado en
un decreto del Gobierno constitucional?...

--Desobedecerlo--gritaron varias voces.

--Seores, dejadme continuar.

--Que siga, que siga!

--Protesto en nombre de mis paisanos, y afirmo que es Zaragoza el pueblo
de Espaa que ms ha hecho en todos tiempos por la libertad. No se le
acusa de ser un foco de exaltacin republicana? No se ha dicho que de
all salen las ideas ms disolventes, que all se elabora una
conspiracin para sostener la Repblica?

--Hechos quiero y no palabras--dijo el primer orador.

--Pues hechos tendris. No sabis que existe en Zaragoza un club, cuya
influencia y prestigio alcanzan  todo Aragn? Ese club, llamado
_democrtico,_ ha sido en dos aos la ms entusiasta y eficaz asamblea
de la nacin. Lo que all se ha predicado bien lo sabis. Las voces
elocuentes que all han resonado bien autorizadas son. La propaganda que
all se ha hecho ha llegado hasta aqu. _(Rumores.)_

--No sabemos lo que es ese club. Siempre nos hablan ustedes los
aragoneses del club de Zaragoza, y aun hoy no sabemos lo que es eso.
Qu es eso? Mucho discurso democrtico, pero ningn acierto para hacer
propaganda y formar un partido. Pero en ltimo resultado, cules son
las teoras de ese club tan decantado? Yo desconfo de l. Quin habla
de ese club? Conozcamos  sus hombres. Creo que la mayor parte de los
que estamos aqu reunidos miran  esa insignificante reunin con el
desdn que merece. _(Voces y algazara.)_

Muchos aragoneses se levantaron apostrofando al orador. Lzaro escuchaba
todo, inmutndose por grados. Sus amigos le decan en voz baja que
defendiese al club de Zaragoza. De repente un aragons se levant en
medio de la sala, y sealando al sitio donde se hallaba Lzaro con los
dems llegados aquella noche, dijo:

--Presentes estn algunos seores que han pertenecido  ese club.

Todos miraron  aquel sitio.

--Bien--dijo el orador.--Si estn ah esos seores, que hablen, que nos
digan lo que es ese club y qu ha hecho. Queremos orles: que hablen.

--Aqu est el orador ms notable del club democrtico de
Zaragoza!--dijo en voz muy alta Javier, sealando  su amigo.

--S, s!--dijeron todos los aragoneses que haba en el recinto,
reconociendo  su compatriota.--Defindanos usted, defindanos.

Todas las miradas se fijaron en Lzaro. Cosa singular! En aquel momento
una sbita transformacin se verific en el nimo del joven. Se sinti
turbado, se esforz en saludar, quiso decir algo y no pudo. Pero le
impelan hacia la tribuna, y no haba remedio. Si no hablaba, qu
diran de l? Lzaro haba brillado en Zaragoza por su elocuencia; haba
aprendido  dominar la multitud,  sobreponerse  ella,  manejarla  su
antojo. Pero en aquella ocasin se encontraba novicio, se desconoca,
tena miedo.

--Que hable, que hable!

--Abrid paso--exclam uno de los diputados ms notables de las Cortes
de entonces.

Lzaro tuvo una inspiracin. El recuerdo de su joven y amable amiga le
fortaleca; y  la manera de aquellos caballeros antiguos, que invocaban
el auxilio soberano de su dama antes de entrar en combate, procur
evocar todas las imgenes de gloria y felicidad que le haban dado
estmulo. Ensanchado el pecho con esto, subi  la tribuna. Desde arriba
mir aquella multitud de cabezas apiadas, y recibi de un golpe las
miradas curiosas de tantos ojos.

Aquello le pareci un abismo. Su rostro, encendido por la turbacin, se
puso bruscamente muy plido. Hubiera querido hablar con los ojos
cerrados. Aquellos diputados, aquellos escritores, aquellos polticos
eminentes que vea en torno suyo, le daban miedo. Pero l tena mucho
corazn, y logr dominarse un poco. Pero cmo iba  empezar? Qu iba 
decir? En un supremo esfuerzo de inteligencia recogi sus ideas, formul
mentalmente una oracin, mir al auditorio... El auditorio le mir  l,
y observ que estaba plido como un cadver. Lzaro tosi; el auditorio
tosi tambin. La primera palabra se haca esperar mucho; por fin el
orador tom aliento, y desafiando aquel abismo de curiosidad que se
abra ante l, comenz  hablar.





CAPTULO X



#La primera batalla#.


Lzaro era un poco retrico en la augusta ctedra del club democrtico
de Zaragoza. Parece que all tenan buena acogida ciertas frmulas del
decir que nuestro joven haba aprendido con su maestro de Humanidades de
Tudela, varn docto de la escuela pura de Luzn. El joven tena, sin
embargo, el instinto de la elocuencia tribunicia, seca, rotunda,
incisiva, desnuda. La _Fontana_, por desgracia en aquella ocasin, era
enemiga declarada de la retrica, y ms enemiga an de las frases
hechas, de los lugares comunes y de esos prembulos oficiosos,
neciamente corteses y en extremo fastidiosos de la oratoria acadmica.

Lzaro tuvo la mala tentacin (porque tentacin del demonio fu sin
duda) de empezar con aquella de _su pequeez en presencia de tantos
grandes hombres_, y lo _escogido  ilustrado del auditorio_, siguiendo
despus lo de su _confusin_ y su _necesidad de indulgencia_, sus
_escasas fuerzas_, etc., etc. El exordio fu largo: otra desventura.
Algunas voces dijeron: "Al grano, al grano."

Pero  Lzaro le fu un poco difcil dar con el grano, lo cual no es de
extraar, porque no estaba preparado, ni haba vuelto an de la
sorpresa. En vano hizo una sincdoque de las ms expresivas; en vano
quiso dominar al pblico con cuatro litotes y dos  tres metonimias: no
era aquel su camino. Dijo algunas generalidades que  l le parecan muy
nuevas, pero que en realidad eran viejsimas, y concluy un prrafo con
dos  tres sentencias plutarquianas, que  l le parecan encajar como
de molde, pero que no produjeron sensacin ninguna. El esperaba un
aplauso: nadie aplaudi.

Lzaro estaba acostumbrado  or aplausos desde el principio: esto le
daba estmulo. La frialdad que notaba en el auditorio en aquella
ocasin, le desanim. Quiso pensar en esto, y casi estuvo  punto de no
saber qu decir. Y, sin embargo, l tena fijos en la imaginacin
algunos magnficos pensamientos; pero cosa singular! no los poda
decir. Le pareca verlos escritos delante; pero por un misterio, natural
en aquellos momentos, no encontraba la forma oratoria para expresarlos.
Qu contrariedad! Poco  poco hasta la voz se le enronqueci. Sin duda
haba en el espritu de nuestro amigo una influencia maligna. Hablaba
con frialdad unas veces; notbalo l mismo, y al querer corregirlo,
gritaba demasiado. Las ideas le faltaban, las imgenes se le
desvanecan, las palabras se le atropellaban en la boca.

Ah! Dnde estaban aquellas peroraciones internas, llenas de vida, de
vehemencia, persuasivas como una voz divina? Dnde aquella lgica
terrible que en la profundidad de sus deliquios oratorios herva en su
cerebro, el cual pareca pequeo para tantas ideas? Dnde estaban los
pensamientos sublimes, la facundia descriptiva, la facultad pintoresca,
la sentencia concisa y profunda? S: l senta bullir todo eso all
dentro; dentro de aquel Lzaro solitario y apasionado que hablaba  la
Naturaleza en el silencio de la noche, que hablaba  la Sociedad en lo
profundo de un sueo. Las ideas, las formas, el lenguaje, todo lo tena,
todo lo senta dentro de s; pero no poda, no poda de ningn modo
expresarlo.

En todo orador hay dos entidades: el orador, propiamente dicho, y el
hombre. Cuando el primero se dirige  la multitud, el segundo queda
atrs, dentro, mejor dicho, hablando tambin. Dos peroraciones
simultneas son producidas por un mismo cerebro. Una es verbal y sonora:
dejmosla al pblico. Otra es profunda y muda: examinmosla. Lzaro
describa, apostrofaba, rebata, expona, declamaba. Interiormente, la
otra voz pareca decir esto: "Qu mal lo estoy haciendo! No me
aplauden! Qu debo decir ahora?... Tratar ste punto?... No lo
trato.... Y aquella idea que antes me ocurri?... Se me ha
escapado!..." Y al mismo tiempo no interrumpa su oracin; continuaba
defendiendo el club de Zaragoza, explanaba un sistema democrtico, y
haca adems una breve historia de la Repblica. Pero la voz de dentro
segua de este modo: "No s qu hacer... Por qu no me aplauden?... No
me conozco... Yo tena tantos argumentos... Dnde estn?... Ah! Voy 
emitir esta gran idea... Ya la he dicho.... No ha hecho efecto...
Procurar ser esmerado en la frase... Esta oracin va bien... Como la
terminar?... Qu apuro!... No doy con el adjetivo... Demonio de
adjetivo!... Ah terminar con un apostrofe ... all va.... No ha hecho
efecto ... no me aplauden."

As hablaba el alma atribulada de Lzaro, mientras con los medios
exteriores se diriga al auditorio en un discurso, confuso, tortuoso,
desigual y falto de lgica.

Empezaron las toses. Dicen los oradores que al or las toses en las
pausas de sus discursos, se les hiela la sangre. Lzaro las oy
repetidas y comunicadas  todo el auditorio, y resonaron en su corazn
como siniestros ecos. El tosi tambin. Ah! la tos le concedi cuatro
segundos de descanso: hizo un esfuerzo desesperado, tom algunas ideas
en aquel depsito que tena en la mente, se apoder de ellas con
firmeza, y prosigui hablando:

"All va eso, deca la lengua interior; all van ... las expondr de este
modo ... no mejor de este otro ... no ... mejor del otro ... de
cualquier modo ... Oh! hay all uno que se est riendo... Y otro que
cuchichea. Pero qu tos les ha entrado... No les gusta lo que digo ahora
... ni esto tampoco ... nimo. Concluir este prrafo con una cita...
all va... Ah! tampoco ha hecho efecto..."

Comprndase bien que estas frases que nadie oye y el discurso que oyen
todos, guardan perfecto paralelismo.

Ah, qu misterios hay en la inteligencia humana, y qu fenmenos tan
extraos en sus relaciones con la palabra humana!

Por qu fracas el discurso del aragons? Fracas por la reunin
diablica de mil accidentes, ajenos  la naturaleza de su notable
ingenio y de su fcil palabra? De quin fu la culpa, de l  del
pblico? Aqu hay otro gran misterio. El pblico y el orador tienden 
fascinarse mutuamente. El primero mira y oye: no sabemos lo que es ms
terrible, si la mirada  el odo. Las miles de pupilas dan vrtigo. La
atencin de tanta gente dirigida  una sola voz confunde y anonada. El
orador, por su parte, ve y oye: ve la serenidad anhelante  desdeosa, y
oye toser. Por eso Lzaro hubiera deseado en algunos momentos de aquella
noche ser sordo y ciego. Pero el orador tiene sobre el pblico una
ventaja; tiene un arma, adems de la palabra: el gesto. El tambin
fascina, l tambin lleva en sus ojos aquel vrtigo que confunde y
anonada; l generalmente mira hacia abajo para ver al pblico; puede
mover sus brazos y su cabeza cuando el pblico est como atado de pies y
manos, inmvil y viviendo slo de atencin.

Aquella noche fatal, Lzaro y el pblico no se fascinaron mutuamente, no
se impusieron el uno al otro, no se comunicaron. Ni Lzaro persuadi al
pblico, ni este aplaudi al orador. Un pblico no persuadido y un
orador no aplaudido se rechazan, se repelen con energa. "Es preciso
que calles," hay que decir  ste. "Es preciso que te marches," hay que
decir  aqul.

El joven aragons haba tenido la peor de las tentaciones: la tentacin
de ser largo y difuso. Un segundo ms de lo regular basta  concluir la
paciencia de un auditorio y  trocar su inters en hasto. Lzaro vi
pasar este segundo sin notarlo. Indudablemente no se comprendieron el
uno al otro. Se despreciaron mutuamente? Se temieron mutuamente? Tal
vez empezaron por temerse; pero es lo cierto que acabaron por
despreciarse.

Lo singular es que si se hubiera preguntado  cualquiera particularmente
su opinin sobre el discurso, habra dado tal vez una opinin no
desfavorable; pero la opinin de un pblico no es la suma de las
opiniones de los individuos que lo forman, no; en la opinin colectiva
de aqul hay algo fatal, algo no comprendido en las leyes del sentido
humano. Decididamente, Lzaro fracasaba.

Veinte veces se le ocurri que era preciso concluir. Pero cmo? No se
atreva. Iba  concluir mal. Qu horror! Y para terminar mal, vala ms
no terminar, seguir hablando, siempre, siempre, siempre. Buscaba el
final y no poda encontrarlo. Y el final es tan importante! Poda
rehabilitarse en un momento de inspiracin. Oh! la idea de concluir
sin un aplauso le daba horror. Por eso tema el final y lo evitaba.
Pero era preciso acabar:  las toses siguieron los bostezos,  los
cuchicheos los murmullos. Buscaba sin cesar el remate; daba vueltas
alrededor del asunto, procurando una salida airosa; pero no encontraba
escapatoria; la palabra se deslizaba de su boca, y aflua continua, sin
solucin, infinita.

"Es preciso concluir," deca la voz interior. "Concluir? No hallo el
fin, y el fin ha de ser bueno ... Dios mo, amprame! Resumir ...
recapitular ... pero ya no me acuerdo de lo que he dicho ... Pedir
perdn al auditorio?... No: eso es rebajarme...." Al fin le ocurri la
oracin final, y la empez; pero al llegar al final, otra oracin se
enlaz con ella, y con sta otra, y otra, y otra. Su discurso era una
oscilacin sin trmino; pero el pblico se impacientaba. Ni un minuto
ms: se apoder del ltimo perodo, resucito  que fuera el ltimo.
Pronunci al fin el postrer substantivo; y despus, alzando la voz,
emiti con graduacin los tres adjetivos que le acompaaban para darle
fuerza y call.

La postrera palabra de aquel malhadado discurso vibr en el espacio,
sola, seca, triste, con fnebre resonancia. Ni un aplauso ni una
exclamacin satisfactoria la recogi. Su voz haba cado en el abismo
sin producir un eco. Parecale que no haba hablado, que su discurso
haba sido una de aquellas mudas, aunque elocuentes, manifestaciones
internas de su genio oratorio. Estaba en un desierto; rodebale una
noche. Qu haba dicho? Nada. Y haba hablado mucho. Aquello fu como
si diera golpes en el vaco, como si hiriera en una sombra creyndola
cuerpo humano, como si hubiera encendido un sol en un mundo de ciegos.
Baj con el alma atribulada, oprimido el corazn, ardiente y turbada la
cabeza, baado el rostro en sudor fro.

En vano Javier quiso rehabilitarle dando algunas palmadas tardas. El
pblico, animal implacable, le mand callar. Lzaro tuvo la presencia de
espritu suficiente para contemplar cara  cara aquellas cien bocas que
bostezaban. Robespierre se desesperaba en el mostrador con suprema
expresin de fastidio.

--Lo he hecho muy mal--dijo tristemente el orador al odo de su amigo.

--Ya lo hars mejor otro da. Eres un gran hombre; pero no has tocado en
el _quid_. Con una leccin ma estars al corriente. Otro va  hablar:
atiende ahora.

--No: yo me voy  casa de mi to. No puedo estar aqu ms tiempo. Me
ahogo.

--Espera  ver lo que ste va  decir.

Un segundo orador subi  la tribuna  disipar el fastidio que la
peroracin de Lzaro haba causado. Mientras la multitud celebraba con
aplausos maquinales las frases de su orador favorito, el otro se iba
sumergiendo lentamente en profunda melancola. Nada es ms terrible que
estos momentos de desencanto en que el alma yace atormentada por los
dolores de la cada: el tormento de esta situacin consiste en cierta
ridiculez que rodea todos los recuerdos de las pasadas ilusiones. Todas
las frases de ntimo elogio, de profundo orgullo con que antes se regal
la imaginacin, resuenan con eco de burla en la pobre alma abatida,
llena de vergenza.

"Pero es preciso intentar una rehabilitacin--deca Lzaro para s.--Y
cmo? Todos murmuran de m, y si maana se ofrece hablar de mi discurso,
dirn todos que fu detestable, malsimo. Correr de boca en boca,
llegar  odos de todas las personas que me interesan. Ella lo sabr,
se reir tal vez de m. Todos se reirn ahora."

Lo ms particular es que desde que baj de la tribuna empezaron 
ocurrirle grandes pensamientos, magnficos recursos de elocuencia,
soberbios golpes de efecto, citas oportunsimas; y estaba seguro de que
diciendo aquello, arrancara grandes aplausos. Pero ya era tarde: estaba
all mudo y perplejo, cubierto su espritu de una nube sombra.

Entre tanto, el nuevo orador divagaba  sus anchas por el campo de la
historia y de la poltica, y, por ltimo, expuso la necesidad de la
manifestacin preparada para el siguiente da. Todos se levantaron
unnimes, gritando: "S!" Todos prometieron concurrir, y tres  cuatro,
encargados del ceremonial, dieron cuenta del arreglo de la procesin, se
fij la hora, se design el punto de reunin. Los _bravos_ sucedieron 
los aplausos, y los aplausos  los _bravos_, y al fin la sesin termin.

Los socios comenzaron  salir; pero aquella fraccin ignorante y
turbulenta, que ocupaba siempre uno de los rincones del caf, no crey
conveniente salir sin decir algo. Calleja subi  una silla y grit,
dirigindose  los suyos.

--Seores, serenata  Morillo!

La idea fu acogida con estrpito. Morillo era el Capitn general de
Castilla la Nueva. Enemigo do asonadas tumultuosas, haba tomado sus
medidas para impedir la procesin. Una parte del pueblo se agolp junto
 su casa en la noche del 17, atronando toda la calle con espantosa
cencerrada.

--Serenata  Morillo!--dijo Calleja saliendo de la _Fontana_ y
reuniendo toda la gente dispuesta para el caso que por all pasaba.

No sabemos por donde vino; pero all estaba Tres Pesetas. Nuestros tres
amigos y Lzaro salieron de los ltimos y se acercaron por curiosidad al
grupo que Calleja haba formado.

Entre tanto, el barbero pas en dos zancajos  la otra acera, y se
acerc  la puerta de su casa. Su mujer sali  encontrarle.

--Ciudadano, has hablado?--le dijo.

--No, ciudadanita ma. No puede ser esta noche; pero lo que es maana, 
hablo,  me corto la lengua. Ya tengo estudiado el principio, y no se me
olvidar una letra. Cuando hable, me los como.

--Estoy por no dejarte entrar--le contest gravemente su mujer.--Si yo
llevara calzones, ya me haban de or. As y todo, si me pusiera  ello,
los volva locos ... Si yo tuviera calzones, andaba por esos _clubes_ 
qu quieres boca. Porque tengo ms verdades aqu en el buche....

--Ya vers maana  la noche si hablo  no. Es que cuando voy  empezar
me hace unas cosquillas la lengua ... y me trabo. Pero no tengas cuidado
que los voy  dejar aturrullados.

--Serenata  Morillo!--dijeron cien voces.--Seores--exclam uno de los
mas clebres oradores de la _Fontana_--vyase cada uno  su casa, que
estos desrdenes nos van  desacreditar. Cada uno en paz  su casa; nada
de gritos.

Estos discretos consejos fueron saludados con murmullo prolongado de
reprobacin.

--Quin es ese serviln?--dijo una voz aguardentosa, que no era otra
que la del sin par Chaleco.

--A casa de Morillo--repiti Calleja.--Mujer, treme el almirez.

El gento aumentaba con nuevas remesas enviadas de la plazuela de la
Cebada y del barrio del Salitre. Los socios de la _Fontana_ se haban
marchado, cerrse el club y slo quedaron en la calle los tres amigos y
Lzaro, que se despeda para ir en casa de su to.

--Espera un instante para ver lo que sale de aqu--le dijo Javier
detenindole.

A la sazn una persona daba fuertes golpes  la puerta de Calleja.

--Qu hay?--dijo ste acercndose  interrumpiendo una patritica y
barberil alocucin que haba comenzado.

--Que vaya usted en seguida  sangrar  don Liborio que est muy malito.

--Demonio de enfermo: maana le sangrar.

--No puede esperar: vaya usted pronto--exclam el criado.

--Seores, qu hago?--pregunt el barbero  sus amigos.

--No vayas, Calleja: que se sangre l solo. Esta no es noche de
sangras. A casa de Morillo!

--Seores ... yo quisiera cumplir ... porque ya ven ustedes ... mi
profesin. La ciencia es lo primero.

--No vayas, Calleja.

--Seores, volver en seguida. A ver--aadi abriendo la puerta de su
casa,--ciudadana, treme las lancetas.

La ciudadana sali muy afligida, y le dijo:

--A ver cmo le ponemos una ayuda  Joaquinito, que est muy malo. Si
vieras qu vomitona le ha dado! Se la pongo de malvas?

--Pngasela de demonios cocidos, hermana--exclam Tres Pesetas
furibundo.

--Poco  poco, seores--contest Calleja.--De malvas  de aceite?
Djenme ustedes ver cmo se arregla eso; porque para m ... por qu lo
he de negar? la ciencia es lo primero.

Lzaro insista en dejar  sus tres amigos: tan aburrido y
melanclico estaba.

--Espera, hombre--le deca Javier detenindole an. Espera  ver lo que
hacen estos brbaros.

--Qu es eso de brbaros!--exclamaron con furia los que ms cerca
estaban, volvindose hacia los amigos con tanto inters, que hasta el
mismo Calleja dej la ciencia por salir en defensa de la
Corporacin.--Qu es eso de brbaros, caballeriles?

--Quines son esos pelandingues?--dijo uno.

--Este es el aragons que nos rez el rosario esta noche. Qu modo
de hablar!

--Si pareca un sermn de Viernes Santo....

--El diablo me lleve si no les acaricio las muelas  esos
catacaldos--dijo Tres Pesetas, dispuesto  hacer lo que deca.

Javier, el Doctrino, el poeta clsico, vieron una tempestad sobre sus
cabezas; pero el poeta clsico, que era el mismo enemigo, no se acobard
y tuvo el antojo de llamar _rapista_ al grandioso Calleja. La chispa
salt, y la lucha era inminente; pero tan desigual, que los cuatro mozos
no quisieron arriesgarse  ella, volvieron las espaldas y apretaron 
correr, unidos siempre, dirigindose  la calle de la Victoria. Muchos
de los contrarios les siguieron dando voces y arrojndoles piedras; pero
los fugitivos andaban muy ligeros y lograron refugiarse en la calle de
la Gorguera, metindose en el portal de la casa en que uno de ellos
viva. Cerraron cuidadosamente por dentro. Un enorme canto, lanzado por
las robustas manos de Tres Pesetas, choc en la puerta tan fuertemente,
que si hubiera cogido  alguno le hace aicos. Felizmente los jvenes
estaban seguros, y los de fuera, al ver que la presa se les haba
escapado, retrocedieron, marchndose todos  dar una armoniosa
cencerrada al Capitn general de Madrid.





CAPTULO XI



#La tragedia de los Gracos.#


Luego que sintieron alejarse  sus perseguidores, los amigos subieron.
All viva el poeta clsico.

--Tienes que cenar?--le pregunt el Doctrino.

--Un magnfico festn--contest el poeta.--Un cuartern de queso
manchego y una botella de Cariena. Mandaremos por unos buuelos  la
taberna de la esquina.

Lzaro tena un hambre espantosa. Desde las nueve de la maana no haba
probado cosa ninguna, y el cansancio del camino, los esfuerzos mentales
y la gran fatiga moral de aquella noche le haban rendido hasta el punto
de que no poda tenerse. Subi con los dems, sin fuerzas para emprender
 aquella hora el viaje  casa de su to. La comitiva, guiada por el
poeta clsico, se intern en la escalera.

No hay viaje al polo Norte que ofrezca ms peligros que una escalera
angosta de casa madrilea cuando la obscuridad ms completa reina en
ella. Comenzis dando tumbos aqu y all; de repente tropezis con la
pared: chocis con una puerta, y el ruido alarma  la vecindad. Dais con
el sombrero en un candil que, aunque extinguido por falta de aceite,
tiene lo bastante para poneros como nuevos. Y todo esto es llevadero
cuando no se encuentra al truhn que baja  al galn que sube, cuando no
sents el retintn de la ganza que intenta abrir una puerta, cuando no
resbalis en las substancias depositadas por los gatos sobre los
escalones, cuando no tropezis con la amorosa conjuncin de dos
estrellas que pelan la pava en el ltimo tramo.

Por fin la expedicin lleg  las regiones boreales de la casa,  la
elevada zona en que el poeta haba hecho su nido. Tocaron, y abierta la
puerta, nuestros amigos se encontraron frente  frente de una mujer que,
con soolientos ojos y rostro avinagrado, alzaba la mano sosteniendo un
candil, prximo  imitar la saba conducta de los de la escalera. Este
candil comunic su luz  otro mejor acondicionado que haba en el cuarto
donde entraron los cuatro jvenes. La dama ech el cerrojo  la puerta
de la escalera, y dando las buenas noches con entonacin de un responso,
se fu. No haba andado cuatro pasos cuando volvi, y arrebujndose bien
en su manto, con honestos y recatados ademanes, dijo:

--Por Dios, don Ramn, no hagan ustedes ruido, que est alborotada la
vecindad con la algaraba que se arma aqu todas las noches. Porque, ya
ve usted ... Una es comidilla de las gentes de abajo. La encajera ha ido
diciendo que esto era una taberna, y que no se poda vivir en esta casa.
Ya ven ustedes ... como una es mujer de opinin....

La seora que tan celosa se mostraba de la opinin de su casa era doa
Leoncia Iturriabeytia, vizcana, como es fcil conocer por su apellido;
patrona de aquel establecimiento, mujer de bien, como de cuarenta aos
mal contados, de buen aspecto, robustas formas, alta estatura cara
redonda y carcter bonachn y ms que sencillo.

--Seora, djenos usted en paz--le contest Javier.--Si viniera don Gil
con nosotros, no se incomodara usted.

--Vaya, ya empieza usted con sus bromas, don Javier.

--Y cundo se casa usted doa Leoncia?

--Yo casarme? Yo?--dijo doa Leoncia con mal disimulada satisfaccin.

--Pues sepa usted que se lleva un buen mozo. Don Gil es hombre que har
carrera ... est en buena edad....

Una carcajada de los otros dos y una sonrisa forzada de la patrona
acogieron aquellas palabras. La vizcana tena un pretendiente, y ste
era don Gil Carrascosa, aquel individuo que fu lego, abate
covachuelista y cuanto hay que ser. Corran por la vecindad rumores
alarmantes respecto  la existencia de cierta buena concordia, parecida
 la familiaridad, entre el poeta clsico y doa Leoncia, la vizcana.
No penetremos en lo sagrado de estos clsicos y patroniles secretos.

Doa Leoncia not la presencia de un desconocido, y quiso darse tono. Se
puso seria, y reprendi  los estudiantes por su poca formalidad.
Despus hizo un pomposo ademn, algunas cortesas, y se march.

--Adis Ariadna, Antgone, Sofonisba, Penlope--dijo cuando la vi fuera
el poeta, que gustaba mucho de aplicarle aquellos nombres heroicos.

Poco despus de esta despedida se sintieron ronquidos muy broncos y
prolongados. Era Ariadna, Antgone, Sofonisba, Penlope, que dorma en
el interior. Cun felices son las semidiosas!

Javier y el Doctrino tomaron en competencia posesin de la cama. Lzaro
se acomod lo mejor que pudo en una silla de tres pies y medio, y el
poeta continu en pie haciendo los honores del sotabanco. Del cajn de
la cmoda sac un pedazo de queso envuelto en un papel, que se haba
hecho transparente. Un cuchillo, una botella y un plato, en que haba
panecillo y medio, salieron de otro rincn, y el festn fu preparado en
la mesa, para lo cual se hizo preciso apartar  un lado dos tragedias en
verso heroico, un retrato de mujer rodo de ratones, un ejemplar de la
Constitucin, un tintero de cuerno y una babucha, dentro de la cual
haba unas tijeras, una caja de obleas y medio tomo del teatro de
Crebillon.

El cuarto aquel era curioso. La cama se ostentaba lo ms horizontal que
le era posible sobre dos banquillos, cuyas tablas sostenan un jergn de
tan tortuosa superficie, que el durmiente rodaba en l de cima en cima
antes de poder conciliar el sueo. Una estera de esparto, finsima en
los tiempos de Carlos III, cubra las dos terceras partes del piso,
siendo intiles todos los esfuerzos de doa Leoncia para estirarla hasta
cubrir lo que faltaba. Inmenso bal alternaba con la cama, y  juzgar
por lo corrodo del cuero y la suciedad acumulada entre l y la pared,
los ratones haban tomado por su cuenta la empresa de colonizar aquel
recinto. Adornaban las paredes algunos cuadros: el ms notable era un
trabajo de pluma hecho por el to del cuado del abuelo de la vizcana,
que haba sido insigne calgrafo, y toda la lmina estaba llena de
rasgos, lneas, letras raras, rbricas y floreos de pluma, trabajo
ilegible por ser tan excelente. Por otro lado penda de la pared un
cuadrito de marco ex-dorado, que encerraba las habilidades juveniles de
la abuela de doa Leoncia, bordadora de lo ms fino. Al lado de estos
monumentos de familia estaban un par de figurines del Directorio y una
Virgen del Pilar, simplemente pegada en la pared con cuatro obleas.

Ramn echaba vino en un vaso que iba corriendo de mano en mano; el queso
fu distribuido, y el pan desapareci en poco tiempo. Lzaro no se
mostraba parco en comer, porque la verdad era que tena buen apetito y
se senta desfallecer por momentos.

--Vamos, Ramoncillo--dijo el Doctrino--lenos un poco de esa tragedia
para llorar, que llamas _Petra_.

--Qu Petra ni Petra?--replic el poeta.--No seas brbaro: _Fedra_
querrs decir.--Lo mismo me da Fedra que Pancrasia.

--Ya he dejado ese asunto ... eso no es nuevo. Ahora lo que conviene es
un asunto patritico.--Eso me gusta.

--Al fin me decid por los gracos.... Amigos, qu hombres eran aquellos!

--A ver--dijo el Doctrino.--Lenos algo de esos grajos. Debe ser
cosa graciosa.

--Pero ven ac, loco--dijo Javier:--por qu no haces una tragedia de
cosas del da en que salgan hombres como stos de ahora?

--No seas tonto--dijo el poeta riendo con la mayor buena fe:--ahora no
hay hroes.

--Majadero, pues cmo llamas  Churruca,  Alvarez y  Daoiz?

--S; pero eso son hroes de casaca.

Ramn tena talento y facultades de poeta; pero haba nacido en una
poca funesta para las letras. El fro clasicismo agostaba en flor los
ingenios, que educados en la retrica francesa, y siguiendo los
principios del prosaico Montiano, del rgido Luzn, del insoportable
Hermosilla, no atinaban  utilizar los elementos poticos que en aquel
tiempo nuestra sociedad les ofreca.

El pueblo, alimentador de los teatros, no comprenda el alto ditirambo
de griegos y romanos; y al mismo tiempo, ningn poeta acercaba  poner
hroes espaoles en la escena. Nasarre en tanto llamaba brbaro 
Caldern, y _La vida es sueo_ no era ms que delirio. Aquella
restauracin clsica fu fecunda para la comedia, porque produjo 
Moratn hijo. Pero el drama, la fbula pattica que retrata las grandes
conmociones del alma, y pinta los ms visibles caracteres de la
sociedad, no exista entonces.

Se hacan algunas tragedias, obras plidas y sin vida, porque no eran
animadas por la inspiracin nacional, ni nuestro pueblo viva en ellas,
ni nuestros hroes tampoco. "Ya sabemos lo que son esos hroes tiesos,
acartonados, de las tragedias clsicas: siempre los mismos. No se
concibe el amor  la libertad sin _Bruto_, ni el odio al imperio sin
_Cinna_. Cmo puede haber pasin sin Fedra, y fatalidad sin _Edipo_, y
parricidio sin _Orestes_ y rebelin sin _Prometeo_, y amor  la
independencia sin _Persas_? En tiempo de nuestro amigo Ramn, los
jvenes crean esto; y haba algunas personas graves que encontraban 
Crebillon ms inspirado que Lope, y Rotrou ms grande que Moreto."

El poeta de que hablamos escribi su correspondiente _Alceste_, con
algn acto de un _Bellerofonte_ y varias escenas de tragedia bblica,
tambin de cajn entonces. Tuvo una inspiracin despus, y quiso dejar
tan trillado camino. Ide un _Subieski_, un _Solimn,_ un _Arnoldo de
Brescia_, y, por ltimo, un _Padilla_; pero no bien haba escrito
algunos versos, retrocedi por miedo  la antigedad, y se fij en los
_Gracos._ Di principio  la obra, y la remat poco antes de las escenas
que estamos refiriendo.

Ya le tenemos sentado sobre la mesa, con el manuscrito en la mano y
alumbrado por el candilejo. El Doctrino y Javier se disputaban la causa
con nuevo furor, y Lzaro, que estaba sentado en la silla, haba cedido
al cansancio, y apoyado en la misma cama, esperaba la primera escena de
los Gracos.

Javier tosi, y ley las listas de los personajes de la tragedia,
seguida de la retahila de tribunos, lictores, centuriones, patricios,
pueblo, esclavos. Despus relat la decoracin, que era la plaza
pblica, sitio de confidencias, de citas, de discursos, de secretos, de
escndalos, de juicios, de todo. Luego empez el acto. Sala el _tribuno
primero,_ y le deca al _tribuno segundo_ si haba visto  Cayo; el
tribuno segundo le contestaba al _tribuno primero_ que no; pero despus
vena el _tribuno tercero_ y deca  los dos anteriores que Cayo estaba
en casa del sacerdote Ennio Sofronio, y que despus vendra  confiarles
sus planes en la plaza pblica. Estos se van, y saliendo el _hombre del
pueblo primero_, le dice al _hombre del pueblo segundo_ que el pan est
caro, y que los pobres se estn comiendo los codos de hambre, lo cual
exaspera al _hombre del pueblo tercero_, que jura por Neptuno y el hijo
de Maya que aquello no ha de quedar as. Cada uno se va por donde ha
venido, y sale despus Cornelia, que se pregunta por qu estar tan
agitado; triste Cayo; dice que rehus las _viandas ricas de opulenta
mesa_, para irse  vagar silencioso y abstrado por la margen que baa
_del lento Tber la corriente undosa_. Pero pronto viene  sacarla de
dudas el mismo Cayo en persona, que, alarmado por unas palabras que le
dijo el _tribuno tercero_ all entre bastidores, viene  dar con su
madre y le manda que escuche y tiemble, con cuyo mandato Cornelia se
hace toda odos y se pone  temblar como un azogado. Cayo le dice que los
dioses le ayudarn en su empresa, con lo cual la otra se tranquiliza y
se le quita el tembloreo. Tambin dice que antes de faltar  su
propsito se tragar el Averno  la tierra; beber el ciervo _(de
capital ramaje)_ la mar salobre, y se criar la carpa en las crestas
del ms alto cerro de Trinacria. Despus de estos desahogos, cae el
teln, y cada uno se va por donde ha venido.

Pero ya cuando Cayo haca estos juramentos, cerr los ojos el Doctrino,
poco preocupado de que el Averno se tragara  Italia, y comenz  roncar
suavemente como un dios holgazn. El poeta no not este incidente, y
entr en el acto segundo; pero al llegar al delicado punto en que
Cornelia le refiere  su confidente el sueo que ha tenido, empez
Javier  hacer lo mismo, y se durmi tambin. Y all, cuando el poeta se
internaba en los laberintos del acto tercero; cuando el senador Rufo
Pompilio se le sube  las barbas al senador Sexto Lucio Flaco (el cual,
sea dicho de paso, no miraba con malos ojos  la matrona Cornelia,
aunque era duea un poco madura); cuando todo esto pasaba, Lzaro, que
haba resistido por cortesa, no pudo ms, y acomodndose en la silla y
en el borde de la cama, di algunas cabezadas, y se durmi tambin
olmpicamente, comenzando  soar dormido, que era cuando menos soaba.

El poeta concluy el tercer acto, en que haba un motn; y antes de
empezar la lectura del cuarto, mir en torno suyo y vi aquella escena
de desolacin. "Dormidos. Oh dioses!" exclam, penetrado an del
espritu clsico.

Pero era natural. Quin soporta una tragedia con plaza pblica,
verdadero almacn de endecaslabos? Quin soporta una tan grande racin
de clasicismo  aquellas horas, despus de or veinte discursos, despus
de haber cenado?

An faltaba algo. El candilejo, que sin duda era tambin poco amante de
lo clsico y estaba empalagado de tanto endecaslabo, no quiso alumbrar
ms tiempo la plaza pblica, y se apag. Ramn cerr  obscuras su
manuscrito; comprendi que lo mejor que poda hacer era imitar  sus
amigos; baj de la mesa, tom la capa, se envolvi en ella, y tendise
de largo sobre el bendito suelo. Poco despus estaba tan profundamente
dormido como los dems. As termin la tragedia de los Gracos. Nos ha
sido imposible averiguar si al fin el senador Bufo Pompilio di al
senador Sexto Lucio Flaco el bofetn que deseaba.





CAPTULO XII



#La batalla de Plateras#.


El sol y doa Leoncia aparecieron con igual esplendor y hermosura en las
primeras horas del siguiente da. La patrona, dejando las ociosas lanas,
di principio  su tocado, que era algo complicado, porque consista en
una restauracin concienzuda de todos los deterioros que en su persona
hacan lentamente los aos.

Despus de dar al viento la poca abundante cabellera, comenzaba  tejer
un moo, que,  no recibir el refuerzo de unos hinchados cojinillos, no
sera ms grande que un huevo. Pasaba inmediatamente  adobarse el
rostro, operacin verificada tan hbil y discretamente, que no conociera
la _verdad de su mentira_ ni el mismo don Gil, que era la persona que
ms se acercaba  ella durante el da. A veces sola usar cierto
pincelito; pero esto no era ms que en los das clsicos, y no hacemos
alto en ello por ahora. En estas ocupaciones estaba, mal ceidas las
faldas, sin cors y descubiertas con negligente desnudez las dos
terceras partes de su voluminoso seno, cuando una persona entr en la
casa, y acercndose al cuarto de la diosa, di un par de golpecitos en
la puerta.

--Quin?--dijo alarmada la vizcana.

--Yo.

--Por Dios, Carrascosa, no entre usted, que estoy....

Pero Carrascosa empuj la puerta, y la hubiera abierto  no impedrselo
por dentro la asustadiza y honesta dama, que dej el afeite y se ci el
vestido rpidamente para acudir  defender la plaza.

--Leoncia, Leoncia, mira que soy yo, tu Gil.

--Don Gil, don Gil, no sea usted pesado. Siempre viene usted cuando
est una arreglndose. Espere usted. Pase  la cocina, que tengo
que hablarle.

--Yo tambin tengo que hablarte,--dijo Carrascosa, aplicando el ojo  la
cerradura por probar si vea algo.

Doa Leoncia no tard en arreglarse: se ci el cors, se puso las
ltimas horquillas, se aplic dos  tres alfileres al pecho, se ech un
mantn sobre los hombros, y pas  la cocina.

--Sabes que vengo muy incomodado--le dijo don Gil, mientras la dama, que
se haba acercado al hornillo, se esforzaba en encender con pajuela unos
carbones;--sabes que estoy muy incomodado, Leoncia, con lo que dice la
gente, y vengo  que me saques de dudas; porque, en fin, tengo esto
atravesado en el gaznate y no lo puedo pasar.

--Qu?  ver? ...  ver que majaderas traes hoy?--Nada, sino que la
gente da en decir que t ...--Aqu el ex-covachuelista se detuvo, como
si efectivamente se le atragantara una cosa en las fauces.--Qu yo? ...
 ver? qu?--dijo la patrona, soplando los carbones.

--Que t ... quiero decir ... que ese jovencito que hace versos y vive
en ese gabinete, est muy fino contigo, y te est cortejando ... Me dijo
la frutera que ayer te vi salir con l de paseo, y....

--No me vengas ac con majaderas--dijo doa Leoncia, alzando en su
derecha mano una badila de cobre que en aquellos momentos le serva: lo
que hay es que como una es mujer de opinin, ha de estar todo el mundo
ocupndose de una para decir lo que se le antoja. Vaya, don Gil! Y
usted se anda en chismes con la frutera? Buena est ella! No me vuelva
usted ac con enredos. Lo que hay es que no puede una mover un pie sin
que venga toda la vecindad  decir por qu s y por qu no.

--Cepos quedos--dijo Carrascosa,--que yo no dudo de que seas una mujer
muy principal; pero debe evitarse que la gente ande diciendo cosas ...
porque....

--No me hables de eso, Gil: Gil, no me hables de eso dijo fingindose
incomodada doa Leoncia;--que todos los hombres son unos engaosos, y
est una muy escarmentada ... no ... digo ... muy.... Le han dicho  una
lo que son los hombres ... Y si no, miren al prestamista de abajo que
todos los das desayuna  su mujer con cincuenta palos.

--Oh, Leoncia de mis pecados! Y piensas que yo no te he de tratar como
una dcil ovejuela que eres ... Mira, no seas tonta: puesto que nos
hemos de arreglar y es preciso mantener la opinin, bueno sera que
echaras de tu casa  ese mozalbete, y que se fuera con sus versos 
otra parte.

--Pues digo que no. Si hablan, que hablen; si _injurian_, que
_enjurien_. Yo soy mujer de opinin.

--Jess, Leoncia: y no me haces ese gusto?

Doa Leoncia empez  rer con mucha gana; y el buen Carrascosa, que no
estaba dispuesto aquel da  ponerse serio, se seren y concluy por
rerse tambin.

--Mira que esta tarde voy con doa Patronila y la Juliana  merendar 
Chamartn. Doa Ramona vendr tambin, y si t vienes, cantars aquellas
seguidillas que sabes.

--Yo no estoy para seguidillas. Lo que me carga es que vaya ese don
Ramoncito, que me tiene ya hasta aqu. Mira, mira, Leoncia: si lo echas,
estar cantando seguidillas cuatro das seguidos. Ah! No me acordaba:
sabes que estamos arreglando una procesin en las Maravillas? Ya te
proporcionar un balcn para que la veas. Va  estar muy lucida, y salen
ms de veinticinco santos y todas las cofradas de Madrid.

--Mira, Gil, no te andes con procesiones, que es cosa que no me gusta.
Con que vienes  Chamartn?

--S: bueno es que nos vayamos all, porque hoy hay jarana en Madrid, y
se me antoja que habr tiros por esas calles.

--Jess; y Santa Librada! Otra jarana!--dijo la vizcana con el rostro
descompuesto y mudado de color.--Pero qu hay?

--Ah es nada. Que esos locos de la _Fontana_ van  pasear el retrato de
Riego con msica y todo. La autoridad ha prohibido esa procesin, y
ellos dicen que la habr. Veremos quien gana. Ya anda la gente por ah
alborotada y pronto hemos de ver el tumulto.

En efecto, el ruido no se hizo esperar: un gento inmenso ocupaba la
vecina plazuela de Santa Ana, y hasta la tranquila mansin de doa
Leoncia lleg el rumor de las voces. La criada, que vena de comprar,
entr dando gritos de terror y diciendo que haba sentido unos
grandes caonazos. A los gritos de la gallega despertaron los tres
amigos y Lzaro.

--Qu hay?--dijo Javier.--Qu algazara es esa?

--Qu ha de ser sino la procesin?--dijo el Doctrino.

Lzaro se levant dolorido, porque con la molesta posicin que en el
sueo tom, pareca que se le haba roto el espinazo. Abrieron el balcn
y miraron. Doa Leoncia entr en el cuarto del poeta dando alaridos y
manoteando.

--Jess!, Jess! No abran ustedes el balcn, que se nos va  meter
aqu alguna bomba! No oyen ustedes los caonazos? Jess, que disparos
tan fuertes!

--Seora, usted est soando con los caonazos.

--No te alarmes, Artemisa, Electra....

--Cierren ese balcn!

Los cuatro jvenes eran muy curiosos para contentarse con mirar desde
el balcn. Bajaron  la calle con mucha prisa para unirse al gento,
aunque Lzaro pensaba dejar aquello y marcharse inmediatamente  casa
de su to, recogiendo de antemano su mezquino equipaje en el parador
del Agujero.

--Quin es ese joven?--dijo don Gil  la patrona luego que los cuatro
haban bajado.

--No s quin es: le trajeron anoche.

Carrascosa crey reconocer en aquel joven al sobrino de su amigo, 
quien haba tratado en Ateca; y queriendo cerciorarse, porque sin duda
le interesaba, baj tras ellos. Los cuatro jvenes se mezclaron al
gento: no se poda dar un paso. La procesin estaba organizada, y
pronto iba  emprender la marcha para salir  la calle de Atocha. Gran
confusin reinaba en la multitud, y eran vanos los esfuerzos de dos 
tres personas para poner en filas ordenadas al pueblo y dirigirle.

Lzaro trat de marchar  donde deba; pero tuvo una tentacin, que le
hizo detener meditabundo y preocupado. Al ver aquella multitud, su
imaginacin, abatida y exnime desde la singular escena del caf, volvi
 remontarse tomando su acostumbrado vuelo. All estaba reunido un
pueblo, dispuesto  una gran manifestacin. Confuso y como asustado de
su empresa, la muchedumbre vacilaba, no tena fijeza ni determinacin:
sin duda all faltaba algo. Lzaro quiso dominarse rechazando la
tentacin. Se alej del pueblo y volvi  acercarse  l.
"S--pensaba,--aqu falta algo: falta una voz."

Haba llegado aquel momento supremo de las agitaciones populares en que
las turbas se paran silenciosas, alterados los miles de corazones por un
solo y profundo temor, trastornadas las mil cabezas con una sola duda.
Falta que una voz sola diga lo que todos sienten. En estos momentos
solemnes es cuando vemos un cuerpo elevarse sobre miles de cuerpos y una
mano temblorosa extenderse sobre tantas cabezas. Una voz expresa lo que
en tantos cerebros pugna para adquirir formas orales; esa voz dice lo
que una multitud no puede decir; porque la multitud que obra como un
solo cuerpo con decisin y seguridad, no tiene otra voz que el rumor
salvaje compuesto de infinitos y desiguales sonidos.

Cuando aquel hombre ha hablado, la multitud ha dicho lo que tena que
decir; la multitud se conoce, ha podido recoger y unificar sus fuerzas,
ha adquirido lo que no tena: conciencia y unidad. Ya no es un conjunto
inorgnico de fuerzas ciegas: es un cuerpo inteligente cuya actividad
tiende  un objeto fijo, bueno  malo, pero al cual se encamina con
decisin y conocimiento.

Esto pensaba Lzaro. Podra l ser ese medio de expresin? Sera el
Verbo revelador de aquel cuerpo ciego  inconsciente? Hablara  no
hablara? La masa en tanto se arremolinaba y se extenda por la plazuela
del ngel. Lzaro la sigui como fascinado; despus se apart con miedo
de ella y de s mismo. Pero no poda resolverse  retirarse. Hablara 
no? Le oiran de seguro. Como no, si haba de decir cosas tan bellas?
El estaba seguro de que las dira. Las palabras que haba de decir
estaban escritas con letras de fuego en el espacio.

Ya el retrato avanzaba llevado por cuatro socios de la _Fontana_. Sonaba
la msica, el gento rodeaba el lienzo, y todos se movan sin adelantar,
oscilaban sin extenderse, se revolvan confundindose. Sin duda faltaba
algo. Lzaro se mezcl en el torbellino. Sus ojos brillaban con
extraordinario resplandor; su inquietud era una convulsin, su agitacin
una fiebre, su mirada un rayo. Cruzbanle por la mente extraas y
sublimes formas de elocuencia; latale el corazn con rapidez
desenfrenada; las sienes le quemaban, y senta en su garganta una
vibracin sonora, que no necesitaba ms que un poco de aire para ser voz
elocuente y robusta.

Vi que alzaban el retrato, que la turba se arremolinaba en circuitos
sin fin, y vi agitarse en el aire multitud de pauelos blancos que
salan de aquel torbellino como una espuma.

La comitiva desordenada sigui por la calle de Atocha y penetr en la
Plaza Mayor. All se difundi un poco. Pero despus trat de atravesar
el arco de la calle de la Amargura para entrar en Plateras. El gran
monstruo midi de una mirada el volumen de sus miembros multiplicados y
la anchura del arco por donde haba de pasar. El camello iba  pasar por
el ojo de la aguja. Hubo un movimiento convulsivo de codos, y los
abdmenes se deprimieron, giraban los cuerpos, y algunos sombreros
saltaron  impulsos de las repercusiones y choques de tantas cabezas.
Algunas voces trataron de pronunciar una orden para vencer aquella
dificultad, problema de obstetricia sin duda.

--Delante el retrato. Dejen pasar el retrato--decan. Era imposible; la
gente se agolpaba de tal modo, que el retrato no poda pasar. Al fin,
tras largos esfuerzos, el retrato pas por el arco. Detrs segua con
la mayor confusin la gran masa de gente. La multitud que llenaba la
plaza se haba parado y esperaba. El retrato y sus corifeos
desembocaron en la calle Mayor; pero al llegar all, una sorpresa sin
igual detuvo la procesin. Dos filas de soldados formaban en las
Plateras, llegando ms all de la plazuela de la Villa. Las picas de
un escuadrn de lanceros brillaban  lo lejos, y delante de esta tropa
estaba, el Capitn General de Madrid,  caballo, esperando con grande
aplomo y entereza. Este hombre avanz seguido de dos  tres, y
sealando con el sable, intim la orden de retirada  los del retrato.
Hubo una rpida consulta de miradas entre stos. Una autoridad civil se
acerc tambin, y con los mejores ademanes dijo que se fuera cada cual
 su casa y renunciaran  aquella manifestacin, porque el Gobierno
estaba resuelto  que no dieran un paso ms. El aspecto de la tropa
impresion vivamente  los del retrato; adems, stos contaban con la
ayuda del regimiento de Sagunto, y el regimiento de Sagunto estaba
encerrado y perfectamente custodiado en su cuartel.

Trataron, sin embargo, de pasar adelante, y dijeron que aquella
manifestacin era puramente moral; que no trataban de producir ningn
trastorno, ni era agresiva su actitud, ni tenan ms objeto que
tributar un homenaje de admiracin al hroe que haba dado la libertad
 su patria.

"Cada uno  su casa! Atrs el retrato", dijo resueltamente Morillo.

La defensa era imposible. La procesin no tena armas.

La supuesta debilidad del Gobierno se haba trocado en inquebrantable
firmeza. Algunos empezaron  desertar, desfilando por la calle de
Milaneses y la plazuela de San Miguel. El retrato descansaba en tierra y
se mova adelante y atrs, poco seguro en manos de sus portadores. Estos
hablaron: pero todo fu intil: la gente empez  retroceder, algunos 
gritar, y hubo tambin quien quiso oponer resistencia  la tropa.

Entre tanto el gento que ocupaba la plaza permaneca inmvil. Quin
era aqul que entre tanta gente se elevaba, y agitando las manos,
profera voces que la muchedumbre aplauda? El orador hablaba bien, sin
duda: grandes aclamaciones acogan sus palabras; pero los continuos
empellones, los gritos de los pisoteados y estrujados no permitan 
aqul expresarse con desahogo.

Algunos pedan silencio; pero el silencio en toda la plaza era
imposible. A lo mejor, los que en el arco discutan con la autoridad,
retrocedieron al ver que la tropa resista. La confusin entonces lleg
 su trmino. El orador continu su filpica; pero la continu excitando
al pueblo  que no cediera en su empeo de verificar la manifestacin.
Estaba lvido, anhelante, y cada palabra suya era como un latigazo que
estimulaba  la muchedumbre  seguir adelante.

En tanto las tropas avanzaban despejando la plaza, y algunos eran tan
osados, que delante de los caballos oponan resistencia y vociferaban
apostrofando  Morillo y  su gente.

--A esos que gritan!--dijo el que mandaba el piquete. Arremolinse el
gento. Muchos corrieron  escape. Otros dieron vueltas, arrastrados
por la oleada,  permanecieron turbados sin saber qu partido tomar.
Lzaro call.

--Quin gritaba?--dijo el capitn,--A los que gritan. Prender  los
que gritan.

Lzaro quiso huir; pero el brazo vigoroso de un soldado le detuvo
fuertemente.

--Prender  los que gritan. Este es el predicador. A ese!

Lzaro pas de una mano fuerte  otra fortsima. Apenas se daba cuenta
de que le haban prendido. Crey que le soltaran en seguida,  intent
desasirse, aunque intilmente.

-Atrs, atrs! Fuera de la plaza!--continuaba el capitn.

Y era bien obedecido, porque el gento se desbandaba  toda prisa. La
procesin fracas. El retrato qued hecho trizas en medio de la plaza;
la tropa tom todas las entradas.

Qu fu de Lzaro? Un cuarto de hora despus entraba, honrosamente
custodiado, por las puertas de la crcel de Villa, y era introducido
tambin honrosamente en un tristsimo, obscuro y sucio calabozo.





CAPTULO XIII



#No llega el esperado.--Llegada de un importuno.#


De todos los procedimientos que el espritu emplea para atormentarse 
s mismo, el ms terrible es esperar. Contra esto no hay remedio.
Parece que ha de ser fcil resolverse  no esperar, apartar la
imaginacin de la cosa esperada, y vivir slo en un punto de la vida, en
un momento del tiempo, sin esa dolorosa aspiracin  lo venidero que
desquicia el ser, sacndole de su centro.

Cuando se espera lo que ha de llegar las horas son siglos; cuando se
espera lo que debi llegar, las horas vuelan como segundos. Clara estaba
 la hora de las diez con el alma suspensa, trmula y atenta, llena de
inquietud y zozobra. Pasa de las diez, y el viajero no viene; el reloj
vuela de las once  las doce, y de las doce  la una. Pascuala tena
mucho miedo, porque el ruido de gentes que en la calle se senta
aumentaba  cada hora. Las dos estaban sentadas en el cuarto interior, y
no decan cosa ninguna, ni la criada contaba aquellos cuentos de las
ninfas y el dragoncillo, que haba aprendido en su pueblo, ni la
hurfana se rea con la franca expansin y natural sencillez de su
carcter. Ambas estaban muy silenciosas: se miraban con ansiedad cuando
algn ruido se senta en la escalera; y al cerciorarse de que no era lo
que aguardaban, caan la una en su abatimiento indiferente, la otra en
su calmosa, melanclica y disimulada agitacin.

Clara,  la madrugada, entr en el perodo de las conjeturas; forma con
que el espritu se da todos los tormentos imaginables. Qu le haba
pasado? Volcara el coche? le habran salido ladrones con aquellos
tremendos trabucos que pintan en las estampas? Habra desistido del
viaje? Tendra tal vez amores con alguna muchacha del pueblo? Le
detendra alguna partida de realistas? Todo le ocurra menos lo cierto.
En estos momentos fcil es tranquilizarse teniendo un poco de serenidad;
pero nadie la tiene, y una ceguera profunda sustituye  la normal
lucidez del entendimiento. Basta razonar en calma y decir: "No ha
venido? Se habr detenido casualmente. Maana vendr." Pero en vez de
hacer este lgico razonamiento, lo que generalmente se piensa es esto:
"No ha venido? Pues se ha muerto: le mataron."

Luego la noche contribuye  este tormento; la noche, que  todo da
formas horribles, lo mismo  las cosas materiales que  las visiones
internas. Clara, que no haba podido ni poda dormir, no cesaba de
percibir informes, bultos, sangre, obscuridad, repentinamente opuesta 
una gran luz que alumbra horrores. Da calentura esa situacin.
Impaciencia febril se apodera de la sangre que se agita y circula, como
si la rapidez de su marcha acelerase la llegada de lo que se espera.
Esta contrariedad de nuestro deseo es ms terrible, porque es lenta, sin
lmites. Delante no se ve sino la eternidad. No vienen  la mente las
modificaciones que puede traer el prximo da. Aquella noche y aquella
soledad parece que no han de tener fin.

Las primeras luces del da no hicieron, sin embargo, otra cosa que
aumentar su tristeza. Ayer! Desde ayer le haba estado esperando!
Deseaba salir fuera y correr, preguntando  todos por el desventurado
joven. Abri el balcn, mir  la calle, creyendo que iba  verle pasar,
y examin  todos los transentes. Entonces le llam la atencin una
persona que, fija en la esquina, la miraba con tenacidad. Segura de que
no era l volvi la cara, y no se cuid ms de aquella persona.

Cerr el balcn, porque senta fatiga y mucha necesidad irresistible de
dormir. Fu  su cuarto, y sentada en una silla, recost la cabeza sobre
la cama. Pero en vez de dormir empez  cavilar con tanto desvaro y
agitacin como durante la noche. Elas tampoco haba vuelto. Qu sera
de l? Oh, qu luz! Tal vez le haba encontrado y estaran juntos en
alguna parte.

En esto entr Pascuala que vena de la calle. La alcarrea se acerc 
Clara, adornando la redonda y vasta fachada de su cara con
impertinente sonrisa.

--Sabe usted lo que ha _pasao_?

--Qu? qu hay?--dijo Clara con inters.

--Que aquel caballerito del otro da ... pues ... el seor militar ...
me par en la esquina.

--Y  m qu me importa eso?

--Que dice que viene ac.

--Jess, ac! Y  qu viene ac? Estamos solas.

--Pues es un caballero muy cumplido.

--Si? Pues no me he fijado.

--No le vi usted el otro da aqu ... cuando el seor vino malo?

--S: pareca una buena persona. Pero  qu quiere volver aqu?

--Usted bien se lo malicia. Ah, qu picarona es usted! En aquel momento
sonaron en el bolsillo de Pascuala las pesetas que el militar le haba
dado. Despus se sintieron pasos en la escalera y son muy dbilmente la
campanilla.

--Es l--dijo la alcarrea.

Y antes que Clara pudiera impedrselo, la moza corri, abri la puerta,
y el militar, que ya conocemos, entr en el pasillo, se descubri con
respeto y se acerc  Clara.

--A quin buscaba usted?--dijo Clara.--No est: ha salido.

--S est, no ha salido,--contest el militar con aplomo.

--Quin? Pero  quin buscaba usted?

--Fcil es comprender que no busco  ese viejo, cuyo trato aleja en vez
de atraer  las personas.

--Pero qu quiere decir?  qu viene usted?--le pregunt Clara con
ligera expresin de alarma.--Estoy sola, vyase usted.

--Por lo mismo no me voy.

--Si usted no se va, llamar, gritar,--dijo Clara, resuelta sin duda 
hacer lo que deca.

--Entonces reiremos,--afirm el militar con sonrisa de amistosa
franqueza, que desarm en parte el enojo de Clara.

--Por Dios, que va  llegar! Pero quin es usted? A qu viene usted
aqu? Quin le ha dado licencia para entrar? Usted es el que vino el
otro da con l. Ya le reconozco; pero no entiendo  qu viene hoy.
Pascuala, Pascuala!

--No me mire usted como enemigo. Mi entrada ha sido singular; pero no
soy un ladrn ni un asesino. Vengo como amigo: traigo paz y amistad. No
tenga usted miedo, Clara. Vengo como amigo. Ya nos conocemos de un solo
da, cuando vine aqu sosteniendo  ese pobre seor.

--Oh! y ahora puede venir--dijo Clara alarmada. Mrchese usted, por
Dios. Yo no le conozco, ni me importa todo eso que me ha dicho. Si
l llega....

--Lo que menos me importa es ese viejo--contest el militar.--Antes me
interesaba un poco. Cre que era de usted pariente, su esposo tal vez.
Pero despus he sabido que es un tiranuelo que vive para martiriza  una
pobre hurfana, que se muere da melancola encerrada aqu. No puedo
ver con indiferencia que una persona tan guapa, tan amable, tan digna de
ser feliz, pase la vida en poder de esa fiera.

--Oh! Pues yo estoy bien as. Le agradezco  usted su bondad--contest
Clara;--pero no es necesaria. Vyase usted, por Dios.

--No me ir, no--dijo el militar, exaltndose un poco. Hace algunos das
que me preocupa la idea de los martirios que usted debe sufrir. Siento
un deseo muy grande de libertarla  usted de ese manitico, y creo que
realizar este propsito. He pasado por ah cien veces al da y me ha
dado horror el aspecto sombro de esta casa, sepulcro en vida de tan
bella criatura. Usted se reir de m, lo comprendo. Le parecer extrao
este inters que tomo por una persona  quien slo he visto una vez;
pero de este misterio no hay que hablar ahora. Lo que importa es que
usted se decida  hacer lo que yo le aconseje. Sepa usted que he jurado
no permitir que muera aqu de hasto y soledad. Estoy seguro de que
usted, que con tanta sencillez me comunic la nica vez que nos vimos
parte de sus desventuras, tendr hoy la confianza que necesito, sabr
apreciar la nobleza de mis propsitos y no se opondr  que se realicen.

Clara no saba qu contestar. Estaba confundida al ver el generoso y
fraternal inters que tena por ella una persona  quien haba visto tan
poco. Esto hubiera llenado de orgullo  otra mujer; pero Clara era muy
modesta, y ante aquella manifestacin afectuosa no tuvo ms que gratitud
y vergenza. Nunca crey merecer aquello.

--Yo lo agradezco mucho, seor--dijo;--pero....

La verdad es que no poda decirle que era feliz y que deseaba continuar
aquel gnero de vida. Era cierto lo que el militar deca. Era imposible
vivir en compaa de aquella fiera. Pero acaso no esperaba su salvacin
de otra persona? Esta idea la indujo  rechazar con ms energa las
ofertas que aqul le haca.

--Usted no conoce  la persona con quien vive--continu el
militar.--Usted no le conoce, yo s: ya me he informado de su carcter y
de sus ideas. No slo es un hombre extravagante  intratable, sino un
fantico sin corazn, un hombre feroz, de perversos instintos y clculos
terribles. No: usted no puede seguir ms tiempo en manos de ese hombre,
que no es su pariente, ni su amigo: que se llama su protector, para
hacer de usted una vctima de su orgullo brutal.

Clara comprendi, por la vehemencia con que el joven hablaba, que era
cierto su inters, y conoci tambin que la pintura que del viejo haca
no era exagerada. El desconocido obraba con la mayor nobleza, sinceridad
y buena fe. Era uno de esos caracteres inclinados  las aventuras
difciles y que implicaban la salvacin peligrosa de los que sufran. Su
espritu caballeresco, su corazn inclinado al bien, hallaron en aquel
suceso un motivo de ocupacin, y dedic toda su actividad  la
realizacin del ms generoso propsito. Adems, un sentimiento bastante
enrgico de simpata hacia aquella pobre hurfana, le impulsaba 
proceder con tanta diligencia. Ms adelante conoceremos el nombre y los
hechos de este noble, caballero.

--Pero no est usted ms tiempo aqu--dijo Clara.--Cmo quiere usted
convencerme de que se interesa por m, si precisamente estando aqu me
prueba lo contrario? Si l viene y le encuentra en la casa....

--No dir nada. Ese hombre es tan miserable, que no le importa ni la
felicidad ni el honor de usted: todo lo mirar con indiferencia. A usted
no le queda ms amparo que yo.

La hurfana, al or estas palabras sinti un fro en el alma. El momento
en que eran dichas haca que parecieran una gran verdad. Su nico,
legtimo y verdadero amigo no vendra. Ya no le quedaba ms amparo que
el de un advenedizo.

--Nada ms que yo; pero es bastante--continu el joven con afectada
voz.--Siga usted el plan que yo le marque: no haga usted caso de ese
viejo. Yo ser para usted todo lo que puede ser un hombre de corazn y
honradez. Tenga usted en m la confianza que se tiene en lo que nos ha
de salvar.... Y ahora, Clara, me voy. Pero no tardar en volver  dar
mis rdenes  la pobre prisionera, cuya felicidad pende de m. Qu
orgullo siento en esto! Yo estar siempre alerta. Si le ocurre  usted
una nueva desventura, no necesita avisarme. Yo me hallar aqu para
socorrerla y animarla. No le queda  usted ms amparo que yo. Pinselo
usted bien. Adis.

La decisin de aquel hombre desconocido, insinuado tan novelescamente en
los secretos de la casa, era muy firme. Se haba propuesto emprender una
aventura generosa,  que le inclinaban al mismo tiempo un sentimiento de
simpata, y el deseo inveterado en l, de hacer bien.

Si haba un poco de egosmo en l, despus lo veremos. Ya se marchaba,
cuando Pascuala sali de la cocina asustada, y dijo:

--El amo!

--No abras--dijo Clara temerosa.--Espera: escndase usted.

Pero Elas, que tena llave, no necesitaba que le abrieran para entrar.

--No importa--dijo el militar, que trataba de serenar  Clara.

Coletilla abri y entr. Vena cabizbajo y abstrado. Di algunos pasos
por el corredor sin ver al intruso; mas al llegar al extremo, not aquel
bulto, alz la cabeza, y vi al joven, que se inclinaba ante l con
mucho respeto.





CAPTULO XIV



#La determinacin.#


--Qu busca usted? quin es usted? qu hace usted aqu?

--No me conoce usted? Soy el que hace unos das le trajo  usted muy
mal parado  su casa, y vena  ver si estaba usted ya completamente
restablecido.

--Si, seor; estoy bueno--contest bruscamente, y entrando en la sala, 
donde le sigui el joven:--no se ofrece nada ms?

--Nada ms, y me retiro: acabo de llegar--dijo con afectada naturalidad
el militar.--Me retiro repitindole que me intereso mucho por su salud.

--Bien: ya me lo dijo usted el otro da,--respondi Coletilla dirigiendo
miradas recelosas  Clara y  Pascuala.

--Y no me manda usted nada?

--Nada ms sino que me deje usted en paz. No va usted  la procesin?
Est muy lucida.

--No estoy para procesiones.

--Le gusta  usted saber lo que pasa en las casas de los
realistas?--aadi el anciano con el acento amargo y receloso propio de
su carcter.--Aqu no se conspira. Y si yo conspirara, lo hara de modo
que no vinieran  sorprenderme los lechuguinos de la Milicia Nacional.

Clara estaba temblando. La pareca que el militar, ofendido por aquel
insulto, iba  desenvainar el tremendo sable que llevaba en la cintura y
 descargarlo sobre la cabeza del realista. Pero aquel sonri
desdeosamente y dijo:

--Amigo, veo que me juzga usted mal. Puede estar seguro de que no me
ocupar en delatarle. Qu dao puede hacer usted?

--Yo?... Dao....--respondi el fantico con una mueca feroz, que en l
equivala  la sonrisa.

--Poco ser el que usted haga y por poco tiempo. Eso se lo juro  usted.
Con que voy  hacerle el favor de marcharme. Adis.

Dirigise  la salida, no sin tratar de expresar  Clara con una mirada
lo que antes le haba dicho con muchas palabras, es decir, que confiara
en l y esperara. Hubiera querido verse acompaado de la joven hasta la
puerta; pero la infeliz no se atrevi. Cuando el militar estuvo fuera,
Coletilla se volvi  Clara, y con irritados ademanes, le dijo:

--Hace mucho que entr aqu ese hombre?

--No, seor: un momento antes de usted llegar--respondi
temblando Clara.

--Y por qu le habis abierto? No dije que no abrierais  nadie?

--Vena  preguntar por usted.

--Por m? Ya...--contest Elas con furia.--Algn espa del
Gobierno. Pero ya me figuro la verdad. Este es algn mozalbete que te
hace la corte.

--A m? No, seor. Si no le conozco, no le he visto nunca, dijo Clara
temblando.

--Pues yo le he visto rondando esta calle. S, seora, le he visto. No
me lo niegues. T tienes tratos con l, t le has hablado, t le has
dado cita aqu!...

Clara no haba visto nunca  Elas tan encolerizado contra ella. Las
inculpaciones que le haca ofendieron tanto su inocencia, que en aquel
momento sinti lo que nunca haba sentido: una secreta aversin hacia
aquel hombre.

--Yo he sido un padre para ti, Clara; pero t no has sabido apreciar
mi proteccin--continu Coletilla con encono.--T eres una ingrata,
una mujer sin juicio; abusas de la libertad que te doy, abusas de mi
alejamiento de la casa. Pero yo juro que te enmendars. Es preciso que
hoy mismo tome la determinacin que haba pensado. Si, hoy mismo.
Ahora mismo.

--Le digo  usted que no s quien es ese hombre; que hoy ha entrado
aqu  preguntar por usted. Yo no s quin es ni me he ocupado nunca de
semejante persona.

--Hipcrita, piensas que creo en tu aire de mosquita muerta? Fese
usted de las nias apocaditas. Pero tus travesuras se concluirn,
Clara. Ya no comprometers otra vez mi reposo como hoy. Yo estoy
siempre fuera, y no quiero que durante mi ausencia se convierta esta
casa en un infame garito.

Clara no poda creer aquellas palabras. Ya sabemos que era poco ducha en
contestar cuando el terrible anciano la reprenda. Y esta vez su honor
ofendido no encontr tampoco las palabras que en aquella situacin
convenan. Neg y llor tan slo, argumento que el realista tom como la
ltima expresin de la hipocresa y el engao.

--Preprate, Clara,  salir de aqu. No mereces los sacrificios que he
hecho por ti. A ver si ahora compras florecitas y arreglas cintajos para
coquetear en la ventana. Vas  vivir de aqu en adelante en compaa de
unas personas cuya proteccin no mereces tampoco. Pero stas son tan
caritativas, que te admitirn por consideraciones  m. Preprate. Esta
tarde mismo voy  llevarte  casa de esas seoras, y all vivirs. Ellas
te ensearn  ser mujer de bien, y all veremos si vuelves  tus
locuras, veremos si te apartas del buen camino. Vivirs con ellas; las
ayudars y servirs en sus labores, y te ensearn lo que no puedes
aprender en mi casa, sola y sin gua.

--Las seoras de Porreo!--pens Clara con horror, aqullas tan erguidas
y finchadas, que le daban miedo siempre que le hablaban, dejndole una
impresin de tristeza que no poda borrar en muchos das.

--Estas ideas del da--continu Elas como hablando solo,--pervierten
hasta  las muchachas ms recatadas. Estas ideas del da, esta lepra
social!... se difunde sin saber cmo!... penetra en todas partes!
Quin lo haba de decir!... Ya se ve... sola en esta casa... Irs,
Clara, en casa de esas seoras. Ten presente que no lo mereces, porque
ellas son personas muy principales y virtuosas, libres del contagio del
da. Haz cuenta que entras en un santuario.

No haba remedio. La fatal determinacin, que, sin conocerla, haba
asustado tanto  la hurfana, estaba irremisiblemente tomada. Clara se
iba  vivir con aquellas misteriosas seoras, en cuya casa, segn
Coletilla deca, no haban penetrado las ideas del da. Haca tiempo que
l tena este deseo para vivir ms  sus anchas; pero nunca se hubiera
atrevido  proponerlo  las tres venerables matronas, si stas, con una
generosidad que l no se cansaba de admirar, no se lo hubieran indicado.
Era ya cosa resuelta; as es que Coletilla, al ocurrir la escena que
hemos referido, no quiso retardar ni un momento la determinacin, y
parti  casa de sus amigas  darles aviso, dejando  Clara entregada al
dolor ms profundo.

Digamos algo de las relaciones que anteriormente haba tenido Elas con
aquellas tres nobilsimas damas.

A fines del siglo era Elas mayordomo mayor de la casa de los Porreos y
Venegas. La ruina de esta histrica casa data de aquella misma poca.
Don Baltasar Porreo, Marqus de Porreo, que haba sido Consejero
ntimo de Carlos IV, entabl un pleito con un pariente suyo,
descendiente de los Marqueses de Vedia. Este pleito dur diez aos, y en
l perdi Porreo casi toda su fortuna, contrayendo deudas espantosas.
Despus tuvo la desdicha de sostener  Godoy en la conspiracin de
Aranjuez, y cado Carlos IV, el Prncipe heredero no perdon medio de
hacerle dao. Su hermano don Carlos Porreo cometi el despropsito de
afrancesarse durante la guerra, y la proteccin de Junot y de Vctor no
sirvieron sino para que fuera despus condenado  perpetua proscripcin.

Aquella casa ilustre y poderosa lleg al extremo de la ruina con la
muerte del Marqus; los acreedores embargaron sin respetar los preclaros
timbres de la familia, y despus de liquidadas las cuentas 
inventariados los bienes muebles  inmuebles, no les qued  los
herederos sino una miseria. A la vuelta de Francia, Fernando olvid que
el Marqus de Porreo haba sido su enemigo en la conspiracin de
Aranjuez, y concedi una pensin  su hermana. El hijo varn del Marqus
haba muerto en el viaje, navegando hacia Amrica, y de la casa antigua
y poderosa no quedaron ms que tres seoras,  saber: la hermana y la
hija del Marqus de Porreo, y la hija de su hermano don Carlos, que
sigui  Napolen, y muri, segn se deca, en Praga, al volver de la
campaa de Rusia.

Despus del triste fin de la casa, Elas sigui fiel  sus antiguos
amos. Al volver de la guerra, se present  aquellos tres gloriosos
vestigios y les ofreci de nuevo sus servicios; pero las tres damas no
tenan ya bienes que administrar. De su caudalosa fortuna no les restaba
sino unas tierras de pan llevar en el trmino de Colmenarejo, y unos
viedos de muy poco valor junto  Hiendelaencina. La administracin se
reduca  tomar las cuentas cada trimestre  dos colonos que cultivaban
aquellas heredades. Pero las seoras de Porreo, despus de su
decadencia, miraban  Elas como un buen amigo, le trataban de igual 
igual (lo que puede la decadencia!), aunque el antiguo mayordomo no
traspasaba nunca, ni en sus conversaciones, el lmite respetuoso que
separa  un _hijo de zafios labradores_ (frase suya) de tres damas
pertenecientes  la ms esclarecida nobleza.

Ellas no eran nias. La hermana del Marqus, llamada doa Mara de la
Paz Jess, pasaba un poquito ms all de los cincuenta, aunque se
conservaba muy bien. Su sobrina (hija mayor del mismo don Baltasar), que
se llamaba Salom, estaba haciendo constantemente intrincados clculos
para ver de qu manera, sumando sus aos, podan resultar cuarenta tan
slo. La tercera, llamada doa Paulita (nunca se pudo quitar este
diminutivo), hija de don Carlos, el afrancesado, tena treinta y dos,
cumplidos el da de la Encarnacin. Esta doa Paulita era una santa.

Vivan humildemente, casi pobremente; pero con mucho arreglo. Varias
veces haban propuesto  Elas que se llevase  Clara  vivir con ellas,
por la razn de que sola en su casa, la muchacha se haba de contaminar
necesariamente con las ideas del siglo. Coletilla no accedi al
principio por respeto; pero al fin acogi la idea, y ya hemos visto como
se prepar  realizarla. Adems, doa Mara de la Paz Jess, que era
mujer de gran iniciativa, haba concebido el proyecto de un arreglo
domstico muy conveniente para Elas y para ellas. Este proyecto
consista en que Elas tomara el piso segundo de aquella casa, el cual
ellas tenan como depsito de los muebles de la grandiosa casa antigua,
de que no haban querido desprenderse. El mayordomo aplaz para ms
adelante este arreglo.

--Seoras, al fin traigo esa chica--dijo Coletilla, presentndose  las
de Porreo.

--Bien, amigo--exclam Salom;--trigala usted en seguida, esta
misma tarde.

--Pero, seoras--continu,--esa muchacha tiene muy mala cabeza. Es
preciso que ustedes empleen en ella una severidad muy grande. De otro
modo es imposible sacar partido.

--Pero qu ha hecho?--exclam doa Paulita, la santa.

Elas cont la aparicin del militar en su casa; cont los antecedentes
peligrosos de Clara, su deseo de parecer bien, la compra de las flores,
las composiciones del vestido, y las tres damas comenzaron  hacer
aspavientos. Salom enton un sermn, y doa Paulita se hizo cuatro
cruces desde la frente al estmago y desde un hombro  otro.

--Descuide usted, amigo, que ya la enmendaremos dijo Mara de la
Paz Jess.

--Bien se comprende esa desenvoltura ... las muchachas del da--dijo
Salom quitndose los espejuelos,--son todas as. Y ya ... como esa
Clarita no tiene mala cara ... si ... una carilla as ... desvergonzada
y graciosilla ... pues ... aquello no es hermosura.

--Pero, don Elas, es cierto eso de que ha hablado con
hombres?--exclam Paz con una solemnidad arquiepiscopal, que era en ella
muy frecuente.--Pero qu basilisco es ese? ... Mas no importa. Ya la
enmendaremos nosotras. Ya la ensearemos  portarse como una mujer de
bien.... Ay! la honestidad est por los suelos. Qu siglo!

--Ah!--exclam doa Paulita, despus de concluir en voz baja un Padre
nuestro;--estas ideas del da ... Jess, qu sociedad! Pero todo se
enmienda; y los ms pecadores son los que ms pronto salen de su error.
Trigala usted, don Elas, que yo confo en que esa desdichada entrar
por el buen camino, y ser una santa tal vez. No lo fu Mara la
Egipciaca?

Elas manifest con repetidos movimientos de cabeza que estaba conforme
con estas apreciaciones. Sali de la casa, y una hora despus volvi
acompaado de Clara.

Para hacer comprender lo que Clara encontr de terrible en la
determinacin del realista, conviene describir prolijamente la casa y
sus extraordinarios habitantes.





CAPTULO XV



#Las tres ruinas.#


Las tres seoras de Porreo y Venegas vivan en una humilde casa de la
calle de Beln: esta casa constaba de dos pisos altos, y aunque vieja no
tena mal aspecto, gracias  una reciente revocacin. No haba en la
puerta escudo alguno, ni empresa herldica, ni portero con galones en
el zagun, ni en el patio cuadra de alazanes, ni cochera con carroza
nacarada, ni ostentosa litera. Pero si en el exterior ni en la entrada
no se encontraba cosa alguna que revelase el altsimo origen de sus
habitadores, en el interior, por el contrario, haba mil objetos que
inspiraban  la vez curiosidad y respeto.

Es el caso que en la ruina de la familia, en aquella profana liquidacin
y en aquel bochornoso embargo que sucedi  la muerte del Marqus, pudo
salvarse una parte de los muebles de la antigua casa (que estaba en la
calle del Sacramento), y fueron transportados  la nueva y triste
habitacin, acomodndolos all como mejor fu posible. Estos muebles
ocupaban las dos terceras partes de la casa y casi todo el piso segundo,
que tambin era de ellas. Les fu imposible entregar  la deshonra de
una almoneda aquellos monumentos hereditarios, testigos de tantas
grandezas y desventuras tantas.

En el pasillo  antesala, que era bastante espacioso, haban puesto un
pesado armario de roble ennegrecido, con columnas salomnicas, gruesas
chapas de metal blanco en las cerraduras y bisagras, y en lo alto un
valo con el escudo de la casa de Porreo y Venegas, el cual escudo
consista en seis bandas rojas en la parte superior, y en la inferior
tres veneros relucientes sobre plata y verde, adems de una cabeza de
sarraceno, circudo todo con una cadena y un lema que deca: _En la
Puente de Lebrija peresci con Lope Daz._ (No nos detendremos en la
explicacin de este sapientsimo lema, que aluda sin duda  la muerte
del primer Porreo en alguna de las expediciones de Alfonso VIII en
Andaluca.)

Las paredes de la misma antesala estaban todas cubiertas con los
retratos de quince generaciones de Porreos, que formaban la histrica
galera de familia. Por un lado se vea  un antiguo prcer del tiempo
del Rey nuestro seor don Felipe III, con la cara esculida, largo y
atusado bigote, barba puntiaguda, gorguera de tres filas de canjilones,
vestido negro con sendos golpes de pasamanera, cruz de Calatrava,
espada de rica empuadura, escarcela y cadena de la Orden teutnica; 
su lado una dama de talle estirado y rgido, traje acuchillado; gran
faldelln bordado de plata y oro, y tambin enorme gorguera, cuyos
blancos y simtricos pliegues rodeaban el rostro como una aureola de
encaje. Por otro lado, descollaban las pelucas blancas, las enfocas
bordadas y las camisas de chorrera; all una dama con un perrito que
enderezaba airosamente el rabo; acull una vieja con un peinado de dos
 tres pisos, fortaleza de moos, plumas y arracadas; en fin, la galera
era un museo de trajes y tocados, desde los ms sencillos y airosos
basta los ms complicados y extravagantes.

Algunos de estos venerandos cuadros estaban agujereados en la cara;
otros haban perdido el color, y todos estaban sucios, corrodos y
cubiertos con ese polvo clsico que tanto aman los anticuarios. En las
habitaciones donde dorman, coman y trabajaban las tres damas, apenas
era posible andar  causa de los muebles seculares con que estaban
ocupadas. En la alcoba haba una cama de matrimonio, que no pareca sino
una catedral. Cuatro voluminosas columnas sostenan el techo, del cual
pendan cortinas de damasco, cuyos colores primitivos se haban resuelto
en un gris claro con abundantes rozaduras y algn disimulado y
vergonzante remiendo; en otro cuarto se vean dos papeleras de talla con
innumerables divisiones, adornadas de pequeas figuras decorativas 
incrustaciones de marfil y carey. Sobre una de ellas haba un San
Antonio muy viejo y carcomido, con un vestido flamante y una vara de
flores de reciente hechura. Frente  esto, y en unos que fueron vistosos
marcos de palo-santo, se vean ciertos dibujos chinescos, regalo que
hizo al sexto Porreo (1548) su primo el prncipe de Antillano, que fu
con los portugueses  la India. Al lado de esto se hallaban unos vasos
mejicanos con estrambticas pinturas y enrevesados signos, que no
parecan sino cosa de hereja. Segn tradicin, conservada en la
familia, estos vasos, trados del Per por el sptimo Porreo, almirante
y consejero del rey (1603), fueron mirados al principio con gran recelo
por la devota esposa de aquel seor, que creyendo fuesen cosa diablica
y hecha por las artes del demonio, como indicaban aquellos cabalsticos
y no comprendidos signos, resolvi echarlos al fuego; y si no lo hizo
fu porque se opuso el octavo Porreo (1832), el mismo que fu despus
consejero de Indias y gran sumiller del seor rey don Felipe IV. Junto 
la cama campeaba un silln de vaqueta chaveteado, testigo mudo del
pasado de tres siglos. Sobre aquel cuero perdurable se haban sentado
los gregescos acairelados de un gentil hombre de la casa del Emperador;
recibi tal vez las gentiles posaderas de algn padre provincial, amigo
de la casa; quizs sostuvo los flacos muslos de algn familiar del Santo
Oficio en los buenos tiempos de Carlos II, y, por ltimo haba sido
honroso pedestal de aquellas humanidades que llevan un rabo en el
occipucio y aparecan constantemente aforradas en la chupa y ensartadas
en el espadn.

No lejos de este monumento se encontraban dos  tres arcones, de esos
que tienen cerraduras semejantes  las de las puertas de una fortaleza,
y eran verdaderas fortalezas, donde se depositaban los patacones, y
donde se sepultaba la vajilla, la plata de familia, las alhajas y joyas
de gran precio; pero ya no habla, en sus antros ningn tesoro,  no ser
dos  tres docenas de pesos que dentro de un calcetn guardaba doa Paz
para los gastos de la casa. Encima de estos muebles se vean roperos sin
ropa, jaulas sin pjaros, y arrinconado en la pared, un biombo de cuatro
dobleces, mueble que, entre los dems, tena no s qu de alborozado y
juvenil. Eran sus dibujos del gusto francos que la dinasta haba trado
 Espaa; y en los cinco lienzos que lo formaban, haba amanerados
grupos de pastoras discretas y pastores con peluca al estilo de Watteau,
gnero que hoy ha pasado  los abanicos.

Tambin existe (y si mal no recordamos estaba en la sala) un reloj de la
misma poca con su correspondiente fauno dorado; pero este reloj, que en
los buenos tiempos de los Porreos haba sido una maravilla de
precisin, estaba parado y marcaba las doce de la noche del 31 de
Diciembre de 1800, ltimo ao del siglo pasado, en que se par para no
volver  andar ms, lo cual no dejaba de ser significativo en semejante
casa. Desde dicha noche se detuvo, y no hubo medio de hacerle andar un
segundo ms. El reloj, como sus amas, no quiso entrar en este siglo.

Un lienzo mstico de pura escuela toledana ocupaba el centro de la sala
al lado del dcimo cuarto Porreo (padre feliz de doa Paz), pintado por
Vanlo. Este gran cuadro representaba, si no nos engaa la memoria, el
triunfo del Rosario, y era un agregado de pequeas composiciones
dispuestas en elipse, un cada una de las cuales estaba un retrato de un
fraile dominico, principiando por _Vicenzius_ y acabando por
_Hyacinthus_. En el centro estaba la Virgen con Santo Domingo,
arrodillado; y no tena ms defecto sino que en el sitio donde el pintor
haba puesto la cabeza del santo, puso la humedad un agujero muy profano
y feo. Pero  pesar de esto, el lienzo era el _Sancta Sanctorum_ de la
casa, y representaba los sentimientos y creencias da todos los Porreos,
desde el que pereci en Andaluca con Lope Daz, hasta las tres ruinosas
damas, que en la poca de nuestra historia quedaban para muestra de lo
que son las glorias mundanas.

En el cuarto de la devota ... (lo describimos de odas, porque ningn
mortal masculino pudo jams entrar en l) haba una Santa Librada,
imagen de quien era especial devoto y fiel ahijado el tercer Porreo
(1465). Con los aos se le haba roto la cabeza; pero doa Paulita tuvo
buen cuidado de pegrsela con un enorme pedazo de cera, si bien qued la
santa tan cuellitorcida, que daba lstima. Junto  la cama (pudoroso y
casto mueble que nombramos con respeto) estaba el reclinatorio, al cual
no se acercaban ni sus tas. Sobre l se ergua un hermoso Cristo de
marfil, desfigurado por un faldelln de raso blanco, bordado de
lentejuelas, y una cinta anchsima y un amplio lazo que de los pies le
colgaba. El reclinatorio era una bella obra de talla del siglo XVI; pero
un carpintero del XIX le haba aadido para componerlo varios listones
de pino, dignos de un barril de aceitunas. El cojn donde las rodillas
de la santa se clavaban por espacio de cuatro horas todas las noches era
tan viejo, que su origen se perda en la obscuridad de los tiempos; su
color era indefinible: la lana se sala  prisa por sus grandes roturas.

Todas estas reliquias, recuerdo de pasadas glorias, de instituciones, de
personas, de das pasados, tenan un aspecto respetable y solemne. Al
entrar en aquella casa y ver aquellos objetos deteriorados por el
tiempo, bellos an en su miseria, el visitador se senta sobrecogido de
estupor y veneracin. Pero las reliquias, las ruinas que ms impresin
producan, eran las tres damas nobles y deterioradas que all vivan, y
que en el momento de nuestra historia, correspondiente  este captulo,
estaban sentadas en la sala, puestas en fila. Mara de la Paz, la ms
vieja, en el centro; las otras dos  los lados. Una de ellas tena en la
mano un libro de horas, otra cosa, la tercera bordaba con hilo de plata
un pequeo roponcillo de seda, que sin duda se destinaba  abrigar las
carnes de algn santo de palo. Las tres, colocadas con simetra,
silenciosas y tranquilamente ensimismadas en su oracin  su trabajo,
ofrecan un cuadro sombro, glacial, lgubre. Describiremos los
principales rasgos de esta trinidad ilustre.

Mara de la Paz (quitmosla el doa, porque supimos casualmente que le
agradaba verse despojada de aquel tratamiento), hermana menor del
Marqus de Porreo, era una mujer de esas que pueden hacer creer que
tienen cuarenta aos, teniendo realmente ms de cincuenta. Era alta,
gruesa y robusta, de cara redonda y pecho abultado, que se hacia ms
ostensible por el singular empeo de ceirse  la altura usada en tiempo
de Mara Luisa. Su rostro, perfectamente esferoidal, descansaba sin ms
intermedio sobre el busto; y su pelo, negro an por una condescendencia
de los aos, y partido en dos zonas sobre la frente, le tapaba entrambas
orejas, recogindose atrs. Su nariz era pequea y amoratada; su boca
ms pequea an y tan redonda, que pareca un botn encarnado; los ojos
no muy grandes, la barba prominente, los dientes agudos, y uno de ellos
le asomaba siempre cuando ms cerrados tena los labios. De la
extremidad visible de sus orejas pendan dos enormes herretes de
filigrana, que parecan dos pesos destinados  mantener en equilibrio
aquella cabeza. En el siniestro lado tena una grande y muy negra
verruga, que asemejaba un exvoto puesto en el altar de su cara por la
piedad de un catlico. El cuerpo formaba gran armona con el rostro; y
en sus manos pequeas, coloradas y gordas, resplandecan muchos anillos,
en los que los brillantes haban sido hbilmente trocados por piedras
falsas. Echemos un velo sobre estas lstimas.

Salom era un tipo enteramente contrario. As como la figura de Paz no
tena nada de aristocrtico, la de sta era de esas que la rutina  la
moda califican, cuando son bellas, de aristocrticas. Era alta y flaca,
flaca como un espectro. Su rostro amarillo haba sido en tiempo de
Carlos IV un valo muy bello; despus era una cosa oblonga que meda una
cuarta desde la raz del pelo  la barba; su cutis, que haba sido
finsimo jaspe, era ya papel de un ttulo de ejecutoria, y los aos
estaban trazados en l con arrugas tan rasgueadas que parecan la
complicada rbrica de un escribano. No se sabe cuntos aos haban
firmado sobre aquel rostro. Las cejas arqueadas y grandes eran
delicadsimas: en otro tiempo tuvieron suave ondulacin; pero ya se
recogan, se dilataban y contraan como dos culebras. Debajo se abran
sus grandes ojos, cuyos prpados ennegrecidos, clidos, venenosos y casi
transparentes, se abatan como dos compuertas cuando Salom quera
expresar su desdn, que era cosa muy comn. La nariz era afilada y tan
flaca y huesosa, que los espejuelos, que sola usar, se le resbalaban
por falta de cosa blanda en que agarrarse, vindose la seora en la
precisin de sujetrselos atrs con una cinta. Y, por ltimo, para que
esta efigie fuera ms singular, adornaban airosamente su labio superior
unos vellos negros que haban sido agraciado bozo y eran ya un bigotillo
barbiponiente, con el cual formaban simetra dos  tres pelos
arraigados bajo la barba, apndices de una longitud y lozana que
envidiara cualquier moscovita.

El despecho crnico haba dado  este rostro un mohn repulsivo y una
siniestra contraccin que se avena muy bien con las formas de la
figura y su atavo. Desaparecan los cabellos bajo un tocado de
tristsimo aspecto, y el cuello, que fu comparado al del cisne por un
poeta quejumbrn del tiempo de Comella, era ya delgado, sinuoso y
escueto. Marcbanse en l los huesos, los tendones y las venas,
formando como un manojo de cuerdas; y cuando hablaba alterndose un
poco, aquellas mal cubiertas piezas anatmicas se movan y aguaban como
las varas de un telar. Debajo de toda esta mquina se extenda en
angosta superficie el seno de la dama, cuyas formas al exterior no
podra apreciar en la poca de nuestra historia el ms experimentado
gemetra, y ms abajo la otra mquina de su talle y cuerpo, inaccesible
tambin  la induccin; mquina que  fuerza de ataques nerviosos haba
llegado  la ms completa morosidad. Cubrala un luengo traje negro.
Entre los pliegues de un vastsimo pauelo del mismo color, se
destacaban dos manos blancas, finsimas, de un contorno y suavidad
admirables. Pero no eran las manos la nica cosa bella que se adverta
en aquella ruina, no: tena otra cosa mil veces ms bella que las
manos, y eran los dientes, que, salvados del general desastre, se
conservaban hermossimos, con perfecta regularidad, esmalte brillante 
intachable forma. Oh, los dientes de aquella seora eran divinos: slo
ellos recordaban el antiguo esplendor; y cuando aquel vestigio se
sonrea (cosa muy rara); cuando dejaba ver, contrastando con lo
desapacible del rostro, las dos filas de dientes de incomparable
hermosura, pareca que la belleza, la felicidad y la juventud se
asomaban  su boca,  que una luz aclaraba aquel rostro apagado.

Doa Paulita (nunca pudo quitarse ni el _doa_ ni el diminutivo) no se
pareca en nada ni  su ta ni  su prima. Era una santa, una santita.
Sus ademanes estaban en armona con su carcter, de tal modo, que verla
y sentir ganas de rezarle un Padrenuestro era una misma cosa. Miraba
constantemente al suelo, y su voz tena un timbre nasal  impertinente
como el de un monaguillo constipado. Cuando hablaba, cosa frecuente, lo
haca en ese tono que generalmente se llama de carretilla, como dicen
los chicos la leccin; en el tono en que se recitan las letanas y los
gozos. Examinando atentamente su figura, se observaba que la expresin
mstica que en toda ella resplandeca, era ms bien debida  un hbito
de contracciones y movimientos, que  natural y congnita forma. No se
crea por eso que era hipcrita, no: era una verdadera santa, una santa
por conviccin y por fervor.

Tena el rostro compungido y desapacible, plido y ojeroso, spera y
morena la tez, con el circuito de los ojos como si acabara de llorar;
las cejas muy negras y pobladas; la boca un poco grande y con cierta
gracia innata, casi desfigurada por el mohn compungido de sus labios,
hechos  la modulacin silenciosa de palabras santas.

El que fuera digno de gozar el singular privilegio de ser mirado por
ella, habra advertido en sus ojos la inalterable fijeza, la expresin
glacial, que son el primer distintivo de los ojos de un santo de palo.
Pero haba momentos, y de esto slo el autor de este libro puede ser
testigo; haba momentos, decimos, en que las pupilas de la santa
irradiaban una luz y un calor extraordinarios. Y es que, sin duda, el
alma abrasada en amor divino se manifiesta siempre de un modo misterioso
y con sntomas que el observador superficial no puede apreciar.

Su vestido era recatado y monjil, no siendo posible certificar que bajo
sus tocas hubiera algo parecido  una cabellera, aunque nos atrevemos 
asegurar que la tena, y muy hermosa. Su estatura no pasaba de mediana,
y  pesar de la modestia, poca elegancia, y ninguna presuncin con que
vesta, era indudable que un mundano topgrafo, llamado  medir las
formas de aquella santa, no se hubiera encontrado con tanta falta de
datos como en presencia de su ilustre prima la acartonada Marta Salom.

Conocida esta trinidad ilustre, conviene recordar algunos antecedentes
histricos. All por los aos de 1790, los Porreos eran muy ricos,
tenan gran boato y gozaban de mucha preponderancia en la Corte.
Entonces Paz tena diez y nueve aos, y era tan fresca, robusta y
coloradota, que un poeta de aquel tiempo la compar  Juno. Decan sus
primas por lo bajo que era muy orgullosa, y su padre el decimocuarto
de los Porreos, aseguraba que no haba prncipe ni duque que fuera
digno de aquella flor. Estuvo arreglado su casamiento con un joven de
la ilustre casa de Gaytn de Ayala; pero aconteci que el tal no gust
de Juno, y la boda fu un sueo. Es imposible pintar el dolor que tuvo
la infeliz cuando Mara Luisa, hallndose una noche en casa de la
duquesa de Chinchn, se permiti hacer, con su acostumbrada malicia,
algunas apreciaciones un poco picantes sobre la gordura y redondez de
nuestra diosa.

Esto no fu, sin embargo, obstculo para que, pasados cuatro meses, se
ajustaran las bodas de Paz con un caballero irlands que estaba en la
embajada inglesa. Pero el diablo, que no duerme, hizo que ocurrieran 
ltima hora algunas dificultades: el decimocuarto Parreo era cristiano
muy viejo y muy temeroso de Dios; y cierto fraile de la Merced, que
frecuentaba la casa y tomaba all el chocolate todas las noches, di en
probar, con la autoridad de San Anselmo y Orgenes, que aquel
caballerito irlands era hereje y poco menos que judo. Alarmse la
susceptible conciencia del Marqus, y despus de echarle un sermn
consolatorio  Paz, sta se qued sin marido, con la triste
circunstancia de que se pona cada vez ms gorda, y ni bajndose el
talle poda disimular aquel mal. Por ltimo, en Diciembre de 1795, Paz
se cas con un pariente viejo y fastidioso, que cometi el singular
despropsito de morirse  los siete das de casado, dejando  su mujer
ms gruesa, pero no en cinta. Por la rama femenina los Porreos se
quedaron sin sucesin, lo cual haca que el viejo Marqus, en sus
accesos de melancola, se pusiera  llorar como un nio, presagiando el
triste fin y acabamiento de su gloriosa casa.

Entonces muri el viejo: heredle su hijo don Baltasar, padre de Salom;
y con sta, cuya belleza era notable, haba formado el padre proyectos
matrimoniales que remediaran la ruina que ya le amenazaba. El pleito
comenzaba  aparecer formidable, siniestro, terrible, como un monstruo
de mltiples miembros; habase apoderado de la casa, la estrechaba, la
devoraba, la consuma. Un pleito es un incendio; pero ms terrible,
porque es ms lento. La casa ilustre comenzaba  desmoronarse: era
intil que le quisieran poner un puntal aqu, otro all; la casa se
vena al suelo, porque el monstruo terrible no cesaba en su actividad
destructora. Lo nico que logr don Baltasar fu disimular su ruina.
Nadie crea que aquella casa poderosa estaba devorada por los
acreedores. Slo Elas Orejn, que gozaba sin sueldo de las
preeminencias de intendente, lo saba. Don Baltasar fundaba su esperanza
en Salom, cuyo peinado de canastillo haba seguramente gustado mucho al
joven Duque de X..., que buscaba esposa en la tertulia de la citada
Duquesa de Chinchn.

Salom era entonces una Slfide. Ninguna le igualaba en esbeltez y
delicadeza: vesta con suma gracia y sencillez, y bailaba el minueto da
una manera tan sutil y ligera, que apareca del modo menos terrestre
que es posible en la figura humana.

El Duque se enamor de ella como un loco: hizo que uno de los ms
enfadosos poetas de aquel tiempo escribieran unas estrofas amatorias,
que el joven apasionado desliz suavemente en la mano de Salom  la
salida de un baile. Sentimos no tener  mano estas estrofas, porque son
un documento notable y digno de ser conocido. En prosa neta contest la
joven; pero no fu menos expresivo su estilo. Hicieron amistades; de las
amistades pasaron al galanteo, y del galanteo al proyecto de boda. Don
Baltasar crey en el afianzamiento de su casa; pero se llev un terrible
chasco. De repente los Duques de X ... se opusieron al casamiento de su
hijo; Salom estuvo siete das en cama con dolor de muelas; su padre oy
con sumisin la homila que el fraile le espet por va de consuelo, y
Elas Orejn le ley en seguida unas terribles cuentas, que le hicieron
el efecto de un tsigo.

La joven empez entonces  enflaquecer. Por un amigo de la casa hemos
sabido que antes que el peinado de canastillo impresionara tan
enrgicamente al joven Duque, haba indicios para creer que  Salom no
le era del todo indiferente un teniente de hsares del Rey, que meda la
calle del Sacramento lo menos cien veces al da. Es tambin seguro que
Salom pasaba muchas noches llorando, y que en aquel asunto
intervinieron el fraile y el Marqus. El teniente fu mandado al Per, y
no se supo nada ms de l.

Es imposible expresar lo que sufri la pobre alma de la joven Porreo
con el terrible golpe del rompimiento de la boda. Ella esperaba no s
qu de aquel enlace. Misterios femeninos! Llor por el teniente y rabi
por el Duquesito. Desde aquellos das principi  advertirse en ella la
modificacin que la llev al estado en que la conocemos. La displicencia
atrabiliaria, el desdn amargo, la impasibilidad indiferente aparecieron
entonces, y se apoderaron por ltimo, de su espritu por completo. Lleg
con los aos  ser la persona ms desapacible y de trato ms fastidioso
que pudiera concebirse, ella que haba tenido un carcter tan flexible,
un trato tan amable, una manera de insinuarse tan suave y halagea.

No as doa Paulita, que siempre haba encontrado consuelos en la
religin. Desde nia haba sido reputada como un ngel; no haca ms que
rezar y cantar  estilo de coro, remedando lo que oa en las Carboneras.
Los domingos deca misa en un pequeo altar, que ella misma haba
formado, y tambin predicaba desde lo alto de una mesa con gran regodeo
de toda la servidumbre, que acuda para orla desde los cuatro polos de
la casa. Ya ms grandecita, manifestaba un vehemente horror  los saraos
y  los teatros; lo nico que pudo agradarla un poco fu una funcin de
toros,  que la llev su padre, gran aficionado. Solamente iba doa
Paulita al teatro cuando se representaba algn auto en la Cruz por
fiestas de Corpus, pero siempre iba con permiso de su confesor.

Entrada en los diez y ocho aos, oy con horror las proposiciones del
decimoquinto Porreo, su to, para que se casara.

--Yo--dijo,-- ser hija de Jesucristo,  vivir en mi casa, ausente del
mundo, buscando en ella un baluarte contra el demonio.

--Bien, hija ma: si es ste tu gusto--dijo el to,--sea. Creci con los
aos su devocin, pero no hipcrita, sino devocin verdadera, legtimo
fervor cristiano. Tena grandes visiones, y en llegando la Cuaresma se
disciplinaba, y decan los criados que en las altas horas de la noche
sentan los azotes que se daba. En la poca de la decadencia, cuando
vivan en la calle de Beln, visitaba todos los das  las vecinas
monjas de Gngora, conversando con ellas largas horas. Con ellas
consultaba sus visiones y contravisiones, relatando sus deliquios y
arrebatos de amor divino. Otros das llegaba muy apurada para contarles
cmo haba sentido unas terribles tentaciones, y que bebiendo vinagre se
le haban quitado.

As pasaba los das en sabroso comercio con lo desconocido, lo mismo en
la poca de su apogeo que en la de su decadencia.

Estos tres ngeles cados llevaban una vida montona y triste. Su casa
era la casa del fastidio. Pareca que las tres se fastidiaban de las
tres, y cada una de las dems.

Nos hemos olvidado de otro importante inquilino. Era un delicado
ejemplar de la raza canina, un perrito que representaba en la casa el
elemento irracional. Mas en este ser no se vean nunca la inquietud y
alborozo propios de su edad y de su raza; antes, por el contrario, era
tan melanclico como sus amas. En los tiempos do prosperidad haba en
la casa muchos perros: dos falderos, un pachn y seis  siete lebreles,
que acompaaban al decimocuarto Porreo cuando iba  cazar  su dehesa
de Sanchidrin.... Con la ruina de la casa desaparecieron los canes:
unos por muerte, otros porque el destino, implacable con la familia,
alej de ella  sus ms leales amigos. Mas en su decadencia, las tres
damas no podan pasarse sin perro: y es fama que un da, viniendo doa
Paz de visitar  sus amigas las Carboneras, al pasar por la Puerta del
Sol, vi  un hombre que venda unos falderillos de pocos das.
Acercse con emocin y cierta vergenza, pag uno con ocho cuartos y se
lo llev bajo el manto.

Instalado el perro en la casa, Salom le puso nombre, y recordando las
lucubraciones mitolgicas y pastoriles de los poetas que en el tiempo
de la Chinchn la obsequiaban con sus versos, le puso el nombre clsico
de Batilo.

Este desventurado ser se hallaba en el momento de nuestra descripcin
echado  los pies de Mara de la Paz, semejando en su actitud  los
perros  cachorrillos que duermen el sueo del mrmol inerte  los pies
de la estatua yacente de un sepulcro.

Las de Porreo se levantaban  las siete de la maana, tomaban un
chocolate del ms barato, y se iban  las Gngoras. Oan tres misas y
parte de una cuarta. Si era domingo confesaban, y despus volvan 
casa, quedndose generalmente doa Paulita en el locutorio  hablar de
las llagas de San Francisco. A la una coman (no tenan criada) una olla
decente _con menos de vaca que de carnero_, y algunos platos
condimentados por el instinto (no educacin) culinario de Mara de la
Paz, que consideraba como la ltima de las humillaciones la de entrar en
la cocina. Despus hacan labor. Una vez al ao visitaban  cierta
condesa vieja que las conservaba alguna amistad  pesar de la desgracia.
Llegada la noche, rezaban _ tro_ por espacio de dos horas, y despus
se acostaban. Al sumergirse en aquellas camas arquitectnicas,
verdaderos monumentos de otros tiempos, los tres vestigios de la familia
insigne de Porreo, vivos exticamente en nuestros das, pareca que se
hastiaban del mundo de hoy y se volvan  su siglo.

Concluyamos: la ms inalterable armona reinaba aparentemente entre
ellas. Parecan no tener ms que un pensamiento y una voluntad. La
uncin de Paulita se comunicaba  las otras dos, y la misantropa amarga
de Salom se repeta igualmente en las dems. La alegra, el dolor, las
alteraciones de la pasin y del sentimiento no se conocan en aquella
regin del fastidio. La unidad de aquella trinidad era un misterio. En
los momentos normales de la vida las tres no eran ms que una: lo
antiguo manifestado en un tringulo equiltero; el hasto representado
en tres modos distintos, pero uno en esencia.





CAPTULO XVI



#El siglo dcimoctavo.#


Estas eran las veneradas matronas con quienes iba  vivir nuestra pobre
amiga Clara; y en la posicin en que las hemos descrito se hallaban
cuando Elas, trayendo de la mano  su ahijada, entr en la sala, y se
par ante las tres damas, haciendo una profunda reverencia. Las tres
dirigieron  un tiempo los ms impertinentes rayos de sus miradas sobre
el semblante de la infeliz muchacha, que estaba con los ojos bajos, el
alma oprimida y sin poder pronunciar una palabra.

--Es sta la nia que usted nos ha encargado, seor don Elas?--dijo
Mara de la Paz Jess.

--S seora, ya que son usas tan buenas que quieren admitirla aqu. Yo
espero que ella ser agradecida  tanto honor, y sabr corresponder  l
con su buena conducta.

--Pero, es preciso corregirse, nia--dijo Paz;--y si es verdad lo que el
seor Elas nos ha dicho de usted ... y verdad debe ser cuando l lo
dice.... Sintese usted.

Los dos visitantes se sentaron en dos taburetes, magnficas joyas del
siglo decimosptimo.

--Si es verdad--dijo Salom con desdn y cierta fatuidad:--es preciso
que usted se corrija. Esta casa, nia, impone al que la habita, deberes
muy sagrados. Nosotras no consentimos el menor escndalo, y cuando
protegemos (recalc la palabra _protegemos_)  una persona, principiamos
por ensearle lo que debe  sus protectores.

--Estas ideas del da--aadi Paz,--lo invaden todo, nia. No extrao
que le haya alcanzado  usted su influencia pestilencial. Ya no hay
religin: los hombres corren desenfrenados  su ruina; y si Dios no se
apiada, se acabar el mundo. Pero en alguna parte se conservan los
sentimientos de honradez y pudor. Haga usted cuenta, nia, que ha dejado
un mundo de cieno para entrar en otro ms perfecto. Dios ha iluminado 
su buen protector para que la ponga entre nosotras, que la libraremos de
la influencia infernal de las ideas del da.

Y sigui disertando sobre las ideas del da con argumentos tan fuertes
y tal vehemencia de estilo, que Clara sinti picada su curiosidad; alz
los ojos y se puso  mirar con asombro la efigie porreana, de cuya boca
sala elocuencia tan terrible.

--Usas son tan buenas!... son las nicas personas que pueden ofrecer
algn consuelo entre las borrascas del da--dijo Coletilla con voz menos
spera que de ordinario, pues slo era afable tratndose de las
Porreas.--Usas le harn comprender lo que han sido y lo que son
todava, porque aunque esto se ha desquiciado, an quedan personas de
aquel tiempo tan grandes y nobles como entonces. Clara, haz cuenta que
habitas con las ms dignas y elevadas seoras de la grandeza espaola,
que, al par de la virtud, atesoran todas aquellas prendas del alma que
distinguen  ciertas personas del bajo vulgo  que nosotros
pertenecemos.

Mara de la Paz Jess se irgui con toda la gallarda de que era capaz;
respir y mir  un lado y otro con majestad perfectamente regia. Salom
mir con angustiosa calma las colgaduras remendadas y radas, los
muebles desvencijados y rotos. Doa Paulita di un suspiro mstico, y
continu en silencio.

Coletilla, cuando emiti tan gran pensamiento, se levant y se fu,
despus de saludar  las damas y hablar algo en voz baja con la ms
vieja de las tres. Clara le mir partir, y aquel hombre, que le haba
inspirado tanto miedo, que haba sido siempre un tirano para ella, le
pareci un ngel tutelar que la abandonaba en tales momentos. Sinti
impulsos de correr  abrazarle para salir con l; le mir en silencio, y
cuando se hubo marchado observ  las tres viejas con terror, y dos
lgrimas de desconsuelo y angustia corrieron por sus mejillas.

--No llores, nia--dijo Salom:--esos sentimientos que manifiestas por
tu bienhechor son saludables; pero de qu valen esas lgrimas tardas,
despus de haber abusado de su bondad, poniendo en peligro la dignidad
de su casa?

--Yo, seora!--exclam Clara con asombro.

--S, usted--afirm doa Paz;--pero la juventud est desmoralizada: no
me admira. Esperamos, sin embargo, que usted se corrija. Ya se ve ...
con estas ideas del da, qu haba usted de hacer!

--Es preciso perdonar--dijo doa Paulita con una voz agridulce y
atiplada, que pareca salir de lo profundo de un cepillo de iglesia.

--S, perdonar; pero corregirse tambin--indic Salom con el aplomo de
un legislador.--Si no,  dnde iramos  parar; porque el perdn sin
correccin produce peores efectos que el no perdonar.

--Ese es un punto--contest la devota--difcil de resolver, y que ha de
llevarnos  sostener una hereja. El perdn es bueno _en si_ y _por s_,
como me lo prob el Padre Antonio el otro da.

--Pero, hermana, de qu sirve perdonar si el malo no se corrige y sigue
siendo malo?--dijo Salom interesndose en aquella controversia, que
alter la soporfera armona de la trinidad por algunos minutos.

--El perdn basta por s para producir la gracia eficaz en el
perdonado--contest la devota;--y si es as, que el perdonado se corrige
con la gracia tan slo, luego la correccin del perdonador es ineficaz
para el perdonado.

Olvidbamos decir que doa Paulita saba un poco de latn, y que en la
poca de la decadencia se haba dedicado  leer el _Florilegio sagrado_
y el _Thesaurum breve Patrum ac sententiarum_. Aquel argumento lo haba
ledo la noche antes, y por eso lo tena tan  la mano.

La controversia concluy, y Mara de la Paz, ms dada al sermn que  la
doctrina teolgica, prosigui arengando  Clara, que, sentada como un
reo en el banquillo, estaba aterrada en presencia de tan severos jueces.

--La opinin de la mujer--deca la matrona,--es cristal finsimo que se
empaa al menor soplo. Aqulla que no se guarda  s misma, no es
guardada; y mujeres hemos visto muy honestas que por no cuidar de su
nombre le han visto manchado sin motivo. La opinin es lo primero:
cuidad de vuestra fama, porque cuando se habla de una mujer, nada le
queda ya, y su misma inocencia no la consuela.

Estas doctrinas sobre la opinin eran de la cosecha del fraile de la
Merced, que _in illo tempore_ frecuentaba la casa. A Paz se le quedaron
presentes sus argumentaciones, y en lo sucesivo no perdonaba ocasin de
sacarlas  cuento, creyendo que hablaba por su boca la misma sabidura.
La devota manifest con un _sin embargo_ que no estaba conforme con
aquella doctrina; pero el sermn, turbado por este pequeo incidente,
continu despus por mucho rato.

--Y si no, dgame usted, nia--dijo Paz:--qu objeto tiene la mujer al
dar odos  las palabras de los hombres, que son los que el demonio
elige para que propaguen estas ideas del da? Usted  qu aspira en la
tierra? Por su nacimiento, por su educacin, no puede aspirar  ocupar
un puesto en el mundo que la haga capaz de hacer bien  los inferiores.
O si no, vamos  ver: tratar de averiguar cules son sus pensamientos
sobre ciertas cosas, nia. Qu espera usted,  qu aspira usted y de
qu modo piensa conducirse en el mundo?

Clara no saba qu contestar  esta pregunta.

--Vamos, conteste usted--dijo Salom con un tonillo que indicaba grandes
deseos de or un disparate.

--Diga, hermana--exclam con la nariz la devota.

--Yo ...--contest Clara despus de una pausa larga en que trat
de dominar su turbacin ...--Yo ... les dir  ustedes ... soy ...
una mujer.

Paz hizo con la cabeza un signo de asentimiento, y mir  sus
sobrinas de un modo que indicaba el profundo acierto que haba en la
respuesta de Clara.

--Vamos, nia, qu piensa usted hacer en el mundo? Cmo cuenta usted
vivir en lo sucesivo? De qu modo? A ver--repiti Salom con vehementes
ganas de que Clara no acertara con la respuesta.

--Yo ...--contest Clara,--lo que deseo es vivir ... pues.

Paz inclin de nuevo la majestuosa cabeza en seal de aprobacin.

--Y nada ms?

--Ser buena y....

--Y qu?--insisti Salom, amostazada por el juicio y discrecin que
haba mostrado la examinada en las cuestiones anteriores--Y qu ms?
No se le ha ocurrido  usted alguna cosa para lo porvenir? No ha
esperado usted verse en otra posicin, en otro estado del que hoy tiene?

Clara continuaba no comprendiendo.

--Pues queremos decir--aadi Paz,--que si  usted no le ha ocurrido ser
feliz de algn modo; figurarse que poda ser til al mismo tiempo ...
pues ... porque las jvenes del da tienen ciertos pensamientos sobre la
vida y la sociedad que conviene examinar en usted.

--De qu manera--dijo Salom--cree usted que debe vivir una mujer en
el mundo? Cmo espera usted vivir en la sociedad para servirla y
serle til?

--Ah! s--dijo Clara bruscamente, como si un rayo de luz repentina
hubiera iluminado su entendimiento, sugirindole una idea que agradara 
aquellas seoras.

--A ver cmo?

--Veamos.

Clara tena un sentido natural muy grande. Evoclo todo, y pens en lo
que  ella le pareca ser los destinos de la mujer. Comprendi que si no
hubiera matrimonio se acabara el mundo, y record haber pensado varias
veces que una mujer casndose sera lo que deben ser las mujeres. Con
esta dosis de lgica se aventur  dar una respuesta  sus jueces,
segura de que las tres haban de quedar muy satisfechas y complacidas.

--A ver, nia, diga usted de una vez.

--Qu debe hacer la mujer en la sociedad para servirla y serle til?

--Casarse--dijo Clara con la mayor sencillez; y en el momento que
pronunci esta palabra, se aterr de lo que haba dicho y se puso
como la grana.

El lector habr visto, si ha asistido  algn sermn gerundiano, que 
veces el predicador, no sabiendo qu medios emplear para conmover al
femenino auditorio, alza los brazos, pone en blanco los ojos, y con
tremenda voz nombra al demonio, diciendo que  todas se las va  llevar
en las alforjas al Infierno; habr visto cmo cunde el pnico entre las
devotas: una llora, otra grita, sta, se desmaya, aqulla principia 
hacerse cruces, y la iglesia toda resuena con las voces alarmantes, el
pataleo de los histricos, el rumor de los suspiros y el retintn de las
cuentas del rosario. El lector ha visto esto? Pues el efecto producido
en las tres damas por la respuesta de Clara fu enteramente igual al que
producen los apostrofes de un predicador endemoniado en el tmido y
dueuesco auditorio de un novenario.

--Qu horror!--exclam Paz juntando las manos.

--Jess! Jess!--dijo Salom tapndose los odos.

--_Et ne nos inducas_--profiri la devota alzando los ojos al cielo.

Hubo un momento de confusin. Las tres se miraron con asombro. Doa
Paulita se repleg, doa Paz tambale en su asiento, y aun es fama que
el amarillo rostro de Salom se ti de una leve prpura, para lo cual
fu preciso sin duda que toda la sangre de su cuerpo se repartiera entre
sus dos mejillas. Hasta se asegura que Batilo, el ms taciturno de los
perros conocidos, particip de la opinin general: se alz sobre sus
patas, alarg el hocico y ladr.

Pasados los primeros momentos de confusin, Paz recobr aliento, y dijo
con voz entrecortada por la clera:

--Nia, esas ideas no me llaman la atencin. Ya la conocamos  usted de
odas. Ahora me explico su conducta.... Ya se ve ... Oh! es preciso una
educacin fuerte.

--Pero, seoras ... yo ... qu he dicho? ... yo--balbuci Clara muy
turbada.--Una mujer ... si se casa.... Pero casarse es ofender  Dios?

--No, seora, no--contest la matrona:--el matrimonio es cosa muy
principal; sin matrimonio no habra mundo. Pero lo que extraamos es ver
 una mozuela de diez y siete aos pensando slo en casarse.

Pero si yo no he pensado....

--No me interrumpa usted, nia ... pensando en casarse!... Qu locuras
no har quien  esa edad no piensa mas que en el matrimonio? As se
comprende que sea usted tan amiga de los hombres ... que los busque.

--Seora, yo no he buscado  ningn hombre--dijo la muchacha con
angustia.

--Todo lo sabemos; peso se equivoca usted si piensa que aqu vamos 
tolerar sus trapicheos.

El corazn de Clara se llen de amargura al or aquellas palabras; no se
pudo contener, y rompi  llorar.

Las tres manifestaban horrible crueldad en martirizarla. No podemos
explicarnos esto. Era tal vez efecto de la reconcentracin y sequedad
de espritu producidas por la falta de trato con las gentes, por falta
de amor y de los goces de la vida? Sin duda las tres momias no podan
sufrir en calma que hubiera en alguna persona aspiraciones  la
felicidad.

Doa Paulita, que ya tena la palabra en la nariz para reprender 
Clara, se conmovi al verla ulcerar, y la tranquiliz dicindole:

--La Magdalena pec y fu perdonada. Lo que ahora le falta  usted es un
sincero arrepentimiento.

--Pero de qu me he de arrepentir?--dijo Clara sollozando.

--Jess! qu tono tan del da y tan ... liberal!--exclam Salom,
creyendo decir una gracia.

--El orgullo que usted ha manifestado en esa pregunta no tiene
disculpa--dijo Paz con desdn.

--Cuando dicen las personas mayores que usted ha faltado...--aadi la
otra,--ellas sabrn por qu lo dicen, y usted no tiene que hacer ms que
conformarse y callar.

--Pero ay! yo no s en qu he podido faltar.

--Cuando  usted se lo dicen, sus razones habr para ello.

--Pero si tengo la conciencia tranquila.

--Ms tranquila queda no replicando cuando los superiores dicen una
cosa.

--La autoridad, nia--exclam Paz,--la autoridad es necesaria... Ya nos
ha mostrado usted suficientemente la influencia fatal que en usted han
producido las ideas del da. El orgullo satnico, al rebelarse contra
los superiores; el contradecir... Esto es insoportable. De este modo
camina la sociedad  su ruina. Pero nosotras le traeremos  usted al
buen camino.

--Por de pronto--dijo Salom,--cuidado cmo se asoma usted  la ventana.

--Queda terminantemente prohibido que se acerque usted  un balcn 
ventana; que abra usted la puerta de la escalera.

--Y que hable usted cuando no le pregunten.

--Se ha de levantar usted  las cuatro de la maana, que la pereza es
madre de todos los vicios.

--Yo me levanto  la misma hora, hermana--dijo la devota,--Yo le
proporcionar  usted ocasiones  esa hora de entretener el
entendimiento en cosas santas.

--A ver s de aqu en adelante tiene cuidado de no decir esos terribles
despropsitos que ahora ha dicho.

--No volver--dijo en un arrebato de amor al prjimo doa Paulita--Yo s
que no volver: yo confo en que ser buena y obediente. Otros peores se
hicieron santos.

--Cuidado cmo habla con nadie que venga  esta casa. Trabajar usted
en cuanto se le mande--continu Paz, aadiendo un artculo  aquel
cdigo fatal.

--Pero no por, exceso--indic oficiosamente doa Paulita, que el trabajo
es bueno para ahuyentar las ocasiones de pecar; pero con exceso es malo.

--No ser con exceso. Adems es preciso que procure desechar de su
mente todas las cosas que ha pensado hasta aqu. Cuidado con las ideas
del da que trae usted  este santuario de los buenos principios! No se
acuerde usted de lo pasado; y ahora que est usted encomendada 
nuestra tutela _para toda la vida_, no debe pensar sino en portarse
bien. Nosotras, ya que usted ha tenido la desgracia de perder  sus
padres, procuraremos dirigirla y enmendarla, siendo la autoridad que
tanto necesita.

La hurfana bajo los ojos y cay en profundo abatimiento. Para toda la
vida! Hubiera querido morirse en aquel instante. No mir  las tres
arpas, ni les contest. Su terror era tan grande que se lo secaron las
lgrimas, y qued en este estado de perplejidad dolorosa que sigue  las
grandes crisis del alma.

Dejmosla en su encierro para acudir  Lzaro, que gime en una prisin
de otra clase.





CAPTULO XVII



#El sueo del liberal#.


Cuando Lzaro vi cerrarse la puerta de su prisin y sinti perderse en
la galera los pasos de su carcelero, mir en torno suyo, y se hall
rodeado de la ms profunda obscuridad. Luz entraba por una reja que en
lo alto de la pared haba; pero l, viniendo de la calle, estaba
deslumbrado y no vea ms que tinieblas. Por un momento le fu difcil
darse cuenta de su situacin. Aquello le pareca un sueo. Su viaje 
Madrid haba sido cosa real  visin percibida en aquel calabozo?

Los pensamientos que en desorden y confusamente se agolparon en la mente
del joven, no son para referidos. El primer sentimiento que en l se
manifest, fu una gran compasin de si mismo, que emanaba de la
ridiculez con que los hechos anteriores le presentaban  sus propios
ojos. El haba credo que cada paso dado en la Corte sera un paso dado
hacia su futuro engrandecimiento  inmortalidad. El club patritico ms
clebre de Espaa le haba abierto sus puertas, ofrecindole una
tribuna, un pedestal: la fortuna pareca haberle allanado todos los
caminos, y despus... Pero no poda acusar  la fortuna. Esta le haba
dado ocasin, sitio, auditorio; haba puesto  su servicio un trastorno
popular; haba dispuesto tolo para l un inmenso grupo de oyentes
trastornado y dispuestos  hacer la apoteosis del primer advenedizo. La
fortuna haba organizado para l una manifestacin popular, pronta 
improvisar un hroe en cada calle. La fortuna no deba ser acusada: l
tena la culpa, l, que haba nacido para una vida obscura tal vez para
ser un buen artesano, un buen labrador, y nada ms. Y aquel saber
presuntuoso, aquellos conatos de pueril elocuencia, aquella vanidad
prematura de grande hombre, eran quizs tan slo fenmenos nacidos de
esa serie de fantasmagoras que acompaa siempre  la juventud hasta
dejarla  las puertas de la virilidad.

Despus de pensar estas cosas, se fij en su conversacin. Estaba preso.
Le formaran causa por alterador del orden pblico. Qu sera de l?
Adems haba cometido una gran falta en no visitar inmediatamente  su
to. Qu pensara Clara?

Al verse sumergido en una especie de sepulcro, su imaginacin principi
 divagar. Estaba dbil y muy fatigado. En cuarenta y ocho horas haba
dormido apenas cinco; adems la falta de alimento le extenuaba. Cediendo
al cansancio empez  dormitar; mas no durmi con ese sueo que da
reposo al cuerpo y al espritu, porque su excitacin le impeda un
descanso profundo. Dorma con el letargo doloroso  indeciso que
representa todas las visiones de la vigilia anterior de un modo
incoherente y monstruoso.

En su sueo crea escuchar lamentos que resonaban en las bvedas de la
Crcel. La antigua Crcel de Villa era un mal buhardilln, dividido en
celdas, donde los presos no tenan comodidad ni estaban seguros. La
prisin no tena aquel horror majestuoso con que los poetas nos han
pintado todos los calabozos. Pero  Lzaro antojbasele un sombro
edificio, gigantesco sepulcro de vivos, de altsimas y negras paredes,
de gruesos  inaccesibles torreones, con un gran foso lleno de aguas
cenagosas y verdes, con largas filas de mazmorras, de las cuales la ms
lbrega y subterrnea era la suya. Se le figuraba estar  muchos pies
bajo tierra; crea que aquella reja daba  algn conducto misterioso, y
que detrs de los muros habra una presa de agua. En su sueo crey
sentir el ruido de un torrente: el agua entraba con lentitud; enormes
ratas corran buscando entre los pies del preso refugio contra el
naufragio. Todo se le representaba segn las siniestras relaciones de
las crceles de la Inquisicin que haba ledo en sus libros.

Despus le pareca que los muros se apartaban: se encontraban en el
interior de una gran sala, cuyas paredes estaban tendidas de negro; en
el fondo haba una mesa con un crucifijo y dos velas amarillas, y
sentados alrededor de esta mesa cinco hombres de espantosa mirada, cinco
inquisidores vestidos con la siniestra librea del Santo Oficio. Aquellos
hombres le hacan preguntas  que no poda contestar. Despus se
acercaban  l cuatro sayones, le desnudaban, le ataban  la rueda de
una mquina horrible, la movan, rechinaban los ejes, crujan sus
huesos. El lanzaba gritos de dolor, es decir, pona en ejercicio sus
rganos vocales: pero el sonido no se oa.

Despus la decoracin y las figuras cambiaban; se le representaban dos
filas de hombres cubiertos con capuchn negro y agujereado en la cara
en el lugar de los ojos. Por el fondo venan los mismos que le
interrogaron, y uno de ellos traa enarbolado el mismo Santo Cristo
que presidi al tormento. Cantaban con voz lgubre una salmodia que
pareca salir de lo ms profundo de la tierra, y avanzaban todos, l
tambin, en pausada procesin. Gento inmenso le contemplaba impasible
y fri: un fraile, tambin impasible, iba  su lado, pronunciando  su
odo palabras santas que l no pudo comprender. Le hablaba de la otra
vida y del alma.

Despus le pareci que la comitiva se detena. Frente  frente vi una
claridad extraa, como toda claridad que brilla durante el da. Aquella
claridad se convirti en llama, que brotaba de un montn de lea. La
llama creca, creca hasta llegar  una altura enorme; crujan los
leos, saltaban chispas; una columna de humo negro suba hasta tocar el
cielo. Despus algunos hombres feroces, vestidos tambin con diablico
uniforme, le ataban fuertemente de pies y manos, le acercaban  la
hoguera, le echaban en ella. En un momento de sbito  indescriptible
horror sinti arder rechinando sus cabellos, consumidos en un segundo;
sus ropas en otro segundo. Rechin tenuemente el vello de toda su piel:
hirvi su carne con el chirrido intenso y discorde de todo cuerpo hmedo
que cae en el fuego. Respira fuego, bebi fuego, se convirti en fuego
sensible y animado con los dolores de su propia combustin. Quiso
gritar: la llama no conduce el sonido. Quiso huir: no tena movimiento,
no tena cuerpo, no era ms que una mecha. Quiso orar: no tena
pensamiento; no era ya ms que una pavesa, una masa de ceniza. El viento
le desmoronaba: se senta difundirse en el espacio ardiente, se quemaba
ya quemado. No era ms que humo: se consideraba subiendo en espiral
renegrida, y siempre quemndose, siempre quemndose y consumindose;
difundido ya, aniquilado, evaporado, acabado... hasta que al fin
despert, cubierto todo con el sudor de la agona.

Despert, porque un ruido de voces resonaba  su lado. La puerta de la
prisin se haba abierto. Era la cada de la tarde. Un carcelero, que
traa una linterna, alumbraba y guiaba  otro hombre que vena  visitar
al preso. Este hombre era Coletilla.





CAPTULO XVIII



#Dilogo entre ayer y hoy#.


Elas se par delante de su sobrino. Este balbuci algunas palabras, le
saludo de un modo incoherente, y le dijo al fin, despus de comenzar
muchas frases, que estaba seguro de tener delante  su buen to; pero al
ver que ste no le daba contestacin ni desarrugaba el ceo, se call,
quedndose cabizbajo y lleno de vergenza.

Por ltimo, el realista habl.

--No debiera venir  verte, ni acordarme de ti. Mereces lo que te pasa.
No tengo lstima de tu miseria, y vengo  conocerte, nada ms que 
conocerte.

--Seor, yo...

Lzaro no encontraba, la frmula de una explicacin. Coletilla saba por
el abate don Gil lo que haba sucedido  su sobrino.

--S por qu te han puesto aqu. Un amigo que sigui tus pasos esta
maana me lo ha contado todo. Has levantado la voz en medio de una turba
de charlatanes, y te han cogido preso. La justicia te ha puesto donde
debieran estar todos los charlatanes.

Lzaro estaba cada vez ms confuso. Aquellas palabras, dichas cuando,
ms que reprensiones, necesitaba consuelo, concluyeron de abatirle.
Representsele el carcter de su to como el ms spero  inflexible que
exista en la Naturaleza.

--Me contaron tu hazaa--continu el viejo con su habitual entonacin
cavernosa,--y cuando supe que el delincuente era hijo de mi hermana, la
indignacin y la vergenza se apoderaron violentamente de m. No cre
que fueras perturbador del orden pblico. Si tal cosa hubiera sabido, te
habras quedado en el pueblo. Despus he averiguado ms. S que
llegaste, y en vez de ir  mi casa fuistes con unos badulaques al caf
de la _Fontana_, donde te hicieron hablar y hablaste ... y por cierto
que lo hiciste muy mal. Todos se han redo de ti. Estuviste despus
alborotando toda la noche con los que apedrearon la casa de Merilleu.

--Ah! no, seor; yo no.

--De cualquiera manera que sea, tu conducta es imperdonable. Pero dime:
desde cundo te has metido  orador? No saba yo que en Ateca hubiera
tanta elocuencia. Te habrn aplaudido los segadores en las eras, y te
has credo por eso un Demstenes.

El fantico rea con tan maligno acento de sarcasmo, que  Lzaro le
pareca tener delante un grotesco demonio. Cada palabra abra en el
corazn del pobre prisionero una nueva herida, y le abata y
avergonzaba ms.

--Pero no extrao tus desvaros--continu Elas:--el desorden cunde por
todas partes. Qu mucho que estos pedantuelos de aldea tengan tales
humos, cuando los sabios de la ciudad ofenden el sentido comn con sus
ridculos debates? Sin duda algn garito de Zaragoza ha sido el primer
teatro de tu petulancia.

La imaginacin de Lzaro midi rpidamente el abismo que en ideas y
sentimientos le separaba de su to. Pero se senta dominado por l, y no
poda contradecirle.

--Aqu--continu el fantico con su espantosa burla, aqu puedes hablar 
tus anchas: nadie te molestar. Lo que puede ocurrir es que te crean
loco y te lleven  un manicomio. All debiera estar media Espaa. Pero
no, que digo media Espaa? una pequea parte, porque casi todos los
espaoles conservamos el juicio. Slo una porcin de hombres mezquinos,
mezquinos de juicio, de carcter, de todo, manifiestan con su conducta
todo el extravo de que es capaz nuestra naturaleza. Pero esto
concluir; yo te juro que concluir,  es preciso creer que no hay Dios
en el cielo, perder la fe y renegar del mundo y del alma. Mira,
Lzaro--continu con tono vehemente y apretndole el brazo con tanta
fuerza, que le hizo retroceder inmutado y perplejo;--Lzaro, si tu eres
de esos, olvida que por tus venas corre mi sangre, olvida que soy
hermano de la que te di el ser. Un abismo nos separa; no hay
reconciliacin posible. Es preciso que nos odiemos de muerte. Huye de
m; para m no eres prjimo. Hay cosas que estn por encima de los
vnculos de la familia. La vida no se reconcilia con la muerte, ni la
luz con la obscuridad. Adis.

Iba  salir; pero Lzaro, trmulo de asombro, le detuvo, y le dijo con
mucha turbacin:

--Pero, seor, no me abandone usted, hbleme usted. Yo quiero que
pensemos de la misma manera.

A pesar de todo, el anciano le inspiraba respeto y veneracin; y al ver
que reprochaba sus ideas, sinti ese impulso de subordinacin tan
natural en un joven da temperamento impresionable.

--Si eres de esos--continu Elas,--vuelve  tu pueblo y no hables de
m; no digas que me has visto; no creas que existo; y es verdad: para ti
he muerto.

--Pero deje usted que me explique...

--Qu vas  decir?

--Yo pienso ... usted comprender que yo tengo mis ideas ... he ledo y
tengo convicciones, s, seor; estoy profundamente convencido....

--T, pobre nio, qu puedes saber?... qu convicciones puedes tener?
No sabes otra cosa ms que las falsedades ledas en cuatro libros que
debieran arder en llamas alimentadas con los huesos de sus autores.

A cada palabra se hunda ms Lzaro.

--Ser posible--dijo con desconsuelo,--que usted me pueda arrancar mis
creencias, que yo he alimentado con tanto cario y que me dan la vida?
No, no podr usted: y si al fin, con la fuerza de su talento, pudiera
conseguirlo, yo le ruego que no lo haga y me abandone. Que nos separe
ese abismo que usted dice: y si yo estoy en el error... Pero no lo
estoy, yo s que no lo estoy...

--Iluso, fantico, vano ... porque slo vanidad es eso, vanidad de
Satn--dijo Elas con severidad; y despus aadi con ms fuerza:--Pero
yo te sacar de esa miseria.

Estas palabras fueron pronunciadas con tan profundo acento de
conviccin, que el sobrino no pudo contestarlas, y se hundi ms.

--Qu intentas hacer? Qu esperas? Piensas que esto va  continuar
as por mucho tiempo? Te equivocas, que Espaa est  punto de reconocer
su error. Mira cmo rebulle por todas partes. El odio  la Constitucin
late en todos los corazones honrados. Pronto vers al Rey recobrar sus
sagrados privilegios, que slo Dios con la muerte puede quitarle.

--Oh, seor! Y lo que este pueblo ha conquistado con tanta sangre,
ser perdido por el orgullo de un solo hombre? Si as fuera, yo
renegara de nuestro linaje; y si Espaa se dejara ultrajar de ese modo,
sera digna de mejor suerte.

--Digna de mejor suerte,--dijo Elas con la ms horrible expresin de
que era capaz su rostro abominable; digna de aniquilarse y desaparecer de
la tierra si no lo hiciera.

--No, no lo puedo creer aunque usted me lo diga. Cuando yo no crea en
la libertad, no creer en nada, y ser el ms despreciable de los
hombres. Yo creo en la libertad que est en mi naturaleza, para que la
manifieste en los actos particulares de mi vida. Yo, ciudadano de esta
nacin, tengo derecho  hacer las leyes que han de regirme; tengo
derecho  reunirme con mis hermanos para elegir un legislador.

--Para darte leyes y obligarte  cumplirlas existe un hombre sagrado,
ungido por Dios.

--No: yo y mis hermanos le ungimos. Es Rey porque nosotros queremos. Es
sagrado para m si cumple el pacto solemne que ha hecho con todos y cada
uno. Si no, no. Pero lo cumplir, lo ha jurado.

--Hay juramentos--contest sobriamente Coletilla,--cuyo cumplimiento es
un crimen.

Lzaro sinti fro en el corazn. El aplomo con que aquellas palabras
fueron pronunciadas le anonad ms, y le hundi ms.

--Y todos esos hroes--se atrevi  decir el preso despus de
meditar.--todos esos hroes, santificados por la Historia, que viven en
el recuerdo de los buenos y sern siempre orgullo del gnero humano;
todos esos que han vivido por la libertad, que han muerto por ella,
mrtires deshonrados en su ltimo da por la mano del verdugo, pero
enaltecidos despus por la humanidad... no quiere usted que yo les ame?
Y les venero; mi pequeez no me permite imitarlos; pero por tener
ocasin de parecerme  ellos, diera toda mi vida, lo confieso. Oh! si
la libertad no fuera la cosa ms buena, sera la cosa ms bella con la
memoria de tantos hroes.

--Y esos son tus hroes? Eso es lo que admiras? dijo Elas.

--Pues  quin he de admirar?  quin he de admirar? A los tiranos?
A Nern, matando  Sneca;  Felipe II, asesinando  Egmont y  Lanuza;
 Luis XV, descoyuntando  Damiens?

--Era preciso ensear  los franceses que no deba haber otro Ravaillac.

--Pues la leccin no hizo efecto, porque hace treinta aos que un Rey
muri en un patbulo.

--Esos son tus semidioses, esos!--exclam Elas con furia.

--No: mis semidioses no son el exterminio, el terror ni el asesinato.
Lamento los desvaros de todos; mas no extrao que, al huir da las
violencias de un extremo, se toque en las violencias de otro, pagando
los crmenes de siglos enteros con el crimen de un da.

--No me hables ms--dijo Coletilla con voz reposada y lgubre:--ya s
que eres de _esos_, de _esos_  quienes no tengo palabras bastante duras
con que calificar. Tu Dios es un ciego espritu de libertinaje; la norma
de tu conducta es el escndalo. Dime, insensato, cul es tu fin? Qu
ves t en ese porvenir? Supn que fueras un hombre notable entre los de
tu calaa, el ms ciego de los ciegos, el ms loco de los locos: qu
haras, cul sera tu aspiracin?

--Yo no tengo aspiraciones bastardas; no quiero medrar  la sombra de un
tirano que pague la adulacin con dinero; yo no aspiro ms que  la
gratitud del gnero humano,  la gloria.

--Gloria por ese camino? La gloria no se consigue sino por el camino de
la lealtad, sirviendo  Dios y al Rey. No hay ms gloria que la que Dios
da en su Paraso, de la cual es simulacro  imperfecto remedo el culto
que da en los altares el linaje humano  los escogidos de Dios. Adems,
la gloria en la tierra consiste en ser sbdito sumiso y obediente, no en
vociferar por calles y plazuelas. De esa gloria que t has soado no
pueden salir hroes, sino charlatanes y bandoleros. La gloria consiste
en cumplir el deber.

--Pues yo cumplo mi deber tratando de emancipar  mis hermanos de una
odiosa tirana, dicindoles y probndoles que son libres, iguales ante
Dios y ante la ley.

--El primero de los deberes es obedecer lo que la ley te mande.

--Ciegamente?

--Ciegamente.

--Yo obedezco la ley que es tal ley, la que han hecho los que pueden
hacerla, elegidos por m y mis hermanos, elegidos por todos.

--A ti no te toca examinar la ley, sino obedecerla.

--Y si me mandan una infamia?

--No te la mandarn.

--Y si me la mandan?

--Te digo que no te la mandarn. Y si acaso Dios permitiera que tu Rey
te mandara alguna cosa contraria  la justicia, hazla, que Dios le
castigar  l y te premiar  ti en la otra vida. Sers mrtir. Qu
mayor gloria? El martirio del deber es grande y sublime.

Lzaro se hundi ms.

--Observa--continu Elas,--el espectculo de esa nacin. Unos cuantos
desalmados le dan leyes en nombre de un principio absurdo, contrario 
la Naturaleza. Slo al Rey ha dado Dios soberana. Qu desorden! El
Rey obligado por una turba de soldados rebeldes  jurar aquel Cdigo
abominable! Lo jur; pero en el fondo de su alma lo detesta. No poda
ser de otra manera. Est prisionero, prisionero de sus vasallos que
juegan con l. El Rey se ve obligado  representar la ms horrible
farsa. Jams la dignidad real ha descendido tanto. Pero l se librar de
esta horrible tutela, porque Europa, si es preciso, se coaligar para
salvar  Espaa. Ya Espaa ha salvado  Europa.

--No, no puedo creer--contest Lzaro,--semejante iniquidad. Esta
invasin sera ms odiosa que la de 1808, y tambin mejor castigada.

--No lo creas: el Rey ser restituido  su trono. Adems, Espaa no se
levantar; y si lo hace, ser en favor de la intervencin. No ves
cmo manifiesta su voluntad? No ves las facciones que aparecen por
todas partes? Todas las provincias se arman para proclamar al Soberano
absoluto, y an no han aparecido las principales facciones. Espaa se
alzar contra ese absurdo sistema, y Fernando volver  ser nuestro
Rey amado.

--Ser posible?--dijo Lzaro con desaliento; y entonces se hundi ms.

--Tan posible, que no pasar mucho tiempo sin que lo veas. Ahora se va 
conocer el temple de las almas. Todos esos charlatanes que te han
llenado la cabeza de desatinos huirn avergonzados, yendo  esconder su
ignominia en tierra extranjera. Entonces se cubrirn de gloria los
hombres de corazn recto; los leales y patriotas lucharn contra una
plebe desenfrenada; lucharn por el derecho, por Dios y por el Rey;
vivirn eternamente en la memoria de todos, y sus nombres sern en lo
venidero un emblema de justicia y de honradez. Estos son los hroes,
Lzaro; stos.

Lzaro se acab de hundir. Las palabras de su to le impresionaban de
tal modo, que no tuvo aliento ms que para decir tmidamente:

--Esos nada ms?

--Nada ms. La gloria es muy divina para que pueda coronar otra cosa que
la justicia y el deber. No esperes nada fuera de esto. El torbellino de
esa turba ciega te arrastra: ve con l. No te digo ms. Camina  la
deshonra y la muerte. Adis. Algn da te acordars de m.

--No--exclam Lzaro detenindole:--yo quiero que usted me aconseje y
me gue.... Yo ... aunque tengo bastante fuerza de convicciones....

--Fuerza de convicciones?--dijo el fantico, detenindose y mirando 
su sobrino con desprecio.

--S--contest ste,--y no puedo perderlas, no quiero perderlas.

--Bien: sigue por ese camino. Lejos de m no esperes otra cosa que
deshonra, obscuridad. Yo te abandono  tu suerte. Hgame la cuenta de
que no te conozco. Te pondrn tal vez en libertad, irs con ellos, sers
vencido, y entonces ...  huirs con ignominia,  te entregars  la
venganza de tus enemigos, que no tendrn perdn para ti, y harn bien.

--Pero usted me abandona?

--S: ya te he conocido. Vine slo por conocerte. Ya s quin eres. En
mi casa te espero; pero no vayas  ella sino convertido.

--Ah, imposible! No ir.

--Pues adis--dijo Elas con decisin.

--Adis--repiti Lzaro con angustia.

Coletilla sali. El joven no se atrevi  detenerle. No crey que se
marchaba hasta que le vi fuera, y sinti que el carcelero cerraba la
puerta. Entonces tuvo impulsos de llamarle; grit; no fu odo; llor
lgrimas de desesperacin; golpe violentamente con sus manos la puerta
y el cerrojo, y al fin, cediendo  la fatiga y al trastorno mental, cay
de nuevo en aquel letargo extraviado y doloroso de que le sacara
momentos antes la llegada de su to.





CAPTULO XIX



#El abate#.


Al da siguiente, la casa de las tres ruinas contena en su estrecha
capacidad seis personas: las tres Porreas, Clara y dos visitas.

Clara y la devota estaban encerradas en la habitacin interior,
destinada  las prcticas ascticas. La santa, concluida la oracin
mental, se haba sentado en un taburete, y poniendo un gran libro sobre
sus rodillas, lea con la cabeza inclinada  un lado, arqueadas las
cejas, bajos los prpados, y cruzadas las manos en ademn muy humilde.
Clara estaba  su lado, y como no deba llegar, en su flaca naturaleza,
 aquel alto grado de perfeccin, cosa como una pecadora, como una
infeliz mujer no acrisolada por las inflamaciones de amor divino. La
devota no se permiti otra expansin que referir  su compaero los
gozos y visiones que aquella noche haba tenido. Despus empez un
examen de doctrina, y le hizo varias preguntas morales y teolgicas, 
que contest Clara con sencillez, guindose por lo poco que saba
positivamente y por lo que su buen sentido le sugera. Pero es el caso
que  doa Paulita siempre le parecan mal las respuestas de su
discpula. La reprenda, le explicaba con escolsticos giros y frases
nada comunes, y, por ltimo, la llamaba ignorante y hereje, causndole
gran turbacin y susto.

De repente interrumpe sus lecturas y sus reprimendas, y exclama:

--Ah! se me olvidaba una parte de mi rezo. Ya se ve, me he distrado
con los errores de usted, hija. Es preciso que usted piense de otro modo
y deseche esas ideas.... Pero digo que me olvid de rezar ... por....
--Qu ha olvidado usted?--le dijo Clara.--Me olvid de rezar dos _Padre
nuestros_ por el sobrino de nuestro buen amigo don Elas.

--Jess; Qu le ha pasado? Qu es de l?--exclam vivamente Clara sin
poderse contener.

--No se asuste, hermana, que no ha muerto--contest framente la devota.

--Pues qu le ha pasado?--continu Clara, que se haba puesto plida y
temblorosa.

--Que est preso en la crcel, y bien merecido.--Pues qu ha hecho?

--Alborotar por esas calles y hablar en los clubs una serie de cosas tan
prfidas  infernales, que horroriza el recordarlas. Anoche nos cont
don Elas todo lo que ese desalmado joven ha hecho, y pas un mal rato.

Clara estuvo un momento sin poder articular palabra. La repentina
noticia la turb tanto, que no se atrevi  preguntar ms.

--Hermana--prosigui la devota,--qu muchachos los del dial! Qu
horrible corrupcin! Ese joven debe ser un monstruo. Pero ay! debemos
tener compasin con los delincuentes que yerran. No es que crea yo,
como Orgenes, que hasta el diablo se ha de salvar. Pero debemos
compadecer y amar  los pecadores, aunque stos sean de los ms
empedernidos y rebeldes.

--Pero qu ha hecho?--repiti Clara, haciendo un gran esfuerzo para
disimular su turbacin.

--No lo s punto por punto; pero son cosas tan horribles.... Ha hecho lo
que otros tantos desvergonzados que andan por ah. Esta sociedad est
perdida. A ver, hermana, si aprende usted pronto eso que le he dicho
sobre la gracia eficaz.

--Pero est preso?--aadi Clara con ms miedo.--Preso, s, y no lo
soltarn tan pronto. Pero est usted inmutada ... Ya, le tiene
compasin, y es natural. La compasin  los semejantes es una de las
virtudes que ms recomienda Tertuliano. Usted est plida, hermana.
Pero, ya: es efecto de la compasin. Voy  rezar. Y dejando el libro,
tom el rosario y rez. Clara baj la cabeza y sigui cosiendo. Era tal
su congoja, que no daba un punto  derechas; picse los dedos muchas
veces, y la costura sali tan mal que pronto fu preciso desbaratarla y
coserla de nuevo.

Dejmoslas y acudamos  las visitas. En la sala estaban Mara de la Paz,
Salom, y delante de ellas, en pie y respetuosamente, Elas Orejn y el
ex-abate don Gil Carrascosa.

Nada hemos hablado hasta ahora de la amistad de este singular personaje
con las venerables viejas. Carrascosa, en su calidad de abate
entrometido, frecuentaba la casa de Porreo, lo mismo que otras de la
ms elevada jerarqua. An hemos odo contar  personas de toda
veracidad que el intruso y audaz hombrecillo haba tenido una parte
principal en las misteriosas relaciones de Salom con aquel joven
militar,  quien enviaron al Per despus del rompimiento de la dama con
el imberbe duque de X....

Carrascosa era hombre de mucha travesura y socalia, sutil como el aire,
capaz de urdir en el seno de las familias las ms hbiles maraas; iba y
vena sigilosamente su color de preparar fiestas, de arreglar
procesiones, y era, en resumen, un pcaro tercero. As le llamamos por
no darle otro nombre un poco soez, que alguien le aplic oportunamente y
conserv entre muchos con justicia.

La amistad de las tres viejas se interrumpi con la desgracia, y slo de
vez en cuando las visitaba, recordndoles los tiempos pasados con una
elocuencia y un calor que no agradaban  doa Paz. ltimamente, sus
visitas eran ms frecuentes y mucho ms afectuosas sus demostraciones
de amistad. El da en que los encontramos aqu haba ido con Elas; y
por algo extraordinario iba sin duda, porque su vestido era el ms
escogido y su cara estaba ms lavada que de costumbre. Los puntiagudos
faldones de la mejor de sus tres casacas se balanceaban al comps de las
piernas en la parte posterior del cuerpo; el tup haba recibido doble
racin de pomada, y la corbata, aumentada con nuevos pliegues, formaba
un blanco follaje, una pechuga escarolada debajo de la barba. Cuando el
abate se pona este traje, haba pronunciado ya la _ltima ratio_ de su
peculiar elegancia.

Coletilla se despeda ya despus de haber saludado  las damas. No vena
sino  ratificar un tratado que ltimamente ajust con Paz. Ya sabemos
que las seoras tenan el segundo piso de la casa simplemente ocupado
con los muebles de familia de que no haban querido deshacerse. Este
piso era muy pequeo y abuhardillado, comunicndose con el principal por
una escalera interior.

Las damas haban propuesto  Elas que se fuese  vivir  aquel sitio,
comiendo con ellas en calidad de husped, y al buen viejo le vino este
arreglo como de molde, porque le produca un ahorro, y adems le pona
en estrecho contacto con sus antiguas amas, que tena siempre en tanto
aprecio. Economa, comodidad, seguridad: estas tres ventajas vi en la
proposicin, y acept. Aquel da vino  darles la respuesta definitiva:
sobre el precio no hubo disputas.

Cuando Coletilla se march el abate se prepar  tomar la palabra: hizo
mil muecas, sacando  la superficie de su cara todo su repertorio de
sonrisas. No seremos indiscretos en decir, anticipndonos  la
declaracin expresa del mismo don Gil, que iba  invitar  las tres
damas para una fiesta religiosa. Tambin nos atrevemos  indicar, con
todas las reservas imaginables, que aquello no era ms que un pretexto
que ocultaba otros fines.

Cuando rompi  hablar, lo primero que hizo fu preguntar por doa
Paulita, y tambin por Clara, empleando algunas discretas reticencias.
Despus dijo:

--Pues yo vena  decir  ustedes si quieren honrar con su presencia la
funcin que la Hermandad de la Pasin y Muerte celebra maana en la
iglesia de Maravillas. Yo soy el secretario de la Cofrada, y gracias 
m se ha arreglado la fiesta. Yo les aseguro  ustedes que ser de lo
ms lucido que se ha visto en la Corte.

--No ser nunca como la que hicimos el ao 98 en las Nias de Loreto,
cuando se traslad la Virgen de los Dolores del oratorio del
Olivar--dijo Salom.

--No fu el 98, sino el 3; que me acuerdo cmo si hubiera sido
ayer--dijo Paz.

--Te digo que fu el 98--insisti la otra.

--Estoy segura que fu el ao 3--dijo Paz,--cuando el primo vino de la
guerra de Francia.

--Que el 98, Paz--afirm Salom,--el 98. Hace ya veinticinco aos.

--Jess, mujer: te aseguro que fu el ao 3; me acuerdo bien. Yo tena
entonces ... quince aos.

--Seoras, no hace al caso la fecha--dijo Carrascosa, cortando aquella
peligrosa cuestin.

Y despus continu:

--Gracias al petitorio que yo dirijo, se han reducido dos mil y pico de
reales. Tenemos misa con orquesta de capilla, y nos predica el padre
Lorenzo de Soto, que es un orador que vale un Per.

--Oh! no me le nombre usted--dijo Salom, apartando la cara y
ponindole delante de ella la mano abierta  guisa de pantalla:--es un
clrigo pervertido, contaminado con las ideas del da. Despus que los
liberales le hicieron Provisor da Astorga, est en poder del demonio.
Hube de caerme muerta cuando el da de la fiesta de la Virgen de la
_Leche y Buen Parto_ le o decir en San Luis que era preciso
reconciliarnos con los que haban trastornado  nuestra patria. Cmo
puede haber llegado  ese extremo de perversin una persona ten docta
como el padre Lorenzo de Soto?

--Seora, yo tengo para m que es un gran predicador--dijo
Carrascosa.--El ao 12 fu, como ustedes saben, Diputado en aquellas
Cortes; el 14 firm la exposicin de los _persas_.Noble carcter!
Despus, la amistad del Rey le ha elevado  puestos muy altos; y para
probar su mrito, baste decir que l fu quien descubri la
conspiracin de Porlier. Despus del 20 se ha hecho enemigo de la
Constitucin, lo cual es digno de alabanza, porque de otro modo hubiera
perdido su prebenda. Pero nada de esto hace al caso, sino que predica
maana, y que esta tarde tenemos Completas, en que cantan los tiples de
Avila y el padre Melchor, franciscano de Segovia. Maana oficiar el
reverendo obispo do Mechoacn, y por la tarde habr procesin,  que
asistir la Cofrada del Paso, la del Santo Sudario, y tambin irn los
nios del Hospicio.

--Ay, don Gil!--exclam con acento de profundsimo desconsuelo Mara de
la Paz,--Cmo se atreven  sacar los santos  la calle con estas
cosas? Ms querrn ellos estarse en sus casas que no salir  ver todas
las iniquidades que cometen los hombres.

--Puedo asegurar  usted--dijo el abate con sonrisa diablicamente
irnica--que no se han quejado, ni se quejarn por el paseo. Lo mejor de
la procesin es la comitiva que tenemos organizada. Irn catorce
vrgenes vestidas de blanco, con coronas de rosas, velos, escapularios,
y cirios en las manos.

--Esas comitivas--dijo con muy mal humor Mara de la Paz--no me hacen
gracia. Es una cosa tan mundana! All van los hombres slo por ver 
las muchachas; y las muchachas que hacen de vrgenes, van slo  que las
vean, y en lo menos que piensan es en los santos y en Dios. Esas son
cosas de Francia, seor don Gil. Antes no se usaban aqu semejantes
inmoralidades, y da vendr en que se acaben costumbres tan
escandalosas.

El timbre nasal de la voz de doa Paulita, que se hallaba en la
habitacin inmediata, reson en la tala, trayendo la opinin de la
santa, que no por estar rezando dejaba de prestar atencin  cuanto en
la sala se deca.

--Ah!--exclam, alzando la voz para poder ser oda por don Gil--no me
nombren esas procesiones de vrgenes mundanas. Qu vrgenes sern esas
que salen con coronas de rosas y cirios en las manos! Una vez vi eso, y
me entr tal grima, que tuve que confesarme en seguida de la clera que
me haba dado. No me nombren eso. Qu escndalo, Dios mo! A dnde
iremos  parar as!

--Pues, seoras--manifest don Gil, respirando fuerte, como si con el
aliento adquiriera la fuerza que contra tantos y tales enemigos
necesitaba:--yo, seoras, respetando la opinin de ustedes, encuentro
que esas procesiones son muy patticas, muy expresivas, muy religiosas.
De todos modos, ya la procesin est arreglada, y hay que llevarla
acabo. Hemos estado buscando jvenes, y ya hemos encontrado algunas;
pero an nos faltan cinco. La fiesta es maana: y si no encontramos hoy
esas que faltan, se va  deslucir la funcin. Qu contratiempo! No
saben ustedes cunto he trabajado para buscarlas. Son muy guapas las
que tengo ya.

--Seor don Gil, por Dios--chill Salom en el tono de una honesta dama
que reprende el atrevimiento de su galn.

--Seoras, qu tiene eso de particular? Si Dios las ha hecho guapas,
qu vamos nosotros  hacer? Pero ay! me faltan cinco. Por eso he
venido aqu. Y se detuvo como cortado.

--Ha venido usted aqu!--exclam Paz abriendo mucho los ojos.

--Ha venido usted aqu!--murmur Salom con sbito cambio de color.

Las dos ruinas se miraron Aquella mirada fugaz fu terrible. Un
observador oculto  inteligente hubiera advertido tal vez que en aquel
mutuo rayo por una y otra lanzado, se examinaron, se despreciaron,
cambiando como una expresin de rencor que cada una lanz para la otra.
Pero Carrascosa, aunque era buen observador, no pudo advertir al breve
resplandor de aquella mirada fugaz como un relmpago, los dos abismos
que, abierto el uno frente al otro, se contemplaron un instante,
mostrndose todo su horror. No se crea por esto que ta y sobrina no se
queran bien, no: se amaban, si cabe expresarlo as; se amaban como
pueden amarse dos personas que se fastidian juntas. Sigamos.

Un profundo y lejano suspiro anunci la admiracin de doa Paulita.

--S, he venido aqu  ver si ustedes consienten ...--continu el abate.

El retablo que en la persona de Paz haca veces de rostro, se puso de
color de remolacha, y los ojos de Salom miraron al cielo, no sabemos si
por un movimiento natural  por una calculada combinacin de ademanes.

--Eso no tiene nada de particular, seoras, nada de particular; al
contrario....

--Seor don Gil!--dijo Salom con una cosa parecida al rubor.

--Seor don Gil!--exclam Paz con toda la majestad de su carcter
reunida en un solo gesto.

El que haba sido abate y covachuelista comprendi que le haban
entendido mal.

--Voy  rectificar--exclam.

--A rectificar, como dicen en las Cortes--indic Salom en un arrebato
de amabilidad repentina  inexplicable que no pudo contener; amabilidad
rarsima en ella y que era sin duda signo de una gran agitacin.

El buen humor de la segunda ruina era siniestro.

--Quiero decir--continu el abate, despus de toser dos  tres
veces--que vena  ver si consentan ustedes en que esa joven ... esa
joven que ustedes protegen....

A Salom le entr una tos convulsiva, no sabemos si originada por una
causa fsica  por la necesidad de disimular y no ofrecer  la
contemplacin de don Gil las arrugas triangulares y el color crdeno
que aparecieron en su cara al or aquella proposicin. Mara de la Paz
se restreg un ojo como si le escociera. Oyse la voz de doa Paulita
que rezaba un latinajo incomprensible.

--Esa joven--continu Carrascosa,--que se llama ... ya no me acuerdo de
su nombre. Pues ... esa que es tan guapita y tan modesta. De seguro no
habr en la procesin ninguna que la iguale.

--Seor don Gil!--exclam Mara de la Paz Jess con explosin de clera
repentina.--Cmo se ha figurado usted que yo poda consentir en
semejante cosa? Ya le he dicho  usted que esas comitivas me parecen muy
indecentes, y si esa nia quisiera prestarse  ser escndalo de la
Corte, no entrara ms en esta casa. Por parte suya, no dudo que
consintiera, porque es tan aficionada  coquetear por ah, que si la
dejaran haba de estar todo el da en la calle detrs de los hombres.
Pero no ... no me hable usted de eso.

--Yo sospechaba desde el principio  dnde iba usted  parar, seor
Carrascosa: pero quise aguardar  que se explicase--dijo Salom con
mucho desdn.

--Seoras, veo que son ustedes inflexibles. Conozco mucho la noble
entereza del carcter de ustedes y el tesn de sus principios para
insistir ms sobre este punto.

En aquel momento doa Paulita, que, sin salir de la habitacin interior,
no perda slaba de lo que all se deca, tom parte en la conversacin,
variando de sitio para que la oyeran mejor.

--Oh, Dios mo--dijo.--No consentir yo tal cosa. Hasta las personas
ms perfectas caen alguna vez! Hasta de los hombres ms de bien y de
mejor conducta se vale el demonio para sus perversos fines! Quin dira
que usted, seor don Gil Carrascosa, haba de ser instrumento de
perdicin para esta pobre muchacha!

--Yo, seora ma!

--No: ya s que es sin querer, que  veces Dios permite que una persona
buena sea, sin saberlo, causa de la perdicin de otra. No le echo 
usted la culpa. Pero esta pobre nia tiene quien vele por ella. No
caer otra vez; que gracias  un buen ngel ha salido ya del abismo la
pobrecita, y se ha salvado. Ya est hecho lo principal; de modo que
ahora, con una vida ejemplar consagrada enteramente  la oracin, su
alma se purificar por completo. No temas, nia--aadi, volvindose
del lado en que estaba Clara;--no temas, que no volvers  caer, y si
saliste del pantano del mundo, ha sido para continuar pura y sin
mancha lejos de l. Y no desconfes de ella--prosigui mirando  la
sala y dirigindose  las dos esfinges: no desconfes de ella, porque
es muy buena.

Salom movi la cabeza en seal de duda.

--Es muy buena, muy buena compaera ma--continu la devota--Aunque el
mundo trat de corromperla, ella tiene muy buen fondo, y el alma est
santa: lo he conocido. Perder la corteza de las viles pasiones que el
mundo le ha enseado. Estoy tan interesada en su salvacin, que quiero
unirme  ella para toda la vida y salvarla conmigo. Os aseguro que as
ser! Amadla vosotras, que Dios manda amar  los pecadores, sobre todo
cuando estn arrepentidos. No es verdad que ests arrepentida, hermana?

No se oy ninguna respuesta. Clara contest sin duda que s con un
movimiento de cabeza. El sermn de la devota dej un eco en la sala.

--Seoras: para concluir, me permitir una observacin--dijo don
Gil.--Yo no veo un escndalo en que la seora doa Clarita salga en la
procesin de las vrgenes. Al contrario, bueno es que ostente la
hermosura, que es obra de Dios; y la mujer que se esconde y no sale,
impide que se admire una obra de Dios, cual es la hermosura. Esa joven
es un ejemplar prodigioso de las hechuras de Dios, y haciendo que todos
la vean es como se publican las alabanzas del autor de tantas
maravillas.

--Seor don Gil--objet Mara de la Paz haciendo esfuerzos para aparecer
serena:--no crea yo que fuese usted tan libertino. Vamos, nosotras
tenamos de usted otra idea; creamos que....

--Yo soy, seora, un hombre como los dems. Admiro las obras bellas de
la Naturaleza, y una mujer hermosa es....

--Por Dios, seor de Carrascosa: en verdad tiene usted unas cosas
...--dijo Salom pasando la mano por el fragmento de cabellera que entre
su apergaminada frente y su tocado apareca.

--Jess! reprtese por Dios--dijo desde dentro la devota. Me horrorizan
sus palabras.

Algo ms dur el importante dilogo; pero don Gil, viendo que no sacaba
partido de las tres pcoras, vari de asunto, aunque con poca fortuna,
porque sus amigas le mostraron mucho despego durante toda la visita. Al
fin determin marcharse; se levant, hizo mil cortesas, les reiter su
respeto y admiracin, prometi volver pronto, y se fu.

Al llegar  la calle mir  todos los lados como buscando  alguno, y
al poco rato sali del portal de una casa inmediata el joven militar que
hemos conocido desde el principio de esta historia.

-Qu hay?--pregunt  Carrascosa con mucho inters.

-Nada, no quieren. Esas viejas son unos demonios contest riendo de
muy buena gana el abate.--Me parece que por ese camino no
conseguiremos nada.

-Diantre de viejas!

-No la sacamos de esa casa si no ahorcamos  las tres arpas de los tres
balcones, y  Coletilla del tejado.

-Estoy decidido ya  lo que te dije ayer. Si no la puedo sacar, me cuelo
yo dentro.

-Hombre, qu empeo! ... Eso ya pica en historia. Vmonos de aqu,
que si Coletilla nos ve, de seguro cae de su burro; vmonos y hablemos
del asunto.

-Eres lo ms intil ... Vers si yo la saco.

-Quisiera verlo--contest Gil; y los dos se alejaron en direccin 
Santa Brbara.

-Ya t has olvidado tus antiguas mafias, diablo de abate; ya no sirves
para el caso. A ver cmo puedo yo entrar ah; discurre un medio, un
ardid cualquiera: para qu te sirve esa travesura?  ver.

-Hay un medio magnfico--contest Carrascosa.

-Pues explcate pronto.

-Voy  explicarlo.





CAPTULO XX



#Bozmediano#.


Antes de dar  conocer en toda su extensin el coloquio de estos
personajes, conviene dar noticias de uno de ellos, ya harto conocido por
el lector. El militar que en el segundo captulo de esta historia vimos
prestando auxilio  Coletilla y despus introducindose furtivamente en
su casa, se llamaba don Claudio Bozmediano y Coello. Ya era tiempo de
decir su nombre. Tena treinta y dos aos, y serva en el ejrcito con
el grado de comandante. Su padre fu uno de los venerables legisladores
de Cdiz. Hombre de talento, de notoria probidad, de elevada cuna y
agradable presencia, haba sido siempre muy amado de sus compatriotas. A
la vuelta del Rey fu perseguido como todos, y tuvo que emigrar. Pero
restablecido el sistema constitucional, el viejo Bozmediano volvi 
Espaa y ocup uno de los ms elevados puestos en la poltica.

(Con el nombre de Bozmediano conoceremos en esta historia al hijo de
aquel varn ilustre, cuyo verdadero nombre no podemos usar en nuestro
relato por ser un personaje contemporneo de memoria muy reciente.)

Bozmediano, padre, era liberal de corazn. Trataba al Rey, y es seguro
que hizo todo cuanto cabe en fuerza humana para dirigir por camino recto
la torcida voluntad de aquel soberano falaz y perverso. Era rico, y
jams le movi el inters en asuntos polticos. El amor  su hijo y el
patriotismo eran dos sentimientos profundos que, enlazados y
confundidos, ocupaban todo su corazn.

Bozmediano, hijo, que es el que ms conocemos, era un joven de
excelentes prendas; pero tena un defecto que la edad disculpaba. Era
tan aficionado  las muchachas, que el galantearlas entretena la
mayor parte de su vida, robando tal vez  la patria grandes servicios.
No era un libertino: las quera con toda la buena fe que el naciente
siglo XIX permita; y aunque l aseguraba no haber encontrado la suya,
entretenase con las dems esperando. Pero al fin,  la haba
encontrado,  haba hallado una que de fijo le entretendra ms que
las otras.

Despus que conoci  Clara, haba perdido el reposo. No slo la joven
aqulla, por sus cualidades y encantos personales, le interesaba
mucho, sino que en su vida haba encontrado un misterio, para l
interesantsimo, por ofrecerle lo que siempre buscaba con ms afn:
una aventura.

La aventura se presentaba singularmente dramtica, excitando al mismo
tiempo el amor y la curiosidad de Claudio. La soledad de aquella
hurfana que viva en compaa de un viejo excntrico, la tristeza y
necesidad de desahogo que en ella haba notado, eran causas bastantes
para estimular un espritu menos impresionable y caballeresco. Su
intento, su gran aspiracin, era descifrar el misterio de aquella casa,
y despus salvar la encantadora y desdichada muchacha de la odiosa tutela
de su guardin.

--Hay varios medios de entrar en la casa--deca Carrascosa tomando el
brazo del militar:--paro hay uno que es excelente. Esas viejas tienen
un arrendatario que ahora debe venir  pagarles sus rentas, lo poco que
tienen. Lo s por Elas. Estamos al aviso, le compramos, le hacemos
escribir una carta diciendo que est enfermo y que enva  su hijo con
el dinero; usted se disfrazar de labriego, entra en la casa, y una vez
all, cataplum! le ha dado un desmayo, un accidente terrible. No tienen
ms remedio que dejarlo en la casa ... le metern en un desvn, y
durante la noche, cuando ellas duerman, se apoderar de la chica, y ...
 la calle.

--Calla, imbcil: eso no puede ser. No s en qu comedia he visto eso,
que es muy bonito en el teatro; pero en la vida.... Yo quiero entrar en
mi traje habitual, con mi nombre ... pero es preciso un pretexto, porque
supongo que esas viejas sern la misma desconfianza.

--Armarn un escndalo y ser tal el vocero que se oir en Jetafe. Es
preciso ir con tiento.

--Pero, hombre--dijo Bozmediano, que no tena noticia de que
semejantes tipos existieran en el mundo,--qu gente es esa?... Cul
es su carcter, su vida, sus hbitos, qu hacen y por qu est ah esa
pobre muchacha?

--Dichoso usted que no conoce  esas diablas de Porreo. Son los pjaros
ms raros que hay en el mundo. Cuando tengo mal humor voy  rerme con
ellas, oyndolas disparatar. Fueron ricas, pero han venido  menos; creo
que el da menos pensado se comern unas  otras.

--Y en qu se ocupan?

En nada, mejor dicho, en rezar. Una de ellas es santa, y le aseguro 
usted que cuando se pone  hablar de sus santidades es cosa de morirse
de risa. Y qu impertinentes son! Cuando les propuse lo de la
procesin, con objeto de sacar de all  Clarita, se pusieron hechas
unos grifos. Ya me figur yo que no consentiran; y en verdad, amigo,
que el proyecto que acaba de fracasar era atrevidillo.

--Y cmo ha venido aqu esa Clarita?

--Yo no s: cosas de Elas.

--Hombre, hbleme usted de ese Elas. El da en que le conoc por
primera vez me pareca lo ms raro del mundo. Ya haba yo odo hablar de
Coletilla.

--Elas es un loco rematado, es realista; pero con un fanatismo que le
llevar hasta el martirio.

--Y quiere  esa joven?

--No s: yo lo dudo. Coletilla no ama ms que al Rey, mejor dicho, al
Prncipe real.

--Pues bien:  ver como me introduces en esa madriguera.

--Es preciso entrar de _ocultis_--dijo con la ms maliciosa
sonrisa el abate.

--Y qu sacamos de eso?--contest en el colmo de la confusin
Bozmediano.--Entro, por ejemplo, de noche: si alguna me ve, me creer
ladrn, chillara, y entonces ... bonita aventura! Adems, Clara no est
prevenida, no tiene relaciones conmigo. Qu voy yo  hacer all? Yo
quiero introducirme sin que se sospeche nada, entablar amistad con ella.

--Tengo una idea--exclam Gil golpendose la frente.

--A ver?

--Usted va  entrar en un momento en que Clarita est sola.

--Sola? Pues esos demonios, si salen alguna vez, la dejarn all?

--S.

--Y cundo salen?

--Yo me encargo de averiguarlo y de arreglar eso.

--Explcate mejor.

--Lo primero que usted debe hacer, seor don Claudio es escribir una
carta  la nia. Yo tambin me encargo de eso.

--Bien: ellas salen; probablemente la dejarn encerrada, Cmo entro yo?
Voy  estar descerrajando puertas?

--No, seor: usted entrar cmodamente y sin ruido.

--A ver como es eso, diablo de abate.

--Recuerda usted aquel vestido de abate que yo tena all por los
aos 10 y 12?

--Qu he de recordar yo?--dijo Claudio, picado y curioso.

--Calma, amiguito--contest don Gil, ponindole la mano en el
pecho:--recuerda usted mi gorro y mis calcetas, un primor de costura
y de corte?

--Y qu tiene eso que ver con la...?

--Vamos all. Pues ese traje, ese gorro, esas calcetas, me las hicieron
doa Nicolasa y doa Bibiana Remolinos, personas eminentes en el arte de
coser,  quienes tendr el gusto hoy mismo de presentar  usted.

--Pero qu jerga es esa? Qu demonios tiene eso que ver con lo que
te pregunto?

--Usted no cae en la cuenta--contest el socarrn del abate,--porque no
sabe que esas dos seoras viven en la misma buhardilla en que hace diez
aos vivi la hija del herrero, Josefita Pandero, de quien anduvo tan
enamorado el conde de Valds de la Plata: es decir, en el nmero 6 de
la calle de Beln. Yo anduve en el asunto.

--Ya recuerdo haberte odo contar algo de eso. Pero qu tengo yo que
ver con Josefita Pandero ni con esas seoras Remolino...?

--Usted no comprende lo que quiero decir, porque no recuerda que el
conde de Valds de la Plata, no pudiendo sonsacarle la nia al herrero,
que la guardaba como si no fuera mujer, alquil la casa inmediata, y no
par hasta abrir una comunicacin que le permiti profanar el hogar de
aquel testarudo Vulcano.

--Ya....

--Pues ... mis amigas las costureras viven en el nmero 6, donde vivi
la hija del herrero, y mis amigas las Porreos viven en el 4, donde
vivi el conde de Valds de la Plata; y en resumen, si una puerta,
hbilmente hecha, permiti  un caballero pasar del 4 al 6, tambin
abrir paso del 6 al 4 untndoles las uas  esas costurerillas, que,
dicho sea da paso y en honor de la verdad, tienen para el pespunte unas
manos que son una gloria.

--Ya comprendo. Y esa puerta existe?

--Pues no ha de existir! Yo la he visto, yo respondo de todo: me
encargo de averiguar cundo salen las arpas, de llevar la cartita y de
facilitar el paso....

--No es mala idea--dijo el militar--y, sobre todo, mala  buena, yo la
he de llevar  cabo. Y qu haremos para que esa lechuza de Coletilla no
nos estorbe?

--Coletilla no nos estorbar. De lo menos que l se ocupa es de la
muchacha, cuyo porvenir no le importa un comino. El no se ocupa ms
que de....

--De conspirar, eh?

--Pues ya. Amigo don Claudio, Elas es hombre fuerte y tiene amistades
muy altas. Puede mucho, y as con su humildad y su melancola es persona
que maneja los tteres. Le digo  usted que se va  armar una....

--Con que conspiran? Si conspiran los realistas, es seguro que t
estars con ellos, no?

--Hombre, yo ...--contest Gil maliciosamente--yo soy hombre de orden, y
nada ms. Si ando con Elas y me trato con los suyos, es slo por
enterarme de sus manejos, pues....

--Siempre el mismo truhn redomado: nadie como t ha sabido navegar 
todos los vientos.

--Ya sabe usted, seor don Claudio--contest Carrascosa--que me acusaron
de realista y me quitaron mi destino. Yo qu iba  hacer? Iba 
morirme de hambre?

Las ideas no dan de comer, amigo. Usted, que es rico, puede ser
liberal. Yo soy muy pobre para permitirme ese lujo.

--Solemne tunante!

--Lo que hago es estar al cabo de todo. Quiere usted que acabe de ser
franco? Usted es buen amigo y buen caballero. Voy  ser franco. Pues
sepa usted que esto se lo va  llevar la trampa. Esto se viene al suelo,
y no tardar mucho. Se lo digo yo y bien puede creerme. Dice usted que
soy un solemne tunante. Bien: pues yo le digo  usted que es un tonto
rematado. Usted es de los que creen que esto va  seguir, y que va 
haber libertad, y Constitucin, y todas esas majaderas. Qu chasco se
van  llevar! Le repito que esto se lo lleva Barrabs, y si no,
acurdese de m.

--Ya empiezan las facciones, eh? Pues es cierto que les darn que
hacer, porque los liberales no se maman el dedo, amigo Carrascosa.

--Ah!--contest el otro, riendo como un diablillo.--Que no se maman el
dedo? Ya ver usted lo que va  salir de aqu. Usted, Bozmediano,
arrmese  buen rbol.... Mire que se lo aconseja quien sabe lo que son
estas cosas.... Pero volvamos al otro asunto. En lo concerniente 
Clarita, voy  darle  usted un dato muy importante.

--A ver.

--Este Elas tena un sobrino en Ateca. Clara estuvo all hace unos
meses. El sobrino es joven, decidorcillo, medio galanteador....
Necesito decir ms?

--Vamos, ya pareci aquello--dijo Bozmediano con mucho inters.--Apuesto
 que es su novio.

--Pues ganar usted. Yo estuve en Ateca en aquellos das, y supe que los
dos chicos se queran. Me parece que se quieren todava.

--Hola, hola! esas tenemos?--dijo Bozmediano amostazado--Y cmo hasta
ahora no me habas dado esa noticia?

--Porque hasta hoy no haba sabido que ese chico lleg y est en Madrid.

--En Madrid?

--S; pero se las compuso de tal modo, que llegar aqu y ser metido en
la crcel, fu todo uno.

--Pues qu hizo?

--Es muy aficionado  la poltica. All en Zaragoza hablaba mucho en
los clubs. El chico estaba envanecido; lleg  Madrid; sus amigotes
le llevaron  la _Fontana_; habl;  la maana siguiente se mezcl
en el tumulto de la procesin del retrato de Riego: chill en la
calle, alborot, vino la polica, le ech mano y le llev  la
crcel, donde est.

--Y su to no procura sacarlo?

--Usted no conoce  esa fiera. Su to, al saber que el muchacho era
exaltado y que la echaba de orador, se puso hecho un veneno, fu  la
crcel, le ri de lo lindo, y ha roto con l, dicindole que mientras
tenga aquellas ideas no parezca por su casa.

--Ese hombre es lo ms excntrico ...

--S, seor. Pero la pobre muchacha est seguramente pasando las
mayores amarguras, y tendr el corazn tamaito al ver lo que le pasa 
su pobre amigo.

Bozmediano permaneci meditabundo algunos instantes. Despus dijo con
mucha calma:

--Ya s lo que tengo que hacer.

--Qu va usted  hacer?

--Todo lo posible para que pongan en libertad  ese joven. Estoy seguro
de que lo conseguir.

--Hombre, pues es usted lo ms raro! ... No se comprende dijo sonriendo
y con asombro don Gil.--Con que est usted haciendo el amor  la
chica, y le va  poner en libertad al novio? Si digo yo que usted es
tonto, don Claudio.

--No tengo duda alguna: le pongo en libertad. Veremos cmo ella lo toma.
Haremos que sepa que yo le he puesto en libertad, yo.

--Buena la va usted  hacer. Estos entes caballerescos son
incomprensibles. Ese muchacho ser un estorbo ms para nuestro plan,
para el escalamiento y ...

--No importa: all veremos. Sobre lo dems, lo dicho, dicho ... La
carta, alejamiento de las arpas, la puerta del desvn....

--Todo presto, todo arreglado. No hay ms que hablar. Dios se la
depare buena.

Despus de estas palabras se separaron. El ex-abate, al partir, se rea
con muy buenas ganas del joven militar,  quien quera servir llevado de
miras ulteriores, esperando un ventajoso arrimo en aquella situacin
poltica. El otro se dirigi  su casa, pensando  la vez en la
repugnante astucia de don Gil y en los peligros de su aventura.

El ardid amoroso que pensaba emplear Bozmediano era cosa muy comn 
principios del presente siglo, en que se conservaba an la rigidez de
los principios domsticos que haban hecho en tiempos anteriores una
fortaleza de cada hogar.

En el siglo XVII, cuando nuestra nacionalidad vigorosa, original y
profundamente caracterstica, no haba recibido influjo extranjero, los
espaoles se componan de otro modo: iban  su objeto por medios ms
violentos, ms decididos, ms romnticos, que indicaban antes la pasin
que la intriga; ms bien la resuelta actitud del valor que el ingenioso
intento de la astucia. Aqul fu el siglo de los raptos del convento,
de las escaladas por el jardn, de las fugas, de los atropellos, de los
sublimes atrevimientos. Entonces hubo un galn, segn dicen (el Conde
da Villamediana), que quem su casa slo por el placer de sacar en
brazos  una dama.

La irrupcin de costumbres francesas, verificada con la venida de la
dinasta nueva  principios del siglo XVIII, modific sta como otras
cosas. La sociedad que se impona  la nuestra era menos grande, menos
valerosa, menos apasionada; pero ms culta, ms refinada, ms hipcrita.
Con ella vinieron los abates, y vino la literatura clsica, fra,
ceremoniosa, falsa, hipcrita tambin. La poesa pastoril, ltimo grado
de la hipocresa literaria, tuvo un renacimiento funesto en el siglo
pasado. Al comps de los madrigales, los abates hacan el amor
callandito en los salones. Los amantes, que componan versos de casto 
inspido pastorileo, no podan entrar en las casas como aqullos 
quienes encubra su dignidad, y entraban disfrazados  empleando los ms
extravagantes y rebuscados medios.

Con la sociedad nueva vino la moda nueva. Esta trajo las pelucas
blancas, los peinados complicados  hiperblicos; y con el artificio
de estos peinados se cre el peluquero de las damas, hombre gracioso
que entraba en todos los tocadores, y era tercero en toda
intriguilla de amor.

Ningn siglo ha visto, como el dcimoctavo, la astucia sirviendo al
amor. Vease  los amantes arrostrando la ridiculez de situaciones muy
raras para poder hablar con sus damas. La casa era invadida; pero no
como la invadan nuestros caballeros del siglo anterior, espada en mano,
batindose con una turba de criados y dos docenas de alguaciles, sino
astuta y solapadamente, engaando  las familias, abusando de la
confianza  encubrindose con un disfraz ingenioso y  veces grosero.

En 1821 estos procedimientos estaban an en boga, y Bozmediano era
maestro consumado en el asunto. Conoca el resorte de los barberos, de
las terceras, de los abates, siendo muy diestro en el uso de disfraces,
engaos y supercheras amables, como entonces se llamaba  estas cosas.
Si no pudo emplearlos en la aventura que le vemos emprender,  causa de
las singulares, costumbres de las tres seoras, no fu culpa suya; y
slo  los obstculos y dificultades que presentaba el terreno, se
debi, como l deca, que empleara medios un poco ms violentos.





CAPTULO XXI



#Libre!#


Ante todo, Bozmediano, guiado por un sentimiento fcil de comprender,
resolvi firmemente hacer cuanto en su mano estuviera para poner en
libertad al pobre Lzaro. Servir al que poda considerar como su rival,
le pareca un acto que poda asegurarle la benevolencia de Clara; y esta
benevolencia, bien y astutamente dirigida, poda convertirse en amor. No
proceda ste como los amantes vulgares, en quienes la pasin no es ms
que un egosmo un poco espiritualizado. En Bozmediano los movimientos de
delicadeza y generosidad eran espontneos y vehementes.

No le fu difcil conseguir lo que apeteca. El secretario del jefe
poltico, informado por la polica, le dijo que el preso era un
agitador, pagado por los amigos de la reaccin; pero Claudio lo disculp
cuanto pudo, diciendo que era un joven sin experiencia ni juicio; y al
fin, despus de muchos empeos y recomendaciones, se di la orden para
ponerle en libertad.

Bozmediano se dirigi  la Crcel de Villa. Lzaro, despus de la visita
de su to, haba cado en lgubre abatimiento. Aquella fiebre angustiosa
que llenaba la imaginacin de alucinaciones terribles, hacindole sufrir
tan grandes tormentos, haba degenerado en lento marasmo, en un letargo
moral que le embruteca. Su inteligencia, tan viva y brillante en otras
ocasiones, estaba adormecida; y recostado en un rincn, con la vista
fija en el ngulo opuesto, sus ojos buscaban la obscuridad como nico
descanso. El descuido, el abandono, la atona y un sopor estpido se
pintaban en su actitud.

Cuando le notificaron que estaba libre, tard mucho en adquirir la
completa nocin de aquel cambio. Rehacindose un poco, crey que  su
to deba semejante favor, con lo cual la persona de Elas gan
momentneamente su afecto. Pero al salir encontr  Bozmediano que le
salud con mucha cortesa, repitindole que estaba libre y poda
retirarse  su casa.

Sintise conmovido ante la generosidad desinteresada de aquella persona;
pero pronto empezaron las dudas y la confusin. Quin era aquel joven?
Le haba favorecido por generosidad  por miras ocultas? No le conoca.
Por dnde saba su nombre y que estaba preso?

Lzaro no pens mucho en esto. Hablaron al salir, y le pareci que
Bozmediano era bueno y honrado, dispuesto  la amistad y  las buenas
acciones. Cuando marchaban juntos por la calle de Atocha, el aragons
escuchaba las palabras de su desconocido favorecedor con la tranquila
atencin de la inferioridad; admiraba sus maneras, su entendimiento, su
fisonoma, su modo de expresarse, y en aquel momento le pareci el ms
cumplido caballero que haba visto. Comprendi tambin que era un joven
distinguido, rico  influyente, y su admiracin tuvo mucho de respeto.

--Pero  qu circunstancias debo este gran favor que usted me ha
hecho?--deca Lzaro.--Quiero saber cmo podr pagar....

Claudio, que quera eludir el verdadero motivo de aquel acto, divag,
dando  Lzaro una porcin de seas que aumentaron su confusin: le
habl de don Elas, de su pueblo, del club de Zaragoza, de la _Fontana_.

--En fin--dijo, decidido  salir del atolladero:--no quiero llevarme el
mrito de una accin que no debe usted agradecerme. Cada cosa en su
lugar. Yo le he puesto  usted en libertad, pero no he sido ms que un
intermediario.

Lzaro comenz  ver obscura la situacin. Parronse, y se miraron. La
sonrisa que en aquel momento se dibuj en los labios de Claudio, le
pareci al otro cosa de muy mal agero, y empez  bajar  su
favorecedor del alto pedestal en que le haba puesto.

--S--continu el militar:--no es  m  quien debe usted este favor; es
 una persona que debe de querer  usted mucho, segn las apariencias.

Lzaro iba  pronunciar el nombre de Clara; pero se contuvo, porque
multitud de pensamientos que se le agolparon  la imaginacin, le
hicieron detener un buen rato fija la vista en el militar. Aquel tropel
de pensamientos fu una serie de rapidsimas nociones que se borraban
unas  otras, sucedindose con precipitado vrtigo. Ella le conoca, le
haba visto; Bozmediano era una agradable persona: ste le haba puesto
en libertad; ella se lo rog tal vez; ella le tena lstima; l quiso
complacerla. A qu precio? Con qu fin? Desde cuando?...

Por fin el aragons se atrevi  preguntar quin era la persona  quin
deba su libertad.

--Vamos--dijo Bozmediano con cierta vocecilla impertinente.--Bien sabe
usted lo que quiero decir. No es necesario pronunciar fu nombre. Es
natural que se haga usted el desentendido. Como halaga tanto su amor
propio el ser querido por persona de tanto mrito.... No sea usted
ingrato, joven, que ella no lo merece.

--No s lo que quiere usted decir--manifest Lzaro en el tono de un
examinado desaplicado que se hace repetir la pregunta por retardar la
contestacin que no sabe.

Bozmediano habl ms; pero vino  decir lo mismo. A Lzaro le pareca un
agravio inferido  Clara el publicar su afecto, el depositar tan honesta
y delicada confidencia en el conocimiento de un intruso, s, porque
Bozmediano era un intruso, que se haba metido  darle libertad sin que
nadie se lo pidiese.

--Bien sabe usted  quien aludo--dijo Claudio, dndole una palmada en el
hombro con llaneza y confianza;--pero como usted est tan orgulloso con
ser novio de esa joven, se da usted ese tono.

--Oh! no--replic el sobrino de Coletilla avergonzado.--La verdad es
que no s quin es esa persona que usted dice.

Bozmediano estrech la mano del joven aragons y le hizo muchos
ofrecimientos y protestas de amistad. El otro estaba tan aturdido, que
lo contest mal y con poca cortesa.

--S dnde usted vive--dijo Claudio retirndose:--nos veremos. Y si no
en la _Fontana_,  donde voy con frecuencia.

Y se separ. Cuando estuvo  alguna distancia, Lzaro sinti impulsos de
correr hacia l para darle las gracias con mayor respeto; pero en l
luchaban el orgullo y los celos. Le dej marchar sin decir nada.

Bozmediano iba diciendo entre s con mucha satisfaccin:

--Muy vulgar, muy vulgar....





CAPTULO XXII



#El "va crucis" de Lzaro#.


Lzaro continu andando sin direccin fija. Su brusca y misteriosa
salida de la crcel, el conocimiento de Bozmediano y el aturdimiento
producido por sus palabras, le impidieron por algn tiempo darse clara
cuenta de su difcil y rarsima situacin. Pero cuando se vi solo y
anduvo un buen rato, empez  comprender que no tena  donde ir, ni 
quin dirigirse, ni con quin vivir. Las palabras dichas por el viejo no
le dejaban duda respecto  su carcter. Era un realista fantico, un
ciego amante de la tirana. Con los ojos encendidos de clera y el habla
venenosa y fuerte, le haba dicho que no fuera  su casa mientras no
cambiara de ideas, Qu hacer? Era imposible vivir con aquel hombre
misntropo y cruel, melanclico y feroz como un fantico musulmn. Cun
contrarias las ideas de uno y otro! Qu poda hacer? Fingir y ser
hipcrita? Aparentar un amor  la tirana que le pareca criminal? "No:
eso no puede ser", pensaba Lzaro. Adems, en la agitacin actual de los
partidos, fingir semejantes ideas era peor que profesarlas. El viejo no
poda admitirle en su casa. Entonces, qu determinacin deba tomar?
Adnde iba? Volvera  Ateca? Y Clara?

Al acordarse de su infortunada compaera, los pensamientos del joven
tomaron otro sesgo. La idea de los pesares de aquella infeliz, condenada
 vivir con un ser tan antiptico, principi  atormentarle. Era preciso
ir all y ver lo que pasaba en la casa. Pero cmo, si era imposible
visitar  su to?

Iba  no iba? La necesidad le apremiaba. Estaba solo, agobiado de
extenuacin, hambriento y desnudo. Doce cuartos era toda su fortuna;
porque en el camino haba perdido un dobln, y los gastos de viaje
consumieron el otro. Entre tanto se acercaba la noche y no tena dnde
dormir. Si acuda  casa de sus amigos, tema no encontrarlos tan
benvolos como la noche anterior. Adems, eran pobres, tan pobres como
l, y no podan darle agasajo.

Era preciso ir. Tambin se le ocurri tomar el camino de su pueblo y
volverse all. Conoca un arriero en el parador, que le llevara de
fiado. Pero y Clara?

Estos eran sus pensamientos cuando acert  pasar por la _Fontana_.
Sinti gran algazara, parse maquinalmente y tuvo intenciones de entrar.
"No--dijo dominndose--no entrar." Y al mismo tiempo di un paso hacia
la puerta.

Sin embargo, atraccin fatal le arrastraba hacia aquel recinto, abismo
de sus primeras y ms bellas ilusiones.

Los sonidos que all dentro se oan retumbaban en su cerebro como ecos
infernales de singular fascinacin.

Retrocedi, volvi  avanzar, se consult, discuti mentalmente, y al
fin, unindose la curiosidad  su instintivo deseo de entrar, no dud
ms y entr.

Estaban en una discusin muy acaloraba. Por todas partes se alzaban
voces, lo mismo en la regin turbulenta del pblico que en la del club.
El que estaba en la tribuna logr dominar el ruido y pudo hacerse or;
pero bien pronto los gritos ahogaron de nuevo su voz. Trataba de la
vergonzosa derrota que haban sufrido los exaltados ante la autoridad de
Morillo, y algunos haban llevado esta cuestin  un terreno personal.
Celosos del decoro de la sociedad y del buen nombre del partido, algunos
oradores denunciaban _ los infames que, disfrazados con el nombre de
liberales, iban  corromper  aquella asamblea,  hacer vergonzosos
tratos en nombre del Rey,  comprar la elocuencia exaltada y  promover
alborotos que no tenan otro objeto que desprestigiar el liberalismo y
dar armas  la reaccin._

--Lobos--deca el orador--disfrazados de cordero, que vienen aqu
fingiendo un amor  la libertad que no tienen! Ofrecen oro  los
oradores en pago de un discurso que exalte los nimos de la multitud
ignorante!

--S: esos infames--deca otro orador--son los que preparan las asonadas
y los que apedrean las casas de los Ministros. El objeto de esta
asociacin es sostener una ctedra permanente de las buenas ideas,
dirigir los sufragios; pero nunca patrocinar el libertinaje, ni el
escndalo, ni la anarqua.

--No--grit otro orador, en quien se fijaban las miradas de todos, y que
se levant lleno de ira  protestar contra las palabras anteriores.--No:
aqu no hay traidores. Los que tal hacen no pertenecen  la raza de los
humanos: no creo en ellos, y si los hay, que se digan sus nombres.
Sepamos quines son; conozcmonos.

--Que se digan los nombres!--repitieron cien voces.

--Es preciso--deca el primer orador--purificar esta noble asamblea.
Merced  los infames que la han corrompido, corren por la corte
injuriosas calificaciones de nosotros y de nuestro club. Que esos
infames salgan de aqu!

--Que se digan sus nombres!--respondi la multitud con un rugido.

--No--deca otro:--esa especie de hombres no existe.

--S existe--exclam exasperado el primero.--Frecuentan este sitio
personas que vienen  pagar con el oro del rey el frenes oratorio que
enloquece al pueblo.

--Quin! Quin!

--Quin de nosotros--continu el orador--no conoce al llamado Coletilla?
Es un realista fantico, un malvado agente de la _casa grande_. No le
conocis? Este hombre es una culebra que se desliza entre nosotros para
corromper  los oradores jvenes. Yo s que muchos han recibido dinero
en cambio de discursos muy calurosos. Las asonadas absurdas que vemos
todos los das,  qu se deben? No lo dudis: abrid los ojos, ciegos!
Se deben al oro de Fernando de Borbn, al oro repartido por ese hombre
insidioso, por ese Coletilla.

--Quines son los venales? Sepmoslo.

--Desconfiad de los autores de asonadas.

--Ese es algn amigo del Gobierno--exclam sealando al orador un
individuo que estaba en la parte del pblico.

--Amigo del Gobierno?--dijo el orador indignado.--Por qu? Porque amo
la libertad sin licencia, la peticin sin escndalo? Vosotros amis la
anarqua y cedis  la venalidad. Me dirijo  los aragoneses, que este
sitio se distinguen por su lenguaje procaz y su amor  los alborotos.

--Qu se atreve usted  decir?--exclam Nez levantndose como una
furia y apostrofando al primer orador.

--Qu injuria dirige usted  mis amigos,  mi!

--S, seores--grit el otro:--desconfiad de los aragoneses. Un aragons
agit las turbas el da de la procesin del retrato.

Algunos miraron  Lzaro que, mudo y helado, presenciaba aquella escena.

--Y no lo dudis--continu el orador.--El que habl en aquella ocasin
era un vil instrumento de los agentes del Rey.

--Es ste! Aqu est!--exclam uno, sealando  Lzaro  la atencin
de toda la asamblea.

--S: el sobrino de Coletilla.

--Sobrino de Coletilla! Sobrino de Coletilla!--repitieron
muchas voces.

Tumulto espantoso reson en todo el mbito. Todos se levantaron y
miraron  Lzaro.

--El que habl la otra noche excitando  la rebelin!

--Alborotador de la Plaza Mayor!

--El sobrino de Coletilla!

Estas ltimas palabras eran el mayor padrn de deshonra. Nez se
levant  defender  su amigo; pero no pudo: su voz no fu escuchada.
Muchos que teman verse acusados, en cuanto vieron el aluvin que sobre
Lzaro caa, descargaron sobre l toda su ira.

--Cunto te dieron por los gritos del da de la procesin,
prendita?--exclam desde el rincn el augusto Calleja.

--Afuera con l!

--Fuera los traidores, fuera!

--A la calle,  la calle!

Lzaro trat en aquel momento supremo de desesperacin de reunir todo su
aplomo para hablar, para defenderse, para gritar, para decir  todos que
era inocente, que era un infeliz, un pobre diablo, el ltimo de los
seres. No le escuchaban. No poda hablar, ni para defenderse, ni para
despreciarlos: se dobleg bajo el peso insoportable de tanta mirada y de
tanta clera. La multitud redobl su furia al ver el estupor y la
postracin de su vctima, y tras las palabras vinieron los movimientos:
le mandaron salir, le empujaron hacia la puerta, le echaron. El crculo
en que le tenan se estrechaba cada vez ms; el desdichado joven vi
cien manos sobre su cuerpo; se sinti cogido, como si una culebra se le
enroscara echndole fuertes nudos y apretndole en sus robustos anillos.
El vocero, el calor, la angustia, la vergenza, le aturdieron hasta el
punto de hacerle perder la claridad del conocimiento. Sintise arrastrar
sin ver quin le arrastraba; fuerzas descomunales tiraban de sus puos,
le golpeaban la espalda, le impelan hacia fuera, sinti abrirse la
puerta con estrpito, sinti que su cuerpo reciba una fuerte sacudida,
sintise arrojado y libre de aquellos brazos terribles; cay al suelo.
El ruido continuaba en torno suyo, formado principalmente de carcajadas
infernales; pero al fin el ruido se alej poco  poco: el infeliz
comenz  experimentar el dolor de la cada y el fro de la tierra.
Estaba en la calle.

Permaneci en el suelo algunos minutos sin darse clara cuenta de aqul
hecho, y el sudor que le cubra su rostro le produjo una impresin
glacial. Entonces adquiri conocimiento exacto de su situacin, y vi
que estaba en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, inclinada la
frente, cado y revuelto el cabello. El sombrero rodaba  su lado, su
ropa estaba desgarrada y senta un dolor agudsimo en el codo izquierdo,
duramente estropeado en la cada. El ruido de la _Fontana_ resonaba como
enjambre lejano:  los gritos se unan las palmadas, y una voz agitada y
sonora se elevaba  ratos sobre aquella tempestad de entusiasmo.

Lzaro vi en torno suyo  tres pilletes que le contemplaban con burla,
y uno de ellos atisbaba una ocasin oportuna para quitarle el sombrero.
Los transentes principiaron  formar corro, y alguno lleg  inclinarse
con curiosidad para ver si el cado estaba difunto  simplemente
desmayado. Levantse, porque aquella curiosidad impertinente le
molestaba tanto como el rumor que de la _Fontana_ sala, y se alej de
all, dirigindose  la Puerta del Sol. Los gateras le seguan,
acompaados de algunos ms; los serenos le dirigan de lleno la luz de
sus linternas, y los transentes se paraban mirndole alejarse, seguros
de que no era difunto ni estaba desmayado, sino simplemente borracho.

Subi la calle de la Montera, y pregunt por la calle de Vlgame Dios,
porque haba resuelto dirigirse  Casa de su to. Ya no dudaba: su
determinacin era fija, y en aquel angustioso trance, la casa del
fantico, en cuya puerta haba de dejar sus creencias, sus sentimientos,
le pareci un refugio de paz.

Despus de todo, los pocos das pasados en Madrid haban sido continuado
martirio, y la idea de la apostasa que en casa del realista se le
obligaba  hacer, no le molestaba tanto. Estaba herido de muerte en la
imaginacin, es decir, flaqueaba por su parte ms poderosa. Ya no era
aquel joven ardiente que se crea destinado  grandes fines; era un
pobre desheredado sin vigor de espritu, sin esperanza y sin ideas. No
saba lo que pensaba, no poda medir la inmensidad del trastorno que su
pariente le exiga, no estaba resuelto sino  echarse en brazos del
primero que fuera capaz de consolarle.

Lleg por fin, despus de preguntar mucho,  la calle de Vlgame Dios.
Vi el nmero de la casa, mir  las ventanas del segundo piso y haba
luz en las habitaciones. Sin duda estaba all Clara cansada de
esperarle, desconfiada de verle otra vez. Entr en el zagun y subi la
escalera tan agitado y palpitante, que al llegar  la puerta se detuvo
porque apenas poda respirar. Despus de algunos segundos, en que trat
de reponerse, alarg la mano, tom el cordn de la campanilla y tir muy
suavemente, porque le pareca que iba  incomodar  su to y  alarmar 
Clara si tocaba ms de lo necesario para hacer constar en el interior la
presencia de un forastero. Pero la suavidad con que tir su mano
temblorosa fu tal, que la campanilla no son. Quiso hacerlo con ms
energa, y como estaba tan nervioso, tir tanto que la campana atron la
casa. Lzaro se asust, creyendo que Elas iba  salir hecho una furia,
clamando contra el que as alborotaba. Largo rato pas sin que nadie
abriera; pero al fin distingui alguna claridad al travs del
ventanillo; sinti pasos; una mano descorra la tabla, abrise el
agujero y aparecieron dos ojos.

No eran los de Clara.

--Quin?--dijo desde dentro la voz de Pascuala.

Lzaro pregunt por su to.

--S pero no est.

--Vendr pronto? Soy su sobrino.

Pascuala abri la puerta y Lzaro di un paso hacia adentro sorprendido
de no or la voz de Clara.

--No vendr ni pronto ni tarde, porque se ha _mudao_--contest la
alcarrea.

--Cmo?

--Como que se ha _mudao_ hoy mismo. Yo estoy aqu todava, porque quedan
algunas cosillas y el ropero grande, y estoy aqu _pa_ cuidarlo; pero
maana me voy.

--Y  dnde se ha mudado?

--Aqu cerca, en la calle de Beln, en casa de unas seoras que llaman
de Porreo, que le han _cedo_ el cuarto segundo _pa_ que viva solo.

--Y Clara?--pregunt Lzaro con mucha ansiedad.

--sa hace ocho das que est all viviendo con las seoras. El amo la
puso all porque se _enfa_ con ella.

--A ver,  ver, qu es lo que dices?

--Ah! Pero usted es sobrino del amo?

--S.

--Usted es aragons. Dgame: conoce por casualidad en Cariena 
Ventura Palomino, hermano de Jusepe Palomino, que cas con Colasa
Sanahuja?

--No--contest Lzaro impaciente:--no soy de Cariena.

--Y sabe usted si ha _paro_ la mujer de Antn Telares, hermano de
mi novio Pascual, con quien me voy  casar la semana que entra, si
Dios me ayuda?

--No s, hermana; no conozco  esa gente. Pero diga usted, por qu ha
ido Ciara  vivir con esas seoras?

--Ah!--dijo la alcarrea riendo con mucha gana:--no me acordaba de que
era usted su novio. El amo la mand all, porque deca que no la poda
aguantar ... pues ... le dir  usted ... el amo es as, un poco ...
Deca que era una nia como las del da, que era muy sardesca ... Pero
ella es muy buena, y no s cmo la pobre no se ha _podro_ de tristeza
en esta casa.

--Y sali con gusto de aqu?

--A la verdad, caballero ... el amo tiene un genio, as ... vaya. Las
dos nos quedbamos muertas de miedo siempre que le veamos entrar. No
nos hablaba nunca, y de noche, despus de acostarnos, le sentamos dando
unas patadas.

--Y por qu la mand  casa de esas seoras?

--Vea usted, yo le voy  decir la verdad porque es de la casa. Haba un
_melitarito_ que se meti un da en casa, porque vino acompaando al
amo, que fu _hero_ en la calle. Despus pasaba todos los das por ah,
y siempre que me encontraba en la calle me paraba _pa_ preguntarme por
doa Clarita. Ay! un da me vi mi Pascual hablando con l, y por poco
... mi Pascual tiene un genio del demonio, y cuando se _enfaa_ ... usted
no supo cmo le peg de cachetines al carnicero de ah enfrente ...
Luego, como es una as ... tan guapetona.

--Siga lo que iba contando: despus sabremos lo que hace el seor
Pascual--dijo Lzaro, impaciente por las digresiones de la criada.

--Pues deca que el _melitarito_, ofrecindome dinero, quera
colarse aqu.

--Y entr?...

--Espere usted y seguir contando. No pasaba de la esquina, y el amo le
alcanz  ver algunas veces. Porque el amo, aunque parece que no ve
nada, lo _oserva_ todo.

--Y ella, qu deca?

--Espere usted ... El me deca que quera entrar.

--Y qu deca l de ella?

--Que era muy guapa para estar aqu encerrada sin ver el mundo; que era
una lstima que una mujer as viviera en compaa de un viejo tan feo y
tan ... Deca: "yo la sacar de aqu."

--Y ella saba que l deca eso?

--S: l mismo se lo dijo.

--Luego estuvo aqu--exclam Lzaro con mucha ansiedad.

--Espere usted.

--Y ella, qu deca de l?

--Que era una persona amable y de muy buen trato; que era buen sujeto y
caballero muy cumplido. Un da se nos meti aqu. Jess, qu susto!

--Y ella, qu hizo?

--Le dijo que se fuera.

--Y se fu?

--Ca: aqu estuvo hablando mil cosas.

--Y ella, qu le deca?

--Que se fuera, porque la iba  comprometer; que si era verdad que se
interesaba por ella, se marchara al momento, no dando lugar  que le
vieran all.

--Y l, qu dijo?--pregunt Lzaro, que no caba en s de zozobra.

--Mil cosas, mil moneras. Lo cierto es que el amo entr y le vi. Se
enfad mucho, nos ri mucho.

--Y  l, qu le dijo?

--Nada. A nosotras nos estuvo riiendo todo el da. Despus le dijo 
doa Clarita que era una loca; que ya estaba _cansao_ de sus coqueteras
... cosas del viejo, porque ella, la pobre ... por fin le dijo que la
iba  mandar  casa de esas tres viejas para que la corrigieran y la
ensearan  buen vivir.

--Pero por qu causa mi to la llama loca? Qu ha hecho?

--_Naa_; pero el amo dice que las ideas del da ...

--Y qu ms le dijo?--pregunt Lzaro, que no se cansaba nunca de las
terribles respuestas de aquel fatal interrogatorio.

--Que deba aplicarse  la oracin y  una vida santa.

--Y ese militar no la ha vuelto  ver ms?

--Estos das le he visto rondando por la calle de Beln, y yo ... me
figuro....--A ver? Qu se figura usted?

--Me figuro ... El _melitarito_ es muy pillo ... apuesto  que se ha
colado all.

--Y usted no conoce  esas tres seoras?--dijo Lzaro, tratando de
disimular la mala impresin que la anterior respuesta le haba
producido.

--No: el amo deca que son buenas, y que una es santa.

--Dnde viven?

--En la calle de Bebn, nm. 4. Su to vive en la misma casa. Ya las
conocer usted.

-Diga usted--pregunt Lzaro, despus de una pausa, en que dud si
marcharse  prolongar ms aquel coloquio doloroso;--diga usted, ese
militar es un joven alto, con bigotes negros? ...

--S: un poquito ms alto que usted; tiene una voz muy clara y anda con
mucha gracia, y se re con mucha gracia.

--No sabe usted cmo se llama?

--No, seor: lo iba  averiguar; pero como mi Pascual es tan celoso,
tuve miedo. Ah, qu hombre! Cuando se _enfaa_ ...

Lzaro estuvo un momento silencioso contemplando la brbara efigie de
aquella mujer, orculo de su desventura. Despus se hizo repetir las
seas de la nueva casa, y sali.

Ya la determinacin de ir all era inquebrantable, y antes hubiera
muerto que dejar de hacerlo. La curiosidad, los celos, la necesidad de
encontrar una solucin  aquella serie precipitada de dudas, le
impulsaban hacia la nueva casa. Y la abjuracin exigida? Casi no
pensaba ya en tal cosa. Sin duda alguna poda asegurar que el militar,
de quien le habl Pascuala, era el mismo que le acababa de poner en
libertad. Nuevo y doloroso misterio! Hubiera dado muchos das de vida
por saber todo con claridad, y al mismo tiempo se horrorizaba al pensar
que iba  saberlo. La idea de la deslealtad de Clara, de su deshonra,
era demasiado grande en su horror, y no le caba en la cabeza. Lo que
ms le confunda era la extraa rapidez, la fatal impaciencia con que
se precipitaban sobre l tantas contrariedades, tantas amarguras, que
no le daban tiempo para buscar aliento y esperanza en su inteligencia y
en su corazn.

Entr en la casa, y subi lentamente la escalera de la casa del siglo
dcimoctavo. No pudo prescindir de una sensacin de respeto hacia
aquellas tres damas, desconocidas todava para l, que le parecan tres
perfectos modelos de virtud. Toc, y le abri una de ellas. La
decoracin le afect un poco: los retratos histricos de la antesala le
miraron todos con sus ojos apolillados. Lzaro tuvo miedo. Precedido por
Paz, atraves por entre aquellas sombras que la dbil luz del pasillo
haca ms misteriosas, y entr en la sala.





CAPTULO XXIII



#La Inquisicin.#


Cuando Coletilla, despus de instalado en el piso segundo, manifest 
las seoras la probabilidad de que su sobrino fuese  vivir con l,
Salom se qued un poco pensativa; pero Mara de la Paz dijo que no
haba inconveniente, supuesto que el joven, bajo la vigilancia y tutela
de su to, habra de tener el comedimiento y la dignidad que aquella
casa impona  sus habitantes.

Lzaro, precedido por Mara de la Paz, entr en la sala. Lo primero que
vieron sus ojos fu  Clara, que estaba sentada junto  la devota y
cosa con la cabeza baja, sin atreverse  mirar  nadie. Vi su
turbacin y su empeo en disimularla. Despus mir  todos lados y vi 
su to, respetuosamente sentado al lado de Salom, cuyos reales estaban
plantados al extremo oriental de Mara de la Paz. Lzaro les vi  todos
inmviles, como figuras de palo: todos le miraban, excepto Clara, la
cual insista en acercar tanto los ojos  su labor, que era difcil
comprender cmo no se sacaba los ojos con la aguja.

Elas mir  Lzaro con asombro. Paz con asombro, Salom con asombro,
todos con asombro, y l mismo lleg  creer que era un fantasma evocado,
el temeroso espectro del sobrino de Coletilla. Salom le indic una
silla con el dedo en que tena las sortijas, y Paz le dijo con el
registro de voz ms desdeoso y augusto:

--Sintese usted, caballerito.

Cuando el joven dijo "gracias, seora," su voz reson dbil y dolorida,
anunciando tanto sufrimiento y postracin, que Clara no pudo menos de
alzar los ojos y mirarle con sbita impresin de inters. Le encontr
muy plido y abatido; comprendi lo que el infeliz haba pasado en
aquellos das, y necesit todo el esfuerzo de que su alma valerosa era
capaz para no echarse  llorar como una tonta en presencia de aquellas
tres rgidas damas y del furibundo Coletilla.

--Ya estas seoras saben lo que has hecho al llegar  Madrid--dijo Elas
 su sobrino con mucha severidad. Paz y Salom fruncieron el ceo para
que nadie pudiera poner en duda su indignacin. Lzaro no contest,
porque estaba muerto de vergenza, y en aquel momento las dos damas le
parecan las dos personificaciones ms perfectas de la justicia humana.

--Recuerdas lo que te dije cuando fu  verte  la crcel?

--S, seor: no lo he olvidado.

--Ahora vivo aqu, en casa de estas seoras que nos han ofrecido  m y
 Clara un asilo.

--Slo por usted, seor don Elas--dijo Salom.

--Ya lo s; slo por m--contest el viejo.--Pero yo--continu
dirigindose  Lzaro,--si te llam estando en la otra casa, ahora no me
atrevo  darte hospitalidad porque....

--Seor don Elas--dijo Paz,--de lo de arriba puede usted disponer  su
antojo. Ya sabe usted lo que hemos convenido. Slo lo hacemos por usted.

--Yo no puedo--prosigui Elas, haciendo una gran reverencia,--yo no
puedo decir  este muchacho que se quede en esta casa. Su conducta ha
sido tan escandalosa, que no me atrevo....

--No hay falta, por grande que sea, que no pueda corregirse--dijo
Salom, mirando con sublime proteccin al desdichado Lzaro,  quien
parecieron aquellas palabras el colmo de la generosidad.

--Efectivamente--dijo Paz en tono de enftica indulgencia.--Hay faltas
tan enormes, que por su misma enormidad necesitan indulgencia. Mi
opinin es que este caballerito debe quedarse con usted, seor don
Elas, porque si no, qu va  ser de l?

Elas manifest comprender.

--Qu va  ser de l si contina abandonado y sin gua?--prosigui la
dama.--Por lo que ha pasado podemos colegir lo que pasar. Sin el amparo
de una persona tan virtuosa y magnnima como usted, qu ser de este
caballerito, en quien han germinado las semillas de todas las malas
ideas del da?

--Yo creo que an es tiempo, porque, aunque ha brotado la cizaa en esa
tierra malignamente fecunda, con un buen sistema de educacin podr ser
arrancada de raz esa mala hierba, y aun expurgar y purificar la mala
tierra--dijo Salom, que, desde el tiempo en que los poetas le dedicaban
madrigales, haba conservado gran aficin  las alegoras.

--Qu te parece, Paula?--dijo Paz, que crea  veces que en aquella
casa no poda emitirse palabra ni consejo de ningn valor, sin ser
refrenado por el _exequatur_ ortodoxo de la devota.

--Ella, que es una santa, dir lo que se ha de hacer--exclam Elas.

Mientras todos le pedan su opinin, la devota contemplaba el rostro del
estudiante, como si quisiera leer en l su delito. Expresin de lstima
afectuosa y aun de admiracin ingenua brillaba en los ojos de doa
Paulita, que en aquel momento pareca manifestarse naturalmente. Pero en
cuanto advirti que le pedan un consejo, record su misin, arque las
cejas, y di al viento la metlica voz con estas palabras:

--Oh! Qu hay que consultar sobre este punto? Quin dice si se debe
perdonar al que ha faltado? Quin hay tan poco cristiano que haga
semejante pregunta? Perdonar! Qu es grave la culpa? Mejor: Por lo
mismo necesita perdn y olvido. Y si fuera ms delincuente ms pronto la
perdonara.

Paz y Salom miraron  la par  don Elas para complacerse en leer en
sus ojos la admiracin que haba de causarle tanta sabidura.

--Cmo me consultan ustedes eso?--continu Paulita.--Digan dnde hay
pecadores para perdonarlos  todos. Y os privis de la alegra de
perdonar? No slo digo  todos que le perdonen, sino tambin que le amen
como si nunca hubiera pecado. Acordaos del hijo prdigo. Hoy es da de
jbilo en esta casa, porque ha vuelto el delincuente, ha vuelto el que
se crea perdido para siempre. Voy  dar gracias  Dios por haberme
proporcionado el favor inefable de recibir en mi casa un delincuente
cargado de culpas, de poderle decir: "levntate y no vuelvas  pecar."

Era fcil conocer en la mirada de la santa que hablaba en aquel momento
con profunda verdad y gran conviccin. El pecador se sinti conmovido de
gratitud. Clara no hubiera hablado con tanta elocuencia; pero de seguro
pensaba y deca interiormente cosas parecidas.

La devota se sonri al concluir su homila, acontecimiento rarsimo que
hubiera sorprendido  todos, si la preocupacin de aquellos momentos
les hubiera permitido repararlo. El joven vi aquella sonrisa en la
boca de la que juzgaba santa (y lo era), y le pareci la cosa ms
natural del mundo. Se sinti aligerado de un gran peso, respir
tranquilo ante aquella profesin de bondad  indulgencia, y crey
asistir al juicio supremo.

--Visto el admirable dictamen de esta santa--dijo Elas, porque es una
santa, Lzaro, entindelo bien, te quedars conmigo; pero en
expectativa, en entredicho.

--No admito entredicho: perdn definitivo--dijo la devota.

--Bien: perdonado, pero sujeto  vigilancia. A pesar de la actitud
severa de las dos damas y de su to, Lzaro experiment cierto descanso
moral en aquella casa. Advirti  Clara silenciosa y apartada: no alzaba
los ojos, no deca palabra.

Lzaro, siempre que miraba hacia aquel sitio, encontraba los ojos negros
de la devota fijos en l con tenaz atencin.

La escena se hallaba dispuesta de este modo: Paz y Salom estaban
sentadas en la actitud ceremoniosa que les era habitual. A la derecha
tenan  Elas, y Lzaro se hallaba frente  ellas en la postura de un
reo. Detrs de las dos viejas, Clara y la devota formaban otro grupo
junto  un pequeo velador que sostena la lmpara, cuya dbil luz
iluminaba aquel cuadro. El resplandor daba de lleno en el rostro del
joven: en la sombra quedaban Clara y la devota, y los ojos negros,
profundamente negros de sta, brillaban en el fondo sombro de la sala
con vivacidad felina. Las dos viejas, que volvan la espalda al segundo
grupo, no vean nada; pero Lzaro, que estaba de frente, notaba la
expresin atentamente curiosa y fascinadora de aquellos dos ojos, y se
preguntaba qu poda haber en su fisonoma y en su persona que pudiera
excitar la curiosidad infatigable de aquella seora.

Elas entre tanto no hubiera credo que aquel concilio ecumnico era
decoroso, sin hacer un pomposo elogio de las virtudes de los tres
venerandos restos de la ilustre familia de los Porreos.

--En verdad, seoras--dijo,--que no s cmo agradecer tantas bondades.
No s  qu debo yo, persona de tan humilde origen, el que usas me
traten con tanta benevolencia y me colmen de favores. Qu he hecho?
Quin soy? Ah! Usas son la bondad y nobleza misma. Cmo se conocen
la alteza del origen y la excelencia de la sangre! Ah! Usas se han
puesto de ser redentoras de todos los que en torno mo me abruman 
penas, amargando mi vida! Y qu sera de esa pobre nia sin el amparo
de usas, cuando las ideas del da han echado en su corazn tan
perniciosas races?

La devota dej de mirar al recin venido y dijo:

--No me la rian ms, que bastante ha padecido. Lzaro advirti que
Clara se estremeca, ponindose roja como una amapola.

--No me la rian ms, que bastante la han reido--aadi compungidamente
la devota.--Yo respondo de ella. Yo s que tiene buen fondo, aunque al
exterior aparezcan los defectos de las pestilenciales ideas del siglo.
Yo s que tiene buen fondo: qu importan las faltas ms graves, cuando
van seguidas del arrepentimiento?

Lzaro advirti que Clara hizo un movimiento, como si tratara de
contradecir aquellas palabras; pero en su ceguera no supo ver, no supo
apreciar que en aquel instante el alma de su amiga pasaba por el ms
duro trance de dolor y paciencia de que es capaz la naturaleza humana.

--Yo s que se corregir--continu la devota.--No se ha de corregir!
Grandes pecadoras ha sido santas. Animo, amiga ma. Con la vista fija en
Dios, qu se puede temer? Yo s cmo se curan los males del espritu, y
mi amiga Clara aparece ya bajo la benfica influencia de una reaccin
feliz. Perdonmosla tambin; yo respondo de que se corregir.

A Lzaro le llenaron de confusin estas palabras. Qu haba hecho
Clara? Estuvo casi dispuesto  levantarse, acercarse  ella y decirle en
alta voz: "Clara, qu has hecho?" La mir y la vi llorar; mir 
todos, buscando en aquellas caras de pergamino la solucin de tan gran
misterio; pero ninguna le revel la culpa de la muchacha, ni aun la cara
de la devota, que, despus del sermn, volvi  fijar en l, desde el
fondo sombro de la sala, el intenso rayo de su mirada escrutadora y
ansiosa, suficiente  turbar  otro menos tmido.





CAPTULO XXIV



#Rosa mstica.#


--Hoy no he rezado nada--deca la devota  Clara al da siguiente de la
entrada de Lzaro en casa de las Porreas.

Estaban sentadas las dos en el sitio de costumbre. Doa Paulita tena en
la mano nada menos que  San Juan Crisstomo. Clara bordaba en un
pequeo telar. Su cara expresaba la ms calmosa y profunda melancola.
En cambio la otra pareca muy inquieta, contra su costumbre.

El observador hubiera visto moverse sus labios, deletreando en silencio
la lectura mstica, mientras diriga con sbita mirada los ojos hacia la
puerta, los tornaba en derredor, miraba  Clara sin fijeza, y, por
ltimo, se quedaba con la vista fija en el espacio, como cuando nos
abandonamos  la contemplacin de lo que no est junto  nosotros ni
donde estamos nosotros. A veces pareca prestar atencin  algo que
pasaba fuera del cuarto; sala, se paraba en la puerta ponindose en
escucha, volva  entrar, se sentaba de nuevo, coga el libro santo,
lea un poco, pasaba con la vista hojas enteras, miraba  Clara,
murmuraba un rezo, cerraba el _in folio_, lo volva  abrir, y as
sucesivamente. Sin duda su espritu vagaba sobre San Juan Crisstomo,
sin penetrar, como de costumbre, en las entraas de la teologa.

--Clara--dijo despus de meditar un momento,--Clara, sabes que me
parece que el cuarto donde se ha puesto al sobrino del seor don Elas
es un poco estrecho?

--Estrecho?--dijo Clara, afectando indiferencia.--No: para un
hombre solo....

--Ah!--exclam la devota.--Cmo se pervierte la juventud del da!
Porque un joven como ese, que parece tener buenos instintos ... No?

--S--contest la otra sin levantar la cabeza.

--Usted no le conoca antes?

Clara, que quera guardar la ms absoluta reserva, se decidi  decir
una mentira. Se avergonzaba de una denegacin; pero en aquellas
circunstancias y en aquella casa, la verdad no slo la avergonzaba, sino
que le daba miedo. As es que dijo:

--Yo? No....

--Es una lstima que se perviertan jvenes as. Ah! Pero no faltarn
buenas almas que oren por ellos y les ayuden  salir de la miseria. No?

--Es verdad--contest Clara.

--Y cuando se tiene buen fondo como ese joven, es cosa fcil. Ah! Pero
usted me dijo que estuvo en el pueblo de donde es ese joven, No estaba
l all entonces?

Clara, que no tena costumbre de mentir, se vi muy apurada con aquella
pregunta; pero evocando toda la poca malignidad de su carcter, se
domin y minti otra vez diciendo:

--No, no estaba.

--Y all, qu decan de l?--pregunt la devota, abriendo  San Juan
Crisstomo.

--Qu decan?--contest la hurfana, mirando la labor lo ms de cerca
que le era posible.--Decan que era un joven muy leal, muy generoso, muy
bueno y de mucho talento.

--S, ya se conoce que es un joven de buenas prendas--dijo la de
Porreo, abriendo  San Juan Crisstomo.--Y tiene padres?

--Tiene  su madre--contest Clara, bajndose para recoger una cosa que
no se le haba cado;--su madre, que es una cariosa mujer, muy santa y
muy buena.

--Pues ya ... Bien se conoce que as haba de ser--afirm Paula,
hojeando al santo.--Me figuro que ser una mujer excelente.

--As es.

--Bien merece ese joven que se le proteja. Cuando el alma es buena ...
Quien no pecar alguna vez?

Al decir esto arque las cejas, mir el libro, hizo todos los esfuerzos
imaginables para leer medio rengln, y despus de emplear cinco minutos
en tan importante tarea, volvi  hablar diciendo:

--No tiene ninguna hermana?

--No, seora.

--Oh!--exclam Paulita, dejando definitivamente  San Juan
Crisstomo;--me olvidaba de mi rezo. Hermana, con la conversacin de
usted me he distrado. Vamos  rezar.

Pero en lugar de tomar el libro de oraciones, tom un libro de Santa
Teresa, y lo abri maquinalmente. Clara tom el rosario, mientras la
devota empez la salmodia con la vista fija en el libro y equivocndose
 cada momento. En lugar de decir un _Padre nuestro_ deca una _Salve_,
y se trastorn de tal modo el rezo, que al cabo de un momento se
encontraron perdidas en un laberinto sin saber en qu parte del rosario
se hallaban.

--Ah, qu cabeza la ma!-dijo la santa detenindose;--pero ay! con la
conversacin de usted me he distrado. Sigamos.

Pero en vez de pronunciar el _Pater noster_ fundamental, que es lo que
proceda para empezar de nuevo, clav los ojos en el libro, y
maquinalmente ley:

--De dos maneras de amor quiero yo ahora tratar: uno es espiritual,
porque ninguna cosa parece le toca la sensualidad ni la ternura de
nuestra naturaleza; otro es espiritual, y que junta con l nuestra
sensualidad y flaqueza ...--Qu distraccin!-observ despus.

Y apart el libro con desdn, mir al techo y se estuvo quieta un buen
rato, sin dar seales de vivir en este mundo, permaneciendo tanto
tiempo inmvil y con tal profundidad extasiada, que Clara se alarm, y
tuvo al fin que decidirse  tirarle de la manga, con lo cual la devota
baj del cielo.

--Ay, hermana!--dijo vivamente.--Usted no sabe rezar el rosario; dme
ac.

Y le quit  Clara el rosario de las manos, lo tom y empez  contar
las cuentas una por una con tanta escrupulosidad, que emple lo menos
diez minutos en tan difcil operacin. Despus rez una Salve,  la que
contest Clara con un _Pater noster_: las dos se miraron. Clara tembl,
porque crea que la devota la iba  reprender duramente, como de
costumbre, por su equivocacin, pero cul fu su asombro al ver que la
santa despleg suavemente los labios, se sonri con una expansin
inefable, que nadie, absolutamente nadie, haba observado jams en
aquella casa, y acab por rer con franqueza y desahogo, cosa fenomenal
y nunca vista en tan ejemplar mujer?

Pero Clara, aunque se sorprendi mucho, no di importancia al hecho. La
otra se sonroj ligeramente, y tomando de nuevo el libro de Santa
Teresa, dijo:

--Voy  ver si encuentro un pasaje que hay aqu recomendando la
penitencia. Hoje el libro, y ley.

--_Sostenedme con flores y acompaadme con manzanas, porque desfallezco
de mal de amores_. Oh, qu lenguaje tan divino es ste para mi
propsito! Cmo, esposa santa, mataos la suavidad? Porque, segn he
sabido algunas veces, es tan excesiva, que deshace el alma de manera que
no parece ya la hay para vivir y pedir flores.--No, no es esto;  ver
esto otro--dijo hojeando ms:--Es, pues, esta oracin una centellica que
comienza el Seor  encender en el alma del verdadero amor suyo, y
quiere que el alma vaya entendiendo qu cosa es este amor con
regalo.--Vamos, tampoco es esto. No he de encontrar hoy el pasaje.
Sigamos, hermana, en nuestro rezo.

Empez formalmente el rosario. Paula dijo un _Dios te salve_ el nmero
de veces necesario; pero al llegar al sitio del _Padre nuestro_, sigui
diciendo _Dios te salve_ hasta treinta veces, con tanta prisa, que no
esperaba  que la otra concluyera su _Santa Mara._ Clara contestaba
tambin muy  prisa para no quedarse atrs: as es que, por ltimo,
apresurndose una y otra, resultaba que aquello pareca una apuesta de
velocidad en la pronunciacin. Llegaron al fin sin aliento y muy
cansadas. Paulita tuvo necesidad de respirar el aire libre, abri el
balcn y mir  la calle; hecho inusitado, cuya gravedad no comprendi
Clara tampoco.

--Ay, que he abierto el balcn!--exclam, comprendiendo la atrocidad
que haba cometido.--He abierto el balcn!

Y lo cerr con sobresalto, como una monja que hubiera sorprendido
abierta la reja del locutorio.

--Hermana--dijo despus,--sabe usted que he decidido no ayunar maana?

--Har usted bien: es usted una santa; pero no ayune usted tanto,
seora: eso no es bueno.

--Tienes razn, Clarita, y yo creo que esto que tengo es causado por el
excesivo celo. Bien me deca el padre Silvestre que la piedad en demasa
es perjudicial, porque mata el cuerpo, sin el cual el alma no puede
tener fortaleza.

--Pero, qu tiene usted?--pregunt Clara un poco alarmada.

--No estoy buena--dijo la mujer mstica restregndose entrambos ojos,
como si los tuviera doloridos por la vigilia  cansados de
mirar.--Siento un calor aqu dentro ... y una agitacin ... Pero es del
ayuno, hermana; es del ayuno.

--Pues debe usted moderarse. Descanse unos das.

--S, lo har, y esta semana no rezar oracin doble, como hasta aqu, y
suprimir horas por la noche.

--Ya lo creo. No es bastante rezar una vez? Si es usted una
perfecta santa.

--No le parece  usted que es bastante una vez?--pregunt Paula con
mucha, ansiedad.

--S; y debe usted tratar de reponerse.

--Cmo ha dicho usted, Clarita? Reponerme? Veo que sabe usted dar muy
buenos consejos.

--Reponerse, s ... Distraerse un poco.... Salir....

--Salir!--exclam la mstica tan asustada, que Clara se arrepinti del
consejo--Salir! y  dnde?

--Pues ... quiero decir ... que usted debe procurar ... pues.... Cuando
se est mucho tiempo encerrada en la casa, la salud se quebranta ... as
es que ... siempre es bueno ... salir un poco....

--Clara!--dijo doa Paulita con la expresin de estupor y gravedad del
que hace un gran descubrimiento.--Sabe usted que su consejo es muy
sabio? No cre yo ... Es verdad. Eso por qu ha de ser malo? Yo siento
ahora que tengo necesidad de ... salir, de andar, de respirar.... S,
es preciso.

Estaba inmutada. Pareca que en su espritu y en su organismo se
verificaba una crisis muy transcendental. Toda ella se dilataba, como si
aquel da hubiera perdido de una vez la fuerza de concentracin, la
ligadura interna que la comprima desde el nacer. No podemos explicarnos
todava nada de lo que por ella pasaba.

--Debe usted cuidarse, debe usted vivir--dijo Clara.

--S: debo cuidarme, debo vivir--repiti Paula en el tono de
estupefaccin que emplea el que oye por vez primera la solucin concisa
de un problema en que ha estado trabajando infructuosamente toda la
vida.--Debo vivir!

En aquel momento sus ojos miraban en derredor, asombrados, asustados,
con melancola y vaguedad, como el que no ha visto nunca un horizonte y
lo ve por primera vez.

Pero de repente la dama se levant agitada, se dirigi  su
reclinatorio, se arrodill, abri el libro de horas, inclin el rostro
hacia l, ocultndolo entre las manos, y all qued sumergida en
profunda y concentrada meditacin. Reposaba sin duda en el seno de Dios,
que tena reservado  su santa el goce inefable de vagorosos y
celestiales deliquios.

Durante el xtasis, quin podr saber lo que pas en aquella cabeza?
Dios tan solo.





CAPTULO XXV



#Virgo prudentsima.#


Visitemos  los dos huspedes del cuarto segundo en la noche siguiente 
la de su instalacin. Prodigioso esfuerzo del genio domstico de Mara
de la Paz Jess haba podido acomodar dos camas en la habitacin alta.

Lzaro acababa de acostarse en la suya, tratando de reparar las fuerzas
perdidas; su to velaba sentado en el silln de vaqueta que junto  la
cama tena, y se ocupaba en hojear unos papeles, leyendo  ratos y
escribiendo un poco algunas veces.

De repente el viejo se volva; miraba  su sobrino, que no poda
librarse de cierto temor cuando vea, dirigidos hacia l aquellos dos
ojos de lechuzo. Pareca querer hablar al joven de alguna cosa
importante, y no atreverse por no tener confianza en su discrecin.
Despus de la llegada de Lzaro  la casa, to y sobrino no haban
hablado nada de poltica. El fantico crey que su protegido no era
capaz de tener entereza y tesn para sostenerse en sus creencias. En
tanto, el exaltado liberal tuvo tanto que pensar en otras cosas, que
releg  segundo trmino aquella cuestin, y se acordaba poco de la
apostasa que su to le haba exigido.

Lzaro ceda  la fatiga, se dorma lentamente, cuando el viejo dijo con
voz fuerte:

--Lzaro, duermes?

--Qu?--contest el muchacho, despertando sobresaltado.

--Voy  preguntarte una cosa. Conoces en Zaragoza  un liberal que se
llamaba Bernab del Arco?

--S, seor--contest Lzaro, que conoca y apreciaba mucho  aquella
persona, orador y escritor de nota.

--Era de los exaltados, eh?--indic el fantico con mordaz irona.

--S, seor: es de los que sostienen las ideas ms avanzadas--contest
el sobrino, temeroso de pronunciar una palabra que ofendiera  su to.

--Es ... no: era, debes decir, porque pas  mejor vida.

--Cmo, ha muerto?

--Le han matado--dijo Elas con glacial indiferencia.--Mira la suerte
que aguarda  los locos, depravados, ilusos y perversos. Ves? As
castiga el pueblo  los que le engaan! Oh! As deberan perecer los
habladores.

El sobrino se call; volvi el to  su lectura, y no haba pasado un
cuarto de hora, cuando se dirigi de nuevo al lecho del joven que,
vencido por el sueo, dorma ya profundamente, y grit:

--Despierta, Lzaro!

Y despert dando un salto, aterrado y convulso, como debemos despertar
el ltimo da, cuando suene la trompeta del Juicio. Aquel viejo le haba
de quitar tambin los nicos momentos de reposo que sus desventuras le
permitan.

--Conoces aqu  un jovencito que se llama Alfonso Nez, y  otro que
se llama Roberto, conocido generalmente por el Doctrino?

--S, seor--contest Lzaro atemorizado, por creer que tambin le iba
 participar la muerte de sus dos amigos.

--Buenos chicos, eh?--dijo Elas, rindose como deben rer los brujos
en el aquelarre.

El sobrino no contest, contentndose con encomendar mentalmente  Dios
 su buen amigo Alfonso Nez.

--Tengo un plan!...--aadi el fantico con cierta satisfaccin de s
mismo,--plan soberbio. Si supieras, Lzaro. Pero t eres muy tonto y no
puedes comprender esto. Son buenos chicos esos que te he dicho, no? As
... muy exaltados, muy amigos de embaucar al pueblo y pronunciar
discursos ... pues, as como t.

Lzaro su asust ms y comprendi menos.

--Esos chicos valen mucho. Si supieras qu tiles son! Amantes de la
libertad, habladores, impetuosos, entusiastas. Ah! No temo yo  stos
... Lo harn bien. Plan magnfico!

Despus, como si se arrepintiera de haber dicho demasiado, apart la
vista de su sobrino, murmur algunas voces incoherentes, y volvi 
hojear sus papelotes, escribiendo algo y gruendo siempre, sin dejar de
gesticular como si hablara con alguien.

Lzaro mir un buen rato la lvida faz del viejo realista, que,
iluminada de lleno por la luz, ofreca fantstico  infernal aspecto.
Las orejas se le transparentaban, los ojos parecan dos ascuas, y el
crneo le luca como un espejo convexo. Los singulares objetos que le
rodeaban,  los que cubran las paredes de la habitacin, aumentaban el
terror del estudiante. Aquel silln de vaqueta, testigo mudo del paso de
cien generaciones; aquellos cuadros viejos; los muebles de talla,
exornados con figuras grotescas y de rarsima forma, daban  la
decoracin el aspecto do uno de esos destartalados laboratorios en que
un alquimista se consuma devorado por la ciencia y las telaraas.

Despus de cerrar los ojos, entregado por fin al sueo, el joven Lzaro
continu viendo  su to con los objetos que le rodeaban.
Representronsele adems las siniestras figuras de las seoras de
Porreo; y en su soar disparatado, lo pareca que aquellas tres figuras
crecan, crecan hasta tocar las nubes y ocupaban todo el espacio:
Salom como una columna que sustentaba el cielo; Paz, como nube
gigantesca que una el Oriente con el Ocaso. Despus le pareca que
menguaban, que disminuan hasta ser tamaitas: Paz como una nuez, Salom
como un pin, Paula como una lenteja. Oa la frailuna voz de la devota;
vea extraos y complicados resplandores, partidos de la lmpara del
viejo; vea la rojiza diafanidad de sus orejas como dos lonjas de carne
incandescente; vea la enormidad de su calva iluminada como un planeta;
y por ltimo, todos estos confusos y desfigurados objetos se desviaban,
dejando todo el fondo obscuro de las visiones para la imagen de Clara
que, no desfigurada, sino en exacto retrato, se le representaba, alzando
la vista de una labor interrumpida para mirarle. En tanto le pareca
escuchar siempre una voz subterrnea que clamaba: "Lzaro, duermes?
Despierta, Lzaro."

A la madrugada su sueo fu ms profundo. Despert  las ocho, y en los
primeros momentos tuvo que recoger sus ideas y meditar un poco para
saber dnde estaba y qu cosas le haban sucedido. Su to haba salido.
Levantse y se visti. No saba qu hora era; pero el hambre le hizo
comprender que era hora de almorzar. Abri la puerta, dirigiendo una
mirada  lo largo del pasillo y  lo profundo de la escalera, y el
primer objeto que encontraron sus ojos fu la figura de doa Paulita que
suba lentamente.

--Ha descansado usted?--le pregunt con voz menos nasal  impertinente
que de ordinario.

--S, seora: muchas gracias.

--No le falta  usted algo?

--Nada, seora.

--Pero querr usted comer alguna cosa. Aqu acostumbramos desayunarnos 
las siete. Es lo mejor. Pero son las ocho; mi ta es muy rigorista, y ha
dicho que, puesto que usted no estuvo  las siete en la mesa, no puede
almorzar. Esto es una disciplina necesaria. Bien sabe usted que sin
disciplina no puede haber orden. Ahora no puede usted tomar cosa alguna
hasta las dos de la tarde.

--Seora, no importa: yo ...--dijo Lzaro, que era corts, aunque estaba
muerto de hambre en aquel momento.

--Pero no tema usted--continu la devota, bajando la voz y mirando 
todos lados.--Yo conozco que est usted desfallecido, y es preciso darle
de comer. No salga usted de su cuarto.

Dicho esto, baj muy ligera, procurando no ser vista. El joven sinti
ms encendida su gratitud hacia aquella seora, que ya haba hablado en
su defensa la noche anterior.

Al poco rato volvi la devota trayendo un desayuno que, aunque escaso,
bast para reponer al hambriento.

--Mi hermana no lo llevar  mal--dijo;--pero no se lo diga usted. Yo
hago esto por usted, porque comprendo que en un cuerpo dbil no tiene
fuerzas el espritu.

--Seora, no s cmo pagarle tantos favores--contest el mancebo
sin mirarla.

A las siete de aquella maana, mientras Lzaro dorma rendido de
cansancio, se suscit una gran cuestin en el comedor, sobre si sera
conveniente y disciplinario llamarle para almorzar. Mara de la Paz
deca que no; Salom dudaba, y la santa opinaba que s. Las razones de
la primera eran: que puesto que prefera el sueo  la comida, era
preciso hacerle el gusto, con lo cual se ira acostumbrando  la
disciplina. En vano quiso oponerse Paulita con gran copia de razones
teolgicas y morales, fundadas en el principio de _mens sana in corpore
sano_: todo fu intil. Sus palabras, odas con respeto, no produjeron
efecto. Elas decidi la cuestin, diciendo que su sobrino, adems de
liberal, era holgazn, y que haba de renunciar  hacer de l nada
bueno. Todos callaron y comieron. Clara no era admitida  la mesa comn.

Volvamos arriba. Lzaro se coma la racin con gran apetito. La dama le
haca mil preguntas, y l le contestaba procurando ser lo ms corts que
el hambre le permitiera. Las preguntas eran de esta clase:

--Crey usted que no almorzara hoy?

--Ah, seora! no....

--Porque yo no me olvidaba de que usted estaba sin comer.

--Yo le doy  usted las gracias.

--Pero usted no se lo figuraba--deca Paulita, ansiosa de apurar aquella
cuestin hasta el fin.

--No, seora; de ningn modo ... yo ... s.... Pero ... ya.

--Y su to se opuso  que almorzara.

--Ah! mi to--dijo Lzaro, dejando de comer,--es un.... No: es un
excelente hombre.

--Oh, s--dijo la devota mirando al cielo,--es un hombre
ejemplar, un santo.

--Si, s: un santo.

Lzaro, nuevo en aquella casa, no haba tenido ocasin de penetrar el
carcter de la persona que tena delante en el momento de su desayuno.
Por este motivo nada le llam la atencin; por eso no supo que nunca sus
bellos ojos haban tenido un resplandor tan vivo, ni que jams voz de
monja alguna enton salmodias con tan melodioso timbre como el de la voz
de Paula al decir: "Usted crey que no almorzara hoy?" En ella, sin
embargo, haba gran naturalidad; y no es aventurado afirmar que en
ningn tiempo se cruzaron sus manos blancas y finas con menos
afectacin,  diferencia de aquellos crispamientos de dedos que usaba
tanto para acompaar y adornar sus peroraciones.

--Aqu no ser permitido que le hagan  usted dao alguno--dijo en el
tono de quien hace una importante revelacin.--No tema usted. Si ha
cometido alguna falta...

--Falta?--dijo el joven con tristeza.

--Pues no decan que era usted un gran pecador?

--Yo un gran pecador, seora!

--No ser tanto como dicen...--continu doa Paulita, con una sonrisa
tan mundana, que no pareca puesta en boca de una santa.

---No--replic el joven con efusin;--no es tanto como dicen, es verdad.
Y si he de decirlo todo....

--Acabe usted--dijo la otra con mucho inters.

--Yo no s qu falta he cometido--aadi Lzaro con melancola.--Pero
s, faltas he cometido, no lo puedo negar....

--A ver,  ver, qu faltas?--pregunt con mucha ansiedad la
favorita de Dios.

--Le dir  usted...--repuso l, preparndose  confesar.

--Comprendo: algn extravo de joven. La juventud est llena de
peligros, y los jvenes, si se les deja solos....

--Es verdad.

--Cunteme usted. Yo quiero que usted se corrija. Tal vez la falta es
mucho menos grave de lo que usted mismo piensa. Tal vez no pasa de ser
una ligereza trivial dijo con ms ansiedad  inters Paula.--Dgame
usted; yo le dar consejos.... Cunteme usted.

Lzaro permaneci pensativo un instante, y ya abra la boca para
formular una contestacin  una excusa, cuando Elas se present en la
puerta. La devota se turb un poco; pero un momento le bast para
reponerse. El realista se qued muy sorprendido al ver  la dama y al
observar los restos del almuerzo, mientras su sobrino se avergonzaba de
haberlo probado.

--Pase usted, seor don Elas--exclam ella con su uncin
acostumbrada;--pase usted: aqu estoy suplicando por amor de Dios  su
sobrino que no le d ms disgustos. Oh! Pero l se va arrepintiendo ya
de los errores de su juventud. Qu extrao es que la juventud peque,
entregada  s misma, sola por espinosos caminos? Le estoy recomendando
la moderacin, la cortesa, la prudencia. Pero veo que usted se admira
de que le haya trado de comer. Ah! confieso mi falta. Pero no he
podido resistir los impulsos de la compasin. He sido dbil; no he
nacido para el rigor, y confieso que no tengo carcter, como debiera,
para sostener la rigidez de la disciplina. Si he cometido una falta,
perdneme usted.

Elas estuvo un rato sin saber qu contestar; pero tena muy alta idea
de la cristiandad de aquella seora para vacilar en probar cuanto haca.
Aquel acto le pareci una sublime prueba de caridad.

--Seora, qu buena es usted!--dijo.

--No es bondad, es debilidad. Conozco que hice mal.

--Seora, usted es una santa! Aunque l no merece lo que usted ha
hecho, esto sirve para hacer resaltar ms las virtudes de usted.

--Oh!--exclam la elegida del Seor,--confieso que mi deber era
seguir el dictamen de usted; pero no he podido resistir  un poderoso
impulso de indulgencia. Oh! si siempre pudiera una salir victoriosa
de s misma....

--Mira, aprende--dijo Elas, volvindose hacia Lzaro;--mira  esa
santa; aprenda lo que es nobleza, generosidad, virtud.

--No--dijo ella bajando los ojos.--Que no tome por modelo  esta
pecadora.

--Aprende, Lzaro--exclam con exaltacin el fantico.--Aqu tienes  la
misma virtud.

La santa hizo una gran reverencia y se march, dejando solos al to y
al sobrino.





CAPTULO XXVI



#Los disidentes de la Fontana#.


Aquella maana no ocurri ms incidente que el que hemos descrito.
Lzaro subi y baj varias veces furtivamente y con pasos de ladrn,
tratando de ver  Clara; pero le fu imposible. Esperaba verla en la
comida; mas tambin, como el da anterior, se frustraron sus deseos.

Pusironse  las dos los manteles, y cada cual ocup su sitio. La mesa
era para doce cubiertos: ocup un extremo Mara de la Paz, teniendo  su
derecha  Salom y  su izquierda  Elas, mientras la devota estaba
erigida  la derecha de su prima. Al joven le pusieron enfrente, 
tanta distancia del grupo principal, que para alcanzar su racin tena
que descoyuntarse los brazos. Sirvise primero una sopa que, por lo
flaca y aguda, pareca de Seminario; despus sigui un macilento cocido,
del cual tocaron  Lzaro hasta tres docenas de garbanzos, una hoja de
col y media patata; despus se repartieron unas seis onzas de carne que,
en honor do la verdad, no era tan mala como escasa, y, por ltimo, unas
uvas tan arrugadas y amarillas, que era fcil creer en la existencia de
un estrecho parentesco entre aquellas nobles frutas y la piel del rostro
de Salom. Termin con esto el festn, durante el cual rein en el
comedor un silencio de refectorio, excepto cuando Elas dijo que tanta
esplendidez le pareca dispendiosa, y elogi la sobriedad como
fundamento de todas las virtudes.

Despus se rez un poco, y las seoras se retiraron. Mara de la Paz
haba adquirido en el perodo de la decadencia el hbito de dormir la
siesta, y ya durante los ltimos _Agnus Dei_ del rezo estaba haciendo
cortesas con los ojos cerrados. Lzaro subi con el mayor desconsuelo,
por no haber logrado tampoco aquella vez el objeto de su constante afn.
Aventurse  bajar sin ser visto de su to, recorri lleno de zozobra y
ansiedad el pasillo; pero nada consigui. Todo estaba cerrado y en
silencio, y sin duda los habitantes de la casa estaban sumergidos en el
agradable sopor de la siesta  en el letargo espiritual de la
contemplacin religiosa. Solamente Batilo, el melanclico perro, que
haba perdido los hbitos de su raza y no saba ni ladrar, estaba
paseando su hasto por el comedor, rasguando de vez en cuando la puerta
de un armario, donde probablemente yacan los exiguos despojos de la
carne servida en la mesa aquella tarde.

Subi Lzaro desesperado, pero al ver  su to medio dormido en un
silln, no pudo resistir  la influencia letal que en todos sus
habitantes ejerca aquella regin del fastidio; preparse tambin 
dormir, y se tendi en su cama. No haban pasado diez minutos, cuando
sinti fuertes campanillazos en el piso de abajo, y despus la voz de
Salom unida  otras voces de hombre, entre las cuales crey reconocer
alguna. Levantse y se asom  la escalera.

Eran cuatro personas que le buscaban, y la dama las diriga al piso alto
con muy mal humor. El joven reconoci entre aqullos  su amigo Alfonso
y al Doctrino. Estos y otros dos, que Lzaro no haba visto nunca,
subieron. Coletilla les haba sentido en su sueo de lechuzo, y
despertando sbitamente se adelant hacia la puerta.

--Hola, ustedes!...--exclam de repente; pero mudando de tono en un
instante brevsimo, dijo con afectada frialdad  indiferencia:--Qu se
les ofreca  ustedes?

Como Lzaro estaba puesto de espaldas  su to, no vi que ste; puso el
dedo en la boca  hizo una imperceptible sea al Doctrino. Despus dijo
haciendo un esfuerzo para aparecer complaciente:

--Ya comprendo: ustedes venan en busca de mi sobrino.

El joven estudiante tembl al pensar cunto irritara  su protector
verla en compaa de aquellos exaltados.

--Por mi?--pregunt, estrechando la mano de su amigo.

--S--contest el Doctrino, que comprenda lo que deba hacer.

--S: venamos por ti--dijo Alfonso.--Tenemos una reunin esta tarde, y
queremos que vengas  ella. Es la reunin de los disidentes de la
_Fontana_.

Lzaro crey que su to se iba  poner hecho una furia al or hablar de
las reuniones de fontanistas. Pero contra lo que esperaba, le vi tan
sereno como si oyera hablar de un concilio ecumnico. Tampoco tuvo la
suficiente perspicacia ni la suficiente memoria para hacerse cargo de
que poda haber alguna relacin entre las preguntas que el fantico le
haba hecho la noche anterior, y la visita de aquellos amigos.

--S, que vaya; ve--dijo Elas.

La confusin de Lzaro aument; pero antes que saliera de su estupor,
Alfonso le tom del brazo, le condujo  la escalera, y poco despus
estaban en la calle.

Los otros dos jvenes, nos son hasta ahora desconocidos, si bien es
probable que les hayamos visto en el departamento bullicioso de la
_Fontana_, precisamente en la noche fatal en que Lzaro fu arrojado del
club. El uno de ellos, nacido en Algodonales, era de los contertulios
ms asiduos del barbero Calleja; y no es aventurado afirmar que
intervino en la cuasi-trgica escena que en el primer captulo
referimos. Se llamaba Francisco Aldama, y por ser andaluz y bastante
aficionado al trato de los lidiadoras de toros, se le llamaba Curro
Aldama,  el Curro. Doa Teresa Burguillos, feliz consorte del barbero,
era un poco torpe para la pronunciacin de los nombres propios, y sola
llamar _Aldaba_ al amigo y comilitn de su esposo. Era Curro Aldama 
Aldaba exaltado fontanista, de crasa ignorancia, y con aquella osada
que acompaa siempre  los necios. Se la echaba de gran patriota, y no
sonaba cencerro en Madrid sin que l tomara parte en la danza.

El otro era de muy diversa condicin y figura. Sus aficiones literarias
le haban hecho amigo del poeta clsico que hemos conocido habitando en
el olimpo de doa Leoncia, la semidiosa de la calle de la Gorguera. All
conoci  Alfonso Nez, con quien trab amistad; v bien pronto, aunque
las musas le fueron propicias (se estren en la cruz, con buen xito, un
sainete pastoril suyo, titulado _Anfriso y Cenobio_), dej las musas por
la poltica, escribi en _El Universal_ y en _El Labriego_, charl en
los clubs, y se decidi por el partido exaltado.

Tena mucho ingenio, dotes de orador y periodista, pero muy poca
instruccin y una ligereza invencible. Frecuentaba la tienda de Calleja
y el club de la _Cruz de Malta;_ pero ltimamente se aseguraba que
perteneca  la tenebrosa sociedad de los _Comuneros_, aunque l lo
negaba. Lo cierto es que en la _Fontana_ sospechaban de l, no sabemos
si con fundamento. Se deca que era de los alborotadores pagados por la
reaccin; hasta que una noche, viendo que se le miraba con desconfianza,
y aun se le hicieron alusiones picantes, desert para no volver. Este
era Cabanillas, joven de educacin y talento,  quien no se poda ver
sin repugnancia alternando con hombres desalmados como Tres Pesetas,
Chaleco y el Matutero, que hemos tenido el gusto de conocer al principio
de esta puntual narracin.

--Chico--deca Nez,--sabes que hemos reido con los de la _Fontana_?
El lance de la otra noche nos ha obligado  romper con esa canalla.
Estamos agraviados: tambin  nosotros nos han querido acusar como  ti;
pero hemos alzado el vuelo y estamos fuera. Vamos  formar otro club.

--Me calumniaron--exclam Lzaro:--yo no s qu demonio me tent  m
para hablar aquella noche.

--Si son unos mentecatos. Nada: all se han figurado que no hay ms
liberales que ellos--afirm Nez;--y  los que defendemos la libertad
verdadera y completa, nos llaman exaltados, alborotadores, y dicen que
estamos vendidos.

--Ya les arreglaremos las cuentas--dijo el Doctrino.

--Pues oye--continu Alfonso,--nosotros vamos  fundar otro club, el
verdadero club revolucionario. A esos necios de la _Fontana_ les ha dado
ahora por predicar el orden. Qu orden ni qu ocho cuartos! Nosotros
predicaremos la violencia, porque sin violencia no hay revolucin; sin
extirpar los obstculos y arrancarlos de raz, no se puede transformar
este pueblo. Nosotros vamos  predicar la democracia; vamos  proclamar
la soberana suprema, absoluta del pueblo,  combatir el trono y 
sealar los que en la gran purificacin que se prepara deben ser
arrancados de raz, exterminados y concluidos. Tu vendrs  nuestro
club, no es verdad?

--Veremos--contest Lzaro muy preocupado.

--Nuestra idea--continu Alfonso,--es combatir  esos republicanos
tibios que van  las Cortes y  los clubs para sermonear sobre el orden
y la moderacin. Exterminio  esa canalla,  esos hipcritas.

--S--dijo el Curro,--porque si uno se deja dominar por esos tibios, se
queda uno atrs; y no estn los tiempos para quedarse uno atrs. Mucho
tino, que el que ahora no saca algo....

Con esta conversacin llegaron  la calle de la Gorguera y  la casa de
doa Leoncia; subieron al cuarto del poeta, que era el punto designado
para las reuniones preparatorias del naciente club. Conoceremos el
cuarto del poeta con el nombre de _La Fontanilla_, calificacin oficial
con que le designaron aquellos jvenes.

Acomodronse como pudieron en las tres sillas y en la cama del poeta,
mientras ste se hallaba en el interior de la casa, al lado de doa
Leoncia, poco atento  la poltica. El Curro se sent junto  la mesa y
mostr desde el principio gran deferencia hacia una botella que all
haba, puesta sin duda por la previsora mano del poeta clsico.

--Vamos  ver--dijo Alfonso desde la presidencia, que era la cama:--
ver qu hacemos con esos liberales que nos calumnian y dicen que somos
ebrios y agentes ocultos de la reaccin.

--Combatirles con razones--observ Lzaro;--demostrar que no somos
agentes de la reaccin. Pero en qu se diferencian sus ideas de las
nuestras? No son ellos liberales? No aman la Constitucin?

--Pero la aman  medias--dijo el Doctrino,--porque no aman el verdadero
sacerdocio de la revolucin, que es destruir.

--Ya se ha destruido bastante--indic Lzaro:--hagamos lo posible por
llevar aunque no sea ms que una piedra cada uno al gran edificio que se
ha de levantar.

--Nada de eso: sin destruir es intil pensar en edificar. Debemos
sealar al pueblo cules son sus enemigos, sus enemigos de siempre--dijo
el Doctrino.

--Pues eso es lo que yo deca--afirm Aldama, decidindose, despus de
grandes vacilaciones,  probar el contenido de la botella.

--Digo lo mismo--repiti Cabanillas.--Hoy estamos peor que antes: no hay
otra diferencia sino algunas palabras ms en nuestras bocas. Los
ministros hablan de libertad, los diputados hablan de libertad, los de
los clubs hablan de libertad; pero la libertad no se ve, no existe: es
una farsa. Digo, seores, que prefiero  esta farsa los frailes de antes
y el rey absoluto de antes.

--Pues eso qu duda tiene?--dijo Nez.--No hemos conquistado ms que
unas cuantas frmulas. Y de eso quin tiene la culpa sino los
liberales, que nos hablan del orden y vuelta con el orden?...

--Eso mismo deca yo!--exclam el Curro, probando de nuevo la botella,
que sin duda le haba gustado.

--Ensear al pueblo  pedir justicia; y si no se la dan,  hacerse
justicia por s mismo es lo que conviene--dijo el Doctrino.

--Cunto han hablado esos hipcritas del hecho del cura de Tamajn,
acusando al pueblo de que se haca justicia por s solo! Pues qu haba
de hacer el pueblo, si vea que el Gobierno permita la conspiracin
constante del Palacio real, y encarcelaba  los buenos liberales porque
cantaban el _Trgala?_

--Es claro: lo que quieren es engaar al pueblo, infundirle miedo con su
orden, y siempre con su orden....

--Mientras vivan ciertos hombres--dijo el Doctrino sombramente,--nada
adelantaremos. No conviene ahora decir quines son esos hombres que
deban desaparecer; pero  su tiempo se nombrarn.

El Doctrino tena algo de lgubre, hablaba poco, y siempre con una
lentitud melanclica que anunciaba en l pensamientos ocultos y un fro
y siniestro clculo que no quera dejar traslucir.

--Eso mismo digo yo--repiti Aldama, que estaba resuelto  no desairar
la botella mientras tuviera dentro alguna cosa.

--Pues lo primero, seores--dijo Alfonso,--es constituirnos de cualquier
modo que sea. Veremos si se encuentra un buen local donde podamos
reunimos en mayor nmero.

--Nos reuniremos al aire libre si es preciso. Lo que nos importa es
buscar gente, y de eso yo respondo. Pasado maana nos congregaremos
aqu, y yo traer dos  tres amigos, que es como si trajera medio
Madrid. Vern ustedes qu mozos!

--Pues bien, hasta pasado maana, t vendrs, Lzaro--dijo Alfonso.--Yo
mismo ir  buscarte. Quiero que no te desanimes ni te aburras. El
porvenir es para nosotros, chico. Hay que hacerse lugar, porque esto
est perdido. Las ideas van en baja, y fuerza es que la juventud sea lo
que debe ser: la iniciadora y la reveladora de los grandes principios.

--Vendr--dijo Lzaro con poca determinacin. Levantronse Alfonso y
Cabanillas, y se despidieron.

Lzaro hizo lo mismo, y los tres se marcharon. El Doctrino y el Curro
quedaban all. No es aventurado conjeturar que, al quedarse solos, la
botella,  que tanta aficin haba mostrado Aldama, estaba
completamente vaca.

Cuando se vieron solos y sintieron bajar la escalera  los otros, el de
la botella dijo:

--Cunto te ha dado ayer el to Coletilla?

--Mira--dijo el otro sacando cuatro onzas y algunos doblones de un
bolsillo grasiento.

--Ah, marrajo!--exclam Aldama, mirando con brillantes y vidos ojos el
oro:--dame siquiera una. Debo cuatro meses de casa y ms de seis duros
de prestado.

--Poco  poco: no hay que despilfarrar el tesoro del Rey--dijo el
Doctrino, guardndose majestuosamente en el bolsillo el erario
revolucionario.

--Vamos, Doctrinillo, dmela. Ya sabes que tengo apalabrado  Perico
Tinieblas, el del Portillo de Gilimn, que es hombre pintado para estas
cosas. Y lo que es en la Plaza de la Cebada, no hay chaln que no sea
capaz de comerse al Gobierno  una orden ma.

--No: las cosas han da ir en regla. No puedo pagar sino  su tiempo:
tengo esa orden. Pero no tengas cuidado, que cuando esta asamblea
principie  dar frutos...

--Dime: y Alfonso Nez, est en autos?...

--No, no sospecha nada. Es un inocente y un visionario. Es de los que se
dejan matar por las ideas. Estos son los hombres que nos hacen falta:
muchachos de talento y de buena fe que hablen al pueblo y le llenen de
agitacin.

--Y ese otro bobalicn que hemos ido  buscar hoy?

--Ese es chico listo tambin, pero de una inocencia angelical. Tenemos
muchos de stos que son los que han de hacer la mejor parte sin costar
nada. Cabanillas vale; pero ese no es tan barato: est el pobre muy mal,
y hay que favorecerle. Ayer le encontr llorando en la casa; me di
mucha lstima. El trabaja con repugnancia en nuestro asunto; pero no
tiene otro remedio, porque est sin un cuarto.

--Pues mira que yo estoy tambin....

--Vers qu bien va  salir esto--dijo el Doctrino bajando la voz.--Y
para entonces ya podemos contar con fondos. Los tiempos estn malos,
Carrillo; y si uno no se agarra  los buenos faldones...

--Eso mismo digo yo. Pero me das  no esa oncilla?

--Esprate  pasado maana. Tengo orden de no repartir todava.

El Curro y el Doctrino bajaron despus de haberse despedido desde la
puerta y  gritos del poeta clsico.

La _Fontana de Oro_ sirvi al Rey y  la reaccin ms que los frailes y
los facciosos, porque en ella haba un cncer que en vano trataban de
cortar algunos hombres prudentes, expulsando  quien no era culpable. El
cncer de la venalidad continu corrompiendo aquella asamblea, que no
tena un rival, sino una sucursal en la _Fontanilla_.





CAPTULO XXVII



#Se queda sola#.


Cuando Lzaro volvi  su casa, tembl en presencia de Coletilla. Pero
bien pronto su terror se troc en sorpresa al ver que, lejos de
mostrarse indignado el viejo por haberle visto en compaa de los
frenticos de la _Fontana_, estaba un poco menos adusto que de
ordinario, y hasta lleg  manifestar cierta benevolencia, que era en l
cosa muy rara.

Aquella noche y  la maana siguiente volvi Lzaro  intentar la
difcil empresa de ver  Clara. Era cosa imposible, porque el sistema de
clausura empleado en la joven por sus tres carceleras, por aquel Cerbero
femenino de tres cabezas y tres cuerpos, era inexorable. Clara viva
peor que un cenobita, peor que esos prisioneros de que hablan las
historias antiguas, sepultados en vida, cuerpos vivos para el dolor y
los horrores de la soledad. Dios tenga piedad de esta infeliz!

Pero si Lzaro no poda verla, el abate Carrascosa pudo aquel da, con
permiso de la devota, entrar  enterarse de la salud de _su seora doa
Clarita_; y al hallarse con ella, sac un papel del bolsillo, y
hacindole seas de que callase, se lo di  la joven furtivamente. Sin
decirle una palabra, sali.

Clara se puso como la grana; su primer pensamiento fu romper la carta;
pero le ocurri que poda ser de Lzaro. Tal vez el pobre muchacho se
haba decidido  escribirle, no pudiendo verla, y se vali del abate,
que era sin duda su amigo. Guard en el seno la carta, y esper.

La devota no tard en venir, y se sent junto  ella.

--No sabe usted--dijo--que vamos esta tarde  la procesin del
Divino Pastor?

--S?--contest Clara maquinalmente.

--S; pero usted no va. Han resuelto que se quede usted aqu, porque las
jvenes que estn en penitencia no deben salir nunca de casa. No piensa
usted lo mismo?

--Lo mismo--dijo Clara, temblando por miedo de que le conocieran en el
semblante que tena una carta escondida.

--Vamos al balcn do una amiga nuestra, desde donde se ve todo
perfectamente. Estar muy vistoso. De San Antn salen tres imgenes, y
dicen que es tambin muy probable que salga el Cristo de las Llagas de
la capilla de Santa Mara del Arco. Todo esto pasa por la calle de San
Mateo,  donde vamos nosotras.

No dijo ms. Ya estaba arreglada para salir. Su vestido era el de las
grandes solemnidades, el mismo de otras veces; pero cosa singular! su
toca estaba plegada en la frente con cierta presuncin de monja novicia,
presuncin que no careca de gracia. Su mantn, cuyo velo impenetrable
le cubra otras veces completamente el rostro, apareca ahora echado
hacia atrs con una franqueza que el rgido dominico de la antigua casa
de los Porreos habra calificado de desenvoltura.

Si Clara hubiera estado menos preocupada en aquel momento y tenido un
carcter ms observador, sin duda se habra de admirar al ver  doa
Paulita afectada de distracciones intermitentes; habra notado que se
sonrea con frecuencia, movindose sin cesar; que despus se pona muy
triste, permaneciendo quieta y como abstrada; que luego le daba una
especie de acceso de despecho, crispaba los nervios y cerraba los ojos,
ergua el cuello y pareca atenta  ruidos lejanos, no escuchados de
otro alguno. An hay ms: si Clara no hubiera tenido el rostro tan
inclinado sobre la costura como de ordinario, habra reparado que la
devota se levant, y acercndose  un pequeo espejo de cristal de roca
(obra admirable del siglo XVII, adquirido en Venecia por el undcimo
Porreo), se estuvo mirando por espacio de tres minutos con singular
atencin. Hay pruebas irrecusables de que jams en ningn tiempo haba
reflejado la histrica superficie de aquel espejo la faz de la dama.
Tambin sabemos que aquella no era la primera vez que se miraba; que la
noche anterior y el da anterior se haba mirado tambin, observndose,
sobre todo por la noche, con gusto y calma. Es indudable que medio
cerr los ojos para verse no sabemos con qu grado de luz, y que
recogi despus los labios, mostrando  la curiosidad insaciable del
cristal lisonjero las dos blancas y nacaradas filas de sus hermosos
dientes. Este fenmeno nos ha obligado  trabajar mucho para descifrar
ciertos misterios, cuyo conocimiento es necesario para la continuacin
de esta historia.

En el otro cuarto, Mara de la Paz y Salom haban exhumado de las
profanas gavetas unas vetustas vestiduras de seda valenciana, que haban
sido en mejores tiempos elegante ornato de sus personas. Suspendieron en
sus cabezas sobre solidsimas peinetas la mantilla negra de pesados
encajes, y Paz abri una pequea caja de cartn en figura de atad, que
aun conservaba el perfume fiambre de las guanteras de 1790, y de esta
caja sac un abanico de doscientas varillas que, al desplegarse como la
cola de un pavo real, haca ms ruido que una perdigonada. Salom se
colg en la mueca de la mano izquierda un ridculo, donde puso, adems
de sus espejuelos, un frasquito de esencia y otras baratijas.

--Y dejamos aqu  ese joven?--dijo Paz, mirando  su hermana
con estupor.

--Cmo? No es posible--contest la del ridculo con espanto.--Si queda
Clarita en casa....

--Qu horror! Hay que llevar con nosotras  ese joven....--Pero
qu dirn?...

En esto entr la devota. Elas andaba por all cerca.

--Qu dirn si llevamos con nosotras  ese joven!...--continu Paz.

--A ese joven? ...--repiti Paulita.

--S: qu dirn? Jess!--exclam Salom.

--Nada dirn--manifest la devota, mirando para otro lado.--Es un
servidor, un caballero que nos acompaa. Y, sobre todo, el mal est en
las intenciones, no en las apariencias. Qu pueden decir? Nosotras,
es verdad que no necesitamos caballeros; pero no es indecoroso que
ese joven nos acompae. Oh! No atendamos tanto  las preocupaciones
del mundo.

--Pero si  ese joven le conocen por libertino--dijo Paz--y le ven con
nosotras....

Ante este argumento vacil un momento la mujer mstica, y casi no supo
qu contestar. Pero no era persona que se dejaba vencer fcilmente en
una disputa, y tomando fuerzas, prosigui:

--Oh fragilidad de las cosas mundanas!...No temamos al qu dirn. Sobre
todo, yo no creo que ese hombre sea un libertino. (Elas haba entrado,
y escuchaba con mucha atencin  la devota.) Tiene buen corazn, y si ha
cometido algn error es por falta de experiencia y de gua. Pero yo le
he comprendido bien, y s que se enmendar, si ya no se ha enmendado, y
est derramando lgrimas ocultamente por sus yerros pasados. Que venga.

Elas no la dej concluir. Arrebatado de entusiasmo, alz los
brazos y grit:

--Lzaro, Lzaro!

Antes que Lzaro llegara, el realista se lanz fuera, y le trajo , ms
bien, le arrastr.

--Arrodllate ah--le dijo con voz fuerte, presentndolo ante la
devota.--Arrodllate delante de esa santa. Ha dicho que tienes
buen corazn.

Lzaro estaba perplejo, las dos viejas absortas, la devota satisfecha y
Elas entusiasmado. Que quieras, que no, el joven tuvo que hincarse.

--Hncate, hombre, hncate--dijo el to.--Ahora bsale la mano.

Lzaro, que sin darse cuenta obedeca las rdenes violentas de su to,
bes respetuosamente la mano de la santa, y la tuvo estrechada un
momento entre las suyas.

--Prostrnate ante la virtud--deca Elas;--t, pecador indigno de ser
perdonado. Ha dicho que tenas buen corazn. No, seoras: no lo tiene.

Doa Paulita hizo esfuerzos heroicos para aparecer con cierta dignidad
arquiepiscopal en el momento en que Lzaro le besaba la mano,
arrodillado ante ella; pero su decoro de santa fu vencido por lo mucho
que empezaba  tener de mujer. Cuando sinti los labios del joven
posados sobre la piel de su mano, tembl toda, se puso plida y roja con
intermitencias casi instantneas, y una corriente de calor ardientsimo
y una rfaga de fro nervioso circularon alternativamente por su santo
cuerpo, no acostumbrado al contacto de labios humanos.

Despus de una pausa, principi  recobrar su aplomo y dijo:

--Qu locura! Santa yo! Levntese usted, caballerito (no se atrevi 
decir _joven_.) No he dicho ms sino que confo en que tendr buen
juicio y se enmendar.

--Pues no ha dicho que te perdona las faltas que has cometido? Qu
virtud! Qu herosmo cristiano!--exclam Elas.--No te anonadas? Pero,
hombre, levntate: qu haces ah de rodillas?

El joven se levant, mientras Paz pona fin  esta vehemente y
conmovedora escena, diciendo framente y con desdn: "Vmonos".

--Preprate  acompaar  estas seoras--dijo Coletilla.

Al estudiante le contrari mucho este mandato. El haba odo decir en la
mesa aquella maana que Clara no ira  la procesin, y haba formado
sus proyectos para verla aquel da. La obligacin de acompaar  las
tres seoras le pareci la mayor desgracia que poda ocurrirle aquel
da. Pero cmo era posible resistir  las rdenes de aquel tirano?
Lleno de despecho tom su sombrero y baj con las tres ilustres ruinas,
que se llevaron una de las llaves de la casa, dejando  Clara la
consigna de no salir del cuarto. Elas, que quedaba tambin en la casa,
tena la otra llave.

No haca cinco minutos que las Porreas navegaban hacia la calle de
San Mateo, cuando lleg el abate Carrascosa muy presuroso y toc 
la puerta.

Elas baj  abrirle.

--Venga usted, amigo; venga usted al momento--le dijo con agitacin.

--Pero  donde, hombre,  donde? Est la casa sola. No puedo salir.

--Que no puede usted salir?-dijo el abate asombrado.--Pues buena la hace
usted si no sale al momento y viene conmigo  donde yo le lleve.

--Pues qu hay, Carrascosa?

--Venga usted, y hablaremos por el camino.

--Hombre, la casa....

--Qu casa ni qu ocho cuartos. Cierre usted y vmonos.

--Queda aqu esa muchacha.

--Pues djela usted encerrada y venga, porque esto no es cosa para
andarse con peros....

--Pero qu hay? Sepmoslo.

--Hay que si usted no viene ahora mismo conmigo  la _Fontanilla_ ... ya
sabe usted ... el club de esos muchachuelos.... Si usted no viene
conmigo, va  haber un conflicto.

--Pero qu es ello, hombre?

El abate no haba inventado de antemano la mentira que necesitaba
emplear para salir de la casa de Elas: as es que se vi aturdido por
un momento; pero su astucia frailesca no le falt.

--Pues parece que esos chicos estn alborotados, y dicen que usted
les ha engaado: que usted no tiene poderes de ... de aquella
persona; que usted....

--Que no tengo poderes?--dijo Elas.--Cuidado con los nios.
Liberalitos al fin!

--Y parece que quieren armar un alboroto esta noche--dijo Carrascosa,
seguro ya de la mentira que haba de encajarle.

--Esta noche!--exclam Elas, llevndose las manos  la cabeza. Esos
chicos estn locos! Lo van  echar todo  perder.... Pero quin les ha
dicho que esta noche. Vaya con los nios! Pero voy all al momento.

--Venga usted, porque si tarda....

--Voy, voy al momento. Cerrar la puerta y me llevar la llave. No
importa. Las seoras tienen otra.

--Vamos.

El abate haba conseguido su objeto, que era alejar  Coletilla de la
casa aquella tarde, para que Clara se quedase sola. En tanto las
esfinges se acercaban al trmino de su viaje, y Lzaro las segua,
revolviendo en su mente el plan que en un momento de colrica
inspiracin haba concebido. Consista este plan en dejar  las tres
ruinas en medio de la calle, cuando ellas estuvieran ms distradas con
la procesin, y volver atrs. Pero esto tena sus inconvenientes. Cmo
entraba en la casa? Rompiendo la puerta? Y su to que estaba dentro?
Terrible era aquella situacin. Vivir con ella y no verla! Oir que
continuamente imputaban  aquella infeliz faltas y crmenes inauditos, y
no poder acercarse  ella y preguntarle. "Qu has hecho?".

Las tres Porreas marchaban acompasada y pomposamente, sin proferir una
palabra. As llegaron  la casa desde donde haban de ver pasar la
procesin, que era la casa de un clrigo llamado don Silvestre
Entrambasaguas y de su hermana doa Petronila Entrambasaguas.





CAPTULO XXVIII



#El ridculo.#


Era don Silvestre un clrigo carilleno, bien cebado, grasiento, avaro,
de carcter jovial, algo tonto, mal telogo y predicador tan campanudo
como hueco. Su hermana era una duea quintaona, gruesa y muy pequea,
con la nariz del tamao de una almendra y del color de un tomate,
abultadsimo el pecho, y el talle y las caderas tan voluminosas que le
daban el aspecto de un barril. Las tres ruinas aristocrticas no
hubieran nunca descendido en sus buenos tiempos  tratarse con aquel par
de personas de baja extraccin (porque eran hijos de un tocinero de
Almendralejo, y l cuid cerdos en las dehesas de Badajoz hasta que
entr en el Seminario); pero en los tiempos de decadencia podan
visitarse y tratarse, aunque siempre con cierto decoro, y estableciendo
tcitamente la diferencia de las antiguas jerarquas. Se haban conocido
en el locutorio de las Gngoras, en cuyo convento exista una monja
perteneciente al linaje de los Entrambasaguas. La amistad de las
Porreas y don Silvestre y su hermana llevaba ya cuatro aos de mutuas
cortesas, de mutuas frmulas urbanas y de confianzas decorosas.

Tomaron asiento las tres, y enteraron  sus amigos de quin era aquel
joven que _decorosamente_ las acompaaba. Mara de la Paz, en su afn de
decirlo todo, expuso, con su lucidez acostumbrada, que aquel caballerito
haba estado en el camino de la perdicin  causa de las malas
compaas; pero aadi que ellas le protegan, y esperaban lograr
traerlo al buen camino.

--De dnde eres, muchacho?--dijo el padre, que era muy brusco, muy
francote, y trataba de _t_  todo el mundo.

--De Ateca, en Aragn.

--Ateca? Buena tierra! Buenos torreznos! Buena fruta!... Y no
estudias, hombre, no estudias?

--S, seor: estudio para abogado.

--Bueno est eso!--dijo el clrigo con risa brutal. Abogado! De qu
sirve eso? Por qu no estudias Teologa y Cnones?

--Algo de eso estudi en Zaragoza.

--Zaragoza! Buena tierra! Buen carnero, buen lomo; pero no como en mi
tierra, en Extremadura ... porque yo soy extremeo. Dime, por qu no
has estudiado para cura?

--Porque no tengo vocacin para esa carrera.

Doa Paz hizo un gesto de sorpresa y reprobacin, como si el joven
hubiera dicho una gran irreverencia. Despus, acumulando en su rostro
todos los rasgos de desdn y acritud de su gran repertorio, dijo:

--Ah! seor don Silvestre, con mucha razn le sorprenden  usted los
despropsitos de este joven; pero no tiene usted en cuenta que ha
vivido hasta hace poco en el ms lamentable extravo. Ya se corregir;
hay una persona que ha tomado  cargo su educacin, y creemos que
lograr el intento.

--Que no tena vocacin!--exclam Entrambasaguas con voz de
trueno:--eso es una irreverencia.

El estudiante baj los ojos aturdido  indignado. Despus mir como
nico consuelo  la devota, por ver si, como otras veces, sala 
defenderle; pero la devota, que miraba tambin con atencin
contemplativa, pensaba en otra cosa que en defenderlo.

--Mi seora doa Paulita--dijo el clrigo dirigindose  la _rosa
mstica,_--sabe usted que he ledo el libro _De albigensium
erroribus_, y estoy conforme con lo que dice el Padre Paravicino, que
_pietas in pietate contra ecclesia nulla contemnere pios?_ Qu le
parece  usted esta opinin? Porque _a doemonio numquam salus
inveniatur_. Vamos, diga usted que es gran teloga.

Paulita no contest; y otro menos bruto que el Padre Silvestre
hubiera comprendido que aquella extempornea consulta teolgica la
contrariaba mucho en tal momento. El instinto femenino se sublev
all contra toda la uncin consuetudinaria de la santa. No contest,
y cosa singular! la que siempre se haba ruborizado cuando en
presencia de los curas le hablaban de cosas mundanas, se ruborizaba
ahora porque la hablaban de Teologa.

--Yo no s ... yo no entiendo ... yo no he ledo ese libro--contest al
fin, viendo que el majadero de Entrambasaguas repiti su pregunta,
adornada con dos  tres festones ms de latn.

--Pues no me lo recomend usted aquel da que hablamos en el
locutorio de las monjas con el obispo de Calahorra, cuando dijo usted
aquello de San Dionisio Areopagita, que empieza ...? A ver cmo
empieza? No se acuerda?

--Yo no--dijo la devota, muy colorada y muy inquieta, por no hallar
pretexto para mudar de conversacin.

--Pero no me recomend usted ese libro _De albigensium erroribus?_ Si
me dijo usted que era lo mejor que se haba escrito ...--insisti el
majagranzas del clrigo.

Un rumor popular y el spero taido de los fagotes vinieron  sacar de
apuros  nuestra amiga anunciando la procesin. Se dispuso ocupar
inmediatamente los dos balcones: en uno se coloc el clrigo con Mara
de la Paz y Salom; en otro se coloc la gorda, doa Paulita y Lzaro.
Un enorme tiesto, donde creca con extraordinaria lozana una adelfa,
estorbaba la comodidad de estas tres personas. La gorda estaba en medio,
y era imposible acomodarse con holgura  causa de doa Petronila y de la
adelfa. Pero al fin, despus de mil cumplimientos, la devota se encontr
en medio, teniendo  la derecha  Lzaro y  la hermana del clrigo  la
izquierda.

La procesin empez  desfilar. El clrigo hablaba por los seis, y
hablaba tan fuerte, que los transentes se quedaban mirando  los
balcones. Algunos de los curiosos notaron en el rostro de doa Paulita
una muy grande agitacin, y el autor de este libro, que era uno de los
que pasaban, not con sorpresa (porqu conoca de odas su carcter) que
entre la frente de la dama y los cabellos del joven, no haba otra cosa
que algunas hojas y una flor de la adelfa criada en el balcn. Lzaro no
atenda al gento ni  los santos ni  nada. El despecho por encontrarse
all mal de su grado le ocupaba todo.

En el otro balcn haca don Silvestre detallado relato de las cofradas,
pendones, estandartes, imgenes y corporaciones que iban desfilando.
Salom ostentaba en su mueca el ridculo, que caa sobre el antepecho
del balcn, ofreciendo al asombro del numeroso pblico los vivos colores
de sus mostacillas azules y de sus lentejuelas doradas. Era el tal
ridculo primorosa obra, en cuya elaboracin tomaron parte las delicadas
manos de su duea; obra del siglo pasado y del ao 94, en que la dama lo
luci en los paseos de la Florida los das de invierno, con gran
aceptacin de la juventud de entonces. Salom profesaba mucho cario 
aquella prenda, porque le pareca que al ceirla  su mueca llevaba
consigo un amuleto de perpetua juventud.

--Se te va  caer--le dijo su ta, viendo cmo se balanceaba la prenda
sobre el antepecho del balcn.

--No se cae--dijo Salom, que gustaba mucho de lucir en las grandes
solemnidades aquel mueble hereditario, y crea que desde la calle haca
un efecto magnfico.

La ordenada turba de monagos, clrigos, cofrades, archicofrades y
penitentes segua desfilando. La gorda y su hermano se hacan lenguas
cada vez que pasaba un estandarte, una cruz. El codo de Lzaro tocaba el
codo de la devota, y sta tena cruzadas las manos, y la cabeza
inclinada  un lado, porque sin duda le halagaba el suave roce de las
adelfas. Despus se pas la mano por los ojos como si se apartara un
velo imaginario.

Cuando la procesin estaba en su lleno, digmoslo as, un grito
reson en el balcn inmediato. Oh dolor! El ridculo de Salom haba
cado  la calle.

--Y est en l la llave de la casal--dijo Paz con terror.

Lzaro no necesit or ms; su determinacin fu rapidsima. Se quit
del balcn, y dijo vivamente:

--Voy  buscarlo.

El ridculo cay sobre las cabezas de los transentes; pas de mano en
mano, y fu arrastrado por la multitud do tal modo, que un momento
despus de cado estaba  gran distancia. Lzaro, que vi esto, baj
rpidamente, lleg  la calle y atraves, con mucho trabajo, por entre
la multitud. Su determinacin era decisiva.

--Qu feliz coincidencial--deca para s.--All est la llave: la tomo,
corro  la casa, abro; el viejo debe estar arriba durmiendo la siesta:
entro, la veo, la hablo, la digo ... qu s yo lo que le voy  decir ...
y me vuelvo  escape. Si las viejas sospechan, inventar cualquier
mentira. No hay ms remedio.

Al fin lleg jadeando y con mucha fatiga al extraviado ridculo. Lo
tena una mujer que lo estaba registrando, y viendo, que no contena
cosa de valor, no pareca mostrar gran empeo en conservarlo. Lzaro lo
tom. El oleaje del gento le haba llevado  gran distancia de la casa
de Entrambasaguas. Desde el balcn no podan verle. No dud ms, y ech
 correr por una de las calles transversales hacia la casa.

La ansiedad propia de la situacin y la marcha precipitada le agitaron
de tal modo, que tuvo que detenerse para respirar. Por fin la vera sin
duda. Lleg  la casa, entr, subi la escalera; pero antes de
resolverse  abrir se detuvo, y necesit apoyarse en la pared, porque la
agitacin le haba quitado las fuerzas. Pens que ella se asustara al
verle entrar tan descompuesto, al sentir abrir la puerta. Por fin, con
la mayor cautela, puso la llave en la cerradura, le di vueltas y abri
muy quedo. Entr, volvi  cerrar y di algunos pasos. Era ya tarde: la
casa estaba obscura; no vea nada. Anduvo  tientas un rato. Al fin
distingui los objetos, y sigui por el pasillo.

Silencio sepulcral reinaba en la casa. "Sin duda don Elas duerme
arriba"--pens, y sigui andando hasta acercarse  la puerta del cuarto
donde Clara deba estar. "Para que no se asuste" pens Lzaro, trmulo
de emocin, como quien va  cometer un crimen,--lo mejor ser
acercarme  la puerta y llamarla muy quedito. "As no se asustar."
Avanz ms, lleg  la puerta, y tomando aliento para pronunciar las
dos slabas de aquel nombre que amaba tanto, se par, y con voz baja y
conmovida dijo: "Clara."

Pero en el instante mismo en que pronunci esta palabra, se estremeci
de sorpresa y terror. Un fro intenso circul por todo su cuerpo; toda
la sangre se le agolp al corazn, que lata con violencia
desenfrenada, y qued inmvil como estatua junto  la puerta. En el
momento de pronunciar el nombre de Clara, haba sentido dentro de la
habitacin una voz de hombre, una voz de mujer y pasos precipitados.
Pronto veremos lo que hizo.





CAPTULO XXIX



#Las horas fatales.#


A las cuatro de aquella tarde, cuando, despus de salir las tres damas,
Clara se encontr sola, quiso satisfacer su curiosidad leyendo la carta
que le haba dado el abate; pero observ que Elas andaba por el
pasillo: tuvo miedo, y la guard. Media hora despus, habiendo Coletilla
salido con Carrascosa, se qued sola, enteramente sola y encerrada.
Entonces abri la carta. Era sin duda de Lzaro, y casi saba punto por
punto lo que haba de decir. Pero su sorpresa fu grande cuando mir la
firma y vi: _Claudio_.

--Claudio! quin es Claudio?--exclam con la mayor confusin.

La carta deca as:

"Ya te he devuelto, amiga ma,  ese joven prisionero  quien tanto
quieres. Yo le he sacado de la crcel, donde el infeliz estaba  punto
de morirse de hambre y de fro; le he sacado tan solo porque es tu
amigo. Ya sabes que t y yo somos tambin verdaderos amigos. Ese joven
parece que te quiere bien; pero no como yo, que te idolatro; y tan
desventurado soy ausente de ti, que hoy voy  intentar verte y hablarte
entrando por una casa vecina. No te llame la atencin: estoy decidido.
Por m han salido esas tres viejas; por m ha salido Elas; por s ha
salido Lzaro. Ests sola y encerrada; encerrada para todos menos para
m, que te ver esta tarde. No tengas miedo: slo quiero verte y
hablarte. Te lo asegura, te lo promete el que te adora.--_Claudio_."

--Claudio!--dijo Clara doblando la carta:--quin es este hombre?
Y quiere entrar aqu! Jess, qu miedo! Qu debo hacer? Cerrar
las puertas?

Clara empez  temblar de miedo; no poda tomar resolucin ninguna. Por
fin evoc todo su valor: se dirigi  la puerta que daba al pasillo, y
le ech el cerrojo; despus corri  la puerta que comunicaba con la
habitacin inmediata con intento de cerrarla tambin; pero ya era tarde,
porque Bozmediano entr muy tranquilo en el cuarto.

--Jess!--exclam Clara, retrocediendo con espanto. Vyase usted, por
Dios. Qu atrevimiento! Pero no pudo seguir, y se ech  llorar.

--Vyase usted.... Si vienen.... Por Dios, seor caballero (no se
acordaba del nombre). Vyase usted.... Usted es muy bueno y me dejar
sola. Si vienen ahora, qu van  decir?

--No vendrn: tranquilzate--dijo Bozmediano algo contrariado por aquel
recibimiento.--Somos ya verdaderamente amigos. Hoy vengo  hablarte, 
verte. Ya sabes que me he declarado tu protector.

En el sistema amatorio de Bozmediano estaba el tutear  las muchachas 
la tercera entrevista.

--Yo no quiero que usted me proteja. Si estoy muy bien aqu--afirm
Clara con angustia.

--Bien aqu?--dijo el militar, cerrando los puos. Bien aqu? Como que
voy  ahorcar  esas tres arpas que te estn martirizando. Cuando
pienso que un viejo fantico y tres mujeres ridculas estn hoy en el
mundo slo para mortificarte y asesinar lentamente  la ms noble y
amable criatura que ha nacido.

--Si  m no me atormentan--dijo Clara, cuya atroz inquietud se
manifestaba en un llanto entrecortado, que acobard por un momento al
galn aventurero.--Vyase usted, por Dios, yo se lo ruego, se lo pido
por Dios y todos los santos.

--Irme sin ti? Eso no puede ser.

--Jams consentir yo en salir con usted--exclam la joven con
resolucin.--Vyase usted, seor caballero (otra vez no se poda acordar
del nombre): usted es muy bueno, yo lo s. Pero si tarda un momento ms
en marcharse, le odiar toda mi vida. Vyase usted, por piedad.

--Y si me voy, qu va  ser de ti, pobrecilla?--dijo Bozmediano con
melancola.--Si yo te abandono, qu va  ser de ti en poder de estos
cuatro demonios? Cmo he de consentir el crimen espantoso de este
encierro, de esta soledad, de este marasmo, de esta tortura lenta que te
aplican esas infames? No, Clara: t me conoces muy bien en las pocas
veces que me has tratado para saber que yo no puedo consentir tal cosa.
Si yo te abandono, pasar un da y otro da sin que nadie se atreva 
hacer cosa alguna para salvarte. Ese joven,  quien yo he sacado de la
crcel, tiene una imaginacin disparatada; pero no resolucin ni nimo
para sacarte de penas. Esta es la verdad: no esperes nada de quien nada
puede ni nada sabe hacer por ti. Creme: no tienes ms esperanza que yo.
Y por mi parte, seguro estoy de que no te opondrs  mi resolucin, que
no tiene ms objeto que tu felicidad.

--Pero si yo no quiero que haga usted mi felicidad dijo Clara ms
inquieta.

--Pues entonces, quin la va  hacer? Hurfana, sola en el mundo,
rodeada de enemigos y de malvados, sin que haya nadie que se interese
por ti....

--Oh!--dijo la hurfana vivamente, creyendo encontrar un gran
argumento:--s, s tengo quien se interese.

--No, no lo creas, no. Ese joven no har nada: le conozco, conozco su
carcter. La prueba es que vive aqu hace das, que sabe tus
sufrimientos y nada ha hecho por aliviarlos. Ha intentado algo? No: yo
s que no. No se atreve.

--Que no se atreve? S, s ... Pero vyase usted, por Dios. Si
vienen ... No se detenga usted un momento ms; yo se lo ruego. Me va
usted  perder.

--Clara, Lzaro no har nada por ti. Su imaginacin est embebida en la
poltica. No esperes nada de l.

--S, s espero: me salvar. Estoy segura de ello--dijo
dolorosamente la joven.

--Por dnde lo sabes?

--El mismo me lo ha dicho.

--El? No puede ser. Yo dudo que haya podido verte, segn me han dicho.

--Pero me ver, me salvar. Yo no necesito de usted.

--S necesitas de m. Tengo esa vanagloria, nica recompensa del grande
amor que te tengo--dijo Bozmediano con expresin clarsima de verdad.

--Pero si yo no le quiero  usted ni le puedo querer. No le he visto ms
que dos veces, y eso sin mi licencia.

--Ese poco tiempo ha bastado para que te quiera yo.

--Yo se lo agradezco  usted; pero cuando se vaya dijo la hurfana.--Qu
modo tan raro tiene usted de favorecerme, asustndome de esta manera y
comprometindome! Ah! Vyase usted, por Dios. Van  llegar y le van 
ver aqu. Jess, qu hombre!

--No vendrn. La procesin es larga.

--Pero si viene l?

--Quin es l?

--El viejo.

--Ese primero muere que venir.

-Pero si le ve  usted la vecindad? Y, sobre todo, aunque no le vean
... Yo no quiero que est usted ms tiempo aqu; no le quiero ver.

Clara estaba tan consternada y era tan resuelta su actitud, que
Bozmediano empez  dudar del xito de su aventura, y estuvo un
rato indeciso.

--Clara--prosigui sentndose con familiaridad,--tu no me conoces. No
sabes de lo que yo soy capaz. Yo soy capaz hasta de sofocar mis
sentimientos haciendo por tu felicidad el sacrificio de la ma. T no me
conoces, ni aciertas  juzgarme, ni ves en esta empresa que acometo otra
cosa que una intencin daada y vil. Si viera junto  ti  alguna
persona capaz de sacarte de esta miseria, no me opondra  que me
dijeras, como me has dicho, que no me quieres ver. Yo dejara entonces 
otro el orgullo de quererte y hacerte feliz; pero esto no es posible. Tu
situacin es tan desesperada, que quiero salvarte  pasar tuyo,
arrostrando hasta tu ingratitud, que es lo que ms temo. Si me ves aqu,
es porque nadie existe en esta casa que pueda ampararte.

--Bien: yo lo agradezco, seor caballero; pero djeme usted. Ay! Si
Lzaro sabe que ha estado usted aqu....

--Si lo sabe, nada le importa. El no piensa ms que en poltica; ni en
aquella cabeza hay la discrecin y la astucia que t necesitas para
salir de aqu. En aquel corazn no caben ms que las desenfrenadas y
vulgares pasiones del pueblo, capaces tal vez de un hecho notable, pero
intiles para consolar  un ser dbil y delicado.

--S, l me salvar: yo lo s--repiti Clara un poco menos asustada y
ms triste.--No, no lo esperes.

--S, lo espero. Por qu no lo he de esperar? Por qu me dice usted
eso? Qu sabe usted lo que l puede hacer por mi?

--Pero es posible que le quieras tanto?--dijo Bozmediano, que no crea
encontrar tanta firmeza.

--S, le quiero. Pero usted,  qu me pregunta esas cosas?

--Lo pregunto por saberlo--dijo con mucha calma el militar.--Ahora
repito que t no sospechas de qu acciones soy yo capaz. Creers que es
posible, si me pruebas que le quieres tanto, que yo le comprenda en esta
proteccin generosa que te consagro, y me interese por los dos tanto
como ahora me intereso por ti? Pero falta una condicin para esto. Dudo
mucho que l te quiera como t mereces, y si es como yo sospecho, le
creer un hombre indigno y le apartar de ti cuanto pueda. Le saqu de
la crcel para probarte que procedo en estas cosas, como en todo, con
buena fe y caballerosidad. Cuando te vi por primera vez, y comprend lo
que era tu vida, la poca esperanza de tu porvenir y la bondad de tu
corazn, me di tanta lstima, que ... no s ... casi te am desde aquel
momento como ahora. Para m fu entonces el amor tan poco egosta, que
no entraba para nada mi persona en las cavilaciones que da y noche
ocupaban mi imaginacin. Despus supe que exista, un joven  quien t
queras mucho; supe que este joven estaba preso y le puse en libertad
por ti y para ti. Nunca tuve intencin de apartaros  los dos; al
contrario, mi deseo era uniros si l lo mereca. Pues bien: yo me he
convencido de que l no merece tal cosa y es indigno de ti. Clara no
supo qu contestar  estas palabras. Y  la verdad que no era fcil
conocer si tan elocuente expansin de bondad y afecto era verdadera 
simplemente un ardid galante de los que tambin usan los seductores.

--S; pero entre tanto--dijo la muchacha,--usted me compromete; usted me
pierde para siempre. Si viene alguno de la casa y lo ve,  descubre que
ha entrado aqu....

--Nadie lo puede descubrir.... Pero es cierto, Clara que quieres
tanto  ese muchacho?--dijo Bozmediano, queriendo imprimir  sus
palabras cierto tono de jovialidad, que estaba muy lejos de tener en
aquel momento.

El joven galanteador haba errado el tiro; el aventurero de amor crey
que haba deslumbrado  Clara con la conversacin de sus dos primeras
visitas. "Y era que tena muy alta idea de sus propias dotes personales
para dudar de que una muchacha sencilla, educada por un fantico, y sin
conocer otras pasiones que las vulgares inclinaciones de aldea, pudiera
resistir  ellas. Crey asimismo que el hecho de poner en libertad al
que poda considerar como rival, influira mucho en el nimo de la
hurfana. El haba empleado otras veces con mucho xito procedimientos
parecidos. Adems, Lzaro le haba parecido algo brusco, poco amable,
poco digno de ser amado, poco interesante."

--S--contest Clara,--le quiero. Se lo juro  usted, que dice que me
tiene amistad.--Y le quiere usted mucho?--Mucho. Vaya, ahora se puede
usted marchar. El militar se qued muy pensativo. Vise un poco ridculo
en aquella situacin; pero siempre triunfaba de su amor propio la bondad
de su corazn. En aquel momento pensaba en renunciar por completo  todo
y tratar por cualquier medio de contribuir  la felicidad de los dos
muchachos.

--Pero no se marcha usted?--dijo Clara, volviendo  su inquietud.

--S, me marcho ya. Pero ... no--aadi con determinacin,--no puedo
consentir que te quedes en este sepulcro. Me parece que si te dejo aqu
no he de verte ms. Pero ese hombre, ese exaltado, en qu piensa? qu
hace? cmo tiene alma para verte en poder de esas arpas, y no pegar
fuego  esta casa maldita?

--El me quiere--dijo Clara, resuelta  decir todo lo que pudiera
determinarle  marcharse.

--No: te dejar morir de hasto en esta crcel. Lo s; conozco bien
 ese loco.

--Oh! se interesa por m: estoy segura de ello.--Nada ms que eso? Se
interesa!--Padece mucho al verme as--exclam Clara con dolor.

--Oh! Las tres pcoras de esta casa me la han de pagar. Pero es cierto
que te mortifican?

--Oh! me consumo--dijo Clara sin poder contener una triste franqueza.

--Malditas! Pero ese hombre, qu hace?

--Har mucho, har lo que pueda. Es pobre....

--Pobre!--dijo l muy pensativo.--Y qu esperas de una persona que
slo podr hacerte ms infeliz? Oh, juro que si ese joven no te
corresponde, me la ha de pagar! Bozmediano se levant. En aquel momento
la palidez de Clara aument sbitamente, porque crey que senta abrir
la puerta de la escalera; pero Claudio la tranquiliz dicindole que se
equivocaba.

--No temas nada--dijo prestando atencin;--nadie puede venir.

--Pero  qu est usted aqu ms tiempo?--dijo ella, repuesta del
susto.--No le he dicho ya lo que quera saber?

--S, y me voy. Ahora s, me voy; pero es para volver.

--Otra vez?

--S: insisto en creer que no hay para ti ms esperanza que yo. El
marcharme ahora no quiere decir que te abandone, no. Me voy para
ocuparme de ustedes; yo me enterar de lo que vale ese muchacho. Si no
es digno de ti....

En este momento una voz apagada, trmula y conmovida pronunci
distintamente en el corredor la palabra "Clara".

La joven se qued petrificada de espanto, y la mirada que dirigi 
Bozmediano hizo comprender  ste cunto la haba comprometido. El galn
crey que el mejor partido que poda tomar era marcharse muy quedo,
seguro de que la persona que haba dicho "Clara", con voz que no
conoci, no poda haberle sentido. Hizo seas  la hurfana de que
callara, y se dirigi rpidamente, y con mucha cautela,  la puerta por
donde haba entrado. La joven no se mova, y slo en sus facciones se
poda conocer su gran turbacin.

Bozmediano sali. La voz dijo ms fuertemente: "Clara, Clara, abre."
Era la voz de Lzaro. El sinti desde fuera que haba un hombre en
el cuarto; sinti sus pasos al huir. Despus oy en lo ms interior
de la casa ruido como de un mueble que cae, y corri all frentico
de indignacin y sobresalto. Entr en el comedor, luego en un
pequeo pasillo que daba  un patio, subi la escalera que conduca
al piso segundo y  la buhardilla; pero al llegar arriba, ya
Bozmediano haba desaparecido, y slo pudo ver un bulto que se
ocultaba, cerrando vivamente una puerta desconocida. Tambin le
pareci ver la figura diablica del abate en el momento brevsimo en
que la puerta estuvo abierta.

--Bandidos!--grit con voz terrible. Nunca, haba sentido impresin tan
fuerte. Trat de derribar aquella puerta misteriosa; pero manos muy
fuertes lo impedan de la otra parte. Baj como un loco, volvi al
comedor, entr en la alcoba de la devota por donde mismo haba entrado
Bozmediano, y pas al cuarto donde estaba Clara. Encontrla temblando,
con los ojos llenos de lgrimas.

Cuando le vi entrar, la infeliz dijo, casi sin poder articular
las palabras:

--Ah! Lzaro, Lzaro, oye ... te dir ... espera. Pero la voz se le
anud en la garganta, y no pudo hacer otra cosa que llorar como un nio.

--Qu me vas  decir? Calla--exclam Lzaro con voz colrica.--Calla, y
no hables ms delante de gentes. Aqu quin estaba...? Ese militar...!
Pero es cierto lo que dicen...? Yo no lo haba querido creer,
aunque lo crean todos. Clara, Clara, qu ha sido de ti, qu has hecho?
Yo no lo quera creer! Si todos los santos del Cielo me lo hubieran
jurado hace un mes, les hubiera dicho que mentan. Pero ya lo he visto,
ya lo he visto.

La hurfana lloraba como si fuera culpable ... Por fin pudo decir:

--Por Dios, escchame. Yo te contar.--Qu me vas  contar?--dijo l
ms colrico.--Pero si voy  matar  ese hombre ... Oh! Clara--aadi
transformando su ira en intenso dolor.--Cmo has podido t ...? Yo estoy
loco, sin duda. Lo que he visto es una locura.

--No ... yo te explicar--le dijo ella recobrando su valor.--Ese hombre,
yo no lo conozco ... Un da entr en casa ... me dijo....

--No me hables, no me mires ... Todo lo he sabido. Por qu mi to te
puso en esta casa? Qu hiciste all? Por qu estas seoras te tienen
encerrada y sin ver  nadie? Qu has hecho? No te puedes disculpar, no.
Soy un necio si hago caso de las disculpas que me vas  dar. Bastantes
pruebas he tenido. Y fu tan ciego que nada quise creer! ... Nada ms
debo decirte ... Por qu te he conocido? Ma es la culpa; no tengo
derecho para acusarte. Eres libre. Adis.

Y sali muy  prisa sin esperar respuesta. Sali como un demente, y di
muchas vueltas por la casa sin saber  dnde iba. Si en aquel momento
se le hubiera presentado su to, reprendindole con su impertinencia
acostumbrada, Lzaro le hubiera atropellado, le hubiera maltratado,
hirindole tal vez. Al fin lleg  la puerta, trat de recobrar su
serenidad, abri y baj. Una vez en la calle, sinti el corazn tan
oprimido, que le fu imposible dejar de llorar.

Pero no le falt calma hasta el punto de olvidar que las viejas le
esperaban, y que su ausencia poda aumentar la gravedad de aquella
aventura. Dirigise  la calle de San Mateo, procurando por el camino
dominar su agitacin y disimular todo lo posible. Despus de atravesar
varias calles sin acertar con lo que buscaba, lleg  la casa de los
Entrambasaguas. Felizmente aun duraba la procesin. Entr en la casa,
subi y hall  Salom en extremo impaciente, mientras Mara de la Paz
se hallaba en un estado de irascibilidad terrible.

--Ha tardado usted ms de una hora: dnde ha ido usted?--exclam
mirando al joven con recelo.

--Seora ... seora ...--dijo Lzaro balbuciente,--no he podido ... Se
ha agolpado la gente en la calle ... y me he encontrado entre la
multitud sin poder volver. Despus una mujer cogi el ridculo y ech 
correr por esas calles. Ya se ve: tuve que seguir tras ella, y casi no
la alcanzo.

--Vamos, caballerito ... Si ha estado despejada la calle desde
hace una hora.

Salom se apoder de la prenda que crea perdida, y registr  ver si
faltaba algo.

--Sin duda se ha ido  perorar  algn club--dijo cuando vi que nada
faltaba y que lo era imposible reprender  Lzaro por otro motivo.

--Hombre, hombre!--dijo Entrambasaguas:--tambin t charlas en los
_clubes_? Eso es una iniquidad: mira que te condenas.

La devota no dijo nada: pudo su admirable instinto, que recientemente
haba adquirido extraordinaria fuerza, comprender que  Lzaro le haba
pasado algo durante su ausencia. No lleg  sospechar lo que fu, ni
dnde fu; pero pens mucho en aquello, mientras las ltimas figuras de
la procesin desfilaren por la calle.

--Ay! vmonos, que es tarde--exclam Mara de la Paz.

--Ya se van ustedes?--dijo el clrigo, que no vea la hora de que se
marcharan, porque desde la cocina llegaban  sus narices los olores de
la olla de carnero que le estaban preparando.

--Mi seor don Silvestre--dijo Paz,--no podemos detenernos, porque
ahora no somos libres. Nos hemos echado encima una carga muy pesada: la
tutela y educacin de una joven que nos dar muchos disgustos.

--Qu es eso?

--Es una joven desamparada--continu Paz,--que estaba en casa de un
amigo nuestro, soltero grave, el cual no poda sufrir sus
travesuras. Parece que ella es algo levantada de cascos; y viendo
que no la poda sujetar, nos la entreg para que la corrigiramos
... Todo por amor de Dios.

--Y les da  ustedes disgustos?--pregunt con oficiosidad la hermana de
don Silvestre Entrambasaguas.

--Todava--contest Paz,--la verdad sea dicha, no se ha portado mal;
pero yo nunca me equivoco, y cuando  m se me fija una persona aqu ...
(y seal la frente) y aqulla me parece que es una buena pieza.

Lzaro oy esta apologa de su infeliz amiga con toda la atencin de que
era capaz. Pero no se agit ms de lo que estaba, porque era imposible.

--Qu tienes, Paula? dijo Paz  la devota, que estaba muy plida y con
muestras muy claras de no encontrarse bien.

En efecto: todos la miraron, y notaron en ella las seales de un
malestar creciente. Tena los ojos encendidos y el aliento penoso.

--Nada--dijo la devota, queriendo animarse.

--Sin duda se ha constipado en el balcn.

--S: corre esta tarde un airecillo, que ya, ya ...--indic el
clrigo;--pero vyase usted  su casa, y abrigndose bien....

--Eso no ser nada--dijo doa Petronila Entrambasaguas, que estaba muy
impaciente, porque ciertos olores, venidos en mensaje de la cocina, le
anunciaban que el carnero se estaba quemando  toda prisa.

Las damas se dirigieron  la puerta. El clrigo se di un golpe en la
frente como quien recuerda una cosa importante, y dijo  doa Paulita:

--Ah! seora ma, si tuviera usted la bondad de hacerme un favor....

--Qu, seor don Silvestre?

--Que se dignara usted repasar un sermn que he escrito y voy  predicar
en San Antonio el 17 de Enero. Usted que es gran teloga, y muchas veces
me ha dado su opinin sobre otros grandes sermones mos, deseo que vea
ahora ste.

--Yo no entiendo de eso--replic la santa con repugnancia.

--S entiende--dijo Paz complacida.

--Qu modestia!--exclam Entrambasaguas.--La santidad unida al talento.
Pero yo s, aunque usted quiera ocultarlo, que es una gran teloga. Si 
veces la he estado oyendo con la boca abierta, como si oyera  todos los
Padres de la Iglesia....

--Deje usted eso--murmur la devota con visible disgusto.--Yo no
entiendo de esas cosas.

--Es sobre el tema de la tentacin quinta de San Antn. Bien sabe
usted aquello, cuando el demonio se le present en figura de ... de
muchacha, pues....

Y corri presuroso  su gaveta, cogi un legajo y se lo entreg  doa
Paulita, que lo tom del peor humor del mundo. Caysele de la mano,
recogilo con presteza el predicador, y se lo volvi  dar dicindole:

--Pero est usted mala de veras? Veo que no puede usted tenerse en pie.
Le tengo dicho que es bueno hasta cierto punto el ayuno, y nada ms ...
y usted siempre en sus trece....

--Esta nia, con sus ayunos y sus penitencias...--dijo Mara de la Paz.

--Quiere usted una taza de caldo?--pregunt el clrigo; y se
interrumpi antes de concluir, porque su hermana, con tanta presteza
como disimulo, le tir del manteo, indicndole la indiscrecin de la
oferta que acababa de hacer.

--Gracias, no es preciso: esto no es nada.

--Recjase usted temprano--dijo la gorda.--No le conviene  usted tomar
ahora caldo ni cosa ninguna. A casa. Y ponindole la mano en la frente,
continu:--Tiene usted mucha fiebre:  casa pronto.

La comitiva sali. El clrigo cogi el veln en sus robustas manos, y
alumbr la escalera. Cuando ya estaban abajo, Entrambasaguas grit
desde arriba:

--Fjese usted, seora doa Paula, en aquel pasaje que
dice: "Cuando en diluvio de soles con corpulenta, corprea efigie al
mundo vino...." Por aquello de _corpus corporum in corpore uno_....
Fjese usted bien en este pasaje, que tengo algunas dudas
sobre si....

Doa Paulita no contest ni mir siquiera al rampln Gerundiano.
Salieran  la calle, y Lzaro estaba tan enfrascado en sus pensamientos,
que empez  andar, dejando atrs  las dos seoras.

--Eh! caballerito--dijo Salom, que estaba muy biliosa aquella
tarde,--qu manera de portarse es esa? Nos deja solas en medio
de la calle?

--Oh! qu caballero tan cumplido hemos trado--dijo Paz, cuyo
temperamento sanguneo tena aquella tarde, sin causa conocida, una
irritabilidad inusitada.

Lzaro retrocedi y moder el pago

--Y bien podra usted--aadi la dama,--portarse mejor delante de las
personas extraas. Ni siquiera ha saludado usted  aquellas ... gentes
(Paz usaba esta denominacin general y vaga, para designar  todas las
personas que por su progenie estaban en escaln ms bajo que ella en la
jerarqua social.) Qu dirn de nosotras! Ah! Paulita, no puede andar.
Vamos, don Lzaro, d usted el brazo  mi sobrina. Apyate en don
Lzaro, Paula, que ests muy mala. Ah! Triste cosa es llevar por
acompaante  un caballerito como ste.

El aragons balbuce algunas excusas, y di el brazo  doa Paulita.
Andando, sinti que la devota pesaba en su brazo como si fuera de plomo.
Iba muy arrebujada, en su mantn y caminaba con dificultad.

--Va usted muy  prisa--dijo, pesando ms fuertemente en el brazo
del joven.

Lzaro moder el paso.--Ande usted un poco ms--dijo despus,
aligerndose de peso, hasta el punto de que l se sinti arrastrado.

Lzaro aviv el paso.

--Qu noche tan clara!--exclam ella detenindose y mirando al cielo.

Lzaro se detuvo y mir al cielo. Las otras dos marchaban detrs 
alguna distancia.

--Nunca he visto una noche as. Nunca he visto las estrellas brillar
de ese modo, ni moverse as ... con esa vibracin que parece que
estn hablando.

--Hablando!--dijo Lzaro muy sorprendido del smil de la santa.

--Usted extraa eso?--dijo ella, mirndole con tal fijeza  intensidad,
que el mancebo crey que dos estrellas haban bajado  esconderse en los
ojos de Paulita.

--S: no le parece  usted...?

--Seora, yo las veo; pero....--Pues  m me parece que las oigo.

En esto se cay al suelo, desprendido de las manos de la dama, el
manuscrito de Silvestre Entrambasaguas.

--Seora--dijo el joven, inclinndose para recogerlo, observe usted que
se ha cado este sermn.

--Djelo usted--exclam ella con mucha viveza; y tirndole del brazo
para impedirle que recogiera el manuscrito, aviv despus el paso.

--No hay duda--dijo Lzaro para s.--Esta mujer tiene mucha fiebre; ya
empieza  delirar.

Y entonces la mujer mstica andaba tan  prisa, que bien pronto
alcanzaron  las dos ruinas mayores. Mas pronto hubo de moderarse su
mpetu, y tan despacio iba, que tard mucho para avanzar veinte pasos.
Cada vez pesaba ms la teloga en el brazo del estudiante: al llegar 
la casa, la enferma no poda ya dar un paso, y Lzaro le rode con su
brazo la cintura para impedir que cayera. Erale imposible subir, porque
la dama se inclinaba  uno y otro lado sin poderse tener. En tanto, el
joven observaba que tena demudado el semblante, cerrados los ojos,
flojos y cados los brazos; hizo un esfuerzo heroico, la cogi en sus
brazos y la subi. La cabeza de la enferma descans sobre sus hombros, y
Lzaro not que el contacto de su frente le quemaba el cuello.

--Tiene mucha fiebre--dijo depositndola en el pasillo, porque Paz no le
permiti que llegara  la alcoba. Entrronla en su cuarto las otras dos,
bastante alarmadas con tan repentina desazn; pero pronto volvieron ms
tranquilas, y se fueron al comedor  cenar un salpicn que haban dejado
preparado.

Reinaba en la casa profundo silencio. Lzaro subi la escalera interior
para irse  su cuarto; y al subir no pudo menos de detenerse, porque
sinti una voz que le hera el corazn. Era la voz de Clara, que
preguntaba  contestaba no sabemos qu cosa  la devota. El joven
apresur el paso para huir de aquella voz que no quera or ms.





CAPTULO XXX



#Virgo fidelis#.


Lzaro no encontr arriba  su to. Estaba el infeliz mancebo sumamente
impresionado por el incidente ocurrido, y no caba en s de clera, de
amargura, de sobresalto. Imposible le era tranquilizarse, tanto ms,
cuanto que tena siempre ante la imaginacin la figura de Clara, de
rodillas, con los ojos llenos de lgrimas y los brazos cruzados. Dbale
compasin y despus ira, sucedindose tan atropelladamente estos dos
sentimientos, que crey sentir como una ebullicin en el pecho y un
vrtigo en la cabeza. A los arrebatos del encono suceda el abatimiento
del desengao, ignorando al mismo tiempo si amaba an  aquella infeliz
 si la despreciaba.

Pasaron las horas; la noche avanz, y l continuaba en la agitacin. No
pensaba acostarse, ni senta sueo, ni necesidad de reposo; antes al
contrario, los impulsos de su naturaleza eran hacia la zozobra, la
inquietud, el movimiento. Silencio lgubre, no interrumpido por ruido
alguno, reinaba en la casa. Pareca que todos dorman: l tan slo
velaba sin duda; y saliendo al corredor, donde le causaba algn alivio
el aire fresco de la noche, se pase all mucho tiempo. Dieron las
nueve, las diez, las once. Al fin se detuvo, aturdido por su propio
vaivn: apoyse en el antepecho, y ocultando entre las manos su cabeza,
estuvo de este modo un largo rato devorando su agona. De pronto crey
sentir rumor extrao, alz la cabeza, y en el fondo del corredor crey
ver una figura humana que avanzaba. El corazn le lati con tal
violencia, que crey que el pecho se le rompa. La forma aquella, que
sin duda era de mujer, avanz, destacndose en la obscuridad. Vena
cubierto de una cosa enteramente blanca, que la haca ms fantstica, y
el reflejo de la luna pareca despedir de s cierta luz misteriosa.
Cuando estuvo cerca, Lzaro la reconoci: era la devota cuyo semblante
traa las seales del insomnio y la fiebre.

--Lzaro!--dijo con voz muy dbil y muy conmovida.

--Seora--contest con mucha sorpresa.--Usted aqu  estas horas? ...
con esa fiebre ... No est usted enferma?

--Yo? ...--murmur ella con una especie de extravo;--yo? ... no ...
yo estoy buena. Estoy mejor.

--Cre que estara usted durmiendo. Le conviene el reposo.

--Yo--contest ella con una singular entonacin que alarm 
Lzaro,--yo ... yo no duermo, yo no puedo dormir. Hace muchas noches
que no cierro los ojos.

--Pues qu tiene usted?--pregunt Lzaro mirndola con mucha
atencin.--Usted no est buena. Usted es una santa: pero la santidad con
exceso es perjudicial, seora.

--Yo no soy santa--dijo la dama:--soy una pecadora.

--No diga usted eso, por Dios. Usted es una santa, qu felicidad!
Tener tranquila la conciencia! Dirigir todo su amor al que no engaa,
ni es falso, ni desleal:  Dios.... Esta es la mayor de las felicidades.

--Hable usted bajo--dijo la devota.

--Y luego--continu l,--estar libre de odios, de rencores, de
desengaos....

--Ms bajo--indic la dama, y su voz pareca un suspiro.

--Estar libre de rencores--prosigui Lzaro en voz muy baja:--amar sin
recelo, sin temor; despreciar el mundo, las traiciones, las asechanzas;
hallar regocijo en las persecuciones, y sacar consuelo hasta de las
desventuras!... Oh, qu feliz es usted...!

Despus de una pausa, la voz de la mujer mstica reson como un eco
lejano para decir:

--No, amigo mo: yo no soy feliz; soy muy desgraciada.

Slo estando muy cerca de ella, como estaba el sobrino de Coletilla en
aquel momento, era posible or aquellas palabras.

--Soy muy desgraciada!--repiti con un rumor dbil, sordo, apagado,
como esos murmullos de rezo que turban en las horas de tranquilidad el
profundo silencio de las catedrales.

--Qu mayor consuelo--dijo Lzaro,--que vivir con el espritu en
regiones de paz, donde no hay infamias ni perfidias? Elevarse con
exaltacin y amor, disfrutar con toda pureza de las dulzuras de una
comunicacin con Dios, y vivir orando, confiada en el pago de tanto
amor, en la gratitud infalible del objeto amado. Oh, qu felicidad!

El joven aragons tena tan ocupado el nimo con sus propias amarguras,
que no atendi; con la observacin y la curiosidad que el caso exiga, 
las raras seales de alteracin fsica y moral que otro menos abstrado
hubiera visto en la santa y edificante faz de doa Paulita.

--Vivir en la oracin!--continu.--Vivir orando con los ojos del alma
fijos en el eterno y leal amor! Repetir incesantemente su nombre y sus
alabanzas! Eso si es felicidad!

--No--dijo del mismo modo la mujer perfecta;--yo no rezo, yo no
puedo rezar.

--Ay!--exclam l.--Eso lo dice usted porque en su modestia le parece
que an no es bastante perfecta. Si usted conociese la miseria de otros,
comprendera  qu inmensa altura se halla sobre los dems.

La devota baj los ojos, y con gran melancola y tierna voz dijo:

--Y qu miseria hay mayor que la ma?

--Es usted demasiado buena. Todo el mundo sabe muy bien que usted es
una santa, una verdadera santa.

--Quiere usted que le haga una confesin?--dijo Paula, mirndole como
se mira  un confesor.--Pues yo tambin lo cre; yo tambin cre que era
una santa; pero ya no lo creo.

--Ah!--exclam Lzaro:--yo no necesito que nadie me diga lo que usted
es para saberlo. Yo mismo lo he comprendido. Cuando una criatura tan
perfecta ha descendido hasta m para defenderme y disculpar mis faltas,
es indudable que no es como los dems. Yo me vea acosado por todas
partes, me trataban todos aqu con acritud  menosprecio. Usted sola
alz la voz, y la ha alzado varias veces despus en favor mo, para
decir que no era yo tan malo como crean. cree usted que yo he
olvidado, que podra, olvidar eso? No, seora. Yo ser todo lo que
quieran; pero no soy ingrato. Yo tendr siempre grabadas en mi memoria
las palabras que usted ha pronunciado en defensa ma. Usted es una
santa: yo lo dir  todo el mundo.

--Oh!--dijo la devota con la misma plaidera voz: nunca cre que fuera
usted tan malo como decan. En la cara conozco yo esas cosas. No me
equivoco nunca, y estoy casi segura de que le han calumniado, de que
quieren agobiarle y confundirlo con acusaciones impertinentes.

--Eso pens usted de m?

--S: segura estoy--contest ella,--de que su corazn es bueno y recto;
que si alguna falta ha cometido, fu por ligereza y falta de previsin.
Creo tambin que no le aman  usted como se merece.

--Seora, qu ha dicho usted?--pregunt el estudiante
vivamente.--Eso me parte el corazn porque es una verdad en que estaba
yo pensando ahora.

--S: no le aman  usted como se merece--repiti Paulita.--Su to es
demasiado duro.

Un observador despreocupado hubiera advertido que la santa se acerc
unas pulgadas ms  Lzaro, el cual, impresionado por la verdad que oy
de boca de aquel orculo, estuvo  punto de abrazarla, y lo hubiera
hecho  no impedrselo el respeto que la jerarqua y decoro evanglico
de la teloga la infundan.

--Su to de usted, el seor don Elas--continu la mujer
mstica,--observo que trata  su sobrino con demasiado rigor.

--Y otros tambin--dijo Lzaro, volviendo el rostro.

--Y cmo quieren que sea buena una persona que no es amada?--dijo con
admirable misticismo la dama. Cuando un ser recibe ingratitudes y
desprecios, sus sentimientos se agran, se esteriliza la fuente del bien
y del amor que hay en todo pecho humano.--Cuando un ser no es amado, ha
de ser malo por precisin.

--Qu discrecin, qu discrecin, seora!--exclam el joven con
entusiasmo.--Ya fu usted mi consuelo otras veces. La consideraba 
usted santa; pero ahora veo que su sabidura iguala  su virtud, y  su
lado me encuentro tan pequeo, que me da vergenza.

--S: una persona  quien se trata con tanta dureza no puede ser
buena--dijo Paula.--El amor hace prodigios; hace de los hombres incultos
y malos, hombres mansos y buenos; hace de los melanclicos y descredos,
seres felices, creyentes y cariosos.

--Qu ciencia la de usted! Esa es la ciencia que slo pertenece  la
santidad. Dichosa quien puede ver las miserias de la tierra desde
tan grande altura, y puede juzgar serenamente de todo! Usted s que
conoce el mundo.

--No, Lzaro: yo no s lo que es el mundo.

-Oh! Entonces es usted ms feliz todava.

--Yo--dijo la mujer perfecta, despus de una pausa en que mir al cielo
fijamente como quien lee alguna cosa,--yo pas mi niez en la austera
casa de mis tos, recibiendo de personas devotas la ms ejemplar
educacin. Desde que tuve uso de razn aprend  orar; mis primeras
palabras fueron el rezo. Los primeros aos de mi vida pasaron en un
convento, donde me vi rodeada de Madres santas y cariosas que me
ensearon el camino de la perfeccin. Mi juventud fu pasando de este
modo en ocupaciones devotas. Hace quince aos que estoy rezando sin
cesar, y casi sin notario. He vivido en Dios desde la cuna: no s lo que
soy, no s si he vivido.

--Dios mo, qu ngel es usted!--dijo Lzaro.--Qu perfeccin! Yo la
admiro  usted y la venero, seora.

--No soy digna de veneracin, sino de lstima--contest con mucha
amargura.

Y di un suspiro profundsimo que pareca sacar al espacio los misterios
encerrados en el _Sancta sanctorum_ de su pecho.

--Digna de lstima!--exclam el aragons sorprendido.--Pues qu puede
usted apetecer? Qu la preocupa? Algn escrpulo de conciencia, el
deseo de mayor perfeccin. Yo s que soy desgraciado; yo, seora, no
debiera estar en el mundo.

--Pero qu tiene usted?--pregunt Paula con mucho inters.--Dgamelo
usted todo. No dice usted que le he consolado otras veces? Ahora le
consolar si me descubre una nueva desventura. Cunteme usted.

--Mis desdichas no son para contadas. Adems, usted es demasiado
buena para oirlas. Se horrorizar usted y se turbara la paz serena
de su espritu.

--Oh! no: cunteme usted. Tal vez alguna falta muy grave. No importa;
cuntemela usted, que yo se la perdono antes de saberla.

--Falta ma no es.

--Falta de otro? A ver?--dijo la mstica con ansiosa curiosidad.

--Deje usted para m todas esas amarguras, seora. Eso es para m;
es un triste patrimonio de que solo puede disfrutar mi corazn,
hecho para eso.

--Qu es, Lzaro?... Ah! Todo lo comprendo: su to de usted es muy
cruel. No le quiere  usted. Mas no hay que apurarse por eso, amigo mo.
No todos le tratarn  usted con el mismo rigor. Alguien le amar.

--No, no me importa--manifest Lzaro, cuyas penas se recrudecieron en
aquel momento;--No me importa que me traten con desdn, que me
aborrezcan todos, que me detesten. Yo no he nacido para otra cosa.

--Est usted muy agitado. Y delante de m se desespera usted de ese
modo?--dijo la devota con suave acento do reprensin.

--Perdneme usted, seora; no s lo que digo. Usted es demasiado buena,
y no comprende estas cosas. Usted no conoce el mundo. Usted no conoce
cuanta iniquidad, cuanta perfidia, cunto desengao, cunto cinismo hay
en l. Usted no conoce ms que lo bueno, no conoce ms que  Dios.

--Esa desesperacin que usted manifiesta, Lzaro, no es nada buena. Eso
le llevar  usted al infortunio y  la muerte.

--Quiere usted, con su inmensa bondad, aplicarme  m los consuelos de
la religin: eso no es para m, no lo merezco.

--Usted lo merece todo, consuelo, amistad, amor. Yo s lo que merece, y,
por lo tanto, lo tendr. Sentimientos como los de usted no han de estar
olvidados tanto tiempo.

--Bendita sea usted mil veces! Pero se equivoca, eso no es para m.

--Usted merece amor y todo lo que el corazn puede dar. Usted se llama
desventurado, y su agitacin, Lzaro, no tiene fundamento alguno. Hay
males peores, males que nacen de repente en el corazn y crecen con
tanta rapidez, que no dan esperanza de remedio. Todo lo que  la persona
rodea entonces, todo lo que est dentro y fuera de s, se vuelve en su
dao. La vida es un peso insoportable: le molesta lo presente, le da
hasto lo pasado y terror lo porvenir.

La devota hablaba con voz muy baja, y con grave y tristsimo son. La
noche haba obscurecido, y los ojos de Paulita, que siempre en momentos
dados haban tenido brillo extraordinario, resplandecan aquella noche
como dos ascuas fosforescentes, cuya luz hacan ms penetrante y
siniestra la obscuridad de sus prpados, ennegrecidos por el insomnio,
la fiebre y la excitacin moral de que estaba poseda.

--Ay de aquellos que no se han conocido, que se han engaado  s
mismos y han dejado torcerse  la naturaleza y falsificarse el carcter
sin reparar en ello! Esos, cuando lo callado hable, cuando lo oculto
salga, cuando lo disfrazado se descubra, sern vctimas de los ms
espantosos sufrimientos. Se sentirn nacer de nuevo en edad avanzada;
notarn que han vivido muchos aos sin sentido; notarn que el nuevo ser
originado por una tarda transformacin se desarrolla intolerante,
orgulloso, pidiendo todo lo que le pertenece, lo que es suyo, lo que una
vida ficticia y engaosa no le ha sabido dar; pidiendo sentimientos que
el viejo ser, el ser inerte, indiferente y fro, no ha conocido. Qu
luchas tan terribles resultan de este despertar tardo! Oh, esto es
espantoso!

Tenemos datos para creer que la devota no dijo esto con las mismas
palabras empleadas en nuestro escrito. Pero si el lector lo encuentra
inverosmil, si no le parece propio de la boca en que lo hemos puesto,
considrelo dicho por el autor, que es lo mismo. Ella dijo algo parecido
 esto, siendo el mismo pensamiento, aunque distintas las frases.

Indudablemente estas confesiones de la devota son, como habr el lector
comprendido, bastante obscuras, y no dan todava ninguna luz acerca de
la crisis que indudablemente agitaba aquel pursimo y perfecto espritu.
Lo cierto es que una gran transformacin se verificaba en su carcter.
Lzaro, la verdad sea dicha, no entendi muy bien las solemnes y como
sibilticas palabras que oy de los trmulos labios de la santa: y l
atribuy la obscuridad de tal explicacin  la influencia de las
lecturas msticas en la manera de expresarse aquella seora y  los
hbitos de un estilo ms discreto que claro, como acontece generalmente
en las personas absorbidas por la contemplacin. As es que se limit 
contestar:--S, seora; es espantoso.

--Qu terrible es el amor en sus exigencias!--dijo la santa,--sobre
todo cuando se cree ofendido, cuando pide el pago de una gran deuda que
con l se ha contrado, cuando no transige ni espera, sino que se
presenta exigindolo todo de una vez.

--S: qu terrible es esto!--contest Lzaro.--Feliz es usted, que no
lo conoce ms que de odas!

--De odas?--dijo ella.--S--aadi despus de una breve pausa,--he
odo lo que dicen los amantes; pero la mayor parte de ellos encuentran
en los accidentes del mundo mil medios para poder conservar la vida en
la lucha terrible. Slo algunos, segn dicen, por circunstancias
especiales de carcter y posicin, tienen el triste privilegio de morir
irremisiblemente sin victoria y sin defensa.

--Oh, cmo lee en mi corazn!--pens el estudiante muy conmovido, y sin
comprender la profundidad psicolgica de aquellas palabras, ni su
aplicacin y significado en aquel momento.

--Usted no comprende esas cosas, Lzaro.--Que no?--dijo ste.--Que no?
Desgraciadamente las comprendo. Para usted, s; para usted, que es una
criatura perfecta, una escogida de Dios, estn veladas estas dolorosas
miserias. Usted no ve estos horrores. Dichosa ceguera la de aquellos
cuyos ojos cerr Dios al venir al mundo!

--Es verdad ... no lo s ...--dijo Paula con una irona tan marcada, que
fu preciso todo el extravo de Lzaro para no notarlo.--No lo s, no
entiendo de eso. Soy una tonta devota.

Estas ltimas palabras, dichas con cierto despecho fueron bastantes 
fijar la atencin del interlocutor. Este no contest ni pregunt ms
sobre el asunto que trataban; acercse  la dama, que se haba apartado
de l retrocediendo, y not que lloraba. Oh confusin de confusiones!

--Pero qu tiene usted, seora?--le dijo.--Nada, nada, nada--contest
con una graduacin descendente. El ltimo _nada_ slo lo oyeron los
labios con que fu pronunciado.

--Usted est enferma y ha salido usted de su cuarto  esta hora! Eso no
es bueno, seora. Se va usted  poner peor.

--Es verdad, estoy enferma--dijo ella acercndose.enferma para
siempre!

--Enferma para siempre! Usted padece, y es, sin duda, por efecto de su
excesiva devocin. Usted aspira al cielo:  qu otra cosa poda aspirar
un alma tan bella?

--S--dijo Paula con voz muy triste:--no quiero ms que reposar en paz.

--Qu bella es la muerte!--dijo Lzaro patticamente:--slo ella nos
puede consolar. Por mi parte, seora, le digo  usted con franqueza que
quisiera morirme en estos momentos.

--Morir!-exclam la devota con repentino arrebato de inters, y
acercndose ms, mucho ms al joven.--Morir, no! Usted debe vivir.
Quin sabe lo que Dios le tiene  usted reservado en el mundo.

--A m?

--S: tal vez das de felicidad al lado de personas que le amen. Oh,
cuntos seres existirn tal vez que se crean felices slo con que usted
lo sea! Yo s que los habr.

--Qu buena es usted, seora!--repiti Lzaro.--Para m no puede haber
nada de eso. O no merezco otra cosa,  estoy maldito de Dios.

--Ay! no diga usted tales cosas--exclam ella, juntando las manos.

--Perdneme usted, seora: no s lo que me digo. A pesar de todo, usted
me consuela, y hallo en su presencia no s que grata expansin. No
podr nunca olvidar que slo usted se atrevi  defenderme cuando todos
me acusaban.

Al decir esto, Lzaro no pudo menos de advertir que la santa dej caer
pesadamente los brazos, y mir al cielo. Su rostro, de color suavemente
moreno y sin ningn matiz rojo en las mejillas, estaba en aquellos
momentos plido y sombreado por la proyeccin de sus cabellos, cuya
magnitud, belleza y negrura no era comparable sino  la intensidad
tenebrosa de sus ojos negros que, despus de la metamorfosis, haban
adquirido una expresin desconocida. No sabemos si fu efecto de la
casualidad  si lo hizo de intento; pero es lo cierto que, contra su
costumbre, tena simplemente la cabeza cubierta con un pauelo, y que
durante el dilogo sus magnficos cabellos, tesoro disimulado por el
misticismo, se desataron y cayeron gradualmente por la espalda. Nunca
haba visto Lzaro una cabellera igual: pareca en la obscuridad de la
noche una toca negra que descenda hasta la cintura. Mientras hablaba,
la santa sola apartarse  un lado y otro de la frente las dos ramas
principales de aquel encanto, que naci en aquella noche en el calor de
una confidencia apenas intentada. Lzaro, que observ largo rato  la
dama, not que lloraba, y que, apartndose de l lentamente, se apoy en
la pared con muestras de gran postracin y abatimiento.

--Pero usted llora--dijo, arrepentido de haber hablado tanto y
detenindola;--usted est muy agobiada. Por qu no ha reposado usted?

--Yo no puedo reposar, yo no puedo dormir--murmur la devota con voz ms
bronca y grave que de ordinario.

--Por qu sali usted  estas horas estando as?

--Me ahogaba, y he tenido que salir  respirar el aire.

--Pero usted llora. Por Dios, qu tiene Usted?

La enferma no contest.

--Est usted muy enferma, muy enferma?--continu Lzaro.

--S--dijo ella de un modo imperceptible.

--Hace mucho?--Hace poco.

--Seora, retrese usted, yo se lo suplico. Sus manos parecen de fuego,
su frente quema.

Lzaro le tom las manos, y not en ellas un calor excesivo; se atrevi
 ponerle la mano en la frente, y crey tocar un cuerpo inflamado. Al
mismo tiempo la santa temblaba, como si su cuerpo recibiera la impresin
del hielo.

--Usted tiene fro, tiene convulsiones--dijo;--retrese usted.

Ella continuaba en la misma actitud; cerr los ojos como quien siente
un pesado sueo,  inclin la cabeza, buscando apoyo. Lzaro tuvo
miedo; estuvo por llamar; la asi por un brazo, y dispuesto  hacerla
retirar, le dijo:

--Vamos, seora, es muy tarde. Usted no se encuentra bien aqu. Vamos,
quiere usted que se llame  algn mdico?

--No--dijo ella, abriendo los ojos y mirndole con cierta irona.--No:
para qu un mdico?

--Su salud es muy preciosa--dijo Lzaro, por cuya cabeza pas
rpidamente una sospecha.--Consrvela usted bien; ser siempre mi mayor
alegra saber que usted est buena y disfrutando de la salud necesaria
para hacer el bien. No me voy de aqu sin la seguridad de que queda
usted enteramente buena.

--Marcharse usted!--exclam ella con un repentino movimiento que la
anim.--S, marcharme.

--Usted se va!--continu con otro movimiento que tena algo de salto y
poniendo siniestro brillo en sus ojos.

--S, naturalmente.

Al or esto, la devota, con instantnea fuerza, le asi con su mano
convulsa el brazo, y estrechndole violentamente, dijo:

--No, no se ir usted!

En el mismo momento en que esto deca, se sinti que abran la puerta de
la calle. Era Elas que entraba; se le senta subir. Vena alumbrado por
una linterna, y como de costumbre, hablando solo.

--Retrese usted--dijo con viveza la mstica.--Y usted se queda aqu?

--Retrese usted  su cuarto. Que no le vea levantado. chese usted en
la cama. Finja que duerme.--Pero usted? ...

--Vamos. Entre usted en su cuarto. Que ya llega ... Pronto.

Lzaro se retir, empujado por ella precipitadamente. Entr corriendo en
su cuarto antes que Coletilla llegara, y arrojndose en el lecho, fingi
que dorma. El fantico entr poco despus y se acost murmurando.
Cuando apag la luz, Lzaro se incorpor en su lecho con mucha cautela,
y asomndose por una ventana que daba al corredor, mir hacia afuera.
An estaba all la dama con el rostro vuelto hacia la ventana. Lzaro se
volvi  acostar, y pasado un cuarto de hora en que cavil cuanto puede
cavilar cabeza humana, se asom de nuevo y vi la misma figura blanca,
inmvil en el mismo sitio y con los dos terribles ojos negros fijos en
la ventana. Aquello le acab de confundir. Pas mucho tiempo mirando
cada cinco minutos, y siempre vea la misma figura, hasta que al fin ya
no mir ms porque le daba miedo.





CAPTULO XXXI



#La reunin misteriosa.#


Al anochecer del siguiente da sali Lzaro de su casa. Haba pasado
toda la maana averiguando dnde viva Bozmediano, y en las pocas horas
que permaneci en la casa de las tres nobilsimas damas, oy decir que
doa Paulita estaba muy mala, y que Clara no estaba buena. Salom se le
present varias veces, ms impertinente que de costumbre, para
recordarle que la tarde anterior no haba saludado  Entrambasaguas; y
Mara de la Paz Jess hizo todo lo posible por encontrar pretextos para
reprenderle, lo que su admirable instinto de inquisidora logr
repetidas veces.

Lzaro sali, y ya entrada la noche penetraba en los solitarios barrios
de la Flor Baja, donde est la habitacin de los Bozmedianos.

Entr en el portal y pregunt por don Claudio. El portero, que era
hombre de mal genio con los humildes, le contest con muy desagradable
talante que no estaba.

Lzaro se qued parado un buen rato, mirando al portero, como si le
pareciera inverosmil la declaracin de aquella sibila con gabn
galonado. Este crey que no lo haba dicho bastante claro, y
repiti:--No est!

Pero el joven tena mucho inters en ver  Bozmediano aquella noche; as
es que no se di por satisfecho y pregunt:

--Cundo vendr?

El otro crey que esta pregunta, hecha por un joven que no pareca ser
de la primera nobleza, que no haba venido en coche, que no era militar
ni tena botas  la _farol_ era una pregunta muy inconveniente y falta
de sentido comn. Se sonri con aire de superioridad, y metindose las
manos en los bolsillos, dijo:

--Cmo quiere usted que sepa yo cundo viene? Vendr ... cuando venga.

--Es que tengo precisin de verle esta misma noche. A qu hora
suele venir?

--No tiene hora fija--dijo el portero volviendo la espalda y
dirigindose  la portera.

Despus volvi y dijo:

--Si usted quiere dejarle algn recado....

--No--replic Lzaro;--necesito verle yo mismo.

--Pues maana temprano ...--dijo el criado en un tono que era fcil de
traducir por "vyase usted."

Lzaro comprendi que era imposible sacar ms partido de aquel
cancerbero, y sali; pero tena vivos deseos de ver  Bozmediano aquella
misma noche. Parecale que cada hora que pasaba despus del fatal
momento en que le vi desaparecer por la buhardilla, aada nueva
intensidad  su agravio. Para l era Bozmediano entonces el ser ms
odioso y repugnante que haba nacido. Creale inspirado tan slo por las
ideas ms bajas y groseras, y vea en l un cobarde seductor incapaz de
nada generoso ni bueno. Se contemplaba como superior, muy superior 
aquel hombre insidioso, y crea que slo con verle el criminal conocera
toda su bajeza. A veces le daban arrebatos de sbita clera, tan fuerte
y violenta, que al tener al militar ante s, se lanzarla sobre l
dispuesto  arrancarle por cualquier medio la vida. Con estos
sentimientos, el estudiante decidi no apartarse de la casa para esperar
 que entrara, si estaba fuera,  cogerle al salir, si estaba dentro.
Pas  la acera de enfrente y empez  pasearse, resuelto  no abandonar
su puesto en toda la noche, esperando con la inquebrantable paciencia
que da el deseo de venganza.

Las diez seran cuando Lzaro vi que salan de la casa tres personas.
Acercse con disimulo, y vi que una de ellas era Claudio. Apoyado en su
brazo, y andando con lentitud, iba un anciano, que juzg sera su padre.
La otra persona era un militar; los tres hablaban con calor. Lzaro les
sigui  alguna distancia, comprendiendo que no era aqulla la mejor
ocasin para hablar  Bozmediano; pero se decidi  seguirles hasta ver
dnde paraban. Anduvieron varias calles, y al fin llegaron  la plazuela
de Afligidos; se detuvieron ante una puerta enorme, de las que en aquel
antiqusimo sitio dan entrada  las vetustas casas del siglo XVII, y
Bozmediano, el joven, toc. No tardaron en abrirles, y entraron. Lzaro,
que les observaba desde lejos, not que parecan recatarse, procurando
no ser vistos. El militar entr el ltimo, despus de mirar  todos los
rincones de la plazuela. Bien pronto se vi luz en una de las ventanas
de la casa, pero una mano cerr las maderas y no se vi ms claridad.

Sin saber por qu, la imaginacin del estudiante no pudo menos de
atribuir  la entrada de aquellas personas en tal casa cierto misterio:
se acerc, mir el nmero, y cuando se alejaba, dispuesto ya 
retirarse, vi que venan otras dos personas embozadas hasta los ojos.
Pas junto  ellas Lzaro, fingiendo que segua su camino, y
refugindose tras la esquina de la calle de las Negras, observ que
tocaron, que les abrieron sin tardanza, y que entraron. Tal vez ser
casualidad--pens el joven;--pero algo tiene de extrao la reunin de
aquellas personas en el mismo sitio.

No pasaron diez minutos, cuando Lzaro vi aparecer, viniendo del
portillo de San Bernardino,  otros tres personajes, igualmente
embozados; observ que se detenan para ver si les miraban, y por
ltimo, despus de tocar, entraron en la casa. "Ya van ocho", dijo para
s, y esper  ver si vena otra remesa.

Poco despus uno solo, que desemboc por la calle de Osuna y marchando
muy  prisa. Detrs de ste aparecieron dos, que no necesitaron tocar,
y, por ltimo, llegaron uno tras otro cinco ms, que entraron
sucesivamente y separados.

--Sin duda hay aqu algo--dijo Lzaro.--Han entrado diez y seis. Es un
club secreto, una conspiracin, tal vez una logia de masones. A las once
se retir viendo que haca una hora que no entraba nadie; peto se retir
resuelto  volver la noche siguiente para observar si aquello se
repeta. Era evidente para l que all se verificaba una reunin de
personas graves, sin duda con algn fin poltico. Odiaba de muerte 
Bozmediano, y este sentimiento le llev  sentar el principio de que lo
que all se trataba no poda ser cosa buena.

Retirse  la calle de Vlgame Dios, muy pesaroso por no haber podido
tener con su enemigo la terrible entrevista que l se haba imaginado.

No es descriptible la ira que de Mara de la Paz se haba apoderado con
motivo de la tardanza del joven. Baste decir, para dar una idea de la
irascibilidad de la dama  quien los poetas del tiempo de Cadalso
compararon con Juno, que se levant, no diremos que en paos menores,
pero s menos pomposamente vestida, cubierta y ataviada que de
ordinario, para decir al caballerito que si se figuraba que aquella casa
era suya (de l), y que si tena propsito de pasar la noche, mientras
ella viviera, en los clubs y en los garitos de Madrid. Aadi que estaba
cerciorada de que su conducta (la de Lzaro) no cambiara nunca, y que
era preciso desistir del empeo de hacer entrar un rayo de luz en tan
obscura y desorganizada cabeza. Dijo asimismo que slo  un exceso de su
caritativa bondad (de ella), deba (l) el gran favor de ser admitido en
aquella santa casa, aunque presagiaba que no estara mucho tiempo ms en
ella  causa de sus maldades y abominables calaveradas ... que
deshonraban aquella santa casa. Y siempre con la santa casa. As se lo
dijo, y siempre con voz muy alta. El joven le contest muy quedo:

--Seora, he tenido que hacer....

Pero ella no le dej concluir, y dando gritos exclam:

--No alce usted la voz, caballerito. A qu grita usted de ese modo?
Est mi sobrina muy mala, y viene usted  incomodarla. Si no ha venido
aqu ms que para incomodar....

--Que est muy mala doa Paulita?--dijo en voz casi imperceptible
el muchacho.

--S, seor; y usted, con esas voces, no la deja reposar.

--Pero si yo no he alzado la voz....

--Calle usted, seor don Lzaro, calle usted, y no me desmienta.

En esta disputa estaban cuando Salom apareci, diciendo:

--Por Dios, que est Paula con el recargo, y con este ruido se va
 agravar!

--Este caballerito da unos gritos ...--dijo Paz, alzando mucho la
voz.--Ves? Ha venido  las doce. Qu te parece, Salom? Habr estado
en algn club de gente perdida. Bonita alhaja hemos metido en casa! Y
dice usted, caballerito, que ha tenido que hacer?

--S, seora: he tenido cierto negocio--contest Lzaro un poco
amostazado con las impertinencias de las dos viejas....

--Buenos negocios sern esos!--indic Salom.--Pero  ver si baja la
voz, que mi prima no puede sufrir esos gritos. Apenas entr usted ... yo
no s cmo pudo sentirle. Lo cierto es que le sinti entrar, le conoci
en los pasos, despert con mucho sobresalto, y cuando escuch su voz se
incorpor en el lecho con mucha agitacin, manifestando que le molestaba
mucho su voz. Con que calle usted, y procure no hacer ruido con esos
taconazos.... Vamos, ya puede usted retirarse....

--Seoras, buenas noches.

Aun no haba dado un paso, cuando Clara apareci muy alterada, diciendo:

--Seoras, vengan ustedes, que se quiere salir de la cama ... No la
puedo sujetar. En cuanto sinti esta conversacin, se levant muy 
prisa, diciendo que vena ac.

--Ah! Vamos  ver--dijo Paz, entrando en la habitacin.

--Empieza  delirar--dijo Salom, entrando tambin con Clara.

Lzaro subi pensando en aquel nuevo misterio de la mujer santa.





CAPTULO XXXII



#La Fontanilla.#


No encontr  su to, que aquel da no haba parecido por la casa. Si
hemos de verle nosotros, tenemos que dirigirnos al naciente club de
_La Fontanilla_, donde el buen realista conversaba muy calurosamente
con el Doctrino y con el otro joven llamado Aldama, de quien ya
tenemos noticia.

Indiquemos la variacin que haba ocurrido en aquella casa. El poeta
haba volado. Por fin consigui Carrascosa el objeto de sus afanes; la
vizcana se decidi  echar al poeta con todo su bagaje de Gracos, musas
y ninfas clsicas. Pudo mucho en la conciencia de la jamona la opinin
del vecindario, que se mostraba cada vez ms explcito en cuanto  las
supuestas relaciones entre la semidiosa y su cantor. Conjeturas podran
hacerse sobre la desaparicin del joven, y hay indicios para creer que
pocas horas antes de la partida estuvo la patrona hablando muy por lo
bajo con su husped.

Ausente el poeta y desocupado el parnasillo, don Gil trajo de la calle
de las Urosas el bal, que contena sus tres casacas, su peluca del
tiempo de Esquilache, sus cuatro camisas con chorrera, su capa y su
espadn enmohecido, y se instal donde haba estado el autor de _Los
Gracos_. Colg en la pared un cuadro de familia que representaba las
postrimeras del hombre en diablicas y extravagantes alegoras, y all
qued, husped de su adorada. Creemos oportuno advertir que la causa de
la aficin de don Gil  la vizcana era que l tena conocimiento, por
papeles que tuvo ocasin de ver mientras fu covachuelista, de un
derecho  ciertas tierras y casas de labor en Oate, el cual haba
recado en aquella doa Leoncia sin que ella misma lo supiera. El abate
pensaba realizar un buen negocio, ya hacindose por cualquier medio
poseedor del derecho, ya pleiteando por cuenta de ella, con esperanza de
sacar un buen bocado. Su hambre era tanta como su ingenio, razn por la
cual haba probabilidad de que saliera adelante con su empresa.
Dejmosle all dedicado  la ardua tarea de conquistar  la semidiosa, y
asistamos  la sesin de _La Fontanilla_.

El Doctrino deca  Coletilla:

--Mucho me temo que eso no salga bien: yo cuento con gente decidida;
pero el golpe es demasiado terrible, amigo don Elas, y temo que se
alborote la opinin pblica.

--Si ya la opinin pblica se ha presentado contra ellos; si les seala
con execracin--observ Elas con mucha vehemencia.--Parece que no
conoce usted al pueblo. No ve usted cmo estn _La Fontana, Lorencini,
La Cruz de Malta_ y _Los Comuneros_? No ve usted cmo los liberales
exaltados truenan contra los que llaman tibios, es decir, contra los que
apoyan al Gobierno y forman la mayora llamada _sensata_ en las Cortes?
Pues bien: el pueblo est furioso contra esos tibios; ya usted sabe cmo
se ha logrado encender esa ira. El pueblo est pidiendo su destruccin,
porque cree que es el mejor medio de conseguir la libertad. Cumplamos la
voluntad del pueblo.

Indescriptibles son el sarcasmo y la diablica malicia con que Coletilla
pronunciaba estas palabras. Ya comprender el lector la marcha que
llevaban los planes de aquel viejo demonio del absolutismo. El caminaba
seguro hacia su fin: la paciencia, la constancia, la reflexin madura,
la astuta discrecin le guiaba; era hombre hbil y con facultad
portentosa para idear y poner en prctica proyectos como el que le vemos
desarrollar ahora.

--Bien--contest el Doctrino:--yo convengo en que es preciso hacer eso
que usted dice, y ver el modo de que el pueblo bajo satisfaga su
sangriento deseo. El no sabe lo que quiere ni por qu le quiere. Ha
adquirido por distintos medios esas ideas, y es preciso llevarle  su
realizacin. Pero me parece que an no es tiempo, seor don Elas. Los
hombres sealados para vctimas conservan an mucho prestigio. El pueblo
no les quiere, es cierto, porque al pueblo se le ha extraviado y se le
ha engaado; pero tienen apoyo en la clase media y en una parte de la
aristocracia. Creo que no ha llegado an el golpe de mano que usted
viene preparando.

--Qu nio es usted!--dijo el realista;--qu importa que esa gente
tenga algn prestigio? Y no significa nada el apoyo de aquella persona
tan alta ... de aqul que todo lo puede? ...

--Del Rey, dgalo usted de una vez.

--Ya sabe usted cual es el pensamiento del Rey. Ante el pblico, ante la
Europa, esos hombres son sus amigos: algunos son sus ministros, otros
son sus consejeros de Estado, otros los diputados que apoyan sus
decretos en las Cortes. Aparentemente el Rey les ama; pero en realidad
les odia, les detesta. Por ellos se entroniza el sistema constitucional;
ellos dan fuerza al liberalismo. Ya veis cmo para acabar con el
liberalismo, hay que acabar con ellos.

Esto lo dijo con una resolucin tan cnica y tan descarada veracidad,
que el mismo Doctrino, que era un infame, sinti cierta repugnancia.

--Pues bien--continu Coletilla:--toda la execracin del atentado caer
sobre los liberales exaltados, que son los que lo perpetran; el golpe va
 herir directamente al liberalismo. Se ver que el liberalismo se mata
 s mismo; que los ms exaltados de sus secuaces devoran  los ms
prudentes. Qu ha de hacer la Patria aterrada en presencia de este
horror? Renegar del liberalismo, facilitar el santo propsito del Rey de
restablecer el antiguo sistema. El golpe est muy bien preparado: una
parte de los liberales arde en deseo de aniquilar  la otra parte. El
suicidio del liberalismo es inminente. Favorezcmoslo, impulsmoslo. Tal
vez maana ser tarde; tal vez, si nos detenemos, puede verificarse una
reconciliacin, y entonces....

--Reconciliacin no: eso es imposible--dijo el Doctrino preocupado.--Los
exaltados de la _Fontana_ y de los otros clubs han llegado ya  un
estado de intransigencia tal.... Al pueblo se le ha predicado mucha
doctrina de intolerancia y de exterminio para que se detenga en su
aspiracin. No hay remedio: esos que se oponen en las Cortes y en los
clubs  las exageraciones de la libertad, van  ser atropellados por
ella. No es posible reconciliacin; por lo mismo creo que debe y puede
esperarse un poco  ver si esos hombres pierden de una vez la poca
popularidad que les queda.

--Esas cosas se han de hacer con decisin; si no, no se hacen--dijo
Elas.--Veo que usted no ha nacido para los golpes de circunstancias. Yo
creo que esta semana debe verificarse el desenlace de mi plan, y lo
tendr, aunque usted no quiera ayudarme.

--Ayudarle  usted, eso s. Hemos hecho un pacto: usted es el que ha de
mandar. Aunque disintamos en un punto, no por eso nos separaremos. Yo
obedezco, y la responsabilidad del xito cae sobre m. Pero en la
desgracia, usted no me ha de abandonar: as lo hemos pactado.

--Eso no: respecto  lo que he dicho  usted, no hay que insistir.
Tendr lo que desea, ms an.

--Pues no espero ms que las rdenes de usted.

--Es indudable--dijo Elas, despus de una pausa, que ellos se han
propuesto marchar de acuerdo y destruir las pequeas diferencias que
entre ellos haba. Martnez de la Rosa y Toreno se dan la mano con el
ministro Feli y con el mismo Argelles.

--Y qu?

--Que eso es lo que conviene  nuestro plan.

--Excepto Argelles, todos son muy odiados del pueblo, y no creo que
exista hombre alguno  quien ms aborrezcan los exaltados que el
ministro Feli.

--Pues bien--dijo Coletilla:--yo estoy seguro, segursimo de que esos
que he nombrado, y adems Valds, lava, Garca Herreros, el poeta
Quintana, el consejero de Estado Bozmediano y otros, se renen, no s
si de da  de noche, con todos los ministros y algunos generales. Sin
duda tienen algn proyecto entre manos, algn complot, quin sabe si
contra el Rey.

--Y no sabe usted dnde se renen?

--No lo s; estoy rabiando por averiguarlo. Figrese usted qu ocasin.
Precisamente son los que ... Le dir  usted cmo he sabido que esos
pjaros se renen algunas noches, no s si todas las noches. Hace
algunos das estaba Feli en el cuarto del Rey. No haba consejo; estaba
el conde de T. contando chascarrillos. El Rey se rea mucho, y el
ministro tambin para que no le acusaran de irreverente. Despus Su
Majestad dijo que quera ver el decreto de la beneficencia que Feli
tena preparado, porque estaba delante el obispo de Len, y el Rey
quera mostrrselo. Sac del bolsillo su excelencia el manuscrito, y al
mismo tiempo se le cay un papel muy pequeo, sobre el cual Su Majestad,
que es ms ladino que Merln, puso inmediatamente el pie. El ministro
not la cada del papel, pero no se di por entendido. Ley su decreto,
dijo el prelado que no le gustaba, y el Rey que estaba complacidsimo.
Grande era su curiosidad por saber si aquel papel deca algo
interesante, y apresur la despedida del ministro. Quedse solo y me
llam; juntos lemos el papel, que deca: _A las diez; van por fin,
Argelles y Calatrava. No falte usted_.

Esto nos aument la curiosidad. Mandamos  las diez  una persona que
fuera  espiar la salida del ministro de su casa para observar dnde
iba. Pero Feli no sali; tampoco salieron de la suyas Argelles ni
Calatrava, y fu que el maldito, como not que Su Majestad haba puesto
el pie sobre el papel, quiso desorientarle y no fu  la cita, avisando
 tiempo  Argelles y  Calatrava para que no fueran tampoco.

--Y despus no ha tratado usted de averiguar?

--S:  la noche siguiente, fu una persona  casa de Feli  preguntar
por l, y le dijeron que no estaba. Quedse por aquellos alrededores;
pero no le vi entrar ni salir en toda la noche. Yo sospechaba que
Toreno, Martnez de la Rosa, Valds, Alav y Bozmediano entraban en
aquel cotarro, y despus de las diez mand  sus casas personas que
preguntaran por ellos con cualquier pretexto: ninguno estaba. He sabido
que Quintana, que va al Prncipe con frecuencia, ha salido antes de las
diez; he sabido que Bozmediano y su hijo, que asistan  la tertulia del
marqus de las Amarillas, se marchaban  eso de las diez los tres
juntos. Esto se ha repetido varias noches.

--Y no se les sigue para saber dnde van?

--S; y se ha observado que cada uno entra en su casa: esto lo hacen
para desorientar al que los sigue. Algunas noches se les ha visto
dirigirse  otros sitios; pero nunca se ha notado que todos vayan  uno
mismo. Pero ya lo averiguaremos, descuide usted.

--Pues si esa reunin es cierta--dijo el Doctrino,--es un _complot_ sin
duda: qu ocasin!

--Y quera usted dejarla pasar! Es preciso que esa gente aparezca  los
ojos del pueblo como urdiendo un plan de golpe de Estado contra la
Constitucin. El pueblo es fcil de engaar.

--El pueblo creer eso y todo lo que sea preciso.

--Vamos, y qu ha hecho usted esta maana?--pregunt Coletilla.--Ha
hablado usted  los de _Lorencini_?

--Estamos de acuerdo.

--Y los _Comuneros_ se deciden  marchar con ustedes?

--Ya vi usted lo que dijo el otro da el jefe de los exaltados all.
Estamos convenidos.

--Bien--dijo Elas.

--Grandes turbas de gente obedecen ciegamente nuestro mandato. Eso bueno
tienen las ideas exaltadas: que es muy fcil llevar al pueblo al terreno
de los hechos, incitndole con ellas. El pueblo se deja llevar, y le
gusta que le lleven.

--Bendita la nacin!--dijo Elas con una mirada igual  la del demonio
cuando tent  Jess;--bendita la nacin que tiene un pueblo tan
impresionable y dcil, porque si bien puede extraviarse, puede tambin
servir de instrumento para volver al buen camino, y luego con un sistema
de represin el pueblo no volver  ser impresionado por nadie.

Apenas haba pronunciado Coletilla estos terribles aforismos,
cuando se sinti ruido en la escalera. Eran algunos jvenes socios
del club naciente.

--Escndase usted ah--dijo el Doctrino  Coletilla. Estos no le
han de ver.

Escondise el realista en una alcoba inmediata, y entraron Alfonso
Nez, Cabanillas y otro que hasta hoy no conocemos, y era Juan Pinilla,
gran orador de los _Comuneros_, apstol de las ideas ms disolventes y
extravagantes. Estaba ya en autos con el Doctrino; ambos servan 
Coletilla mediante respetables sumas y la promesa, solemnemente
asegurada, de un destino en las Intendencias de Cuba  Filipinas. Otros
muchos entraban en el infame complot, y entre ellos una gran parte sin
inters, guiados slo por patriotismo mal entendido, por la ignorancia 
la ambicin. Estos eran los ms desdichados.

--Qu hay?--dijo Nez.--Te has convencido ya de que esto no puede
retardarse? Maana ser tarde. He tenido ocasin de ver cmo estn los
nimos perfectamente preparados para nuestro objeto. Los ministros,
los diputados de la fraccin _sensata_, son detestados: la tempestad
ruge sobre sus cabezas. Hay que hacerla estallar. Salvamos la
libertad, s  no?

--La salvamos--dijo el Doctrino.--Cuando contamos nuestras filas y vemos
que la mayora de Espaa est con nosotros, no hemos de tener
confianza?

--Eso mismo digo yo--manifest Aldama, que en presencia de Coletilla no
hablaba nunca; pero saba recobrar, cuando l no estaba, el uso de su
muletilla.

--No ha venido Lzaro?--pregunt el Doctrino  Alfonso.

--No estaba en su casa. Tal vez venga ms tarde.

--Esta noche vendr Jorge Bessieres, el gran republicano francs--dijo
Juan Pinilla, comunero y republicano.

Era Pinilla un hombre de gran talla, casi tan corpulento como el barbero
Calleja, pero de ms claridad en la mollera. Abogado sin pleitos, ms
por la violencia  informalidad de su carcter, que por falta de
talento; era gran terrorista, y su mayor afn era desempear el papel de
acusador el da en que la Junta de salud pblica decretara el exterminio
de una gran porcin de ciudadanos, empezando por el Rey. Fernando estaba
ya sentenciado en los papeles de Pinilla, con otros menos dignos que l
de la guillotina. Poco despus de este furibundo demagogo, otro
personaje entr en escena.

--Quin ser?--dijo el Doctrino sintiendo los pasos.--Apuesto  que es
el mismo Lobo en persona.

Un hombre alto, flaco y vestido de negro entr en la habitacin. Era don
Julin Lobo, clebre republicano que despus fu faccioso y uno de los
ms sanguinarios chacales del absolutismo. No es fcil decir si en la
poca en que lo presentamos era verdadero demagogo  simplemente un
absolutista disfrazado, como otros muchos. Lo cierto es que haca alarde
de las ms exageradas opiniones, y sus discursos, pronunciados en
_Lorencini_, eran elocuentes y fanticos. Conspir mucho con los
liberales exaltados contra el gobierno Feli, y despus contra el
gobierno de Martnez de la Rosa. Hay quien asegura que tom parte en las
primeras facciones con Misas y el Trapense, y es indudable que al fin de
los tres aos constitucionales se present descaradamente con una
partida en Moncayo, donde hizo estragos. Entronizado de nuevo el
absolutismo, se orden de mayores (ya lo era de menores antes de 1821);
obtuvo el arcedianato de Ciudad-Rodrigo con asiento en el coro de
Salamanca, y lo disfrut muchos aos.

--Seores--dijo con mucha solemnidad--albricias: la _Fontana_ es
nuestra.

--Qu hay? Cuente usted--dijeron todos con gran inters.

--Que nos han dejado libre el campo. Los ltimos que quedaban del
partido _tibio_ se han marchado, viendo que la opinin se va tras
nosotros. Anoche le han dado una silba horrible. Han acordado marcharse
todos, y el amo del caf, Grippini, ha venido  decirme que si queremos
continuar nosotros las sesiones....

--Pues no hemos de continuar? Esta noche misma--dijo Alfonso con
entusiasmo.

--Bien por la _Fontana_. La _Fontana_ es nuestra--grit el Doctrino.

--Lo mismo ha pasado en _Lorencini_. Se han marchado esos seores con su
_orden_ y su _cordura_.

--El campo en nuestro. Convocar  la gente para esta noche.

--Todo el mundo  la _Fontanal_!

--A la _Fontana_,  las diez.

En la sesin preparatoria de la _Fontanilla_ no ocurri nada de notable.
Los principales cabecillas del complot se dieron cita para una
conferencia secreta que tendra lugar aquella noche en el saln interior
de la _Fontana_,  las nueve, y se despidieron para retirarse, quedando
all Aldama y el Doctrino. Cuando se vieron solos, llamaron  Elas que
apareci con cara de jbilo, la cual en aquel hombre era la cara ms
diablica y repulsiva del mundo.

--Qu le parece  usted?--dijo el Doctrino.

--Bien, bien.

--Vamos  echar un trago--aadi el joven, tomando de manos de Aldama
una botella que ste habla sacado, no sabemos de dnde, al desaparecer
los compaeros.

--Yo no bebo, no--dijo Elas tomando la botella y echando vino en el
vaso de los otros dos.--Yo no bebo.

--Esta noche en la _fontana._ Va usted?

--S, ir... pues no--respondi Coletilla con mucha irona.--Yo tambin
soy liberal.





CAPTULO XXXIII



#Las arpas se ponen tristes#.


Mucho le asombr  Lzaro lo que pas en la casa de la calle de Beln el
da despus de su excursin  la plazuela de Afligidos, que fu el da
mismo de la sesin que hemos referido. Seran las tres de la tarde
cuando entr su to; las dos arpas se abalanzaron hacia l, y con la
hiel propia de sus caracteres emponzoados, le dijeron, disputndose 
cul hablaba primero:

--Ah, seor don Elas: no sabe usted lo incomodadas que nos tiene este
mozalbete! No sabe usted  qu hora entr anoche? Lo creer usted? A
las doce!... Qu escndalo! En una casa como sta, en una casa de
paz, de decoro, de virtudes! A las doce entr este caballerito, que sin
duda pas la noche en alguno de esos _clubes_, como dicen, alborotando y
aprendiendo todas esas herejas que andan ahora por ah. Qu le parece
 usted? Pero no se irrita usted, seor don Elas? Y lo peor es que
entr haciendo un ruido con esos taconazos ... y dando unas voces....
Porque como est Paulita tan mala, es el caso que se alter con el ruido
y quiso salirse de la cama. Ay qu hombre! Crea usted que ya nos tiene
consumidas su sobrinito, seor don Elas, y es preciso que tome usted
una determinacin, porque esta casa ... ya ve usted ... esta casa....

Todo lo dijo casi en su totalidad Paz, aunque  Salom pertenecieron
algunas palabras. Pero viendo las dos que la filpica no haca efecto
ninguno en Coletilla (y esto era lo que asombraba  Lzaro), tom la
palabra Salom sola para decir:

--Y no sabe usted que este ... joven es de los ms mal educados que he
visto? Pues el otro da estuvimos en casa de don Silvestre
Entrambasaguas, y se port tan groseramente que nos di vergenza de ir
en su compaa. Luego por la calle andaba con unas carreras... En fin,
si usted no se decide  sacarlo de los _clubes_....

(Advertimos, para que el lector no extrae la singularidad de este
plural, que la dama, para explicarla, aseguraba que no deca _clubs_,
por lo mismo que no deca _candils ni fusils_, en lo cual no andaba del
todo descaminada.)

Lzaro sinti impulsos de agarrar por el moo  uno y otro basilisco, y
dar all un ejemplo del vejamen que poda sufrir la aristocracia
histrica en la ilustre familia de los Porreos, pero su indignacin se
calm al observar que su to, lejos de escuchar con ira aquellas
acusaciones, se sonri, y pasndole la mano por el hombro casi
cariosamente, si es permitido usar esta palabra, dijo:

No se incomoden ustedes por tan poca cosa. Si lleg tarde, fu sin duda
porque tuvo alguna ocupacin: eso no tiene nada de particular. Lzaro se
porta bien: yo se lo aseguro  ustedes.

--Jess, seor don Elas!--exclam Salom como si oyera una
obscenidad.--Jess, seor don Elas: yo esperaba de usted algn
miramiento para con nosotras!

--Pero, seoras, digo tan slo que si mi sobrino lleg tarde, fu porque
tuvo algo que hacer.

--No esperaba yo de usted semejantes palabras--indic Paz, poniendo
los ojos, la boca y la nariz en la misma disposicin compungida que si
fuera  llorar.

--No s en qu podemos nosotras haber faltado--observ Salom,
ponindose verde y haciendo tambin un gran esfuerzo para hacer creer
que si no lloraba era por no faltar  las conveniencias sociales.--No s
en qu podemos nosotras haber faltado para que usted nos diga eso.
--Como est una en desgracia...--murmur Paz bajando la cara para que se
creyera que devoraba una humillacin.

--Pero, seoras--dijo Coletilla con mucha seriedad,--yo no he agraviado
 ustedes; he disculpado  mi sobrino solamente....

--Como est una en desgracia...--aadi la dama continuando la queja
interrumpida,--ya no se nos guardan ciertas consideraciones, y se nos
desmiente cuando afirmamos una cosa.

--Yo, seoras mas!--balbuci Elas.--En otro tiempo--dijo Salom,
respirando fuerte y acumulando en la mirada todo el desdn de su
carcter,--en otro tiempo no pasaba as. Cada persona se mantena en su
lugar, y el que estaba obligado  acatarnos, no llegaba nunca hasta
nosotros sino con el mayor respeto y cortesa. Hoy todo ha cambiado.

--Hoy todo ha cambiado! Cmo ha de ser!--exclam Paz, que despus de
incalculables esfuerzos consigui su objeto, el cual consista en que
una lagrimita rodara por sus mejillas atomatadas.

--Adis, seor don Elas--dijo Salom, hecha un veneno porque el
realista no se arrodill  sus plantas como esperaba.

--Adis, seor don Elas--repiti Paz, viendo que su lagrimita no
ablandaba el duro corazn del antiguo mayordomo.

--Pero vengan ustedes ac, seoras.... Las dos volvieron rpidamente.

--Yo estoy confuso; no s por qu toman ustedes ese tono. No s en qu
puedo haberlas ofendido. Qu he dicho?

--Ha dicho usted lo que no quiero recordar--dijo Paz, limpindose la
consabida.

--Ha dicho usted que su sobrino se enmendar. Oh! no puedo creer que
usted...--exclam Salom.--Adis, seor don Elas.--Adis, seor don
Elas. Se fueron. El fantico volvi pronto de su estupor, y despus,
dando poca importancia  aquel asunto, se dirigi  su sobrino y dijo:

--Vamos, Lzaro: esta noche se renen tus amigos en la _Fontana_. Hay
gran sesin: no faltes. Yo no me opongo  que cada cual manifieste sus
opiniones; t tienes las tuyas: yo las respeto. S que tienes talento y
quiero que te conozcan. Ve  la _Fontana_, ve esta noche.

Lzaro se qued absorto, y apenas crea que lo dijera aquello el hombre
intransigente que tantas recriminaciones le haba hecho por sus ideas
liberales; pero acostumbrado ya  las cosas raras  inverosmiles, no se
preocup mucho.

Lleg la hora de comer, y la santa ceremonia del pan de cada da fu tan
silenciosa, que aquella casa pareca de duelo. Baste decir que  Salom
se le olvid pasarle los garbanzos  Lzaro, y que este, por no dar
lugar  un nuevo conflicto, ni los pidi ni los tom. Tampoco en la
racin del realista estuvo muy prdiga doa Paz, pues se le olvid
ponerle carne, en lo cual aquel grande hombre, que slo viva de
espritu, no hizo alto. La otra vieja hizo cuanto en ser humano cabe
para dar  entender que no tena apetito; pero de todos los medios que
se conocen para probar tal cosa, dej de emplear el mejor, que es no
comer. A tanto no llegaron sus esfuerzos. Paz di algunos suspiros entre
bocado y bocado. El nico suceso importante que turb la calma de
aquella comida melanclica y callada, fu una ligera disputa suscitada
entre las dos arpas, porque Salom deca que el estofado se quem por
culpa de Paz, y sta aseguraba lo contrario. Al concluir, Elas di
tregua  sus meditaciones para preguntar:

--Pero no est mejor doa Paulita? Bah! supongo que no ser nada.

Salom se apresur  llevar  la boca una uva, que tena entre sus
delicados dedos, para poder decir:

--Que no ser nada? Crea usted que est bastante grave.

Al decir esto, los movimientos de la delgada piel y los huesos angulosos
de su gaznate indicaron que la uva haba pasado.

--Pero es cosa de gravedad?--dijo Elas.

--Qu, tanto le interesa  usted?--pregunt con mucha hinchazn Mara
de la Paz, que senta renacer en s todas las fuerzas de su antigua
habilidosa elocuencia de saln.

--Pues no me ha de interesar?--dijo Elas sintiendo herido su amor
propio de mayordomo.--Pero voy, si ustedes me permiten,  verla.

--No puede usted ahora, porque est durmiendo.

--La va usted  molestar.

Las dos se sonrieron satisfechas de la humillacin que crean arrojar
sobre Elas, retirndole momentneamente su confianza.

--Pues si no puede ser, me retiro.

--Vaya usted con Dios.

--Si se ofrece algo, seoras ...--dijo el realista.

Y contra lo que ellas esperaban, el realista se march, dejndolas muy
contrariadas.

--Ay!--exclam Salom,--ser posible?

--Qu?--dijo Paz alarmada.

--Que las ideas del da hayan tambin....

--Ser posible?...

--Tambin l!...

El mbito del comedor reson con la vibracin de dos suspiros que eran
dos poemas. Pero ningn suceso grave result de aquel singular estado de
sus caracteres,  no ser que quiera considerarse como tal el gran
puntapi que se llev el perrito Batilo sin motivo serio que lo
explicara.





CAPTULO XXXIV



#El complot.--Triunfo de Lzaro.#


Lzaro no pudo tampoco aquel da encontrar  Bozmediano. Su deseo de
hablarle, de pedirle cuenta de su infamia, de demostrarle la lealtad de
su conducta y de castigarle sin lstima ninguna, aumentaba  cada hora.
Buscle con afn, porque ciertos agravios dan una paciencia y una
tenacidad que las ms grandes empresas inspiran rara vez al hombre.

En la casa le decan constantemente que no estaba; paseaba de largo 
largo la calle sin verle aparecer; lleg la noche, y  eso de las diez
vi salir  las mismas tres personas de la noche anterior. Eran ellos.
Bozmediano, padre  hijo, y el otro militar salieron por una puerta que
se abra  un callejn obscuro, y se encaminaron  la plazuela de
Afligidos, dando un gran rodeo. Apostse el joven Otra vez detrs de
la esquina de la calle de las Negras, y les vi entrar en la propia
casa. Al poco rato entr otra persona, despus tres, despus dos; en
fin, los mismos de la noche anterior. Reflexionando entonces Lzaro que
su grande objeto, hablar y confundir  Bozmediano, no lo poda
conseguir, viendo entrar desconocidos en una casa desconocida, se
retir, dirigindose  la _Fontana_ para asistir  la gran sesin de
que su to le haba hablado.

Desde el anochecer estaban en el caf de la Carrera de San Jernimo el
Doctrino, Pinilla, Aldama y otros dos individuos de los que ms trato
tenan con el bolsillo del intendente revolucionario Elas Orejn.

--No hay otro medio mejor que el que Coletilla nos ha propuesto--deca
el Doctrino.--Indudablemente ese zorro tiene talento.

--Pero es preciso tomar antes buenas medidas--indic Pinilla--porque
esos golpes, si salen mal, son terribles.... Escojamos buena gente, y
que todos nos sigan y vayan al mismo objeto sin decir nada hasta no
estar sobre ellos. Que slo sepan la verdad del objeto treinta 
cuarenta hombres probados.

--Eso ha de ser as: yo respondo de ello.--Ellos tambin parece que ven
venir la lucha y se preparan para la defensa. Hoy lo dijo Toreno en las
Cortes--observ Pinilla.--Pero les va  ser difcil escapar. El pueblo
est irritado contra ellos; el pueblo quiere libertad, y ha de
atropellar  los que intentan no permitirle llegar hasta el fin.

--La gran dificultad consiste en no poderles coger reunidos en un solo
punto. Lo bueno sera invadir el Congreso; pero el de la casa grande no
quiere tal cosa. Hay que ir cazndoles guarida por guarida, y esto hace
ms difcil y complicado el asunto... Pero concretemos. En resumen, qu
es lo que se debe hacer?

--La cuestin es muy sencilla--dijo el Doctrino, echndose atrs el
sombrero y bajando la voz.--Todo se reduce  lo siguiente: Hay un
partido, unos cuantos hombres que se llaman liberales sensatos, que
predican el orden y el respeto  las leyes. Todo esto es muy bueno. Pero
el pueblo ha cobrado gran odio  esa gente, que es, segn cree el Rey,
el apoyo de la Constitucin. El pueblo ha llegado tras largas
sugestiones  desear vivamente, con razn  sin ella, la ... desaparicin
de esos hombres. Bien: conduzcamos al pueblo al logro de su deseo. El
pueblo lo quiere, cmplase la voluntad nacional. Despus de estas
irrisorias y diablicas palabras, el Doctrino se detuvo para leer el
efecto de su exposicin en las caras de los oyentes.

--Bien--continu:--hay veinte  treinta hombres sealados ya en la
opinin como vctimas.

--Cmo vctimas?--interrumpi Pinilla.

--S, ha de haber un atropello. Hasta dnde llegar este atropello, es
lo que no puedo decir  ustedes. Ya sabemos lo que es este pueblo.

--Pero ese atropello parar en una matanza?--pregunt uno de los dos
desconocidos.

--Eso es lo que no s. Atropello ha de haber. Las personas que lo han de
sufrir estn aqu apuntadas en mi cartera. No son slo los ministros.

--Y despus, qu pasar?--dijo el otro.--Verificado el hecho (y supongo
que llegue al ltimo extremo,  un sacrificio horrible), qu tendremos?
Se apoderar del poder el partido exaltado; tendremos un perodo de
dictadura, de terror y represalias espantosas. A donde iremos  parar?
A la anarqua ms horrible.

--No importa--dijo el Doctrino.--El Rey cuenta con eso, y lo desea. De
esa anarqua ha de salir triunfante un absolutismo, que es su objeto. Y
lo conseguir; eso es indudable.--Y contra quines se dirige el motn?

--Contra muchos: ya conocis quines son. Los polticos que se llaman de
talla, los que guan la marcha de las Cortes, los influyentes. No se
olvidar al presuntuoso Argelles ni al clebre, ms que clebre,
Calatrava.

--Hombre, sentira que se escapara el bueno del consejero Bozmediano,
que tuvo la desfachatez de decir en las Cortes que si el Gobierno no
tena  raya  los exaltados, peligraba la libertad y la Patria.

--Cmo se haba de escapar ese pez? Ese es de los primeros. Pues si es
el que inspira al Gobierno... Quin clama todos los das porque se
cierren los clubs? El. Quin es el autor de aquellos decretos sobre
imprenta? El. Quin indujo al Gobierno  la destitucin de Riego? El.

--Pues no digo nada de su hijito el seor don Claudio Bozmediano, que
al principio era socio de la _Fontanal_ dijo uno de los desconocidos.

--Oh!--exclam vivamente el seor Pinilla, como si sintiera una herida
en el corazn.--Ese perro habla de escapar? Le odio, le detesto, no le
tendra compasin aunque le viera asado en parrillas. Slo por acabar
con ese condenado, entrara yo en la conspiracin.

--Pues que te ha pasado con l?--le preguntaron.

--Qu me ha pasado?--dijo Pinilla, lvido de clera. Hace algn tiempo
iba ese seor  _Lorencini_. Una noche hablaba yo en contra del
absolutismo y de los frailes: todos me aplaudan, y l tambin. Despus
dije no s qu cosa contra los militares: el call; pero al concluir mi
discurso, vino  hablar conmigo y me expres con algunas palabras su
disgusto. Yo no esper ms: haca tiempo que me cargaba aquel hombre, le
tena ojeriza sin saber por qu; le dije que me importaba poco su
opinin. Me contest, le contest yo ms fuerte, hasta que al fin, de
palabra en palabra, le dije cierta cosa, sabida de todo el mundo,
respecto  su madre, que fu muy levantada de cascos. El no esper ms,
y de repente ... no lo puedo contar, porque se me sube toda la sangre al
rostro. El puso su pesada mano en mi cara, y la imprimi con tal fuerza,
que desde entonces la siento siempre aqu ... aqu ... quemndome como
un hierro candente. Reimos: l es mucho ms fuerte que yo, y me venci.
Despus nos desafiamos, y me hiri; he vuelto  tener otro altercado con
l, y me volvi  ... En fin, le odio de muerte. Uno de los dos tiene
que destruir al otro: no hay remedio.

--Pues no escapar, ni su padre tampoco.

--Lo mismo digo yo--exclam Aldama, que estaba muy pesaroso porque el
amo del caf no le haba querido fiar una botella de Mlaga.

--Chitn, que viene alguien. Quin es? Ah! Lzaro Lzaro entr y
salud  su amigo.

--Buenas noches, buena pieza--le dijo el Doctrino.--Ya estamos otra vez
en la _Fontana_; ya somos dueos del club, de nuestro club; ya se fu
aquella horda de necios. Esta noche hablar usted y ser aplaudido.
Sabrn apreciar lo que usted vale.

--Ah! yo no hablo ms--replic Lzaro con cierta amargura, porque se
haba llegado  convencer de que no haba nacido para la tribuna.

--Mire usted--dijo Pinilla al Doctrino, continuando la conversacin
interrumpida,--ese Bozmediano es adems un hombre inmoral, de detestable
conducta; un libertino, como lo fu su padre, escndalo de la corte de
Carlos III.

Lzaro prest mucha atencin.

--No se ocupa ms que en seducir muchachas. Cuntas familias son hoy
desgraciadas  causa de sus hazaas! Oh! los bandidos de esta clase
deben ser quitados de entre los hombres.

--Hablan ustedes de una persona que me ocupa mucho en estos
momentos--dijo Lzaro.--Usted le conoce? Usted sabe cules son los
hbitos de ese malvado?

--Pues no lo he de saber?--manifest Pinilla.

--Yo le he buscado ayer--dijo Lzaro;--le he buscado hoy sin poderle
encontrar, porque tengo que ajustar ciertas cuentas con l. Yo le
encontrar aunque tenga que andar toda la tierra.

--Cuidado, joven, que ese maldecido maneja bien las armas. Tiene una
mano admirable.

--No me importa: ya nos arreglaremos.

--Y le ha buscado usted?

--Si: no le he podido encontrar; es decir, s le he encontrado, le he
visto; pero no en disposicin de hablar con l. Iba con dos ms, al
parecer  una reunin secreta,  que concurran otros hombres, que
aparecan sucesivamente y entraban en una casa.

--Dnde?--pregunt con vivo inters el Doctrino.

--En una plazuela; segn despus he averiguado, se llama de Afligidos.

--En la plazuela de Afligidos?--dijo el otro con asombro.--Es en la
casa de lava... Y eran muchos? A qu hora?

Lzaro cont detenidamente todo lo que habla visto en la citada plazuela
dos noches seguidas y  la misma hora.

--No necesito ms--dijo el Doctrino al odo de Pinilla.

Esto pasaba en una pequea sala interior de la _Fontana_, donde el amo
tena algunos centenares de botellas vacas, y dos  tres barriles,
vacos tambin, con gran sentimiento, de Curro Aldama. Cuando Lzaro
concluy su relato, se sinti el ruido de aplausos y las voces
entusiastas que resonaban en el recinto del caf. Hablaba con mucha
elocuencia Alfonso Nez. Ms de doscientos jvenes exaltados, lleno el
espritu de pasin expansiva, le aplaudan con entusiasmo. El joven
orador comunicaba su indiscreta fe  aquella masa de juventud inocente y
soadora, cuando cuatro infames,  dos pasos de all, preparaban un
sangriento desastre. Estas iniquidades, proyectadas por pocos y llevadas
 cabo por muchos con la sencillez propia de las turbas engaadas, son
muy frecuentes en las revoluciones. El gento obra  veces obedeciendo 
una sola de sus voces, cualesquiera que sea: se mueve todo  impulso de
uno solo de sus miembros por una solidaridad fatal.

La _Fontana_ estaba aquella noche elocuente, ciega, grande en su
desvaro. Iba  perpetrar un crimen sin conocerlo. Su elocuencia era la
justificacin prematura de un hecho sangriento; y para el que conoca su
prxima realizacin, las galas de aquella oratoria juvenil eran
espantosas y sombras.

Lzaro entr en el caf: an no se atrevi, aunque tema la persuasin de
ser recibido con benevolencia,  presentarse en el centro del club. Se
qued en un rincn, dispuesto  ser simple espectador; pero algunos
pidieron que hablara; Alfonso le empuj hacia la tribuna; el mismo dueo
del caf se lo suplic con insistencia, y la mayor parte de la juventud,
que formaba el pblico, le aplaudi, tributndole una ovacin
anticipada. No pudo eximirse: se resolvi  hablar, subi  la tribuna y
empez. Felizmente no le aconteci aquella vez lo que en la desgraciada
noche de su llegada; no perdi la serenidad al encararse con las mil
cabezas del pblico y ver abierto ante s el abismo de tanta atencin,
expresada en tantos ojos. Sin dificultad ninguna encontr el asunto de
su discurso, y desde las primeras frases vi desarrollarse ante su
imaginacin en serie muy clara todas las ideas que haban de constituir
la disertacin. A cada palabra senta presentarse la siguiente; pero sin
atropellarse, con la calma de la verdadera inspiracin que afluye al
espritu y no se precipita. La elocuencia muda de sus horas de silencio
y soledad, sala por primera vez  su boca, sorprendindole  l mismo,
que se oa con tanto gozo como poda orle el pblico. Aquellas pginas
no escritas, aquellas oraciones no emitidas por voz humana, salan  sus
labios con tanta facilidad que parecan aprendidas de memoria desde
largo tiempo. Sin darse cuenta de ello, dej de ser retrico aquella
vez. Su instinto de orador se alej de aquel peligro, y expresndose 
veces con demasiada sencillez, no ocurri tampoco en el desalio ni la
vulgaridad. La espontnea brillantez de sus medios oratorios, la
profunda entonacin de verdad y sentimiento que daba  sus afirmaciones,
la habilidad con que saba explotar la pasin y la fantasa del
auditorio, le ayudaron en aquella empresa, en la cual su ingenio
apareci en altsimo lugar, grande, espontneo, robusto de ideas y
formas, como realmente era.

--Cmo queris que haya libertad--deca,--si unos cuantos se erigen en
sacerdotes exclusivos de ella, cuando ese gran sacerdocio  todos nos
corresponde y no es patrimonio de ninguna clase? Pas el monopolio de la
riqueza, de la ilustracin, del predominio y de la influencia, Hemos de
consentir ahora el monopolio de las ideas? _(Grandes aplausos.)_ Por
este camino vamos  tener aqu una cosa parecida  las castas del
Oriente. _(Risas.)_ Entre los millones de ciudadanos que pertenecen  la
sagrada comunin del liberalismo, vemos surgir una casta privilegiada,
que se cree nica conservadora del orden, nica cumplidora de las leyes,
nica apta para dirigir la opinin. Hemos de consentir esto? Hemos de
ser siempre esclavos? Esclavos ayer del despotismo de uno, esclavos hoy
del orgullo de ciento? Mil veces peor es este absolutismo que el que
hemos sacudido. Prefiero ver al tirano desenmascarado y franco,
mostrando su torva, sanguinaria faz de demonio; prefiero la insolencia
desnuda de un brbaro abominable, abortado por el infierno,  la
hipcrita crueldad, al despotismo encubierto y disfrazado de estos
hombres que nos mandan y nos dirigen escudados con el nombre de
liberales, haciendo leyes  su antojo, para despus obligarnos con el
respeto  la ley; seducindonos con el nombre de libertad para despus
ametrallarnos en nombre del orden; llamndose representantes de todos
nosotros para despus insultarnos en las Cortes llamndonos bandidos.
_(Aplausos.)_ No puede durar mucho tiempo el imperio de la injusticia.
Felizmente an no han puesto mordazas en todas nuestras bocas; an no
han atado todas nuestras manos; an podemos alzar un brazo para
sealarles; an tenemos alientos en nuestros pechos para poder decir:
"ese." Estn entre nosotros, les conocemos. Esta gran revolucin no ha
llegado  su augusto apogeo, no ha llegado al punto supremo de justicia:
ha sido hasta ahora un paso tan slo, el primer paso. Nos detendremos
con timidez asustados de nuestra propia obra? No: estamos en un
intermedio horrible: la mitad de este camino de abrojos es el mayor de
los peligros. Detenerse en esta mitad es caer, es peor que volver atrs,
es peor que no haber empezado. Hay que optar entre los dos extremos: 
seguir adelante,  maldecir la hora en que hemos nacido. _(Grandes y
estrepitosos aplausos.)_

Lzaro not, mientras pronunciaba estos prrafos, que entre las mil
figuras del auditorio, y all en lo obscuro de un rincn, haba una cara
en cuyos ojos brillaban el entusiasmo y la ansiedad. Las manos flacas y
huesosas de aquel personaje aplaudan, resonando como dos piedras
cncavas. Le miraba sin cesar mientras hablaba, y  no encontrarse el
orador muy posedo de su asunto y muy fuerte en su posicin respecto al
auditorio, se hubiera turbado sin remedio, dando al traste con el
discurso. La persona que as le miraba y le aplauda era su to. Aquello
era incomprensible, y el joven hubiera pensado mucho en semejante cosa,
si las cariosas y ardientes manifestaciones de que fu objeto no le
distrajeran mucho tiempo despus de concluido su discurso.

Otro habl despus de l, y al fin, despus de tantos discursos, el
pblico empez  desfilar. Alfonso y Cabanillas se fueron  la calle,
llevados por los grandes grupos en que se descompuso aquella masa de
gente. Agitada fu aquella noche en todo Madrid, y es positivo que la
autoridad, ordinariamente bastante descuidada y dbil, tom algunas
precauciones. En la _Fontana_ quedaban  la madrugada el Doctrino,
Pinilla, Lobo, Lzaro y otros.

--Bien lo ha hecho usted!--le deca el Doctrino  Lzaro.--Yo me lo
esperaba. Esta noche nuestro partido adquiere con la palabra de
usted una fuerza terrible. Don Elas, puede usted estar orgulloso de
su sobrino.

--S que lo estoy--dijo Coletilla sonrindose como acostumbran hacerlo
los chacales y las zorras,  quienes ha puesto la Naturaleza una
contraccin diablica en el rostro.--S que lo estoy: no cre yo que
fuera este chico tan listo, que,  saberlo, ya hubiera yo hecho lo
posible para que....

Lzaro comenz  ver obscuro en aquella intrusin de su to en las
sesiones de los exaltados. Cruz por su imaginacin una sospecha
horrible. Cuando se march  la casa iba recordando la acusacin que en
la noche de su expulsin le haban dirigido en aquel mismo sitio;
record el dilogo que con su to haba tenido en la crcel; record
todas sus palabras, expresin del ms ciego fanatismo; y cuanto ms
meditaba y recordaba, menos poda explicarse que su to permitiera el
ser llamado _gran liberal_. Aunque algunas sospechas vagas le
atormentaron, no vi el gran abismo en todo su horror y profundidad; no
presagi el movimiento  que haba dado impulso con su palabra, ni
comprendi el ardid tenebroso, la colisin sangrienta que de las cabezas
aturdidas de la _Fontana_ y de las voluntades agitadas de algunos
jvenes, haca su arma mas terrible.

Pero al llegar  la casa esperaba  Lzaro una sorpresa que haba de
hacerle olvidar su discurso,  su to y  la _Fontana_. Al entrar, ya
cercano el da, encontr  doa Paz muy alborotada,  Salom rondando la
casa con luz, y  las dos tan colricas y destempladas, que no pudo
menos de rer  pesar del estado de su espritu.

--Gracias  Dios que viene usted! Estamos solas--le dijo temblando la
ms vieja.

--Qu hay, seoras?

--Tememos que alguien se entre por esos tejados.

--Cmo, quin se va  atrever?

--No sabe usted lo que ha pasado, caballerito?--dijo Paz.--Esa
Clarita.... Qu horror, qu perversin!...

--Para cundo es el patbulo?--exclam Salom.--Un hombre, un hombre
ha entrado aqu por esa nia, un seductor! Y nosotras tan ciegas que la
recogimos!

--Ay, mi Dios! qu horrible atentado!

--Y cundo entr ese hombre?--pregunt, comprendiendo que haban
descubierto la entrada de Bozmediano.

--El domingo, aquella tarde que estuvimos en la procesin.

--Y ella, dnde est?--pregunt el joven, creyendo que haba llegado el
momento de aclarar aquel asunto.

--Qu horror! Y usted pregunta dnde est? La hemos arrojado, la
hemos echado!--dijo Paz, con expresin de venganzasatisfecha.--Habamos
de consentir aqu semejante monstruo?

--Qu degradacin! Y en esta casa!--exclam Salom, ponindose
ambas manos sobre la cara.--Seor, qu expiacin es esta? Qu
pecado hemos cometido?

--Y dnde est?

--Que dnde est? Qu s yo? La hemos arrojado.

--Pero dnde ha ido?

--Qu s yo? Vaya  la calle, que es donde siempre ha debido estar.
Oh! Ella se habr ido muy contenta por ah.

--Si esa gente ha nacido por la calle--dijo Salom, con un gesto de
repugnancia.--Qu ignominia!

--Pero ustedes la han arrojado as...? Dnde ha de ir la
pobrecilla?--pregunt Lzaro, que,  pesar de su agravio, no poda ver
con calma que se injuriara y se maltratara de aquel modo  un ser
desvalido.

--Qu s yo dnde ha ido? Al infierno!--dijo Mara de la Paz riendo.

--Seor, es posible que haya tanta infamia en el mundo? Oh! Las ideas
del da ...--murmur Salom, alzando las manos al cielo en actitud
declamatoria.

Antes de decir lo que hizo Lzaro al encontrarse con tan estupenda
novedad, contemos lo que pas aquella noche en la vivienda de las tres
damas. Coletilla haba salido diciendo que no volvera hasta dentro de
tres das, por tener que ocuparse fuera de cierto asunto; y ellas
estaban comentando esta rara determinacin, cuando aconteci un suceso
que di por resultado la expulsin definitiva de la hurfana.





CAPTULO XXXV



#El bonete del Nuncio.#


La sastrera clerical fu industria muy socorrida y floreciente en el
siglo pasado. Haba muchos clrigos, y adems gran cosecha de abates,
gente toda que vesta con primor y coquetera. Los que  tal industria
se dedicaban obtuvieron pinges ganancias, y esto fu causa de que se
dedicaran  explotarla muchos menestrales de ambos sexos, educados al
principio en la sastrera profana. En el presente siglo la industria en
cuestin estaba muy decada, no sabemos si porque haba menos clrigos 
porque haba ms sastres. En el quinto piso de la casa de Tcame Roque,
situada en la calle de Beln, tenan su nido dos hermanas, sastras de
ropas sagradas, que haban venido muy  menos. En sus mocedades haban
cosido muchos manteos y sobrepellices para los cannigos de Toledo y
para los clrigos de la corte; pero en la poca de nuestra historia, por
razones sociales que no es oportuno consignar, slo consagraban su
msera existencia  remendar las verdinegras hopalandas de algn
escolapio  de algn teniente cura pobre y andrajoso. Hacan de peras 
higos un bonete para un capelln de Palacio  para el seor fiscal de la
Rota, y nada ms. Eran muy pobres, pero soportaban con paciencia la
desgracia sin exhalar una queja. Slo una de ellas deca de cuando en
cuando con un suspiro, mientras revolva los escasos trapos negros de su
santa industria: "Ya no hay religin."

No tenan otro amigo que el abate don Gil Carrascosa, que, segn ha
llegado  nuestra noticia, tuvo en sus tiempos ciertos dimes y diretes
con una de ellas. El las visitaba, les proporcionaba algn trabajo y
sola darles algn rato de tertulia, contndoles las cosas de Madrid.
Pero si las de Remolinos (que as se llamaban) no tenan ms que un
amigo, en cambio tenan un enemigo implacable, sanguinario, feroz. Este
enemigo era otra sastra, que viva pared por medio, y que, por la
natural divergencia de opiniones entre los que se dedican  una misma
industria, les haba declarado guerra  muerte. Para martirizarla,
adems de sus improperios y apodos, tena un gato, que creemos nacido
expresamente para entrarse en el cuarto de las dos hermanas y hacer all
cuantas inconveniencias puede hacer el gato de un enemigo. Tena adems
la doa Rosala un amante _del comercio_, que la visitaba todas las
noches, en compaa de una guitarra; y era este amante un ser creado de
encargo por el infierno para cantar y tocar toda la noche en aquella
casa y no dejar dormir  las dos sastras de ropas sagradas.

Doa Rosala tena ms trabajo que sus vecinas las de Remolinos ( las
_Remolinas_, como generalmente las llamaban), y adems haca cuanto
puede hacer una mujer envidiosa para quitarles  sus rivales el poco
que tenan. Aconteci que un paje de la Nunciatura, feligrs antiguo
de doa Rosala, y muy admirador de su buen color, se atrevi 
aspirar  no sabemos que honestas confianzas; picse la dama, picse
ms el paje, y al da siguiente, al traer el bonete del Nuncio para
que le echaran un zurcido, en vez de drselo  doa Rosala se lo
entreg  las dos hermanas.

Cuando doa Rosala supo que el bonete de la Nunciatura estaba en manos
de sus rivales, le pareci que haba recibido la ms grande ofensa:
rompi relaciones con la Curia romana, dijo mil improperios al paje,
encarg  su gato ciertas sucias comisiones cerca de las dos vecinas
(comisiones que el animal cumpli con gran puntualidad), se acerc  la
puerta de las dos infelices, y les dijo mil cosas estupendas, que
hicieron proferir  la ms vieja de las dos en su lamentacin
acostumbrada: "Ya no hay religin."

Pero Rosala buscaba una venganza terrible. Cmo? Mucho le asombr ver
entrar al abate con un militar desconocido. La casa estaba dispuesta de
tal modo, que acercndose  la puerta se oa cuanto en los cuartos
inmediatos se hablaba. Todos sabemos los fines de la visita de
Bozmediano  las de Remolinos. Doa Rosala lo adivin tambin, cuando,
ponindose en acecho, le vi pasar  la casa inmediata por una puerta
condenada que daba al desvn antiguo. Se call y esper. Comprendi la
taimada que all haba aventura amorosa, y en esto supo hallar un medio
feliz para su venganza. Vi entrar y salir  Bozmediano, y calculando
que aquella entrada fraudulenta se repetira, esper  que se repitiera,
para ir inmediatamente, y mientras el joven estuviera dentro,  la casa
contigua  denunciar el hecho. El joven sera sorprendido, habra un
gran escndalo, se haran averiguaciones, ella declarara por dnde
habra entrado, y ctate  las Remolinas camino de la crcel en castigo
de su complicidad en aquel delito de escalamiento y abuso de confianza.

Esper un da, dos, tres, hasta que viendo que la escena no se repeta,
resolvi en su alto criterio denunciar el hecho de una vez  la familia
interesada, no sea que, retardndolo, pudiera ser puesto en duda.

Pensado y hecho. Psose un mantn, baj, entr en casa de las Porreas,
toc, le abrieron, y se encar con la faz majestuosa de Mara de la Paz
Jess, que de muy mal talante le pregunt:

--Qu quiere usted?

--Vena  ver al amo de esta casa para decirle una cosa,--dijo
Rosala entrando.

--Qu irreverencia!--pens Mara de la Paz, vindola entrar de
rondn.--Salom, una luz.

Anocheca, y con la obscuridad no poda la dama ver claramente el rostro
de la que la visitaba. Salom trajo un quinqu  la sala, donde las dos
se personaron.

--Qu se le ofrece  usted?--pregunt Paz, midiendo con una mirada el
cuerpo de doa Rosala.

--Quin es el amo de esta casa?

--Yo soy--dijo Paz un poco alarmada con el misterio que pareca envolver
aquella inesperada visita.

--Pues vengo  decirla  usted ... usted no sabe lo que pasa?

--Qu pasa?--dijo Salom, creyendo que se hunda el techo.

--No se asuste usted, seora, porque al fin y al cabo, sabindolo, se
puede evitar que vuelva  suceder.

--Por Dios, explqueme usted, seora!--dijo Paz, en el tono de la
impaciencia y la superioridad.

--Pues han de saber ustedes--dijo con misterio doa Rosala,--que esta
casa... Pues ... les dir  ustedes: yo vivo en la casa de al lado en el
cuarto piso, y soy sastra, con perdn de ustedes, y coso toda la ropa de
casa del seor Nuncio del Papa, y la del Patriarca de las Indias; coso 
todo el arzobispado de Toledo, y  veces coso  la capilla de Palacio.

Esta relacin de las altas jerarquas que serva la aguja de doa
Rosala, le di cierta importancia  los ojos de Mara de la Paz Jess.

--Yo vivo all arriba y he visto... Pero ustedes no han cado en ello?

--En qu?

--En ese hombre que ha entrado aqu.

--Qu hombre? qu dice?--exclamaron  una las dos ruinas en el tono
del que siente estallar un volcn.

--Pues yo vena  avisrselo  ustedes para que evitaran que otra vez
pasara. Es el caso que en la buhardilla de la casa en que yo vivo hay
una puertecilla que da  la buhardilla de esta casa.

La cara que pusieron las Porreas no cabe en ninguna descripcin.

--S--continu la sastra--y un joven militar se meti una tarde por esa
puerta de que hablo; se meti aqu... Yo me malici, cuando le vi, que
habla aqu alguna jovencita.

--Pero seora--dijo Paz, ponindose en pie--est usted segura de lo que
dice? Un hombre ha entrado aqu ... aqu, en esta casa!

--S, seora: yo lo he observado. Se col por el cuarto de unas vecinas
... amigas mas. Yo lo he visto.

--Cundo? pregunt Salom tomando aliento, porque ya el aliento
le faltaba.

--El domingo por la tarde.

--A qu hora?

--A eso de las cinco.

--Cuando estbamos en la procesin! Qu escndalo! Esa nia
desvergonzada ... esa muchachuela.... Bien me lo sospechaba yo--dijo
Paz, con las manos puestas en la cabeza y pasendose por la sala
como una loca.

--Ay! no sirvo para estas cosas... Yo me descompongo!--balbuci
Salom, inclinndose sobre el sof con muestras de experimentar
un vahdo.

--Pero, seoras, no se alarmen ustedes--dijo doa Rosala, queriendo
calmar  las dos damas.--Tienen ustedes alguna hija?

--No, seora: nosotras no tenemos ninguna, hija--contest con mucho
enfado Mara de la Paz:--es una mozuela, una loca que admitimos aqu por
compasin, esperando que se corrigiera; pero ... ya me lo sospechaba yo.
Qu alhaja! Ves lo que yo deca? Dios mo, para qu admitimos aqu 
semejante mujerzuela?

--Seora--manifest Salom, oprimindose el estmago y rehacindose de
su vahdo.--Cuente usted, aclare usted eso. Ay! Es demasiado horrible.
Nosotras no estamos acostumbradas  esas cosas, y tales hechos nos
confunden; yo, sobre todo, no puedo soportar....

--Pues no lo duden ustedes. El joven se col en la casa el domingo por
la tarde, y estuvo aqu como una hora. Avergenlo ustedes y vern cmo
es cierto.

--Si parece increble--dijo Paz, sentndose otra vez. Esta casa, esta
honrada casa ... Y cmo existe esa puerta? Cmo es posible...?

--Existe de muy antiguo, slo que estaba condenada. Si ustedes quieren
verla pueden subir  la buhardilla, y examinando bien, la encontrarn.

--Pero l, ese monstruo, por dnde pudo llegar?

--La tal puerta--continu doa Rosala--da al cuarto de unas costureras
amigas mas. Las pobrecillas no cosen ms que  sacristanes y curas de
aldea y cosen mal. Ellas quieren darse tono, y dicen que cosen  la
catedral de Segovia; pero es mentira. No las crean ustedes.

--Y l, entr por ese cuarto?

--S: es un militar, alto, buen mozo.

--Jess, qu horror! Yo no puedo or esto--exclam Salom,
estirndose, con muestras de un segundo ataque. Les di dinero  esas
mujeres--continu doa Rosala--porque ellas estn muy pobres: no ganan
nada. Como lo hacen tan mal ... No cosen ms que al teniente cura de
San Martn.

--Es preciso tomar una determinacin, Paz; una determinacin
pronta--dijo Salom volviendo en s.--Porque si no, la honra de la casa
est comprometida.--Seora--aadi, volvindose  doa Rosala--no
extrae usted esta congoja; no estamos acostumbradas  golpes de esta
clase. Nosotras, por nuestro nacimiento, nuestra educacin y nuestra
religiosidad, hemos estado siempre por encima de todas esas miserias.
Ay! nosotras hemos tenido la culpa por nuestra excesiva caridad.
Figrese usted que acogimos sin recelo  una vbora en nuestra casa,
aunque tenamos malos informes de su conducta; la acogimos creyendo que
se enmendara. Pero ya ve usted qu almas tan perversas! Qu sociedad!
Qu siglo! Bien me lo figuraba yo,  pesar de lo que deca mi sobrina,
que es una santa, y se empeaba, guiada por su buen corazn, en que esa
muchacha se iba  corregir. Cmo puede corregirse un monstruo
semejante? Qu deshonra, qu vilipendio! Ay! yo no sirvo para estos
casos; me confundo, me descompongo y no puedo tomar ninguna
determinacin.

--S, hay que tomar una determinacin--afirm con mucho encono Mara de
la Paz.--Si no, qu va  ser de la honra de nuestra casa? Hay que poner
inmediatamente  la puerta de la calle  esa mozuela, sin consultar 
don Elas. El ha de aprobarlo; y sobre todo, aunque no lo apruebe. Pues
no se ha atrevido  decirnos esta maana que su sobrino se enmendar?
Si est una viendo unos horrores! ... Qu siglo, qu costumbres!
Hasta l...!

--Haz lo que quieras, Paz--dijo Salom, afectando mansedumbre y cierta
postracin, que ella crea sentaba muy bien en su nervioso
cuerpo.--Haz lo que quieras, sin reparar en lo que pueda opinar ese
seor mayordomo, que l nada tiene que mandar aqu. Despide  esa
muchacha; que se vaya con las de su calaa. Oh! No quiero recordar lo
que esta seora ha contado.

Hasta el perro, que no ladraba; el melanclico Batilo, estaba
consternado. Habase plantado frente  doa Rosala, y miraba, con la
atencin de un can preocupado, el buen color de la costurera que haba
trado la desolacin  aquella casa.

--Seora--dijo Paz con un poco de cortesa,--le agradecemos  usted el
aviso que nos ha dado, mostrando, como es natural, su celo  inters por
la honra de nuestra casa. Cuando despidamos  esa muchacha, nos
mudaremos de aqu. Ay, y yo que le haba tomado cario  este santo
retiro! Aqu vivamos tranquilamente y en paz, no con la comodidad que
en nuestra antigua casa; pero, en fin, tranquilas y ... Seora, usted
nos ha librado de la deshonra, porque qu hubiera sido de nosotras,
solas aqu y expuestas  las asechanzas alevosas de ese militar? Oh! no
lo quiero pensar.

--Es un militar joven, alto, buen mozo, y parece ser persona muy
distinguida.

--Joven, buen mozo y de buen porte!--dijo Salom disponiendo su cuerpo
para el tercer paroxismo.

--Joven, buen mozo y de buen porte!--exclam Paz en el colmo de la
indignacin.--Es esto creble? Qu circunstancias tan agravantes!

--No siga usted, por Dios!--dijo Salom ya medio desmayada.

--No siga usted, que mi sobrina es muy impresionable y no puede or
ciertas cosas. Estamos acostumbradas....

Doa Rosala se levant para marcharse, porque crea haber cumplido
satisfactoriamente su misin. Entonces pas una cosa singular: cuando
la sastra se acercaba  la puerta, Batilo, el perro misntropo, que en
aquella mansin haba olvidado los hbitos propios de su raza, corri
tras ella, se agit convulsivamente como quien hace un gran esfuerzo, y
ladr, ladr como un mastn ante un salteador; persigui  la mujer
dando agudos aullidos, y hasta lleg  pillarle entre sus inofensivos
dientes el traje y el mantn. Paz se alarm y Salom se tap los
odos, como si oyera el aullido, de un chacal. Defendieron entre las
dos  doa Rosala de la agresin inesperada del animal; fuese la
sastra, y las dos arpas se miraron cara  cara, comunicndose
mutuamente su respectiva bilis.

Es indispensable apuntar que en su afn de llegar pronto  donde estaba
Clara, se aturdieron, sin poder tomar la puerta, y al fin chocaron una
con otra con gran confusin.

--Mujer, que me echas al suelo--dijo una.

--Mujer, qu cosas tienes--gru la otra.

Entraron en el cuarto donde estaba acostada la devota ... Esta reposaba
tranquilamente, pero no dorma; tena clavados los ojos en el techo con
muestras de meditacin profunda. Sentada junto  la cama estaba Clara,
que haca de enfermera y acompaante de la santa. Cuando las dos
Porreas entraron, Clara les conoci en las caras que se preparaba una
escena terrible. Asustse mucho, y se acerc ms al lecho, como buscando
un refugio al lado de la sagrada persona de doa Paulita.

--Nia!--dijo Paz con la lengua turbada y muy alterado el rostro.--Ya
sabemos todas las infamias de usted. Merece usted ir  la crcel por
comprometer la honra de una casa como sta. Si no temiera rebajar mi
dignidad....

--Seoras--murmur Clara temblando,--pues yo qu he hecho?

--Pues yo qu hecho?--dijo, remedndola con gesto grotesco,
Salom.--Miren la hipcrita, qu monstruo, Dios mo! Paula, no te
asustes--aadi, acercndose  la cama;--no nos des un nuevo disgusto.
Ya sabemos qu clase de persona hemos recibido en nuestra casa.

--Todo se ha descubierto, nia--continu Paz--Ya no nos engaar usted
ms con su cara de mosquita muerta. Pero qu atrevimiento, qu
iniquidad! Debiera usted morirse de vergenza.

--Seora, yo no s de qu habla usted--dijo Clara, perdiendo por
completo la serenidad.

--Insolente! Y an se atreve  disimular, despus de tanta
desvergenza. Cree usted que est tratando con personas como usted?
Miren la necia! tan necia como perversa. Ahora mismo va usted  salir
de esta casa.

El primer sentimiento de Clara al or esto, fu una repentina alegra.
Salir de all! Ya haba perdido esa esperanza. Pero la situacin
aqulla no era para alegrarse. Pronto lo conoci, y esper resignada el
fin de su sentencia.

--Dile, dile la causa--indic Salom, afectando gran respeto al
procedimiento.

--La causa bien la sabe ella--dijo Paz;--pero no puedo contener la
clera. De veras digo que si no fuera porque soy persona ... qu
horror! La causa es ... no te asustes, Paula; la causa es que mientras
nosotras salimos de casa  alguna visita, se entra aqu un hombre por
los tejados; s: un militar, buen mozo, alto, persona ... cmo dijo? de
buen porte ... pero no te asustes, Paulita: esto hay que aceptarlo con
resignacin.

Si no temiera asustar  su prima, que estaba enferma,  Salom le
hubiera dado un cuarto conato de vahdo. Pero se content con mirar  la
devota con ojos muy aterrados. La santa no hizo ms que mirar  Clara
con cierta perplejidad; y contra lo que sus parientes esperaban, no cit
ningn texto latino, ni predic ningn sermn sobre la inconveniencia 
irreligiosidad de que entraran por los tejados los militares buenos
mozos, altos y de buen porte. Clara,  pesar de su inocencia, se qued
aterrada como una culpable.

--Se atreve usted  negarlo?--dijo Paz, dando algunos pasos hacia ella
con el resplandor de la ira en los ojos.

--Yo ... no--dijo Clara, retrocediendo con espanto.--S ... s lo
niego.--Despus aadi, haciendo un esfuerzo por calmarse y calmar  su
juez:--igame usted, seora: yo le contar la verdad; le dir lo que ha
sido. Yo soy inocente; yo no he permitido....

--Jess, Jess! Yo no sirvo para estas cosas--clam Salom volviendo el
rostro.--No puedo, no puedo or esto.

--Que usted no ha permitido...? Todava tiene atrevimiento para
negarlo?

--Yo ... yo no niego--contest la hurfana muy consternada.--Pero yo,
qu culpa tengo de que ese hombre...?

--Tambin le quiere usted disculpar  l? Esto nos faltaba que ver. No
puede haber perdn para tanta alevosa. Pagar de este modo el asilo que
le hemos dado sin merecerlo! Pero bien dije yo que de usted no podamos
sacar cosa buena.

--Seoras--dijo Clara deshacindose en lgrimas,--yo les juro  ustedes
por Dios y por todos los santos, que por m no ha entrado ningn hombre;
que yo no soy culpable de todo eso que ustedes dicen. Yo se lo juro por
Dios y por la Virgen.

--Insolente! An se atreve  disculparse.

--En verdad, esto es ms de lo que puede sufrir mi dbil
constitucin--dijo la otra arpa.--Paulita, no te asustes: procura tomar
esto con indiferencia, que puedes agravarte.

--Dios mo! Cmo lo he de decir?--exclam Clara con la mayor
amargura.--Qu har, qu dir para que me crean? A quin me volver?
Yo no quiero vivir as. No tengo padres, ni hermanos, ni amigos, ni
nadie que me defienda y me proteja. Seora, yo se lo juro  usted. No me
diga otra vez esas cosas que me ha dicho, porque yo no las merezco.

--Vamos, preprese usted  marcharse al momento--dijo Paz con crueldad
espantosa.

--Marcharme! S, me marchar. Yo no quiero molestarlas  ustedes; pero
ay! esas cosas que han dicho de m... Yo no he deshonrado la casa, yo
no he deshonrado  nadie. Pero yo soy muy desgraciada; soy hurfana,
pobre y sola; y como no tengo  nadie que me proteja, por eso nadie me
guarda consideracin y todos me tratan con desprecio. Yo no merezco eso;
yo no he hecho nada de eso que usted dice; yo soy inocente.

--No s cmo me contengo--dijo Paz.--Ni un instante ms. Se marcha usted
de aqu, y vaya donde quiera. Yo s que usted se alegra. Usted no desea
otra cosa que andar sola por esas calles; usted ha nacido para la calle.
Vamos, pronto. Y nada me importa que don Elas se oponga  no. Lo
aprobar. El sabe que interesarse por tan despreciable criatura es cosa
intil. Vyase usted pronto.

--Seora--dijo Clara, ponindose de rodillas junto al lecho y
estrechndole las manos  la devota. Seora, usted me defender; usted
que es tan buena, que es una santa; usted que ya me defendi otra vez.
No es verdad que usted sabe que yo soy inocente? Dgalo usted: me estn
calumniando. Qu va  ser de m si usted no me defiende?

La devota no haba hablado palabra: continuaba como distrada y ajena 
todo aquello. Cuando sinti las manos de la que haba sido, aunque por
poco tiempo, su compaera y amiga, volvi hacia ella la cara cubierta de
palidez, y expresando cierta atona, la mir, y con voz tenue y como
indiferente, dijo: "Yo?" Call en seguida. Salom separ  Clara con un
ademn desdeoso del lecho de su prima, diciendo:

--Nuestra paciencia nos va  perder. Cuidado, Paz, que somos demasiado
condescendientes. Cmo es que est todava aqu esta mujer?

--Al momento  la calle. Vamos, pronto--dijo Paz. Recoja usted sus
brtulos, y al momento. Haga usted un lo de su ropa.

--Seora, por Dios, no me eche usted as--dijo Clara, ponindose de
rodillas y cruzando las manos.--A estas horas ... sola ... yo no conozco
 nadie ... Qu va  ser de m? A dnde voy? Espere usted, por la
Virgen Santsima,  que venga don Elas, que, siendo hurfana, me
recogi.... El no me abandonar de este modo ... Estoy segura.

--Nada, nada. Aun espera usted engaarle otra vez? Salga usted al
momento de nuestra casa.

--Pero, seoras--continu Clara,--adonde voy? Sola, de noche ... yo
tengo miedo ... yo tengo mucho miedo ... yo no conozco  nadie....

--Que no conoce  nadie? Y tiene valor para decir...?--exclam Salom,
apartando el rostro y persignndose con sus afilados dedos.--Pues y el
caballero joven, alto, buen mozo?

--Seora, espere usted, por Dios,  que venga mi protector: yo se lo
ruego por la gloria de su madre.

La idea de que viniera Coletilla  impidiera la expulsin de la
hurfana, puso  Salom en grave peligro de que le diera el
quinto ataque.

--Qu agona!--dijo sentndose.--Francamente, nuestra excesiva
benevolencia nos trae  estos extremos.

--No tarde usted un instante--dijo Paz con la satisfaccin de la
venganza.--Mrchese usted inmediatamente.

La desventurada hurfana se dirigi otra vez, como ltima esperanza, 
la santa, que reposaba en su lecho con la inmovilidad y la pesadez de la
estatua yacente de un sepulcro. Clara tom una de sus manos que colgaba
fuera de las ropas y la bes con efusin, regndola con sus lgrimas;
llanto de la inocencia provocado por la crueldad de aquellos verdugos.

--Seora, otra vez se lo pido--exclam con voz apenas inteligible;--no
me abandone usted, usted es una santa. No permita que me echen as ... 
estas horas ... yo tengo miedo. No me abandone usted.

La mujer mstica retir lentamente su mano y la escondi entre las
sbanas. Volvi el rostro, mir  la vctima, y sin inmutarse, dijo con
la misma voz helada: "Yo?"

--No se puede resistir tal insolencia--afirm Paz asiendo  Clara por un
brazo y apartndolo violentamente de la cama.

--Si usted no se marcha ahora mismo de aqu, llamo  un alguacil
para que le haga entender sus deberes.--Ya Salom se haba acercado
 la cmoda donde Clara guardaba su escaso ajuar, y recoga todo
formando un lo.

--No tengas cuidado, Paz--deca entre tanto;--yo estoy registrando su
ropa, no sea que se lleve alguna cosa. No se lleva nada.

--Seoras de mi alma!--dijo Clara en el colmo de la desesperacin.--No
me echen as: yo no he cometido falta ninguna; yo no he hecho lo que
ustedes dicen; yo soy inocente. Que lo diga esa seora que es una santa
y me conoce. Yo estoy segura de que lo dir.

La devota volvi  moverse, y con la voz que atribuyen  los espectros
evocados, repiti otra vez: "Yo?".

--No me echen ustedes--continu Clara sin saber ya  quien suplicar.--Yo
no lo merezco. A dnde puedo ir  estas horas sola? No conozco  nadie.
Tengo miedo ... me voy  perder.

--Vamos, aqu tiene usted su ropa--dijo Salom ponindole el lo
en la mano.

--No, no lo puedo creer. Ustedes no sern tan inhumanas. Esperarn 
maana; esperarn  que venga l.

--Ha dicho que no vendr hasta dentro de tres das. Cree usted que l
no se ocupa de otra cosa que de proteger mozuelas como usted?

Diciendo esto, Paz tomaba por un brazo  Clara y la llevaba con grande
esfuerzo hacia la puerta. La pobre hurfana tena sin duda mucha fuerza
de espritu cuando no cay all mismo sin sentido; y sin duda era
tambin harto angelical y delicada, cuando no contest con injurias 
las injurias de la cumnide aristocrtica, baldn de los Porreos. Aun
crea la infeliz que sus ruegos podan ablandar  aquellos dos
energmenos de corazn empedernido por el hasto, la insociabilidad y la
amargura de una vida claustral. Aun les suplic: otra vez se volvi 
arrodillar delante de Mara de la Paz, y le tom las manos, aquellas
manos nacidas sin duda para un pual. La vieja la retir con violencia;
su brazo se alz; y  pesar de la dignidad que procuraba imprimir
siempre  su carcter,  pesar de la nobleza de su raza,  que pareca
deber igualarse en la nobleza de sus sentimientos, maltrat  una
hurfana infeliz  quien antes haba calumniado. La vieja ridcula,
presuntuosa, devota, expresin humana de la mayor necedad que pueda
unirse al mayor orgullo, puso su mano en el rostro de la doncella
abandonada y dbil, que ofenda sin duda, con su juventud y su sencillez
el amor propio de aquellos demonios de impertinencia.

--Ay, ay, ay! Paz, por Dios, no te arriesgues--dijo Salom chillando
con horror, como si la inofensiva Clara tuviera un pual en la
mano.--Djala, djala.

--La matara!--dijo Paz apretando los puos y ahogada por la clera.

Salom puso sobre los hombros de Clara el mantn, que al entrar en la
casa haba trado. Despus extendi sus brazos de esqueleto y la empuj
hacia la puerta con tal violencia, que la desdichada hurfana estuvo 
punto de caer al suelo. En tanto deca:

--No sirvo para estas cosas. Me descompongo. Vyase usted pronto, nia.
No d lugar  que la tratemos con rigor.

Clara sali; fu arrojada por los brazos robustos de la vieja Paz, y por
los brazos entecos y nerviosos de la vieja Salom. An es probable que
sta, al darle el ltimo empuje, crisp sus dedos de gaviln, haciendo
presa con sus uas en un brazo de la vctima. La puerta se cerr con
gran estrpito, y las voces destempladas de los dos demonios sonaron por
mucho tiempo en el interior. La hurfana baj con el corazn oprimido;
no tena fuerzas ni voz; casi no tena conocimiento claro de su
situacin. Baj y se encontr en la calle; sola en la calle, sola en el
mundo, sin asilo, el cielo encima, desolacin en derredor, ni un rostro
conocido, A dnde iba? En el portal sinti ruido y volvi la cara: era
el perro melanclico que la segua. El pobre animal haba salido de la
casa por primera vez, y pareca decidido  no volver  entrar, pues
saltaba y chillaba con un gozo, una travesura y un aire de expansin
desconocidos en l.





CAPTULO XXXVI



#Aclaraciones#.


Al or Lzaro de boca de las dos esfinges la noticia de la expulsin de
su antigua amiga, sinti deseos de coger por el moo  entrambas
nobilsimas damas y darles all el castigo de su crueldad. A pesar de su
agravio, y de que no conoca las razones que haban tenido para echarla
 la calle, un gran inters por aquella infeliz se despert en su
corazn. Indudablemente,  l le tocaba ampararla en aquel trance,
apartarla del vicio  que su soledad poda conducirla, socorrerla, en
fin, porque habla sido su amiga, le haba amado, y en tales casos es de
corazones generosos y buenos olvidar las injurias y pagarlas con nobles
acciones. Viendo que no le daban razn de su paradero, baj y sali
dispuesto  buscarla. Pero dnde, dnde la iba  encontrar? Clara no
conoca  nadie en Madrid. S: conoca  Bozmediano. Esta idea enfri
repentinamente la generosidad del joven. "Tal vez--pensaba--se march,
porque Bozmediano la indujo  ello; tal vez ya la tena consigo." Esto
aviv los celos y el rencor del estudiante, que resolvi no descansar
hasta descubrir el misterio de aquella salida y pedir cuentas  Claudio
de su grande traicin.

Con esta idea se dirigi  casa de ste, dispuesto  dar un escndalo en
la casa si no le permitan verle. Lo probable, segn l, era que Clara
estuviera all. Los celos le cegaban al pensar que aquella joven, que
algunos meses antes se le haba aparecido con todo el encanto de la
sencillez y de la gracia, de la virtud doliente y de la tranquilidad
domstica, haba cedido  las sugestiones de un libertino sin
conciencia. Era preciso no dejar sin castigo aquella infamia. "An me
interesa mucho--deca;--an la quiero mucho para que perdone yo esta
injuria, que me parece hecha  una persona ma; injuria que cae sobre
m, que iba  ser...."

Lleg  la casa de Bozmediano y esper, paseando en la calle,  que
avanzara el da. Cuando sinti las ocho, entr y pregunt al portero.
Este, que ya le conoca de verle all los das anteriores, no le puso
tan mala cara como antes, porque record cierto dilogo que con su amo
haba tenido  propsito de aquella visita. Le haba dicho que un joven
vino  preguntar por l sesenta veces seguidas. Al amo picle la
curiosidad, y quiso saber las seas; diselas el portero con mucha
exactitud, y sospechando Bozmediano que poda ser Lzaro, advirti al
domstico que si volva estando l all, le introdujera inmediatamente.
Claudio sospechaba  qu poda venir el joven, y lejos de rehuir la
visita, la deseaba.

Pero el portero,  pesar de lo terminante de la orden, crey que era un
desacato recibir  aquella hora  un joven que no era militar, ni vena
en coche, ni traa botas  la _farol_. Hzole esperar un buen rato, y
por fin le introdujo, despus de avisar para que despertaran al
seorito. Este tard un cuarto de hora en salir de su cuarto.

--Ya debe usted suponer  lo que vengo--dijo Lzaro sin
saludarle:--usted me conoce, usted me di la libertad. Yo crea que
desde entonces poda haber entre nosotros la amistad que  m me impona
la gratitud; pero usted no ha querido; usted ha seducido y deshonrado 
una pobre muchacha,  quien considero yo como mi hermana. Si usted me
sac de la crcel para hacer ms grande la injuria que he recibido, hizo
usted bien, por mi parte, porque estoy libre para pedirle cuenta de su
accin, que es la accin ms infame que puede cometer un hombre.

--Yo no cometo acciones infames. No le dejo pronunciar una palabra ms
sin que antes se apresure  desdecirse. S, usted se desdir. Todo eso
es una calumnia. Yo no he seducido ni he deshonrado  joven alguna.
Usted est ciego de furor y extraviado por la pasin. Le han engaado 
usted, y solo por saber que est usted engaado, tolero las palabras que
he odo. Pero me ser muy fcil sacarle  usted de su error.

--Eso es lo que quiero--dijo Lzaro.--Si usted me convenciera de lo
contrario ... Pero no podr usted convencerme. Yo le he visto 
usted, le he visto salir como un ladrn de la casa en que Clara
estaba recogida. Usted ha entrado all por ella, ha entrado llamado
tal vez por ella.

--Oh, no!--exclam Claudio, interrumpindole.--Sintese usted; hablemos
con calma. No anticipe usted juicios temerarios. Yo los voy 
desvanecer.

--Hable usted. No habr palabras, no habr nada que pueda desvanecer el
juicio que se forma al ver  un hombre que penetra  hurtadillas en la
casa en que una joven est sola, y mucho ms cuando estos juicios estn
formados despus de antecedentes muy claros. Yo no he venido aqu  que
usted me explique nada. No tengo duda, sino certidumbre, de la infamia
que usted ha cometido. He venido tan slo  tener el placer de decirle
 usted que es un mal caballero y un hombre corrompido;  sufrir las
consecuencias de esta acusacin, porque yo no temo  adversario
ninguno, por temible y fuerte que sea, cuando me creo obligado  vengar
un agravio.

--Pues yo, que jams he tratado de evadirme de las consecuencias de un
asunto semejante--dijo Bozmediano con mucha energa;--yo, que no me dejo
castigar de nadie, ni he permitido que jams hombre alguno pronuncie
contra m una voz injuriosa, una reticencia, una alusin cualquiera, voy
ahora  explicarme con usted en esta cuestin, esperando que se convenza
y retire todo eso que ha dicho usted al entrar aqu. Todo lo comprendo,
es natural: por lo mismo lo olvido hasta ver si, despus de lo que yo
digo, insiste usted en repetirlo.

--Hable usted: yo lo deseo.

--Yo no he visto  Clara ms que tres veces--continu Bozmediano.--Ella
no sabe ni cmo me llamo, ni quin soy. Me ha visto poco, y le soy tan
indiferente, que puedo asegurar que ocupo en su corazn el mismo lugar
que una persona desconocida. Un da encontr  ese malhadado viejo
fantico en la calle: le llev  su casa, y vi  Clara por primera vez.
Me habl; y con la sencillez propia de su carcter y la franqueza que da
la necesidad de expansin y trato, me cont algunas cosas de aquella
casa. No le negar  usted que desde entonces me interes muchsimo; que
pens en que nada poda satisfacerme tanto como sacarla de la prisin,
darle alegra y librarla de la tutela de aquel hombre sombro, capaz de
poner triste  la misma felicidad.

Bozmediano cont despus la segunda entrevista con Clara, recordando
hasta algunas palabras de sus dilogos con ella. El otro joven oa con
mucha atencin aquel relato, hecho con toda la veracidad posible.

--Yo ser franco, y no ocultar  usted mis sentimientos, mis primeras
intenciones--continu--para que pueda usted juzgarme mejor. Al
principio vi en Clara el objeto de una aventura; y  pesar de que me
inspiraba mucha lstima y un verdadero inters, no poda menos de
proceder con cierta ligereza en la formacin de mis planes. No lo
negar: yo no pretendo desfigurar los hechos; esta confesin es igual 
la que hara un moribundo ante un sacerdote. Pero  las circunstancias
 ella torcieron mi plan primitivo. Ella tiene un carcter angelical.
Llena de bondad y sencillez, es capaz de vencer las sugestiones de todo
hombre que no sea un vil  un libertino. Le confieso  usted que, por
ltimo, fu tal la fuerza que en m tom el primer sentimiento
afectuoso y compasivo que me haba inspirado, que conclu por amarla.
No puedo negar que,  pesar de haberme infundido este amor verdadero,
yo persista en mi propsito de sacarla de all violentamente, de
llevrmela como una cosa ma. No consideraba esto como un agravio, y
hubiera matado  cualquiera que, interpuesto entre ella y yo, me la
hubiera quitado. Yo supe--no me lo dijo ella--que exista una persona 
quien quera mucho. Esto me desconcert. Supe que estaba usted en la
crcel, y no vacil un momento. Comprend que si ella le quera  usted
verdaderamente, la mejor accin que en m caba era ponerle  usted en
libertad, devolvrsele. Qu complicacin! De este modo pensaba yo
ganar en su concepto. No se asombre usted: yo me he credo siempre
prctico en estas cuestiones; y dado el carcter de Clara, es seguro
que ms le amara  usted cuanto ms durara su prisin. Pero yo no
contaba con otros muchos tesoros de bondad de aquel carcter. Usted
viva con ella, y la vigilancia, la crueldad de tres seoras ridculas y
de un viejo extravagante impedan que la viera, que la socorriera,
librndola de tantos martirios. Usted viva all, y no le hablaba, no
le consolaba, no aparentaba quererla. "He aqu mi ocasin--dije
yo.--Lzaro aparece  sus ojos como un ingrato: no ser posible que
ella le desprecie? Su situacin en aquella casa fnebre, la tristeza en
que vive y se consume, no sern causa de que desee libertad, vida,
afectos, todo lo que all no tiene, ni puede, ni sabe darle ese joven
indiferente, ocupado por la pasin poltica? Confiese usted que la
situacin era la ms  propsito para que yo aspirara  merecer de ella
algo ms que gratitud. Resolv sacarla de all, llevrmela. Fui tan
ciego, que no prev su resistencia, su fidelidad, su grande afecto al
primer amigo; afecto ms fuerte que todos los martirios y todas las
privaciones. Dispuse entrar en la casa cuando estuviera sola, y entr
por donde usted sabe. Ella, al verme, se asust tanto, que casi me
arrepent de haber dado aquel paso. Me suplic que saliera, me lo pidi
de rodillas; yo le dije que no esperara nada, que usted no podra ni
sabra salvarla del poder de aquella gente cruel. Nada, no me oy. Su
propsito era inquebrantable. Conoc que su fidelidad era la ms grande
de sus virtudes; y creyendo que era imposible arrancarle la primera
imagen, la imagen que nada puede borrar, desist de mi intento. Ella no
quera escucharme; se desesperaba al comprender cunto poda
comprometerla mi entrada en la casa; me peda llorando que la dejara
entregada  su tristeza,  su soledad. Confieso que nunca me he visto
tan pequeo como entonces, en presencia de aquella criatura dbil,
incorruptible, no slo  las promesas del amor de un joven, sino aun al
soborno de la libertad, de la posicin, de la felicidad. Al marcharme,
sent que alguien entraba en la casa. No s quin era; yo hu por no
comprometerla; hu aterrado por la idea de que,  pesar de mis
precauciones, alguien de la casa haba descubierto mi entrada."

--Era yo--dijo Lzaro:--yo le vi salir  usted por la buhardilla.

--Lo que he referido  usted--afirm Bozmediano solemnemente, es la pura
verdad. No he omitido nada que me pudiera honrar, ni nada tampoco que me
pudiera deprimir  ponerme en ridculo. Es la pura verdad; se lo juro 
usted por la salvacin de mi madre, cuyo retrato est all, y siempre me
parece que me est mirando.

Claudio seal un retrato que haba en la habitacin; y al hacer su
juramento, tenan sus palabras tal entonacin de sinceridad, que Lzaro
no pudo contestar lo que un momento antes pensaba.

--Sin embargo--dijo Lzaro, que crea que aquella declaracin no poda
satisfacerle,--yo quiero que usted me d alguna prueba positiva. Usted
comprender que en estos asuntos no basta, no puede bastar la palabra.

--Que no puede bastar la palabra? No basta, es cierto, para espritus
preocupados. Hay ciertas cosas que no se pueden certificar de otro modo.
A veces la afirmacin de una persona es suficiente para llevar al nimo
de otra la conviccin ms profunda. No puedo creer que usted, si hace 
Clara la acusacin que  m me ha hecho; si ella, con la serenidad de la
inocencia, le contesta  usted la verdad, no puedo figurarme de ningn
modo que usted no la crea. Hblele usted; rompa el silencio de aquella
casa; vala usted un momento; oiga su voz, y si ante las declaraciones
que ella le haga persiste usted en creerla culpable, no es digno, lo
digo cien veces, no es digno de mirarla.

Lzaro no pudo resistir  la gran fuerza de estas palabras. Era
imposible, segn l pens, que la ficcin y la astucia d un hombre
pudieran llegar  ocultar la verdad de aquel modo. Bozmediano no menta.

--Oh, calle usted!--dijo Lzaro sin poderse contener:  es usted el
histrin ms perfecto,  dice la verdad. Yo, que jams he mentido, que
no s ni puedo fingir, siento una fuerte inclinacin  creer lo que
usted me ha dicho. Pero tiene el corazn unas susceptibilidades y
escrpulos de que la razn y la palabra no pueden librarle.

--Veamos  Clara--dijo Claudio con resolucin.--Dnde?

--En casa de esos demonios. Si es posible, acogotaremos  las tres
viejas.--Clara no est all ya. La han despedido.

--Y por qu? Dnde est?

--No lo s--dijo Lzaro tristemente.

--Pero,  dnde ha ido?

--Esa es mi duda, mi angustia. A dnde puede haber ido? No conoce 
nadie. Encontrndose sola en la calle, dnde estar? Yo cre...
francamente, cre que estuviera aqu.

--Aqu!

--Yo pens que usted la haba inducido  salir; que haba venido en
busca de usted,  quien conoca.

--Y an cree usted que est aqu?--pregunt Bozmediano sonriendo.

--Ahora... no afirmo nada ... dudo.

--Y si le pruebo  usted que no est aqu ni ha venido, qu
creer usted?

--Aun as no ser posible arrancar la ltima raz de mi recelo; an no
lograr la evidencia que necesito; evidencia que nada ni nadie me
podr dar.

--La adquirir usted por su propio sentimiento. Hay cosas que se crean
por revelacin, que nada ni nadie puede destruir. Hay cosas de que no se
puede dudar, porque su evidencia est encarnada en nuestro ser, y dudar
de ellas es algo semejante  la muerte. Vamos  buscarla.

--Dnde?

--Vamos  buscarla. Por lo mismo que no conoce  nadie, es ms fcil
encontrarla. Estoy seguro de que la encontraremos.

--Recorreremos todas las calles, preguntaremos  la polica, nos
informaremos de todo el mundo--dijo Lzaro.

--Si, s; haremos todo eso.

--Iremos  los hospitales,  los asilos; entraremos, si es preciso, en
todas las casas.

--S.

--Iremos  la antigua casa; preguntaremos  la portera,  los vecinos,
al tendero ms prximo.

--Eso es. Diga usted, no haba en aquella casa una criada?

--S, haba una. No s su nombre.

-Dnde estar? Si la encontramos, tal vez nos d alguna luz. Puede ser
que se haya dirigido  ella. Recuerdo que esa criada me dijo que iba 
casarse con un tabernero, y que tendra una tienda. Si esa mujer tiene
casa abierta y Clara saba dnde est esa casa, es seguro, casi seguro
que habr ido all.

--Efectivamente--dijo Lzaro.--Vamos  ver si averiguamos dnde est
esa mujer.

Salieron y se encaminaron  la calle de Vlgame Dios. Preguntaron  la
portera de la antigua casa si se haba alquilado de nuevo el cuarto
segundo. Dijo la portera que no. Preguntronle el nombre de la criada y
si saba su paradero.

--Se llama Pascuala--contest:--est casada con un tabernero llamado
Pascual; pero no s dnde viven. El tabernero de la calle del Barquillo
debe saberlo, porque es compadre suyo.

Este hombre les dijo que los Pascuales vivan en la calle del
Humilladero, y los dos jvenes se dirigieron inmediatamente all.





CAPTULO XXXVII



#El "va-crucis" de Clara.#


Mucho horror inspiraba  la hurfana la casa de las de Porreo, aunque
no tena otra. As es que su primer impulso al verse en la calle fu
huir, correr sin saber  dnde iba, para no ver ms tan odiosos sitios.
Anduvo corto trecho, dobl la esquina y se par. Entonces comprendi
mejor que antes lo terrible de su situacin. Al ver que no poda
dirigirse  ninguna parte, porque  nadie conoca, le ocurri esperar
cerca de la casa  que entraran Elas  su sobrino. Pero el primero
haba dicho que no volvera hasta dentro de tres das, y el segundo, que
sospechaba tan mal de ella, sera capaz de confirmarse en su creencia al
verla arrojada de la casa por las seoras. Ella necesitaba, sin embargo,
ver  Lzaro y contarle todo. Si l daba crdito  su explicacin, qu
haran los dos, tan desamparado el uno como el otro? Decidi, sin
embargo, esperarle all, apoyada en la esquina; pero le daba tanto
miedo... Parecale que iba  salir por la reja cercana una gran mano
negra, que la cogera llevndosela dentro: qu horror! De repente
sinti al extremo de la calle fuerte ruido de voces. Eran unos hombres
que venan borrachos profiriendo horribles juramentos, atropellando y
riendo desenfrenadamente como una turba de demonios regocijados. La
joven sinti tal sobresalto, que no pudo permanecer all un instante ms
y ech  correr con mucha ligereza. Los hombres corran tambin, y ella
se figuraba que le tocaban la espalda, y crea sentir junto  sus
propios odos las infernales palabras de ellos. Corri mucho por toda la
calle del Barquillo, seguida del perro misntropo, y al fin, fatigada y
sin aliento, se detuvo: las risas resonaban muy lejos ... ya no la
seguan ... respir porque no poda dar un paso. Despus sigui andando
lentamente; no se atreva  volver, porque las risas haban cesado y se
oan terribles imprecaciones. Algunas piedras, lanzadas por mano
vigorosa, cayeron junto  ella. Batilo se volvi lleno de despecho y
ladr como nunca haba ladrado, con verdadera elocuencia canina.

Despus de esto, aviv Clara el paso y lleg  la calle de Alcal. Mir
 derecha  izquierda, sin saber qu camino tomar. Subi hacia la Puerta
de Sol; pero no haba llegado  San Jos cuando vi que por la calle
abajo vena gente, muchsima gente: ella no haba visto nunca tanta
gente reunida. La calle le pareca tan grande, que no conoca distancia
alguna  que referirla, pues para ella las casas hacan horizonte, y
aquella gente que vena se le representaba como un mar agitado
sordamente, y avanzando, avanzando como si quisiera tragarla. Sin
deliberar volvi atrs y baj hacia el Prado. El gento bajaba tambin:
sordo rumor resonaba en la calle. La muchedumbre traa algunas luces, y
de cuando en cuando una voz pronunciaba muy alto un _viva_,
contestndole otra tremenda y mltiple voz. La gente bajaba, y Clara
bajaba delante. Aquello le di ms miedo que los borrachos; pero cuando
se encar con la Cibeles, cuando vi aquella gran figura blanca en un
carro tirado por dos monstruos blancos, se detuvo aterrada. Haba visto
alguna vez la Cibeles; pero la oscuridad de la noche, la soledad y el
estado de excitacin y dolencia en que se encontraba su espritu, hacan
que todos los objetos fueran para ella objetos de temor, todos con
extraas y fantsticas formas. Los leones de mrmol le pareca que iban
corriendo con velocsima carrera, galopando sin moverse de all. La
pobre mir atrs, y vi que la gente avanzaba siempre, haciendo ms
ruido: no quiso ver ms aquello, y tomando hacia la derecha, entr en el
Prado. Este sitio le pareci tan grande, que crea no llegar nunca al
fin. Jams haba visto una llanura igual, campo de tristeza, de
ilimitada extensin; los rboles de derecha  izquierda se le antojaban
fantasmas negros que estaban all con los brazos abiertos; brazos
enormes con manos horribles de largos y retorcidos dedos. Anduvo mucho,
hasta que al fin vi delante de s una cosa blanca, una como figura de
hombre, de un hombre muy alto, y sobre todo muy blanco. Se fu acercando
poco  poco, porque aquella figura se le representaba marchando con
pasos enormes. Era el Neptuno de la fuente, que en medio de la
obscuridad proyectada por los rboles se le figuraba como otro fantasma.
La infeliz tena muy extraviados los sentidos  causa del terrible
trastorno de su espritu. Torci  la derecha, por evitar que llegara
hasta ella aquel figurn blanco, y encontr enfrente la Carrera de San
Jernimo. Empez  subir; pero estaba tan fatigada, que la pendiente de
la calle le pareca inaccesible. Subi, pero con mucha lentitud, porque
apenas poda andar: en la parte correspondiente  los Italianos crea
ella ver la cumbre de una montaa; y cuando meda con la vista aquella
eminencia, pensaba que en toda la noche no iba  llegar arriba.

No pudo avanzar ms, y se sent en el hueco de una puerta. Senta gran
postracin en todos sus miembros, y adems un fro intenso que,
creciendo por grados, lleg  producirle una convulsin dolorosa.
Arropse lo mejor que pudo, y pens en el medio de volver  la casa para
esperar  Lzaro en la puerta. Entonces le ocurri sbitamente la idea
de dirigirse  casa de Pascuala. Ella recordaba muy bien el nombre de la
calle donde viva el tabernero con quien la criada se haba casado.
Saba que la taberna estaba en la calle del Humilladero; pero cmo iba
 la tal calle? Resolvi preguntar  algn transente, y si daba con la
casa, all pasara la noche, aplazando todo lo dems para el siguiente
da. Segura estaba de que Pascuala la recibira con los brazos abiertos.
Pero dnde estaba la calle? Instintivamente or  la Virgen, pidindole
que estuviera cerca de la calle del Humilladero. Pero la Virgen no la
oy, porque la calle estaba muy lejos. Resuelta  preguntar, se levant;
vi venir  un hombre, pero no se atrevi  detenerle; pas otro,
algunos ms, y Clara no pregunt  ninguno. Tena miedo de aproximarse 
ellos. Por ltimo, se acerc una mujer, la joven la detuvo y
respetuosamente la hizo su pregunta.

--La calle del Humilladero?--dijo la mujer, que era una vieja arrugada
y con voz gangosa.

--S, seora.

--Le parece  usted que est bien detener  las personas honradas de
este modo?--contest la vieja muy incomodada.--Ya s lo que quieren
estas bribonas cuando detienen  una; que no van sino  meterle la mano
en los bolsillos cuando est una ms descuidada, contestando: "Vyase
noramala la muy piojosa, y si no llamo  un alguacil."

Antes que concluyera la vieja, se apart Clara, y fu tal su angustia al
pensar que todos la trataran de igual modo, que casi estuvo  punto de
abandonarse  su desesperacin, dejndose morir all de hambre, de fro
y de dolor. Pero la desventura infunde valor; recobr algn nimo y se
dispuso  seguir preguntando, cuando vi llegar  una mujer andrajosa
que traa un nio de la mano y otro en brazos. A Clara le pareci que
aquella mujer deba ser persona muy generosa y compasiva, y que le haba
de responder  su pregunta. Pero antes de ser interpelada, la mujer
andrajosa habl  Clara en estos trminos:

--Una limosna, seora, por amor de Dios, que tengo mi marido en cama, y
estos dos niitos no han probado nada en todo el santo da... Siquiera
un _chavito_.

Despus, observando que Clara no tena aspecto de persona que da
limosna, sino ms bien de mujer desvalida y enferma, se figur que peda
tambin _chavitos_, y variando de tono, le dijo:

--Oye, chica: ven conmigo y le sacaremos un duro al to gordo de la
esquina.--Qu?--dijo Clara, confusa ante aquella proposicin.
--Apostamos  que no _tan dao_ ni un bendito _chavo_ esta noche? Yo he
_sacao_ ya un _rial_: mira. Pero hay en aquella tienda un _mardito_
paero que es muy caritativo. Ayer le _ije_ que tena una hija enferma
en cama, y me di una peseta. Si _quis_ que le saquemos ms, ven
conmigo esta noche, chica, y vers. Entramos: t te haces que te vas
cayendo, y te pones un pauelo _atao_  la cara, y empiezas  dar unos
_chillos_ que partan el corazn. Oye, as: ay! ay! ay!

Y di unos cuantos quejidos tan lastimeros, que Clara tuvo angustia de
orlos. Despus sigui:

--Mira, ven; entramos: yo le digo que eres mi hija y que no has comido
un _bocao_, y que el _mico_ te ha recetado una cosa que cuesta un duro.
T dices que no la _quies_ tomar, y que si saco el duro, compre pan _pa_
estos nios que se estn muriendo. Yo digo que sea el duro _pa_ la
_meicina_; t que sea _pa_ los nios, y as ... vers cmo se ablanda...
y _pu_ que nos d dos... partiremos: te dar  ti dos _riales,_ y....
Anda, ven: ponte este pauelo en la cara.--Seora, yo tengo que hacer,
no puedo--dijo Clara, que crea no deber darle otra razn menos
corts. Sabe usted dnde est la calle del...?

--Qu calle de los _dimonios_!--dijo la mujer; y viendo que pasaban
dos caballeros se acerc  ellos, dicindole al chico que llevaba de la
mano:--Muchacho, cojea.

El muchacho coje, y se acercaron  los caballeros, repitiendo su
muletilla. Clara se retir entonces; anduvo  buen paso, y lleg, por
ltimo,  la plazuela del Espritu Santo; subi ms, hasta que se
encontr en la esquina de la calle del Prado, y por all pens seguir,
porque vea en ella bastantes personas, y crea encontrar all quien la
informara bien.

Batilo iba delante. Un perro vivaracho y pequeo, descarado, ratonero,
de stos que pasean su vanidad por las calles de Madrid, se acerc al
can melanclico, y le di una embestida con el hocico. Batilo era muy
tmido; pero sintiendo herido su amor propio, ladr. El ratonero, que no
deseaba sino provocacin, ladr tambin, atrevindose  dar un mordisco
al pobre faldero. Este te defendi como pudo; y  poco rato vino un
porrazo que, con terribles aullidos, empez  perseguir al ratonero.
Luego vino otro perro, y otro, y otro: en dos segundos se reunieron all
doce perros, que armaron espantosa algaraba. Luchaban unos con otros,
cayendo y levantndose en revuelta confusin, mordindose, saltando y
atropellando entre los movimientos de su horrible contienda  Batilo y
al ratonero, que, revueltos entre las patas de los contendientes,
reciban los ultrajes de todos. Al ruido se detuvieron algunas personas;
el amo de uno de los perros terci en la pelea, y dijo ciertas frases
injuriosas al amo de otro. Clara, al ver que se reuna tanta gente, y
que algunos mozos la miraban con atencin impertinente, aviv el paso;
tom la calle arriba para huir de aquellas miradas. Pero los mozos la
siguieron, y ella quiso ir ms  prisa; ellos tambin; ella ms an,
hasta que se decidi  correr, y corri con toda la velocidad que poda.
Entonces una mujer grit desde una puerta con voz chillona y angustiada:
"A esa,  esa,  esa!" Un hombre la detuvo por el brazo; muchas mujeres
la rodearon, y se form en un momento un grupo de ms de treinta
personas en torno  ella. La hurfana estaba tan trmula y aterrada, que
no dijo palabra, ni trat de huir, ni llor siquiera. Crey tener en
derredor un crculo de asesinos.

--Qu ha hecho? qu hay?--dijo uno.

--Que ha _robao_ ese lo que lleva bajo el brazo.

--Muchacha, donde has tomado ese lo?--dijo el que la tena asida.

Clara no contest

--A la crcel con ella--dijo uno de los presentes.

--Dnde has tomado ese lo, muchacha?

La joven se repuso un poco, y con voz tenue, dijo:

--Es mo.

--Qu es suyo?--dijo una de las mujeres.--Si la vi yo correr como una
_desalacin._ Apuesto  que lo cogi en la casa del nmero 15.

--No, que vena de ms abajo--dijo otra.

--Apuesto que es de casa de la _sa_ Nicolasa, la pupilera de ah
enfrente--dijo otra mujer.

--Usted miente, seora--dijo un hombre alto, que pareca ser persona del
toreo,  juzgar por su vestido y el rabicoleto que tena en la
nuca.--Usted miente: esta seora no ha salido de casa de la pupilera, ni
del nmero 16; vena de ms abajo.

--Miren ese pelele!--grit la mujer.--_Poz_ no dice que yo miento?

--Usted miente, seora. Esa muchacha no ha _robao naa_, que vena de
abajo, y corri porque la venan siguiendo esos lechuguinos. Yo lo he
_oservao_, y si hay alguno que me desmienta, aqu estoy yo, que soy un
hombrera _pa_ otro hombre.

--Tanta bulla _pa naa_--dijo, soltando  Clara, el que la tena asida.

--Pues que si lo ha robado, si no lo ha robado ... Cuando yo digo una
cosa.... Si estuviera aqu mi Blas, se vera si hay un hombre _pa_ otro
hombre--murmur, volviendo la espalda, la promovedora de aquel alboroto.

--Vamos, seores, aqu no se ha _robao naa_--dijo el majo con
decisin.--Aqu estn ustedes de ms. Largo el camino.

El pblico (llammosle as) encontr muy convincentes las ltimas
razones del hombre de los toros, y an ms las insinuaciones que hizo
con un tremendo palo de puo de plomo que llevaba en la mano, y empez
 desfilar.

---Vamos, prendita, no tenga usted miedo--dijo el hombre del rabicoleto,
cuando se qued solo con Clara.--Venga usted conmigo, y no tenga reparo,
que yo soy un hombre _pa_ otro hombre. Pero se _pu_ saber  dnde iba
la personita? Yo la llevar  usted, porque soy un hombre _pa_....

--Voy  la calle del Humilladero.

--Del Humilla ... que?

--Del Humilladero.

--Ya s ... pero _pa_ qu va usted tan lejos? Si usted se echa 
andar ahora, llegara all _pasao_ maana por la noche. Con que no tenga
usted prisa....

--S, seor, tengo prisa; y aunque est lejos, he de ir en seguida
Quiere usted hacerme el favor de decirme por dnde debo ir?

--_Miste_: coge usted esta calleja arriba, siempre _pa_ arriba ... pero
yo la voy  llevar  usted. Aunque, _pa_ decir verdad, ms vala que se
viniera conmigo. Ay! Jess, qu guapa es usted! _Poz_ no haba
reparado ... Venga usted.

--No puedo detenerme, _seor caballero_--dijo Clara con mucho
miedo.--Dgame dnde est esa calle, y yo me ir sola.

--Sola! Y yo poda ser tan becerro que la iba  dejar ir sola por esas
calles, esta noche que hay _rivolucin_...? Bueno soy yo _pa_ ... Venga
usted conmigo. Le _igo_ que no lo pasar mal: yo conozco aqu cerca un
_colmao_ donde hacen unas magras que....

Diciendo esto, el torero tom  Clara por un brazo y quiso internarla
por la calle del Lobo.

--Sulteme usted, caballero--dijo Clara desasindose:--tengo que hacer;
por Dios, sulteme usted.

--Pues es lo _mesmo_ que un puerco-espn. Bah! Si es usted muy guapa
para ser tan picona. Le _igo_ que ... Pero, en fin, yo la acompaar 
esa calle.

--No: dgame usted por dnde debo ir. Yo ir sola.

--Sola? si hay _rivolucin. _Pa_ que le peguen  usted un tiro y me la
_ejen_ frita en _mit_ la calle?...

--Yo quiero ir sola--dijo ella separndole.

La compaa y la solicitud impertinente de aquel hombre le inspiraba
mucha desconfianza. Su intento era huir de l y preguntar  otro. Pero
aunque aviv mucho el paso, l segua siempre  su lado dicindole mil
cosas. Un incidente feliz (algo feliz haba de pasar aquella noche) vino
 librar  Clara de aquel moscn. Iban por la plazuela de Santa Ana,
cuando sintieron detrs gritos de mujer. El majo no volvi la cara; pero
tuvo buen cuidado de embozarse bien en su capa para no ser conocido.

--_Arrastrao, endino_--dijo la mujer, que era alta, gruesa hombruna y
con voz aterradora y aguardentosa.--Espera, espera, que te voy  sentar
los cinco en esa cara de documento.

Al decir esto, tiro al majo de la capa, y con mano ms pesada que una
maza de batn, cogi  Clara por un brazo y la detuvo.

--Si no fuera porque est aqu esta seora--dijo el chulo, cuadrndose
ante la jamona--ahora _mesmo_ te volva las narices al revs.

--_Arrastrao_!--dijo la maja cuadrndose y moviendo la cabeza--tengo
yo cara de cabrona? Te _paece_ que por una cara de escoba como esta voy
yo  consentir?...

--Calla!--exclam el otro-- te _ejo_ sin piernas.

--Mira, Juan Mortaja, que voy  sacarle los ojos  esta rabuja si ahora
_mesmo_ no vienes conmigo. Le parece  usted que  una mujer como yo se
la...? Juan Mortaja, cuando _igo_ que vamos  tener que....

--No haga usted caso--dijo el torero, dirigindose  Clara, que estaba
sin aliento, oprimida por la mano de la jamona, como la trtola en las
garras del gaviln--No haga usted caso, nia, que sta suele rezarle un
Padre nuestro  _san cuartillo_.

--_Reendino!_--exclam con trgico furor la maja, soltando  Clara y
echando rpidamente mano  la cintura, de la cual sac una navaja, que
esgrimi con el donaire y la presteza de un matutero.

--Saco _e_ demonios!--dijo el otro, enarbolando el palo.

No sabemos cmo concluy la pendencia, porque hemos de seguir  Clara; y
sta, en cuanto se vi libre de la zarpa de la dama de Juan Mortaja, se
escap ligeramente, y  buen paso, seguida siempre de Batilo, lleg  la
plazuela del ngel. La desventurada no saba ya qu partido tomar; se
horrorizaba al pensar que entre los miles de habitantes de este enjambre
no haba uno que le dijera el nombre de la calle donde estaba el nico
asilo que poda acojer  la hurfana abandonada, sola, injuriada, medio
muerta de miedo y dolor. Crey que Dios la abandonaba  que no haba
Dios; que su destino la obligaba  optar entre la inquisicin espantosa
de las dos Porreas, y aquel abandono, aquel vagar por un desierto,
repelida por todos  solicitada por la depravacin  el vicio.

Se decidi  hacer otra tentativa. Detvose ante un hombre que, con un
farol y un gancho, revolva escombros, y le hizo su pregunta.

--La calle del Humilladero?--dijo el trapero, incorporndose y
haciendo con el gancho ciertos movimientos semejantes  los que hace
con su varilla un director de orquesta.--Esa calle est ... Voy  darle
 usted una receta para que la encuentre en seguida. Pues eche usted 
andar ... y vaya mirando con atencin los letreros de todas las calles.
Sabe usted leer?

--S, seor--dijo Clara.

--Pues cuando usted vea un letrero que diga as: "calle del
Humilladero", all _mesmo_ es.

El trapero se qued muy satisfecho de su apotegma, y volviendo 
inclinarse, enterr su gancho investigador en el montn de inmundicia
que delante tena. Clara se retir muy angustiada; y principiando 
perder ya el conocimiento exacto de su desventura, hallbase prxima 
entrar en ese perodo de atona que precede  las grandes enajenaciones.
Dirigi de nuevo mentales splicas  Dios y  la Virgen para que la
sacaran de aquella situacin; y an rezaba, cuando vi llegarse hacia
ella  una persona que le inspir mucha confianza. Di algunos pasos
hacia aquella persona, que era un clrigo de ms que mediana edad, gordo
y pequeo. Vena con su rosario en la mano y la vista fija en el suelo.
La hurfana respir con tranquilidad, porque aquel personaje venerable
que tena ante s deba de ser un santo varn, de esos cuyo fin en la
tierra es consolar  los afligidos y ayudar  los dbiles.





CAPTULO XXXVIII



#Continuacin del "va-crucis".#


Pareca el clrigo hombre pequeo,  juzgar por su vestido, que era muy
rado y verdinegro. Era l de edad madura, y  juzgar por su pronunciada
y redonda panza, pareca hombre que no se daba mala vida. Tena la cara
redonda y amoratada, con dos ojillos muy vivos y una nariz que pareca
haber servido de modelo  la Naturaleza para la creacin de las patatas.
No puede decirse que su fisonoma fuera antiptica: sonrea con bondad,
y, sobre todo, haba en sus ojuelos cierta gracia y una volubilidad
amable. Cuando vi  Clara y oy la pregunta que sta le hizo con el
mayor respeto, guard el rosario, se lade el sombrero (porque era ste
tan grande, que tapaba con l  cuantos se le ponan delante), y dijo:

--La calle del Humilladero? S, hija ma, s: s dnde est, s, pero
es muy lejos. No podr usted ir sola; su perder usted, hija ma. Venga
usted y yo la pondr en camino.

Y volvi atrs. Siguironle Batilo y Clara, que crey al fin haber
encontrado el hilo del laberinto.

--Pero, hija ma, cmo es que usted va sola? A estas horas ... tan
sola!--dijo el padre con voz agridulce.

--Tengo que ir  una casa que conozco--repuso Clara por dar alguna
respuesta.

--Pero va usted sola? A estas horas! ... Hija ma, por qu es eso?

--No tengo quien me acompaa. Soy sola.

--Que es usted sola? Jess, Mara y Jos! Qu calamidad! Pero no
tiene usted padres?

--No, seor.

--Es usted sola, enteramente sola? Jess, Mara y Jos! Esto no va
bien, hija ma. Pero no tiene usted ningn pariente? Vamos, ir usted 
casa de algn pariente.

--No, seor, no. Voy  casa de una mujer que conozco. No conozco  nadie
ms que  ella.

--Vamos, ya conocer usted  alguna otra persona--dijo el cura parndose
y fijando en el semblante de Clara sus picarescos ojuelos.--De dnde
viene usted ahora?

--De casa de unas seoras, donde estaba.

--Y all no conoci usted ms que  esas seoras?

--No, seor--dijo Clara asustada del giro que tomaban las preguntas
del clrigo.

--Vamos, jurara yo que ha conocido usted  algn muchachuelo ... Eso no
tiene nada de particular, hija ma: para eso es la juventud. Eso no
tiene nada de particular. Bah! no se ponga usted encarnada. Por las
llagas de Jesucristo, que no me enfado yo por eso ... no.

Al decir esto, el cura se par otra vez, y volvi  fijar en la hurfana
sus pequeos y vivaces ojos, acompaando esta mirada con una santa
sonrisa de astucia, que hara honor  cualquier alumno de Seminario,
conocedor de la obra de Snchez, titulada _De Matrimonio_.

--Porque hija ma, el mundo es as--continu.--Yo, que conozco las
debilidades de ambos sexos, puedo hablar sobre este punto. Y luego yo
tengo una prctica tal, que en seguida comprendo. Sobre todo, como usted
es tan guapita....

Turbse mucho la joven con aquellas palabras; pero la esperanza de que
pronto llegaran  la decantada calle del Humilladero, la seren,
hacindole ms llevaderas las amabilidades del buen hombre.

--Si, hija ma: yo soy gran admirador de las obras de la Naturaleza, y
cuando estas obras son bellas, las admiro ms. Yo, francamente lo digo,
no soy gazmoo. Lo corts no quita lo valiente. Aunque uno sea
sacerdote ... porque admirar  la Naturaleza no es pecado.

Con estas y otras cosas haban pasado la calle de Atocha y llegado  la
Plaza Mayor; atravesronla, dirigindose  la plazuela de San Miguel.

--Venga usted, venga usted--dijo, tomando el brazo  Clara, al ver que
manifestaba cierto recelo de internarse por el arco obscuro que da  la
plazuela del Conde de Miranda.--Venga usted, que conmigo va segura...
Pues deca que lo corts no quita lo valiente... Pero no me ha seguido
usted contando eso del muchachuelo.

--Si yo no he contado nada--dijo Clara, haciendo un movimiento
disimulado para desasir su brazo de la mano del cura.

--S: algo hay, hija ma; yo lo he conocido. Si eso no tiene nada de
particular. Ya... hay vergencilla? Vamos, cunteme usted, que yo ia
absuelvo en seguida. A las nias bonitas se les perdona todo.

Diciendo esto, mir de nuevo  Clara; pero ya no se sonrea: estaba
serio, y haba en su voz cierta agitacin que ella no pudo notar.

--Cuidado, no se caiga usted--dijo, extendiendo su brazo por la cintura
de la hurfana, como si sta hubiera tropezado.

--Ay!--dijo ella ms confusa y separndose del cura.--Cundo
llegaremos  esa calle!... Est muy lejos todava?

--S, hija ma: est lejos, muy lejos. Pero qu prisa tiene usted?

--Ah! s, tengo mucha prisa. Pero no se moleste usted ms. Dgame por
dnde debo ir ... y seguir sola.

--Ah! no acertar usted en toda la noche. Est muy lejos. Pero qu
prisa tienes, hija ma? Veo que ests muy cansada. No te convendra
descansar un poquito?

--Oh! no, seor; no puedo descansar--dijo Clara, aterrada ante la idea
de que la llevaran  una sacrista.

--S, hija ma: ests muy fatigadita, y yo no tengo corazn para verte
andar por esas calles  estas horas y con este fro.

--No importa, seor cura: no me puedo detener.

--Jess, Mara y Jos! No he visto nunca una muchacha ms arisca.
Yo ... no gusto de gente as, porque me gusta que las nias sean
amables y buenas.

En esto entraban en el callejn de Puonrostro. Parse el cura y tom
una mano  Clara, que se retir, apartndose de l.

--Hija ma, por Jess, Mara y Jos, te digo que se me parte el corazn
de verte as sola por esas calles,  estas horas, con este fro... Mira:
yo tengo un buen brasero arriba.... Porque aqu vivo yo, aqu  espaldas
de San Justo, que es mi iglesia. Pues si quieres descansar un ratito....

--No, Padre: yo quiero ir  la calle del Humilladero. Dgame usted dnde
est, ya que no me ha llevado  ella.

--Qu Humilladero, ni Humilladero! ya me tienes loco con tu calle. Pues
no ests poco impertinente--dijo el clrigo con ms agitacin y mucha
impaciencia.--Ven, hija ma, y me contars eso del muchachuelo.

El infame plan se revel de pronto en el entendimiento de Clara con todo
su horror y repugnancia.

--Seor--repiti--dgame por dnde voy.

--Sube, sube--dijo l colocado ya en la puerta de su casa.--Sube; no te
pesar. Si supieras qu bueno soy yo.... Porque lo corts no quita lo
valiente. Y maana te vas  tu Humilladero,  si no quieres ir....

--Seor, por Dios, dgame por dnde debo ir. Yo me vuelvo loca. Para
qu me ha trado usted aqu? Y dnde estoy? Puede ser que ahora est
ms lejos del punto  donde quiero ir.

--Sube, hija ma, sube--dijo el clrigo abriendo la puerta--y hablaremos
de eso. Yo te dir dnde est esa calle, y maana podrs....

--No, yo no le quiero ver  usted ms. Pero dgame por dnde debo
dirigirme. Por qu me ha engaado usted?

La joven rompi  llorar como un nio. El cleriguillo haba perdido su
amabilidad; sus ojuelos expresaban el mayor despecho; su labio inferior,
masa informe y pendiente, le temblaba por la rabia de la contrariedad y
del desengao.

--Est lejos esa calle, seor? Est lejos?

El cura mir  Clara con desdn, hizo un gesto despreciativo, y
entr diciendo:

--S, chica: est lejos, muy lejos.

Y cerr violentamente con mano colrica la puerta, que produjo fuerte
estampido.

Algo tranquiliz  Clara el verse libre de aquel malvado; pero al pensar
que no haba podido adquirir noticia alguna de lo que buscaba; al verse
en aquel callejn estrecho y obscuro, donde no aparecan indicios de
vivienda humana; al considerar que por un extremo poda aparecer un
hombre y por el otro extremo otro, avanzando hacia el centro y
cogindola entre los dos, fu tal su pavor, que estuvo  punto de caer
al suelo sin sentido. Tambin se la figuraba que la enorme muralla de la
casa del Cordn y la de San justo iban  reunirse, aplastndola en
medio. Un supremo esfuerzo, una carrera en que el espritu agitado, ms
bien que el cuerpo, pareca trasladarse, la llev  la calle del
Sacramento. Al fin vi una luz que se mova; era un sereno. Aquel
encuentro la infundi algn valor; acercse  l, y le repiti su
pregunta, tantas veces hecha, y nunca contestada. El sereno, de muy mal
humor, pero con buena intencin, le di la direccin verdadera.

--Baje usted esa cuestecita por detrs del Sacramento; baje usted
siempre hasta que llegue  la calle de Segovia; en seguida sube usted
derecha, siempre adelante, hasta encontrar la Morera; entra por ella
hasta llegar  la calle de don Pedro; despus sigue por sta hasta la
plazuela de los Carros, y enfrente de la capilla de San Isidro,
encuentra usted la calle del Humilladero.--Le repiti las seas y le di
las buenas noches.

La hurfana se retir muy agradecida. Al fin encontraba la direccin de
aquella maldita calle. Tom por el camino indicado y baj la cuesta de
los Consejos. Qu triste y pavoroso lugar! El piso parece que huye bajo
los pies del transente: tal es la pendiente. A Clara, que estaba
completamente desfallecida y con la cabeza debilitada, le pareca caerse
 cada paso, y que el suelo se iba inclinando ms cada vez, negndose 
soportarla. Lleg  creer que nunca terminaba aquel descender
precipitado, hasta que por fin sus pies pisaron en llano. Estaba en la
calle de Segovia, y se le figuraba haber cado en un abismo. No era
posible, pensaba ella, que el sereno le hubiera dicho la verdad. Estaba
aquel sitio habitado por seres de este mundo? De noche, y en aquella
lobreguez, pareca la profundidad de un barranco, de esos que escogen
para sus conventculos los duendes y las brujas. Mirando hacia arriba,
le pareca que se inclinaban, amenazando caer, las dos masas de
habitaciones que  un lado y otro de la calle se levantan.

Clara sigui, sin embargo, la direccin que el sereno le haba
indicado: distingui delante de s la cuesta escarpada de los Ciegos, y
pens que era imposible trepar por all, intentlo  pesar de todo,
tropezando con montones de escombros y ruinas: las casas se vean
arriba suspendidas, al parecer, como nido de buitre en lo alto de la
eminencia. Ella se sinti sin fuerzas para escalar aquello; no
distingua senda alguna, ni haba all nada que indicase el paso de
seres humanos. No se oa voz alguna, sino de tiempo en tiempo, y
resonando muy lejos, gritos de mujeres. Los gritos resonaban como si
una bandada de aves, con palabra humana, se cerniera graznando en lo
ms alto del cielo. De repente oyse una voz infantil que vena de
abajo. Era una nia que suba sola, y cantando, por la calle de
Segovia, dirigindose  la Morera. Clara vi con asombro que la nia,
sin cesar de cantar, suba la cuesta y trepaba, encontrando una vereda
entre tantos escombros. Se levant  intent seguirla. La nia no la
vi y marchaba delante muy alegre, al parecer. Pero de pronto advirti
el ruido de los pasos de la que la segua; volvise; vi aquel bulto
que en medio de la noche andaba tras ella, y lanzndose en sbita
carrera empez  gritar: Madre, madre: brujas, brujas!

La hurfana sinti entonces ms claros los gritos de las mujeres, y
lleg tambin  creer que haba brujas por all. Las mujeres pareca
como que bajaban, y sus voces confusas y discordantes semejaban el
altercado frentico de una horda de eumnides. Retrocedi Clara y volvi
 bajar, estando  punto de resbalar y caer algunas veces. Hallse de
nuevo en la calle de Segovia, y entonces los gritos femeninos llegaban 
sus odos como si la horda de aves con palabra humana hubiera levantado
el vuelo tornando  las altas regiones.

Empez  llover: caan gotas muy gruesas, que la imaginacin
calenturienta de la hurfana senta en el piso como si ste fuera una
caja sonora. La lluvia aumentaba; las gotas caan con extraordinaria
rapidez, dejando en las piedras un disco obscuro, semejante  una pieza
de dos cuartos que, repetidos infinitamente, concluyeron por teir de
negro reluciente todas las piedras. Clara se arrop; apoyse en una gran
piedra sillar que all haba, y, con el alma agotada ya, mir al cielo
buscando la luna, una estrella, cualquier cosa que no fuera negra y
horrible, cualquier cosa que no hubiera visto aquella noche en otra
parte; pero no vi ni estrella ni luna: tan slo all abajo, en la
direccin del puente y en el horizonte que tras la otra orilla del
Manzanares se dibuja, vi una lumbre rojiza, esa claridad violenta de
encendido color, que es en noches tempestuosas como una fiebre del
cielo. Se le ve arder calenturiento y agitado por sbitas y precipitadas
exhalaciones, mientras toda su inmensa extensin permanece obscura y
helada. Aquella luz impresion la mente de Clara de un modo muy extrao.
Lejos de infundirle temor, le pareci ver all alguna cosa interna, ms
profunda que el profundo cielo, que pareca estar abierto por aquel
punto. Crea ver oleadas de luz, emanadas de un foco incandescente;
formas humanas, cuerpos sin sombra, que oscilaban con caprichosas
revoluciones. Parecale como una falanje de astros humanos, de cielos y
mundos en forma de seres vivos, que all se determinaban dentro del
espacio mismo de una llama sin fin; cada uno engendraba miles, cada mil
un milln; se alejaban y volvan, se obscurecan tenuamente, y de nuevo
adquiran el brillo de la ms intensa luz.

Cuando apart la vista de aquella claridad, mir al lado opuesto; mir 
la calle, en derredor, y no vi nada. Esper un rato, mirando siempre, y
tampoco vi nada. Crey que estaba ciega, y en vano quera, con atencin
afanosa, descubrir algn objeto. La lluvia haba crecido de una manera
espantosa: un torrente bajaba por la Cuesta de los Ciegos y otro por la
de los Consejos; la calle recoga estas dos vertientes y arrojaba hacia
el puente un barranco fangoso. Ella continuaba sin ver; senta que sus
pies se enterraban en fango; el ruido era horrible. Se le concluy el
nimo; crey que no le quedaba ms recurso que cerrar los ojos, que ya
no vean, y dejarse morir all, dejarse arrastrar por aquella agua que
iba hacia el ro con precipitacin vertiginosa.

Un relmpago intenso ilumin aquel abismo. Entonces pudo ver  la
repentina luz las dos masas obscuras de casas que  un lado y otro se
alzaban. Pero despus volvi  quedar sumergida en su profunda ceguera.
Las rodillas se le doblaban; el agua le habla calado toda la ropa;
Batilo grua como un perro nufrago. A pesar del ruido de la lluvia,
los gritos de las mujeres se sentan otra vez, discordantes, agudos,
como confuso chirrido de pjaros nocturnos, resonando encima, all
arriba. La enferma fantasa de Clara crey reconocer en aquellas voces
un horrible y spero tro de las Porreas, que volaban, envueltas en
espantosas nubes, dando al viento las voces de su impertinencia, de su
amargo despecho y de su envidia. Hasta le pareci ver  Salom, que se
cerna en lo ms alto, agitando rpidamente sus luengas vestiduras 
manera de alas, y mostrando hacia abajo las encorvadas y angulosas
falanjes de sus dedos, terminados con uas de lechuza.

La lluvia empez  disminuir. Ruido de campanillas y ruedas indic 
Clara que una galera acababa de pasar la calzada del puente y entraba en
la calle: esto la anim un poco, porque senta la voz del arriero, que
con tremendos palos estimulaba  sus caballeras  subir la cuesta.
Levantse la joven dispuesta  hacer la ltima tentativa preguntando al
arriero. Lleg la galera, y Clara se adelant hacia la mitad del camino;
pero, una de las mulas, que era muy espantadiza, di un salto y casi
vuelca la galera. El arriero empez  proferir votos y juramentos. El
animal se resisti  dar un paso; pegaba el arriero, coceaba la arisca
mula, y la otra, queriendo aprovechar tan buena ocasin de reposar su
fatigado cuerpo, que haba hecho la jornada de Navalcarnero en seis
horas, se hech al suelo muy sibarticamente, esperando  que estuviera
resuelta la pendencia entre su amo y su compaera. La mula qued casi
totalmente enterrada en fango, y cuando el arriero vi tal cosa, y que
la galera se haba inclinado de un lado, hincando el eje en el suelo, se
puso hecho un demonio: llam en su auxilio  todos los santos del cielo
y  todos los demonios del infierno, se tir de los cabellos y hasta
empez  darse latigazos de rabia.

Clara, que se crey causante de aquel desperfecto, tuvo bastante fuerza
para huir de las iras del carretero, que,  haberla visto, la hubiera
maltratado; corri hacia arriba, y no par hasta la esquina de la
plazuela de la Paja. All encontr otro sereno y le hizo su pregunta.

--Est usted cerca--le dijo ste.--Suba usted esa plazuela; pase usted
aquel arco que se ve all, donde est la imagen de la Virgen con el
farol, y llegar  la plazuela de los Carros. Enfrente est la calle del
Humilladero.

Clara empez  creer otra vez que haba Dios, y sigui la direccin
indicada. Al fin estaba cerca, al fin llegaba. La esperanza le di
nimo; pero al acercarse al arco que una entonces la capilla del Obispo
con la casa de los Lasos, se aviv su miedo. Se figuraba que aquel arco
no poda conducir sino  una caverna, y adems le pareca que detrs
estaba una figura corpulenta, que no era otra que Mara de la Paz Jess,
apostada all para asirla cuando pasara, arrebatndola con una mano
grande y crispada, para llevrsela por los aires.

Pero la esperanza puede mucho. Cerr los ojos, y corriendo velozmente,
pas. La plaza de los Carros ya le pareca ms habitable y menos triste:
pasaban algunas personas, se vean no pocas luces. Mir los letreros de
todas las calles que de all partan, y al fin, llena de alborozo, ley
el nombre de la que buscaba. Entr en ella, y  los pocos pasos vi una
puerta,  cuyos lados haba pintados racimos alegricos y unas botellas
que indicaban muy claro que aquello era taberna. "Aqu es", dijo, y se
acerc. La puerta estaba abierta, y dentro haba dos mujeres y un
hombre. Pregunt si viva all un tal Pascual, tabernero, casado con una
tal Pascuala.

--Aqu no hay _nengn_ Pascual--dijo una de las mujeres.

--Sabe usted si es aqu cerca?--pregunt Clara.--No hay otra taberna
en esta calle?

--No, que yo sepa.

Clara volvi  creer que no haba Dios.

--Qu ests diciendo ah, _enreaora_?--exclam el hombre.--Siempre te
has de meter en lo que no te toca. S, seora. Hay otra tienda de vinos
de un tal Pascual ... s, seora: ah en el nmero 14.

La hurfana di las gracias, y fu all, palpitante de agitacin y
alegra. Antes de llegar al nmero 14, sinti ruidos de guitarras y
voces de hombres. Al acercarse  la puerta vi  muchos que cantaban y
bailaban con la exaltacin de la embriaguez; y aunque no vi  Pascuala,
aunque aquella gente le inspiraba mucho recelo, subi el escaln de la
entrada y presentndose pregunt por su antigua criada.

--_Ole ole_!--dijeron dos  tres de aquellos insignes personajes,
mientras uno de ellos avanz hacia la joven, y abrazndola
estrechamente, la llev al centro de la taberna.

--Viva el buen trapo!

Clara di un grito de terror al encontrarse en los brazos de aquel
desalmado, y grit con todas sus fuerzas:

--Pascuala!

--Qu? quin es?--dijo una voz de mujer;-- ver qu es eso?

Pascuala se present y al ver que haba all una mujer y que estaba en
brazos de su marido, di  ste en la cara un mojicn, que,  ser ms
fuerte, no le dejara con narices.

--No fu yo--contest Pascual:--fu ese _dimomio_ de Chaleco.

--S fu l, que la ha trado y la tena escondida, seora
Pascuala,--declar Tres Pesetas con uno de sus frecuentes rasgos
de malicia.

--Doa Clarita!--dijo Pascuala abrazando  Clara con ms suavidad que
su marido y llevndola adentro.

Al encontrarse en el dormitorio de los Pascuales, la sobrina de
Coletilla, que haba agotado todas las fuerzas de su cuerpo y de su
espritu en aquella noche, se dej caer en una silla y perdi el
conocimiento.





CAPTULO XXXIX



#Un momento de calma#.


Bozmediano y Lzaro hablaron poco por el camino. Al llegar  la casa de
Pascual, seran las diez de la maana, lo primero que vieron fu 
Pascuala fregando vasos. Preguntronle si haba venido Clara  su casa,
y ella contest:

--Anoche, si, seor; despus de media noche vino. Pero ya reconozco al
caballerito sobrino de mi amo, que estuvo all  preguntarme por su to.

--Gracias  Dios!--exclam ste.--Qu suerte hemos tenido!

--La pobre lleg esta maana y se desmay--dijo Pascuala.--Est, muy
malita; todava no ha hablado palabra, si no es _pa_ delirar. Vino que
no se poda tener, toda mojada, temblando de fro, y las lgrimas le
corran por la cara abajo.

--Dnde est?

--All, en mi alcoba y en mi cama. Pascual se qued en el desvn y yo
en el suelo, al lado de ella. Est muy malita: empez  dar unas
manotadas y  decir que venan volando unas ... cmo dijo? "Las tres,
las tres volando", deca, y as estuvo hasta hace una hora, que call y
se qued dormida.

Los dos jvenes pasaron adentro, y cuando la tabernera abri un poco la
ventana para que entrara alguna luz, pudieron ver acostada en el lecho
aquella agraciada figura, en cuyo semblante extenuado y plido se
pintaban los sntomas de una postracin y un malestar muy grandes.
Dorma, y la violenta posicin de su cabeza indicaba que antes del sueo
la haba atormentado uno de esos letargos dolorosos en que el cuerpo
obedece con bruscos movimientos  todos los delirios de la mente
enferma. Pascuala cogi entre sus manos la cabeza de la joven y la
coloc con menos molestia; la entr uno de los brazos, que colgaba fuera
de las sbanas; arregl stas y las almohadas, y cerr un poco ms la
ventana, por que no entrara ms claridad que la necesaria para no estar
 obscuras.

--Usted ya no sale de aqu--dijo Bozmediano  Lzaro.

--No--replic ste, preocupado y contemplando  la enferma tan de cerca,
que senta su respiracin agitada y difcil como si un pequeo volcn
existiera entre las sbanas.

--Creo que, al despertar, despertar con el delirio. Usted debe quedarse
aqu hasta ver en qu para esto--indic Bozmediano;--yo me marcho. Si me
ve, creo que mi presencia no ser lo que ms la tranquilice. Maana le
espero  usted en mi casa sin falta: tenemos que hablar.

Lzaro no contest. Si su susceptible desconfianza no se haba extirpado
completamente, en aquellos momentos no poda pensar en tan delicado
asunto. Experimentaba emocin muy grande para detenerse en dudas crueles
y rencores poco generosos, que un alma elevada deja siempre  un lado al
contemplar los grandes infortunios.

Cuando Claudio se march, Lzaro se sent junto al lecho, y all estuvo
mucho tiempo inmvil mirando  la enferma, estatua que contemplaba otra
estatua, casi tan plido como ella, esperando  cada expansin del
aliento que despertara, observando con la atencin moribunda de amante
la oscilacin de aquella vida comprometida en una crisis. Por fin Clara
se movi, pronunciando algunas voces mal articuladas. El joven pudo
distinguir claramente: "Seora, por Dios!..." Despus agit una de sus
manos como quien quiere retirar algo, y por fin abri los ojos. Se
apart los cabellos que en desorden le cubran la cara; tuvo un gran
rato la mano ante los ojos, y la apart despus. Sus ojos se clavaron en
la persona que tena delante, y por mucho tiempo permaneci mirndole,
cual si no tuviera conocimiento de lo que vea,  como si su sorpresa
fuera tal que no pudiera creer lo que estaba viendo. Despus extendi el
brazo lentamente hacia l y le nombr con voz muy dbil.

--No sabes por qu estoy aqu?--dijo Lzaro conmovido.--Me parece que
no nos hemos visto desde mi pueblo. An no creo que hayas podido estar
en aquella maldita casa.

--En qu casa?--dijo Clara, como afectada de profunda confusin.

--All, en casa de esas mujeres--contest l con tristeza, recordando
los dolores de aquella vivienda.

--Ay!--exclam Clara.--Yo no quiero volver; quiero morirme aqu antes
que volver. Estoy en casa de Pascuala, no?

Al decir esto, reconoca el sitio con ansiosa mirada.

--S; ya no ests, ya no estamos all--dijo l, acercndose ms.

--No volver, no me llevarn. No es verdad? T no volvers tampoco.

--Qu he de volver! Si aquella casa ha sido ms terrible para mi que el
infierno mismo. La detesto, y detesto  los que la habitan. All he
padecido en una sola noche ms que en toda mi vida. Ya no vuelvo, no.

Clara pareci escuchar esto con mucha atencin; despus le estuvo
mirando fijamente por largo rato con cierto asombro.

--Por qu me miras as?--pregunt Lzaro.

La hurfana tard en responder; pero al fin, con voz lenta y
cariosa, dijo:

--Hace mucho tiempo que no te he visto?

--No hace tanto. Me viste una tarde: el domingo.

--S ... ya me acuerdo. Qu da! Sabes que me echaron porque decan
que haba entrado un hombre en la casa? Sabes? ... Qu malas son!

--Y no entr?

--S entr, s ... pero yo qu culpa tena? Ellas dicen que entr por
m. Qu malas son!

--Y no entr por ti?

--Por mi?--contest Clara con la voz entrecortada y muy
dbil.--Por mi?

Despus se detuvo como recordando, y dijo:

--S, por mi. El me dijo que iba  sacarme de all, que quera hacerme
feliz. Me di mucho miedo.

Deca todo esto con una vaguedad que indicaba cun dbiles estaban sus
facultades mentales.

--Me di mucho miedo--continu;--an me parece que le estoy viendo. Al
principio pens que me iba  matar; pero ... no me mat. Dijo que me
quera llevar consigo; que l me quera ver feliz ... Me haba escrito
una carta.

--Una carta?--dijo Lzaro vivamente.

--Si; me la di aquel viejo feo, feo, feo....

--Dnde est la carta?

--La carta ... la carta...? No s. Yo la tena en el bolsillo.

--Dnde est tu ropa?

--No s ... La carta ... Ah!, ya me acuerdo ... la romp toda, y la
hice unos pedacitos muy chicos, muy chicos.

--Por qu la has roto? ... dijo Lzaro, deplorando no tener aquel
documento.--Y no recuerdas haberme visto  mi aquella tarde?

--Si, s; s lo recuerdo--contest, mostrando que nunca haba olvidado
tal cosa. Entraste muy enfadado. Yo estuve llorando toda la noche.
Despus me di un mareo en la cabeza ... Yo cre que me iba  morir, y
me alegr.

La melanclica serenidad que haba en estas declaraciones conmovi 
Lzaro de tal modo, que no se atreva  preguntar ms, porque herir la
delicadeza de aquel ngel le pareca crueldad sin ejemplo. An quiso
hacer la ltima pregunta de este modo:

--Y qu te dije aquella tarde?

--Qu me dijiste? ... Eso s que se me ha olvidado ... No, ya lo
recuerdo: me dijiste....

Aqu se detuvo; sin duda le falt el habla  el entendimiento. Tena los
ojos hmedos, y se apartaba otra vez el cabello que le cubra parte de
la frente. Lzaro se sinti humillado. Casi le avergonzaba la cruel y
brusca acusacin que su conducta en aquella tarde memorable haba hecho
 la inocencia. No haba prescindido an enteramente de la ley social
que exige pruebas positivas para la aclaracin de ciertos hechos; pero
aun poseyendo aquella susceptibilidad irreflexiva, no poda resistir 
la fuerza de persuasin que en las respuestas de la hurfana haba. En
su corazn no caba, no era posible que cupiera la duda, despus de
orla; y si la voz de un demonio atormentador resonaba internamente para
recordarle el deber social de no darse por satisfecho, l parecera como
que aplazaba para ms tarde la investigacin de la evidencia en aquel
asunto, abandonndose por entonces  la efusin consoladora del afecto
que senta tan vivo como antes.

--No me expliques ms--dijo Lzaro, vindola llorar.--Veo que aquellos
demonios tienen la culpa de todo. Maldito sea quien te llev all!
Ellas te han calumniado, estoy seguro de ello. Siempre estaban hablando
de faltas cometidas, de pecados ... y qu s yo. Lo mismo decan de mi.
Las dos aseguraban que yo era un malvado, y que haba cometido no s qu
crimen. Esto me admiraba, porque yo no haba cometido ninguna falta
grave. Lo mismo juzgu de ti. T eras la vctima de su rigor, de su
suspicacia, de su disciplina, como ellas decan.

--Yo no las quiero ver ms--deca Clara;--anoche las estuve viendo toda
la noche en sueos. Me pareca que doa Salom estaba revoloteando
encima de mi, mostrndome sus ojos rencorosos y sus uas terribles; me
pareca que doa Paz estaba detrs de la cama, y que de tiempo en tiempo
sacaba el brazo para abofetearme. Estuve temblando y envuelta en mis
sbanas para no verlas; pero siempre las vea. Qu feas son!

--Tranquilzate dijo Lzaro, viendo en el tono de su amiga los sntomas
de un nuevo delirio. Ya no volvers  casa de esas fieras. Yo estoy
aqu; t te has credo abandonada, mientras yo exista. No s si tengo
la culpa de, esto; si la tengo, descuida, que sabr remediarlo. Y yo
que no he vivido sino por ti, que te he tenido por gua y por
inspiracin de todos mis actos! Bien te dije, cuando nos conocimos, que
Dios nos haba puesto en camino de encontrarnos para que no nos
separramos nunca. Adondequiera que he ido te he llevado siempre en mi
corazn y en mi cabeza, creyendo por ti y esperando por ti. Desde que
nos conocimos no hemos cesado de estar juntos, de caminar juntos por la
senda de la vida,  lo menos en lo que  m corresponde. Cuando vine 
Madrid, aunque no nos vimos inmediatamente, no di un paso por estas
calles que no fuera dado hacia ti. Me prendieron por una ligereza ma,
que no fu ningn crimen, como decan aquellas mujeres; y si soport
aquel contratiempo, si no me suicid estrellndome la cabeza contra los
muros de la crcel, fu porque en la obscuridad me pareca siempre que
te estaba mirando en un rincn, en pie, con el rostro sereno, como es tu
costumbre. Yo no he podido, despus que te conozco, pensar nada futuro
sin que  mis ideas acompaara la idea de tu persona como parte de m
mismo. No he podido pensar en la adquisicin de alguna cosa, de algn
objeto, de alguna felicidad, sin que pensara en que t disfrutaras de
todo eso antes que yo. No he tenido desgracia alguna ni prdida sin
figurarme que estabas  mi lado llorando conmigo. Si he aspirado 
alguna hora feliz, siempre he tenido presente que nuestras dos vidas
llegaran juntas  esa hora. No he podido concebir que uno de los dos
existiera solo en el mundo: esto me ha parecido siempre imposible.
Sabes que ahora me parece que fu ayer cuando saliste de mi casa para
volver aqu? Y lo que ha pasado despus yo quiero borrarlo de mis
recuerdos. Aborrezco estos das como se aborrece una pesadilla. T no
me has dicho tambin que aborreces aquella casa y aquella gente? Y lo
creo. No puedo acostumbrarme  la idea de que pensemos de distinta
manera. Si yo llegara  creer de una manera evidente que no me queras,
no s cmo podra vivir; y si an vivo despus de aquella tarde, es
porque la duda me ha dado vida, duda en que ya no quiero pensar: la he
tenido como un deber, me la impuse yo mismo; pero ya rechazo esta
tirana. Cuando te he visto, me parece que ha retrocedido el tiempo.
Dudar de ti se me figura un crimen; y si lo he cometido, no te pido
perdn, porque s que ya me lo has perdonado.

Durante esta expansiva manifestacin, le escuchaba la enferma con una
especie de trastorno. Al fin lloraba con tan deshecho llanto como si en
aquel momento y con aquellas lgrimas se desahogaran los dolores de toda
su vida, desde el incidente del pajarito en casa de la madre Angustias
hasta la escena de la expulsin en casa de las Porreas.

El joven no quiso menoscabar con una palabra ms la elocuencia de
aquellas lgrimas. El calor y la pulsacin precipitada de la mano de
Clara, que tena entre las suyas, le indicaron que la fiebre aumentaba,
tal vez por la agitacin de aquel dilogo, en que l haba puesto toda
su elocuencia, y ella toda su sinceridad.

--Es preciso cuidarte mucho--dijo Lzaro.

--S--contest ella;--quiero vivir.





CAPTULO XL



#El gran atentado#.


Por la tarde lleg un mdico enviado por Bozmediano. Vi  la enferma, y
despus de prescribirle mucho reposo, se retir, dando muy poca
importancia  aquella crisis, originada de una fuerte agitacin moral.
Durmise Clara, entrando en un perodo de calma, de que hasta entonces
no haba disfrutado. En tanto Lzaro, que arda en deseos de tomar una
determinacin decisiva en su vida, pensaba hablar con su to aquella
misma noche, romper con l, separarse de un hombre que era autor de
todas sus desventuras. Deseaba ver  las dos Porreas, echarles en cara
su crueldad y su hipocresa. Si la dignidad de varn no se lo impidiera,
seguramente su primer acto aquella noche hubiera sido coger por el moo
 doa Paz y hacerle inclinar la cabeza hasta el suelo.

Lo urgente y decoroso era suspender relaciones con aquel hombre
fantico, que le pareca ms repugnante despus que se reuna
descaradamente con los jvenes exaltados, y hasta llegaba  darse el
ttulo de liberal. No le importaba quedar solo y sin apoyo, pobre, ms
pobre que antes. Pero l se encontraba con fuerzas para trabajar;
trabajara en una profesin, en un oficio cualquiera. Y si en Madrid no
poda conseguirlo, se volvera  su pueblo, donde por lo menos tena
seguro el pan.

Sali, pues, ya entrada la noche, dejando  Pascuala el encargo de no
apartarse de Clara; y recordando que su to haba hablado de no volver 
casa de las Porreas hasta despus de tres das, pens dirigirse  _La
Fontana_   casa del abate. Fu  _La Fontana_: entr en el cuarto
interior, donde se reunan confidencialmente los principales polticos
del club, y no lo encontr. No haba all otra persona que el seor
Pinilla, que se paseaba muy agitado con las manos metidas en los
bolsillos y el sombrero enterrado hasta los ojos.

--Hola, amiguito!--dijo al ver  Lzaro.--Cmo usted por aqu 
estas horas?

--Busco  mi to.

--Ah! No le hallar usted. Est en una parte ... Ya s yo dnde est.
Est donde entran pocos.

--No vendr esta noche?

--Esta noche? Quia! Cmo ha de venir esta noche?

--Pues qu hay esta noche?

--Lo gordo--dijo Pinilla con misterio.--Pero, bah!, usted lo sabe mejor
que yo. Si es su sobrino....

--No, no s nada--dijo Lzaro sorprendido.

--Pero no le han designado  usted su puesto? No le han dicho lo que
ha de hacer? No trabaja usted como todos en esta gran obra?

--Qu obra?

--Esta noche, amigo, esta noche es ella.

-Qu? Hay algo? Efectivamente, he notado, al venir, cierta agitacin
en la villa.

--Pues ya ver usted  eso de las diez....

--Y no hay sesin esta noche?

--Sesin! Brrr!--exclam Pinilla, haciendo con la boca un
estrambtico sonido.--Esta no es noche de palabras, es noche de hechos.
Mucho se ha hablado ya.

Pues no estoy enterado de nada. Ello es que desde anoche no vengo por
aqu.

--Pues busque usted al Doctrino, que debe estar all por Lavapis, y le
dir lo que tiene que hacer; porque supongo, amigo, que usted no querr
quedarse atrs. Fuera miedo! Yo s que la primera vez esto es algo
imponente, sobre todo para el que nunca ha odo tiros. Pero, en fin,
teniendo nimo....

--Pero explqueme usted lo que hay--dijo Lzaro, fingiendo cierta
complacencia para que el otro no vacilara en contarle todo.

--Hay--dijo Pinilla--que esta noche es el gran golpe, el golpe
decisivo, el ltimo esfuerzo del liberalismo vergonzante. Es preciso
arrollar  los _discretos_ que nos cierran el paso. S, amigo mo; al
fin tendremos libertad.

--Vaya--dijo Lzaro, afectando incredulidad para saber ms,--algn
motincillo insignificante....

--Motincillo? Algo ms--dijo el otro, sentndose y avivando con una
badila el escaso fuego que en un brasero haba.

Robespierre subi sobre sus rodillas de un salto y se acurruc all con
admirable franqueza republicana.

--Pues yo voy tambin all--dijo Lzaro, deseando que Pinilla
desembuchara.

--Vaya usted en busca del Doctrino y le designar su puesto. Yo creo que
hasta estar mal visto que usted no figure en este asunto, despus de
haber pronunciado el discurso que omos anoche. Qu discurso, amigo! Es
usted un gran orador. Si viera usted cunto gust: est la gente
entusiasmada. Hoy he odo  un zapatero de la calle de la Comadre
repetir de memoria un trozo largo de lo que usted dijo anoche.

--Pero cunteme usted. Qu habr?

--Es muy sencillo. Es preciso pasar por encima de los falsos
liberales que estn hoy en el Poder. Es preciso pasar; pues bien:
esta noche se pasar.

--Y de qu manera?

--Estas cosas no se hacen sino de una sola manera. Usted bien lo sabe.
La revolucin necesita estas medidas prontas y decisivas. Se pasa por
encima de ellos exterminndolos.

--Exterminndolos!--dijo Lzaro horrorizado.

--Pues ya. Slo as se puede arrancar de raz una mala semilla. Es el
nico medio; convengo en que es terrible, pero es eficaz.

--De modo que va  haber aqu una matanza?

--El pueblo est irritado, y con razn. Se derrib la tirana; se crey
que bamos  tener libertad, y nos han engaado. Cuatro tiranuelos nos
mandan constitucionalmente, y constitucionalmente nos persiguen como
antes. Esto no nos satisface; queremos ms. Adelante, pues.

--Pero el medio es espantoso. Yo no quiero para mi patria los horrores
de la Revolucin francesa. Despus de un Terror no puede venir sino la
dictadura. Yo no quiero que pase aqu lo que en Francia, donde  causa
de los excesos de la Revolucin, la libertad ha muerto para siempre.

--Eso es msica, amigo, msica.

--Esa es la verdad. Pero es posible que mis amigos, los individuos de
ese club, que han predicado el uso de los derechos adquiridos como nico
medio de llegar  la libertad...? No lo puedo creer.

--Amigo--dijo Pinilla, mirndole con mucha sorna,--usted lo dijo; no se
acuerda usted ya de aquella parte de su discurso en que deca: "Nos
detendremos con timidez, asustados de nuestra propia obra? No. Estamos
en un intermedio horrible. La mitad de este camino de abrojos es el
mayor de los peligros. Detenerse en esta mitad es caer; es peor que no
haber empezado."

--Si--dijo Lzaro confundido;--pero yo no quise decir que se llegara 
ese fin quitando, pual en mano, todo obstculo; yo quiero que se llegue
 ese fin por los medios legales.

--S, usted quiso decir eso; pero la gente lo entendi de otra
manera, y esta noche va usted  ver cmo se entienden esas cosas.
Desengese usted, amigo: no hay otro camino ms que se; los medios
legales son pamplinas, crame usted. Esta noche se ver; hay la
ocasin ms propicia ... Figrese usted que se renen todos en un
sitio. S; se renen fatalmente, y no es preciso ir marcando con
sangre las casas de cada uno.

--Quin se rene?--pregunt Lzaro con agitacin.

--Ellos! Los _prudentes_. Tienen ahora unas reuniones secretas, sin
duda con objeto de fraguar algn complot para quitarnos la poca libertad
que tenemos. Por una casualidad se ha descubierto que algunos ministros
y diputados de los ms influyentes de la mayora se renen en una casa
de la plaza de Afligidos.

--Pero es cierto?--dijo Lzaro, procurando disimular su turbacin.

--S; no s quin lo ha descubierto. Lo que s es que se lo dijeron al
Doctrino, y l fu all y les vi salir. Despus no s por qu medio se
ha enterado de quines son todos ellos. All van Quintana, Martnez de
la Rosa, Calatrava, lava, y hasta Alcal Galiano se ha metido entre
esa gente.

Lzaro qued mudo de terror.

--Lo que ms me complace--continu Pinilla--es que cae tambin el joven
Bozmediano, que tambin se ha metido  poltico, educado por su padre.

--Bozmediano!

--S; es un hombre tan odioso para mi, que me parece que si no le veo
ensartado me muero de un berrinche.

--Y qu le ha hecho  usted?

--Ah tuvimos una pendencia en _Lorencini_. Reimos. Fu por un discurso
mo; es cuento largo. Este no escapa, ni el padre tampoco, que es el
orgullo mismo, y fu el que pidi en el Congreso que se cerraran las
Sociedades secretas. Buenos estn los dos! Pero no escapan, eso no.
Para eso estar yo all. A las doce no hay quien me arranque de la
plazuela de Afligidos.

--De modo que van  asesinar  esos hombres, cogindolos  todos
desprevenidos?

--En buen castellano, eso es. El pueblo de Madrid lo har bien; los
detesta, y all irn unas turbas que ya, ya ... Conque al fin no va
usted  que le designen su puesto?

--S--dijo Lzaro para disimular su propsito.--Voy.

--Yo espero aqu un recadillo del amo del caf.

--Adis--dijo Lzaro, saliendo con precipitacin.

Su resolucin era irrevocable. No poda permitir que se llevara  efecto
aquel complot infame. Por l, slo por l, haban tenido noticia de la
reunin que en aquel sitio celebraban las vctimas indicadas, y  l
corresponda evitarlo. Corri hacia la plazuela de Afligidos con objeto
de llamar en aquella casa misteriosa y prevenirles contra el atentado
que se preparaba.

Por el camino encontr muchos grupos de gente sospechosa. Iban algunos
armados de trabucos, ceida la cabeza con el pauelo aragons, cmodo
tocado de las revoluciones. Su actitud y sus rumores anunciaban la
agitacin que en el pueblo reinaba. Iba  cometerse un gran crimen.
Saba el pueblo lo que iba  hacer y  qu principio obedeca
hacindolo? Lzaro meditaba todas estas cosas por el camino y deca:
"No, no es esto lo que yo prediqu"; y al mismo tiempo la idea de que el
violento discurso pronunciado por l la noche anterior hubiera tenido
una parte de complicidad en la actitud del pueblo, le desesperaba.

Encontraba cada vez ms grupos sospechosos, y aun oy proferir algunos
_mueras_ lejanos. Al llegar  la calle Ancha vi un grupo ms
numeroso. Pas cerca sin intencin de pararse, cuando uno se adelant
hacia l y le detuvo. Quin poda ser sino el pomposo Calleja, el
barbero insigne de _La Fontana_? Haciendo grandes aspavientos y dando
al viento su atiplada voz, puso sus pesadas manos sobre los hombros
del joven, y dijo:

--Eh!, muchachos, aqu est el gran hombre, nuestro hombre. Bien deca
yo que no haba de faltar. Eh!, muchachos, aqu lo tenis.

Todo el grupo rode en un momento  Lzaro.--Es el que habl anoche.
Bien por el pico de oro!--dijo uno, agitando su gorra.

--Que venga con nosotros; nombrmosle capitn--dijo Tres Pesetas, que se
haba erigido en alfrez y llevaba una cinta amarilla en la manga.

--No; que se ponga ah, encima de ese barril y nos hable--exclam otro,
que por las seas deba ser Matutero, el que atropello  Coletilla,
segn referimos al principio.

--Que hable, que hable--grit una mujer alta, huesosa, descarnada y
siniestra, que pareca la imagen misma de la anarqua.--Que hable,
que hable!

--Seores--dijo Calleja alzando el dedo como si quisiera horadar el
firmamento.--Ya no es tiempo de hablar, es tiempo de obrar. Bien lo dijo
este seor anoche: "Adelante en el camino; retroceder es la muerte;
pararse es la infamia." Yo lo hubiera dicho lo mismo; slo que yo no me
he decidido  hablar todava; pero si llego  enfadarme....

--Bien, bien!--chillaron muchas voces.

Lzaro sudaba con impaciencia y angustia. No saba cmo romper aquel
crculo de atletas que le rodeaba. Di algunas excusas, empuj por un
lado, abri brecha por otro; pero aun as no consigui verse
completamente libre, porque el barbero, echndole el brazo por encima y
hablando en voz baja con la actitud y tono confidencialmente misterioso
que cuadra  dos grandes hombres al comunicarse una idea que ha de
salvar al mundo, dijo:

--Yo, seor don Lzaro, tengo todo este barrio por mo. A usted le han
dado rdenes para que mande aqu? Yo ... francamente, le admiro  usted
mucho como orador, porque anoche dijo usted cosas que nos pusieron los
pelos de punta; pero....

--Qu quiere usted decir?

--Que yo, seor don Lzaro, soy un hombre que ha salvado la patria
muchas veces y derramado mucha sangre en defensa de la libertad; y por
lo mismo, yo ... estoy encargado de este barrio, y me parece que el
barrio est en buenas manos. Por lo tanto, yo quiero saber si usted
trae aqu la comisin de encargarse del barrio; porque como usted
habl anoche y dijo ... pudieran haberle designado un puesto de honor
... y yo, francamente, aunque no hablo, soy hombre que sabe hacer las
cosas; y si usted se encargase del barrio, yo protestara ... porque
ya ve usted....

--No--dijo el joven tranquilizndole,--no le quitar  usted el mando de
este barrio ni de otro ninguno; yo no mando barrios.

--Bien deca yo--repuso el barbero con la mayor satisfaccin--que usted
no me quitara el mando de mi barrio; pero crea que le haban mandado
por no tener confianza en mi. Pero ha de saber usted que donde est
Calleja la libertad est asegurada.

-Oh, si! ya lo supongo--dijo Lzaro, procurando quitarse de encima el
peso de aquel brazo, que le hunda de la manera ms desptica.--Qudese
usted tranquilo.

--Va usted  alguna comisin del Doctrino  de Lobo?

--No; voy  un asunto.

--Esta no es noche de asuntos.

--Buenas noches--dijo Lzaro apartndose.

La venganza que tomaran los exaltados, autores del complot, si saban
que por l haba fracasado su crimen, sera espantosa; pero qu le
importaba la venganza? Era preciso evitar el crimen. Importbale poco
por el momento que estallara el motn con un simple fin poltico. Lo que
no poda soportar era que se asesinara  una docena de hombres
indefensos  inocentes. Cul era la causa de este atentado? Era una
horrible invencin del absolutismo, que se haba valido del partido
exaltado para realizarla, y haba excitado las pasiones del pueblo para
hacerle instrumento de su execrable objeto. Nada de esto se escondi
entonces  la natural perspicacia del joven, y pudo muy bien
confirmarse en su sospecha al recordar algunas palabras de su to, su
conducta misteriosa  incomprensible.

Lleg  la plazuela de Afligidos cerca de las once. Si aquella noche
haba reunin, ya todos deban estar dentro. La plaza estaba desierta.
Acercse  las calles inmediatas por ver si haba gente en acecho, y no
vi nada. Slo en la calle de las Negras divis algunas sombras lejanas,
un pelotn de gente como de diez personas. Tambin hacia el portillo de
San Bernardino se movan algunos bultos. Crey que no haba que perder
tiempo; llegse  la puerta, y asiendo el aldabn, di algunos golpes
con mucha fuerza.

Claudio Bozmediano, que es la persona  quien debemos las noticias y
datos de que se ha formado este libro, nos ha contado que cuando los
personajes de la reunin sintieron aquellos aldabonazos tan fuertes, se
quedaron mudos y petrificados de sorpresa y temor. Todos saban que
aquella noche, era noche de motn; pero crean que sera uno de tantos,
y que con las precauciones tomadas por la autoridad militar, no pasara
de ser una manifestacin con algunos tiros, dos  tres heridos y regular
nmero de presos. Aguardaron un momento  ver si se repetan, y,
efectivamente, se repitieron con ms fuerza.

--No hay ms remedio que bajar  ver quin es.

--Yo bajar--dijo Bozmediano, hijo.--Pero dganme ustedes qu hago si
es...? Quin podr ser?

--Esa es la confusin dijo otro.--Sin duda el motn de esta noche tiene
alguna alta misin que cumplir cerca de nosotros. No lo duden ustedes,
seores: este motn viene de Palacio, como todos. Nuestra reunin se ha
descubierto.

--Hay que bajar--dijo Bozmediano al or que los golpes se repetan con
ms fuerza. Bajaremos tres, los que parezcamos menos comprometidos. Hay
dos que, como yo, no sean ministros ni diputados?

Otro joven y un viejo se levantaron.

--Nosotros bajaremos. Los dems pueden salir todos  la huerta del
Prncipe Po,  la cual se entra por el patio. No hay tiempo que perder.
Recoger esas notas, y  la huerta.

--Mejor ser quemarlas--dijo otro, arrojando al brasero unos papeles,
que se consumieron muy pronto.

Todos bajaron por una escalera interior, dirigindose  la huerta,
excepto Bozmediano y los otros dos, que, bajando por la escalera
principal, llegaron  la puerta. Claudio grit:

--Quin va?

--Abra usted--dijo Lzaro.

--Quin es? Qu busca usted?

--Busco  don Claudio Bozmediano.

Este crey reconocer la voz del sobrino de Coletilla, y se figur que,
despus de tanta alarma, se reducira todo  un simple asunto personal
entre los dos. Abri la puerta y repiti:

--Quin es?

--Don Claudio Bozmediano, est aqu?--dijo Lzaro sin
reconocerle.--Tengo que hablarle de un asunto urgentsimo que no admite
demora alguna.

--Pase usted, amigo.

El criado que all tenan trajo una luz. Lzaro entr, y sin ms
prembulo, conociendo la gravedad de las circunstancias, exclam
muy agitado:

-Mrchense ustedes de aqu; an es tiempo.

--Qu hay?

--Un complot horrible, el ms espantoso atropello. Yo lo s ... estoy
seguro. Mrchense ustedes inmediatamente, ahora mismo.

-Pero quin? Pero quin?--dijeron los otros con mucha clera.

-Esos ...--contest el joven,--los exaltados. Hay una maquinacin
infernal en el movimiento de esta noche. Yo lo s ... he venido 
prevenirles  ustedes y  impedir este atentado.

Se internaron los tres, dirigindose  la huerta, donde los dems
esperaban.

--Seores, qu hacemos?--dijo Bozmediano.--El motn de esta noche se
dirige  nosotros. Han amotinado al pueblo para cometer, en nombre de la
libertad, un horrendo crimen. La bullanga se hace en nombre del partido
exaltado; pero no presumen ustedes quin es el verdadero autor de este
movimiento?

--El Rey, el Rey!--dijeron con terribles voces todos los que estaban
all reunidos.

--Pues es preciso recibir  esos miserables como merecen.

--Lo mejor es huir; no nos hallarn aqu, y punto concluido--dijo otro.

--No; es preciso ensear al Rey cmo deben ser tratados sus viles
instrumentos. Basta de contemplaciones. Ya era de esperar esto. Lleno
est Madrid de agentes que se ingieren en las Sociedades secretas,
pagan  algunos de los oradores ms furibundos para que aticen los
rencores del pueblo contra la autoridad constitucional. Ya ha llegado el
instante supremo de su empresa diablica. Muchos imprudentes les ayudan
sin saber lo que hacen. Pero hoy es imposible distinguir. Demos un
escarmiento.

--Qu hacemos?

--Ah  dos pasos est el cuartel--dijo uno de ellos, que era militar de
alta graduacin. Voy  traer dos compaas. Las saco por la Ronda, y con
gran sigilo las meto aqu en la huerta. Ni un hombre en la calle, ni un
centinela, nada. Que cuando lleguen esas turbas crean que estamos
desprevenidos; que intenten allanar la casa; que derriben la puerta.

--Y nos marchamos?

--Opino que no. Aqu todo el mundo.

--Pues aqu todo el mundo.

A la media noche, una turba tumultuosa, animada con todas las voces de
un motn y todos los alaridos de una bacanal, invada las calles de San
Bernardino, del Duque de Osuna y del Conde-Duque. Lleg  la plazuela
de Afligidos y la ocup casi toda, unindose  los que, entrando por el
Portillo, haban llegado un poco antes. La puerta de la casa de que
hemos hablado reson con tremendos hachazos; todo el largo de la tapia
del Prncipe Po estaba ocupado por el pueblo, y algunos pelotones de
gente armada estaban en la Montaa, en la parte contigua  dicha
puerta. El callejn de la Cara de Dios contena ms de trescientas
personas; y la algaraba era tan grande, que no se podan distinguir
claramente las voces pronunciadas por los ms exaltados, los _mueras_,
los _vivas_ con que la multitud trataba de infundirse  s misma
animacin y bros. Imposible es referir los vaivenes, las convulsiones,
los bramidos con que se manifestaba la pasin colectiva del inmenso
plipo difundido all, comprimido con estrechez en aquel recinto. El
monstruo oprimi con su ms fuerte msculo la puerta de la casa. Vino
sta por fin al suelo, y diez, quince, veinte personas se precipitaron
en el portal dando gritos aterradores; pero al llegar al patio, hubo un
instante de vacilacin, de terrible sorpresa. Doble fila de soldados
apuntaba  la multitud, que, confiada en su fuerza, no pudo resistir un
movimiento de terror, retrocediendo al ver que se la reciba de aquella
manera. "Atrs", dijo la voz del jefe. "Adelante! Mueran los
traidores", exclam otra voz en el portal. En el mismo instante son un
tiro y cay un soldado. Hizo fuego sin reparo la tropa, y una descarga
nutrida envi ms de veinte proyectiles sobre la muchedumbre. La
confusin fu entonces espantosa: avanz la tropa; retrocedieron los
paisanos, no sin disparar bastantes tiros y agitar las navajas, arma
para ellos ms segura que el trabuco. La gente de la calle sinti el
retroceso de los del portal, y se repleg, abrindoles paso. Al mismo
tiempo un escuadrn de caballera bajaba por la calle del Conde-Duque,
y un batalln de nacionales avanzaba por la del Portillo, impidiendo la
salida de los amotinados. Hubo luchas parciales; pero, no obstante, la
dispersin del pueblo fu completa, desde que los del portal, recibidos
por una descarga, retrocedieron hacia la plaza. La corrida que cruz
por la calle de San Bernardino y la plaza de San Marcial arrastr en su
rapidez  la mayor parte de las personas acumuladas all por la
curiosidad  la participacin en el motn. En vano algunos de los
llamados jefes trataron de impedir aquella desorganizacin con
improvisadas filpicas. La dispersin creci hasta el punto de que slo
quedaron en la plazuela Lobo, Perico Ganza, Pinilla y el cadver del
Doctrino, que, herido mortalmente en el crneo al entrar en el portal,
haba podido retroceder hasta la plaza, donde cay. Quince  veinte le
rodeaban, dudando si escapar con los dems  defenderse. Las tropas de
la casa no haban salido; la caballera avanzaba, y los nacionales
llegaban ya al palacio de Liria.

--Es una locura; huyamos--grit Pinilla.

--Y qu hacemos con ste?--dijo uno, sealando el cadver del Doctrino.

--Qu hemos de hacer? Bonita reliquia para cargar con ella!

--Tiene algn papel en el bolsillo? A ver, quitrselo pronto!

Pinilla le registr cuidadosamente.

--No tiene papeles, pero s un bolsillo.

--A ver, venga--dijo Lobo.

Pinilla se lo guard en su cinto; todos corrieron, y la plaza qued
desierta hasta que la ocup la tropa.





CAPTULO XLI



#Fernando el Deseado.#


No hemos examinado aquella agitada sociedad ms que en una sola faz. Las
altas regiones del Poder han permanecido impenetrables para nosotros;
pero ahora nos toca hacer una excursin hacia los elevados lugares,
lugares que llamaba el pblico la _Casa Grande_, para conocer, aunque no
con la profundidad que el caso exige, la fuente del abominable complot
anteriormente descrito.

En una sala del pabelln, que forma un martillo en la fachada oriental
de Palacio, estaba Fernando VII en la misma noche del motn. En aquel
pequeo despacho no reciba  los ministros; aqulla no era la cmara:
era la camarilla. All haban privado grandemente en pocas anteriores
el duque de Alagn, Lozano de Torres, Chamorro, Tattischief y otros
memorables personajes de los seis aos que siguieron  la vuelta de
Valencey. Alguna vez los ministros eran favorecidos con su admisin en
aquel recinto de perfidias y adulacin, y all las sonrisas de Fernando
para sus secretarios eran siempre siniestras. Cuando sonrea  un
liberal, malo. Este axioma cortesano tuvo gran boga del 20 al 23.

Aquella noche estaba con Coletilla, su perro favorito. Sentados junto 
una mesa el uno frente al otro, tenan delante unos papeles, que sin
duda eran cosa importante por la atencin con que los lean y anotaban y
por la actitud satisfecha con que el Rey celebraba lo que all estaba
escrito. Fernando se permita algunas agudezas de vez en cuando, porque
era hombre, como todos saben, que posea en grado eminente la propensin
 la burla, que ha sido siempre constantemente adorno del carcter
borbnico. Coletilla, que no acostumbraba  rerse, rea tambin, por
considerar desacato no reproducir en su fisonoma complaciente y esclava
todas las alteraciones de la regia faz de su amo.

--Seor, esta noche--dijo--es la noche de la redencin. Dios quiera en
su altsima justicia que nuestra empresa llegue  feliz trmino! Yo as
lo espero; confo mucho en el valor de los que estn encargados del
negocio. Seor, V.M. recobrar sus divinos atributos, usurpados por una
turba de habladores sin honor ni nobleza. Espaa va  despertar. Ay de
aquellos que sean sorprendidos en el error, cuando la patria sacuda su
letargo, abra los ojos y vea...!

Fernando no contest: haba inclinado la cabeza y pareca muy
meditabundo. La luz de una lujosa lmpara le iluminaba completamente el
rostro, aquel rostro execrable que, para mayor desventura nuestra,
reprodujeron infinidad de artistas, desde Goya hasta Madrazo. Es
terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara repulsiva
que nos leg su reinado. Espaa est infestada de efigies de Fernando
VII, ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no se parece  la de tirano
alguno, como Fernando no se parece  ningn tirano. Es la suya la ms
antiptica de las fisonomas, as como es su carcter el ms vil que ha
podido caber en un ser humano. Estupenda nariz, que sin ser deforme como
la del conde-duque de Olivares, ni larga como la de Cicern, ni gruesa
como la de Quevedo, ni tosca como la de Luis XI, era ms fea que todas
stas, formaba el ms importante rasgo de su rostro, bastante lleno,
abultado en la parte inferior, y colocado en un cuerpo de buenas
proporciones. La vanidad austraca no hubiera puesto su boca prominente
debajo de la nariz borbnica, smbolo de doblez, con ms acierto y
simetra que como estaba en la cara de Fernando VII. Dos patillas muy
negras y pequeas le adornaban los carrillos, y sus pelos, erizados  un
lado y otro, parecan puestos all para darle la apariencia de un tigre
en caso de que su carcter cobarde le permitiera dejar de ser chacal.
Eran sus ojos grandes y muy negros, adornados con pobladsima ceja que
los sombreaba, dndoles una apariencia por dems siniestra y hosca.

Respecto  su carcter, qu diremos? Este hombre nos hiri demasiado,
nos abofete demasiado para que podamos olvidarle. Fernando VII fu el
monstruo ms execrable que ha abortado el derecho divino. Como hombre,
reuna todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza; como rey, resumi en
s cuanto de flaco y torpe puede caber en la potestad real. La
revolucin de 1812, primera convulsin de esta lucha de cincuenta aos,
que an dura y tal vez durar muchos ms, trat de abatir la tirana de
aquel demonio, y en sus dos tentativas no lo consigui. La revolucin
hubiera abatido  Nern,  Felipe II, y no abati  Fernando VII. Es
porque este hombre no luch nunca frente  frente con sus enemigos, ni
les di campo. No fu nuestro tirano descarado y descubiertamente
abominable; fu un histrin que hubiera sido ridculo  no tratarse del
engao de un pueblo. Nos enga desde nio, cuando, fraguando una
conspiracin contra un favorito aborrecido, muy superior  Fernando por
su inteligencia, adquiri una popularidad que pronto pag Espaa con la
sangre de sus mejores hijos. Fernando fu mal hijo: conspir contra su
padre Carlos IV, cuya imbecilidad no disminua el valor de su
benevolencia; conspir contra el trono que deba heredar ms tarde, y
aun amenaz la vida del que le di el ser. Despus se arrastr  los
pies de Napolen como un pordiosero, mientras Espaa entera sostena por
l una lucha que asombr al mundo. Al volver del destierro pag los
esfuerzos de los que l llamaba sus vasallos con la ms fra ingratitud,
con la ms necia arrogancia, con la anulacin de todos los derechos
proclamados por los constituyentes de Cdiz, con el destierro  la
muerte de los espaoles ms esclarecidos; encendi de nuevo las hogueras
de la Inquisicin; se rode de hombres soeces, despreciables 
ignorantes, que influan en los destinos pblicos como hubiera podido
influir Aranda en las decisiones de Carlos III; persigui la virtud, el
saber, el valor; di abrigo  la necedad,  la doblez,  la cobarda,
las tres fases de su carcter. Restablecido  pesar suyo el sistema
constitucional, tasc el freno, disimul como l saba disimular,
guardando el veneno de su rabia, devorando su propio despecho,
encubriendo sus intentos con palabras que nunca pronunci antes sin risa
 encono. Lo que es capaz de tramar un ser de stos, tan hipcritas como
cobardes, se comprende por lo que tram Fernando en aquellos tres aos
desde las mil facciones y complots realistas, alimentados por l, hasta
el complot final de los cien mil hijos de San Luis, que Francia mand al
Trocadero. As recobr lo que en jerga real llamaba l sus derechos,
inaugurando los diez aos de fusilamientos y persecuciones en que la
figura de Tadeo Calomarde apareci al lado de Fernando, como Caifs al
lado de Pilato. El pacto sangriento de estos dos monstruos termin en
1823, en que Dios arranc de la tierra el alma del Rey, y entreg su
cuerpo  los stanos del Escorial, donde an creemos que no ha acabado
de pudrirse.

Pero con este fin no acabaron nuestras desdichas. Fernando VII nos dej
una herencia peor que l mismo, si es posible: nos dej  su hermano y 
su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel rey que haba engaado
 su padre,  sus maestros,  sus amigos,  sus ministros,  sus
partidarios,  sus enemigos,  sus cuatro esposas,  sus hermanos,  su
pueblo,  sus aliados,  todo el mundo, enga tambin  la misma
muerte, que crey hacernos felices librndonos de semejante diablo. El
rasgo de miseria y escndalo no ha terminado an entre nosotros.

Pero no hagamos historia y sigamos nuestro cuento.

--Y olvidaris, seor, lo que me habis prometido para mi
sobrinillo?--dijo Elas.--Ah!, yo quisiera que V.M. le conociera: es el
botarate mayor que ha nacido. Anoche habl en _La Fontana_ y les volvi
locos. Le aplaudan con unas ganas ... Yo tambin le aplaud. Con tres
oradores as nos hubiramos ahorrado mucho dinero. El pobre ha hecho
bastante. S, seor; mi sobrino lo merece, lo merece....

--Basta que sea tu sobrino, y que t tengas empeo en darle ese
destinillo ... S; te lo nombro consejero de la Intendencia de
Filipinas. Har carrera. A m me gustan los chicos as ... exaltados....

--Seor--dijo Elas humillando su cabeza hasta tocar con la nariz el
tapete de la mesa,--yo no s cmo V.M. no se cansa de protegerme. Yo,
que jams oculto la verdad  V.M., me atrevo  decirle respetuosamente
que mi sobrinillo no merece semejante favor. Es un loco: tiene la cabeza
llena de desatinos, y creo que jams ser un hombre formal. Si me atrev
 pedir  V.M. ese favor, fu por los servicios que ha prestado el chico
 nuestra santa causa, unindose  esos admirables, aunque indirectos,
instrumentos de justicia que esta noche van  salvar la patria.

--Tu sobrino merece el destino, y punto concluido. Aqu tengo el
decreto--dijo el Rey mostrando uno de los papeles.

Despus aadi sonriendo:

--Al fin llegar un da en que promulgue una ley por mi cuenta y riesgo.
Si viniera Feli y viera estos decretos hechos y firmados por mi sin
consultarle....

--Me parece que no los vern Feli ni otros muchos: de eso
respondo--dijo Coletilla siniestramente.--Dios permitir que las sabias
leyes de un rey justo salgan  luz pblica y lleven el orden, la
obediencia y el respeto al nimo de todos los espaoles. Maana, seor,
maana. Lo primero, seor--prosigui despus de haber mirado al cielo un
buen rato,--es nombrar los capitanes generales y los regentes de todas
las Audiencias, gente de confianza que vaya al momento  cumplir las
leyes perentorias de seguridad pblica que les daris. El Rey hizo con
la mano ese gesto frecuentsimo que indica la actitud de castigar. Una
contraccin de boca di la ltima expresin  aquel gesto admirable.

--Seor--continu el consejero ulico,--yo me atrevera  recomendar 
V.M. una cosa; y es que nada sera ms funesto que una clemencia, que
podramos llamar criminal. Recuerde V.M. lo del ao 14. Si ahora, como
entonces, se contenta V.M. con mandar al Fijo de Ceuta  ciertas
personas....

Coletilla, aunque observaba siempre en la conversacin las frmulas de
la etiqueta absolutista, hizo con la mano, fijando el pulgar bajo la
barba y agitando los dems dedos, un gesto que el Rey entendi
perfectamente.

--Ya veremos lo que se hace--dijo Fernando, significando con una
oscilacin de su labio que no sera tan blando como en 1814.--Ya son las
doce--aadi mirando un reloj.--Sabes que no se siente por ah todo el
ruido que fuera de desear?

--Por aqu no vendrn, seor. Ya saben que est aqu la Guardia Real,
que no admite bromas.

--Ya la Guardia sabe lo que tiene que hacer: acercarse aqu y no hacer
manifestaciones en favor de nadie. Despus....

--Me parece que siento ruido de voces ... all ... hacia los Caos--dijo
Coletilla acercndose al balcn y aplicando el odo con la insidiosa
cautela de un ratero.

--S; pero es hacia San Marcial, hacia all abajo. Creo que en la plaza
de Afligidos pasa algo ya--dijo el Rey.

--S; all deben estar ya. All es la cosa ... No se horroriza V.M. al
considerar qu planes inicuos podra fraguar all esa gente? Tal vez
algn atentado contra el Trono  contra la vida de V.M. Quin sabe?
Todo se puede esperar de liberales.

--Alguna coalicin parlamentaria, como dicen. Pensaran presentar alguna
ley, y se ponan de acuerdo con la mayora para votarla.

--Para eso, seor, no se renen tantas personas de noche, con tales
precauciones y con el mayor secreto.

--Es que me tienen miedo--dijo el Borbn.--Saben muy bien que yo puedo
destruir sus planes ac con mi gramtica parda, sin andarme en
constitucionalidades. Oh! Bien me conocen ellos. Tambin me figuro que
han tenido noticia por algn conducto de mis relaciones con la Santa
Alianza,  habrn sabido mi correspondencia con Luis XVIII. Pero con tal
que lo de esta noche salga bien, poco importa lo dems.

En Palacio cundi la alarma con las noticias que llegaron del tumulto de
la capital. El Monarca, cuando recibi  sus gentileshombres y al jefe
de la Guardia, se mostr muy sorprendido, y hasta jur que tendran los
amotinados pronto y ejemplar castigo. Volvi  la camarilla y al lado de
su consejero ulico, que estaba alborozado por haber sentido una
algazara ms fuerte que la anterior.

--Seor--murmur,--ya, ya ... Por el ruido parece como que vuelven.

--Vuelven? dijo el Rey con ansiedad.--De dnde?

--De all. Vuelven! Tal vez trayendo por trofeo....

Mucho tiempo estuvieron los dos escuchando con grande atencin y
ansiedad. Pasaron media hora en silencio, slo interrumpido por algunas
frases de Coletilla y algunos monoslabos del Deseado. Al fin sintieron
el ruido de un coche que paraba  las puertas de Palacio.

--Quin ser?--dijo el Rey con una gran alteracin de semblante y
pasando  la cmara.

Anunciaron al ministro de la Gobernacin. Fernando volvi  la camarilla
y mir  Elas con una cara en que el consejero ley despecho y
desaliento.

--El ministro de la Gobernacin! No me dijiste que iba tambin all?

--Seor--dijo Coletilla, en la actitud de una zorra apaleada,--preciso
es que haya acontecido algo extraordinario. Feli tambin iba all.

--Est aqu!--dijo Fernando, hiriendo fuertemente el suelo con el
pie.--Todo se ha perdido. Feli viene; escndete por ah cerca. Le
recibir aqu mismo. Quiero que oigas lo que dice.

Escondise Coletilla. El Rey hizo pasar al ministro  la camarilla.
Vena Feli muy agitado; pero Fernando estaba sereno, al menos en
apariencia. Indic que acababa en aquel momento de tener noticia de una
borrasca popular, y que la juzgaba de poca importancia.

--Seor--dijo el secretario,--ms que un motn producido por el
descontento del pueblo, parece esto un complot ideado por personas que
hacen de ese mismo pueblo un instrumento de disolucin y anarqua.

--Pero quin, pero quin?--dijo Fernando fingindose incomodado, y lo
estaba en realidad, aunque por causa distinta.

--Esos exaltados, enemigos constantes del Gobierno de V.M., porque no
les permite llevar el uso de los derechos hasta el desenfreno.

--Pero qu piden esta noche?

--Han pretendido allanar la casa de lava; han intentado asesinarle, 
juzgar por la actitud de las turbas que all se reunieron. Pero avisado
oportunamente por un joven que estaba en el secreto de la conspiracin,
di parte y se colocaron algunas fuerzas dentro de la casa, pudiendo
evitar un horrible crimen.

--Y dnde ha sido eso?

--En la plazuela de Afligidos.

--No viva lava en la calle de Amaniel?--pregunt el Rey con una
mirada que estuvo  punto de turbarle.

--Si, seor: all viva; pero desde algn tiempo se ha mudado  esta
otra casa, que es suya tambin. Por fortuna, las turbas no han podido
realizar su infame designio. Al separarme yo de mis compaeros, el
ministro de la Guerra haba dado las rdenes necesarias, y el orden
estaba restablecido completamente.

--Pero no puedo comprender que se amotinara todo un pueblo para
atropellar  un solo hombre. No sera que en esa casa se reunan muchos
de los que el pueblo odia? De cualquier modo que sea, es preciso un
pronto castigo. Espero que no os dejaris burlar por esa canalla. Caiga
el peso de la ley sobre ella, y  ver si de una vez se acaban estos
motines, Feli, que bien se puede asegurar que desde que tienen libertad
los espaoles no nos acostamos un da tranquilos.

--Seor, los esfuerzos del Gobierno son intiles para conseguir ese fin.
Es cosa que desespera y aturde ver cmo nos es imposible tranquilizar 
ciertas gentes. Por todas partes aparecen partidas de facciosos movidas
por una parte del clero. Hay todava muchos espritus apocados que no
quieren creer que el inters de V.M. y de la nacin consiste en el
sistema que todos amamos y defendemos. Hay personas tan ciegas, que an
no han llegado  comprender que es V.M. el que ms ama y el que ms
desea su cumplimiento. Todas las leyes liberales que V.M. sanciona y
promulga con gran sabidura, no bastan  convencerles. Qu hacemos
contra tales gentes?

Fernando estaba ciego de furor al comprender adonde iban dirigidas las
embozadas alusiones del ministro. Era tan rastrero y cobarde, que, 
pesar de su ira, habl para fulminar anatemas contra los que an soaban
con la restauracin del absolutismo.

--El atentado de esta noche se ha reprimido--dijo el ministro.--Quiera
Dios que podamos impedir los que traten de perpetrar maana! Es preciso
buscar en su origen el remedio de este mal. Yo creo que el partido
exaltado no es el nico autor de estos desrdenes.

--Pues quin?--pregunt el Rey, que,  pesar de su cobarda, sinti
en aquel momento herida su dignidad, y se puso muyencendido.--Quin,
Feli?

--Seor, yo me encargar de averiguarlo, y propondr  V.M. los medios
de darles un ejemplar castigo. Se sabe que entre la juventud ms
acalorada se ingieren ciertas personas que jams tuvieron nota de
liberales ni mucho menos. Dicen que esas personas trabajan continuamente
para llevar al pueblo  los excesos que lamentamos. Esas gentes, seor,
son,  mi modo de ver, los enemigos de V.M. Sobre ellos debemos dirigir
los ojos de la vigilancia y la mano de la justicia.

--S--contest Fernando con su acostumbrada hipocresa.--Si; hay
insensatos que juzgan que para mi hay gloria, hay dignidad fuera de la
Constitucin, y estoy dispuesto  castigar  sos con ms rigor que 
los frenticos demagogos. Energa, energa es lo que quiero.

--Seor, no tengo palabras con que abominar bastante la conducta de un
hombre muy conocido en Madrid; uno que ha tenido la osada de usar,
profanndolo, el nombre de V.M. para disculpar sus horribles
maquinaciones. Ese hombre es ms criminal que los mayores asesinos, que
los ms rabiosos anarquistas; ese hombre corrompe al pueblo, corrompe 
la juventud exaltada; frecuenta los clubs ... Pero nada de esto sera
grave si no se atreviera  tomar en boca un nombre que aman todos los
espaoles como smbolo de paz y libertad. Ese hombre se llama Elas, y
es conocido por Coletilla en los clubs.

--Pues  se y  otros como se es preciso exterminarlos--dijo el Rey,
usando su palabra favorita.--Esa canalla es la que ms dao hace  mis
intenciones, extraviando la opinin del pueblo.

--Yo respondo, seor, que de esta vez har todo lo posible para que ese
hombre no se escape. Ya otras veces se ha procurado prenderle; pero no
s cmo consigue evadirse de la Justicia, y pasea despus su cinismo por
todas las calles de Madrid, por todos los clubs. Esta vez no creo que se
nos escape. Ya daremos con l. Precisamente esta noche, Bozmediano, que
se hallaba en casa de lava, me ha dicho que tuvo noticia del complot
pocas horas antes de haber sido intentado, por un sobrino del mismo
Coletilla, joven que el infame quiso poner al servicio de sus viles
propsitos.

--Pues es preciso premiar  ese joven--dijo Fernando, empeado cada vez
ms en disimular la agitacin que le dominaba.

--Si, seor; es un joven de mrito, segn me ha dicho Bozmediano, y muy
buen liberal. Antes de ocurrir este lance me lo haba propuesto para una
plaza de oficial en el Consejo de Estado, y lo he concedido.

--Bien; me gusta que se premie esa clase de servicios.

--Maana podr traer  V.M. un parte detallado de lo ocurrido esta
noche. Adems, creo que el ministro de la Guerra no tardar, y l
enterar  V.M. de las precauciones que hemos tomado.

--Esta noche?--dijo el Rey con hasto.

--Veo que V.M. quiere descansar. Por esta noche no hay nada que temer.
Puede V.M. reposar tranquilo.

--Bien; puedes retirarte.

Fuse el ministro, y es de creer que se fu satisfecho por haber dicho
cosas que slo en aquellos momentos de irritacin y sobresalto se
hubiera atrevido  decir al Soberano. Feli era hombre tmido, y es la
verdad que  su indecisin se debieron muchos de los lamentables sucesos
ocurridos en aquel trastornado perodo.

Cuando Fernando se encontr solo abri una mampara, y Elas, que estaba
oculto, se present. La imagen del consejero ulico daba pavor. Estaba
lvido; le temblaban los labios, secos por el calor de un aliento que
sacaba del pecho el fuego de todos sus rencores. Crispaba los puos, y
aun se hera con ellos en la frente, produciendo el sonido desapacible
que resulta de la seca vibracin de dos huesos que se chocan.

--Ves?--le dijo el Rey, encendido de furor y dando en el suelo una
real patada, que estremeci la sala.--Ves lo que ha pasado? Oste?
Vuelve  decirme que todo era cosa segura, que confiara en ti, que t lo
haras todo. Ah, qu desgraciado soy!--aadi con desaliento.--Que no
encuentre yo un hombre! Un hombre es lo que yo necesito, un hombre!

--Seor--murmur Elas, alejado del Rey como el perro que ha recibido un
palo de su amo.--Seor, nos han vendido!... Ese sobrino mo, ese infame
nos ha vendido!

--No--dijo Fernando con repentino acceso de ira;--t, con tu imprudente
conducta, me has comprometido. Ya ves, todo el mundo sabe que eres
agente mo. No viste cmo con buenas palabras me lo dijo Feli? Oh, le
hubiera arrancado la lengua! T me has vendido!

--Seor--replic Coletilla con voz en que haba algo de llanto,--seor,
traspasadme el corazn, pero no digis que os he vendido. Yo no puedo
venderos. Abofeteadme; escupidme, seor, antes que decirme tal cosa ...
Vuestra causa ha sido siempre mi nico pensamiento;  ella me he
dedicado con toda la actividad de que soy capaz. Es que Dios, seor,
permite ciertas cosas; Dios pone  prueba nuestro temple y nuestro
valor. No me culpis  m, seor; yo os he servido como un perro.

En aquel momento, podemos asegurarlo, Coletilla habra quedado muy
satisfecho si Fernando hubiera cogido en su cobarde mano la espada
augusta de sus mayores, atravesndole con ella. Pero Fernando no hizo
tal cosa. Coletilla sinti todo el menosprecio de su amo, y aquel
puntapi moral le lastim ms que una pualada. El fantico realista
hubiera visto con terror, pero no con asombro, que el Deseado le mandara
colgar de una almena  le hiciera apoyar la cabeza sobre el tajo feudal
para recibir el hachazo del verdugo. Acercse al Rey, se le arrodill
delante, y dijo con gran energa:

--Seor: yo os juro, en nombre de vuestros mayores, que esta derrota
aparente que hemos sufrido no es ms que el preludio de la gran victoria
que ha de poner remate  nuestra empresa. Yo os lo juro! Despreciad las
alusiones de Feli, despreciadlo todo. Seguid; sigamos. Los leales
existen; slo falta el primer paso. Tropezamos esta noche? Maana no
tropezaremos: os respondo de ello, os lo juro.

Levantse lentamente; hizo una profunda reverencia, inclinndose lo ms
que pudo, y se dirigi  la puerta, volviendo el rostro varias veces 
ver si el Rey le miraba. El Rey no le mir. Estaba muy ensimismado; de
vez en cuando hera el suelo con el pie, ocultando la cabeza entre las
manos sin decir palabra. Coletilla, desde la puerta, esper una mirada
del Deseado; no la consigui, y fuse, sintiendo, al par de su
concentrada rabia, dolorosa impresin de agravios y desconsuelo que le
pona en el corazn un dolor inaudito.





CAPTULO XLII



#Virgo potens#.


Lzaro qued dentro de la casa de lava durante los breves y angustiosos
momentos que dur la tentativa de lucha entre el pueblo y la tropa.
Sentan desde all el rumor popular, y por instantes creyeron que haba
llegado la ltima hora de todos ellos. El objeto que all reuna  los
ilustres personajes era tratar de los medios que podan emplearse para
impedir las frecuentes conspiraciones de Palacio. Pueden burlarse las
cbalas de un partido, de dos; pero contra las del Soberano, smbolo de
legalidad, qu fuerza puede tener un Ministerio? Si hay algo ms
terrible que la anarqua, son las camarillas. Contra esto no hay arma
eficaz,  no ser el arma de un regicida. No podemos asegurar si en
aquellas reuniones se trat de poner en prctica el artculo de la
Constitucin; idea que despus, con gran escndalo de Europa, se realiz
en las Cortes de Sevilla del ao 23. Pero s podemos asegurar que
aquellos hombres se ocuparon, con la afliccin y desaliento que era
natural, de los rumores de intervencin francesa, de las relaciones
secretas de Fernando con Luis XVIII, y, por ltimo, del ejrcito de
observacin puesto por el Gobierno francs en la frontera con el
pretexto de cordn sanitario.

Volvamos  nuestro cuento. Cuando termin el peligro y se alej la
multitud, la mayor parte de las personas permanecieron en la
huerta, subiendo  la casa tan slo los tres que haban de figurar
en el reconocimiento ordenado por la autoridad. Todo se arregl de
modo que en el parte del capitn general que haba de publicarse
al da siguiente, no figurara la existencia de reunin secreta ni
cosa parecida.

Al amanecer se fueron todos custodiados por la tropa y con mucho sigilo.
Lzaro, sin que nadie le custodiara, se fu  la calle del Humilladero.
Clara, que haba tenido noticia del alboroto de aquella noche, estaba en
la mayor inquietud. A cada ruido que sonaba en la calle se incorporaba
con grande agitacin y sobresalto. Decale Pascuala mil cosas divertidas
para distraerla, y  cada momento le contaba las estratagemas que tuvo
que poner en juego para que su Pascual no se echara  la calle, teniendo
que encerrarle en la casa y esconderle la escopeta en lo ms profundo
del stano. El tabernero, que en realidad era un hombre pacfico, viendo
que le cerraban la puerta y le impedan ir  cubrirse de gloria en las
calles, se bebi lo mejor de su comercio, y sin hacer alborotos, porque
tambin eran pacficas las monas que coga, se tendi en el banco y
empez  roncar de tal modo, que pareca su voz una burla durmiente del
ronquido popular que sonaba en las calles.

Esper Clara toda la noche con mortal inquietud; pas una hora y otra
hora, y rez todas las oraciones que saba, sin olvidar las que le haba
enseado doa Paulita. Su buen amigo no volvi hasta la maana. Cuando
ella vi que no estaba herido, que no le faltaba ningn brazo, ni media
cabeza, ni tena en el pecho ningn tremendo, sangriento agujero, como
ella haba soado con horror, se qued tranquila y en extremo contenta.

--Si vieras lo que he hecho esta noche!--dijo Lzaro, sentndose
fatigado y sin aliento junto al lecho.--He salvado la vida  ms de
veinte personas, los hombres ms esclarecidos de Espaa. Iban  ser
villanamente asesinados esta noche.

--Jess!--exclam Pascuala, llevndose las manos  la cabeza.--Qu me
alegro de que mi Pascual no hubiera salido! Si sale, me lo asesinan.

--Una infernal maquinacin estaba preparada para matarlos en un sitio
en que estaban reunidos. Todo por ese hombre malvado ... Si vieras
qu tumulto!

--Ah, no salgas, por Dios!--dijo Clara.

--Es preciso salir. S que tratan de prender  mi to, que tratan de
hacerle justicia. Lo merece, es cierto; pero yo que hice cuanto pude
para impedir la realizacin de sus inicuos planes, tratar tambin de
salvarle  l. Es hermano de mi madre. Si avisndole que tratan de
prenderle se salva, y no le aviso, mi conducta es criminal. Es un
infame, con vergenza lo confieso; pero si no impido su persecucin y su
muerte, tendr remordimientos toda mi vida.

La hurfana no pudo resistir un sentimiento de lstima y piedad hacia
aquel hombre excntrico que, sin dejar de ser su tirano, haba sido su
protector y el amparo de su niez.

--S, s; ve--dijo.--Pobre hombre! Qu ha hecho? Pero no vayas t; no
podras mandarle un recado?

--Yo mismo debo ir. Volver pronto; no temas nada. Qu me puede
suceder?

--Ay, Dios mo! Todava me parece que siento aquellos gritos de anoche
... Y si se enfada contigo y te rie?

--Quin?

--l! Ese hombre, que debe estar ms rabioso que nunca.

--No me importa. Hoy ser la ltima vez que le vea.

--Y si vas  la casa y encuentras  las dos seoras, y doa Salom te
dice algo que te ofenda, y te habla de mi diciendo que soy incorregible?

--Si me dice algo que me ofenda, me importar poco; pero si me habla de
ti, pienso que ser la ltima vez que se atreva  pronunciar tu nombre.

--Y si descubren que estoy aqu y vienen las tres  atormentarme
dicindome que soy muy mal educada? Oh!, si las veo entrar, me muero.

--No vendrn--indic Lzaro sonriendo.--Y si vienen, estar yo aqu.

--Ve entonces--dijo Clara con una melancola que detuvo al aragons un
momento y quebrant un poco su resolucin irrevocable.

--Adis ... es preciso. Volver pronto.

No quiso esperar ms tiempo; sali y dirigise  la inquisicin de la
calle de Beln. Las ocho seran cuando entr en casa de las
nobilsimas damas. Paz y Salom no estaban all, porque haban salido
 buscar casa. Cuando la devota abri la puerta y vi  Lzaro, su
sorpresa y su turbacin fueron tales, que permaneci buen rato sin
decirle palabra, mirndole bien, como si creyera que aquella imagen
era el efecto de una visin.

--Ah!--exclam, cerrando la puerta, una vez que Lzaro estaba
dentro.--Yo cre que no le vera  usted ms.

Sinti el joven un alivio cuando supo que las dos arpas estaban fuera.
Doa Paulita le inspiraba respeto y gratitud, pues no haba odo jams
la menor recriminacin en su boca, ni Clara le haba dicho que tuviera
queja ninguna de ella. El recuerdo de la escena y dilogos misteriosos
ocurridos algunas noches antes, le puso muy pensativo. Sin saber por
qu, cuando se vi solo en aquella casa sombra, en compaa de aquella
mujer plida, con la vista extraviada y el rostro enflaquecido por tres
das de delirio y calentura; cuando not sus ligeras convulsiones, su
agitada respiracin, su mirada viva, sin saber por qu, lo repetimos,
tuvo miedo.

--Est mi to?--pregunt.--Tengo que verle.

--No est; desde ayer no parece.

--Qu contrariedad! Tengo que verle hoy mismo.

--Tal vez venga  la hora de comer.

--No quisiera esperar; he de verle antes. Adems, yo no como aqu; yo no
vuelvo ac, seora ... Ahora me despido de usted para no volver ms.

Doa Paulita se qued mirando al joven como si oyera de sus labios la
cosa ms inverosmil y ms absurda.

--Para no volver!--dijo cerrando los ojos.--No, no lo puedo creer; no
es cierto.

---S, seora; es cierto. Yo no puedo estar en esta casa ni un da ms.
Adis, seora.

--Lzaro--murmur la devota, asindose al brazo derecho del joven como
un nufrago que encuentra una tabla en momentos desesperados.--Usted se
va ... se va! Y yo me quedo aqu para siempre. Oh!, quiero morirme mil
veces primero.

El joven estaba confundido. Aterrbale la actitud dolorida de la mujer
mstica, sus labios trmulos y secos, la expresin de su rostro, que
anunciaba la ms grande desesperacin.

--Yo soy una muerta, yo no vivo--dijo ella.--Yo no puedo vivir de esta
manera ... Ya le dije  usted que no era santa, y cun cierto es! Hace
tiempo que me he transformado ... Puedo nacer  la verdadera vida, puedo
salvarme, puedo salvar mi alma, que va  sucumbir si permanezco de este
modo. Yo espero vivir.... Al ver que usted tardaba, la esperanza comenz
 faltarme; pero usted ha venido. No puedo creer que Dios me lo ha
enviado? Hay cosas que nosotras no podemos decir; pero yo las digo,
porque me siento destrozada interiormente. Ha llegado para m el momento
de dejar una ficcin que me mata; yo no s fingir. Cre que Dios me
reservaba para una vida ejemplar, de continua devocin y tranquilidad;
pero Dios se ha burlado de mi, me ha engaado, me ha hecho ver que la
virtud con que yo estaba tan orgullosa no era otra cosa que una farsa, y
aquella aparente perfeccin un desvaro. Yo no haba vivido an, ni me
haba conocido. No puedo estar ms aqu; porque esto sera prolongar
este engao, que antes fu mi mayor placer y ahora mi mayor martirio.

--Seora--dijo Lzaro, que comprendi al fin toda la profundidad del
nuevo carcter de la devota, y vi claro en lo que antes era para l un
misterio.--No se agite usted sin razn. Sea usted libre y no sacrifique
su felicidad  exigencias de familia. Las dos seoras que viven con
usted son muy intransigentes.

Quera el joven evadirse, con esta salida, de la contestacin enojosa
que las palabras y la actitud de la santa parecan exigir.

--No me importa su carcter--dijo sta.--Yo las quiero, son mis
parientas y compaeras de toda mi vida. Despus que yo tome una
resolucin irrevocable, poco me importa lo que ellas puedan decir 
hacer. Yo estoy decidida, Lzaro.

Y en vano buscaban sus ojos en el semblante del joven indicios de los
sentimientos que con tanta ansiedad le peda. El haca esfuerzos por
permanecer inmutable ante aquella santa mujer, agitada por las
alternativas de un arrebato mstico; y no sabiendo qu decir, di un
paso hacia la puerta.

--No--dijo la devota, detenindole con ms fuerza. Marcharse usted? Qu
idea! Qu va  ser de mi? Sola para siempre! La muerte lenta que me
espera es peor que si ahora mismo me matara usted ... Y deca que era
agradecido! Usted es la misma ingratitud. Siempre lo he credo. Hay
personas que no merecen recibir la ms ligera prueba de afecto. Usted es
uno de sos. Y, sin embargo, por una fatalidad que nos cuesta tantas
lgrimas, siempre van dirigidos los ms grandes tesoros de amor  las
personas que menos los merecen.

--No, por Dios; no me llame usted ingrato respondi Lzaro, viendo que
era ya imposible evadirse  las declaraciones que la teloga exiga de
un modo tan apremiante.--Yo no soy ingrato, y menos con usted, que tan
bondadosa ha sido conmigo.

--Si usted olvidara eso, sera el ms infame de los hombres. A pesar de
todo, siempre cre que no era usted tan malo como decan. Usted ser
bueno; la felicidad hace buenas  las personas. Yo tambin espero serlo
... Ah! No sabe usted en qu he pensado? He tenido estos das llena la
cabeza con unas ideas ... No lo puedo contar. Sabe usted? Pienso que
estoy destinada  largos das de paz y felicidad, de que disfrutar
alguien conmigo.

--Qu es eso?--pregunt Lzaro, algo tranquilizado por la esperanza de
que aquella nueva idea apartara la conversacin del fastidioso tema por
que haba empezado.

--Es--continu la santa con una amabilidad forzada que la haca ms
lgubre,--es que yo he pensado que no puede existir perfeccin mayor que
la que ofrece la vida domstica con todos los deberes, todos los goces,
todos los dolores que en s lleva la familia. Ay!, meditando sobre esto
he comprendido la esterilidad de mis rosarios, de mis rezos. Qu estado
puede igualarse por su dignidad y nobleza al estado de la esposa, de
cuya solicitud penden tantas felicidades, la vida de tantos seres?

--Efectivamente, seora--dijo Lzaro muy confuso;--eso es cierto. Pero
las personas que, como usted, se elevan tanto por la meditacin y la
abstraccin; que se libran de las flaquezas humanas por su fortaleza,
son mucho ms perfectas.

--Perfectas? Qu loco es usted! Y qu ha dicho usted de flaquezas?
Llama usted flaquezas  la verdad de nuestra naturaleza, que se
manifiestan como Dios las ha criado?

El aturdimiento del joven no tuvo lmites.

--Aspirar  hacer la felicidad--continu ella--de muchos seres por el
amor y los lazos de la familia, es eso lo que usted llama flaquezas?

--No, seora; eso no.

--Oh! Usted se va  asustar de lo que le voy  decir. No lo creer
usted; es inconcebible.

Lzaro, que crea ya que doa Paulita Porreo no poda decir nada ms
inconcebible, tembl ante la promesa de nuevas y ms extraas
confidencias.

--Para realizar la felicidad y la paz con que yo he soado, no basta el
amor; es decir, que para evitar mil irregularidades y disgustos es
necesaria adems otra cosa. Cuando en la vida ocurren dificultades, el
mutuo amor se ve diariamente acibarado. Tiembla el uno por el otro;
tiemblan los dos por los hijos; la felicidad se ve comprometida  cada
instante; asusta el da de maana; se tienen remordimientos de haberse
unido. Yo he comprendido esto  fuerza de imitacin, y tambin me parece
que lo he ledo en no s qu libro.

--Es verdad, seora; yo comprendo lo que usted quiere decir--observ
Lzaro, admirado de tanta sabidura.

--Pues yo voy  decir  usted una cosa que le sorprender mucho,
Lzaro--dijo Paulita, dirigiendo hacia el joven toda la melancola y el
suave inters de su mirada. Voy  decirle  usted una cosa que le
sorprender sobremanera: yo soy rica.

Efectivamente, Lzaro se qued absorto.

--S--continu ella,--yo soy rica. Usted se maravilla. Conociendo la
vida que llevamos ... Este es un secreto que slo confo  quien debo
confiarlo:  usted, nica persona que ... El uso que yo pienso hacer de
esa riqueza, ya usted lo ha comprendido. Yo no debo hacer declaraciones
innecesarias. Nosotros nos hemos comprendido, hemos confundido nuestros
propsitos en uno slo, no es verdad?

--S, seora--dijo Lzaro, por contestar de algn modo  aquella
profundsima y grave pregunta.

--Yo soy rica. Hace poco hubiera dejado perder mi fortuna sin cuidado
ninguno. Siempre he despreciado todo eso. Pero hoy no; hoy pienso en ese
tesoro como un medio de vida. Para m nada quiero; pero los hombres que
tienen ambicin necesitan todo eso. Lo necesitamos, no es cierto?

Lzaro, despus de un momento de angustiosa vacilacin, dijo otra vez:

--Si, seora.

--Era yo muy nia--continu la dama;--haba muerto mi to; reinaba en
la casa la mayor desolacin; nos preparbamos  mudar de habitacin; ya
ramos pobres. Mi ta y mi prima estaban llorando; pero al mismo tiempo
muy ocupadas en la mudanza y en recoger los pocos muebles que nos
quedaron despus del embargo. En un viejo reclinatorio de nogal haba
hecho yo un altar, donde rezaba mucho. Tenalo cerrado por las noches,
y al abrirlo por las maanas, al ver mis santos y mis imgenes, me
pareca tener all un pedazo de cielo. Aquel da fu muy triste para
m, porque tuve que desclavar mi altar del sitio donde estaba, y muchos
santos se me rompieron, dejando en el mueble el pedazo por donde
estaban pegados. En esta operacin sent que ceda bajo mi mano la
tabla del fondo, y quedaba descubierto un hueco. En este hueco haba
una cajita muy bella de madera labrada. Trat de abrirla y la abr sin
esfuerzo: estaba llena de dinero, casi todo en onzas muy antiguas.
Cerr la caja; ajust la tabla que cubra el hueco, dejndola
cuidadosamente como estaba, y me call. Trajeron el mueble  esta casa,
y en mi cuarto ha estado hasta hoy. Al principio mir aquello como un
juguete, como una reliquia. De noche, en el silencio de esta casa, lo
abra, contemplando con estupor las hermosas monedas que dentro haba.
Varias veces trat de revelarlo; pero me detena un recelo
supersticioso. A veces soaba con fundar algn da una obra piadosa. No
he tocado nunca aquel dinero, y  pesar de la estrechez con que hemos
vivido, jams me atrev  gastar ni un solo dobln. Me pareca que
deba guardar aquello para otros dias, que yo esperaba sin saber
por qu. Por instinto lo conservaba intacto, aunque pensaba que jams
cambiara de estado. El tesoro existe en el mismo sitio en que lo
encontr. Ha llegado el momento de usarlo para las necesidades de
nuestra vida. Es mo; puedo dudarlo? Perteneca  alguno de mis
parientes, que lo deposit all para tenerlo seguro. A m me pertenece
ahora;  m, que lo encontr. Dar, sin embargo, la mitad  mi prima y
 mi ta, y si me acusan de no haberlo mostrado antes, les dir que, 
no haberlo conservado, me sera hoy imposible labrar las felicidades
que pienso labrar, y dar  mi vida y  la vida de otros la expansin
que necesitan. Lzaro no quiso agravar la situacin, y repiti:

--S, seora.

La devota entr en su cuarto y volvi al poco rato con una cajita que
mostr al joven, diciendo cariosamente:

--Aqu est. Es ma, es nuestra.

Y al decir esto se acerc  l con la caja, sostenida en las dos manos y
apoyada en el seno. La caja tocaba al pecho de Lzaro, y ste senta el
empuje con tanta fuerza, que, por no caer, tuvo que dar un paso atrs y
extender los brazos hasta tocar los hombros de la santa.

--Hace usted bien--dijo el aragons.--De qu sirve guardar ese dinero,
que puede ser til  usted y  otros?

--Si--contest Paulita con efusin.--Es nuestro. Ya no saba Lzaro qu
partido tomar. Se decidi  concluir de una vez aquella penosa
situacin.

--Seora--dijo,--yo me retiro. Es preciso que me retire....

--S--contesta ella,--y yo tambin. Vamos. Nos iremos juntos.

--Usted, seora, usted...!--exclam Lzaro descompuesto.

--S, los dos. Vamos.

--Seora, usted delira. Eso es imposible.

--Imposible, imposible! No podemos quedarnos aqu.

--Es preciso que nos separemos, seora. Otra cosa sera una
inconveniencia y una desgracia tal vez.

--Qu dices?--balbuce la santa con extravo. Su aspecto en aquellos
momentos infunda temor. Asemejbase  los enfermos atacados de
epilepsia cuando estn  punto de caer en un angustioso paroxismo. Una
contraccin, producida, al parecer, por el hbito de la sonrisa; una
tensin violenta de los prpados, como quien expresa el ltimo grado del
asombro; palidez mortal, interrumpida por sbitas inflamaciones de
rubor; voz semejante  un quejido fatigoso y animada de repente con
vibracin desentonada, eran los caracteres de su dolencia, prxima 
llegar al perodo de mayor exacerbacin.

--Qu dices?--repiti despus de una pausa.

--Usted est enferma, muy enferma, seora--dijo Lzaro, que empez 
creer que doa Paulita deliraba  estaba loca.

La mujer mstica sonri de un modo inefable mirando al cielo y
estrechando contra su pecho la caja del tesoro, como si fuera la persona
del mismo Lzaro. Despus tom al joven por el brazo, y atrayndole
suavemente, dijo:

--Vamos, no entraremos ms en este sepulcro.

--Usted no debe salir, no puede salir. Qu dirn esas seoras? Clmese
usted, por Dios, y reflexione....

--Vamos.

--Adonde hemos de ir? Los dos! No ve usted que eso es imposible?
Para qu? Para qu nos vamos juntos?

Al or esto, la devota se conmovi de pies  cabeza. Como si toda la
pasin acumulada y oculta en tantos aos brotara en ella de una vez con
violenta sacudida, exclam con fuerza:

--Necio!, no ves que te adoro?

Lzaro qued petrificado. La dama haba hablado con toda la expresin de
la verdad humana; se haba revelado en un solo esfuerzo y del modo ms
categrico. Aquella violenta confesin la dej postrada y sin aliento,
como si con sus palabras exhalara la mitad del alma. Lzaro le dijo con
mucha vehemencia:

--No lo merezco, seora. Yo soy muy inferior  usted; yo soy un
miserable, indigno de esa pasin. Pero no puedo estar aqu ms. Ahora
ms que nunca es mi deber declarar que soy el ms malvado de todos los
hombres si no me aparto de aqu al instante. Obstculos terribles que yo
no puedo ni podr nunca vencer se oponen  que yo manifieste nunca otra
cosa. Separmonos para siempre; otra cosa es imposible, imposible,
imposible....

Dijo esto con mucha energa, y se dispona  marcharse. La devota hizo
un gesto angustioso, cual si quisiera hablar. Pareca que despus de lo
que dijo haba quedado muda. Al fin pudo proferir estas palabras:

--Ven ... oye ... vamos....

--Jams, seora, jams!--exclam el joven, dirigindose hacia la
puerta.

La devota inclin la cabeza, agit los brazos, soltando la caja; se
dobleg despus de vacilar un momento, retrocediendo y avanzando; di
un grito y cay al suelo. Su cuerpo hizo retemblar el piso; las monedas
se esparcieron en derredor suyo; movi repetidas veces la cabeza,
afectada, al parecer, de un profundo dolor interno; llevse ambas manos
al pecho, crispando los dedos, y al fin qued quieta, sin ms
movimiento que las expansiones violentas de su pecho, sacudido por una
respiracin fuerte y ruidosa. Acudi Lzaro  levantarla con presteza,
y en el mismo momento se oy el ruido de una llave y entraron muy
tranquilas Salom y Mara de la Paz.

Jzgese lo extrao de aquella aparicin y de aquella escena: Paulita,
tendida, con los sntomas de un grave accidente; Lzaro, demudado y
confuso; gran cantidad de monedas de oro, cosa desconocida en aquella
casa, derramadas con abandono por el suelo, y las dos arpas en la
puerta, mirndose como dos espectros.

El primer objeto que atrajo las miradas de Salom fu el oro esparcido;
su primer movimiento fu lanzarse sobre l y empezar  recoger las
monedas, arrodillada en el suelo. Paz mir  Lzaro, se puso lvida de
miedo; mir  la devota, se llen de ira, di algunos pasos, y
recobrando la majestad de su carcter, pregunt:

--Qu es esto?

--Seora--dijo Lzaro, procurando dominar su situacin,--un triste
suceso ... Doa Paulita est muy enferma ... Le ha dado un
accidente. Estbamos hablando.... qu conflicto! Ahora mismo, ahora
mismo ha cado.

--Pero ese dinero...?--dijo Paz.

--Es suyo.

--Suyo!--exclam la arpa con codicia.

Y volvindose  Salom, que recoga el oro, aadi:

--Dmelo, dmelo; yo he de guardar eso.

--Yo lo guardar.

--Pero de dnde ha sacado ella ese dinero?--dijo la otra.

Lo tena hace mucho tiempo contest Lzaro, procurando, mientras las
Porreas se ocupaban del oro, prestar algn alivio  la pobre enferma.

Paz, de rodillas, recoga monedas; Salom, de rodillas, recoga tambin;
pero la gruesa, con su pesada mano, no igualaba en presteza  la
nerviosa, que iba ms ligera y coga dos piezas en lo que su ta
atrapaba una. Salom pareca una loca. La mano izquierda de Paz, cuando
reciba de la derecha una nueva onza  dobln, se cerraba, apretando los
robustos dedos y aferrndose sobre el oro con la firmeza y el ajuste de
una mquina. Al fin iban desapareciendo del suelo las ureas piezas.
Quedaban cuatro, tres, dos; quedaba una. Las manos de entrambas Porreas
se lanzaron con presteza brutal sobre la ltima, y cayeron una sobre
otra, aplastndose all mutuamente en repetidos golpes. Las dos ruinas
se miraron: parece que se queran tragar mutuamente. Cul de los dos
caracteres vencera al otro? Paz estaba hinchada de clera, de orgullo;
estaba amoratada, apopltica. Salom estaba amarilla y jadeante de
rencor, envidia y ansiedad. Sus labios, entreabiertos, mostraban los
blancos y finsimos dientes, como si quisiera infundir miedo  su rival
con aquella arma. Las dos estaban de rodillas y apoyadas en las manos, y
en aquella actitud, semejante en algo  la de las esfinges, las dos
arpas, revelando con intempestivo vigor sus encontradas pasiones, eran
como bestias feroces. Despus de un rato de silencio, en que todas las
fuerzas de la envidia humana se midieron de una mirada con todas las
fuerzas del orgullo, la pantera dijo  la foca:

--Esto es mo!

--Tuyo! Qu dices, imbcil? Esto es mo: era de mi padre ... Yo s que
lo haba guardado en alguna parte; pero no saba yo dnde estaba.

--Vanidosa!--dijo Salom, adelantando un brazo y una pierna.--Tu
nos has sumergido en la pobreza; t tenas escondido este dinero.
Qu infamia!

--Hipcrita!--exclam Paz retrocediendo,--qutate de mi presencia.
Dame ese dinero; no nos robes otra vez. Esto es mo.

--Era de mi padre: yo lo heredo. Qu tienes t que ver con esto? Dame
ese dinero.

Paz vi  Salom cerca de s. Alz su brazo derecho y sacudi con
poderoso empuje la mano contra la cara de su sobrina, dndole un bofetn
tan fuerte, que sta cay al suelo como herida por una maza. Pero se
irgui sobre sus piernas, vaci en el bolsillo las monedas que tena en
la mano, se retir un poco, como los carnvoros cuando van  dar el
salto, y se abalanz hacia su ta. Antes que sta pudiera defenderse,
los diez dedos puntiagudos y como acerados de su contraria estaban sobre
su cara, pegados cual si tuvieran un gancho en cada falange. Clav las
uas con frenes en las carnosas mejillas y tir despus, dejando ocho
surcos sangrientos en la faz augusta de la vanidosa. Lanz sta un grito
de dolor. Lzaro tuvo que intervenir, y mientras levantaba del suelo 
Paz, recogi la nerviosa todas las monedas que su rival dej caer en el
combate; se envolvi en un manto con presteza convulsa, y apretndose el
bolsillo, sali corriendo de la sala, tom la escalera, descendi por
ella y huy.

Lzaro no quiso presenciar ms tiempo aquella escena. Vomitaba la vieja
su ira contra l, le deca las mayores injurias, le llamaba cobarde,
mandndole perseguir  su sobrina. El joven no poda resistir ms el
horror que le inspiraba aquella casa maldita. Mir  la devota, que
permaneca an sin movimiento, y afligido por la sin igual desventura de
mujer tan infeliz, sali de la casa.





CAPTULO XLIII



#Conclusin.#


Deseoso Lzaro de ver  su to aquella maana, fu  casa del abate
Carrascosa, y all encontr otra escena de desolacin. Estaba el ex
abate en su cuarto, sentado en una silla, con los pies sobre la
traviesa, en tal actitud, que pareca un pjaro posado sobre una rama.
Apoyaba los codos en las rodillas, sustentando la cabeza con las manos,
como si quisiera apuntalarla. Su expresin de tristeza era tal, y le
hacia tan raro, que el joven no pudo menos de preguntarle:

--Qu tiene usted, don Gil?

--Ay, don Lzaro, qu iniquidad! Se ha marchado. Ve usted qu
iniquidad? Yo, que la quera tanto! ...

Lzaro comprendi que doa Leoncia, el avecilla vizcana, haba volado.

--Pero cmo ha sido eso? Qu motivo...?

--Es la ms horrible conspiracin! ... Ese chisgarabs, ese tunante, el
poetastro que viva en ese cuarto, se la ha llevado. Qu horror!
Siempre he aborrecido de muerte  los copleros!

--Consulese usted, don Gil. Vamos  otra cosa. Sabe usted dnde
est mi to?

--Si le digo  usted que no he visto iniquidad semejante--murmur el
abate, sin hacer caso de la pregunta. Y tena una herencia, un
legadillo.... Maldito catacaldos!

--Esa es la vida, don Gil.... Hay que conformarse.

--Tena un legadillo.... Yo lo descubr en la covachuela.

--Conque diga usted: dnde podr encontrar  mi to?

--Yo ... si he de decir  usted la verdad--prosigui el abate, abstrado
por su desgracia,--no lo siento por ella, porque al fin y al cabo ...
pero tena un legadillo....

--No me responde usted?

--Tena un legadillo....

--Es imposible sacarle una respuesta.

--Tena un legadillo....

Comprendi Lzaro que era intil toda indagacin. Sali de la casa,
dejando al abate en la misma actitud de mochuelo posado, y se fu  la
calle del Humilladero, donde encontr  Bozmediano, que le esperaba con
inquietud, y al verle llegar, le dijo:

--Amigo, le persiguen  usted. Es preciso tomar precauciones.

--Quin me persigue?

--Fcil es comprender que habr personas disgustadas por lo que
hizo usted anoche. Esas personas le persiguen  usted; yo estoy
seguro de ello.

--Ya comprendo--repuso Lzaro.--Pero qu me importa?

--Hay que tomar precauciones, porque si se vengan, ser de un modo
terrible. Mucho cuidado. Ahora han estado en la taberna cuatro personas,
que creo han trado el encargo de ver cundo entraba y sala usted. Me
parece que lo mejor es que se marchen ustedes esta noche misma de
Madrid. Una vez que estn fuera y lejos....

--Qu contrariedad! Pero yo deseo salir. Nos marcharemos.

--Pues entretanto no salga usted  la calle. Yo arreglar el viaje, y lo
har de modo que nadie lo sepa. S que le buscan  usted, y los que le
buscan saben hacer las cosas.

--Y cmo han averiguado que estoy aqu?

--Dejemos eso. Hay que partir esta noche  maana mismo. Aqu no est
usted seguro. Mucho cuidado ... Yo volver, y veremos el modo de salir
sin peligro. Creo que se conseguir. Hasta luego.

Retirse Bozmediano, y Lzaro entr  ver  Clara

--Las encontraste?--le pregunt la sobrina de Coletilla con curiosidad
y cierto temor.

--S--contest l sonriendo al recordar la escena de las monedas, que
refiri despus sin omitir el extrao incidente de doa Paulita.

Oy Clara con mucho inters este ltimo punto, y despus dijo con
tristeza:

--Ya lo saba.

--Cmo? Ella te ha dicho algo?

--No; pero lo he conocido, me lo habla figurado. Tena una sospecha ...
Aquella mujer es muy rara. Si vieras qu miedo me daba cuando se pona
 orar, quedndose mucho tiempo quieta  insensible, como si estuviera
muerta! Se pona de rodillas, miraba al techo, y as estaba dos  tres
horas sin moverse, y hasta pareca que no respiraba. La tocaba yo, y
nada; la llamaba, y no responda. Por fin, despus de mucho tiempo,
daba un suspiro y volva en si.

--Y eso le pasaba con frecuencia?

--Si; muchas veces.

--Hay una enfermedad--dijo Lzaro--que llaman la catalepsia, y consiste
en un paroxismo, durante el cual la persona pierde el movimiento y el
habla, quedndose como muerta. Dicen que una de las causas que motivan
esta enfermedad es el misticismo religioso y el hbito de los xtasis
y visiones.

--Eso ser lo que tiene. Pobre Paulita!

Aquella noche estaban los dos en el mismo cuarto, sentados junto  una
escasa lumbre. Clara se haba levantado completamente restablecida.
Lzaro revolva en su imaginacin los peregrinos incidentes de los das
anteriores. Los dos estaban muy tristes; se comunicaban mirndose su
tristeza, y callaban. Tal vez pensaban en planes para lo futuro; quizs
ella estaba inquieta por la situacin difcil en que uno y otro se
encontraban. Entonces entr Pascuala y dijo:

--Qu miedo! Desde el anochecer estn pasendose por delante de la
puerta unos hombres. Esta tarde vinieron tambin. Qu fachas! A veces
se paran  mirar _pa_ dentro, y me temo que si viene Pascual y los ve se
va  armar una ... porque tiene un genio! ... se creer que vienen por
mi ... porque como es una as ... tan guapetona ...

--Cierre usted la puerta.

--Ya cerr.

Clara se qued plida como un difunto. Ya le pareca que por ventanas y
puertas entraba una horda de facinerosos armados de puales, pistolas,
cuerdas y otros instrumentos horribles.

--Cierra bien. Apaga esa luz. Si se irn  entrar por esa
ventana?--dijo sealando un tragaluz por donde el gato, que tanto
respeto inspiraba al seor de Batilo, entraba con dificultad. Aquel
tragaluz daba  un patio perteneciente  la misma casa.

Batilo, que sin duda entendi lo del peligro en que los jvenes se
hallaban, y quera probar que, aunque misntropo, era un perro
resuelto  todo, ladr en un tono que quera decir: "Nada hay que
temer mientras est yo."

Un poco ms tarde, Clara, que miraba con recelo aquel tragaluz
maldecido, se estremeci con horrible sacudimiento, di un grito muy
agudo y sus ojos expresaron el pavor ms grande.

--Qu tienes, qu hay?--dijo Lzaro con sobresalto. Clara, tal vez
dominada por el miedo, haba credo ver instantneamente en el tragaluz
los ojos vivos, la nariz puntiaguda de Elas Orejn, su tirano y
protector.

--Eres tonta?--le dijo Lzaro.--No ves que eso es efecto del miedo?

El mir y examin atentamente: no haba nadie. Salieron al patio, que
estaba lleno de escombros y de lea, y tampoco vieron nada.
Indudablemente haba sido efecto del miedo.

El da siguiente pas sin ningn suceso notable, y al anochecer lleg
Bozmediano. Lzaro, desde que le vi entrar, conoci que no estaba
tranquilo.

--Qu hay?

--Mucho peligro. Le acechan  usted. Yo he venido acompaado, por temor
de tener algn encuentro. Pero no tema usted. He trado bastante gente y
estamos seguros. Ahora mismo se van  marchar ustedes.

--Y saldremos ahora mismo?--dijo Clara con alegra, esperando no ver
ms aquel tragaluz y dejar para siempre  Madrid.

--S, ahora mismo. Ya les he preparado un coche para que vayan de aqu 
Torrejn, donde tengo yo una casa. All pueden descansar hasta pasado
maana, que pasa por all una diligencia para Alcal, y de Alcal pueden
dirigirse  Aragn cuando quieran.

--Y cundo llegaremos  Torrejn?

--Antes de que amanezca. Van ustedes en un coche de mi casa y con gente
de mi confianza. No tienen nada que temer: buenas mulas y buena
compaa. En Torrejn estn ustedes seguros ... Aqu ... no lo creo. Es
preciso salir de esta casa y de Madrid inmediatamente.

--Pues vamos--dijo Lzaro con resolucin.--No perdamos tiempo.

Rpidamente se prepararon uno y otro.

--No hay una puerta que d  otra calle?--pregunt Bozmediano 
Pascuala.

--S, seor; pero hay que pasar por la casa del carbonero, que tiene
salida  la otra calle.

--Bien; por ah saldremos. El coche espera en las afueras del portillo
de Gilimn. Los hombres que yo he trado estn en la tienda. Que entren,
y saldremos todos por esa otra calle.

Pocos momentos despus salan todos, incluso el perro de las
Porreas,  quien Clara no quiso abandonar. Despidironse los
viajeros de Pascuala, y se dirigieron, acompaados de Bozmediano y
su gente, al portillo de Gilimn. Muy aprisa, por no dar lugar  que
algn curioso los descubriera, subieron al coche. El cochero y su
zagal iban en el pescante; un criado, hombre fuerte, armado de fusil,
iba dentro con Lzaro y Clara. Despidilos Bozmediano muy
cordialmente y un tanto conmovido, y parti el coche por la ronda
para tomar la carretera de Aragn.

Tantas precauciones no eran intiles, y es seguro que sin ellas habran
tenido los fugitivos un mal encuentro, y quizs alguna desventurada
aventura que hubiera desviado las cosas del buen camino que llevaban. La
inquietud de Lzaro y los sustos de Clara no concluyeron hasta ms all
de Alcal; y haba realmente motivo para ello, porque el jurar de
Coletilla contra su sobrino era tal (segn informes adquiridos por el
autor), que haba jurado quitarle la vida. Pero Dios lo dispuso de otra
manera, y llev sanos y contentos  la villa aragonesa  los dos
principales personajes de esta verdica historia, los cuales, una vez
descansados del viaje y repuestos del susto, no pensaron ms que en
casarse; acertada idea que  toda persona en aquellas circunstancias se
le hubiera ocurrido. En ningn apunte de los que el autor ha tenido  la
vista para su trabajo consta el da en que se casaron; pero est probado
que no esperaron mucho tiempo, y que tuvieron venturosa sucesin. De
esto son pruebas evidentes varios mocetones que, aos adelante, vieron
Bozmediano y el autor en un viaje que hicieron  un lugar de Aragn para
asuntos que no vienen al caso.

Cmo se acomod Lzaro en su pueblo y qu medios de subsistencia pudo
allegar, es cosa larga de contar. Baste decir que renunci por completo,
inducido  ello por su mujer y por sus propios escarmientos,  los
ruidosos xitos de Madrid y  las lides polticas. Tuvo el raro talento
de sofocar su naciente ambicin y confinarse en su pueblo, buscando en
una vida obscura, pacfica, laboriosa y honrada la satisfaccin de los
ms legtimos deseos del hombre. Ni l ni su intachable esposa se
arrepintieron de esto en el transcurso de su larga vida. As, en tan
dilatado perodo, el nombre de nuestro amigo, que haba estado en
candidatura, digmoslo as, para entrar en la celebridad, no figur en
la _Gua Oficial_, ni en listas de funcionarios, ni en corporaciones, ni
en juntas, ni en nada que pudiera hacerle traspasar las fronteras de
aquel reducido trmino de Ateca. Con paciencia y trabajo fu
alimentando la exigua propiedad de sus mayores, y lleg  ser hombre de
posicin desahogada.

As me lo ha contado Bozmediano, de quien recib tambin noticias muy
interesantes de los dems personajes de esta historia. Especial deseo
tena yo de saber algo de Coletilla; y un da que la suerte me depar
un buen encuentro con don Claudio y sacamos  colacin los sucesos que
referidos quedan, me vino  las mientes Coletilla, y hablamos
largamente de l.

--Ya el demonio se lo llev--me dijo mi amigo.--Parece que aquel hombre
excntrico recibi el ms horrible castigo que, dado su carcter, podra
recibir. El Rey le despreci despus del triunfo de 1824. Un da se
empeaba Elas en ver al Rey; vena de la faccin; haba luchado por el
absolutismo como semejante hombre poda luchar por semejante causa.
Fernando, entre cuyos vicios descollaba la ingratitud, mand salir
expresamente al lacayo del ltimo de sus ayudas de cmara con orden
terminante de apalear  Coletilla dondequiera que le encontrase. Baj el
lacayo y vapule al realista. As pagan los tiranuelos. Despus de este
lance, el fantico se puso malo. Dijeron algunos que se haba dejado
morir de hambre; otros que se haba vuelto loco; otros, y esto parece lo
ms cierto, que le mat una profunda hipocondra.

--Y las seoras de Porreo, qu fu de ellas?--le pregunt.

--Nada he podido averiguar de doa Salom contest.--Creo que ha
desaparecido de Madrid. Doa Mara de la Paz Jess estaba en Segovia,
donde tena una casa de huspedes. Respecto  doa Paulita, s he tenido
muchas noticias.

--Qu singular pasin la suya!

--S; despus empez  padecer ataques muy frecuentes de catalepsia. En
cuanto  su pasin, hay que reconocer que el recogimiento de su vida y
la circunstancia de haberse formado un carcter ficticio, influyeron en
aquella explosin repentina. Habase educado en la vida devota, y la
condicin mundana de nuestra naturaleza no se revel en ella en edad
oportuna  causa de las anomalas de la juventud. Fu una nia hasta los
treinta aos; y creo que hubiera sido una excelente mujer, adornada de
todas las prendas de lealtad y delicadeza que deben adornar  una
esposa, si aquella perfeccin engaosa, hija de una falsa educacin, no
torciera en ella su verdadero carcter. Repitiendo lo que ella deca,
aunque modificndolo para no proferir una blasfemia, podemos asegurar
que la Naturaleza, no Dios, se burl de ella.

Poco despus de las ltimas escenas de esta historia se retir  un
convento, y all tena opinin de santa,  lo cual contribuy mucho la
catalepsia. Creyronla muerta varias veces, y hasta trataron de
enterrarla en una ocasin; mas durante las exequias volvi en s,
pronunciando un nombre que interpretaron todas las monjas como una seal
de santidad, pues entendan que repeta las palabras de Jess: _Lzaro,
despierta_. Indudablemente era una santa. Ocho telogos lo probaron con
ochocientos silogismos. Su vida era ejemplar, su trato tristsimo; oraba
mucho, y se dorma, se quedaba en xtasis casi todos los das. Uno de
estos xtasis fu tan largo, que las monjas sospecharon que no saldra
de l. As fu, en efecto: no volvi en s. Pero las monjas, por no
exponerse  un nuevo chasco, esperaron lo ms posible, y al fin se
decidieron  enterrarla, seguras de que estaba bien muerta.

Madrid, 1867-68.

#FIN DE "LA FONTANA DE ORO"#
